JACQUES LE GOFF LA CIVILIZACION DEL OCCIDENTE MEDIEVAL . i\ ili Editorial Juventud LASGRANDES CIVILIZACIONES Jacques le Coff Jacívilv ‘zactoa^i meOieva JUVENTUD ' ' . ' LAS GRANDES CIVILIZACIONES COLECCIÓN DIRIGIDA POR RAYMOND BLOCH LAS GRANDES CIVILIZACIONES COLECCIÓN DIRIGIDA POR RAYMOND BLOCH LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL JACQUES LE GOFF LA CIVILIZACION DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Traducción de J. de C. SERRA RÁFOLS 246 HELIOGRABADOS 8 LÁMINAS EN COLORES 71 M APAS Y PLANOS EDITORIAL JUVENTUD, S. A. PROVENZA, ioi - BARCELONA /.a edición original de esta obra ha sido publicada por B. ARTHAUD, París, ron rl titulo de LA CIVILISATION DE L’OCCIDENT MÉDIÉVAL © B. Arthaud, París, 1965 © Editorial Juventud, Barcelona (España), 1969 Primera edición Depósito Legal, B. 20.704 - 1969 Vuestro Núm. de Edición: 4.358 IMPRESO EN ESPAÑA PRINTED IN SPAIN Talleres Gráficos. Agustín Núñez - París, 20S - Barcelona CAPÍTULO DE GRACIAS Í LEVAR a cabo una obra como la presente ha de suscitar por fuerza en el autor numerosas deudas de gratitud. Tentativa de síntesis, se aprovecha de numerosos trabajos, a cuyos creadores no puedo mani¬ festar mi agradecimiento sino aquí, ya que esta colección tiene como norma presentarse aligerada de referencias a pie de página. Por otra parte, la bibliografía que he recogido en la medida de lo posible es muy sumaria y excluye especialmente los artículos publicados en revistas. Aquellos que observen préstamos en tal frase o en tal párrafo de mi obra sepan bien que tan sólo la necesidad ha convertido en muda una gratitud que experi¬ mento profundamente. La ferviente y eficaz amistad de Bronislaw Geremek, Witold Rula, Guy Palmade, Ruggiero Romano y Alberto Tenenti ha servido para mí de gran ayuda en diversas etapas del libro: en su concepción, su redacción, su corrección. Mucho les debo. Les doy gracias de todo corazón. La señora Omodeo, de la Biblioteca Nacional de Florencia, me ha hecho participe de su incomparable conocimiento de la iconografía medie¬ val, y algunas de las más curiosas ilustraciones de este libro son debidas a la amabilidad con que me las ha dado a conocer. Dos colaboradores amistosos, la señora Maryse Mane y André Vauchez, agregado de la Universidad, antiguo alumno de la Escuela Normal Supe¬ rior, me han prestado una ayuda preciosa para la confección de la Crono¬ logía y del Indice. Y, para algunos mapas, he contado con la colaboración del Padre Jean Décarreaux y del Padre Ephraim Longpré, lo cual en una obra de este tipo no supone en absoluto una aportación secundaria. Doy las gracias igualmente a la señorita Denise Certier y a Michel Arnaud, alumno de la Escuela Normal Superior, los cuales me han proporcionado una ayuda de última hora que aprecio por ello tanto más. 7 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL La ilustración, que no significa una decoración exterior, sino que for¬ ma cuerpo con el texto, ha sido, como en los restantes volúmenes de esta colección, objeto de especiales cuidados. Es tanto como decir que doy las gracias vivamente a todos los bibliotecarios y conservadores de los museos que me han proporcionado una parte de esas imágenes, acompañándolas a veces de datos sumamente útiles, y asimismo a la señora Champinot, que se ha encargado de reunir esta iconografía. Sería de todo punto imposible enumerar a todos los colaboradores de las Éditions Arthaud que han confeccionado conmigo este libro. Es preciso, sin embargo, que haga constar aquí su devoción, su competencia y su ama¬ bilidad. Hemos trabajado juntos en un ambiente que me ha servido de constante ayuda. Debo citar ante todo a la señora Nicole Evrard. Este libro —por lo menos en todo lo que pueda contener de acertado — es suyo en tanta proporción como mío. Que se me permita, en fin, manifestar mis sentimientos de gratitud hacia dos colaboraciones más difusas, pero no por ello menos esenciales. He elaborado —desde hace tres años — gran parte de las ideas que aquí presento en el cuadro de mi seminario de la VI Sección de la “École Pra- tique des Hautes Études'”, medio ambiente incomparable para la investi¬ gación colectiva, las confrontaciones fecundas, los cambios de ideas fructuo¬ sos. Sé perfectamente cuánto debe este libro a todos los que me han permi¬ tido, en el transcurso de estos tres años, aprovecharme de su ciencia, de su inteligencia, de sus criticas. El nacimiento de esta obra ha exigido, no se dude de ello, trabajo y paciencia. Mi esposa ha sido, en el pleno sentido de la palabra, mi más perfecta colaboradora. ADVERTENCIA DEL EDITOR f /STA obra es el tercer volumen de la colección Las Grandes Civiliza- ciones. Sus dos primeros corresponden a La civilización romana, de Pierre Grimal, y La civilización griega en la época arcaica y clásica, de Frangois Chamoux. La colección viene a responder a una aspiración nueva. El afán por una lectura agradable, la ineludible necesidad de sintesis y las amplias visiones de conjunto se conjugan actualmente en todos los lectores con un anhelo de precisión, la exigencia de un contacto directo con los testimonios escritos y los monumentos y también con el deseo de un guía que les invite al análisis y les oriente hacia investigaciones más especializadas. Nos hemos esforzado, pues, en dirigirnos a aquellos investigadores que por su talento como escritores, su amplia cultura y la práctica de una larga enseñanza nos parecieron más aptos para llevar a buen término la solución de un pro¬ blema tan complejo. Nuestro propósito se cifra en reunir, dentro de los volúmenes de esta colección, todo lo que habitualmente se encuentra dis¬ perso en obras de múltiples géneros: ensayos, biografías, atlas históricos, álbumes de fotografías, repertorios, diccionarios, etc. Naturalmente, no se trata, que quede ello bien claro, de un compendio, de una simple adición, sino de una razonada elección que permita al lector, dirigido por el verda¬ dero maestro que es el director de la colección, tomar contacto con los docu¬ mentos de toda Índole de donde ha partido el autor para elaborar su sin¬ tesis, es decir, lo esencial, la vida y el alma del libro y de la civilización estudiada. La ilustración, que comprende 246 fotografías en negro y 8 láminas a todo color, ha sido agrupada por cuadernos, correspondientes a los temas principales del texto. Cada uno de dichos cuadernos (al igual que cada 9 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL mapa o cada plano) va seguido inmediatamente por las leyendas (en cursi¬ va) que subrayan el interés de los documentos. Setenta y un mapas y pla¬ nos, insertos en el texto o agrupados en atlas, permiten al lector situar los acontecimientos en su contexto geográfico o seguir, en una misma página, por ejemplo, la evolución de las ciudades y la de la arquitectura durante la Edad Media. Por otro lado, el conjunto del texto ha sido distribuido en tres partes: 1) Los cuatro primeros capítulos de la obra presentan al lector la evo¬ lución histórica en su conjunto. 2) Vienen a continuación seis capítulos consagrados a la civilización, especialmente en lo que se refiere al período que se extiende del siglo X al XIII. 3) Un diccionario histórico y biográfico, incluido al final del volu¬ men, permite referirse al texto sobre tal o cual punto particular, y asimismo, lo cual supone una importante innovación, proporciona precisiones y expli¬ caciones complementarias sobre gran número de perso 77 ajes, nociones, ins¬ tituciones, monumentos evocados en el texto y la cronología o que figuran en alguna ilustración (la cita a los artículos-complemento del diccionario aparece señalada en el texto por medio de un asterisco). El volumen se completa con 68 páginas de tablas cronológicas, cuyas diversas columnas hacen resaltar las concordancias entre los hechos mili¬ tares y políticos y los hechos de civilización ocurridos en Occidente y en el resto del mundo. Esta cronología abarca desde mediados del siglo IX a los comienzos del XIV, correspondiendo de esta manera al período de civili¬ zación más particularmente estudiado por el autor. Los datos relativos a la Alta Edad Media y los siglos XIV-XV se encontrarán en la cronología de los dos volúmenes de la colección que preceden al presente. En fin, una bibliografía de orientación permite a los lectores que lo deseen —estudiantes entre otros — profundizar en el estudio de una cues¬ tión determinada. PREFACIO L AS civilizaciones del mundo clásico, ilustradas por la ciencia y el talen¬ to de Pierre Grimal y de Frangois Chamoux, han sido el objeto de los primeros volúmenes de la presente colección. Jacques Le Goff hace revivir ahora ante nuestros ojos La civilización del Occidente medie¬ val. Creo que este libro suscitará un amplio interés. En la época en que vivimos, la humanidad parece encontrar para los progresos de la ciencia aplicaciones divergentes, y aun contradictorias, algu¬ nas perniciosas y funestas (y nadie ignora adonde tales aplicaciones pueden conducir al mundo), otras felices y benéficas. Entre éstas hay que colocar en primera fila el sensible avance del conocimiento histórico. No ha de olvidarse que la toma de conciencia de su pasado puede ayudar al hombre en sus esfuerzos por dominar su destino presente y su próximo porvenir. Mucho se ha escrito, y creo que con causa justificada, sobre las con¬ quistas de la historia en la época contemporánea. El tiempo “vuelto a encontrar” se nos aparece hoy día con una densidad y una plenitud des¬ conocidas para las generaciones que nos precedieron. Los aspectos político, militar y diplomático del pasado embargaban, hasta finales del último siglo, la atención exclusiva del investigador, y, como consecuencia de ello, eran los únicos conocidos por el gran público. Por fortuna, este marco excesiva¬ mente limitado de la investigación tradicional ha sido roto. La historia se ha extendido en profundidad, y tras los hechos de aquellos que parecían dirigir el juego se nos muestran ahora las duras realidades colectivas de cada sociedad, de cada civilización. Se ha pasado del nivel de los hechos al de las infraestructuras, disimuladas, pero eficaces y presentes. Frente al desarrollo prodigioso de las ciencias llamadas exactas, este paso representa también, en el orden del conocimiento, un enriquecimiento capital. Para llegar a esta resurrección de un pasado infinitamente complejo, LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL métodos nuevos han venido a añadirse a los procedimientos tradicionales de la investigación. El historiador dispone de esta manera de una gama de instrumentos diversos y más adecuados. Claro está que su posesión no le libra de encontrarse ante un trabajo difícil, incluso terriblemente difícil, podríamos decir, dado que esta nueva apertura a todos los aspectos de la vida exige de él una incesante gimnasia del espíritu al enfrentarlo a las perspectivas más variadas. Hombres como Marc Bloch y Henri-Irénée Mar¬ rón han sacado a plena luz las duras exigencias, las penosas necesidades del oficio de historiador. En la actualidad, toda síntesis reposa sobre el cono¬ cimiento de la inmensa masa de los trabajos anteriores. Y para contar con alguna probabilidad de éxito hay que añadir a ello un espíritu crítico constantemente despierto y una profunda simpatía, en el pleno sentido de la palabra, por el objeto estudiado. Mas ese tiempo y esos esfuerzos no deben juzgarse como mal empleados: después de haber olvidado delibera¬ damente el presente para intentar bañarse por segunda vez en el mismo rio, el historiador lo ve renacer en el acto ante él, distinto, ensanchado y con nuevas dimensiones. La civilización medieval, acaso más que ninguna otra, se ha visto enriquecida hasta un grado sorprendente por este ensanchamiento del cam¬ po de la investigación. Y Jacques Le Goff, rindiendo un justo homenaje a sus maestros pasados y presentes, que fueron, o que son, hombres al mismo tiempo que historiadores, nos hace visibles en su obra las inmensas con¬ quistas ya alcanzadas. Cierto que la Edad Media, al renacer de este modo en las estructuras de su vida biológica y material, tanto como de su vida mental, ha perdido algunos de los colores excesivamente brillantes con los que había sido adornada con frecuencia. Quizá pueda pensarse que el cuadro se ha ensombrecido demasiado y que a la visión realista y sombría de Jacques Le Goff podrían oponerse, tal como teme el propio autor, re¬ cuerdos más serenos, extraídos de los logros de la vida artística, espiritual o religiosa. Por mi parte, no lo creo así. Cuando el espíritu del autor es implacablemente critico y sabe reducir a sus justos términos las leyendas doradas, yo no lo juzgo menos ampliamente abierto a todos los valores. La lealtad con la cual busca poner en su debido lugar, estableciendo sus relaciones respectivas, las diversas ramas de la actividad humana es siem¬ pre digna de elogio. Si los colores sombríos predominan sobre los claros, si las quejas y los gemidos ahogan ligeramente los cantos y los gritos de alegría, ¿hay verdaderamente motivo para extrañarse de ello? El balance de bienes de otras civilizaciones no parece, en realidad, mejor. Raymond Bloch INTRODUCCIÓN L a rueda de la Fortuna, ese símbolo tan caro al Occidente medieval, gira también para las épocas e, incluso, para las civilizaciones. La ideali¬ zación del recuerdo transforma igualmente el pasado colectivo. El mito de la ((Edad Dorada» surge con facilidad en favor del ayer: los fran¬ ceses del siglo xiv evocaban con nostalgia el «buen tiempo de monseñor San Luis». Después, la idealización deja lugar con frecuencia a la denigra¬ ción y al olvido. Más tarde, el descubrimiento de nuevos documentos, la perspectiva creada por el tiempo, los puntos de vista inéditos, las varia¬ ciones de la moda modifican aún más la imagen del pasado y hacen dar otra vuelta a la rueda. Las leyendas doradas y las leyendas negras se suce¬ den unas a otras. La Edad Media ha empezado a recorrer ese sido de la mirada histó¬ rica. El Renacimiento y la época clásica la habían visto cubierta de tintes sombríos. Era el tiempo del arte llamado ((gótico», de la barbarie escolás¬ tica. Los ingleses encontraron una buena fórmula para definirla: the dark ages, la edad de las tinieblas. La Revolución de 1789, que puso fin en Francia a los derechos ((feudales» y significó su toque de agonía en toda Europa, concedió a la Edad Media política y social, identificada con el régimen feudal, un contenido igualmente despreciable. El adjetivo ((feudal» adquirió un sentido peyorativo. Fue el romanticismo quien empezó a ha¬ cer girar la corriente. El amor por las ruinas se trasladó de los templos antiguos a los castillos arruinados y a las catedrales inacabadas. La pasión por esos objetos de ensueño creció hasta el punto de pretender restaurar¬ los, embellecerlos, rehacerlos, o, allí donde apenas habían sido esbozados, construirlos por completo. El sabio Viollet-le-Duc tuvo sus émulos menos felices. El Rin, admirado, intentó ocultar en sus reflejos las siluetas in- LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL congruentes de Burgs-ersatz y las falsas torres de la catedral de Colonia. Lo medievalístico reemplazó a lo medieval. El neogótico sedujo por entero al clero, a la burguesía y a los americanos. El género trovador, las novelas de Walter Scott, Quasimodo y Aymerillot entronizaron la Edad Media en la literatura y el imprevisto Verlaine inventó una «Edad Media enor¬ me y delicada». Lo mejor, lo mediocre y lo peor se nutrieron en las fuentes medievales: el Keats de La bella dama sin misericordia , el Tennyson de La muerte de Arturo, el Péguy de los falsos Misterios, el Edmond Rostand de La Princesa Lejana. El Delacroix, por otra parte no siempre inspira¬ do, de La entrada de los cruzados en Constantinopla o de La batalla de Taillebourg abrió un camino peligroso a los prerrafaelistas y, ¡ ay I, tam¬ bién a Laurens (J. P.) y a Luminais (Evaristo-Vital), autor de ciertos Enerves de Jumiéges, desaparecidos con las viejas ediciones del Larousse. El brío de II Trovatore y los esplendores wagnerianos difícilmente conse¬ guían ahogar los sonidos menos felices del Etienne Marcel de Saint-Saéns o del Sigurd. de Reyer. Todas las opiniones políticas descubrían su ideal en esos tiempos felices: los ingleses tradicionalistas en la Carta Magna, los ingleses no conformistas en Robín Hood, los franceses de la derecha en San Luis, los franceses de la izquierda en el gran Ferré, los france¬ ses de todas las tendencias en Juana de Arco. La burguesía liberal del siglo xix buscaba su modelo —con Augustin Thierry— en el movimiento comunal y los fascistas del siglo xx lo hallaban en las instituciones corpo¬ rativas. Cada una de las naciones identificaba su nacionalismo con su histo¬ ria medieval. Eran la Francia de los cruzados y de las catedrales, la Ale¬ mania de Federico Barbarroja, de los Caballeros Teutónicos y de los Maes¬ tros Cantores, la España del Cid, la Italia del Dante y de Marco Polo. La Leyenda Dorada está alcanzando en la actualidad a los países del Este. La Polonia popular se entusiasma con el Millenium, que la retrotrae a los tiempos de la dinastía de los Piasts, y la Checoslovaquia socialista se descu¬ bre a sí misma en el siglo ix, durante el Imperio de la Gran Moravia. El siglo xx ha venido a enriquecer la pasión por la Edad Media con nuevas adquisiciones en el dominio de la sensibilidad, de la técnica y del pensamiento. El descubrimiento del arte negro y el gusto por las estéticas primi¬ tivas han convertido a nuestros contemporáneos en más sensibles a las armonías severas del arte románico, a las bellezas bizarras que luchan con¬ tra el abrazo de lo material —piedra, madera, metal precioso— de la Alta Edad Media. Creen poder encontrar la simplicidad de aquellos tiempos 14 INTRODUCCIÓN limpiando, desnudándolos hasta la piedra, los edificios que los hombres de la Edad Media habían cubierto de bordados y de tapices y a los que ha¬ bían dado colorido con pinturas llamativas y orfebrería rutilante. El resul¬ tado puede ser a veces muy bello y emocionante para nuestra sensibilidad de hombres del siglo xx. Históricamente, sin embargo, es más falso que la mayor parte de las reconstrucciones del escrupuloso y erudito Viollet- le-Duc. El interés fecundo por el desarrollo de las técnicas ha incitado, por otra parte, a los numerosos admiradores de la Edad Media a dotar a esta época de un genio inventivo que ningún otro período de la historia habría sido capaz de igualar. Soy el primero en felicitarme al ver como la com¬ prensión de la historia medieval se ilumina con una de las más preciosas luces que puede prestar la ciencia del desenvolvimiento de las sociedades y las civilizaciones. No olvido que Marc Bloch, a quien todo medievalista moderno debe saludar al comienzo de su trabajo, ha escrito sobre los inventos medievales páginas tras las cuales no se puede ya hablar de ese tiempo en los términos utilizados antes de él. No obstante, me gustaría que se reconociese que, tal como lo enseña también Marc Bloch, la Edad Media más bien ha difundido técnicas que las ha inventado. Por lo demás, el his¬ toriador ve en ello un fenómeno mucho más importante y significativo que el descubrimiento, con frecuencia sin porvenir, de un invento aislado, ob¬ jeto de curiosidad y no de historia, puesto que el verdadero objeto histórico debe, si no transformar, por lo menos sí cambiar, mediante su acción en extensión y en profundidad, las estructuras de una sociedad. El coro de alabanzas que se eleva en honor a un «Popov» medieval me parece un desquite por entero risible. En fin, animado por la renovación católica y más ampliamente reli¬ giosa, promovida a finales del siglo xix y del siglo xx, el pensamiento medieval se ha visto repentinamente revalorizado. Claro que en este aspec¬ to, de la misma manera que el gótico cede aún el paso al románico, no era tanto la Edad Media considerada como ((época de la fe» la que se veía glorificada, sino una Edad Media más moderna, que, de San Anselmo a Abelardo y a Santo Tomás de Aquino, habrían descubierto el racionalismo moderno, no el racionalismo reseco del Aufklarung y del positivismo, sino un racionalismo abierto, iluminado, definido por el famoso fides quaerens intellectum. También respecto a esta cuestión me felicito de ver a la Igle¬ sia hacer del tomismo, que el obispo de París había condenado particu¬ larmente en 1277, su filosofía oficial. De esta manera adopta una doctrina sin duda alguna más rica que la ideología en la que se inspiraba el Syllabus 15 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL de Pío IX. Al mismo tiempo, quisiera también que no se cometiese en esto el pecado mayor de anacronismo. Doble anacronismo, además, porque el tomismo del siglo xx es un neotomismo, más cercano al neogótico que el pensamiento del Doctor Angélico, y porque la interpretación que se hace normalmente del fides quaerens intellectum es un contrasentido. En resumen, si se presta crédito a los numerosos turiferarios que ha suscitado en nuestra época, la Edad Media lo ha inventado todo: la ojiva y la perspectiva y, por tanto, el arte moderno; el molino de agua y, por consiguiente, el maqumismo; la letra de cambio, lo cual viene a decir que también el capitalismo; la dialéctica, madre del pensamiento progresista; el amor —Dionisio de Rougement lo ha afirmado, según Engels—; y, en fin, incluso la muerte, lo que, por otro lado, es generalmente admitido, según los bellos estudios de Alberto Tenenti. La Edad Media presentada en este libro es más modesta. Naturalmente, no es que yo pretenda volver a la Edad Media oscura y oscurantista de la edad clásica. El siglo y medio que acaba de transcu¬ rrir ha revelado, gracias especialmente al trabajo de los historiadores, de los archiveros, de los arqueólogos y de los filólogos, una Edad Media en verdad apasionante. Las técnicas más modernas de la investigación, las cuales, por otra parte, enriquecen a cada momento su imagen, nos revelan rastros y monumentos de ella que se podían creer borrados para siempre. La arqueología, tras habernos restituido sus vestigios más nobles, esto es, sus obras de arte, nos descubre hoy día aspectos menos estéticos, pero no por ello menos cautivadores, de eso que los investigadores polacos, que han hecho de su estudio una ciencia mayor, llaman la cultura material: ar¬ queología de los lugares de habitación, de las técnicas rurales y artesana¬ les, de la alimentación... Si bien el procedimiento del carbono 14, el cual no permite siempre establecer una cronología detallada, resulta menos revelador para esta edad que para los períodos anteriores, el análisis químico de los metales, el estudio de los pólenes fósiles —polinología— y de los restos vegetales —dendrología—, la fotografía aérea, todas estas ciencias precisan y enriquecen nuestro conocimiento de la Edad Media y vienen a relevar a las tradicionales: epigrafía, paleografía, diplomática. Cierto que estas últimas no han dicho aún su última palabra, pero han quedado un poco anticuadas, puesto que no han hecho sino legarnos una imagen de la civilización de (do escrito» que no representa más que la capa, superior si se quiere, pero superficial al fin, de la cultura medieval y ofrecen, además, el peligro de enmascararnos su rudeza. Las escrituras han dejado de expresar toda la realidad medieval. De esta manera, una 16 INTRODUCCIÓN nueva Edad Media se halla en camino de nacer..., de renacer, estaría me¬ jor expresado. La arqueología agraria vuelve a encontrar los campos abandonados, las aldeas despobladas, y, allí donde no queda ninguna piedra, descubre las vicisitudes de la habitación humana, ligada al flujo y reflujo de la demografía, a las mutaciones de las economías, a las crisis de las sociedades. Lost villages, aldeas perdidas de Inglaterra; Wüstungen, abandono de es¬ pacios cultivados en Alemania... Se pone de manifiesto incluso el rastro del progreso de los pastos, el retroceso del campesino y del campo, pro¬ ducto de la crisis de la feudalidad medieval. Una Edad Media sin textos y sin inscripciones hace su aparición en el seno de la historia. Y no se contenta con completar la imagen de la Edad Media erudita que se conocía, sino que modifica dicha imagen en profundidad, al poner a aquélla en el lugar que le correspondía, es decir, en la epidermis, el barniz superficial. Las nuevas fuentes permiten pe¬ netrar hacia las raíces. Los textos nos hablan del reino de la espada y del prestigio del herrero en la civilización medieval. Pero el análisis químico realizado en el laboratorio nos abre los secretos de los metalúrgicos merovingios y nos explica por qué sus armas lograban vencer. La climatología histórica halla un eminente auxiliar en las crónicas que señalan las intemperies, las largas sequías, los avances del frío, los re¬ calentamientos insólitos, pero únicamente las investigaciones —como las efectuadas por los glaciólogos, que han probado, por el método del carbo¬ no 14, que el bosque fósil cuyos restos han sido descubiertos por el retro¬ ceso actual del glaciar de Aletsch data del siglo xi y que dicho bosque fue aplastado por el avance del glaciar hacia 1270— nos permiten fechar, cartografiar y, por lo tanto, estudiar a partir de bases seguras fenómenos que van más allá de los «hechos diversos» de los cronistas. De este modo, la Edad Media se encuentra más aún en el futuro —en la aplicación de las nuevas técnicas de sondeo y de resurrección del pasado— que en el pasado mismo. La Edad Media de los últimos descubrimientos, acabamos de verlo, no es la misma que la Edad Media de los nobles aspectos revelada por la historiografía tradicional, de la cual ha partido la leyenda dorada de la época medieval. Es una Edad Media de las profundidades, de los funda¬ mentos, de las estructuras. Se ha llegado a aplicarle, en sus formas más modernas, los métodos utilizados para el estudio de las civilizaciones sin escritura, ya sean prehistóricas o más recientes. Ciertamente, no se trata !7 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL de olvidar que la Edad Media, o mejor, una pequeña élite medieval, sabía también escribir, pero esa Edad Media esencial está más cerca de la ver¬ dad de una época en la que la inmensa mayoría — illiteratus, «iletrado», era sinónimo, como veremos, en un sentido más o menos amplio, de laico, noble o campesino— permanecía analfabeta. Esa Edad Media de las profundidades es la que yo intento presentar en este libro. Mi propósito, por lo tanto, puede considerarse en los antí¬ podas del que suscitó, por ejemplo, la reciente obra, excelente por otra parte, de Léopold Génicot: Les Ligues de faite du Moyen Age. Intentaré presentarla y, si es posible, explicarla en su conjunto, abar¬ cando todos sus niveles, solidarios los unos de los otros, y sus expresiones más altas, que clavan sus raíces en un terreno ingrato. Utilizaré, hasta el punto en que me sea posible, las enseñanzas de las ciencias hermanas de la historia, apropiadas, me parece, para discernir y hacer comprender mejor una sociedad y una civilización que los métodos de una historia ligada a la ideología de las clases dominantes tradicionales, aristocracia y burguesía, idealiza excesivamente. Ellas me parecen más aptas aún que la sociología, la antropología y la etnología, para iluminar el es¬ tudio de la civilización del Occidente medieval. Por un momento me sentí tentado a describir esta civilización como la de una de esas sociedades que hoy en día llamamos subdesarrolladas. Hoy eso sería, a mi entender, hablar por imagen y falsear la verdad. Por¬ que, ¿qué civilización contemporánea, por muy desarrollada que sea, puede considerarse superior a la civilización medieval? Si el Occidente medieval nos parece, y en efecto lo ha sido, atrasado en relación con la China, la India, el Islam o el Bizancio de la Edad Media, es cuestión de grado y no de naturaleza. En todas las partes del mundo, el nivel de las técnicas, de las estructuras económicas, de la organización social es el mismo. En un lado existe más riqueza, brillantez y refinamiento y en el otro más miseria y rudeza, pero la esencia es siempre idéntica. Fue preciso esperar la revo¬ lución industrial para que se instaurase una verdadera diferencia de natu¬ raleza entre los países alcanzados por ella y los que escaparon a su influjo. La noción de subdesarrollo presenta también un matiz económico que considero insuficiente para definir la civilización medieval. No es que las estructuras económicas del Occidente medieval no me parezcan funda¬ mentales. Me esforzaré en presentar ese mundo rural, en el que la tierra es esencial —Georges Duby ha escrito, de un modo restrictivo, creo: «En la civilización de ese tiempo, el campo lo era todo»—, en que la posesión de la tierra es capital para definir el rango social. 18 INTRODUCCIÓN Ahora bien, si no hay razón alguna para negar a esta sociedad el epíteto de ((feudal», es preciso al mismo tiempo comprender que la feu- cl.didad, que corresponde, cierto es, a una estructura económica, no se confunde con ella. Marx y Engels, que están muy lejos de ser sospechosos L ■ v. • nv- ■ ^¿ • ■ 1 * ■ ^ ' : > • ** ^ \ «%Y f 1 j. L ÍJC íí * 'i* lt ^ #íi ■ ’j j jfl ¡A«' , 9k ' KMsmm. • ic* 9 ^, •_ *s»-' *■ & m-, p¿R EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 12 A 20 degunda impuso, no sin dificultad, a sus monjas la regla de San Cesáreo de Arles, que sostiene en la miniatura, lo cual viene a subrayar la importancia de la organización monástica en un momento en que la regla de San Be¬ nito no había sido todavía difundida. Las miniaturas de este manuscrito, que pertenecen al estilo de los frescos con¬ temporáneos suyos en la cripta de la iglesia de Saint-Savin-sur-Gartempe, manifiestan las influencias meridiona¬ les sobre el gran centro artístico y religioso de Poitiers, uno de los princi¬ pales hogares del arte románico. (Poi¬ tiers, Biblioteca Municipal, manuscri¬ to ayo.) 15. RESTAURACIÓN DEL IMPERIO: CAR- I.OMAGNO. El emperador se muestra en su trono, con la corona y el cetro. La miniatura se encuentra en un manuscrito del si¬ glo X, que contiene lo esencial de la legislación carolingia: capitulares, ley sálica, ley de los ripuarios, ley de los alemanes, ley de los bávaros. (París, Biblioteca Nacional, manuscrito lati¬ no 9654, fol. A v.) 16. RESTAURACIÓN DE LA IDEA IMPERIAL EN EL SIGLO X: OTÓN II. En esta miniatura, arrancada a un ma¬ nuscrito de las obras de Gregorio el Grande, ejecutado antes de 983 por el arzobispo de Tréveris, Egberto, puede verse un ejemplo de la propaganda ico¬ nográfica llevada a cabo por los Oto¬ nes en favor de la restauración impe¬ rial. La influencia bizantina es muy clara (Otón II estaba casado con una princesa griega, Theófana): trono, dia¬ dema, vestido, globo con la cruz, cetro. No obstante, el emperador no preten¬ de la supremacía sino en Occidente. Las cuatro mujeres (invisibles en el grabado) que representan a las nacio¬ nes, si no sujetas, por lo menos satélites del Imperio, aparecen designadas como la Germania, la Francia, la Italia y la Alemania. (Chantilly, Museo Condé.) 17. la cristianización: un milagro DE SAN BENITO. Capitel del coro, en el monasterio de Fleury (Saint-Benoit-sur-Loire). Data, probablemente, del periodo 106J-1108. Es, verosímilmente, obra del monje Hugo de Santa María, que dejó su nombre sobre muchos capiteles. La es¬ cena, tomada del segundo libro de los Diálogos de Gregorio el Grande, narra un milagro que se puede suponer como acaecido a finales del siglo XI, en el período en que la Iglesia lucha con¬ tra la clase feudal y se presenta como la sostenedora del pueblo contra los señores. Un bandolero (que reviste aquí la figura de un caballero, con la cota de mallas y la espada, su caballo y su escudo atados a un árbol) pretende ro¬ bar a un campesino, quien le dice que ha confiado todos sus bienes a San Be¬ nito. El bandido se hace conducir has¬ ta el santo, que está leyendo en su cel¬ da. En su presencia, los cordeles que sujetaban al campesino caen por sí so¬ los. El bandolero se arrodilla a los pies 45 EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 12 A 20 de San Benito y se convierte. (Saint-Be- noit-sur-Loire, Loiret, iglesia abacial.) 18. la cristianización: un milagro DE SAN MARTÍN. San Martin debe su extraordinaria po¬ pularidad a la buena publicidad que le prestaron su biógrafo Sulpicio Severo, a comienzos del siglo V, y los clérigos de Tours, deseosos de atraerse los do¬ nativos y los peregrinos. Su recuerdo ha quedado particularmente unido a la evangelización de las zonas rurales. Helo aquí representado sobre un ca¬ pitel, en la nave de la iglesia abacial de la Magdalena, Vézelay, edificada entre 1120 y 1140. La escena es típica, tal como la relata la Leyenda dorada: «Como fuese que San Martín quisiera derribar un pino consagrado al Diablo, en presencia de una multitud de cam¬ pesinos, uno de éstos le dijo: "Si tienes verdaderamente confianza en tu Dios, permítenos derribar este árbol y ha¬ cerlo caer sobre ti." En el momento en que el árbol se hallaba a punto de caer, Martin hizo el signo de la cruz. Y el árbol, desviándose hacia el otro lado, estuvo a punto de aplastar a los cam¬ pesinos que se hallaban presentes y que, ante tal milagro, se convirtieron a la fe .» (Vézelay, Yonne, iglesia abacial.) 19. UN SOBERANO BÁRBARO: CHILDE- RICO I. Facsímil en galvanoplastia del sello anular, desaparecido, de Childerico I (muerto entre el 481 y el 482). Fue encontrado en su tumba (Tournai) en 1653. El padre de Clodoveo se llama a si mismo en la inscripción el rey Childerico. No obstante, no era sino el jefe de los francos salios, considerado por los romanos como confederado suyo. Intenta parecer romanizado, pero el dibujo es bárbaro. Las característi¬ cas son militares, como en la coraza y la lanza, o bien tradicionales como los largos cabellos que caen sobre sus hom¬ bros, del modo utilizado tan sólo por los miembros de la familia "real”. (Pa¬ rís. Biblioteca Nacional, Gabinete de las Medallas.) 20 . UN SOBERANO BÁRBARO: ALARI- CO II. El sello-anillo de Alarico II (484-507), rey de los godos (Rex Gothorum en la inscripción), es más romano de factu¬ ra. Se sabe que el autor del Breviario se esforzó en recoger todo lo que podía ser salvado de la herencia romana. (Viena, Kunstgeschichtliche Sammlun- gen.) 46 LA INSTALACIÓN DE LOS BARBAROS rutas, reina la muerte, el sufrimiento, la destrucción, el incendio, el duelo. Una sola pira ha reducido en humo a la Galia entera. Y en la Hispania, según las palabras del obispo Idacio: «Los bárbaros se desencadenan sobre las Hispanias. El flujo de la epidemia hace igualmente estragos. La tiranía de los exactores roba los recursos y las fortunas ocultas en las ciudades y la soldadesca las agota. El hambre asuela el país, un hambre tan atroz que, bajo su imperio, los hombres devoran carne humana. Madres hay que dieron muerte a sus hijos, los cocieron y se alimentaron de sus cuerpos. Las bestias, acostumbradas a los cadáveres de los que habían perecido por el hambre, por el hierro, por la epidemia, matan incluso a los hombres sanos. No contentas con haberse hartado de la carne de los cadáveres, atacan a la especie huma¬ na. De esta manera, los cuatro azotes del hierro, del hambre, de la epi¬ demia y de las bestias hacen estragos por todas partes en el mundo entero, y las predicciones del Señor por sus profetas se encuentran rea¬ lizadas.» Tal es la macabra coyuntura en que comienza la historia del Occi¬ dente medieval. Se mantendrá a lo largo de diez siglos. El hierro, el hambre, la epidemia, las bestias, tales serán los siniestros protagonistas de esta his¬ toria. Ciertamente, no han sido sólo los bárbaros quienes los han traído con ellos. El mundo antiguo los había conocido ya. Pero tendían a volver con gran fuerza desde el momento en que los bárbaros los hubieron des¬ encadenado. Y a este desencadenamiento de la violencia le habían infun¬ dido los bárbaros una fuerza inaudita. La larga espada de las grandes in¬ vasiones, que será igualmente la de los caballeros, extiende desde este momento su sombra mortal sobre Occidente. Antes de recomenzar lenta¬ mente la obra constructora, un frenesí de destrucción se apodera por largo tiempo de Occidente. Los hombres del Occidente medieval son, sin duda alguna, hijos de esos bárbaros, semejantes a los alanos pintados por Ammiano Marcelino: «Este placer que los espíritus dulces y pacíficos encuentran en un ocio estudioso lo ponen ellos en los peligros y en la guerra. A sus ojos, la suprema felicidad es la pérdida de la vida en el campo de batalla. Morir de vejez o por un accidente es un oprobio y una cobardía que cubren de horrorosos ultrajes. Matar a un hombre es un heroísmo para el cual no tienen bastantes elogios. El más glorioso trofeo consiste en la cabellera arrancada a un enemigo, ocupando un lugar deco¬ rativo en el caballo de guerra. No se ve entre ellos ni templo ni san¬ tuario, ni aun un nicho cubierto de paja. Una espada desnuda clavada en tierra, según el rito bárbaro, ha pasado a ser el emblema de Marte 47 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL y ellos la honran devotamente como a la soberana de las regiones que re¬ corren.)) Pasión de la destrucción que el cronista Fredegario, en el siglo vil, expresa por boca de la madre de un rey bárbaro, exhortando a su hijo: «Si quieres alcanzar el éxito y hacerte un renombre, destruye tod.o cuanto los otros hayan edificado y acuchilla al pueblo entero que hayas vencido; porque tú no podrás jamás elevar un edificio superior a los construidos por tus predecesores y no hay más bella hazaña sobre la cual puedas ele¬ var tu nombre.» # # * Tan pronto con el ritmo de lentas infiltraciones y de progresión más o menos pacífica, tan pronto en bruscos impulsos, con su secuela habitual de luchas y de mortandades, la invasión de los bárbaros modificó profun¬ damente, entre los comienzos del siglo viii, el mapa político de Occidente, que se encontraba bajo la autoridad nominal del emperador bizantino. De 407 a 429, una serie de incursiones devastan Italia, la Galia y la Hispania. El episodio más espectacular es el sitio, la toma y el saqueo de Roma por Alarico y sus visigodos en el año 410. La caída de la Ciudad Eterna sumió en el estupor a muchos. «Mi voz se ahoga y los sollozos me interrumpen mientras dicto estas palabras —gime San Jerónimo desde Pa¬ lestina—. La ciudad que ha conquistado el universo, ha sido conquistada a su vez.)) Los paganos acusan a los cristianos de ser la causa del desastre por haber expulsado de Roma a sus dioses tutelares. San Agustín toma pretexto del acontecimiento para definir en la Ciudad de Dios las relacio¬ nes entre la sociedad terrestre y la sociedad divina. Disculpa a los cris¬ tianos y reduce el acontecimiento a sus verdaderas dimensiones: un hecho trágico que se renovará —esta vez sin efusión de sangre, sitie ferro et igne — en el año 455, con Genserico y sus vándalos. Vándalos, alanos y suevos saquean la Península Ibérica. La breve ins¬ talación de los vándalos en el sur de la Hispania bautiza, sin embargo, de manera definitiva a la Andalucía. Desde el 429, los vándalos, los únicos bárbaros que poseían una flota, pasan al África del Norte y conquistan las provincias romanas de África, es decir, Túnez y Argelia oriental. Después de la muerte de Alarico, en el 412, los visigodos refluyen desde Italia sobre la Galia, En el 414 pasan a la Hispania, de donde se repliegan en el 418, para instalarse en Aquitania. En cada uno de estos estadios, la diplomacia romana no ha cesado de actuar. Es el emperador Honorio quien desvía hacia la Galia al rey visigodo Ataúlfo. Éste se casa 48 2. LOS REINOS BARBAROS EN EL SIGLO VI üc yuros REINOS BRETONES ' ANGLO-SAJOÑES V SAJONES TournaiiÑ T V RING IOS- :Rcims| '*05Maguncia HUNOS ííí'O Bcsanvon f'^.-íSBURCUNDO ;s|:iLydn^?SM¡] án w : x%‘:*:M**Vicnne • o LOMBARDOS Nantes: Burdeos: > K ■ ?. P 1 líLV**] ¿nj lüfTj lii^Kv man fer \niodwcoloi efh ^fubdicur- Poft IIM1UU1 _ r » /j C 1 £tajwtaflr opíf luiaiArc urde facn cuxjun urn num mirra cff íi ur iitmifq; pare Inme netp intuirá depranar^nap n nru4c«« irbtiqt pceiuf tcttmmr i conccpnotic finir- cas ad íHam retir jní ticuna p fu 7 A HanmiUf ticro rt nf nifcniuit rr ; u Imf penetrare dtf mi ituienur-Tedí fbirf locuraur ab % .»:#T5 wr. íHMflpP.' » M amuiim^m^lf írlrt jJítnatJ snmnt tcpafcc 29 EPIGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 21 A 29 arco. Salen de una ciudad de cruzados para lanzarse contra los sarracenos. La escena reproduce quizás un episodio de la victoria obtenida en 1163 sobre Nu- redíri en la llanura de la Boquea, al pie del “krak” o castillo de los caba¬ lleros. (Cressac, Charente, Capilla de los templarios.) 24. un emperador: Federico i bar- BARROJA. Esta miniatura, pintada entre 1188 y 1189 y perteneciente a un manuscrito de la Historia de la Primera Cruzada, obra de Roberto de Saint-Rémy, es un ejemplo de la propaganda iconográfica eclesiástica. En ella se ve al prior En¬ rique de Schaftlarn ofreciendo la obra a Eederico Barbarroja. El emperador es puesto indirectamente al servicio del papado por el camino de la Cru¬ zada. La cruz corona el globo, insig¬ nia imperial, cubre el pecho, decora el escudo. La inscripción exalta la acción del emperador contra Saladino. (Roma, Biblioteca Vaticana, Códice Vaticano Latino núm. 2001, fol. 1, reverso.) 25. LA CONSAGRACIÓN DE UNA IGLESIA: CLUNY. Cluny sabía muy bien imponerse a sus filiales. Esta colección histórica y li¬ túrgica fue compuesta hacia 1180-1190 por el prior cluniacense de Saint-Mar- tin-des-Champs en París. Contiene, ade¬ más de los usos litúrgicos, la narración de los grandes acontecimientos ocurri¬ dos en el monasterio. En el año 1095, el papa Urbano II se detiene en su ca¬ mino hacia Clermont, donde predicará la I Cruzada el 27 de noviembre, y con¬ sagra la nueva iglesia, elevada por el abad Hugo (Cluny III). Los viajes de consagración, que el papa efectuaba ro¬ deado de cardenales, obispos y abades, revistieron gran importancia para la di¬ fusión de ciertos planos, estilos y temas artísticos. (París, Biblioteca Nacional, manuscrito latino 17716, ¡ol. 91.) 26. MONJES ROTURADORES. Los monjes no tomaron tan gran parte en las roturaciones como se ha dicho frecuentemente. De todas maneras, su actividad en este dominio no es de despreciar. En este manuscrito de Ci- teaux, aproximadamente del 1115, las Moralia in Job de Gregorio el Gran¬ de (véase il. J03), un monje derriba un árbol, al que un campesino (pro¬ bablemente un asalariado, puesto que los cistercienses no tienen siervos en esta época) poda las ramas. Obsérvese la habilidad, muy románica, con que se aprovecha la inicial J para contener el tema. (Dijon, Biblioteca Municipal, manuscrito 173, fol. 41.) 27. AL FINAL DE LA EDAD MEDIA: LA SO¬ CIEDAD MONÁRQUICA. En 1430, Carlos VII ha reconquistado prácticamente toda Francia y asentado la autoridad monárquica. En el mismo año, el condestable de Richemont, que ha añadido la Bretaña (en la miniatu¬ ra lleva sus armas) al dominio real, en¬ carga este manuscrito del Árbol de las Batallas a un copista, con motivo de Ib EPIGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 21 A 29 la reedición de Cherburgo. El rey en su trono preside los tres estados de la sociedad. En lo alto, en torno al papa, que superpone su autoridad a la del rey, el clero: cardenales, obispos, mon¬ jes, clérigos. En el centro, el soberano con el delfín, el futuro Luis XI, a su derecha y Richemont a su izquierda, rodeado de la aristocracia militar. Aba¬ jo, el tercer estado, burgueses a la iz¬ quierda, mercaderes y campesinos a la derecha. (París, Biblioteca del Arsenal, manuscrito 2695, fol. 6.) 28. AL FINAL DE LA EDAD MEDIA: VENE- CIA, PUERTA DEL ORIENTE. El libro de Marco Polo (el Millón o el Libro de las Maravillas; cuando síi autor lo dictó, entre 1298 y 1901, mien¬ tras se hallaba en la prisión de Geno¬ va, donde fue encerrado después de la derrota de los veíieciatios en Curzola, le llamó más modestamente —o más orgullosamente — la Descripción del Mundo) fue uno de los grandes libros de aventuras escritos al final de la Edad Media, que lo consideró como una obra de ficción. La miniatura, que forma parte de un manuscrito de Oxford, preparado e iluminado ha¬ cia 1400, decora el cotnienzo del libro «Ci commence li livres du graunt Caam (el Gran Kan mogol) qui parole de la Graunt Armenie, de Perse...» Repre¬ senta a Venecia, sus barcos mercantes, su aristocracia comercial y fastuosa, sus monumentos resplancleciejites, sus es¬ cenas urbanas familiares en la Piazzet- ta (a la izquierda), su León de Sa7i Marcos simbólico, puerta de la rique¬ za y la aventura, abierta sobre un Oriente que los turcos no disputaban todavía a los venecianos. (Oxford, ma¬ nuscrito Bodleian 264, fol. 218.) 29. al FINAL DE LA EDAD MEDIA: UN PRÍNCIPE. A mediados del siglo XV, los principes se habían convertido — tanto, si no más, que la Iglesia — en los grandes mecenas: Fiero della Francesca adquie¬ re su reputaciófi en la corte de Federi¬ co de Montefeltre, duque de Urbino, y, más tarde, en la de los Este, señores de Ferrara. En 1491 pinta este retrato (firmado y fechado) de Sigismondo Pandolfo Malatesta, señor de Rimini. Malatesta fue uno de los primeros principes del Renacimiento. Soldado de aveiitura, condotiero libertino, cruel, refinado, encargó a Alberti la construc¬ ción en Rimini de una capilla dinás¬ tica en el interior de una iglesia fran¬ ciscana inacabada. Es el templo de los Malatesta, elevado en su honor y el de su amante Isotta de Rimini más que en honor de Dios. El retrato de Sigis- rnondo, seguido de dos lebreles (sólo uno de ellos visible en el grabado), arrodillado ante su patró?i San Segis- mundo de Borgoña, está realizado se¬ gún el sistema espacial propio del Re¬ nacimiento. El principe ocupa el cen¬ tro, “rodeado de un vacío augusto’’ (Henri Focillon), destacando su perfil, con la individualidad de sus rasgos, en¬ tre las dos columnas albertinianas. (Rimini, Tempio Malatestiano.) LA TENTATIVA DE ORGANIZACIÓN GERMÁNICA momentáneamente de los sajones, Carlomagno marchó sobre Baviera en el 787. Gracias al apoyo del papa que había excomulgado a Tassilón, y al de un fuerte partido conseguido comprando al clero bávaro, obtuvo sin combate la sumisión de Tassilón, que se rindió en el 788. Carlomagno se desembarazó de la familia ducal bávara haciendo tonsurar a Tassilón, al que encerró primero en Jumiéges y, más tarde, en Worms, y obligando a profesar a su mujer, sus dos hijos y sus dos hijas. El obispo Arno de Salz- burgo, que ayudó a Carlos a integrar el país y la Iglesia de Baviera en la Iglesia y el Estado francos, fue designado arzobispo en el año 798. Pese a esta integración, la nueva provincia bávara continuaba expues¬ ta a las incursiones de los ávaros, pueblo de origen turco-tártaro, procedente de las estepas asiáticas como los hunos. Englobando en sí a un cierto núme¬ ro de pueblos eslavos, habían fundado un imperio con centro en el Danu¬ bio medio, desde la Carintia a la Panonia. Saqueadores profesionales, habían conseguido, gracias a sus expediciones, un enorme botín y lo habían acumu¬ lado en su cuartel general, que conservaba la forma circular de las tiendas mongolas: 'el Ring. Estas riquezas constituyei'on, sin duda, un atractivo no desdeñable para los francos, cuyos soberanos buscaban siempre —al igual que los romanos— extraer de sus conquistas una parte notable de los recursos necesarios al reino. En el año 791, una campaña hábilmente pre¬ parada, que hacía converger tres ejércitos francos, dos venidos del Oeste y progresando a lo largo de cada una de las orillas del Danubio y el otro aportado desde Italia por Pepino, hijo de Carlomagno, fracasó a causa de una epidemia, que mató un elevado número de sus caballos. En el 796, Carlomagno se apoderó del Ring. El principal jefe ávaro, de nombre Tun- dun, se sometió y se convirtió al cristianismo. Bautizado en Aquisgrán, tuvo a Carlomagno por padrino. El soberano franco se anexionó entonces la parte occidental del imperio ávaro, entre el Danubio y el Drave. Hasta aquel momento, el Estado carolingio había pisado apenas el mun¬ do eslavo. Tan sólo algunas expediciones hacia el curso inferior del Elba, y aún más allá después de la conquista de Sajonia, habían rechazado o englobado a ciertas tribus eslavas. La victoria sobre los ávaros hizo entrar en el mundo franco a eslovenos y croatas. Carlomagno se enfrentó al fin con los griegos. Sin embargo, este con¬ flicto presentaba caracteres muy particulares. Su significación especial le venía dada por un acontecimiento ocurrido en el año 800, que prestó nue¬ vas dimensiones a las empresas de Carlomagno: el rey franco había sido coronado emperador por el papa de Roma. El restablecimiento del Imperio de Occidente parece haber sido una 8 77 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL idea pontifical y no carolingia. La principal preocupación de Carlomagno consistía en consagrar la división del antiguo Imperio romano en un Occi¬ dente, del cual él sería el jefe, y un Oriente que no pensaba disputar al basileus bizantino. No obstante, se obstinaba en no reconocer a éste un título imperial que evocaba una unidad desaparecida. En los Libri Karolini del 792 se presenta como «rey de las Galias, de Germania, de Italia y de las provincias vecinas», mientras que nombra al basileus como «el rey que reside en Constantinopla». Señalar esta igualdad y su independencia le parece tanto más necesario cuanto la virulencia iconoclasta de Bizancio ha vuelto a convertir a los francos, como en la época de Clodoveo, en los cam¬ peones de la ortodoxia. Por otra parte, quiere así protestar contra el segun¬ do Concilio de Nicea, celebrado en el 787, que pretendió regular la cues¬ tión de las imágenes para la Iglesia universal. Ahora bien, en el año 799, el papa León III comprendió que podría obtener una triple ventaja por el hecho de conceder la corona imperial a Carlomagno. Aprisionado y perseguido por sus enemigos romanos, tenía necesidad de ver restaurada su autoridad, de hecho y de derecho, por otra autoridad que se impusiera a todos sin lugar a disputa: es decir, la de un emperador. Jefe de un Estado temporal, el Patrimonio de San Pedro, desea¬ ba que el reconocimiento de esta soberanía temporal fuese corroborada por un rey superior a todos los demás, tanto en título como en poder efectivo. Por último, pensaba, lo mismo que gran parte del clero romano, que, al hacer de Carlomagno un emperador para todo el mundo cristiano, com¬ prendido Bizancio, constituiría un excelente medio de luchar contra la herejía iconoclasta y establecer la supremacía del pontífice romano sobre toda la Iglesia. Carlomagno se dejó arrastrar a esta coronación con alguna repugnancia. Creyéndose «rey coronado por Dios», rex a Deo coronatus, juzgaba acaso superfluo el gesto del papa, un hombre que no era considerado por todos como el vicario de Cristo. Rey de los francos ante todo, no se sentía más que medianamente seducido por una ceremonia que le transformaba en rey de los romanos y, más concretamente, de esos habitantes de la Roma del 800, ya por entero desprovista del prestigio de la Roma antigua. A pesar de ello, terminó por dejarse convencer y fue coronado el 25 de diciembre del año 800. Sin embargo, no se enfrentó con Bizancio sino para obligarle a reconocer su título y la igualdad de su categoría. Habiendo fracasado las negociaciones diplomáticas, comprendido un proyecto de matrimonio con la emperatriz Irene, inició una serie de operaciones en el norte del Adriᬠtico, en los confines de los dos Imperios. También en este caso la falta de 78 4. HACIA EUROPA: PARTICIONES DEL IMPERIO CAROLINGIO _ Tratado de Verdón (843) EEEEl Reino de Carlos el Calvo Reino de Lotario Reino de Luis el Germánico - — — Tratado de Meersen (870) (Partición de la Lotaringia entre Carlos el Calvo, Luis el Germánico y Luis II) Tratado de Ribemont (880) FCambrai “Ribemont" DUCADO DE- Rennes* { BRETAÑA= f; ::;::¥:::S>:i#MeerserÉ Co i on ¡ a ( M? es . t richt:5'::- Aqui * grán /, | j | I ^FRANCIA ORIENTAL ( rai C • r-Stavelot;:;:^ II I I I I I I I ' H / 1 • • ' Maguncia m- •-"’;.Éch/ernT^tn N W P¡í« v". fs VMe'z \/ — Estrasburgo^ : N E U S T R I A: TTALIAi 79 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL navios le procuró un fracaso ante las escuadras griegas. No obstante, su superioridad militar en tierra le permitió apoderarse de Friul, de la Car¬ nuda, de Istria, y, sobre todo, de Venecia, la cual había intentado vana¬ mente mantenerse neutral, a fin de salvaguardar su naciente comercio. Finalmente, en el año 814, se llegó a un acuerdo, apenas unos meses antes de la muerte de Carlomagno. Los francos accedieron a devolver Venecia, aunque conservaron para sí las tierras situadas al norte del Adriático, y el basileus reconoció a Carlomagno su título imperial. Dueño de tan vasto territorio, Carlomagno se ocupó siempre de admi¬ nistrarlo y gobernarlo con eficacia. Si bien los grandes oficiales, los conse¬ jeros y los secretarios que componían la corte del soberano eran aproxima¬ damente los mismos que bajo los merovingios, su número se había acrecen¬ tado considerablemente y, sobre todo, se procuraba que fueran más instrui¬ dos. Pese a que los actos gubernamentales continuaban siendo en su mayo¬ ría orales, se estimuló el uso de la escritura, y una de las principales finali¬ dades del renacimiento cultural, del que se hablará más adelante, estribó en perfeccionar el bagaje profesional de los oficiales reales. De manera par¬ ticular —como es bien sabido—, Carlomagno se esforzó por hacer sentir su autoridad en todo el reino franco, desarrollando los textos administra¬ tivos y legislativos y multiplicando los enviados personales, es decir, los representantes del poder central. El instrumento escrito de este poder fueron las capitulares u ordenan¬ zas, tan pronto particulares a una región, como las capitulares de los sajo¬ nes, tan pronto generales, como la capitular de Herstal (o Heristal), sobre la reorganización del Estado (779), la capitular De villis, sobre la adminis¬ tración de los dominios reales, o la capitular De litteris collendis, sobre la reforma de la instrucción. El instrumento humano estuvo integrado por los missi dominici, grandes personajes laicos o eclesiásticos, enviados en misión anual de vigilancia a los delegados del soberano —los condes y, en las fronteras, los marqueses o los duques— o de reorganización administra¬ tiva. En un grado superior, una asamblea general reunía una vez por año (a finales de invierno) en torno al soberano a los principales representantes de la aristocracia eclesiástica y laica del reino. Esta especie de Parlamento aristocrático —la palabra populus que lo designa no debe inducirnos a error— que sirvió a Carlomagno para asegurarse la obediencia de sus súb¬ ditos, habría de ser utilizado, más tarde, para imponer a sus débiles suce¬ sores la voluntad de los grandes del reino. La grandiosa construcción carolingia, en efecto, iba a desmoronarse rápidamente en el curso del siglo ix, bajo los golpes conjugados de los ene- 80 LA TENTATIVA DE ORGANIZACIÓN GERMÁNICA migos exteriores —nuevos invasores— y de los agentes internos de desin¬ tegración. # # * Los invasores se presentan procedentes de todos los horizontes. Los más peligrosos arriban por mar, al Norte y al Sur. Llegan del Norte los escandinavos, a los que se llama simplemente s hombres del norte o normandos, o aun vikingos. Su primer propósito es sencillamente saquear. Asuelan las costas, remontan los ríos, se arrojan sobre las ricas abadías, incluso, a veces, sitian las ciudades. No debe olvidarse que la expansión escandinava se produce lo mismo hacia el Este que hacia el Oeste. Se sabe con seguridad que los suecos o varengos colonizan económi¬ camente Rusia, dominando el comercio que la cruza. Asimismo, en el aspecto político, acaso sean ellos quienes suscitan los primeros esbozos de los diversos estados. Al Oeste, los noruegos se encarnizan sobre Irlanda, los daneses sobre las regiones bañadas por el mar del Norte y La Mancha. Des¬ de el año 809, la travesía ele La Mancha deja de ser segura. Después del 834, las incursiones normanas, centradas particularmente sobre los puertos de Quentovic y de Duurstede, en las desembocaduras comerciales del Escalda, del Mosa y del Rin, se hacen anuales y comienza a dibujarse una fase de instalación. Se trata todavía de contar con bases más cercanas y más estables para las expediciones de pillaje. En el año 839, un jefe normando funda un reino en Irlanda y establece su capital en Armagh. En el 838, el rey de Dinamarca solicita del emperador la cesión del país de los frisones. A pesar de la negativa de Luis el Piadoso, los normandos ocupan la región de Duur¬ stede. Señalemos algunos hechos importantes: en el 841, saqueo de Ruán; en el 842, destrucción de Quentovic; en el 843, saqueo de Nantes; en el 844, los normandos se aventuran hasta La Coruña, Lisboa y Sevilla; en el 845 figuran entre sus presas Hamburgo y París, saqueado este último por las tripulaciones de ciento veinte navios, mandados por el Ragnar Lod- brok de las sagas o poemas escandinavos; en el 859 alcanzan Italia y llegan hasta Pisa. Ésta será su última incursión, geográficamente hablando. Entre las víctimas de sus innumerables depredaciones se incluye Aquisgrán, don¬ de, en el 881, incendian la tumba de Carlomagno. Al fin, como los invasores que les precedieron, piensan en instalarse, en establecerse de manera defi¬ nitiva, en reemplazar el pillaje por el cultivo y el comercio. Por la paz de Wedmore, firmada en el año 878, Alfredo el Grande * les reconoce una parte de Inglaterra, de la cual toman posesión a partir de 980, bajo el mandato de Svend y su hijo Cnud el Grande # (1019-1035). 81 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Pero son los normandos establecidos en el norte de la Galia (región a la cual dieron su nombre una vez que Carlos el Simple la hubo concedido, en el 911, a su jefe Rolón por el tratado de Saint-Clair-sur-Epte) los que se des¬ parraman por Occidente y dejan en él señales duraderas. En 1066, con¬ quistan definitivamente Inglaterra y, a partir de 1039, se instalan en la Ita¬ lia del Sur y en Sicilia, donde fundan uno de los Estados más originales del Occidente medieval. Sus representantes aparecerán en el Imperio bizan¬ tino, en Tierra Santa, formando parte de las Cruzadas. En cuanto al Sur, el ataque provino de los musulmanes de Ifriquigi Tuvo lugar después de que una dinastía árabe, la de los Aglabidas, se inde¬ pendizó prácticamente del califato y construyó una flota. Los piratas ifri- quianos aparecieron en Córcega hacia el año 806. Más tarde, a partir del 837, emprendieron la conquista de Sicilia y, en menos de un siglo, se hicieron dueños de ella, a excepción de algunas pequeñas zonas que quedaron en manos de los bizantinos o de los indígenas. Todos los centros importantes habían caído,en su poder: Palermo (831), Mesina (843), Enna (859), Sira- cusa (878), Taormina (903). Desde Sicilia se lanzan sobre la península ita¬ liana, sea por medio de incursiones de pillaje, la más espectacular de las cuales fue aquella en cuyo curso saquearon San Pedro de Roma (846), sea para formar cabezas de puente, tales como Tarento o Bari, de donde los desalojó el emperador bizantino Basileo I en el año 880. A la ofensiva de los Aglabidas corresponden en el extremo oeste del Mediterráneo nuevos ata¬ ques de los musulmanes españoles contra la Provenza, la Liguria y la Tos- cana, donde establecen también una cabeza de puente «sarracena» en Fraxi- netum, cerca de Saint-Tropez. De este modo, mientras los carolingios establecían su dominio sobre la mayor parte del continente, los mares aparentaban escaparse a él. Inclu¬ so en tierra, una nueva invasión procedente de Asia, la de los húngaros, pareció amenazarlos por un momento. La invasión magiar se desarrolla siguiendo el esquema habitual. En el transcurso del siglo vil, los húngaros se instalan en el Estado de los kazares, turcos convertidos al judaismo y establecidos en el bajo Volga, donde con¬ trolan el muy próspero comercio entre Escandinavia, Rusia y el mundo musulmán. Hacia la mitad del siglo ix, otros turcos, los petchenegues, des¬ baratan el imperio kazar y expulsan hacia el Oeste a los húngaros. A los ojos de los occidentales, los húngaros recuerdan extraordinariamente a los hunos. La misma vida a caballo, la misma superioridad militar de sus arque¬ ros, la misma ferocidad. Avanzan hacia las llanuras y las estepas del Danu¬ bio medio, en parte despobladas a causa de la destrucción del Imperio ávaro 83 LA TENTATIVA DE ORGANIZACIÓN GERMÁNICA llevada a cabo por Carlomagno. A partir del 899 se lanzan en mortales y destructoras expediciones sobre Venecia, Lombardía, Baviera y Suabia. Al comienzo del siglo ix destruyen el Estado de la Gran Moravia y pronto realizan incursiones por Alsacia, Lorena, Borgoña, el Languedoc... Entre sus principales víctimas figuran Pavía, tomada en el 924, donde incendiaron «cuarenta y cuatro iglesias», y Verdún, arrasado por el fuego en el 926. Ciertos años resultan particularmente desastrosos: en el 926 pasean su afán destructor desde las Ardenas a Roma; en el 937 devastan una gran parte de Alemania, Francia e Italia; en el 954 llegan hasta Cambray al Oeste, hasta Lombardía al Sur. Al fin, en el 955, el rey de Germania, Otón, les inflige una cruel derrota en la batalla del Lechfeld, cerca de Ausburgo. Su fuerza quedará quebrantada para siempre. Ellos cierran la curva de la historia de los invasores bárbaros: renuncia al pillaje, sedentarización, cris¬ tianización. Hungría nace a finales del siglo x. Pero la invasión húngara ha ayudado a nacer un nuevo poder en Occidente: el de la dinastía otónida, que restaura en el 962 el poder impe¬ rial, abandonado por los carolingios, cuya primacía fue minada más por una decadencia interna que por los asaltos exteriores. * # * A pesar de sus esfuerzos para hacerse cargo de la herencia política y administrativa romana, los francos no habían logrado adquirir el sentido del Estado. El reino era considerado por los reyes francos como de su pro¬ piedad en el mismo grado que sus dominios y sus tesoros. En consecuencia, no tenían el menor escrúpulo en alienar alguna parte de él. Por ejemplo, cuando Chilperico se casa con Galesvinta, hija del rey visigodo Atanagildo, ofrece a la joven, al día siguiente de su matrimonio, como «presente de boda», cinco ciudades de la Galia meridional, entre ellas Burdeos. Y puesto que el reino les pertenece, los reyes francos acostumbran repartirlo entre sus herederos. De vez en cuando, la fortuna, la mortalidad infantil o la debilidad mental reagrupan de nuevo los Estados francos bajo dos o un solo rey. Así Dagoberto, apartando del trono a su primo imbécil Cariberto, reina solo de 629 a 639. Y la muerte prematura de su hermano Carlomán, favorito de su padre Pepino el Breve, deja a Carlomagno como único amo del reino franco a partir del 771. Ahora bien, la restauración del Imperio no priva, en cambio, a Carlomagno de repartir a su vez su reino entre sus tres hijos, reparto que efectúa en ocasión de la Ordinatio de Thionville en el año 806. Sin embargo, nada se decía en la Ordinatio sobre la corona 83 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL 5. OPOLE. (De Les Origines des villes polo- 6. TRELLEBORG. (Según el atlas Wester- naises, maqueta de reconstrucción.) mann, reconstrucción sobre el terreno.) 7. HAITHABU. (Según el atlas Westermann, plano según las excavaciones.) —> 5. 6. 7. NACIMIENTO DE CIUDADES EN LOS LÍMITES DE LA CRISTIANAD, HACIA EL AÑO MIL: «CROD» En los países eslavo y escandinavo, los núcleos urbanos cumplen todavía una función más mi¬ litar que económica. Opole (5), es la Silesia polaca, es un grod es¬ lavo, edificado en madera. Su emplazamiento insular y el recinto fortificado manifiestan pre¬ ocupaciones defensivas. El río constituye exce¬ lente vía económica. Trelleborg (6), en la isla danesa de Seeland, es un campo vikingo, una de las bases de partida de los normandos. Con una situación estratégica, el espíritu marítimo l «WIK» y guerrero (es el momento de la conquista de Inglaterra por los daneses) inspira el plano de las casas, asimismo de madera, en forma de barco, cada una de las cuales alberga, proba¬ blemente, a la tripulación de un navio. Haithabu (7), en el istmo de Jutlandia, es, por el contrario, un wik comercial fortificado, gran centro de tránsito en una de las princi¬ pales vías de comunicación. Hacia el año mil, unía el mundo del Báltico con el Noroeste occidental. imperial. El azar interviene ahora, y, en el año 814, la desaparición de Car- lomagno, al que sus hijos Pepino y Carlos habían precedido en la muerte, deja a su tercer hijo, Luis, como único heredero del reino. Bernardo, sobri¬ no de Carlomagno, que había recibido el reino de Italia de su tío, lo con¬ serva en su poder, pero presta juramento de fidelidad a Luis en Aquisgrán. Hacia el 817, Luis el Piadoso intenta regular el problema de su sucesión LA TENTATIVA DE ORGANIZACIÓN GERMANICA 85 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL conciliando la tradición del reparto con su preocupación por la unidad im¬ perial. Por medio de una Ordinatio, reparte el reino entre sus tres hijos, aunque asegurando la primacía imperial para su primogénito, Lotario. El nacimiento tardío de un cuarto hijo, Carlos, al que Luis quiso dar también su parte correspondiente, puso en entredicho la Ordinatio de 817. Rebe¬ lión de los hijos contra el padre, lucha de los hijos entre sí, nuevas particio¬ nes... Todas esas peripecias llenan el reinado de Luis el Piadoso, que pierde en ellas toda su autoridad. Después de su muerte, acaecida en el 840, continúan las particiones y las luchas. En el 843 se lleva a cabo la Partición de Verdún. Lotario, el hijo mayor, recibe un largo corredor, que va del mar del Norte al Mediterráneo e incluye Aquisgrán *, símbolo del Imperio franco. Le corresponde asimismo Italia, es decir, la protección de Roma. Luis toma para sí los territorios del Este y pasa a llamarse Luis el Germᬠnico. Carlos, llamado el Calvo, los países del Oeste. En el 870, Carlos el Calvo y Luis el Germánico se reúnen en Meersen y se reparten la Lota- ringia, con excepción de Italia, que queda en poder de Luis II, hijo de Lotario I y nominalmente emperador. Después de una nueva partición en Ribemont (880), que hace bascular la adjudicación de la Lotaringia al Este, hacia la Francia oriental, la unidad del Imperio parece restablecerse momentáneamente bajo Carlos el Gordo, tercer hijo de Luis el Germánico, que es nombrado sucesivamente emperador y rey de Italia (881), único rey de Germania (882) y, por último, rey de la Francia occidental (884). No obstante, después de su muerte (888) se inicia la rápida quiebra de la uni¬ dad carolingia. El título imperial no vuelve a ser ostentado, a excepción del carolingio Arnulfo (896-899), sino por reyezuelos italianos. Al fin, desa¬ parece en el año 924. La realeza de Francia occidental, que de nuevo se ha transformado en electiva, hace alternar a reyes carolingios con reyes pertenecientes a la familia de Eudo, conde de Francia, es decir, de la Isla de Francia, héroe de la resistencia de París contra los normandos (885-886). En Germania, la dinastía carolingia se extingue con Luis el Niño (911), y la corona real, concedida también electivamente por los grandes, recae en el duque Conrado de Franconia primero y, después, en el duque de Sajonia, Enrique I el Pajarero. Su hijo, Otón I, será el fundador de un nuevo tron¬ co imperial. Todas estas particiones, estas luchas, esta confusión, por rápido que fuera su desarrollo, dejaron sobre el mapa y sobre la Historia señales duraderas. En primer lugar, la partición de Verdún, efectuada por ciento veinte expertos en el año 843, que aparentemente prescindía de todas las fronteras 86 LA TENTATIVA DE ORGANIZACIÓN GERMANICA étnicas o naturales, corresponde, en realidad, a consideraciones económi¬ cas, como Roger Dion ha demostrado de un modo admirable. Se trataba de asegurar a los tres hermanos una participación en cada una de las grandes zonas vegetales y económicas que forman horizontalmente Europa, «los grandes pastos de las Marschen, las salinas y los olivos de Cataluña, Proven- za e Istria». El problema de las relaciones entre Norte y Sur, entre Flandes e Italia, entre la Hansa y las ciudades mediterráneas, esto es, las vías alpes¬ tres, la vía renana, la vía del Ródano, revisten una gran importancia. La cuestión de esos ejes Norte-Sur se plantea en una Europa en formación que no está centrada en el Mediterráneo y en la que la circulación se orienta sobre todo «perpendicularmente a las zonas de vegetación», que se estrati¬ fican de Este a Oeste. Después se inicia el dibujo de las futuras naciones: la Francia occi¬ dental, que será Francia y que comienza a anexionarse al Sur esa Aquitania que por tan largo tiempo se mantuvo diferenciada e individualizada en reino; la Francia oriental, que se convertirá en la Germania y que, no teniendo, salvo por el Norte, frontera natural, se verá tentada a extenderse por el Oeste más allá incluso de la Lotaringia, destinada a ser manzana de la discordia durante siglos entre Francia y Alemania, herederas de la riva¬ lidad de los nietos de Carlomagno; hacia el Sur, el espejismo italiano e imperial conservará hasta muy tarde su seducción (Sehnsucht nach Süden alternando o combinándose con el Drang nach Osten, que se esboza tam¬ bién en las marchas contra los eslavos), esa Italia que continúa siendo en sus vicisitudes un reino amenazado por las pretensiones imperiales germᬠnicas y las ambiciones temporales de los papas. Y, al mismo tiempo, la fragilidad de formaciones políticas intermedias: el reino de Provenza, el reino de Borgoña, la Lotaringia, condenados a ser absorbidos, a despecho de algunos brotes medievales. Tales formaciones continuarán apareciendo hasta los angevinos en Provenza y los grandes duques de Borgoña. Pero el principal resultado de esas crisis políticas consiste en haber favo¬ recido, lo mismo que las invasiones, una división de la autoridad y del poder imperiales más revelador y, desde el punto de vista inmediato por lo menos, más importante que el fraccionamiento político de los reinos. Los grandes se apoderan, cada vez en mayor grado, del poder económico, de la tierra y, a partir de esta base, de los poderes públicos. El Concilio de Tours, al final del reinado de Carlomagno, hace constar: «Por diversas razones, los bienes de los pobres han quedado, en algunos lugares, fuertemente reducidos. Es decir, los bienes que son conocidos como 87 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL propiedad de hombres libres, pero que viven bajo la autoridad de pode¬ rosos magnates.» Los nobles, tanto eclesiásticos como laicos, van transfor¬ mándose poco a poco y cada vez con mayor fuerza en los nuevos amos. Los monasterios, cuyos abades pertenecen, por otra parte, a las grandes fami¬ lias de magnates, poseen una inmensa cantidad de bienes raíces. Ellos son los que, dejando aparte los dominios reales, conocemos mejor, porque de su administración, más ordenadamente llevada por los clérigos, han que¬ dado testimonios escritos. A comienzos del siglo ix, Irminón, abad de Saint- Germain-des-Prés, ordena redactar un inventario de los dominios de la abadía y de las rentas que han de serle pagadas por los arrendatarios, esto es, un políptico. En él se describen veinticuatro dominios (que no consti¬ tuyen la totalidad, puesto que se ha perdido una parte del documento), diecinueve de los cuales se sitúan en torno a París, entre Mantés y Cháteau- Thierry. Esos dominios se corresponden con frecuencia con algún muni¬ cipio actual, pero su superficie era muy variable (398 hectáreas de tierras cultivadas para la villa de Palaiseau y 76 tan sólo para la Nogent l’Artaud; si bien en esta última se criaban mil cerdos y en la primera únicamente cincuenta). Un poder económico semejante ha de dar lugar, por fuerza, al acapa¬ ramiento de los poderes públicos por los grandes propietarios. El proceso se intensifica gracias a un proceso instituido o, al menos, favorecido por Car- lomagno y sus sucesores, con la esperanza de llegar a resultados completa¬ mente diferentes. En efecto, a fin de asentar el Estado franco, Carlomagno multiplicó las donaciones de tierras —o beneficios— en favor de los perso¬ najes cuya fidelidad deseaba asegurarse. Así los obligaba a prestarle jura¬ mento y a someterse a su vasallaje. Mediante esos lazos personales, creía poder afirmar la solidez del Estado. Con objeto de que el conjunto de la sociedad o, en todo caso, aquellos de sus representantes que ostentaban algún poder, se viese ligada al rey o al emperador por una red tan tupida como fuese posible de subordinaciones personales, animó a los vasallos rea¬ les a hacer entrar en el vasallaje a las personas sometidas al suyo. Las inva¬ siones reforzaron esta evolución, porque el peligro empujó a los débiles a ponerse bajo la protección de los poderosos y porque, a cambio de la cola¬ ción de beneficios, los reyes exigieron de sus vasallos una ayuda militar. A partir de mediados del siglo x, el término miles —soldado, caballero— toma con frecuencia el lugar de vassus para distinguir al vasallo. Un cam¬ bio capital conduce al mismo tiempo a la herencia de los beneficios. La costumbre se instaura en la práctica y se ve reforzada, en el año 877, por la capitular de Quierzy-sur-Oise, por la cual Carlos el Calvo, que se dis- 88 LA TENTATIVA DE ORGANIZACIÓN GERMANICA ponía a partir en expedición hacia Italia, dio seguridades a sus vasallos de que serían salvaguardados los derechos de los hijos jóvenes o ausentes cuyo padre muriese a la herencia del beneficio paternal. Los vasallos, gracias a la herencia de los beneficios, se constituyeron más sólidamente en clase social. Al mismo tiempo, las necesidades económicas y militares que permi¬ tían formar iniciativas al gran propietario, o incluso le obligaban a ello, sobre todo si se trataba de un conde, duque o marqués, comenzaron a hacer del señor un telón entre sus vasallos y el rey. Ya desde el 811, Carlomagno se lamenta de que algunos rehúsen el servicio militar con el pretexto de que su señor no ha sido llamado y de que ellos deben quedarse cerca de él. Aquellos de los grandes que, como los condes, se hallaban investidos de poderes derivados de su función pública presentaron con frecuencia la ten¬ dencia a confundirlos con los derechos que poseían, en tanto que señores, sobre sus vasallos, mientras que los otros, siguiendo su ejemplo, los usurpa¬ ban cada vez más. Sin duda, el cálculo carolingio no estaba totalmente equivocado. Si entre los siglos x y xm, los reyes y emperadores lograron conservar algunas prerrogativas soberanas, lo debieron sobre todo a que los grandes, convertidos en sus vasallos, no pudieron sustraerse a sus deberes, aceptados por el juramento de fidelidad. Ahora bien, puede percibirse claramente la importancia decisiva que lo ocurrido en la época carolingia reviste para el mundo medieval. En lo sucesivo, cada hombre va a depender más o menos de su señor, y ese hori¬ zonte próximo, ese yugo tanto más pesado cuanto se ejerce en un círculo más estrecho, estará fundado en el derecho. La base del poder se centrará en la posesión de la tierra y el fundamento de la moral estribará en la fide¬ lidad, en la fe, que reemplazará durante largo tiempo a las virtudes cívicas greco-romanas. El hombre antiguo debía ser justo o recto. El hombre medie¬ val tendrá que ser fiel. Los malvados serán desde ahora los que falten a esa fidelidad. # # *• Puesto que no existe ya un sentido del Estado, cuando el rey de Ger- mania, Otón I, sube al trono (936), bien resuelto a afirmar su poder, no ve otro medio de alcanzarlo que atraerse a los duques haciendo de todos ellos sus vasallos. «Le dieron sus manos y le prometieron fidelidad y ayuda con¬ tra todos sus enemigos)), escribe el cronista Widukind. Sin embargo, su promesa no les priva de volverse contra Otón, que deshace su coalición en Andernach (939), se impone en Lorena (944), deci- 89 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL de como árbitro, entre el robertino y el carolingio, quién ha de ocupar el trono de Francia en el sínodo de Ingelheim (948), se hace nombrar rey de Italia (951) y, por último, aureolado por sus victorias sobre los húngaros en el Lechfeld y sobre los eslavos en la orilla del Recknitz (955), es coronado emperador en San Pedro de Roma por Juan XII, el 2 de febrero de 962. Otón I reanuda inmediatamente la política carolingia de Carlomagno y de Ludovico Pío. Un pacto, firmado en el 962, renueva las relaciones entre el emperador y el papa. El emperador garantiza de nuevo el poder temporal del papa sobre el Patrimonio de San Pedro, pero, a cambio, exige que ningún papa pueda ser elegido sin su consentimiento. Durante un siglo, él y sus sucesores usarán y abusarán de su derecho hasta llegar a deponer a aquellos papas que no les placen. A pesar de todo, Otón I, siguiendo en esto el ejemplo de Carlomagno, no ve en su Imperio más que el Imperio de los francos, limitado a los países que le han reconocido como su rey. Las campañas que emprende contra los bizantinos no aspiran más que a obte¬ ner el reconocimiento de su título, lo cual consigue en el 972, por medio de un tratado que se sella con el matrimonio entre su hijo primogénito y la princesa bizantina Theophana. Otón I respeta igualmente la indepen¬ dencia del reino de Francia occidental. La evolución que se comprueba bajo sus dos sucesores no busca más que engrandecer el título imperial, sin pensar en transformarlo en domina¬ ción directa. Otón II (973-983) reemplaza el título de Imperator Augustas, osten¬ tado habitualmente por su padre, por el de ((emperador de los romanos», Imperator Romanorum. Su hijo Otón III # , influido por la educación reci¬ bida de su madre bizantina, se instala en Roma en el año 998 y proclama la restauración del Imperio romano, Renovatio Imperii Romanorum, en una bula, en la que figuraban, a un lado, la cabeza de Carlomagno y, al otro, una mujer con lanza y escudo, Aurea Roma. Su sueño se teñía de uni¬ versalismo. Una miniatura lo presenta en majestad, recibiendo los presen¬ tes de Roma, la Germania, la Galia y la Eslavia. No obstante, su actitud con respecto a sus vecinos del Este pone de manifiesto la flexibilidad de sus concepciones. En el año 1000 reconoce la independencia de Polonia. Gnien- zo es elevado al arzobispado polaco y el duque Boleslao el Valiente recibe el título de cooperador del Imperio. El mismo año concede también la inde¬ pendencia a Hungría, cuyo príncipe Esteban, una vez bautizado, se reviste la corona real. Durante un breve período de concordia, el sueño otoniano parece pró¬ ximo a realizarse gracias a la unidad de aspiraciones entre el joven empe- 90 LA TENTATIVA DE ORGANIZACIÓN GERMANICA rador y el papa Silvestre II, el sabio Gerbert, propicio a esta restauración imperial y romana. Pero el sueño debía desvanecerse bien pronto. El pue¬ blo de Roma se subleva contra Otón III. El emperador muere en enero de 1002; Silvestre II, en mayo de 1003. Enrique II se contenta con volver al Regnum Francorum, al Imperio asentado sobre el reino franco, transfor¬ mado ya en Alemania. Sin embargo, los otónidas habrán legado a sus sucesores la nostalgia romana y una tradición de subordinación del papa al emperador, de la cual habrá de nacer la querella entre el sacerdocio y el Imperio. Dicha querella constituye una renovación de la antigua lucha entre guerreros y clérigos, que la clericalización realizada bajo los carolingios —varios obispos llega¬ ron a gobernar en el siglo ix; Jonás de Orleáns, Agobardo de Lyón, Hinc- mar de Reims, por ejemplo— y el equilibrio alcanzado bajo los otónidas no han conseguido hacer desaparecer. # * * Cuando el sueño romano del año 1000 se desvanece, está ya próxima a producirse una renovación: la del Occidente entero. Su brusco brote hace del siglo xi el siglo del verdadero nacimiento de la Cristiandad occi¬ dental. Un vuelo tal no podía desarrollarse sino sobre bases económicas, que se presentaron antes de lo que suele creerse comúnmente. Puede pensarse que, si hubo realmente un renacimiento carolingio, se trató en un principio de un renacimiento económico. Renacimiento, como el de la cultura, limi¬ tado, superficial, frágil y, todavía en mayor grado que este último, casi arrui¬ nado por las invasiones y los saqueos normandos, húngaros y sarracenos del siglo ix y comienzos del x, que retardaron, sin duda alguna, en uno o dos siglos el renacimiento de Occidente, al igual que las invasiones de los siglos iv y v habían precipitado la decadencia del mundo romano. Resulta más fácil de descubrir ciertos signos de una renovación del comercio durante los siglos vm y ix: apogeo del comercio frisio y del puer¬ to de Duurstede; reforma monetaria de Carlomagno, de la que hablare¬ mos más adelante; exportación de un tipo de tejido, probablemente flamen¬ co, pero que se llamaba entonces frisio, esas pallia fresonica que Carlomag¬ no envía como presente al califa Harún-al-Rachid. Dentro de esta economía esencialmente rural, muchos indicios permi¬ ten deducir que se ha conseguido una mejora en la producción agrícola: fracciones de propiedad que provienen sin duda de roturaciones; aparición 9 1 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL de un nuevo sistema de tiros y yuntas, cuya primera representación cono¬ cida se encuentra en un manuscrito de Tréveris, aproximadamente del año 800; reforma del calendario efectuada por Carlomagno, que da a los meses nombres evocadores de un progreso en las técnicas de cultivo. Las miniaturas que reproducen los trabajos de los meses cambian radicalmente, abandonando los símbolos de la antigüedad por escenas concretas, en las cuales se ensalza la maestría técnica del hombre: «El hombre y la natura¬ leza son ahora dos cosas. Y el hombre es el amo.» Con mayor seguridad, hayan sido o no las invasiones del siglo ix res¬ ponsables de un nuevo retroceso o de un simple estancamiento económico, el progreso es netamente perceptible durante el siglo x. Un congreso de medievalistas americanos consagrado a la época que nos ocupa, ha señala¬ do al siglo x como un período de novedades decisivas, especialmente en el terreno de los cultivos y de la alimentación. Según la opinión de Lynn White, la introducción masiva de plantas ricas en proteínas —legumbres tales como habas, lentejas y guisantes—, dotadas, por lo tanto, de un poder energético elevado, fue lo que dio a la humanidad occidental la fuerza necesaria para edificar catedrales y roturar amplias extensiones. The Xth. century is full of beans, concluye humorísticamente el medievalista ameri¬ cano. Roberto López, por su parte, se pregunta si no será preciso admitir la existencia de un nuevo Renacimiento correspondiente al siglo x. El comercio escandinavo se desarrolla (las plazas comerciales, los wiks, como el de Haithabu en el istmo de Jutlandia, suplantan a los campos militares como Trelleborg, en la isla danesa de Seeland); la economía eslava se ve estimu¬ lada por el doble aguijón del comercio normando y del tráfico judeo-árabe, a lo largo del camino que une Córdoba con Kiev a través de la Europa cen¬ tral; el país del Mosa y la Renania inauguran su progreso; la Italia del Norte alcanza una prosperidad extraordinaria; el mercado de Pavía pre¬ senta un carácter verdaderamente internacional, y Milán, cuyo progreso ha analizado magistralmente Cinzio Violante, conoce un alza de los precios, «síntoma de un salto adelante de la vida económica y social». Este despertar del Occidente medieval, ¿a quién y a qué debe atri¬ buirse? Si admitimos la hipótesis de Maurice Lombard, habremos de acha¬ carlo al contragolpe dado por la formación del mundo musulmán, mundo de metrópolis urbanas consumidoras, que suscitan en el Occidente bár¬ baro una producción creciente de materias primas con el fin de exportar¬ las hacia Córdoba, Kairuán, Fustat-El Cairo, Damasco, Bagdad: madera, hierro (las espadas francas), estaño, miel y esa mercancía humana, los es¬ clavos, de los que Verdón es, en la época carolingia, un gran mercado. LA TENTATIVA DE ORGANIZACIÓN GERMÁNICA Hipótesis, pues, de la llamada exterior, que haría caer, además, por tierra la célebre teoría de Henri Pirenne, que atribuía a la conquista árabe el cierre del Mediterráneo y el colapso del comercio occidental, mientras que, en la opinión de Lombard, sería el motor del despertar económico de la cristiandad occidental. Si aceptamos, por el contrario, la tesis de Lynn White, se debería a los progresos técnicos alcanzados en el suelo mismo de Occidente: al progreso agrícola, en primer lugar, que -—con el arado de ruedas y de vertedera, los progresos de la alternancia trienal de cose¬ chas, que permite especialmente incluir las famosas legumbres ricas en proteínas y la difusión del tiro moderno— aumenta las superficies cultiva¬ das y los rendimientos; al progreso militar también, que, gracias a la in¬ vención del bocado, que permite gobernar el caballo, da nacimiento a una nueva clase de guerreros, los caballeros, clase que se identifica con la de los grandes propietarios, capaces de introducir en sus dominios los útiles y las técnicas nuevas. Explicación, por tanto, mediante el desarrollo interno. Tal explicación ilumina, además, el desplazamiento del centro de gravedad del Occidente hacia el Norte, país de las llanuras y de los grandes espacios en donde se pueden desplegar las labores profundas y las cabalgatas hasta perder el aliento. La verdad sin duda se encuentra en el hecho de que la rápida ascen¬ sión de la nobleza —propietarios agrícolas y caballeros al mismo tiempo— crea una clase capaz de aprovechar las posibilidades económicas que se le ofrecen: la explotación creciente del terreno y de los mercados aún limi¬ tados. Sin embargo, abandonan en manos de algunos especialistas —los primeros mercaderes occidentales— una parte de los provechos que de ellos saca el mundo cristiano. Podemos sentirnos tentados a pensar que las conquistas de Carlomagno y sus empresas militares, en Sajonia, Ba- viera y a lo largo del Danubio, en Italia del Norte y hacia Venecia, más allá de los Pirineos en fin, trataban de establecer contacto con las zonas de cambio y trataban también de englobar los caminos del comercio rena¬ ciente. Asimismo, el tratado de Verdún pudo ser, al mismo tiempo, un reparto en segmentos de las rutas y de las bandas de cultivo. Pero, después del año mil, las cosas toman aire de seriedad. La Cristiandad medieval entra verdaderamente en escena. 9 CAPITULO III LA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD (Siglos xi-xiii) H ay un célebre pasaje del cronista borgoñés Raúl Glaber: «Al apro¬ ximarse el tercer año que siguió al año mil, se vio en casi toda la tierra, pero sobre todo en Italia y en la Galia, reedificar las cons¬ trucciones de las iglesias. Aunque la mayor parte, muy bien construidas, no tuviesen ninguna necesidad de ello, una verdadera emulación empujaba a cada una de las comunidades cristianas a querer poseer una más suntuosa que la de sus vecinos. Hubiérase dicho que el mundo mismo se sacudía para despojarse de su vetustez y se revestía por todas partes con un blanco manto de iglesias. Así, casi todas las iglesias de las sedes episcopales, las de los monasterios consagrados a toda clase de santos, incluso las pequeñas capillas de las aldeas, fueron reconstruidas más hermosas por los fieles.» He aquí el signo exterior más visible del empuje que la Cristiandad experimenta alrededor del año 1000. Ese gran movimiento de construc¬ ción desempeña un papel principal en los progresos conseguidos por el Occidente medieval entre los siglos x y xiv. En primer término, por su función de estimulante económico. La producción en gran escala de ma¬ terias primas (piedra, madera, hierro), la puesta a punto de técnicas nue¬ vas y la fabricación de herramientas para la extracción, el transporte, la elevación de materiales de tamaño y peso considerables, el reclutamiento de la mano de obra, el financiamiento de los trabajos, todos estos elementos han hecho de las obras de construcción (y no solamente de las catedrales, sino también de las innumerables iglesias de todas dimensiones, de las construcciones destinadas a usos económicos, como puentes, granjas, al¬ macenes, y de las casas de gentes ricas, que, cada vez con mayor frecuencia, son edificadas en piedra) el centro de la primera, y casi única, industria medieval. 95 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Ahora bien, este impulso de la construcción no es un fenómeno ais¬ lado. Responde a diversas necesidades, la principal de las cuales es la urgencia de buscar alojamiento a una población siempre creciente. Cierto que existe ineludiblemente una relación directa entre las dimensiones de las iglesias y la cifra de los fieles. Motivos de prestigio y de devoción intervienen igualmente en favor de la búsqueda de la grandiosidad. Sin embargo, no puede dudarse que el deseo de dar cabida a un pueblo cris¬ tiano más numeroso en los edificios consagrados al culto influyó de ma¬ nera capital. En este desarrollo de la Cristiandad, resulta muy difícil discernir entre la causa y el efecto, puesto que la mayor parte de los aspectos de ese proceso se produjeron a la vez. Más difícil aún es designar la causa primera y decisiva del mismo. Pero, al menos, sí se puede negar ese papel a ciertos factores que han sido invocados con frecuencia para explicar la iniciación del desarrollo occidental. Por ejemplo, el crecimiento demo¬ gráfico no fue en realidad otra cosa que el primero y más espectacular resultado de ese progreso. Lo mismo ocurre con la relativa pacificación que se instaura en el siglo x: fin de las invasiones, progreso de las institu¬ ciones en pro de la paz, que reglamentan la guerra, limitando los perío¬ dos de actividad militar y poniendo a ciertas categorías de población no combatiente (clérigos, mujeres, niños, campesinos, mercaderes y, en oca¬ siones, animales de trabajo) bajo la protección de garantías juradas por los guerreros. (En el Sínodo de Charroux, celebrado en 989, se funda la primera organización destinada a hacer respetar la tregua de Dios.) Esta disminución de la inseguridad no es sino una consecuencia del deseo sen¬ tido por amplias capas de la sociedad cristiana de proteger el naciente progreso. «Todos se hallaban bajo el efecto del terror originado por las calamidades de la época precedente y atenazados por el temor de verse arrancar en el porvenir las dulzuras de abundancia», dice acertadamente Raúl Glaber para explicar el movimiento pacifista al que asiste en la Francia de comienzos del siglo xi. La protección especial concedida a los campesinos, a los comerciantes, al ganado y a las bestias de transporte es muy significativa: la presión del progreso económico hace retroceder a las armas e impone un desarme limitado y controlado. No obstante, el origen de ese progreso debe ser buscado en la tierra, que, en la Edad Media, constituye la base de toda la economía. A partir del momento en que la clase dominante se ruraliza, en que se convierte en un estamento de grandes propietarios, en el que el vasallaje, al hacer pasar el estatuto del vassus de inferior a privilegiado, se acompaña la 96 8 . EUROPA HACIA EL AÑO 1000 ?%n 9 REINO DE NORUEGA r 1 R E iNo^ sistuna ^ /DE SUECIA /* DE ESCOCIA IRLANDA < ve—Dublíny C' «York A *> REINOS ANCLO-SAJONES /J REINO DE' Aarhusl \-_j DINAMARCA TrclletorgAy Roskllde Ha ¡thabuX^& HarnlmrgqPGniezno 1 ' ‘Londres* * C"I *5««Maguncia, Eiaá^xWbReimste »v 7 “-s y p ;^- ■ * t I’réveris,» ; Orleáns*;v : ::A.\i r .//(TF ' 'REIXO Air MagdehnrgOa i! -V s_ p Jj^RÉlNO \ P B é? DE \ *Praga r^Spira» Ratisbona i /GERMANIAt ^-^4 REINO DE' Novgorod Sacro Imperio Romano- ' Germánico j Imperio bizantino Mundo musulmán PRINCIPADO DE KIEV . 1 Kiev'V^""^ Santiago de Compostela* REINO DE ^CASTILLA, 1 Salzburgo EVenccd • Cracovia REINO J r ) DE ' C \ HUNGRIA • > SKalocsa ^enecia Cfí0 A r \sb^w5 tilla/ s dSSSM ^\ 7ara reino de Toulouse.;.; si w r 1 úvíavabra^. • V^Arles J* ’XKRavena ^^^SERVIOS ,Pam plona jt ^ ^CAROS^p^Constantinoplg , CONDADO DE BARCELONA Barcelona ^CALIFATO DE CORDOBAN -Córdoba- PATRIMONIO V Roma ' DE SAN PEDRO V NápoIes?L Palermo p ^wSÉ. * 'IMPERIO Sz^^Atenas' v \ e .u. Más fragmentada, es ya más rica en nuevos Estados cristianos LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL 9. EL BOSQUE DE RAMBOUILLET (Según G. Duby y R. Mandrou: Histoire de la civilisation frangaise.) 10. BOSQUE DE SAINT-DENIS (Según Ai. Bloch: Les caracteres originaux de 1'histoire rurale frangaise.) 9, to, 11, 12. ROTURACIONES EN LA ILE-DE-FRANCE Y EN LOS CONFINES GERMANO-ESLAVOS Las roturaciones han agujereado, sobre todo entre los años 1050 y 1250, el manto forestal del Occidente. El croquis del bosque de Ram- bouillet (y) ilustra el trabajo de las roturacio¬ nes medievales subrayado por la toponimia (tanto técnica: Les Essarts, les Essartons, como humana: Villeneuve, Rué Neuve. La intervención de la realeza se revela en el vo¬ cablo Les Essarts-le-Roi). Los restantes croquis delatan la organización de la población a lo largo de un camino o de una calle y la rotu¬ ración por estrechas bandas paralelas, perpen¬ diculares al eje de la aldea: estructura llama¬ da «en espina de pez». El territorio de Bois- Saint-Denis (Aisne) (10) conserva en su parte marginal restos del bosque, transformados en bosquecillos. mayor parte de las veces con la atribución de un beneficio, que consiste casi siempre en un terreno; la aristocracia terrateniente suscita un pro¬ greso en la producción agrícola. Esto no significa que los nobles —a ex¬ cepción de ciertos grandes cargos eclesiásticos y de altos funcionarios caro- lingios— se hayan interesado directamente en la explotación de sus domi¬ nios. Pero los censos y los servicios que exigían a la masa campesina inci¬ taron a ésta, a fin de satisfacerlos, a una cierta mejora en sus métodos de 98 LA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD Dos aldeas de roturación (n y 12), caracterís¬ ticas de la colonización germánica en el Este: Altheim (11), cerca de Leipzig, en una región completamente desmontada, es una aldea de pastos (Angcrdorf). La calle principal se en¬ sancha en el centro a fin de dejar espacio a un parque para el ganado. Jablonow (12), cer¬ ca de Zagan (Polonia occidental), «la aldea de los manzanos», en alemán Schoenbrunn, «la bella fuente», es una aldea de cortijos fo¬ restales (Waldhufendorf), que recuerda el tra¬ to de favor concedido a los colonos de las re¬ giones de roturación, que reciben un lote de tierra llamado «manso forestal» (Waldhufe). El bosque se ha conservado fragmentariamen¬ te en los límites de la zona roturada. En am¬ bos casos pueden advertirse los huertos adjun¬ tos a cada una de las casas y las zonas de pas¬ tos que complementan una economía en la cual se combinan cultivo, cría de ganado y la explotación del bosque residual. trabajo. Yo imagino que los decisivos progresos que darían lugar a lo que se ha denominado la «revolución agrícola» de los siglos x-xm comenzaron humildemente en la época carolingia y se desarrollaron con lentitud has¬ ta las proximidades del año 1200, época en la cual experimentaron una considerable aceleración. Por otra parte, no hay que descartar la hipótesis de que la sedenta- rización de los bárbaros haya conducido a los nuevos amos hacia una 99 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL verdadera política de revalorización. La historia de los primeros duques de Normandía, la del canónigo Dudon de San Quintín, en el siglo xi, nos enseñan cómo los normandos, durante el primer siglo de su instala¬ ción en Normandía, se convierten en agricultores dirigidos por sus duques y ponen sus instrumentos agrícolas de hierro, especialmente los arados, bajo la protección ducal. La lenta difusión de la rotación trienal trae consigo el aumento de su¬ perficie cultivada (se deja reposar un tercio, en lugar de la mitad de la tierra), variar los tipos de cultivo, luchar contra las dificultades meteo¬ rológicas, acudiendo al cultivo de los cereales de primavera cuando la co¬ secha de los de otoño ha sido deficitaria (o a la inversa). La adopción del arado disimétrico con ruedas y vertedera y el empleo creciente del hierro en los instrumentos agrícolas permite labores más profundas y repetirlas con mayor frecuencia. Gracias a ello se mejoran las superficies cultivadas, los rendimientos, la variedad de la producción y, como resultado, la ali¬ mentación. Una de las primeras consecuencias de todas estas mejoras fue el aumen¬ to de la población, que se dobló probablemente entre los siglos x y xiv. Según J. C. Rusell, la población de la Europa occidental pasó de 14,7 mi¬ llones, hacia el 600, a 22,6 millones en el 950 y a 54,4 antes de la Gran Peste de 1348. Para el conjunto de Europa, M. K. Bennet señala un crecimiento desde 27 millones hacia el 700, a 42 en el año 1000, y 73 en el 1300. Este desarrollo demográfico fue decisivo, a su vez, para la expansión de la cristiandad. Las condiciones del sistema de producción feudal, capa¬ ces de suscitar un cierto avance en la técnica, pero que impedían en rea¬ lidad sobrepasar un nivel mediocre, no permitían progresos cualitativos de la producción agrícola, suficientes para responder a las necesidades na¬ cidas del crecimiento demográfico. El aumento de los rendimientos y del poder nutritivo de las cosechas continuaba siendo escaso. El sistema agrí¬ cola —insistamos en ello—- excluía un cultivo verdaderamente intensivo. Quedaba, por tanto, el solo recurso de aumentar el espacio cultivado. El primer aspecto que presentó la expansión de la Cristiandad entre los siglos x y xiv fue un intenso movimiento de roturación. Su cronología es difícil de establecer, dado que los textos son poco numerosos antes del siglo xn, y la arqueología rural se encuentra poco avanzada. Resulta asi¬ mismo dificultoso conocer la forma en que se practicaba, ya que la fiso¬ nomía del paisaje medieval con frecuencia se ha visto borrada o modificada por las épocas posteriores. También la interpretación de sus logros es deli- 100 LA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD cada. Según Georges Duby, «la actividad de los pioneros, que, durante dos siglos, se mantuvo de una forma tímida, discontinua y muy dispersa, pasó a ser, a la vez, en las cercanías del año 1150, más intensa y más concordante». Para un sector capital, el de los cereales, el período más importante de la conquista agraria se sitúa entre los años 1100 y 1150, como nos enseña la polinología: la proporción del polen de trigo en los residuos florales se acrecienta considerablemente durante esta primera mi¬ tad del siglo xii. Lo más frecuente es que los campos nuevos no sean sino una exten¬ sión de terrenos antiguos, «un progresivo ensanchamiento de los calveros», ganado al cinturón de terrenos incultos y pastos que los rodean. Las tie¬ rras roturadas, conseguidas por medio de incendios, hacían retroceder la zona de matorrales, pero atacaban raramente a los bosques, tanto por falta de herramientas apropiadas (el principal instrumento de las rotura¬ ciones medievales era la azuela más que el hacha), como por el deseo de los señores de conservar sus terrenos de caza y de las comunidades aldea¬ nas de no destruir los recursos forestales esenciales en la economía me¬ dieval. La conquista del suelo se llevó a cabo también mediante la dese¬ cación de pantanos y formación de «polders». En Flandes, pronto y fuer¬ temente influido por el progreso económico, el sistema comienza hacia el año 1100, con la construcción de pequeños diques en numerosos lugares. En ocasiones, sin embargo, las roturaciones llevaban a la conquista de tierras nuevas, a las que acompañaba la fundación de nuevas aldeas. Insistiremos más tarde en este fenómeno, cuyos aspectos sociales revisten una importancia particular. # # # Paralelamente a esta expansión interior, la Cristiandad recurrió a una expansión exterior. Parece incluso que haya concedido primeramente su preferencia a esta última, encontrando más fáciles las soluciones militares que las soluciones pacíficas de revalorización de la propia tierra. Así nació un doble movimiento de conquista, que dio lugar a la expan¬ sión de las fronteras de la Cristiandad en Europa y a largas expediciones a los países musulmanes: las Cruzadas. La extensión de la Cristiandad en Europa, que había experimentado un fuerte impulso en el siglo vm y se había proseguido durante los siglos ix y x, había pasado a ser casi por completo una exclusiva de los alemanes, que ocupaban las marcas cris¬ tianas fronterizas a los paganos del Norte y del Este. Resultó de ello una mezcla de motivos religiosos, demográficos y nacionales que confirió al 101 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL movimiento, a partir del siglo xi, caracteres muy particulares. El aspecto que se tomó finalmente dominante fue un enfrentamiento entre germanos y eslavos, durante el cual los motivos religiosos pasaron a segundo plano, puesto que los alemanes no vacilaron en atacar a sus vecinos, incluso cuan¬ do éstos se habían convertido al cristianismo. Ya en el siglo ix, el príncipe moravo Rostislav hubo de llamar a Cirilo y Método a su Estado a fin de contrarrestar la influencia de los misioneros alemanes. La cristianización de esos pueblos se opera lentamente y no sin retro¬ cesos. San Adalberto, arzobispo de Praga a finales del siglo x, estima que los checos han vuelto al paganismo, especialmente a la poligamia. Después de la muerte de Mesco II (1034), una violenta insurrección de las clases populares polacas se acompaña con un retorno al paganismo. En 1060, el rey de Suecia Steinkel, aunque cristiano, se niega a destruir el viejo templo pagano de Upsala. A finales del siglo xi, el rey Sweyn favorece una breve reaparición de los sacrificios sangrientos, lo que le vale el sobrenom¬ bre de Blotsweyn. Y Lituania, después de la muerte de Mindogas (1263), bautizado en 1251, vuelve al culto de los ídolos. Pero, hacia el año 1000, una nueva serie de Estados se convierten al cristianismo, ensanchando la cristiandad hacia el Norte y el Este: la Polo¬ nia de Mesco, en el 966; en el 985, la Hungría de Váik, que cambia su nombre por el de Esteban (San Esteban) y asciende al trono en 1001; la Dinamarca de Harald del Diente Azul (950-986); la Noruega de Olaf Tryg- gveson (969-1000), y la Suecia de Olaf Skortkonung. Es verdad que, al mismo tiempo, Vladimiro, príncipe de Kiev, recibe el bautismo de Bizancio (988), de la misma manera que lo habían recibido un siglo antes el búlgaro Boris y los servios. A causa de esta circunstancia, el cisma de 1054 separaría de la Cristiandad romana toda la Europa bal¬ cánica y oriental. Los prusianos no serán convertidos hasta el siglo xn y su conversión será la base sobre la que se asentará el Estado alemán de los Caballeros Teutónicos, imprudentemente llamados en 1226 por el duque polaco Con¬ rado de Mazovia y Cujavia. Los lituanos no lo serán sino después de la unión de Polonia con Lituania, conseguida en 1385, gracias al matrimonio de Jegelón, ya convertido, con la polaca Hedwige. De ellos nace el rey Ladislao de Polonia y Lituania, bautizado el 15 de febrero de 1386 en Cracovia. Al mismo tiempo que se llevan a cabo estas anexiones a la Respublica Christiana, debidas a la evangelización de los pueblos paganos, importantes migraciones en el interior de la Cristiandad han modificado profunda- 102 LA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD mente el mapa de Occidente. La más importante es, sin duda, la coloniza¬ ción alemana del Este. Ella contribuyó a ganar para el cultivo nuevas regiones, a densificar y transformar la red urbana. Volveremos más tarde a hablar de ello. La expansión germánica es también importante desde el punto de vista político. Los éxitos más espectaculares en este dominio son los obtenidos por Alberto el Oso, que, en 1150, es nombrado margrave de la nueva marca del Brandeburgo, y por los Caballeros Teutónicos, que conquistan Prusia entre 1226 y 1283. La expansión escandinava no es menos impresionante. Se prolonga en el siglo x hacia Islandia, Groenlandia y acaso América, donde es posible que los «normandos)) hayan desembarcado, hacia el año 1000, en Vinland. Los escandinavos obtuvieron grandes éxitos en Inglaterra. A finales del siglo x, su rey Svend se apoderó de la isla. Después de su muerte (1014), su hijo Cnut el Grande reinó sobre Inglaterra, Dinamarca, Noruega y Suecia. Tras su desaparición (1035), el anglosajón Eduardo el Confesor liberó a Inglaterra de los daneses. Sin embargo, fue de nuevo conquistada a partir de otra base escandinava, Normandía. Y en 1066, Guillermo el Bastardo *, duque de Normandía, conquistará definitivamente Inglaterra en una sola batalla, sostenida en Hastings. Pero otros normandos han llegado más lejos. Saliendo de la zona sep¬ tentrional, se instalan en el Mediterráneo. Desde comienzos del siglo xi, na¬ cen en Italia del Sur principados normandos. Roberto Guiscard # se apo¬ dera de la Campania, bate a las tropas pontificias, obliga al papa Nicolás II a reconocer sus derechos (1059), toma Sicilia a los musulmanes (1060-1061) y expulsa a los bizantinos de Italia, arrebatándoles sus últimas plazas, Reg- gio y Barí (1071). Incluso, entre 1081 y 1083, envía a su hijo Bohemnond a saquear el Epiro y la Tesalia, Se funda un reino normando de las Dos Sicilias, una de las creaciones políticas más originales de la Edad Media. En la segunda mitad del siglo xii, el viajero musulmán Ibn Jobair que¬ da maravillado ante el espectáculo de la corte de Palermo, en donde se codean normandos y sicilianos. El latín, el griego y el árabe son las tres lenguas oficiales de la cancillería real. Este reino normando significará para la cristiandad un modelo político —en el que se definía una monar¬ quía feudal, aunque moderna— y cultural: centro de traducción del grie¬ go y del árabe, hogar de fusión del que son aún testimonio las magníficas iglesias de Cefalú, Palermo y Monreale, que combinan en síntesis origi¬ nales las soluciones gótico-románicas con las tradiciones bizantina y musul¬ mana. En este medio ambiente va a forjarse la más curiosa y seductora personalidad de la Cristiandad medieval: el emperador Federico II. LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL La expansión francesa, por su parte, no es menos vigorosa. Su cuna radica en la Francia del Norte. El crecimiento demográfico ha llegado a su más alto grado en sus llanuras, donde la revolución agrícola ha produ¬ cido resultados extraordinariamente eficaces. La Francia del Norte coloniza a la Francia del Mediodía, aprovechando la cruzada contra los albigenses, finalizada por el Tratado de París (1229), que prepara la anexión del Languedoc a la Francia de los Capetos, anexión que se realiza a la muer¬ te de Alfonso de Poitiers, hermano de San Luis (1271). Los franceses siguen a otro hermano de San Luis, Carlos de Anjou, en la conquista del reino de las Dos Sicilias, que fue arrancado a los descendientes de Federico II, su bastardo Manfredo, derrotado en Benevento (1266), y su nieto Conradino, batido en Tagliacozzo (1268). Sin embargo, Sicilia se libera de Carlos de Anjou después de las Vísperas Sicilianas de 1282, para pasar a manos de Cataluña y Aragón. La emigración francesa se centra principalmente sobre España. En efecto, uno de los mayores logros de la expansión cristiana entre los siglos x y xiv es la reconquista de casi toda España a los musulmanes, obtenida por los reyes cristianos con la ayuda de los mercenarios y caballeros, en su mayo¬ ría franceses, trasladados al otro lado de los Pirineos. Entre estos auxiliares de la Reconquista desempeñaron un papel de primer plano los monjes clu- niacenses franceses, que se encargaron también de mantener el auge de la peregrinación a Santiago de Compostela. No obstante, la Reconquista no constituyó una serie ininterrumpida de éxitos. Tuvo también sus reveses -—como la destrucción en el año 997 de la basílica de Santiago de Compostela a manos del famoso Al-Mansur, el Almanzor de los cantares de gesta, o la derrota infligida en Alarcos por otro Al-Mansur, el año 1195, al rey de Castilla—, éxitos sin continuación, como la efímera toma de Valencia por Fernando I en 1065, renovada en 1094 por Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid *, y largos períodos de interrupción. Las etapas decisivas son franqueadas en 1085 con la toma de Toledo por Alfon¬ so VI de Castilla y la conquista de la extensa zona comprendida entre el Duero y el Tajo, en 1093, con la toma de Santarem, Cintra, Lisboa, después perdidas y definitivamente reconquistadas en 1147. La fecha más señalada es el 16 de julio de 1212, cuando los reyes de Castilla, Aragón y Navarra alcanzaron sobre los musulmanes almohades una brillante victoria en Las Navas de Tolosa. De todos modos, los frutos de Las Navas, que quebran¬ taron la resistencia musulmana, no fueron cosechados sino mucho más tar¬ de. En 1229, Jaime I de Aragón se apodera de Mallorca; en 1238, de Valen¬ cia, y en 1265, de Murcia. A partir de entonces, aragoneses y catalanes tienen 104 LA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD ante sí una vocación marítima. La toma de Sicilia (1282) viene a confirmar¬ la. En 1248, los castellanos se apoderan de Sevilla. A finales del siglo xm, los musulmanes españoles quedan confinados en el pequeño reino de Granada, que brillará con luz singular durante el siglo xiv gracias al embellecimiento de su Alhambra. La Reconquista española va acompañada por una labor sistemática de repoblamiento y de revalorización del país devastado por la guerra. La repo¬ blación sigue de inmediato a cada etapa de la reconquista, ofreciendo a los españoles del Norte y a los cristianos extranjeros, primordialmente a los franceses, un terreno especialmente favorable para su instalación. Desde mediados del siglo xi, la Reconquista española había tomado un carácter de guerra religiosa (un hecho desconocido hasta aquel instante), que preparaba el camino a las realidades militares y espirituales de las Cru¬ zadas. Más tarde, la colonización francesa en el mediodía de Francia y en el reino de las Dos Sicilias y la colonización alemana en Prusia se revestirán oficialmente con el nombre de Cruzada. Ahora bien, ese fenómeno de ampliación —y de degeneración al mis¬ mo tiempo— de las Cruzadas, que permite colocar en el contexto de la expansión occidental producida desde mediados del siglo xi hasta finales del xm empresas en apariencia aisladas y diversas, no debe ocultarnos que las Cruzadas por excelencia fueron las de Tierra Santa. Si alcanzaron, en definitiva, resultados mediocres y, en lo que se refiere a Occidente, más nefastos que felices, no dejaron menos por ello de constituir, gracias al eco psicológico que levantaron, la avanzada del movimiento expansivo de la Cristiandad medieval. Sin olvidar, pues, el papel esencial representado en la iniciación de las Cruzadas por las causas materiales, en mayor grado demográficas que directamente económicas, es preciso conceder una atención especial al con¬ texto mental y emocional de las Cruzadas, tal como ha sido admirablemente analizado por Paul Alphandéry y Alphonse Dupront. Sin duda, las Cruzadas # —incluso aunque esta impulsión no hubiese sido ni claramente formulada ni experimentada por los cruzados— parecie¬ ron a los caballeros y a los campesinos del siglo xii un buen exutorio para el exceso de población occidental. El deseo de apoderarse de las tierras, las riquezas y los feudos de Ultramar suponía un cebo primordial. Sin embar¬ go, las Cruzadas, incluso antes de haber quedado saldadas por un fracaso completo, no alcanzaban a mitigar la sed de tierras que abrasaba a los occi¬ dentales y éstos se vieron obligados a buscar de inmediato en Europa, sobre todo en la expansión agrícola, la solución que el espejismo ultramarino no 105 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL les había aportado. Frente de combates, la Tierra Santa no fue esa casa de empréstitos -—buenos o malos— que algunos historiadores, engañados y a menudo engañadores, han descrito con tanta complacencia. Las Cruzadas no han proporcionado a la Cristiandad ni un crecimiento comercial como el nacido de sus relaciones anteriores con el mundo musulmán y el desarro¬ llo interno de la economía occidental, ni las técnicas y los productos, sumi¬ nistrados por otras vías, ni el bagaje intelectual, facilitado por los centros de traducción y las bibliotecas de Grecia, Italia (Sicilia, ante todo) y Espa¬ ña, donde los contactos eran mucho más estrechos y fecundos que en Pales¬ tina, ni siquiera ese gusto por el lujo y esas muelles costumbres que ciertos moralistas morosos de Occidente han reputado como la dote del Oriente y el regalo envenenado de los infieles a los cruzados, cándidos y sin defensa ante los encantos y las encantadoras del Oriente. Cierto que los beneficios, extraídos en su mayor parte, no del comercio, sino del alquiler de los navios y de los préstamos concedidos a los cruzados, permitieron a ciertas ciuda¬ des italianas —Génova y más aún Venecia— enriquecerse rápidamente. Ahora bien, ningún historiador serio puede creer ya que las Cruzadas hayan suscitado el despertar y el vuelo del comercio de la Cristiandad medieval. Por el contrario, podemos pensar que contribuyeron al empobrecimiento del Occidente, en particular de la clase social caballeresca; que, lejos de forjar la unidad moral de la Cristiandad, coadyuvaron fuertemente a enve¬ nenar las oposiciones nacionales nacientes (basta, entre otros testimonios, leer la narración de la II Cruzada escrita por Eudes de Deuil, monje de Saint-Denis y capellán del capeto Luis VII, donde el odio entre alemanes y franceses se exaspera en cada episodio, o recordar cuáles fueron en Tierra Santa las relaciones de Ricardo Corazón de León con Felipe Augusto, por ejemplo, o con el duque de Austria, quien se apresurará a apresarlo a su regreso); que excavaron un foso definitivo entre Occidente y los bizantinos (de Cruzada en Cruzada se acentúa la hostilidad entre latinos y griegos, hostilidad que culminará durante la IV Cruzada, con la toma de Constan- tinopla por los cruzados en 1204); que, lejos de dulcificar las costumbres, el furor de la guerra santa indujo a los cruzados a los peores excesos, desde los pogroms perpetrados en su camino hasta las matanzas y saqueos (la de Jeru- salén, por ejemplo, ocurrida en el 1099, o la de Constantino pía, en el 1204, cuyas narraciones se pueden leer tanto en los cronistas cristianos como en los musulmanes y los bizantinos); que el financiamiento de la Cruzada fue el motivo o pretexto para un aumento de la fiscalidad pontificia y la prác¬ tica inconsiderada de la concesión de indulgencias; y, por último, que las órdenes militares, impotentes para defender y conservar la Tierra Santa, se 106 13- LAS PRIMERAS CRUZADAS Más que la efímera epopeya de Tierra Santa, lo que llama Oriente y Occidente, el mundo bizantino convertido ya la atención son las rutas marítimas y terrestres y, entre en piel de zapa. LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL replegaron sobre Occidente y se entregaron en él a toda clase de exaccio¬ nes financieras y militares. He aquí, de hecho, el costoso pasivo de estas expediciones. No veo otra cosa como fruto positivo de las Cruzadas que el albaricoque traído de Palestina por los cristianos. La único que resta del efímero establecimiento de los cruzados en Palestina es el hecho de haber sido el primer caso de colonialismo europeo y de que, a título de precedente, está lleno de enseñanzas para el historia¬ dor. Sin duda, Foucher de Chartres ha exagerado ligeramente en su crónica la amplitud del movimiento de colonización en ultramar, pero la descrip¬ ción que hace de la psicología y del comportamiento del colono cristiano no es por eso menos ejemplar. «Considerad y reflexionad en vuestro interior de qué manera en nues¬ tro tiempo Dios ha ti'ansformado el Occidente en Oriente; nosotros, que hemos sido occidentales, hemos llegado a ser orientales; el que era romano o franco se ha convertido en galileo o habitante de Palestina; el que habi¬ taba Reims o Chartres se ve ciudadano de Tiro o de Antioquía. Hemos ya olvidado los lugares de nuestro nacimiento, que son ya desconocidos para muchos de nosotros o, por lo menos, no hemos oído hablar más de ellos. Algunos de entre nosotros poseen ya en este país casas y servidores, que le pertenecen como por derecho hereditario; tal otro se ha casado con una mujer que no es su compatriota, una siria o una armenia, o incluso una sarracena que ha recibido la gracia del bautismo; tal otro tiene en su casa a su yerno, a su nuera, a su suegro o su hijastro; éste se halla rodeado de sus sobrinos e, incluso, de sus sobrinos segundos; el uno cultiva viñas, el otro campos; hablan diversas lenguas y todos han llegado a entenderse. Los idiomas más distintos entre sí son ahora comunes a una y otra nación y la confianza acerca las razas más alejadas. Ha sido escrito, en efecto: “El león y el buey comen en un mismo pesebre.” El que era extranjero es ahora indígena, el peregrino se ha transformado en habitante; de día en día, nuestros padres y nuestros parientes vienen a reunirse aquí con nosotros, abandonando los bienes que poseían en Occidente. Los que eran pobres en su país, aquí Dios los hace ricos; los que no contaban más que con unos cuantos escudos, poseen ya un número infinito de bizantinos (besants); los que no tenían más que una alquería, Dios les ha dado aquí una villa. ¿Por que ha de regresar a Occidente el que encuentra un Oriente tan favorable? Dios no quiere que aquellos que, llevando su cruz, se han consagrado a seguirlo caigan aquí en la indigencia, lo cual, como bien se ve, es un mila¬ gro inmenso, que el mundo entero debe admirar. ¿Quién ha oído decir algo semejante? Dios desea enriquecernos a todos y llamarnos a Él como 108 14 - las cruzadas del SIGLO XIII Las rutas del mar los han llevado. Sin embargo, no los mueve más que la codicia o sueños aislados LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL amigos caros a su corazón; pues quiere que nuestra voluntad se conforme a la suya y obremos con un corazón dulce y humilde como a Él le plazca, para reinar felizmente con Él.» Cuando en 1095 Urbano II desde Clermont, prende la mecha de la Cruzada, y cuando en 1146 San Bernardo la reanimó, desde Vézeley, ambos pensaban en transformar la guerra endémica que padecía Occidente en una causa justa: la lucha contra los infieles. Pretendían purgar a la Cris¬ tiandad del escándalo que suponía los combates entre correligionarios, pro¬ porcionar al ardor belicoso del mundo feudal un exutorio loable, señalar a la Cristiandad la gran finalidad, el gran designio necesario para forjar la unidad de corazón y de acción que le faltaban. Y, seguramente, la Iglesia y el papado creían, por intermedio de la Cruzada, cuya dirección espiritual asumían, alcanzar el medio de dominar en el mismo Occidente a esa Respu¬ blica Christiana, conquistadora pero turbulenta, dividida contra sí misma e impotente para absorber su propia vitalidad. El gran proyecto fracasó. Mas la Iglesia había sabido responder a una esperanza y consiguió hacer del espíritu de Cruzada el catalizador de los vagos deseos y de las sordas inquietudes del Occidente. Una larga prepa¬ ración de la sensibilidad y de las mentalidades había formado los corazones occidentales para la búsqueda de la Jerusalén celestial. La Iglesia había enseñado a los cristianos que esta imagen ideal se hallaba encarnada y que a través de la Jerusalén terrestre, la otra Jerusalén podía ser alcanzada. La sed de vagabundeo que abrasaba a esos cristianos a quienes las realidades de la tierra se mostraban impotentes para fijar en el suelo, se veía de repen¬ te apagada por un peregrinaje del cual se podía esperar todo: la aventura, la riqueza, la salvación eterna. La Cruz significaba todavía en Occidente, no un símbolo de sufrimiento, sino de triunfo. Al fijarla en el pecho de los cruzados, la Iglesia daba por fin a este estandarte su verdadera signifi¬ cación y le restituía la función que había llenado en la época de Constan¬ tino y entre los primeros cristianos. Las diversas clases sociales se encontraban de nuevo en la Cruzada, aunque para animar ardores paralelos y convergentes. El ejército de los caballeros aparecía doblado por el ejército de los pobres. La Cruzada de los pobres, la más inspirada, que partió la primera, dio muerte por el cami¬ no a gran número de judíos, se desbandó poco a poco y acabó por perecer bajo los golpes del hambre, de las enfermedades y de los turcos, antes de haber alcanzado su objetivo: la Ciudad Santa. Y el espíritu de la Cruzada se mantuvo mucho más en los medios sociales humildes, que experimenta¬ ban con mayor fuerza su espiritualidad, su mitología. A comienzos del 110 LA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD siglo xiii, la ((Cruzada de los niños» —de los campesinos jóvenes— encarnó la permanencia de ese atractivo. Los ecos sucesivos, la rápida degeneración de la mística que impul¬ saba a las Cruzadas en política y, bien pronto, en escándalo, no consiguie¬ ron, sin embargo, durante largo tiempo, ahogar esa gran inquietud. La llamada de ultramar, del ((pasaje», removió a todo lo largo del siglo xii, y años más allá, las imaginaciones y las sensibilidades de los occidentales, que no lograban encontrar en su país el sentido de su destino colectivo e indi¬ vidual. 1099: Jerusalén cae en manos de los cristianos. Un imperio latino se establece en Tierra Santa, pero pronto se ve amenazado. En 1148, Luis VII y Conrado II se sienten impotentes para socorrerlo. A partir de ese momen¬ to, el mundo cristiano de Palestina es una piel que se contrae y disminuye sin cesar. Saladillo reconquista Jerusalén en 1187. Ricardo Corazón de León multiplica sus proezas con ocasión de la III Cruzada (1189-1192), mientras que Felipe Augusto * se apresura a regresar a su reino. La IV Cruzada es desviada por los venecianos sobre Constantinopla y crea otro efímero impe¬ rio latino (1204-1261), que ocupa Constantinopla y Grecia. Federico II*, bajo la excomunión del papa, obtiene por medio de negociaciones en 1229 la restitución de Jerusalén, pero vuelve a ser ocupada por los musulmanes en 1244. Tan sólo algunos idealistas se muestran entonces capaces de con¬ servar el espíritu de Cruzada. San Luis es uno de ellos. Entre la consterna¬ ción de casi todos los miembros de su familia —empezando por su madre, Blanca de Castilla— y de sus consejeros, consigue reunir un ejército de cruzados, la mayor parte de los cuales le siguen más por devoción personal al rey que por amor a Cristo. Su primera expedición comienza en 1248 y se prolonga hasta 1254, pero es para caer prisionero de los infieles. La segun¬ da se inicia en 1270 y se dirige a Egipto, pero para morir delante de Túnez. Hasta finales del siglo xv, y más tarde todavía, se hablará con frecuen¬ cia de iniciar una nueva Cruzada. Pero ya no se iniciará jamás. * * * En la misma época en que Jerusalén acaparaba las imaginaciones occi¬ dentales, otras ciudades *, más realistas y con mayor porvenir terrestre, se desarrollaban en Occidente. La mayor parte de esas ciudades existían ya antes del año 1000. La fundación de algunas de ellas procedía de la antigüedad o se perdía en leja¬ nos tiempos. Incluso en los países bárbaros tardíamente cristianizados, la 111 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL zy. GÉNOVA (Según Y. Renouard: Les Villes d'Italia au Moyen Age, curso publicado por el C. D. U.) 15. 16. LAS CIUDADES EV EL APOOEO DEL SIGLO XIII: UN PUERTO ITALIANO, UNA CAPITAL Génova (i¡) sufre una gran transformación en¬ tre mediados del siglo x y mediados del xn. El recinto del siglo x, construido en período defensivo con ocasión de las incursiones de los sarracenos, engloba el caStrum feudal, o cas¬ tillo, y la ciudad episcopal, la civitas, con la catedral de San Lorenzo, dejando fuera el burgus con la otra catedral, San Siró. Duran¬ te los siglos xi y xn, Génova toma la ofensiva y sus marinos se convierten sucesivamente pri¬ mero en piratas, que realizan incursiones lu¬ crativas, después en mercaderes, que se enri¬ quecen con las Cruzadas. Un segundo recinto, levantado a partir de 1155-1156, engloba ya el burgus, centro económico que se extiende hacia el Norte, a lo largo del mar y centro político en torno al Palacio Comunal. Por otra parte, a partir de 1122, la comuna se identifica con la compagna, que agrupa a todos los ciudadanos, nobles o no, implicados región de los escandinavos, de los germanos o de los eslavos, las ciudades medievales eran la prolongación de ciudades primitivas: grods eslavos, wiks nórdicos. Escasas son las fundaciones urbanas efectuadas ex nihilo durante la Edad Media. El mismo Lübeck se remonta más allá de los actos funda- 112 LA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD Recinto de comienzos del siglo xii Recinto de Felipe-Augusto ifi. PARIS (Según G. Duby y R. Mandrou, op. cit.) en el comercio marítimo. La importancia de éste viene subrayada por el Palacio de la Aduana. París (16) es encerrado por Felipe-Augusto (1179-1223) en un nuevo recinto. Como todas las ciudades importantes de Occidente, crece considerablemente en el transcurso del si¬ glo xii. Pero ese crecimiento no es debido tan sólo al desarrollo de la función económica, lo¬ calizada en la orilla derecha del Sena (Halles, plaza de la Gréve, a la vez lonja de contrata¬ ción de la mano de obra y puerto de desem¬ barco de las mercancías, torre del Temple, donde los monjes-banqueros guardan el teso¬ ro real). Corresponde también al nacimiento de una ciudad universitaria en la orilla iz¬ quierda, el Barrio Latino. Por último, el viejo corazón de la ciudad, la isla de la Cité, reunió el centro episcopal en torno a la nueva cate¬ dral de NoLre-üame y la capital política en torno al Palais Royal. Las abadías, primitiva¬ mente situadas lejos del núcleo urbano, que¬ dan ahora englobadas por él o amenaza¬ das por el nuevo recinto: Saint-Martin-des- Champs, Saint-Germain-des-Prés, Sainte-Gene- viéve, Saint-Victor. dónales de Adolfo de Schauenburg (1143) y de Enrique el León (1158). Sin embargo, a pesar de esta continuidad, que es el caso más frecuente, ¿puede afirmarse que las ciudades medievales son las mismas que sus ante¬ pasadas? ’ >8 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL En el mundo romano, las ciudades constituían un centro político y administrativo, militar y, sólo de manera secundaria, económico. Durante la Alta Edad Media, reducidas a un rincón de sus antiguos recintos, dado que éstos resultaban excesivamente amplios para sus necesidades, habían quedado limitadas casi de modo exclusivo a la función política y adminis¬ trativa, atrofiada a su vez. Las mayores de entre ellas debían su importan¬ cia relativa, en general, más a la presencia de un obispo que a la de un soberano (voluntariamente itinerante y «lugareño») o de un alto funcio¬ nario (existían en escaso número y, a excepción de los palaciegos, no se rodeaban de un círcido demasiado amplio de acompañantes). Religión en principio urbana, el cristianismo se encargó de mantener en Occidente la continuidad urbana. Y si la ciudad episcopal conserva una cierta fun¬ ción económica, es aquella, bien simplificada, que desempeñan los gra¬ neros del obispado o de los monasterios (establecidos en la ciudad), en los cuales se almacenan los víveres venidos de los campos circundantes y que, a cambio de servicios más que de dinero y, en tiempos de escasez, gratui¬ tamente, son distribuidos entre la mayor parte del pequeño grupo de habi¬ tantes. Henri Pirenne ha demostrado magníficamente que la ciudad medieval nace y se desarrolla a partir de su función económica. La renovación de los cambios la crean. Los mercaderes se encargan de ensancharla. La falsa con¬ tinuidad del hecho urbano correspondiente al primer milenario de la Edad Media se revela en que la ciudad medieval se instala al lado del núcleo antiguo. Es una ciudad de arrabal, un podgrozie eslavo, un portus occi¬ dental. Por otra parte, incluso allí donde se ha mantenido una continuidad, las más importantes ciudades medievales han sido, en general, sucesoras, no de grandes, sino de pequeñas ciudades de la Antigüedad o de la Alta Edad Media. Venecia, Florencia, Génova, Pisa, aun Milán (insignificante hasta el siglo iv y eclipsada por Pavía entre los siglos vn y xi), París, Brujas, Gante, Londres, por no hablar de Hamburgo o de Lubeck, son verdaderas creacio¬ nes medievales. Con la sola excepción de las ciudades renanas (Colonia, Maguncia) y, sobre todo, de Roma (que, no obstante, durante la Edad Media no es otra cosa que un gran centro religioso, como un Santiago de Com- postela en el que la población permanente fuese más numerosa), las ciuda¬ des romanas más florecientes han desaparecido o han pasado a un segun¬ do plano. Ciudades nacidas del despertar comercial, pero también del progreso agrícola del Occidente, que empezaba a alimentar mejor en víveres y en hombres a los centros urbanos. No queda otro recurso que atribuir el naci- LA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD miento y el progreso de las ciudades medievales a un complejo conjunto de estímulos y, en particular, a grupos sociales diversos. «¿Nuevos ricos o iiijos de ricos?» Tal fue la pregunta planteada, después de Pirenne, en un célebre debate dirigido por Lucien Febvre. Cierto que las ciudades han atraído a los homines novi, advenedizos escapados a la esclavitud de la tierra, venidos de las familiae monásticas, desprovistos de prejuicios, dis¬ puestos a emprender y a ganar. Pero con ellos, mezclados a ellos o espoleán¬ dolos, especialmente prestándoles el dinero que eran los únicos en poseer al principio, llegan los miembros de las clases dominantes. La aristocracia de los grandes propietarios, el clero, representó un papel determinante. Una categoría como la de los ministeriales, agentes señoriales surgidos en su mayor parte de la esclavitud o de la servidumbre, pero elevándose más o menos rápidamente hacia las capas superiores de la jerarquía feudal, desempeñaron, sin duda alguna, una función importante en el progreso urbano. Las regiones más fuertemente urbanizadas del Occidente medieval —si no tomamos en cuenta aquellas en que una tradición greco-romana, bizantina o musulmana había dejado bases más sólidas (Italia, Provenza, Languedoc, España)— son regiones a las que convergen grandes rutas comer¬ ciales (Italia del Norte, en la confluencia de las vías alpestres y las rutas marítimas mediterráneas; Alemania del Norte y Flandes, adonde llega el comercio del Este; Francia del Nordeste, adonde acuden a las ferias de la Champagne, sobre todo durante los siglos xii y xm, mercaderes y produc¬ tos del Norte y del Sur). Pero esas regiones son, al mismo tiempo, las que poseen las llanuras más ricas, las que disfrutan de los progresos más segu¬ ros de la rotación trienal, las que emplean con mayor extensión el arado y el caballo de labor. En la estrecha relación ciudad-campo de la Edad Media, es aún muy difícil distinguir entre causa y efecto. Las ciudades han tenido necesidad de un medio rural favorable para nacer. Sin embargo, a medida que se fueron desarrollando, ejercieron sobre el terreno circundante, dila¬ tado a la medida de sus exigencias, una atracción cada vez mayor. Grupo de consumidores, que no participa más que de modo accidental en la pro¬ ducción agrícola (no existen verdaderos campos en el interior de la ciudad medieval, pero sí huertos, parrales, etc., que han desempeñado un papel no desdeñable en la alimentación de los ciudadanos), la población urbana tiene necesidad de ser nutrida. En torno a las ciudades, las roturaciones se extienden y los rendimientos se elevan, tanto más cuanto que, de sus arrabales rurales, la ciudad no obtiene exclusivamente víveres, sino que saca también hombres. La emigración del campo a la ciudad, entre los siglos x y xiv, supone uno de los fenómenos mayores de la Cristiandad, Lo »15 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL 17. COLONIA. (Según el atlas Westermann.) < — 18. KALISZ (Según Les Origines des villes polonaises.) 1. Grod polaco primitivo. — 2 Portus. — 3. Vieja ciudad pola¬ ca. — 3. Vieja ciudad alemana. 2o. EL MERCADO DE LÜBECK -> (Según el atlas Westermann) 1. Armeros. — 2. Carniceros. — 3. Panaderos .—• 4. Fabricantes de cinturones. —■ 5. Cambistas. —- 6 . Zapateros. — 7. Especieros. —• 8. Fabricantes de agujas. — 9. Fabricantes de fieltros. — 10. Comerciantes en arenques. — n. Merceros. — 12. Ceca. —• 13. Orfebres. — 14. Cocineros. — 13. Fabricantes de sillas de montar. — 16. Cortadores de paños. — 17. Curtidores. llfi LA FORMACIÓN DF. LA CRISTIANDAD 19. LÜBECK (Según el atlas Westermann) 20. EL MERCADO DE LÜBECK 17, 18, 19, 20 . CIUDADES DE EUROPA EN SU APOGEO (SIGLO XIII Y COMIENZOS DEL XIV) F .1 papel de la función económica en el desa¬ rrollo de estas tres ciudades de la Europa cen¬ tral (Colonia, Liibeck, Kalisz) puede verse cla¬ ramente en sus planos. En Colonia (iy), la actividad económica se despierta pronto. A partir del siglo x, sus for¬ tificaciones engloban, al este de la ciudad ro¬ mana, en la orilla del Rin, un nuevo barrio surgido alrededor de su mercado. En 1106, nuevas murallas protegen a los dos barrios na¬ cidos al Norte y al Sur, a lo largo del Rin. En 1180, la ciudad alcanza, por liltimo, su desarrollo medieval máximo y absorbe las vie¬ jas iglesias de San Severino (348), San Pan- 1 aleón (866) y San Gereón (siglo iv). En el caso de Liibeck (19), se trata de una creación decidida en el año 1159 por el duque de Sajonia, Enrique el León, que desea atraer a la ciudad a los mercaderes de la zona báltica y eslava. Se apoya en el wik fundado en 1143 por el conde Adolfo de Schauenburg en torno a la catedral y sobre el castillo elevado por el mismo señor aprovechando el emplazamiento de un antiguo grod eslavo. Desde 1230, la ciu¬ dad está fortificada en el interior del períme¬ tro máximo, delimitado por el Trave y el Wakenitz, en los que se establecen puertos y molinos activos. El centro de la ciudad está ocupado por el mercado (20), que se halla por entero en manos de los mercaderes, con 117 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL sus tiendas, las calles de comerciantes y ar¬ tesanos especializados, la Casa de la Ciudad y la iglesia de Santa María (Kaufmanns-Kirche: la iglesia de los mercaderes, característica de las ciudades lianseáticas). Ciudad abierta al co¬ mercio lejano, se coloca rápidamente a la ca¬ beza de la Hansa. En ausencia de monasterios antiguos, bien pronto (1225-1227) dominicos y franciscanos se establecen en ella con gran po¬ derío. El caso de Kalisz (Polonia) (iS) es más com¬ plejo. Se pueden distinguir en ella cuatro es¬ tablecimientos : el viejo grod eslavo destina¬ do a la defensa (siglos xi-xii), con la iglesia co¬ legial, pronto rodeada al Este por un arrabal (podgrodzie) que desempeña una función eco¬ nómica sobre el río. Después aparece sucesi¬ vamente, en el siglo xil, una vieja ciudad (stare miasto), emplazada al Norte, y, en el XIII, una ciudad de locatio, que disfruta del derecho alemán. La situación de esta última en una encrucijada de caminos fluviales y te¬ rrestres y sus instituciones permiten a la acti¬ vidad económica desarrollarse plenamente. que es seguro, en todo caso, es que, con los diversos elementos humanos que recibe, la ciudad forja una sociedad nueva. Y esta sociedad pertenece tam¬ bién a la sociedad «feudal», a la cual solemos imaginar demasiado rural. La ciudad, en su conjunto, se constituye en Señoría. El arrabal rural que ella crea, imponiéndole un poder —el ban (1)— de tipo feudal, corre pare¬ jas con la evolución de la Señoría hacia lo que se ha denominado la Seigneu- rie banale, fundada también sobre el ejercicio del ban y sometida a la influencia de los ((feudales», que a veces disponen en ella —como en Ita¬ lia— de una residencia. Sus personajes más sobresalientes imitan el género de vida de los nobles. Se hacen construir casas de piedra y elevan esas torres que, si bien sirven para la defensa y el almacenaje de los víveres, son también más que nada un signo de prestigio. Cierto que la sociedad urbana es minoritaria en un mundo que continúa siendo primordialmente rural. Daniel Thorner, en su modelo de economía campesina, que puede apli¬ carse al Occidente medieval, estima que a un conjunto dentro del cual más del 50 por 100 de la población activa está empleada en la agricultura, corresponde un 5 por 100 de población urbanizada. Pero, poco a poco, esta sociedad urbana consigue que sus propios impulsos sustituyan a los santo y seña venidos del campo. La Iglesia percibe ese cambio con segura intuición. En el siglo xn todavía es la voz de los monjes, de un Pedro el Venerable de Cluny, de un San Bernardo de Cíteaux, principalmente, la que indica el camino a la Cristiandad. Con todo, San Bernardo se ve forzado a predicar su Cruzada en Vézelay, ciudad híbrida y ciudad nueva en torno a su mo¬ nasterio, y a intentar vanamente en París apartar de las seducciones urba¬ nas la población estudiantil, a la cual desea hacer volver al desierto, a la escuela del claustro. En el siglo xm, los directores espirituales —dominicos (1) El francés ha conservado para los arrabales la denominación banlieue, lugar sometido a un ban. — N. del T. 1 lS LA FORMACIÓN DF. LA CRISTIANDAD y franciscanos— se instalan en las ciudades y, desde las cátedras de sus igle¬ sias o de las universidades, gobiernan a las almas. Ese papel de guía, de fermento, de motor, asumido desde ese instante por la ciudad, se afirma en primer lugar en el orden económico. Ahora bien, aunque, en un principio, la ciudad es sobre todo un lugar de cambios, un nudo comercial, un mercado, su función esencial desde ese punto de vista consiste en su actividad de producción. Es un taller. Y, cosa más im¬ portante, en ese taller se establece ya la división del trabajo. El dominio rural de la Alta Edad Media, incluso cuando poseía una cierta especiali- zación técnica artesanal, concentraba todas las funciones de la producción. Una etapa intermedia puede quizás encontrarse en los países eslavos —Po¬ lonia y Bohemia, especialmente—, donde, entre los siglos x y xiii, los gran¬ des propietarios alojan a los especialistas, palafreneros, herreros, ceramistas, carreteros, en aldeas particulares (la toponimia conserva aún hoy día el recuerdo: por ejemplo, en Polonia Szczuce [sutores]). De acuerdo con la definición de Aleksander Gieysztor, «se trata de aldeas sometidas a la auto¬ ridad del castellano ducal y habitadas por artesanos, los cuales, aun debien¬ do a la práctica de la agricultura lo esencial de su subsistencia, estaban obligados a prestaciones artesanales especializadas». No obstante, es en las ciudades donde esta especialización se lleva hasta el extremo. El artesano deja entonces de ser al mismo tiempo y de manera primordial un labrador. El «burgués» deja de ser también, y ante todo, un propietario rural. De todas formas, no se debe exagerar el dinamismo y la autonomía de los nuevos oficios. Dificultades económicas (las materias primas proceden en su mayor parte de los dominios rurales) e institucionales (a través de los derechos feudales, especialmente las tasas, los señores limitan, se apo¬ deran en parte de productos y cambios, a pesar de las franquicias obtenidas por las ciudades) hacen que los «feudales» controlen la actividad económi¬ ca. Las corporaciones * que encuadran a los nuevos oficios son ante todo, tal como los ha definido con acierto Gunnar Mickwitz, monopolios que eliminan la concurrencia y frenan la producción. La especialización lleva¬ da hasta el extremo (basta con abrir el Livre des Métiers escrito por Etien- ne Boileau hacia las postrimerías del reinado de San Luis, entre 1260 y 1270, donde se reglamentan las corporaciones parisienses, para quedar sorpren¬ dido, por ejemplo, ante el número de oficios que trabajan el hierro: vein¬ tidós sobre un conjunto de ciento treinta) es, si no la causa, por lo menos un signo de la debilidad que aflige a la nueva economía, una economía limitada casi en exclusiva a la satisfacción de las necesidades locales. Raras son las ciudades que trabajan para la exportación. Únicamente los tejidos, 1 »9 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL en la Europa del Noroeste, Flandes sobre todo, y en la Italia del Norte, gracias a la fabricación de géneros de lujo y de semilujo (tejidos finos, sede¬ rías, etc.), alcanzan dimensiones casi propias de una industria y estimulan producciones anejas, en particular las de las plantas tintóreas, entre las cuales el glasto o pastel ocupa un lugar preferente a partir del siglo xm. Queda la construcción, que constituye un caso especial. * * * Pero las ciudades hacían también el oficio de centros de intercambio comercial. Una literatura tradicional, sobre todo a partir de Pirenne, les ha reconocido justamente este título, si bien exagerando un poco su impor¬ tancia, ya que dicho comercio se alimenta durante largo tiempo únicamen¬ te de los productos de lujo (tejidos, pastel, especias) o de primera necesidad (sal). Las mercancías pesadas (granos, madera) no entran en él sino con gran lentitud. Unas cuantas plazas se bastan para asegurar la venta de aquellos productos y las prácticas rudimentarias —en particular el cambio de moneda— que las acompañan. Las ferias de la Champagne, en los siglos xii y xm, son en principio su hogar principal. Poco a poco se incor¬ poran al tráfico puertos y ciudades de Italia y de Alemania del Norte. Los italianos, venecianos, genoveses, pisanos, amalfios, astesanos, milaneses, sie- neses y, pronto, florentinos obran de forma más o menos aislada, dentro del cuadro de sus ciudades, al igual que las gentes de Amiens y de Arras. En el Norte, por el contrario, una vasta organización comercial, que adquiere también con rapidez un extraordinario poder político, domina los cambios en un amplio radio de acción: la Hansa. Sus orígenes pueden ser fijados en la paz pactada en 1161, bajo la égida de Enrique el León, entre alema¬ nes y gotlandeses. De ella nació la comunidad de mercaderes alemanes esta¬ cionales de Gotland (universi mercatores imperii Romani Gotlandiam fre- quentantes), que, a finales del siglo xm, extiende su influencia desde Flan- des e Inglaterra hasta la Rusia del Norte. «Por todas partes, los alemanes eliminan a sus competidores, particularmente en el Báltico, pero también en el mar del Norte, llegando hasta privar el paso de los estrechos daneses hacia el Oeste a los gotlandios y, hacia el Este, a los frisones, flamencos e ingleses, acaparando incluso el tráfico entre Noruega e Inglaterra.» Así des¬ cribe a la asociación, tal como era hacia 1300, su más reciente historiador, Philippe Dollinger. Hacia la misma época, las relaciones entre los dos grupos que dominan el gran comercio, los hanseáticos al Norte y los italianos en el Sur, experi- 1 20 LA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD mentan un cambio. En lugar de comunicarse a lo largo de las vías terres¬ tres, largas, costosas y sin cesar amenazadas, en especial las que conducen a las ferias de la Champagne, establecen un contacto directo y regular por mar. Flotas mercantes unen a Génova y Venecia con Londres y Brujas y, más allá, con las costas bálticas y su interior. El modesto comercio medie¬ val, limitado en la Alta Edad Media a las vías fluviales, se desarrolla poco a poco a lo largo de las rutas terrestres entre los siglos x y xiv y se aventura en los mares, desde Alejandría a Riga, por las rutas del Mediterráneo, del Atlántico, de la Mancha, del mar del Norte y del Báltico, preparando así la expansión comercial de la Europa moderna. Apoyado en las ciudades, ese gran comercio naciente favorecía al mis¬ mo tiempo otros dos fenómenos de primordial importancia. En primer lugar, completaba, por medio del establecimiento de fac¬ torías en tierras lejanas, la expansión de la Cristiandad medieval. En el Mediterráneo, el engrandecimiento genovés y veneciano sobrepasaba incluso el cuadro de una colonización comercial. Los venecianos, que habían obte¬ nido de los emperadores de Constantinopla una serie de privilegios cada vez más exorbitantes (992, 1082), fundan, después de la IV Cruzada (1204), un verdadero imperio colonial que cubre las costas del Adriático, Cre¬ ta, las islas jónicas y egeas (especialmente Negroponte, es decir, Eubea). En los siglos xiv y xv incluirá, además, Corfú y Chipre. Los genoveses, por su parte, hacen de sus establecimientos en la costa del Asia Menor (Focea, gran productora de alumbre, esencial como mordiente para la in¬ dustria textil) y del norte del mar Negro (Caffa) sólidos puntos de apoyo para un drenaje de los géneros y de los hombres (esclavos domésticos de ambos sexos). Flacia el Norte, la Flansa establece a sus mercaderes en territorio cris¬ tiano, Brujas, Londres, Bergen, Estocolmo (fundado en 1251), pero tam¬ bién, más al Este, en zonas paganas (Riga, 1201) u ortodoxas (Novgorod). La colonización mercantil sobrepasa la colonización urbana y rural alema¬ nas y, tan pronto pacífica como belicosa, se asegura privilegios que, por encima del provecho económico, establecen una verdadera superioridad étnica. Por ejemplo, en un tratado de comercio, suscrito en 1229 entre el príncipe de Smolensk y los comerciantes alemanes, se lee: «Si un ruso que sea deudor de otro ruso compra a crédito a un tratante alemán, el ale¬ mán disfrutará de prioridad para percibir su crédito.» Igualmente, si un ruso y un alemán llegan al mismo tiempo a un relevo de carga, de trans¬ porte (volok) de mercancías, el alemán pasará antes que el ruso, a menos que éste sea un habitante de Smolensk. En tal caso, se echará a suertes 121 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL entre los dos prioritarios. La forma comercial de la colonización habituara a los occidentales a un tipo de colonialismo que les valdrá los éxitos y, más tarde, los fracasos que tan bien se conocen. Motor de la expansión geográfica, el gran comercio revistió también una extraordinaria importancia en otro fenómeno del que fueron teatro asimismo las ciudades: el desarrollo de la economía monetaria. Centros de consumo y de cambio, las ciudades se vieron obligadas a servirse cada vez más de la moneda para nivelar sus transacciones. El estadio decisivo se produce en el siglo xm. Florencia, Génova, Venecia, los soberanos españo¬ les, franceses, alemanes e ingleses deben acuñar, para responder a estas nece¬ sidades, primero piezas de plata de valor elevado, los gruesos; después pie¬ zas de oro (el florín florentino data de 1252, el escudo de San Luis de 1263- 1265, el ducado veneciano de 1284). Roberto López ha llamado al siglo xm <(el siglo del retorno al oro». Examinaremos más adelante las consecuencias de esta preponderancia creciente de la economía monetaria sobre la economía natural. Al introdu¬ cirse en los campos, modificando la renta rural, será un elemento decisivo en la transformación del Occidente medieval. Las reformas monetarias de Carlomagno habían sido realizadas en medio de la indiferencia y la igno¬ rancia generales, si se exceptúa a un pequeño grupo de consejeros reales. Las mutaciones monetarias -—las primeras devaluaciones de Occidente—, llevadas a cabo por Felipe el Hermoso a finales del siglo xm y en los pri¬ meros años del xiv, levantaron, en cambio, la protesta de casi todas las clases sociales y, en las ciudades, emociones populares y motines. Cierto que la masa campesina no ve todavía muchas piezas de oro, e incluso pocas de plata gruesa, pero maneja ya, cada vez en mayor cantidad, los sueldos, y participa, aunque todavía de lejos, en esta evolución capital que hace entrar el dinero en la vida cotidiana de los occidentales. * # # Los indicios del urbanismo no son menores en los campos intelectuales y artísticos. Sin duda, el ambiente monástico sigue siendo durante el siglo xi y, aunque en menor escala, el xn, el más favorable al desenvolvimiento de la cultura y del arte. La espiritualidad mística y el arte románico se des¬ arrollan de modo casi exclusivo en el seno de los conventos. Cluny y la gran iglesia del abad Hugues (1049-1109) simbolizan esta preeminencia monástica en el alborear de los tiempos nuevos. Citeaux, sus hijas y sus nietas la continuarán por otros medios. 122 LA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD La translatio cultural que hará pasar la primacía de los monasterios a las ciudades se percibe bien en dos dominios: la enseñanza y la arqui¬ tectura. En el curso del siglo xii, las escuelas urbanas toman de manera decisi¬ va la delantera sobre las escuelas monásticas. Nacidos de las escuelas epis¬ copales, los nuevos centros escolares se liberan de ellas mediante el reclu¬ tamiento de maestros y alumnos y la cuidadosa elección de sus programas y sus métodos. La escolástica * es un producto de las ciudades, que se ense¬ ñorea de las nuevas instituciones: las universidades # y corporaciones inte¬ lectuales. El estudio y la enseñanza se convierten en un nuevo oíicio, uno más entre las numerosas actividades que se especializan en el ((taller» urbano. El nombre es por lo demás significativo: universitas viene a ser lo mismo que corporación. Las universidades no son otra cosa que corpora¬ ciones de maestros y estudiantes: universitates magistrum et scolarium, con sus diversidades y sus matices, desde Bolonia, en la que reinan los estudian¬ tes, a París, donde dominan los maestros. El libro ha dejado de ser un ídolo y se considera como un simple instrumento. Como cualquier otra herra¬ mienta, tiende a ser fabricado en serie y se hace el objeto de una produc¬ ción, de un comercio. El arte románico *, producto y expresión del impulso tomado por la Cristiandad después del año 1000, se transforma en el curso del siglo xii. Su nuevo aspecto, el gótico *, es un arte urbano. Arte de catedrales surgidas del cuerpo ciudadano, que lo subliman y lo dominan. La iconografía de las catedrales es la expresión de la cultura urbana: la vida activa y la vida contemplativa buscan en ella un equilibrio inestable; las corporaciones ornamentan la iglesia con vidrieras; el saber escolástico se despliega en su interior. Las iglesias de las zonas campesinas se esfuerzan por reproducir, aunque con menor valor artístico y con recursos materiales mucho más limi¬ tados, el plano catedralicio de la ciudad modelo o, al menos, uno de sus elementos más significativos: campanario, torre, tímpano. Construida para albergar a un pueblo nuevo, más numeroso, más humano y más realista, la catedral procura, sin embargo, recordarle la vida rústica, próxima y bene- factora. El tema de los meses, cuadro de los trabajos rústicos, sigue siendo uno de los ornamentos tradicionales de la iglesia urbana. * # # La Iglesia participa en ese progreso de la Cristiandad ocupando un primer plano, si bien no ha representado directamente en el desarrollo ia 3 si. LA ORDEN DE CLUNY EN LOS SIGLOS X Y XI ^ =a g* S ^ \ =? Hildesheim J \ , ^Malmesbury J- A C~ S. * •'Magdeburgo --^^•Abingdo nl h Cürve H rGlasconbury^ T , w „ ^ Cante rburygj ) \ _ . . k V —' _ n S—~j £/—. / \CoIonia t, > .PaulinzellAi -n *^c , \Hersfeld? \ k ^ ~.~ ==^ S ‘-Bert.n^Smvelot\ ;- > - . — ^ Arras / ^Echtemach V» — Ruán *-v. s*Lorsch leBeP^ 1 * Re im s\ Verd “ n / .Hirsau Mont-S^Michel __„ \ //ww. r / Zñw/w//////%fó Marmoutier / ^ e up r 9 nirsau •Moyen-Moutier /¿Augsburgo' , , • Vézelay la Chanté K», * S'-Jean-d’Angély ► W///////f SduvignyW^® n Limoges^/ ^ //fiReichenau ^-Oail Einsiedeln ‘Salzburgo Sauxillanges , Santiago Carrión^ Sahagún • /¿rf/W, y¿Oñ& v7>\ Cardeña ^Silos ^ g/7^*Moissac j^O/Ganagobie 'Vyyyyy/\ S'-Pons ffiníW' Touío 5 e> ^^S¿ llles ^ \ la Grasse = 'k>v k— *S. Juan ^ l Ripoll fzr. _ . • ~ " k> Farf í N_ t ... -Roma • * Subiaco ~ ¿EEE ._ V • Monte Cassino %%IZona de densidad v/'v'/Á monástica En 1109, la Orden comprende 1184 casas, de las cuales 883 están establecidas en Francia LA FORMACIÓN DF. LA CRISTIANDAD económico el papel esencial que tan a menudo se le ha atribuido con evi¬ dente exageración, basándose especialmente en las opiniones de Monta- lembert. Georges Duby ha subrayado que los monjes tuvieron una actuación muy borrosa en lo que respecta a las roturaciones, porque «los clunia- censes, benedictinos que observaban la antigua regla, llevaban una vid.a de tipo señorial y, por lo tanto, ociosa», mientras que las órdenes nuevas del siglo xii, por su parte, «se establecieron en calveros ya, por lo menos, parcialmente existentes» y se interesaron sobre todo en la ganadería. En consecuencia, se preocuparon relativamente poco de extender los campos. Además, «a causa del cuidado que pusieron en proteger su desierto y en mantener a distancia a los campesinos, las abadías del nuevo estilo con¬ tribuyeron más bien a proteger ciertos islotes forestales contra las em¬ presas de roturación, que, a no ser por ellas, los habrían reducido)). No obstante, por lo que se refiere a la economía misma, la Iglesia se mostró extremadamente eficaz. En la fase inicial empleó todos los re¬ cursos de que sólo ella disponía. Durante la época de tesaurización de la economía, ella había atesorado más riquezas que ningún otro estamento. Y, a partir del año 1000, cuando el crecimiento económico y, en particu¬ lar, el desarrollo de la construcción exige un {mandamiento que el juego normal de la producción no puede proporcionar, se apresura a poner en circulación los tesoros acumulados. Sin embargo, su actuación se lleva a cabo en una atmósfera de milagros, cuya vestidura taumatúrgica no debe ocultarnos las realidades económicas. Si un obispo o un abad desean en¬ grandecer o reconstruir su catedral, su monasterio, el milagro hace su inmediata aparición para descubrir el tesoro enterrado que le permitirá, si no rematar, al menos iniciar su empresa. Tal ocurre, por ejemplo, unos años antes de terminar el primer milenio, con el obispo de Orleáns, Arnul, que sueña con reconstruir ((de manera magnífica» la iglesia de la Santa Cruz. <(Se vio favorecido —escribe Raúl Glaber— con un estímulo divino manifiesto. Un día en que los albañiles sondeaban la firmeza del terreno con objeto de escoger el emplazamiento adecuado para los muros de la basílica, descubrieron una gran cantidad de oro. Al juzgarle perfectamente suficiente para cubrir todos los gastos de la reconstrucción del santuario, a pesar de la importancia de éstos, tomaron el oro descubierto por casualidad y lo llevaron intacto al obispo. Éste dio gracias al Dios todopoderoso por el presente que le hacía, lo tomó y lo confió a los vigilantes de los trabajos, con la orden de consagrarlo íntegramente a la construcción de la iglesia. Según se cuenta, ese oro se debía a la previsión de San Evarco, antiguo obispo de 125 22. LA ORDEN DE CITEAUX DURANTE LOS SIGLOS XII Y XIII É Nydala 1143=== v iv-- : ^Herrevad 1144: o )Lsron 1154^^ Soro 1162 ^ ,Gudvala 1164 sobre todo, bajo el Plantagenet Enrique II * (1154-1189), la imagen de una monarquía centralizada. A par¬ tir de 1085, el Libro del Juicio Final, el Domesday Book, compila las pose¬ siones y los derechos reales y proporciona una base incomparable a la auto¬ ridad del rey. Sólidas instituciones financieras (la Corte del Exchequer por ejemplo) y funcionarios estrechamente dependientes del trono (los sheriffs) completan esta obra. Una grave crisis estalla a comienzos del siglo xm y se mantiene durante decenios. Juan Sin Tierra se ve obligado a aceptar que el poder real sea limitado por la Carta Magna (1215). Después de la revuelta de la pequeña nobleza, dirigida por Simón de Montfort, las Pro¬ visiones de Oxford vigilan todavía más estrechamente a la monarquía. Sin embargo, Eduardo I (1272-1357) e incluso Eduardo II (1307-1327) sa¬ ben restaurar el poder real al aceptar un control parlamentario, que fuerza a nobles, eclesiásticos y burgueses de las ciudades a colaborar con el Go¬ bierno. Las guerras entabladas, victoriosas sobre los galeses, desgraciadas contra los escoceses, han traído consigo a los ingleses un armamento y tácticas nuevas y han hecho participar a una parte del pueblo lo mismo 143 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL en la acción militar que en el gobierno local y central. Al principio del siglo xiv, Inglaterra es la más moderna, la más estable de las naciones cristianas, la cual permitirá a ese pequeño Estado, que cuenta con poco más de cuatro millones de habitantes, conseguir, al iniciarse la Guerra de los Cien Años, brillantes victorias sobre el coloso francés, a despecho de los catorce millones de habitantes de éste. La Francia de comienzos del siglo xiv no carece, con todo, de pres¬ tancia. Sus progresos bajo la monarquía de los Capetos han sido más len¬ tos, pero acaso más seguros. Entre la elección de Hugo Capeto (987) y el advenimiento de Luis VII (1137), los débiles monarcas Capetos ven sus fuerzas absorbidas por las luchas oscuras y siempre renacientes contra los pequeños señores, llenos de rapacidad', atrincherados en sus castillos de la Isla de Francia. Por otra parte, quedan empequeñecidos ante sus gran¬ des vasallos, el más poderoso de los cuales, el duque de Normandía, añade a su ducado en el año 1066 el reino inglés y, más tarde, a mediados del siglo xii, los vastos dominios de los Plantagenéts. No obstante, desde 1214, Francia ha demostrado su adhesión a su rey y su cohesión cara a la ame¬ naza del emperador alemán, que debe retroceder. Sobre el engrandeci¬ miento del poder real, una vez purgado de sus buitres reales, los Capetos fundan su creciente poder. Los progresos son ya visibles bajo Luis VII (1137-1180), se hacen relampagueantes durante el reinado de Felipe Augus¬ to * (1180-1223) y se extienden y se consolidan por obra de Luis VIII (1223-1226), Luis IX* (San Luis) (1226-1270), Felipe el Atrevido (1270- 1285) y Felipe el Hermoso * (1285-1314). La base financiera del poder real francés continúa siendo débil. El rey extrae la parte más importante de sus recursos de su dominio, es decir, «vive de lo suyo», pero tiene ya en su mano la administración, conseguida mediante la institución, lle¬ vada a cabo por Felipe Augusto, de las «bailías» o «senescalatos» y de los ((prebostes» y mediante el ensanchamiento y la especialización del Consejo de la Corte del rey, tanto en el dominio de las finanzas como en el de la Justicia, sobre todo en este último. El Parlamento organizado por Felipe el Hermoso en 1303 atrae hacia sí un número creciente de litigios gra¬ cias al éxito ininterrumpido de la «apelación» al rey. Lo mismo que ocurre en Inglaterra, los Estados Generales, compuestos de prelados, ba¬ rones y burgueses ricos de las «buenas ciudades», reunidos por primera vez por Felipe el Hermoso, representan más una ayuda que una limitación de poder para el rey y sus consejeros los (degistas», formados en las universi¬ dades e imbuidos del Derecho romano, puesto al servicio del soberano, ((em¬ perador en su reino». 144 25. FRANCIA AL ADVENIMIENTO DE FELIPE AUGUSTO (1180) 145 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL En 1315, después de la muerte de Felipe el Hermoso, se produce una reacción feudal. No obstante, el cambio de dinastía, el reemplazamien¬ to de los Capetos por los Valois (1328), se efectúa sin dificultad. Lo más que se puede admitir es que la nueva dinastía parece más abierta a las influencias medievales, aún muy fuertes en la corte de París. Es el papado quien logra la tercera realización fructuosa de la mo¬ narquía centralizadora. Tal éxito debe muy poco al poder temporal del papa, a la base territorial que le ofrece el pobre Patrimonio de San Pedro. Asegurando su poder sobre los obispos, drenando los recursos financieros de la Iglesia —no sin provocar en Inglaterra y en Francia, por ejemplo, vigorosas protestas—, poniéndose a la cabeza de la codificación del Derecho canónico, el papado se convierte, durante el siglo xii y sobre todo durante el xni, en una monarquía supranacional eficaz. No sólo resistirá al des¬ tierro de Aviñón, sino que afirmará su poder sobre la Iglesia. Yves Re- nouard ha podido justamente sostener que Aviñón suponía para esta mo¬ narquía un mejor centro geográfico que la excéntrica Roma. Los éxitos de la unificación monárquica son menores en la penín¬ sula Ibérica, donde, a despecho de ciertas uniones pasajeras, los reinos se mantienen separados. Portugal (reino desde 1140), Navarra, Castilla, que absorbe a León a partir de 1140, y Aragón (sin contar la persistencia del dualismo Aragón-Cataluña, bajo la unión política obtenida en 1137) pa¬ recen formaciones duraderas. Ahora bien, cada uno de esos reinos realiza en sus fronteras, cambiantes de acuerdo con los progresos de la Recon¬ quista y las combinaciones dinásticas, notables progresos en la centraliza¬ ción. En Castilla, el reinado de Alfonso X el Sabio* (1252-1284) es la época en que se efectúa la redacción del gran código de las Siete Partidas y, gracias al favor real, el progreso de la Universidad de Salamanca. La Corona de Aragón, que, siguiendo el impulso de los catalanes, se apasiona por sus horizontes mediterráneos, se convierte en una gran potencia bajo Jaime el Conquistador (1213-1276). Después de la partición del reino (1262) florece el reino de Mallorca, con su capital Perpiñán y sus ciu¬ dades de Mallorca y de Montpellier, en donde los reyes residen gustosa¬ mente. Además, las condiciones especiales de la Reconquista y de la re¬ población de la península Ibérica han permitido al pueblo, gracias a las muy vivaces asambleas locales y a las Cortes, que funcionan desde me¬ diados del siglo xin en todos los reinos, participar ampliamente en el gobierno. El fracaso de la concentración monárquica es más manifiesto en Ita¬ lia y en Alemania. En Italia, el poder temporal de los papas en el centro 146 26. FRANCIA AL ADVENIMIENTO DE FELIPE VI DE VALOIS (1328) LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL de la península y la autoridad imperial en el Norte impiden que se opere la unión territorial. El juego de las facciones, de los partidos, entre las ciu¬ dades o en el interior de cada ciudad, se ordena más o menos alrededor de los mil episodios que presenta la lucha entre güelfos * y gibelinos En el Sur, el reino de Nápoles o de las Dos Sicilias, a pesar de los esfuerzos de los reyes normandos, alemanes (en el 1224 Federico II funda en Nᬠpoles la primera Universidad del Estado, y en el 1231 domina a la sociedad feudal mediante las constituciones de Melfi) y angevinos, ve sucederse de¬ masiadas dominaciones extranjeras para alcanzar una administración sólida. En Alemania, el espejismo italiano aleja a los emperadores de las realidades germánicas. Puede parecer que Federico Barbarroja # , sobre todo cuando consigue triunfar en 1181 del más poderoso señor alemán, Enrique el León *, duque de Sajonia y de Baviera, impone a los feudales la autoridad real. Pero las querellas dinásticas, las guerras entre los pre¬ tendientes a la Corona, el interés reciente por una Italia cada vez más rebelde, conducen, con el Gran Interregno (1250-1273), al fracaso de la centralización monárquica. Las únicas fuerzas políticas que se mantienen vivas en la Alemania de finales del siglo xm son —en las fronteras de la colonización al Norte y al Este— las ciudades de la Hansa y las casas principescas antiguas o recientes. En 1273, un pequeño príncipe aisacia- no, Rodolfo de Habsburgo # , se ciñe la corona imperial y aprovecha su paso por el trono para poner en el Sudeste, en Austria, Estiria y Carintia, las bases de la fortuna futura de su dinastía. Al Este y al Norte, las disputas dinásticas, el fraccionamiento feudal y la imprecisión de las fronteras se oponen a la autoridad del poder cen¬ tral, minado, además, por la colonización germánica. A comienzos del siglo xiv, después de varios altibajos, la realeza da¬ nesa aparenta haber triunfado al fin de los señores feudales. Sin embargo, el rey es tan pobre que, en 1319, debe empeñar su país como prenda a su acreedor, el conde de Holstein. En Suecia, la sucesión al trono se ha transformado en electiva durante el siglo xm, pero la familia de los Fol- kungar, con Magnus Laduslas (1274-1290) y después con Magnus Erinsen (1319-1332), consigue imponerse durante algún tiempo. Noruega parece la más favorecida en este aspecto. Haakón V el Viejo (1217-1263) destruye el poder de la aristocracia laica y eclesiástica y convierte la monarquía en hereditaria. En cuanto a Polonia, la monarquía termina con Boleslao el Atrevido, coronado en Gniezno el día de Navidad de 1076. La dinastía de los Piasts 148 LA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD continúa, no obstante, dominando el país, si bien ostentando el título de duques. Algunos de ellos, como Boleslao Boca-Torcida (1102-1138) y Mesco el Viejo, después de 1173, no han olvidado las preocupaciones unificadoras. Mas también aquí las revueltas de los feudales laicos y eclesiásticos, direc¬ ta o indirectamente apoyados no sólo por los alemanes, sino igualmente por los checos y los húngaros, transforman a Polonia en un grupo de duca¬ dos independientes, cuyo número aumenta en el transcurso del siglo xm. En 1295, Przemysl de Gran Polonia restaura en provecho propio el reino polaco, pero, después de él, dos reyes de Bohemia toman el título de rey de Polonia y será preciso esperar la consagración, celebrada en Cracovia en esta ocasión (1320), de un pequeño señor de Cujavie, Ladislao el Breve, para que se afirme la Corona regni Poloniae. Su hijo será Casimiro el Grande (1333-1370). Entre tanto, Conrado de Moravia ha llamado a los Caballeros Teutónicos para que acudan en su auxilio contra los prusianos, y los teutónicos, apoyados en los nuevos obispados de Thorn (Torun), Kulm (Chelmno) y Marienwerder, fundan un Estado alemán. Después de la conquista de Prusia, invaden en 1309 la Pomerania de Gdansk y hacen de su castillo de Marienburg (Malbork) una verdadera capital. El caso de Bohemia es todavía más complejo. A finales del siglo xii, en el año 1198, Otakar I (1192-1230) se hace coronar rey y establece el carác¬ ter hereditario de la Corona en la dinastía de los Przemyslidas. Pero los reyes de Bohemia actúan también como príncipes del Imperio y se de¬ dican en Alemania a un juego peligroso. Otakar II (1253-1278), que me¬ rece el sobrenombre de Rey de Oro por el fasto de su corte, no se con¬ tenta con su cargo de elector del Imperio y solicita para sí mismo la corona imperial. Por medio de la conquista, añade Austria, la Estiria, la Carintia y la Carniola a sus territorios de Bohemia y Moravia. Mas pronto choca con Rodolfo de Habsburgo, que, elegido en su lugar, lo aplasta en la batalla de Díirnkrut (1278). El sueño de la Gran Bohemia ha terminado, aunque no el sueño alemán. En el siglo xiv, un rey de una nueva dinastía extran¬ jera, Carlos de Luxemburgo, el emperador Carlos IV, conseguirá realizarlo. Entre tanto, la única realidad es la creciente colonización de Bohemia por los inmigrantes germánicos. En Hungría, las numerosas querellas de sucesión suscitadas durante los siglos xi y xii habían debilitado a los Arpadios, descendientes de San Es¬ teban, que, a pesar de todo, supieron aumentar su reino en Transilvania, Eslovenia y Croacia, frente a los alemanes y, sobre todo, los bizantinos, que se habían sentido, por un momento, tentados por la anexión de Hun¬ gría. Bela III (1173-1196), casado con una hermana de Felipe Augusto, 149 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL parece asentar sólidamente la monarquía. Sin embargo, la clase ascen¬ dente de los feudales impone en 1222 a su hijo Andrés II una Bula de Oro, a la que se ha llamado impropiamente la Carta Magna de Hungría, puesto que más que asentar las libertades nacionales, asegura la suprema¬ cía de los nobles, que conducen rápidamente el país a una completa anarquía. La muerte del último de los Arpadios, ocurrida en 1301, origina, además, una crisis que había de imponer a Hungría una dinastía ex¬ tranjera. El primero de agosto de 1291, los hombres del valle de Uri, la libre comunidad del valle de Schwyz, y la asociación de los hombres del bajo valle de Nidwalden se juramentaban en una liga perpetua contra la ame¬ naza habsburguesa. Tales ligas eran muy numerosas entre las comunida¬ des urbanas o montañesas. Era difícil prever que ésta había de ser el nú¬ cleo fundador de una organización política original: la Confederación hel¬ vética. El 15 de noviembre de 1315, en Morgarten, la liga consiguió sobre Leopoldo de Habsburgo una completa victoria. La fortuna militar de los suizos se anunciaba al mismo tiempo que su porvenir político. V i ií ¥ En este momento en que la Cristiandad occidental alcanza su apogeo, pero se apresta a afrontar una crisis y una profunda transformación, pode¬ mos preguntarnos a qué formas y a qué fuerzas corresponderá tomar el relevo de la feudalidad, que, fuerte todavía desde el punto de vista eco¬ nómico y social, declina ya políticamente. Podría pensarse que tal privi¬ legio corresponde a las ciudades, la prosperidad de las cuales crece de modo ininterrumpido, cuyo brillo cultural es incomparable y que, al lado de sus éxitos económicos, artísticos, intelectuales y políticos, consiguen también grandes triunfos militares. Desde 1176, las más precoces entre ellas, las ciudades de Italia del Norte, habían infligido en Legnano a Fe¬ derico Barbarroja un desastre que dejó estupefacto al mundo feudal. Y en 1302, la ((ralea» de las ciudades flamencas destrozó, en Courtrai, a la flor de la caballería francesa, que abandona en sus manos las quinientas es¬ puelas de oro que bautizaron la batalla. Génova, Florencia, Milán, Siena, Venecia, Barcelona, Brujas, Gante, Yprés, Brema, Hamburgo, Lübeck, es a ellas a quienes parece pertenecer el porvenir. Y, no obstante, la Europa moderna no se construirá en torno a las ciudades, sino alrededor de los Estados. La base económica de las ciudades no será suficiente para asen¬ tar un poder político de primer orden, ni siquiera para fundar una fuerza 1.50 LA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD económica de importancia. A medida que el gran comercio cesa de apo¬ yarse en las mercancías de lujo para centrarse sobre las materias pesadas (cereales en primer lugar), el centro urbano va dejando de presentar las dimensiones requeridas. Ya a finales del siglo xm, las ciudades no con¬ siguen imponerse sino encuadrándose en confederaciones urbanas, como en el caso de la Hansa, o reuniendo en torno de ellas arrabales rurales, que ocupan un territorio cada vez más amplio. Tal es la solución flamenca (Brujas y Gante extraen tanta fuerza de su ((franco» como del comercio lejano) y, sobre todo, la italiana. Las ciudades de Liguria, de Lombardía, de Toscana, de Venecia y de Umbría se guarnecen de un contado esencial. La más urbanizada quizá de todas ellas, Siena, donde la banca goza de sus más gloriosos momentos en época anterior (siglo xm), expresa de ma¬ nera perfecta en su arte esta necesidad que la ciudad siente del campo. Los frescos del Palacio Municipal, en los que Ambrogio Lorenzetti repre¬ senta, entre 1337 y 1339, en honor de sus conciudadanos. El Buen y el Mal Gobierno, pese a que la ciudad se halla cerrada por murallas y erizada de torres y de monumentos, no la separan de su campiña, de su indispen¬ sable contado. Venecia no se prolongará sino por su Terra Ferma. Acaso fuese difícil preverlo en el año 1300. Pero el tiempo de los islotes, de los puentes, de las pequeñas células está en camino de desaparecer, al mis¬ mo tiempo que la feudalidad. Comienza a imponerse un tipo distinto de organización del espacio: el de los Estados territoriales. Las gentes pers¬ picaces de la época perciben ya esta realidad en su forma demográfica. Pierre Dubois estima que el rey de Francia es el más poderoso soberano de la Cristiandad puesto que es el que cuenta con mayor cantidad de súbditos, y Marsilio de Padua hace de la población una de las fuerzas principales de los Estados modernos. Ahora bien, ese número no puede subsistir si no es sobre una gran superficie y el progreso empieza a recla¬ mar la unificación de grandes extensiones. CAPÍTULO IV LA CRISIS DE LA CRISTIANDAD (Siglos xiv-xv) S i bien la mayor parte de los Estados cristianos, al principio del siglo xiv, se mueven todavía dentro de fronteras cambiantes, la Cristiandad en su conjunto se encuentra ya estabilizada. Como ha afirmado A. Lewis, es el «fin de la frontera». La expansión medieval ha terminado. Cuando se reemprenda de nuevo, a finales del siglo xv, se tratará ya de un fenó¬ meno distinto. Inversamente, el tiempo de las grandes invasiones parece haber terminado. Las incursiones mongolas de 1241-1243 dejaron en Polo¬ nia y en Hungría terribles señales, sobre todo en este último país, donde la invasión de los cumanos, empujados por los mongoles, acrecentaron la anarquía y dieron a los húngaros un rey, Ladislao IV (1272-1290), medio cumano y medio pagano. El papa Nicolás IV predicó una cruzada contra él. Sin embargo, no se trata sino de incursiones, después de las cuales las heridas se cicatrizan pronto. En la Pequeña Polonia, Silesia, se produce, después del paso de los tártaros, una nueva oleada de roturaciones y de crecimiento agrícola y urbano. Pero en el viraje de los siglos xm-xiv, la Cristiandad no solamente se detiene, sino que retrocede. Ya no hay nuevas roturaciones ni conquis¬ tas del suelo. Incluso las tierras marginales, ganadas para el cultivo bajo la presión demográfica y la preocupación por la expansión, quedan aban¬ donadas porque sus rendimientos son excesivamente débiles. La desfores¬ tación se anuncia en algunos lugares. Comienza el abandono de los cam¬ pos y aun de las aldeas —los Wustungen, por ejemplo, estudiados por Wilhelm Abel y sus discípulos—. La construcción de las grandes catedrales se interrumpe, antes de que éstas sean acabadas. La curva demográfica co¬ mienza a bajar. El alza de los precios se detiene y se inicia una depresión. 153 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL * « # Al lado de estos grandes fenómenos de conjunto, otros acontecimien¬ tos —algunos de los cuales han llamado la atención de los contemporᬠneos, mientras otros sólo han revestido su significación a los ojos de los historiadores modernos— anuncian que la Cristiandad se halla en ple¬ na crisis. Una serie de huelgas, de motines urbanos, de revueltas, cuya mayor virulencia se produce en Flandes, estallan en el último tercio del siglo xm (en Brujas, Douai, Tournai, Provins, Ruán, Caen, Orleáns y Béziers en el año 1280; en Toulouse, en 1288; en Reims, en 1292; en París, en 1306). En 1302, en las regiones de la actual Bélgica, los disturbios desembocan en un levantamiento casi general. Según el cronista liejés Hocsem: «Este año, el partido popular se subleva en casi todas partes contra los grandes. En Brabante, esa sublevación fue ahogada, pero en Flandes y en Lieja, las fuerzas populares dominaron durante largo tiempo.» En 1284, las bóvedas de la futura catedral de Beauvais, levantadas has¬ ta cuarenta y ocho metros de altura, se derrumban. El sueño gótico ya no se elevará nunca más alto. Los trabajos de muchas catedrales se detienen: la de Narbona en 1286, la de Colonia en 1322. Siena alcanzará el límite de sus posibilidades en 1366. La desvalorización de la moneda —las mutaciones monetarias— comienza. La Francia de Felipe el Hermoso (1285-1314) conoce varias, las primeras de la Edad Media. Las bancas italianas, en especial las florenti¬ nas, sufren en 1343 bancarrotas catastróficas. Los Bardi, los Peruzzi, los Acciaiuoli, los Bonaccorsi, los Cochi, los Antellesi, los Corsini, los Da Uzza- no, los Perendoli y, añade el cronista florentino Giovanni Villani, «muchas otras pequeñas compañías y artesanos privados» se vieron arrastrados en el movimiento. Claro está que estos síntomas de crisis se manifiestan en los sectores más frágiles de la economía: en las ciudades, donde la economía textil había tomado tanto vuelo que se hallaba a merced de una baja en el poder de compra de la clientela rica para la que producía y exportaba; en el ramo de la construcción, donde los enormes medios que se habían de poner en juego se encarecían a medida que la mano de obra, las materias primas y los capitales encontraban empleo en otros sectores más productivos; en el dominio de la economía monetaria, donde los errores en el manejo del bimetalismo, consecutivo a la reanudación de la acuñación en oro, y las 1 54 27. EL OCCIDENTE A PRINCIPIOS DEL SIGLO XIV GALES 4%, o penhague- INGLATERRA —Hamburgo •Lübecl - \7 . r - _ 1 ^Santiago de=¿¡pfe SA • Compostela — y M --Y pres» i ^¿Douai'í Reims. Paríü\_^ 'francia \ L, k 5 Gante • Góttin gen •¡ Colonia \ )( SACRO IMPERIO^ J) Rátisbona Pi Praga s^SViena ilMarienburg -0| > \_^x\oc r acó vi a -^Lemberg nTri |i Dominio de las ordenes N-LLÜJ teutónicas m Imperio bizantino a comienzos del siglo xiv || 11 m Dominio otomano hacia 1350 Posesiones de los reyes de Inglaterra |§^j Posesiones de los ^ ' Habsburgo ri Posesiones venecianas Brema Ciudades hanseáticas Caifa Posesiones genovesas ROMANO-GERMANICO/ ^ ^ 'W# REINO DEL \KIPTCHAK f Moncastro o IPORTUGAL iLisboa Z /Mon.tpelto g& l< >** í pkaL ¿Florencia S=g^k^í¿Marsella_ Siena •JestaBÍSsS t&gk;Barcelona- la- Venecia\ 7 ) \ ^Florencia Tolcd(M^ P ^ r ^' r ^ Q p É~TÓRCE QA 1GLE ^ 1 ^- REIN0 ~v^ t 7 „ HomaNJ de ~napoles- [bulgarta JVarnaiz i\ AndrinópolisI -Smope— Trebisonda- ___^Valenciaj *$¡8?Granada— f REÍNO d e- - GRANADA- DE LOS ZAYANIDAS _Nápoles^U AmalfiV Tesalónica -Palermo- REINO DE ^ ' - ^ Tune LOS HAFSIDASl|- f^LTANATO s ' •Esmima /- EREINO DE- ^siCILIAU VAntioquía ^^REiNcxí^Famagusta _DE CHIPRE! 1 , ¿f/ - Dama sco <>/ . / i 7 -Alejandría- “JerusaJén »^/ En plena evolución entre la retirada musulmana en el sur de España y la reducción del Imperio bizantino ame - nazado por los turcos. LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL imprudencias de los banqueros, solicitados por los príncipes cada vez más ávidos de subsidios y cada vez más llenos de deudas, acrecentaban las difi¬ cultades inherentes a una forma de economía con la cual ni siquiera los especialistas estaban muy familiarizados. En monnaies est la chose mout obscure. Elles vont haut et bas, on ne sait que faire; Quand on croit gagner, on trouve le contraire (i) escribe Gillis Li Muisis, abad de Saint-Martin de Tournai, a comienzos del siglo XIV. La crisis se manifiesta en toda su amplitud cuando alcanza el nivel esencial de la economía rural. Durante el período 1315-1317, una serie de factores meteorológicos adversos, que trajeron consigo malas cosechas, die¬ ron lugar al alza de los precios, al retorno del hambre general, casi desa¬ parecida de Occidente —del Extremo Occidente por lo menos— en el siglo xiii. En Brujas, dos mil personas, entre una población de treinta y cinco mil, perecen de hambre. La disminución de la resistencia física consecutiva al recrudecimiento de la subalimentación debió de desempeñar un importante papel en los estragos que causó la Gran Peste, a partir de 1348, y que hizo caer brutal¬ mente la curva demográfica, ya decadente, y transformó la crisis en una catástrofe general. Sin embargo, resulta bien patente que la crisis es anterior al azote, el cual no hizo sino exagerarla, y que sus causas han de buscarse en el fondo mismo de las estructuras económicas y sociales de la Cristiandad. La disminución de la renta feudal, los trastornos originados por la parte creciente en moneda que los campesinos han de incluir al pagar sus censos, ponen en peligro los fundamentos del poder feudal. # # # Por fundamental que sea, la crisis no entraña una depresión de toda la economía occidental y no afecta por igual ni a todas las categorías ni a todos los individuos. Mientras tal o cual sector geográfico o económico se ve afectado por ella, se dibuja el crecimiento de un nuevo sector, que reemplaza y com¬ pensa las pérdidas vecinas. La industria de los tejidos de lujo tradicionales, (1) Con las monedas, la cosa es muy oscura. —Tan pronto están arriba como abajo, no se sabe qué hacer. — Cuando uno cree ganar, se encuentra con todo lo contrario. 156 LA CRISIS DE LA CRISTIANDAD la vieille draperie, la vieja pañería, queda duramente afectada por la crisis, y los centros en que ella dominaba declinan. Mas, a su lado, surgen nuevos centros que se consagran a la fabricación de paños menos preciosos, desti¬ nados a una clientela menos rica y menos exigente: es el triunfo de la «nueva pañería», de los satenes, de los fustanes a base de algodón. Si una familia quiebra, otra cercana ocupa su lugar. Tras un momento de confusión, la clase feudal termina por adaptarse. Reemplaza ampliamente el cultivo por la ganadería, más remuneradora, y, a causa de ello, transforma el paisaje rural, multiplicando los cercados de ganado. Modifica las costumbres de explotación agrícola, la naturaleza de los pagos y la manera de efectuarlos. Inicia el manejo de las monedas ver¬ daderas y, al mismo tiempo, de las monedas de cuenta, cuyo hábil uso le permite hacer frente a las mutaciones monetarias. No obstante, es seguro que únicamente los más poderosos, los más hábiles o los más afortunados consiguen prosperar allí donde la mayoría se arruina. Es seguro también que la caída demográfica, agravada por la peste, debilita la mano de obra y la clientela, pero los salarios suben y los super¬ vivientes son, en general, más ricos. Y es seguro, en fin, que la feudalidad, atacada por la crisis, recurre a la solución a que se suelen inclinarse las clases dominantes cuando se ven amenazadas: la guerra. El ejemplo más notable es la Guerra de los Cien Años, confusamente buscada por la nobleza inglesa y francesa como una solución a sus dificultades. Pero, como siempre, la guerra acelera el pro¬ ceso y, por encima de los muertos y de las ruinas —que, por otra parte, tam¬ poco conviene exagerar—, da nacimiento a una economía y una sociedad nuevas. La crisis del siglo xiv se salda, pues, rápidamente por una transforma¬ ción del mapa económico y social de la Cristiandad. Favorece y acentúa la evolución anterior hacia la centralización del Estado. Prepara la monarquía francesa de Carlos VII y Luis XI, la realeza inglesa de los Tudor, la unidad española de los Reyes Católicos, el advenimiento casi general, pero más señalado en Italia, del «príncipe». Suscita nuevas clientelas, burguesas prin¬ cipalmente, para unos productos y un arte que quizá tiendan hacia la fabri¬ cación en serie —la imprenta permitirá incluso esta tendencia en el campo intelectual—, pero que corresponden, con un grado de calidad aún bastan¬ te aceptable por término medio, a un aumento del nivel de vida de las capas sociales nuevas y a un mejoramiento del bienestar y del interés por el arte. Y da nacimiento a la sociedad del Renacimiento y de los tiempos modernos, más abierta y mucho más feliz que la asfixiante sociedad feudal. *57 *$ SEGUNDA PARTE LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL CAPÍTULO V CLARIDADES EN LA NOCHE (Siglos v-ix) E n la historia de las civilizaciones, lo mismo que en la de los individuos, la infancia constituye un período decisivo. Y muchos factores, si no todos, se originan entonces. Entre los siglos v y x nacen los hábitos de pensar y de sentir, los temas, las obras que formarán e informarán las futuras estructuras de la mentalidad y la sensibilidad medievales. En primer lugar, la disposición misma de esas estructuras nuevas. Es bien conocido que en cada civilización existen capas diferentes de cultu¬ ra, debidas, por una parte, a las categorías sociales y, por otra, a las apor¬ taciones históricas. Al mismo tiempo que esta estratificación, nuevas com¬ binaciones, reuniones y mezclas constituyen también síntesis nuevas. Esto se hace particularmente sensible en la Alta Edad Media occiden¬ tal. Y la más evidente novedad de la cultura consiste en las relaciones que se establecen entre la herencia pagana y la aportación cristiana, suponiendo (lo cual, como es sabido, está muy lejos de la verdad) que una y otra hayan formado entonces un todo coherente. Lo que sí es cierto es que ambas, por lo menos a nivel de las capas instruidas, habían llegado a un grado de homo¬ geneidad suficiente para que podamos considerarlas como compañeras en el juego. Pero ¿debemos concluir que eran adversarios? El debate, el conflicto entre la cultura pagana y el espíritu cristiano ha llenado, primero, la lite¬ ratura paleocristiana; después, la de la Edad Media, y, más tarde todavía, gran número de trabajos modernos consagrados a la historia de la civiliza¬ ción medieval. Y, verdaderamente, los dos pensamientos y las dos sensibi¬ lidades se oponían entre sí como hoy día se oponen la ideología marxista y la ideología burguesa. La literatura pagana en bloque supuso un problema para la Edad Media cristiana. Sin embargo, en el siglo v la cuestión está ya LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL resuelta de hecho. Hasta el siglo xiv habrá extremistas de las dos tendencias opuestas: los que proscriben el uso y hasta la lectura de los autores anti¬ guos y los que se aprovechan de ellos ampliamente de manera más o menos ingenua. La coyuntura favorecerá alternativamente a unos y a otros. Pero la actitud fundamental fue señalada por los Padres de la Iglesia y perfec¬ tamente definida por San Agustín al declarar que los cristianos debían uti¬ lizar la cultura antigua al igual que los judíos habían usado los despojos de los egipcios. «Si los filósofos (paganos), sobre todo los platónicos, han emitido por azar verdades útiles a nuestra fe, no solamente no hay por qué temer a esas verdades, sino que es preciso arrancarlas para nuestro uso a esos ilegítimos detentadores», lo mismo que los israelitas trajeron de Egipto vasos de oro y plata y objetos preciosos, que utilizarían más tarde para cons¬ truir su tabernáculo. Este programa De doctrina cristiana, que será en la Edad Media un lugar común, abre de hecho las puertas a toda una gama de utilizaciones de la cultura grecorromana. Los hombres de la Edad Media seguirán con frecuencia al pie de la letra el texto de San Agustín, es decir, no utilizarán más que materiales aislados, por ejemplo, las piedras de los templos destruidos, pero a veces esos materiales serán de la mayor impor¬ tancia, como columnas de templos convertidos en pilares de catedrales. Incluso se dará el caso de aprovechar un templo completo. El Panteón de Roma, transformado en iglesia al comienzo del siglo vn, pasará a ser un edificio cristiano al precio de pequeñas transformaciones y de un ligero enmascaramiento. En cambio, resulta muy difícil apreciar en qué medida ha pasado a la Edad Media el bagaje mental —vocabulario, nociones, métodos— de la Antigüedad. El grado de asimilación, de metamorfosis, de desnaturalización varía de un autor a otro y, a menudo, un mismo autor oscila entre esos dos polos que señalan los límites de la cultura medieval: la huida horrorizada ante la literatura pagana y la admiración apasionada que conduce a exten¬ sas copias. Ya San Jerónimo había dado el ejemplo de esas oscilaciones. Abandonándose por regla general a largas citas de autores paganos, de las cuales se halla tan nutrido como de la Biblia, se oye un día llamar en sueños por Dios, que le dice severamente: «...Ciceronianus es, non christianus », «Ciceroniano eres, que no cristiano». Alcuino tendrá, a propósito de Virgi¬ lio, el mismo sueño. Pero San Jerónimo llega también al mismo compro¬ miso que San Agustín: que el autor cristiano debe utilizar a sus modelos paganos como los judíos del Deuteronomio utilizan a las prisioneras de guerra, a las que cortan el cabello y las uñas y les dan nuevos vestidos antes de convertirlas en sus esposas. CLARIDADES EN LA NOCHE En la práctica, los clérigos medievales encontrarán muchos medios de aprovechar los libros ((paganos», satisfaciendo fácilmente su conciencia. Así, en Cluny, el monje que en la biblioteca consultaba un manuscrito de un autor antiguo debía rascarse la oreja con un dedo, de la misma manera que un perro se rasca con su pata, ((pues con perfecto derecho el infiel es comparado con ese animal». Hay que decir que, si bien un compromiso tal salvaguardó una cierta continuidad de la tradición antigua, sin embargo la desfiguró lo suficiente para que la élite intelectual experimentara en diversas ocasiones la necesi¬ dad de un verdadero retorno a las auténticas fuentes antiguas. Tales retor¬ nos son los renacimientos que se producen en la Edad Media: en la época carolingia, en el siglo xii, en el albor del gran Renacimiento en fin. Pero debe recordarse, sobre todo, que la doble necesidad sentida por los autores de la Alta Edad Media occidental de utilizar el irreemplazable bagaje intelectual del mundo grecolatino y de fundirlo en moldes cristia¬ nos creó, o al menos favoreció, hábitos intelectuales muy nocivos: la defor¬ mación sistemática del pensamiento de los autores, el perpetuo anacronis¬ mo, la utilización de citas separadas de su contexto. El pensamiento antiguo sobrevive en la Edad Media, pero a costa de ser atomizado, deformado, humillado por el pensamiento cristiano. Obligado a recurrir a los servicios de su enemigo vencido, el cristianismo se vio también forzado a hacer que este esclavo prisionero que trabaja para él borre de su memoria las tradi¬ ciones que le son propicias. Pero, por esta misma razón, se vio arrastrado a una atemporalidad del pensamiento. Las verdades no podían ser más que eternas. Santo Tomás de Aquino, en el siglo xiu manifestará aún que lo que han querido decir los autores dentro de un contexto dado importa poco. Lo esencial es lo que han dicho y se puede utilizar como convenga. Roma no estaba ya en Roma. La translatio —la traslación, la transferen¬ cia— inauguraba la gran confusión medieval. Ahora bien, esta confusión era la condición de un orden nuevo. * #■ * También en esta ocasión, la Antigüedad decadente había facilitado el trabajo a los clérigos cristianos de los primeros siglos medievales. Todo lo que la Edad Media conoció de la cultura antigua le había sido legado por el Bajo Imperio, que había mordisqueado, empobrecido, disecado la litera¬ tura, el pensamiento y el arte grecorromanos, hasta tal punto que la bar¬ barizada Alta Edad Media pudo asimilarlos fácilmente. LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL No fue de Cicerón o de Quintiliano de donde los clérigos de la Alta Edad Media tomaron su programa científico y educativo, sino de un retó¬ rico de Cartago, Martianus Capella, que, en los comienzos del siglo v, defi¬ nió las siete artes liberales en su poema Las nupcias de Mercurio y de la Filología. Tampoco fue de Plinio o de Estrabón, inferiores de todas formas a Ptolomeo, de donde sacaron su saber geográfico, sino de un mediocre com¬ pilador del siglo ni —comienzo de la decadencia—, Julianus Solinus, que legará a la Edad Media un mundo de prodigios y de monstruos: Las mara¬ villas del Oriente. La imaginación y el arte, sin duda, ganarán en el mismo grado que perderá la ciencia. La zoología de la Edad Media será la del Physiologus, obra alejandrina del siglo n, traducida al latín precisamente en el siglo v, donde toda la ciencia se esfuma en poesía fabulosa y en lección moralizadora. Los animales quedan transformados en símbolos, pero la Edad Media sacará de ellos sus bestiarios y también en este punto la sensi¬ bilidad zoológica medieval se nutrirá de la ignorancia científica, Y, lo que es más grave, esos retóricos y esos compiladores proporcionarán a los hom¬ bres de la Edad Media un saber en migajas. Vocabularios, versos mnemo- técnicos, etimologías (falsas), florilegios..., el Bajo Imperio transmitirá a la Edad Media un bagaje mental e intelectual elemental. Es la cultura de las citas, de los trozos escogidos, de los «digestos». ¿Acaso no ocurre lo mismo con la parte cristiana de la cultura? La doctrina cristiana es primero y esencialmente la Sagrada Escritura. Y la sacra página se convertirá en la base de toda la cultura medieval. Entre el texto y el lector se interpondrá, además, un doble telón. Porque el texto está considerado como muy difícil. Es tan rico y tan misterioso que se hace preciso explicarlo a diversos niveles, según los sentidos que contiene. De esta concepción sacan una serie de claves, de comentarios, de glosas, tras las cuales el original comienza a desvanecerse. El Libro sucumbe bajo la exégesis. Al llegar el siglo xvi, la Reforma sentirá, y con razón, la sensación de redescubrirlo. Por otra parte, el texto es también muy largo y debe ser puesto al alcance de todos en extractos, sea por medio de citas, sea por paráfrasis. La Biblia se transforma en una colección de máximas y anécdotas. Los mismos Padres de la Iglesia pasan a ser materia prima cuya sus¬ tancia se extrae mejor o peor. Las verdaderas fuentes del pensamiento cris¬ tiano medieval son tratados y poemas de tercero o cuarto orden, como la Historia contra los paganos, de Orosio, discípulo y amigo de San Agustín, que transforma la Historia en apologética vulgar; la Psychomachia, de Pru¬ dencio, que reduce la vida moral a un combate entre vicios y virtudes, o CLARIDADES EN LA NOCHE el Tratado de la vida contemplativa, de Julianus Pomerius, que enseña el desprecio del mundo y de las actividades seculares. # * # No basta comprobar esta regresión intelectual. Lo que importa es ver claramente que se trata de una necesaria adaptación a las condiciones socia¬ les de la época. El tiempo en que ciertos aristócratas, paganos o cristianos .—como Sidonio Apolinar—, se complacían en los juegos de una cultura acaso refinada, pero reducida a una clase social moribunda, ya ha pasado. Los escritores barbarizados escribían para un público nuevo. Como dice con acierto R. R. Bolgar a propósito de los sistemas de enseñanza de San Agustín, Marcianus Capella y Casiodoro, «la mayor virtud de las nuevas teorías consistía, posiblemente, en intentar proporcionar una alternativa razonable al sistema de Quintiliano, ya que el mundo en el cual había flore¬ cido el arte oratorio estaba extinguiéndose y la nueva civilización destina¬ da a reemplazarlo había de ignorar las asambleas populares y los triunfos del foro. Los hombres de los siglos venideros, cuyas vidas tendrían por cen¬ tro la casa solariega y el monasterio, se habrían visto altamente perjudica¬ dos si la educación tradicional de la que habían de depender les hubiese propuesto un ideal que no hubiesen sido capaces de comprender, es decir, si Capella y San Agustín no hubiesen reemplazado a Quintiliano». Resulta emocionante ver a los más cultivados y los más eminentes representantes de la nueva élite cristiana, conscientes de su inferioridad cultural ante los últimos puristas, renunciar a lo que conservan todavía o podrían adquirir de refinamiento intelectual, para ponerse a la altura de sus fieles. Rebajarse para conquistar, tai fue la postura que eligieron. Si tal postura no nos satisface, no por ello debemos considerarla menos im¬ presionante. Ese adiós a las letras antiguas, pronunciado las más veces con pleno conocimiento de causa, no es el aspecto menos conmovedor que presenta la abnegación de los grandes jefes cristianos de la Alta Edad Media. Al comienzo del siglo vi, en el prefacio de una nueva edición de sus obras poéticas, Avito, obispo de Vienna, anuncia a su hermano que renun¬ cia a ese género, «ya que muy pocos comprenden la medida de las sílabas». En la misma época, Eugippius duda en publicar la Vida de San Severino porque teme que (da oscuridad de su elocuencia prive a la multitud de comprender los hechos admirables» que narra. Cesáreo de Arles desarrolla también esa actitud: ((Pido humildemente que los oídos de los letrados soporten sin quejarse mis rústicas expresiones, a fin de que todo el rebaño 165 >1 EPIGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 30 A 46 30 y 31. BARBARIZACIÓN DEL ARTE RO¬ MANO: LOS DÍPTICOS DE ESTILICÓN Y DE BOECIO. Los grandes personajes romanos del Bajo Imperio solían ofrecer como re¬ cuerdo a sus amigos, con motivo de las diversas ceremonias de su vida públi¬ ca (sobre todo al acceder a un cargo consular), dípticos de marfil. Su uso perduró en Bizancio, pero la Iglesia se encargó de cristianizarlos en Occiden¬ te. El de Estilicón (il. 30) se aprovecha para las tapas de encuadernación y el de Boecio (il. 30) fue utilizado con fi¬ nes litúrgicos. Estilicón, amo de la mi¬ licia en el 385, tutor del emperador Honorio, se nos presenta como un bár¬ baro romanizado. El poeta Claudiano lo pinta como un nuevo Fabricius, un nuevo Paulo Emilio. Conserva el ar¬ mamento bárbaro, clave de su ascen¬ sión: la lanza, la espada, el escudo. El ministro cristiano del arriano Teodo- rico lleva encima una inscripción en que figura su nombre. Un siglo (hacia el 400 — hacia el 300) separa las dos obras. Comparándolas, puede apreciar¬ se, desde la finura al empaste, la bar- barización del arte romano decadente. (II. 30. Tesoro de la catedral de Mon- za; il. 31. Prescia, Museo Cívico Cris¬ tiano.) 32. UN ((FUNDADOR)) DE LA EDAD MEDIA: BOECIO MÚSICO. La iconografía, que lo ha representado con frecuencia, se ha hecho eco de la influencia y del prestigio del filósofo (ejecutado en el año 324), que fue uno de los principales “preceptores” de la Edad Media. Esta miniatura de un ma¬ nuscrito de Cantorbery, que data de mediados del siglo XII, representa a Boecio como músico. La música pues¬ ta al servicio de Dios siguió siendo, du¬ rante toda la Edad Media, más que un arte, un instrumento supremo de cultu¬ ra y de formación espiritual, al igual que lo había sido en la Antigüedad griega y en San Agustín. Boecio es un teórico, “menos músico que matemáti¬ co y acústico” (Jacques Chailley). La miniatura lo representa ensayando los sonidos en el instrumento experimen¬ tal de los griegos, el monocordio (de una sola cuerda). La notación A B C D EFG (conservada por los sistemas de solfeo anglosajones) es probablemente posterior a Boecio. La Edad Media repitió durante siglos las teorías mu¬ sicales de Boecio, mientras la músi¬ ca viviente evolucionaba ignorándolas. (Cambridge, University Library, ma¬ nuscrito Li 3, 12, fol. 61 vuelto.) 33. UNA BIBLIOTECA DE LA ALTA EDAD MEDIA Y UN ((FUNDADOR)): CASIODORO. Esta miniatura, incluida en un célebre manuscrito de la Biblia, confeccionado a finales del siglo VII o a comienzos del VIII, representa a Casiodoro bajo los rasgos del profeta Esdra copiando las Sagradas Escrituras. Es la imagen típica de un copista ante la biblioteca de su monasterio, especie de cofre con objetos preciosos. Recuerda la labor efectuada por Casiodoro en Vivarium respecto a la copia y la conservación 166 3 Htnotiodioídü «KfK ¡i if ^ g l ^aaTWJBil [ 4 , di PP^Vr^ ' W'Míl \X HH‘,7 P WBM/Í * fQ» f o . x l * F J F>Vh m i i n i wr. i o <% i s s £ ma* I 1 'Éjfcg 1 > 1 i « ( • « w 1 • ■ • .■ • m i 1 : M . • * * * i / 1L . * * Yv! I •/ 1 / S 1 i //f i vk ; 1 i .* : ; ■ ^ H i# I :% - 7 ! • *Mm I z 1 V.ll h j f .. 1 1 1 /V i i) 1 /y 8 ✓ j yJri «m 1 A 1 A % £1 B2$l ,)iAarj no > \- ix'SéJs rase V£nt’ Ni O)C.o r i í s C uní esáfes iumISi T u ^iNQtiiiASTti- arxnnbi *P* ptyus'DÍ üuu. }^tópaNr»tí^¿i Áií i> o« • Béxr as¿& S CiKTGíifDeS .iWSKUSj ^nr^ttmeet cjuo v j^WJtns T^ oc ali ü¿-, 1 hCJNTpICWS C|Lpw|tí/J Cre cirXin £7 c?¿ruu¿5 169 I.A CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL del Señor pueda recibir el alimento celestial en un lenguaje sencillo y sin elevación. Puesto que los ignorantes y los sencillos no pueden elevarse a la altura de los letrados, que los letrados se dignen bajarse hasta su ignoran¬ cia. Los hombres instruidos pueden comprender lo que ha sido dicho para los sencillos, mientras que los sencillos no son capaces de aprovechar lo que se diría a los cultos.» Y, a continuación, repite la frase de San Jerónimo: «El predicador debe suscitar en mayor grado las quejas que los aplausos.» Sin duda, en ambos casos se trata de subyugar, de dominar. Pero los medios y los caminos han cambiado. Y esta mutación de la sensibilidad y de la pro¬ paganda que se efectúa de la Antigüedad a la Edad Media es lo que define una nueva sociedad. Mutación intelectual también que, por encima de la barbarización, alcanza o intenta alcanzar valores no menos importantes que los del mundo grecorromano. Cuando San Agustín declara que es preferible «verse censu¬ rado por los gramáticos que no poder ser comprendido por el pueblo» y que hay que preferir las cosas, las realidades, a las palabras, las res a las verba , está definiendo un utilitarismo, incluso un materialismo medieval que había de alejar a los hombres, no sin acierto, de una cierta logomaquia antigua. Los hombres de la Edad Media se muestran poco exigentes sobre el estado de los caminos con tal que éstos lleguen a su término. De esa manera el camino medieval, a través de sus desvíos, entre el polvo y el barro, conduce siempre al puerto. El trabajo que se había de realizar era inmenso. Cuando se leen los textos jurídicos, los cánones de los sínodos y de los concilios, los artículos de los penitenciales de la Alta Edad Media, no se puede dejar de admirar la amplitud de la tarea que se presentaba a los dirigentes de la sociedad cristiana. Precariedad de la vida material, barbarie de las costumbres, penu¬ ria de todo bien, económico o espiritual. Esa enorme desnudez exigía almas fuertes, desdeñosas de los refinamientos, tan sólo deseosas de triunfar. Esta época fue también, cosa que se tiene demasiada tendencia a olvi¬ dar, la de las grandes herejías, o, mejor dicho, de las grandes dudas doctri¬ nales, puesto que la ortodoxia, que se nos aparece como fijada gracias a una ilusión retrospectiva, se hallaba lejos de estar definida. No es este lugar apropiado para apreciar cuáles podrían haber sido las consecuencias del triunfo de las grandes corrientes del arrianismo, del maniqueísmo, del pela- gianismo, del priscilianismo, para citar sólo los más conocidos movimientos religiosos que animaron el Occidente de los siglos v y vi. Puede afirmarse con cierta aproximación que el éxito de la ortodoxia fue provocado por el hallazgo de una via media entre el simplicismo arrianista o maniqueísta 170 CLARIDADES EN LA NOCHE y la sutilidad pelagiana o prisciliana. La cuestión parece resumirse en la actitud adoptada ante el libre arbitrio y la gracia. Si el cristianismo se hubiese inclinado hacia la estricta doctrina de la predestinación, como pretendían los maniqueos, el peso del determinismo divino hubiese gra¬ vitado pesadamente sobre Occidente y éste hubiese quedado entregado sin defensa a las clases dominantes, que no habrían dejado de procla¬ marse las intérpretes de la omnipotencia divina. Si, por el contrario, hu¬ biese triunfado el pelagianismo, instaurando la supremacía de la elección humana e individual, sin duda la anarquía hubiese inundado aquel mun¬ do. Pero es evidente que el Occidente carecería de facultad de elección. La esclavitud se agotaba, pero era preciso no dejar a toda aquella gente sin trabajo. Sus herramientas eran escasas, pero perfectibles. El hombre de la Alta Edad Media debió de sentir que, por modesto que fuese, podía ejercer una cierta influencia sobre la Naturaleza. La institución monástica, que expresa tan exactamente esta época, integra la huida del mundo con la organización de la vida económica y espiritual. El equilibrio entre la Naturaleza y la gracia que se instaura traduce los límites del poder y de la impotencia del hombre de esta época. Y, sobre todo, deja abierta la puerta a futuros desarrollos. Construida para alcanzar el fin del mundo, la sociedad de la Alta Edad Media se ha procurado, sin advertirlo, las estructuras propias para posibilitar, cuando llegue el momento, el gran vuelo de la humanidad occidental. * ■* # El aspecto de la civilización no cambia brutalmente con las grandes invasiones. A despecho de los saqueos y las destrucciones, los hogares tra¬ dicionales de la cultura cesan raramente de existir y de expandir su luz en un solo día. Incluso la gran víctima de los tiempos nuevos, la ciudad, sobrevive más o menos tiempo, con mayor o menor fortuna. Las ciudades que conservan alguna vitalidad lo deben en ocasiones al mantenimiento de una cierta función económica, antigua o nueva, ligada principalmente a la importación de productos de lujo, a la presencia de mercaderes orientales a los que se llama «sirios», pero que son en su mayoría judíos, o a la atracción que conservan sobre los peregrinos. De esta manera Roma, Marsella, Arles, Narbona y Orleáns siguen siendo puer¬ tas del Oriente. Sin embargo, los centros urbanos más importantes son aquellos que sirven de residencia a los nuevos reyes bárbaros y, más aún, aquellos que son sedes de obispados y de peregrinaciones renombradas. LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL CLARIDADES EN LA NOCHE 28. SAINT-GALL (Según el atlas Westermann) 1. Paraíso. — 2. Fuentes bautismales. — 3. Ambón. — 4. Coro. — 5. Scriptorium (i-«). Biblioteca (2.0).—6 Sacristía (1.°). Ornamentos (2.»). — 7. Sala capitular. — 8. Locutorio. — 9. Locutorio destinado a los pobres. — 10. Bodega (1.°). Al¬ macén (2.0). — ji. Calefactorio (/.»). — Dormitorio (2.°). — 12. Refectorio (i.°). Vestuario (2.°). — 13. Cocinas. — 14. Baños. — 13. Fábrica de cerveza. — 16. Ilorno de pan. —• 77. Economatos. — 18. Casa para los sangrados. — 19. En¬ fermería. Farmacia — 20. Herboristería. — 21. Jardineros. — 22. Corral. — 23. Graneros. — 24. Muelas. — 23. Morteros. — 26. Torrecilla para la malta. — 27. Palafreneros. — 28. Va¬ queros. — 29. Domésticos. — 30. Corderos. — 31. Cerdos. — 32. Cabras. — 33. Caballos. — 34. Vacas. — 33. Letrinas. 28, 29, 30 . monasterios: saint-gall, fontenay, cluny Los monasterios medievales deben satisfacer todas las necesi¬ dades de los monjes y sus dependientes. Son, en todas las épo¬ cas, microcosmos independientes. El plano de Saint-Gall (28) conservado en la biblioteca del monasterio es probablemente un proyecto presentado al abad Gozberto en el año 820. Su interés teórico es, por lo tanto, muy grande. En torno a la iglesia de dos ábsides (plano que conoció una gran difusión en Alemania occidental desde la época carolingia; sin embar¬ go, en este caso fue construido un solo ábside) se extiende una gran «villa» del tipo de los palacios carolingios, en la que pueden observarse las «escuelas» exteriores previstas, a pesar de las disposiciones del Sínodo de Aquisgrán de 817, que ordenó su cierre. El bien ordenado plano de Fonte¬ nay (29) (véase il. 10) equilibra entre las construcciones de dedicación religiosa y las de destino económico (especialmente, a la derecha, la forja o herrería, situada a la orilla del río). Incluso sobre el plano, resalta la simplicidad de la iglesia con ábside. Véase, por último, según la reconstrucción del arqueólogo e historiador americano Kenneth Conant, el pla¬ no de Cluny (30) al final de la época románica. Representa al monasterio con la inmensa iglesia del abad Hugues (1049- 1109), comenzada en 1088. En ella quedan restos de la iglesia anterior (Cluny II, consagrada en 991 y agrandada por San Odilón entre 994 y 104S, para reemplazar, a su vez, a la mo¬ desta iglesia de Cluny I, erigida entre el 915 y el 927). Me¬ día 187 metros de longitud. El plano indica el predominio de las construcciones religiosas en una casa más preocupada por el opus Dei que por ei trabajo manual. Señala asimismo, con sus amplios establos bien provistos de caballos, la feudaliza- ción de los abades y de los monjes. La rica abadía se protege tras una sólida muralla. LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Las cortes bárbaras suscitan la instalación de las industrias de lujo: construcciones en piedra, tejidos y orfebrería, aunque la mayor parte de los tesoros reales y episcopales se forman principalmente de objetos im¬ portados, bizantinos en primer lugar. Se presiente ya la atracción que so¬ bre los artistas ejercerán Pavía bajo Liutprand (712-744), Monza en los tiempos de la reina Teodolinda (transición del siglo iv al vn), Toledo desde el reinado de Recaredo (586-601) a la conquista musulmana (711), París y Soissons bajo los merovingios. No obstante, la regresión de las téc¬ nicas, de los medios económicos, del gusto, es sensible en todas partes. Todo se empequeñece. Los edificios son las más veces de madera. Los construidos en piedra están hechos, a menudo, con los restos de anti¬ guos monumentos en ruina y sus dimensiones son pequeñas. Lo esencial del esfuerzo estético se ejerce en la decoración, que sirve para ocultar la indigencia de las técnicas de construcción. El arte de tallar las piedras, la escultura en bulto, la representación de la figura humana desaparecen casi enteramente. En contraposición, los mosaicos, los marfiles, las telas, las piezas de orfebrería brillan y satisfacen el gusto bárbaro por el oropel. Arte con frecuencia confinado en los tesoros de los palacios o de las iglesias, enterrado incluso en las sepulturas. Triunfo de las artes menores, que produce, por otra parte, obras maestras, en las que se manifiesta la habi¬ lidad metalúrgica de los artesanos y de los artistas bárbaros y la seducción del arte estilizado de las estepas. Obras maestras frágiles, la mayor parte de las cuales no han llegado hasta nuestros días, pero de las que posee¬ mos testimonios preciosos y magníficos: fíbulas, hebillas de cinturones, puños de espada. Las coronas de los reyes visigodos, el frontal de cobre de Agilulfo, los sarcófagos merovingios de Jouarre, tales son algunas de las raras joyas que se conservan aún de esos siglos. Pero los soberanos, particularmente los merovingios, comienzan a so¬ lazarse cada vez más en sus casas de campo, donde están fechadas la mayor parte de sus actas. Si se ha de creer a las listas episcopales, muchas ciudades quedan, tal como hemos visto, sin obispos durante períodos más o menos largos. Leyendo a Gregorio de Tours *, la Galia del siglo vi se nos aparece aún fuertemente urbanizada, dominada por ricas ciudades episcopales: Soissons, París, Sens, Tours, Orleáns, Poitiers, Burdeos, Toulouse, Lyón, Vienne, Arles... En la España visigótica, Sevilla, bajo los obispados de los hermanos Leandro (579-600) e Isidoro (600-636), constituye un brillante foco de cultura. Mas el gran centro de la civilización de la Alta Edad Media es el monasterio y, cada vez en mayor grado, el monasterio aislado, el monasterio rural. Gracias a sus talleres se convierte en un conservatorio 1 74 CLARIDADES EN LA NOCHE de las técnicas artesanales y artísticas, y mediante su scriptorium-biblioteca, en un mantenedor de la cultura intelectual. Sus dominios, sus aperos, su mano de obia, integrada por monjes y dependientes, hacen de él un centro de producción, un modelo económico y, con toda seguridad, un hogar de la vida espiritual, con frecuencia asentado sobre las reliquias de un santo. Sería absurdo negar la atracción y la irradiación de los centros mo¬ násticos. Y hay que subrayar que, mientras se organiza la nueva sociedad cristiana urbana en torno al obispo y, todavía más, alrededor de las parro¬ quias que se forman lentamente en el interior de las diócesis (las dos palabras han sido probablemente sinónimas durante un cierto tiempo), en tanto que la vida religiosa se instala también en las residencias campestres de la aristocracia rural y militar, que funda sus capillas privadas de las cuales nacerá la Eigenkirche feudal, los monasterios hacen penetrar lenta¬ mente el cristianismo y los valores de que éste es vehículo en el mundo campesino, hasta entonces poco afectado por la nueva religión, mundo de las largas tradiciones y de las permanencias, pero que pasa a ser el mundo esencial de la sociedad feudal. La hagiografía y la iconografía (con frecuen¬ cia posterior) impiden que nos equivoquemos. En el período de la evan- gelización urbana, el acto esencial del santo conversor es la destrucción de los ídolos, esto es, de las estatuas de los templos. Del siglo v al ix, en el medio ambiente rural, esa tarea consiste en la destrucción de los ídolos naturales: el derribo de un árbol sagrado, el bautismo de una fuente, la imposición de la cruz sobre un altar rústico. Mas, al mismo tiempo, la preeminencia del monasterio pone de manifiesto la precariedad que aflige a la civilización del Occidente medieval. Civilización de puntos aislados, de oasis de cultura en medio de extensos «desiertos», de bosques y de campos reintegrados al baldío o de campos apenas rozados por la cultura monástica. La desorganización de las redes de comunicación y de inter¬ cambio del mundo antiguo ha restituido la mayor parte del Occidente al mundo primitivo de las civilizaciones rurales tradicionales, ancladas en la prehistoria, apenas tocadas por el barniz cristiano. Resurgen las viejas costumbres, las viejas técnicas de los iberos, de los celtas, de los ligures. Y donde los monjes creen haber vencido al paganismo grecorromano, en realidad han favorecido la reaparición de un fondo mucho más antiguo, cuyos demonios son más taimados, y que sólo en apariencia se halla some¬ tido a la ley cristiana. El Occidente ha sido devuelto al salvajismo. Y ese salvajismo aflorará, hará irrupción de cuando en cuando a todo lo largo de la Edad Media. Nos ha sido preciso señalar previamente los límites de la acción monástica. Es esencial ahora evocar su fuerza y su eficacia. LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL 29. FONTENAY. (Según L. Bégule) 1. Sala capitular. — 2. Pequeño calefactorio. 7. Conserjería. — 6. Horno de pan. — 7. Palo- — 7. Gran calefactorio. — 4. Lavabo. — mar. — 8. Enfermería. — 9. Bodega. 70. CLUNY. (Según Kenneth Conant, in Speculum, 2967) 1. Ndrtex. — 2. Capilla de San Miguel. — 7. Sacristía. — 7. Scriptorium. — 7. Cabecera originaria de Cluny II. —• 6. Sala capitular. — 7. Locutorio. — 8. Dormitorio .—9. Refecto¬ rio. — ro. Antigua enfermería. — ir. Cocina. — 12. Bodega. — 13. Lugar para la ropa blan ca. —• 27. Horno de pan. —- 13. Lavabos. — 16. Capillas. — 17. Claustros. — 18. Patios. —■ 19. Puertas o portones. —- 2 o. Establos. — 2/. Letrinas. Limitémonos a enumerar algunos testimonios entre tantos nombres como la hagiografía y la historia han hecho ilustres. En los tiempos de la cristianización urbana: Lérins. Cuando se profundiza la acción en las campiñas: Monte Cassino y la gran aventura benedictina. Para ilustrar 176 CLARIDADES EN LA NOCHE 16 177 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL los caminos de la Cristiandad durante la Alta Edad Media: la epopeya monástica irlandesa. Y, por último, en los tiempos en que el movimiento de cristianización se dilata hasta las fronteras: el papel representado por los monasterios en la evangelización durante los siglos vm y ix, continua¬ ción, por otra parte, de la corriente irlandesa. Lérins se encuentra íntimamente ligado al desenvolvimiento de ese gran hogar de cristianización que fue la Provenza de los siglos v y vi. Pierre Riché ha reconocido recientemente que Lérins significa más una escuela de ascética que de formación espiritual. Los clérigos eminentes que acu¬ dían para hacer en él estancias más o menos prolongadas le pedían quizá una cultura bíblica, pero se trataba más bien de una «meditación espi¬ ritual de la Biblia que de una docta exégesis». Su primer abad, Hono¬ rato, que llegó a Lérins después de permanecer algún tiempo en Orien¬ te, informa el medio ambiente leriniano en estrecha colaboración con Ca¬ siano, procedente asimismo de Oriente y fundador de San Víctor de Marsella. Entre los años 430 y 500, Lérins verá traspasar sus umbrales a casi todos los grandes nombres de la Iglesia provenzal: Salviano, Euquer de Lyón, Cesáreo de Arles *, Fausto de Riez, los inspiradores de los grandes sínodos provenzales, cuyos cánones han marcado tan profundamente el cristianismo occidental. . , __ La acción de San Benito de Nursia * que irradia desde el Monte Cas- sino, a partir del 529, aproximadamente, es más profunda todavía. Se debe en primer término a que la persona misma de Benito, gracias sobre todo a que Gregorio el Grande consagra un libro entero de sus Diálogos a los milagros del santo, los cuales gozarán durante toda la Edad Media de un favor extraordinario, será familiar a las gentes de la época. Los humil¬ des milagros de la vida activa, de la vida cotidiana y de la vida espiritual que forman la leyenda dorada benedictina, pondrán lo sobrenatural casi al alcance de todas las manos. En segundo lugar, y en más alto grado, a que San Benito, por medio de la regla que probablemente ha escrito, que sin ninguna duda ha inspirado y que desde el siglo vil figura bajo su nombre, ha sido el verdadero fundador del monaquismo occidental. Sin ignorar y mucho menos menospreciar la tradición monástica oriental, procura ol¬ vidar las exageraciones ascéticas. Los comportamientos que prescribe su regla, su espiritualidad, la sensibilidad que contribuye a formar son mila¬ gros de moderación y de equilibrio. San Benito reparte armoniosamente el trabajo manual, el trabajo intelectual y la actividad más propiamente espiritual dentro de la jornada monástica. Enseñará de esta manera al monaquismo benedictino, que del siglo vi al xi disfrutará de un inmenso 178 CLARIDADES EN LA NOCHE éxito en Occidente y que, más tarde, coexistirá con las nuevas órdenes, la triple vía de la explotación económica, la actividad intelectual y artística y la ascesis espiritual. Después de él, los monasterios se transformarán en centros de producción, en lugares de redacción y de iluminación de ma¬ nuscritos y en focos de irradiación religiosa. Concilia la autoridad del abad con la dulzura de la fraternidad, que facilita la obediencia. Ordena la simplicidad, pero sin exageración ni en el ascetismo ni en la pobreza. «Si se da el caso —dice la regla— de que se encargue a un hermano cosas difíciles o imposibles, recibirá con toda mansedumbre y obediencia la orden que le haya sido dada. Sin embargo, si cree que el peso de la carga sobrepasa por completo la medida de sus fuerzas, explicará a su supe¬ rior las razones de su impotencia, pero lo hará con paciencia y moderación y sin mostrar ni orgullo, ni resistencia, ni contradicción.» Y más adelante: «Se hará como está escrito: Cada uno recibirá según sus necesidades (Act 4, 35). Con ello no queremos decir que se haga acepción de personas —lo cual no quiere Dios—, sino que se tenga miramiento con las enfer¬ medades. El que tenga necesidad de menos dará gracias a Dios y no se entristecerá por ello en manera alguna: aquel que necesite más, se humi¬ llará en su necesidad y no se enorgullecerá de ningún modo por la miseri¬ cordia que se le hace. De esta forma, todos los miembros vivirán en paz.» Recomienda por encima de todo «la discreción, esta madre de virtudes». La moderación, la temperantia antigua, se reviste con San Benito de una vestimenta cristiana. Y todo esto se decía en el siglo vi. Cuando se piensa en toda la violencia que se desencadenará todavía durante esa Edad Media salvaje, uno se siente inclinado a pensar que la lección de San Benito no fue bien escuchada. No obstante, hay que preguntarse a qué extremos se habrían dejado llevar los hombres de la Edad Media si esta grande y dulce voz no hubiese sonado en el umbral de aquellos siglos. Bien diferente es el espíritu del monaquisino irlandés. En los primeros años del siglo v, San Patricio *, llevado muy joven a Irlanda por los piratas y vendido como esclavo, se convierte al cristianismo, evangelizando el país al propio tiempo que hacía de pastor. Desde entonces, Irlanda pasará a ser la Isla de los Santos. Los monasterios se multiplican en ella y, a imitación del cenobismo oriental, constituyen verdaderas ciudades monásticas, con las cabañas de los solitarios agrupadas en torno a la del abad. Estos mo¬ nasterios se convertirán en semilleros de misioneros. Entre los siglos v-ix, se extienden por las vecinas Inglaterra y Escocia y, más tarde, por el con¬ tinente. Con ellos llevan sus usos, sus ritos personales: una tonsura espe¬ cial, un calendario pascual original que el papado reemplazará al fin con 179 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL muchas dificultades por el cómputo romano y su pasión incansable por las fundaciones monásticas, desde las cuales se lanzan al asalto de los ídolos y de las costumbras paganas y a la evangelización de las campiñas. Algunos, como San Brendán, van a buscar el desierto en el océano. Los ermitaños irlandeses pueblan los solitarios islotes. Los arrecifes se llenan de santos que se enfrentan «al peligro del mar». La odisea legendaria de Brendán atormentará las imaginaciones de todo el Occidente medieval. Durante los siglos vi y vil. Irlanda exportará ciento quince santos a Alemania, cuarenta y cinco a Francia, cuarenta y cuatro a Inglaterra, trein¬ ta y seis a Bélgica, veinticinco a Escocia y trece a Italia. El hecho de que la mayor parte pertenezcan más a la leyenda que a la Historia y de que su recuerdo esté estrechamente mezclado con el folklore, demuestra mejor que nada, como hace notar Bernard Guillemain, el profundo surco exca¬ vado por ese monaquismo cercano al fondo primitivo en lo más hondo de las mentalidades y de las sensibilidades medievales. El más célebre de esos santos es Columbano # , que, entre 590 y 615, funda Luxeuil y Bobbio, mientras su discípulo Gall da su nombre a otro monasterio, destinado a tener una gran irradiación. Columbano da una regla original a esas fundaciones y a otras que las siguen, regla que, du¬ rante un tiempo, parece poner en entredicho la de San Benito. El espíritu irlandés no tiene nada de la moderación benedictina. Favo¬ recido en sus extremos por los rigores nórdicos, rivaliza sin dificultad con las extravagancias del ascetismo oriental. Cierto que la regla de Colum¬ bano se basa en la plegaria, el trabajo manual y el estudio. Pero el ayuno y las prácticas ascéticas se añaden a ella sin concesiones. Entre ellas, las que con mayor fuerza han herido la imaginación de las gentes de la época fueron el crosjigill, la plegaria prolongada con los brazos en cruz (se cuen¬ ta que San Kevin de Glendalugh permaneció siete años apoyado en una tabla en posición de crosfigill, sin dormir ni de día ni de noche y de tal manera inmóvil que los pájaros anidaron en sus manos); el baño en un río o en un estanque casi helado, acompañado de la recitación de los sal¬ mos; la privación del alimento (una sola comida, en la que no se com¬ prendía jamás carne, figuraba en los monasterios columbanos). La misma extravagancia, el mismo rigor torturado vuelve a encon¬ trarse en los penitenciales que, según Gabriel Le Bras, «son testimonio del estado social y moral de un pueblo todavía semipagano y para el cual los monjes apóstoles soñaban un ideal ascético». Tales penitenciales hacen revivir en todo su rigor tabúes bíblicos cercanos a las viejas interdicciones célticas. Y de la misma manera, antes de adulterarse, el arte irlandés —cru- 180 CLARIDADES EN LA NOCHE ces de piedra y miniaturas— se caracteriza, de acuerdo con la definición de Francois Henry, por «un gusto prehistórico por cubrir las superficies, la negación de todo realismo y un riguroso tratamiento abstracto de la forma, sea humana o animal». El arte irlandés será una de las fuentes del románico... y de sus singularidades. Sus entrelazados inspirarán una de las tendencias más persistentes en la estética y el gusto medievales. Los monjes irlandeses participarán, en fin, en el gran movimiento de cristianización de la Germania y de sus confines, que se realizará en ios siglos vii y viii y que se apoyará con frecuencia en fundaciones monásticas. Así Saint-Gall (fundación de Gall hacia 610) abre paso a Saint-Bavon de Gante (fundación de San Amancio hacia 630), a Saint-Emmeran de Ratis- bona (fundación de Emmerancio sobre el 650), a Echterbach (fundación de Willibrod alrededor del 700), a Reichenau (fundación de Pirmin en el 724), a Fulda (fundada por Sturm a instigación de San Bonifacio en el 744), a Corvey —la nueva Corbie— fundada en el 822. Del siglo v al xi, en todos los frentes de la evangelización, en las ciudades, en los campos, fuera de las fronteras de la Cristiandad, los monasterios han representado un papel capital. # # * Aparecerán también hombres que, por su saber, serán los faros que iluminarán durante largo tiempo, del siglo v al vm, la noche medieval. K. Rand los ha denominado los «fundadores de la Edad Media». El papel de todos, o casi todos ellos, ha sido conocer lo esencial de la cultura anti¬ gua, recogerla bajo una forma asimilable para los espíritus medievales y proporcionarle la vestidura cristiana necesaria. Cuatro nombres descuellan sobre los demás: Boecio (hacia 480-524), Casiodoro (hacia 480-573), Isidoro de Sevilla (hacia 560-636) y Beda (hacia 673-735). La Edad Media debe a Boecio * todo cuanto sabe sobre Aristóteles antes de mediados del siglo xii, la Lógica vetus, la vieja lógica, y, «en dosis asi¬ milables, las categorías conceptuales y verbales, que sentarán las primeras bases de la escolástica». Así la definición de la naturaleza de los seres: natura est unarn quamque rem informans specifica differentia, (da natu¬ raleza de cada cosa es la diferencia específica que la informa», y la de la persona: reperta personae est definitio: naturae rationabilis individua subs¬ tancia , «substancia individual de naturaleza racional». Abelardo dirá acerca de Boecio: «Ha construido de manera inexpugnable nuestra fe y la suya.» La Edad Media le debe asimismo el puesto de excepción que concede a la música. Mediante ella, se enlaza con el ideal griego del ¡routuv-o; ¿v-^p. 181 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL A Casiodoro * y a sus Institutiones divinarum et saecularium littera- rum, los hombres de la Edad Media deben los esquemas de los retóricos latinos introducidos en la literatura y la pedagogía cristiana. Él es quien fija a los monjes del convento de Vivarium una tarea que la Edad Media no volverá a descuidar: la copia de los manuscritos antiguos. Obra esencial de conservación y de tradición, en la que se inspirarán los scriptoria mo¬ násticos. El legado de Isidoro de Sevilla *, ((el más ilustre pedagogo de la Edad Media», consiste en establecer, particularmente a través de sus Etimologías, el programa de las siete artes liberales, el vocabulario de la ciencia, la creencia en que los nombres son la clave de la naturaleza de las cosas, la afirmación repetida de que la cultura profana es necesaria para la buena comprensión de las Escrituras. La pasión enciclopédica por él iniciada obse¬ sionará a los clérigos medievales. Beda # , en fin, constituye la expresión más acabada de la multiplici¬ dad de sentidos que presenta la Escritura, la teoría de los cuatro sentidos en que se funda toda la exégesis bíblica medieval, como lo ha explicado magníficamente Henri de Lubac, y la orientación, a través de las necesi¬ dades de la exégesis bíblica y del cómputo eclesiástico, hacia la astronomía y la cosmografía. Pero Beda, como la mayor parte de los letrados anglosajo¬ nes de la Alta Edad Media, se pone más resueltamente de espaldas a la cultura clásica y hace penetrar a la Edad Media en una vía independiente. # * # Pierre Riché ha demostrado que el Renacimiento carolingio no fue sino la culminación de una serie de pequeños renacimientos, que, después del 68o, se habían manifestado en Corbie, en San Martín de Tours, en Saint-Gall, en Fulda, en Bobbio, en York, en Pavía, en Roma... Su tesis nos permite reducir a sus verdaderas dimensiones este Renacimiento con fre¬ cuencia demasiado encarecido. En primer lugar, no es un movimiento creador. Su programa escolar no hace más que prolongar el de las escuelas religiosas anteriores: «Que en cada obispado y en cada monasterio se enseñen los salmos, las notae (la estenografía), el canto, el cómputo, la gramática y que se utilicen libros cuidadosamente corregidos.» La cultura de la corte carolingia es la misma de los reyes bárbaros, de un Teodorico o de un Sisebuto. A menudo se reduce a los juegos pue¬ riles que seducen a los bárbaros. Proezas verbales, acertijos, «embustes» 182 CLARIDADES EN LA NOCHE científicos, semejantes a nuestros concursos radiofónicos y a la página de pasatiempos de los semanarios. La Academia real no va más allá de los esparcimientos de sociedad, del cenáculo provincial en torno al príncipe, al que se divierten en llamar tan pronto David como Homero. El empe¬ rador, que sabe leer —lo cual ya significa mucho para un laico—, pero no escribir, se entretiene como un chiquillo haciéndose fabricar un alfabeto de gruesas letras, que trata de descifrar por las noches, palpándolas con sus dedos debajo de la almohada. El entusiasmo por la antigüedad se limita con frecuencia a intentar penetrarla a través de Casiodoro o de Isidoro de Sevilla. Como ha demostrado muy bien Aleksander Gieysztor, los límites del Renacimiento carolingio vienen dados, básicamente, por las necesidades superficiales de un pequeño grupo social, a las cuales responde. Por ejemplo, debe asegurar un mínimo de cultura a ciertos altos fun¬ cionarios. A pesar de la intención manifestada por la legislación carolingia de abrir en todos los obispados y en todos los monasterios una escuela, Luis el Piadoso no opone resistencia alguna a Benito de Aniana, que quiere cerrar las escuelas exteriores de los monasterios a fin de salvaguardar a los monjes de la corrupción extranjera, es decir, a fin de mantener el monopo¬ lio cultural del clero. Para este pequeño grupo, la cultura, aparte ser una diversión, signi¬ fica más un objeto de delectación estética y, sobre todo, un instrumento de prestigio, que un medio de instruirse y de administrar. Si puede aprove¬ charse para gobernar, es impresionando al vulgo, no instruyéndolo. Los manuscritos pasan a ser cada vez en mayor grado objetos de lujo, desprovistos de todo uso utilitario, comprendido el intelectual. Se contem¬ plan más que se leen. La reforma de la escritura que instaura la miniatura Carolina está dirigida hacia la caligrafía, preocupación de no-intelectuales, incluso de incultos. La cultura carolingia es un lujo, como el gusto por las telas preciosas o las especias. Con todo, no hay duda de que el Renacimiento carolingio significó una etapa en la constitución del bagaje intelectual y artístico del Occidente medieval. Varias de sus producciones han venido a aumentar el acervo cultural de los hombres medievales. Los manuscritos corregidos y enmendados de los autores antiguos sirvieron más tarde para una nueva difusión de los textos de la Antigüedad. Las obras originales integraron una nueva capa del saber, superpuesta sobre la de la Alta Edad Media y a disposición de los clérigos de los siglos futuros. 183 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Alcuino * representa una etapa en la elaboración del programa de las artes liberales. Ravan Maur *, hijo espiritual de Alcuino, abad de Fulda, después arzobispo de Maguncia, «preceptor de la Germania», lega a la Edad Media una enciclopedia, De universo, y un tratado de pedagogía, De ins- titutione clericorum (plagio del De doctrina christiana de San Agustín, al cual reemplazará para un gran número de lectores medievales). Los libros de Ravan Maur figurarán en la biblioteca básica de los clérigos de la Alta Edad Media, al lado de Casiodoro y de Isidoro. El siglo xii descubrirá al genial y oscuro Juan Escoto Erígeno. Aureolados con el prestigio de Carlomagno, el más popular de todos los hombres en la Edad Media, los autores carolingios suministrarán una de las series de ((autoridades» intelectuales. Igualmente, ciertos monumen¬ tos de la época, el más célebre de los cuales es la capilla del palacio de Aquisgrán, serán un modelo imitado con frecuencia. Pese a que sus realizaciones hayan quedado muy alejadas de las aspi¬ raciones y pretensiones que ostenta, el Renacimiento carolingio comunicará a los hombres de la Edad Media, a través de sus slogans superficiales, salu¬ dables pasiones: el gusto por la calidad, por la corrección, por la cultura humanística, aunque frustrada, y la idea de que la instrucción es uno de los deberes esenciales y una de las fuerzas principales de los Estados y de los príncipes. ¿Cómo no reconocer que el Renacimiento carolingio ha producido también auténticas obras maestras, esas miniaturas en las que reaparece el realismo, la afición a lo concreto, la libertad del dibujo, el brillo del color? Al contemplarlas, se comprende que, después de habernos mostrado excesivamente indulgentes, no hemos de ser tampoco demasiado severos con el Renacimiento carolingio. De la misma manera, el vuelo económico de los siglos viii-ix supuso, sin duda alguna, un desamarre abortado, ya que pronto retrocedió o quedó prematuramente roto, pero fue, de hecho, la primera manifestación de un más largo y profundo Renacimiento, el que se afirmará del siglo x al xiv. CAPÍTULO VI ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES (Siglos x-xiii) C uando el joven Tristán, que había huido de los mercaderes piratas noruegos, llegó a las costas de Cornualles, «subió con gran esfuerzo al acantilado y vio, más allá de la landa abarrancada y desierta, un bosque que se extendía sin fin». Pronto de ese bosque sale un grupo de cazadores y el muchacho se une a la tropa. ((Entonces se pusieron en cami¬ no platicando, hasta que descubrieron al fin un rico castillo. Estaba rodeado por prados, huertos, aguas corrientes, pesquerías y tierras de cultivo.» El país del rey Marc no es una tierra de leyenda, producto de la ima¬ ginación del trovador. Por el contrario, es la realidad física del Occidente medieval. Un gran manto de bosques y de landas, matizado de calveros cultivados, más o menos fértiles, tal es el rostro de la Cristiandad, seme¬ jante a un negativo del Oriente musulmán, mundo de oasis entre desier¬ tos. Mientras que en Oriente el bosque es escaso, en Occidente abunda. Allí los árboles significan la civilización, aquí la barbarie. La religión naci¬ da en Oriente al abrigo de las palmeras crece en Occidente en detrimento de los árboles. Refugio de los genios paganos, los monjes, santos y misione¬ ros los derriban de modo implacable. Todo el progreso en el Occidente medieval se basa en la roturación, en la lucha y la victoria sobre la maleza los arbustos y, si es preciso y el equipo técnico y el valor lo permiten, sobre la selva, el bosque virgen, la agaste forétn de Perceval, la selva oscura del Dante *. Ahora bien, la realidad palpitante es un conjunto de calveros más o menos extensos, células económicas, sociales, culturales. Por largo tiempo, el Occidente medieval no será sino un conglomerado, una yuxtaposición de dominios, de castillos y de ciudades surgidas en medio de extensiones incultas y desiertas. El desierto occidental es el bosque. En él se refugian los adeptos volutarios o involuntarios de la fuga mundi: ermitaños, enamo- 185 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL rados infelices, caballeros andantes, bandoleros, proscritos. Así San Bruno y sus compañeros en el «desierto» de la ((Grande Chartreuse», así San Ro¬ berto de Molesme y sus discípulos en el ((desierto» de Citeaux, así Tristán e Isolda en el bosque del Morois. (((Volvamos al bosque, que nos protege y nos guarda. Ven, Isolda, amada mía... Entraron, pues, en las altas hier¬ bas, y los brezales y los árboles cerraron sobre ellos sus ramas, haciéndoles desaparecer tras las frondas.») También el aventurero Eustaquio el Monje, precursor y acaso modelo de Robín Hood, se oculta a comienzos del siglo xm en el bosque del Boulonnais. Mundo del refugio, el bosque tiene sus atrac¬ tivos. Para el caballero, es el mundo de la caza y de la aventura. Perceval descubre en él «las cosas más bellas que existan» y un señor aconseja a Aucassin, enfermo de amor por Nicoletta: «Montad a caballo e id a dis¬ traeros a todo lo largo de este bosque. Veréis hierbas y flores, oiréis cantar a los pájaros. Acaso escucharéis bellas palabras con las que os encontraréis consolado») Para los labradores y todo el pequeño pueblo laborioso, signifi¬ ca una fuente de provecho. En él van a pacer los rebaños; en él, sobre todo, engordan durante el otoño los cerdos, riqueza del pobre campesino, que, después de la montanera, mata su cerdo, promesa de subsistencia, si no de comilona, para el invierno. Él proporciona los árboles, indispensables en una economía por largo tiempo desprovista de piedra, hierro y carbón mineral. Casas, útiles, chimenea, hornos y forjas no pueden existir, no pue¬ den trabajar si no es por medio de la madera o del carbón vegetal. En él se recogen los frutos silvestres, que suponen para la alimentación primiti¬ va del rústico una nutrición suplementaria esencial y, en época de carestía, la única posibilidad de sobrevivir. En él se recolecta la corteza de las enci¬ nas empleada para el curtido, las cenizas de los matorrales aprovechada para el lavado y la tintorería y, en particular, los productos resinosos nece¬ sarios para las antorchas y los cirios y la miel de los enjambres silvestres, tan buscada en un mundo privado de azúcar. A principios del siglo xn, el cro¬ nista francés anónimo —Gallus Anonymus —, establecido en Polonia, al pregonar las ventajas de ese país, cita, inmediatamente después de la salu¬ bridad del aire y la fertilidad del suelo, la silva melliflua, es decir, la abun¬ dancia de bosques ricos en miel. Todo un pueblo de pastores, leñadores, carboneros (Eustaquio el Monje, el ((bandido del bosque», lleva a cabo, disfrazado de carbonero, una de sus depredaciones de mayor éxito), recolec¬ tores de miel, vive del bosque y ayuda a vivir a los demás. Ese pueblo humilde actúa también, si la ocasión se presenta, como cazador furtivo, porque, en principio, el producto de la caza está reservado a los señores. Y desde el más bajo al más alto de éstos defienden celosamente sus derechos 186 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES sobre las riquezas del bosque. Los guardas forestales vigilan sin cesar a los villanos merodeadores. Los soberanos son los mayores poseedores de bosque dentro del reino y se emplean enérgicamente en conservar su domi¬ nio. Los barones ingleses sublevados imponen a Juan Sin Tierra, al mismo tiempo que la Carta Magna política (1215), una Carta de los Bosques espe¬ cial. Y cuando, en 1332, Felipe VI de Francia hace redactar un inventario de los derechos con los que quiere fundar en el Gátinais una viudedad para la reina Juana de Borgoña, hace redactar aparte una «toma de posesión» de los bosques, cuyos provechos constituirán el tercio del total que alcanzan los productos de ese dominio. No obstante, el bosque está también lleno de amenazas, de peligros, imaginarios o reales. Forma el inquietante horizonte del mundo medieval. Lo rodea, la aísla, lo ahoga. Levanta entre las señorías, entre los diversos países, una frontera natural, el no man’s land, la tierra de nadie por exce¬ lencia. De su ccopacidad» temible surgen bruscamente los lobos hambrien¬ tos, los bandidos, los caballeros saqueadores. A comienzos del siglo xm, en Silesia, dos hermanos se mantienen du¬ rante años en el bosque de Sadlno, del que salen periódicamente para robar a los pobres campesinos de la vecindad, impidiendo al duque Enrique el Barbudo que pueda establecer allí ninguna aldea. El sínodo de Santiago de Compostela deberá, en 1114, dictar un canon para organizar la cacería de lobos. Todos los sábados, excepto la víspera de Pascuas y de Pentecostés, presbíteros, caballeros y campesinos que no se hallen ocupados en sus faenas son requeridos para la destrucción de los lobos errantes y la colocación de trampas y se impone una multa a quienes se nieguen a prestar este servicio. La imaginación medieval, apoyada en un folklore inmemorial, con¬ vierte fácilmente en monstruos a esos lobos devoradores. ¡ En cuántas hagio¬ grafías encontramos el milagro del lobo alimentado por el santo, como en el caso de Francisco de Asís subyugando a la cruel bestia de Gubbio! De todos los bosques surgen los hombres-lobo, los lobos-duende, en los que la imaginación medieval confunde a la bestia y el hombre semisalvaje. A veces, el bosque alberga monstruos todavía más sanguinarios, legados a la Edad Media por el paganismo: tal la ((tarasca» provenzal, domada por Santa Marta. De esta manera, por encima de esos terrores bien reales, los bosques se transforman en un universo de leyendas maravillosas y terroríficas. Bos¬ que de las Ardenas, con el jabalí monstruoso, refugio de los Cuatro Hijos de Aymon, en donde San Humberto pasó de cazador a ermitaño y San Teobaldo de Provins de caballero a ermitaño y carbonero. Bosque de Bro- celianda, teatro de las brujerías de Merlín y de Viviana. Bosque de Oberón, LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL donde Huón de Burdeos sucumbe a los encantamientos del enano. Bosque de Odenwald, donde Sigfrido termina su trágica cacería bajo los golpes de Hagen. Bosque de Mans, por el que vaga lamentablemente Berta la del «gran pie» y en el que el desgraciado rey de Francia Carlos VI caerá víc¬ tima de la locura. * # # Sin embargo, si bien es cierto que la mayor parte de los hombres del Occidente medieval no tienen otro horizonte, a veces durante toda su vida, que el lindero de un bosque, no hay por qué imaginar a la sociedad medie¬ val como un mundo de sedentarios, de inmóviles, de uncidos a su rincón de tierra, limitado por el bosque. La movilidad de los hombres medievales ha sido, por el contrario, extrema, desconcertante. El hecho se explica fácilmente. La propiedad, como realidad material o psicológica, es casi desconocida durante la Edad Media. Desde el campe¬ sino al señor, cada individuo, cada familia, no ostenta sino derechos más o menos extensos de posesión provisional, de usufructo. No sólo tiene por encima de él un amo o un interesado más poderoso que puede privarlo de su tierra —tenencia campesina o feudo señorial— por la violencia, sino que el Derecho mismo reconoce al señor la posibilidad legítima de arreba¬ tar al siervo o al vasallo su tierra, a condición de concederle otra equivalen¬ te, en ocasiones muy alejada de la primera. Señores normandos que se tras¬ ladan a Inglaterra, caballeros alemanes que se instalan en el Este, nobles de la Isla de Francia que conquistan un feudo, ya en el Mediodía, a fa¬ vor de la cruzada contra los albigenses, ya en España, según el ritmo de la Reconquista, cruzados de todo pelaje que se reservan un dominio en Morea o en Tierra Santa, todos se expatrian sin duelo, ya que apenas pueden decir que tienen una patria. El campesino, cuyos campos no son otra cosa que una concesión más o menos revocable del señor y que a menudo los ve redistri¬ buidos entre la comunidad aldeana de acuerdo con la rotación de los culti¬ vos y de los campos, no se siente ligado a la tierra sino por la voluntad señorial, a la que escapa gustosamente, por la huida primero, por la eman¬ cipación jurídica más tarde. Individual o colectiva, la emigración campe¬ sina constituye uno de los grandes fenómenos de la demografía y de la sociedad medievales. En su camino, caballeros y campesinos encuentran a los clérigos en viaje regular o en ruptura con su convento —todo ese mun¬ do de los monjes vagabundos contra los que concilios y sínodos legislan en vano—, a los estudiantes en marcha hacia las escuelas o las universidades célebres —¿no dice un poema del siglo xn que el escolar está destinado 188 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES obligatoriamente al destierro (térra aliena )?—, a los peregrinos y a los vaga¬ bundos de toda clase. Por otra parte, y en lo que se refiere a la mayoría, no solamente ningún interés material los retiene en su casa, sino que el espíritu mismo de la reli¬ gión cristiana los empuja hacia los caminos. El hombre no es más que un peregrino perpetuo en esta tierra de exilio, tal es la enseñanza de la Iglesia, que apenas tiene necesidad de repetir las palabras del Cristo: «Déjalo todo y sígueme.» Tan numerosos son los que poseen muy poco o nada, que es concebible verlos partir alegremente. Su magro equipaje cabe en la alforja del peregrino. Los menos pobres llevan algunas monedas, en aquel tiempo escasas, en su bolsillo. Los más ricos, un cofrecillo en el que encierran lo más valioso de su fortuna, un pequeño número de objetos preciosos. Cuan¬ do los viajeros o los peregrinos comiencen a embarazarse con un nutrido equipaje —el señor de Joinville y su compañero, el conde de Sarrebruck, parten en 1248 para la Cruzada cargados de cofres que transportan por medio de carretas hasta Auxonne y en barcos, por el Saona y el Ródano, hasta Arles—, el espíritu de Cruzada y el gusto por el viaje desaparecerán por completo, la sociedad medieval se convertirá en un pueblo sedentario, y la Edad Media, época de marchas y de cabalgatas, se hallará a punto de terminar. No es que la Baja Edad Media ignore la vida nómada. Pero, a partir del siglo xiv, los errantes son considerados ya como vagabundos, hom¬ bres malditos. Si antes eran seres normales, ahora la normalidad se trans¬ fiere a los sedentarios. Mas, esperando ese cansancio, toda la Edad Media itinerante pulula y se reencuentra a cada momento en la iconografía. El instrumento pronto convertido en simbólico de esos nómadas es el bastón, el bastón en forma de letra griega tau, sobre el cual se apoyan al caminar, encorvados, el ermitaño, el peregrino, el mendicante y el enfermo. Pueblo inquieto que simbolizan aún los ciegos*, como los del romance: «Sucedió un día que por un camino, cerca de Compiégne, marchaban tres ciegos, sin nadie para conducirlos y mostrarles el camino. Tenían los tres una escudilla de madera e iban los tres pobremente vestidos. Seguían de esta manera el camino de Senlís.» Pueblo inquietante a la vez, del que la Igle¬ sia y los moralistas desconfían. Incluso el peregrinaje, que cubre con fre¬ cuencia el simple vagabundeo, la vana curiosidad —forma medieval del turismo—, se hace ampliamente sospechoso. Ya en el siglo xn, Honorius Augustodunensis # se inclina a condenarlo, a desaconsejarlo. «¿Hay algún mérito —pregunta el discípulo del Elucidarium — en ir a Jerusalén o en visitar otros lugares sagrados?» Y el maestro contesta: «Más vale dar a los pobres el dinero que habría de gastarse en el viaje.» La única peregri- LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL nación que admite es la que tiene por causa y objeto la penitencia. Muy pronto, en efecto, lo cual es bien significativo, la peregrinación deja de ser un acto de deseo para convertirse en un acto de penitencia. Con ella se sanciona todo pecado grave. Significa una punición, no una recompensa. En cuanto a quienes la realizan «por curiosidad o pequeña gloria —sigue di¬ ciendo el maestro del Elucidarium —, el único provecho que sacan de ello es haber visto lugares agradables o bellos monumentos, o bien recoger la pequeña gloria que deseaban». Los errantes son desgraciados y el turismo una vanidad. La lastimosa realidad de la peregrinación —sin llegar al caso trágico de los cruzados que perecen de hambre por el camino o asesinados por los infieles— concuerda muy a menudo con la historia de aquel pobre hombre relatada en Leyenda dorada. «Hacia el año del Señor 1100, un francés iba a Santiago de Compóstela con su mujer y sus hijos, en parte por huir del contagio que asolaba su país, en parte por contemplar la tumba del santo. En la ciudad de Pamplona murió su mujer y el hostelero lo despojó de todo su dinero, arrebatándole también la burra sobre la cual transporta¬ ba a sus hijos. Tomó entonces el pobre padre a dos de sus hijos sobre sus hombros y llevó los otros de la mano. Un hombre que pasaba con un asno tuvo piedad de él y le entregó su asno, a fin de que pudiese montar a sus hijos sobre la grupa de la bestia. Llegado a Santiago de Compostela, el fran¬ cés vio al santo, el cual le preguntó si lo reconocía. Después le dijo: ((Soy el apóstol Santiago. Y fui yo quien te dio el asno para venir aquí. Igualmen¬ te te daré otro para regresar...» ¡Mas cuántos peregrinos carecieron incluso del socorro de un asno mi¬ lagroso...! No faltaban, en efecto, las pruebas, ni los obstáculos que se oponían a los desplazamientos. Cierto que la vía fluvial se utiliza siempre que resulta posible. Pero quedan muchas tierras que es preciso cruzar. La excelente red de caminos romanos ha desaparecido casi por completo, arruinada por las invasiones, falta de cuidados y, por otro lado, mal adaptada a las nece¬ sidades de la sociedad medieval. Para ese pueblo de peatones y de caba¬ lleros, en el que los transportes se hacen sobre todo a lomo de bestias de carga o de carretas arcaicas, para ese pueblo que no tiene prisa —se desvía de su ruta sin esfuerzo, ya para evitar el castillo de un caballero saqueador, ya para visitar cualquier santuario próximo—, la vía romana, recta, pavi¬ mentada, camino de soldados y de funcionarios, no presenta gran interés. Prefiere ir a lo largo de las sendas, de los caminos, de una red de itinerarios diversos que varían entre algunos puntos fijos: ciudades de feria, lugares 190 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES de peregrinación, puentes, vados o gargantas. ¡Cuántos obstáculos se han de franquear 1 El bosque, con sus peligros y sus terrores, surcado sin embar¬ go de pistas: Nicoletta, «siguiendo los viejos senderos del espeso bosque, llega a una ruta donde se cruzan los siete caminos que discurren por el país»; los bandidos, caballeros o villanos, emboscados en un rincón de un bosque o en lo alto de una roca: Joinville, al descender por el Ródano, observa «la Roca de Glun, ese castillo que el rey había hecho derribar porque el señor llamado Roger había sido acusado de despojar a los pere¬ grinos y los mercaderes»; las tasas innumerables que gravan las mercancías, que incluso, a veces, recaen sobre los simples viajeros, en los puentes, en los desfiladeros, en los ríos; el mal estado de las rutas, en las cuales es tan fácil atascarse, que conducir una carreta de bueyes requiere la competencia de un hombre de oficio. Un héroe de cantar de gesta, como el Bertrand de Charroi de Nímes, sobrino de Guillermo de Orange, queda en ridículo cuando pretende dis¬ frazarse de carretero. La ruta medieval es desesperadamente larga, deses¬ peradamente lenta. Si se sigue a los viajeros que viajan con mayor veloci¬ dad, los mercaderes, se comprueba que las etapas varían entre los 25 y los 60 kilómetros por día, según la naturaleza del terreno. Se precisan dos semanas para ir de Bologne-sur-Mer a Aviñón, veintidós días de las ferias de Champagne a Nimes, once días de Florencia a Nápoles. Y, no obstante, la sociedad medieval se agita sin cesar «en una especie de movimiento browniano, a la vez perpetuo e inconstante», como ha dicho Marc Bloch. Casi todos los hombres de la Edad Media evolucionan contradictoriamente entre estas dos dimensiones: los horizontes cerrados del calvero en que viven y los horizontes lejanos de la Cristiandad entera. Cada cual puede decidir repentinamente partir de Inglaterra hacia Santiago de Compostela o hacia Toledo, como esos clérigos ingleses del siglo xn, ávidos de la cultura árabe; de Aurillac a Reims; de Vic, en Cataluña, a Rávena y a Roma, como hace Gerbert al final del siglo x; de Flandes a San Juan de Acre, como tantos cruzados; de las orillas del Rin a las del Oder o el Vístula, como tantos colonos alemanes. Los únicos que pueden considerarse aventureros, a los ojos de los cristianos medievales, son aquellos que fran¬ quean las fronteras de la Cristiandad: misioneros o mercaderes, que des¬ embarcan en África o en Crimea o desaparecen en Asia. Más rápida es la ruta del mar. Cuando los vientos son favorables, un navio puede hacer hasta 300 kilómetros en un día. Ahora bien, los peligros son mayores aún que en tierra. La rapidez ocasional puede quedar compen¬ sada por súbitas calmas chichas o por vientos y corrientes contrarios. LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Embarquémonos, por ejemplo, con Joinville en dirección a Egipto. «En el mar nos pasó una cosa maravillosa: nos hallábamos ante una mon¬ taña completamente redonda, en las costas de Berbería. Era la hora de las vísperas. Navegamos toda la noche y bien pensamos haber hecho por lo menos cincuenta leguas, cuando, al día siguiente, nos encontramos de nue¬ vo ante la misma montaña. Y esto nos ocurrió por dos o tres veces.» Y aun esos retrasos carecen de importancia si se comparan con el riesgo de los piratas y las tempestades. Joinville descubre pronto la loca temeri¬ dad de los «mercaderes aventureros»: «No pude por menos de reflexionar que es bien insensato el que osa ponerse en tal peligro con bienes ajenos o en estado de pecado mortal; pues uno se duerme por la noche sin saber si al día siguiente por la mañana no se encontrará en el fondo del mar.» Pocos clisés han obtenido mayor éxito durante la Edad Media que el de la nave en la tempestad, episodio cargado de una realidad vivamente experimentada. Ningún incidente reaparece con más regularidad en la vida de numerosos santos que el de una travesía real o simbólica, repre¬ sentada en multitud de miniaturas y vidrieras. Ningún milagro está más extendido que el de la intervención de un santo para apaciguar una tem¬ pestad o resucitar a un náufrago. Veamos el de San Nicolás, relatado en la Leyenda dorada de Jacques de Vorágine: ((Cierto día, encontrándose en peligro en el mar, unos marineros rogaron así con lágrimas en los ojos: “¡Nicolás, siervo de Dios, si es verdad lo que nos ha sido dicho de ti, haz que lo experimentemos ahora!” En el acto apareció ante ellos alguien que tenía la figura del santo y les dijo: “¡Me habéis llamado! ¡Aquí estoy!” Y comenzó a ayudarlos en el manejo de las velas y las maromas y los res¬ tantes aparejos del barco. E inmediatamente cesó la tempestad.» Pero es preciso ahora discernir a ti'avés de qué resortes el bosque, el camino y el mar conmueve la sensibilidad de los hombres de la Edad Media. Más que por sus aspectos verdaderos, por sus peligros reales, los emocionan por los símbolos que contienen. El bosque representa las tinieblas o, como en la chanson d’enfance del Minnesanger Alejandro el Errante —der wilde Alexander—, el siglo con sus ilusiones. El mar es el mundo y sus tentacio¬ nes. El camino simboliza la búsqueda y la peregrinación. # =fr Los hombres de la Edad Media entran en contacto con la realidad física por intermedio de abstracciones místicas y pseudocientíñcas. La Naturaleza se reduce para ellos a los cuatro elementos que compo- 192 III. ESCULTURA románica: la virgen V EL NIÑO. La escultura en madera disputa en el siglo XII la primacía a la escultura en piedra. La policromía se ha conserva¬ do a veces hasta nuestros días. Ella nos da el mejor testimonio del gusto romᬠnico. Él tema de la Virgen con el Niño disfruta de una gran difusión con la extensión del culto mañano. Virgen en majestad, sentada en su trono, expresi¬ va pero rígida, bien diferente de las Vírgenes de misericordia, más humil¬ des y más naturales, que se impondrán en el siglo XIV. El. Museo de Arte de Cataluña, en Barcelona, guarda algu¬ nos de los más bellos ejemplares de madonas románicas. (Barcelona, Mu¬ seo de Arte de Cataluña.) ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES ríen tanto el universo como el hombre, universo en miniatura, microcosmos. Tal como lo explica el Elucidarium, el hombre corporal está formado por los cuatro elementos. «Por eso se le llama microcosmos, es decir, mundo en reducción. Está, en efecto, compuesto de tierra: la carne; de agua: la san¬ gre; de aire: el aliento; de fuego: el calor.» De los más sabios a los más ignorantes, ostentan una misma visión del universo, progresivamente degradada. En una cristianización más o menos extraída de viejos símbolos y mitos paganos, se personifican las fuerzas de la Naturaleza en una extraña cosmografía: A la manera de los cuatro ele¬ mentos, los cuatro ríos del paraíso, los cuatro vientos de las innumerables rosas de los vientos que figuran en los manuscritos, interponen su imagen entre las realidades naturales y la sensibilidad humana. Será preciso, como veremos, que los hombres de la Edad Media recorran un largo camino para volver a encontrar, más allá del telón del simbolismo, la realidad física del mundo en que viven. La amplitud de esos movimientos, de esas migraciones, de esas agita¬ ciones, de esos viajes es, en realidad, singularmente restringida. El hori¬ zonte geográfico se limita a un horizonte espiritual, el de la Cristiandad. Más que la imprecisión de los conocimientos que posean los doctos en mate¬ ria de cosmografía —se admite en general que la Tierra es redonda y se halla inmóvil en el centro del Universo, y se imagina, siguiendo en esto a Aristóteles, un sistema de esferas concéntricas; a partir de los comienzos del siglo xiii, el sistema se hace más complicado y más cercano a la realidad del movimiento de los planetas según Ptolomeo—, resulta notable la fan¬ tasía que informa a la geografía medieval más allá de Europa y de la cuenca mediterránea. Y más notable todavía es la concepción teológica que inspira hasta el siglo xiii la geografía y la cartografía cristianas. Por regla general, la ordenación de la Tierra está determinada por la creencia de que Jeru- salén es el ombligo del mundo. El Oriente, que los mapas sitúan la ma¬ yoría de las veces en la parte alta, en el lugar de nuestro Norte, culmina en una montaña (recientemente identificada con el Takt-i-Sulaymán, en el Azerbaiyan), en la que se encuentra el paraíso terrenal y de la que salen los cuatro ríos paradisíacos: el Tigris, el Eufrates, el Pisón, ordinariamente identificado con el Ganges, y el Geón, que corresponde al Nilo. Los vagos conocimientos que los cristianos poseen de esos ríos presentan algunas difi¬ cultades. Se las salva fácilmente. Por ejemplo, se asegura que las fuentes conocidas del Tigris y el Eufrates no son las fuentes originales, las cuales se hallan en el flanco de la montaña del Edén. Lo que ocurre es que sus aguas se pierden largamente en las arenas de los desiertos antes de volver *93 ‘7 I.A CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL a reaparecer. En cuanto al Nilo, Joinville, en su narración de la VII Cru¬ zada en Egipto, atestigua que los musulmanes, detenidos por las cataratas, no han logrado remontarlo hasta su fuente, maravillosa, pero real. «Conviene ahora hablar del río que cruza Egipto y viene del paraíso terrenal... En el lugar por donde el Nilo penetra en Egipto, las gentes, acostumbradas a este trabajo, lanzan por la noche sus redes desplegadas al río. Y cuando llega la mañana, encuentran en ellas los productos preciosos que el río trae al país: jengibre, ruibarbo, maderas de áloe y canela. Se dice que esas especias proceden del paraíso terrenal, arrancadas por el vien¬ to de los árboles del paraíso, como las ramas secas que el viento derriba en el bosque... Se dice también en el país que el «sudán» (sultán) de Babilo¬ nia intentó varias veces averiguar de dónde viene el río y que envió a gentes con este objeto... Estas contaron que habían buscado la fuente del río y que habían llegado a un gran cerro de rocas talladas, imposible de escalar. De ese cerro caía el río. Y les pareció que lo alto de la montaña estaba cubierto por una gran cantidad de árboles...» El océano índico, que se imagina cerrado, es el gran receptáculo de los sueños donde se expanden los deseos insatisfechos de la Cristiandad, pobre y embridada: sueños de riqueza, ligados a las islas de los metales preciosos, de las maderas raras, de las especias. Marco Polo * ve en él a un rey desnudo, cubierto de piedras preciosas. Sueños fantásticos, poblados de hombres, de animales fabulosos y de monstruos. Sueños de opulencia y extravagancia, forjados por un mundo pobre y limitado. Sueños de una vida diferente, de la destrucción de los tabúes, de la libertad frente a la moral estricta impuesta por la Iglesia. Seducción de un mundo de aberra¬ ción alimenticia, de la coprofagia, del canibalismo, del nudismo, de la poli¬ gamia, de la libertad y del desorden sexuales. Lo más curioso es que, cuando un cristiano se atreve excepcionalmente a llegar hasta allá, encuentra, en efecto, maravillas. Marco Polo ve hombres provistos de cola, «gruesa como la de un perro», y unicornios, que quizá sean rinocerontes, pero que le decepcionan: «Es una bestia asquerosa y muy desagradable de ver. No es en manera alguna como la describimos desde aquí, cuando pretendemos que se deja llevar por el cabestro por una muchacha.» Los hombres de la Edad Media, que han recogido la tradición de los geógrafos de la Antigüedad, dividen la tierra en tres partes: Europa, Asia y África. Ahora bien, cada una de ellas tiende a identificarse con un área religiosa. El peregrino inglés que escribió un Itinerario de la III Cruzada afirma: «Así dos partes del mundo asaltan a la tercera. Y Europa, que, a pesar de todo, no reconoce en su totalidad el nombre de Cristo, debe batirse *94 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES con las otras dos.» Esta Europa, que la presencia musulmana en España priva de identificar por completo con la Cristiandad, continúa siendo, por este motivo, para los occidentales una noción incómoda, pedante, abstracta. # # * La realidad es la Cristiandad. En función de ella, el cristiano de la Edad Media define al resto de la humanidad y se sitúa a sí mismo con rela¬ ción a los demás. En primer lugar, con relación a Bizancio. Después de 1054, el bizantino se identifica con el cismático. Pero, aun¬ que ese agravio de separación, de secesión, es esencial, los occidentales no alcanzan a definirlo con exactitud o, por lo menos, a designarlo bien. Por¬ que, a pesar de las divergencias teológicas —en particular la cuestión del Filioque: los bizantinos rechazan la doble procedencia del Espíritu San¬ to, limitándola a la del Padre y negando la del Hijo—, a pesar, sobre todo, del conflicto institucional —el patriarcado de Constantinopla se niega a reconocer la supremacía del papa—, los bizantinos son también cristianos. Ya a mediados del siglo xii, en ocasión de la II Cruzada, vemos a un fanᬠtico occidental, el obispo de Langres, soñar la toma de Constantinopla y empujar al rey de Francia, Luis VII, a declarar que los bizantinos no son «cristianos de hecho, sino sólo de nombre» y culpables de herejías. IJna gran parte del ejército de los cruzados consideraba que «los griegos no eran en manera alguna cristianos y que matarlos suponía una bagatela». Tal antagonismo constituía el resultado de alejamiento que, a partir del siglo iv, se había convertido en un verdadero foso. Unos y otros habían dejado de comprenderse, especialmente por parte de los occidentales, los cuales, inclu¬ so los más sabios de ellos, ignoraban el idioma griego, graecum est, non legitur. La incomprensión se fue transformando poco a poco en odio, hijo de la ignorancia. Con respecto a los griegos, los latinos experimentan una mez¬ cla de envidia y de desprecio, que nace del sentimiento más o menos oculto de su propia inferioridad. Los latinos achacan a los griegos el ser amanera¬ dos, cobardes, mentirosos. Les reprochan principalmente ser ricos. Es el sentimiento reflejo del guerrero bárbaro y pobre ante el rico civilizado. En el año 968, el lombardo Liutprand, obispo de Cremona, enviado por el emperador alemán Otón I a Constantinopla, regresó lleno de odio su corazón, odio nacido de la poca consideración que se le había manifes¬ tado. ¿Acaso el «basileus» Nicéforo no le ha dicho a la cara: «No sois roma¬ no, sino lombardo»? A lo que él contesta: «Rómulo era un fratricida. La 195 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Historia lo prueba. Y dice también que él abrió un asilo para acoger a los deudores insolventes, a los esclavos fugitivos, a los asesinos, a los condena¬ dos a muerte y que se rodeó de una multitud de gentes de esa clase, a los que llamó romanos. Nosotros, lombardos, sajones, francos, loreneses, báva- ros, suevos, borgoñones, despreciamos a esa gente, hasta tal punto que, cuan¬ do montamos en cólera, no tenemos para nuestros enemigos otro insulto que esa palabra: “¡Romano!” Porque en ese solo nombre de romano se comprende toda bajeza, toda cobardía, toda concupiscencia, todo desorden, toda mentira, peor todavía, un resumen de todos los vicios...» Y añade el agravio religioso, anterior al cisma: «Todas las herejías han nacido entre vosotros, han logrado éxito entre vosotros. Nosotros, los occidentales, las hemos yugulado, las hemos aniquilado.» Para rematar la humillación, he aquí que, a su partida, Liutprand se ve despojado por los aduaneros bizantinos de cinco capas de púrpura, cuya exportación estaba prohibida: sistema incomprensible para un bárbaro, que vive en medio de una orga¬ nización económica rudimentaria. Y el insulto brota de nuevo: «Esas gen¬ tes son blandas, afeminadas, de mangas anchas, tocadas con tiaras y tur¬ bantes, mentirosos, castrados, indolentes, van vestidos de púrpura. Pero hé¬ roes, hombres llenos de energía, conocedores de la guerera, llenos de fe y de caridad, sumisos a Dios, llenos de virtudes, no los hay en absoluto en¬ tre ellos.)) El pretexto oficial para que el ejército occidental de la IV Cruzada se apreste, en 1203, a tomar Constantinopla estriba en que el emperador Alexis III es un usurpador, pero los eclesiásticos han de calmar los escrú¬ pulos religiosos de ciertos laicos subrayando el carácter cismático de los bizantinos: «Los obispos y los clérigos del ejército celebraron consejo —es¬ cribe el cronista Roberto de Clarí— y juzgaron que la batalla era legítima y que se podía atacarlos, dado que antiguamente obedecían la ley de Roma y ahora ya no la obedecían. Por lo tanto, dijeron los obispos, ata¬ carlos no era pecado, sino muy al contrario, obra de gran piedad.» Cierto que la unión de las Iglesias, es decir, la reconciliación de Bi- zancio con Roma, se mantiene casi constantemente sobre el tapete y sin cesar tienen lugar negociaciones, con Alexis I en 1089, con Juan II en 1141, con Alexis III en 1197 y con la mayoría de los emperadores a partir de mediados del siglo xm y hasta 1453. La unión parece incluso realizada en el Concilio de Lyón de 1274 y, una última vez aún, en el Concilio de Flo¬ rencia de 1439. Pero los ataques dirigidos contra el Imperio bizantino por los normandos de Roberto Guiscard en 1081 y de Bohemond en 1185, y la toma de Constantinopla por los occidentales el 13 de abril de 1204, no 196 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES permiten conseguirlo. El fracaso de la unión de las Iglesias proviene de una hostilidad fundamental entre los que se llamaban mutuamente, con injurioso afán, latinos (y no cristianos), griegos (y no romanos). Incom¬ prensión de los rudos bárbaros, que oponían su simplicidad a la sofistica¬ ción de una civilización informada por el ceremonial, de una educación secular congelada en etiqueta. En 1097, durante la recepción concedida a los cruzados lorenos por Alexis I, uno de aquéllos, irritado por tanta eti¬ queta, se sienta en el trono del «basileus», «encontrando que no era conve¬ niente que un solo hombre pudiese sentarse cuando tantos valientes gue¬ rreros permanecían en pie». Las mismas reacciones encontramos entre los francos de la II Cru¬ zada. Impaciencia de Luis VII y de sus consejeros ante las maneras de los enviados bizantinos y el lenguaje ampuloso de sus arengas. El obispo de Langres, sintiendo compasión por el rey y no pudiendo soportar las largas frases del orador y del intérprete, les dice: «Hermanos, haced el favor de no hablar con tanta frecuencia de la gloria, la majestad, la sabiduría y la religión del rey. Él se conoce y nosotros le conocemos también. Decidle, pues, más rápidamente y sin tantos rodeos qué es lo que queréis.» Oposición asimismo en las tradiciones políticas. Los occidentales, para quienes la primera virtud es la fe —la buena fe del feudal—, tachan de hipocresía los métodos bizantinos, impregnados de la razón de Estado. ((Pues, entre ellos —escribe aún Eudes de Deuil, el cronista franco de la II Cruzada—, es opinión generalmente admitida que no se puede re¬ prochar a nadie el perjurio que comete por la causa del Imperio sagrado.» A este odio latino corresponde el desprecio griego. Ana Comnena, hija del emperador Alexis, que ha visto a los occidentales de la I Cru¬ zada, los pinta como bárbaros groseros, charlatanes, orgullosos, versátiles. Son guerreros, y los griegos, que prefieren la negociación y a los que repugna la pelea, se muestran refractarios a la guerra santa y se sienten, como Ana, llenos de horror ante todos esos eclesiásticos, obispos y presbíteros, que se entregan en persona al combate. ¿Cómo se puede ser a la vez un hombre de Dios y «un hombre de sangre, que respira el homicidio»? Pero lo que mayor horror inspira a los bizantinos es la codicia de los occidentales, «dis¬ puestos a vender mujer e hijos por un óbolo». La riqueza de Bizancio es, en fin, el último reproche y la primera codicia de los latinos. Todos los cronistas de las primeras Cruzadas que pasan por Constantinopla dan de ella una descripción que deslumbra, inspirada por la admiración. Para esos bárbaros, que viven miserablemente en fortalezas primitivas o en aldeas miserables —las «ciudades» occiden- 197 I.A CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL tales no cuentan más que con algunos millares de habitantes y el urba¬ nismo es totalmente desconocido en ellas—, Constantinopla, con su pro¬ bable millón de habitantes, sus riquezas monumentales y sus almacenes —los cruzados resultan enternecedores cuando Eudes de Deuil nos los mues¬ tra haciendo su shopping (i) o recibiendo a los mercaderes griegos incluso en sus tiendas de campaña: ((Así comprábamos una camisa por menos de dos dineros, y treinta camisas por tres sueldos menos un marco»—, repre¬ senta la revelación de la ciudad. En 1097, Foulcher de Chartres, entre tantos otros, abre desmesuradamente los ojos ante el espectáculo: ((¡Qué noble y bella ciudad es Constantinoplal ¡Cuántos monasterios y palacios, construidos con un arte admirable, se ven en ella! ¡Cuántas obras admi¬ rables se pueden contemplar ostentadas en las plazas y en las calles! Sería demasiado largo y fastidioso exponer con detalle la abundancia de riquezas de todo tipo, de oro, de plata, de telas de mil clases y de santas reliquias que se encuentran en esa ciudad, a la que, en todo momento, numerosos navios traen todas las cosas necesarias a los deseos de los hombres...» Suprema atracción, las reliquias. He aquí el inventario, hecho por Roberto de Clarí, de las halladas por los cruzados de 1204 en una sola iglesia, la Virgen del Faro: «Se encontraron en ella dos fragmentos de la Vera Cruz, tan gruesos como la pierna de un hombre y tan largos como una media toesa. Y se encontró también el hierro de la lanza con la que fue herido el costado de Nuestro Señor y los dos clavos con que clavaron sus manos y sus pies. Y se encontró también, en una botellita de cristal, una gran parte de su sangre. Y se encontró también la túnica que había llevado y de la que fue despojado cuando lo llevaron al Calvario. Y se encontró también la corona bendita con la que fue coronado, que era de juncos marinos, tan puntiagudos como hierros de leznas. Y se encontró también el vestido de Nuestra Señora y la cabeza de monseñor San Juan Bautista y tantas otras reliquias que no podría describirlas.» Botín de calidad para los ladrones piadosos, que guardarán su presa, y para los ávidos saqueadores, que la venderán muy cara. Incluso para los occidentales que no han contemplado sus maravillas, Bizancio significa durante la Edad Media la fuente de casi toda riqueza. Las más valiosas importaciones latinas vienen de él, ya sea Bizancio el productor o el distribuidor. De allí proceden las telas preciosas —la seda sigue siendo durante largo tiempo un secreto exclusivo de Bizancio, arran¬ cado por él a la China en el transcurso del siglo vi—, de allí la moneda (1) En inglés en el original: ir de compras. — N. del T. 198 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES de oro, que se mantiene inalterable hasta finales del siglo xi y a la que los occidentales llamarán simplemente el bizantino, el besant, ese «dólar de la Edad Media». Y ante esas riquezas, ¡cuántas tentaciones! En el dominio espiritual, el Occidente puede aún contentarse con tomar cosas a préstamo, a veces con gratitud y deslumbramiento. Los teólogos occidentales del siglo xii descubren o, mejor, redescubren la teo¬ logía griega y algunos saludan esa luz que llega de Oriente: Oriéntale lu¬ men. Alain de Lille añade incluso con humildad: Qui latinitas penuriosa est... «Pues la latinidad es indigente...» Se puede aún intentar rivalizar con Bizancio. Una de las actitudes más curiosas que adopta el Occidente medieval al tratar de liberarse de la realidad y del mito bizantinos consiste en esa humillación que le in¬ fringe imaginativamente. Tal ocurre en la asombrosa canción de gesta del Pélerinage de Charlemagne, escrita en la segunda mitad del siglo xi. Carlomagno, al regresar de Jerusalén con sus doce pares, pasa por Cons- tantinopla, donde es fastuosamente acogido por el rey Hugón. Tras un magnífico festín, el emperador y sus compañeros, un poco bebidos, se en¬ tretienen en su cámara en «gabar», es decir, en hacer gala de relatos ima¬ ginarios en los que cada uno se ingenia para alabar una proeza extraor¬ dinaria. La burla, el gab, es la forma grosera del humor caballeresco. En el poema, los gabs de los francos ridiculizan, como puede suponerse, al rey Hugón y a sus griegos. Especialmente, Roldán se compromete a hacer sonar el cuerno con tanta fuerza como para que a Hugón se le pongan los pelos de punta. El incidente no supondría sino una broma de mal gusto sin consecuencias, a no ser porque un espía bizantino, oculto tras una co¬ lumna, lo ha escuchado todo y se apresura a referirlo al rey Hugón. Éste, furioso, desafía a sus huéspedes para que pongan en obras sus jactancias. La intervención divina permite a los francos cumplir en efecto sus gabs y el rey Hugón, vencido, se declara «el hombre», el vasallo, de Carlomagno y ordena se dé una gran fiesta, en la que los dos emperadores ostentan sendas coronas de oro. Sin embargo, ese tipo de desahogos poéticos no podían bastar para satisfacer tantas envidias y rencores acumulados. La envidia latina contra los bizantinos culmina en el asalto del 13 de abril de 1204, con matanza atroz de hombres, mujeres y niños, saqueo en el que se sacia por fin la envidia y el odio. «Desde la creación del mundo, jamás se había obtenido semejante botín en una ciudad», dice el historiador de los cruzados Ville- hardouin. Y el cronista bizantino Nicetas Coniatés añade: «Los mismos 199 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL sarracenos son buenos y compasivos en comparación con esas gentes que llevan la cruz de Cristo en la espalda.» # # # La hostilidad hacia los bizantinos no dejaba de producir cierta crisis de conciencia entre los cristianos medievales que se hallaban en más ín¬ timo contacto con ellos. Frente a los musulmanes, por el contrario, parece que no existía problema. El musulmán es el infiel, el enemigo elegido, con el cual no puede ni soñar en pactar. Entre cristianos y musulmanes, la antítesis es total. Así la define el papa Urbano II al predicar en Cler- mont la I Cruzada en 1095: «¡Qué vergüenza no sería para nosotros si esta raza infiel, tan justamente despreciada, degeneración de la dignidad humana y vil esclava del demonio, triunfase del pueblo elegido de Dios todopoderoso...! A un lado estarán miserables privados de los verdaderos bienes, al otro hombres colmados de verdaderas riquezas. De un lado com¬ batirán los enemigos del Señor, del otro sus amigos.» Tal como afirma el papa, los cristianos ven en los musulmanes una raza de «subhombres». En el cantar de gesta Aliscans, el poeta, refiriéndose a Viviano moribundo, exclama: Quinze blessures a par le corps béantes, Un Sarrasin mourrait de la moins grande. (Quince heridas tiene abiertas en el cuerpo, un sarraceno moriría de la más pequeña de ellas.) Mahoma es uno de los más terribles espantajos de la Cristiandad medieval. Atormenta las imaginaciones cristianas en una visión apocalíp¬ tica. Su nombre no aparece sino con referencia al Anticristo. A mediados del siglo xa, el abad de Cluny, Pedro el Venerable, lo sitúa en la jerar¬ quía de los enemigos de Cristo, entre Arrio y el Anticristo. Joachim de Flore # , a finales del mismo siglo, afirma que Mahoma «prepara el Anticris¬ to igual que Moisés preparó a Jesús». Una caricatura de Mahoma que orna¬ menta el margen de un manuscrito de 1162 —una traducción latina del Corán— lo representa en forma de monstruo. No obstante, la historia de las actitudes que adoptan los cristianos medievales con relación a los musulmanes está llena de variaciones y de matices. Cierto que Alvaro de Córdoba, en el siglo ix, ve en Mahoma a la Bestia del Apocalipsis. Pero Paschase Radbert, aun haciendo especial men- 200 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES ción del antagonismo fundamental (que afronta muy bien desde el punto de vista geográfico) existente entre la Cristiandad, la cual debería exten¬ derse sobre el mundo entero, y el Islam, que le ha arrancado una vasta extensión de la tierra, distingue cuidadosamente entre los musulmanes, que han recibido el conocimiento de Dios, y los gentiles, que lo ignoran todo sobre Él. Hasta el siglo xi, las peregrinaciones cristianas a Palestina, conquistadas por los musulmanes, se efectúan pacíficamente. Tan sólo entre algunos teólogos se pet'fila ya una imagen apocalíptica del Islam. El panora¬ ma cambia por completo en el transcurso del siglo xi, cuando toda una pro¬ paganda que trae a primer plano los odios cristianos contra los secuaces de Mahoma, prepara y organiza las Cruzadas. Los cantares de gesta son el testi¬ monio de ese momento, en que se mezclan los recuerdos de la simbiosis islá- mico-cristiana conseguida en las fronteras de los dos dominios y la afirma¬ ción desde ahora de una confrontación sin piedad. En Mainet, que consti¬ tuye la gesta del pequeño Magno, es decir, de Carlomagno niño, se ve al héroe servir al rey sarraceno de Toledo y recibir de él el título de caballero, como un eco de las realidades españolas histórico-legendarias, encarnadas en el Cid. Pero al mismo tiempo, tanto Carlomagno como la mayor parte de los héroes se presentan en los cantares de gesta animados de un solo deseo: batirse contra el sarraceno y humillarlo. Toda una mitología, que se re¬ sume en el duelo entre el caballero cristiano y el musulmán, reina en adelante. La lucha contra el infiel se convierte en el último fin del ideal caballeresco. El infiel, por otro lado, es considerado desde entonces como un pagano, un pagano endurecido, que se ha negado definitivamente a la verdad, a la conversión. En la bula de convocatoria del IV Concilio de Letrán (1213), Inocencio III llama a los cristianos a la Cruzada contra los sarracenos, a los que trata de paganos, y Joinville denomina constante¬ mente al mundo musulmán como la paiennie, la paganidad. Y, no obstante, a través de ese telón corrido entre cristianos y musul¬ manes, que parece no levantarse si no es para combatir, a través de ese frente guerrero, los intercambios, las corrientes pacíficas continúan e in¬ cluso se amplifican. Intercambios comerciales en primer término. El papado nada logra con decretar el embargo sobre las mercancías cristianas destinadas al mun¬ do musulmán. El contrabando sobrepasa tales prohibiciones. Los papas terminan por admitir derogaciones, brechas en ese bloqueo con que los cristianos padecen más que los musulmanes, y llegan incluso a conceder licencias. Los venecianos se muestran maestros en el juego. En 1198, por ejemplo, tras convencer al papa de que, desprovistos como están de re- EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 47 A 73 47. GEOGRAFÍA MEDIEVAL: LOS TRES CONTINENTES. La personificación de África, Asia y Europa ha sido un tema favorito de la iconografía románica, a cuya populari¬ dad han contribuido seguramente las Cruzadas. Estas estatuitas de bronce dorado y cincelado que adornan la base de un candelabro pascual fueron fundidas por separado hacia el 1170. Bello ejemplar procedente de la re¬ gión del Alosa, que exportó e irra¬ dió su arte por toda la Cristiandad a finales del siglo XI y en el transcur¬ so del XII, gracias a la incompara¬ ble maestría que' poseían sus talleres en las artes del metal. (Hildesheim, Cúpula.) 4.8. COSMOGRAFÍA MEDIEVAL: EL AIRE Y LOS VIENTOS. Esta miniatura del Líber pontificalis de Reims (colección del siglo XII don¬ de se reseñan las funciones litúrgicas del obispo, perteneciente al capítulo de la catedral) demuestra que el moti¬ vo oriental de los personajes radiales inscritos en una esfera ha sido imitado por la ciencia alegórica de la Edad Me¬ dia. En la miniatura, el aire, fuente de toda armonía, rodeado de Orfeo, de Pi- tágoras y de Arión, se inscribe en un circulo que contiene en medallones la representación de las nueve Alusas. Con las manos y los pies sujeta las cabezas aladas de los cuatro vientos. (Reims, Biblioteca Municipal, núme¬ ro 672.) 4 Q. TEOLOGÍA DE LOS ELEMENTOS: SIM¬ BOLISMO Y VIDA DE LA PIEDRA. La piedra ha desempeñado un papel de primera linea dentro del simbolis¬ mo cristiano (en especial se utiliza la comparación entre la piedra y la Igle¬ sia). El aistianismo ha heredado, sin duda alguna, en este dominio algunas de las concepciones hilozoistas griegas, de acuerdo con las cuales la materia es¬ taba animada de vida. La miniatura pertenece al famoso manuscrito del co¬ mentario al Apocalipsis de Beatus, es¬ crito en la abadía de Saint-Sever en el siglo XI (véase il. 89). Ilustra el co¬ mentario al Libro de Daniel hecho por San Jerónimo, al cual se ajusta, por razón de su carácter escatológico, el co¬ mentario de Beatus. Daniel comenta el sueño de Nabucodonosor (Daniel 2, 91-47), que ha visto una piedra caída de una montaña golpear la estatua del coloso de pies de barro, romperla y convertirse en una montaña que llena toda la tierra. La piedra anuncia el rei¬ no de Dios, que destruirá los reinos te¬ rrestres, hechos de hierro, de bronce, de plata y de oro, pero cuyos pies son de barro. (París, Biblioteca Nacional, manuscrito latino 8878, fol. 5/ vuelto.) 50. TEOLOGÍA DE LOS ELEMENTOS: EL AGUA. LOS CUATRO RÍOS DEL PARAÍSO. El tema de los cuatro ríos del Paraíso aparece por vez primera en un mosai¬ co de San Juan de Letrán (Roma) a co¬ mienzos del siglo IV. A partir del si glo XI, la representación se hace más 202 [i' .o "íl'.V Iwl WíK p¡MO áj ’ I H llü 4VWH V/tWí MV« VjB- KMÜ Í|10 i ¿ ¡ *rr. .... nt’ll'' v-'-w "jal. « x\¡ T|X " •* --í#*y 1 Ipl Ü , ' Jr H • j* t : 9 m ‘ FaiJ-K ¡M Mwfi •Jr VJv wm ASjNii! ■ Jj|| p> Kcp'ySrl ffc v4*A •^^Npi p Si r ' 1 "^Sw W ■%££&£& SWt 'MM: Á n^LmL ' áÉÍj;flL W EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 47 A 73 [recuente y los ríos son personificados a la manera de los dioses-fuentes anti¬ guos (véase il. 84 y Idm. en colores Vil). Su simbolismo se enlaza evidentemente con el mito del paraíso terrestre, pero también con el poder salvifico del agua, fuente de vida. Reciben su virtud del Salvador (véase il. 84), es decir, de Cris¬ to, simbolizado aquí en el centro por el Cordero. Esta placa de cobre, em¬ pleada como cubierta de un evangelia¬ rio, es producto del arte de la región del Mosa y data del siglo XII. Ha sido atri¬ buida a Godefroid de Claire de Huy (véase il. ni). (París, Museo de Cluny.) 51. EL SENTIMIENTO DE LA NATURALE¬ ZA: «LA BELLA SELVA». La miniatura ornamenta un manuscri¬ to de los Carmina Burana, colección de poemas goliardescos compuesto en el curso del siglo XIII y procedente del monasterio bávaro de Benediktbeuern en Baviera. La mayor parte de los can¬ tos están escritos en latín y algunos, muy pocos, en lengua vulgar alemana, como el poema lírico —complemento a un elogio en latín del verano y de Ve¬ nus — que ilustra esta miniatura. El sentimiento completamente profano de la naturaleza no se acompaña, sin em¬ bargo, de una ejecución realista. En ese bosque mágico, bajo los árboles extra¬ ñamente estilizados, cohabitan el caba¬ llo, el león, el ciervo, la liebre y toda una población de pájaros. La miniatu¬ ra ha recibido el nombre de la Bella Selva y de ella se ha dicho que expre¬ saba los más antiguos “murmullos de la selva”. (Munich, Biblioteca del Es¬ tado bávaro, Clm 4660, fol. 64 vuelto.) 52. CARTOGRAFÍA MEDIEVAL: EL MUNDO EN EL SIGLO XIII. Ejemplar característico de la cartogra¬ fía medieval. Mapa en forma de rueda, donde los tres continentes aparecen dis¬ puestos en forma de T en torno al Mediterráneo central. Jerusalén, “om¬ bligo del mundo”, ocupa el centro. El paraíso terrenal se encuentra en el ex¬ tremo superior, con la región donde están encerrados Gog y Magog, a la izquierda. Europa ha resultado privi¬ legiada gracias a la coloración. La figu¬ ración es urbana, hasta el punto de hacerlo parecer una curiosa colección de ciudades, fruto de la mentalidad histórico-geográfica cristiana. En Euro¬ pa figuran Roma, Atenas, Constanti- nopla y París (el mapa ha sido dibu¬ jado en Saint-Denis). En Africa, una ciudad anónima en el Norte y, en Egipto, Alejandría y Babilonia de Egip¬ to (El Cairo). En Asia, Jerusalén, Na- zaret. Damasco, Antioquia, Troya, La Meca, Babilonia y Níniue. Alrededor, en los hemicírculos, los Doce Vientos, orientados según los puntos cardinales. El mapa ilustra un manuscrito de las Chroniques de Saint-Denis, escrito en francés a finales del reinado de San Luis, a petición del rey, por el monje Primat, que ofreció el libro a Feli¬ pe III hacia 1275. Carlos V, que poseyó el manuscrito, lo hizo copiar. (París, Biblioteca Sainte-Geneviéve, manuscri¬ to 782, fol. 3J4 vuelto.) SOf, EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 47 A 73 53. LOS PELIGROS DE LA RUTA: EL BUEN SAMARITANO. Esta miniatura decora un rico manus¬ crito, el Codex aureus o evangeliario de Enrique III, escrito en Renania a petición de los emperadores Conra¬ do II y Enrique III hacia 1036 y ofre¬ cido por este último a la catedral de Spira, fundada por su padre. La ilus¬ tración del Evangelio sirve de pretex¬ to para anécdotas y lecciones morales. En este caso la parábola del Buen Sa- maritano ilustra los peligros corridos durante los viajes: las asechanzas de los ladrones suponen una realidad co¬ tidiana para el viajero medieval. Re¬ presenta al mismo tiempo una imagen de la condición del hombre, asaltado por las tentaciones y los pecados. En la vidriera de Setis en que figura asimis¬ mo la escena, la víctima se halla desig¬ nada con el nombre de Homo, el Hom¬ bre. (Biblioteca del Escorial. Codex Aureus, Cod. Letrinas 17.) 54. el infiel: un sarraceno. La lucha contra el infiel constituye el deber del caballero, particularmente a partir del siglo XI. El infiel por anto¬ nomasia es el musulmán, cuya colora¬ ción morena es exagerada a veces, como en la presente ilustración, hasta el ne¬ gro, color del Diablo. El signo distin¬ tivo de su vestidura es con frecuencia el turbante, que presenta formas diver¬ sas (véase ilustración 56). (Pernes-les- Fontaines, Vaucluse, Torre Ferrande, hacia 1275.) 55. los paganos : llegada de san ADALBERTO AL TERRITORIO DE LOS PRU¬ SIANOS. Probablemente ejecutado hacia j/75 por artistas moseleses, o formados en la región del Mosa, e inspirándose en la puerta de Hildesheim, ese tablero de una puerta de bronce perteneciente a la catedral de Gniezno representa a San Adalberto desembarcando en Pru- sia para convertir a los paganos. El obispo de Praga, descorazonado por la mala voluntad de sus ovejas, se había retirado a Roma. Más tarde, había pe¬ dido permiso al papa para evangeli¬ zar a los feroces prusianos. Murió már¬ tir en Prusia, en el año 997, y la evan- gelización de los paganos no fue reali¬ zada sino por los Caballeros Teutóni¬ cos, ya en el siglo XIII. El principe po¬ laco Boleslao el Valiente compró las reliquias de San Adalberto a los pru¬ sianos y las depositó en Gniezno, la metrópoli religiosa de Polonia. Los checos se apoderaron de ella y la lleva¬ ron a Praga. No obstante, en la segun¬ da mitad del siglo XII, el príncipe Mesco el Viejo, buscando la manera de luchar contra la anarquía que reinaba en Polonia, se sirvió del culto a San Adalberto como de un instrumento para suscitar el patriotismo polaco y la restauración de la monarquía. Se representa aquí el tema del viaje de un santo en un navio y el grupo de los pa¬ ganos con sus aditamentos correspon¬ dientes: armamento, cabellos largos y bigotes. (Gnienzo, catedral.) S04 EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 47 A 73 56. LOS infieles: un caballero de LA RECONQUISTA Y UN MORO. Este bajo relieve del siglo XII, que se conserva en una casa particular de Tu- déla, procede sin duda de la colegiata vecina y encarna el ideal de los caba¬ lleros cristianos de la Reconquista. Un caballero montado sobre un robusto caballo, vestido con la cota de mallas y protegido por su escudo y por un yel¬ mo cónico, blande una pesada espada en disposición de enfrentarse con un musulmán, el cual se arrodilla sumiso. (Tudela, casa particular.) 57. EL ANTISEMITISMO: UN JUDÍO LAPI¬ DANDO A SAN ESTEBAN. El antisemitismo, que se formó viru¬ lento en Occidente a partir del si¬ glo XI, particularmente con las Cru¬ zadas, trató de buscarse una justifica¬ ción, ya sea acusando de atrocidades a los judíos de la época, ya sea revalori¬ zando las escenas del Evangelio que parecían requerir la venganza de los cristianos de la Edad Media. El perso¬ naje de la ilustración pertenece a un grupo de cuatro judíos lapidando a San Esteban. Las estatuillas, en bronce dorado, fueron fundidas hacia 1208 para adornar una escudilla de plata bi¬ zantina, traída de la Cruzada por el arzobispo de Halberstadt (Halberstadt, catedral.) 58. CULMINACIÓN DE UNA PESADILLA medieval: la torre de babel. Pieter Breughel el Viejo pintó en 1563 esta Torre de Babel que, a despecho del realismo de los detalles, expresa, por la mo?istruosidad de sus dimensio¬ nes, la impresióji de pesadilla que la mayor parte ele las gentes de la Edad Media experimentaban ante la evo¬ cación del episodio bíblico. (Viena, Kunsthistorisches Museum.) 59. PERMANENCIA DE UN «EXEMPLUM» medieval: la parábola de los CIEGOS. Escena pintada en 1368 por Pieter Breughel el Viejo (una copia bastante inferior de ese cuadro, realizada por su hijo, se conserva en el Museo del Louvre de París). En ella ha expresado todo el horror de la Edad Media ante los ciegos: realidad física y social de los enfermos e impedidos, abandona¬ dos a la vagancia, tras la cual desapa¬ rece casi por completo la lección mo¬ ral. (Ñapóles, Museo Nazionale.) 60. obsesiones medievales : TENTA¬ CIONES DE SAN ANTONIO. Las tentaciones de San Antonio pare¬ cen haber sido rechazadas largo tiempo por el arte medieval, aunque la Leyen¬ da dorada las haya evocado. Las va¬ riantes sobre el tema del ermitaño asaltado por demonios, machos y hem¬ bras, se desborda durante los si¬ glos XIV y XV con el desencadena¬ miento de la lucha contra la hechice¬ ría. Intérprete de las obsesiones medie¬ vales, Jerónimo Bosch añade a ellas una imaginación y un delirio total¬ mente nuevos. Como lo ha visto acer¬ tadamente Jurgis Baltrusaitis, se alian en sus pinturas cuerpos vivientes y ma- 205 >9 EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 47 A 73 terias inorgánicas: “El hierro, la arci¬ lla, la madera se confunden con la car¬ ne.’’ Bosch da las más insoportables prolongaciones a la unión del hombre con la bestia o la planta, que la ima¬ ginación medieval había ya realizado (cuadro de rjpo). (Madrid, Museo del Prado.) 6l. EMBELLECIMIENTO DE UN SUEÑO ME¬ DIEVAL: EL PAÍS DE JAUJA O DE COCAÑA. Este cuadro, pintado por Pieter Breu- ghel el Viejo en 1567, combina dos te¬ mas medievales: el del país de Jauja o de Cocaña, del hambre satisfecha sin trabajo, del hartazgo, y el de los tres estados de la sociedad. Un clérigo, un guerrero y un campesino, una vez har¬ tos, duermen la siesta echados debajo de una mesa. Huevos, cerdo, tarta, aves o caza, esta utopia gastronómica sigue siendo muy campesina. (Munich, Pina¬ coteca.) 62 y 63. LA INICIACIÓN DE LA HISTORIA humana: adán y eva. Pocos temas han disfrutado de mayor éxito durante la Edad Media que las aventuras de Adán y Eva. Ellas permi¬ ten decir y mostrar aquello que es más esencial: el nacimiento de la historia, los comienzos del hombre y del huma¬ nismo, las relaciones entre el hombre y Dios, la felicidad y la desgracia, el pecado, con su sanción, pero también con su seducción, el cuerpo humano en su desnudez y el más bello cuadro del mundo: el paraíso terrenal. He aquí dos momentos de esas aventuras: La vida feliz en el paraíso (il. 62) y 1,3. fal¬ ta (il. 63). Ambas esculturas en bronce (1186) adornan las puertas de la cate¬ dral que el rey normando de Sicilia, Guillermo II (1166-1189), hizo colocar en su residencia de Monreale, cerca de Palermo. El autor es el mismo que la¬ bró la puerta de bronce que figura en la catedral de Pisa (1180), Bonnano Pisano. A diferencia de las puertas de bronce del Norte, las italianas imitan a las bizantinas. (Monreale, catedral.) 64. LA INICIACIÓN DE LA HISTORIA HU¬ MANA: ADÁN Y EVA Y LA SERPIENTE. No sólo el material, sino también el tema explican la brutalidad de esta es¬ cena. En ella se ha tratado de subrayar el pecado, “el mal”. El hombre se ve aplastado por el enemigo, exterior e in¬ terior (entre 1067 y 1108). (Saint-Be- noit-sur-Loire, capitel del brazo sur del pequeño crucero.) 65. LA HISTORIA SAGRADA: EL ÁRBOL DE JE^SF,. La profecía de Isaías (11, 1-3): “Y una rama saldrá del tronco de Jesé y de su raíz nacerá una flor y el Espíritu del Señor reposará en él”, ha permitido crear una visión de la Historia Sagra¬ da propia para satisfacer a la Iglesia. Jesé engendra los reyes de Judá, de los que sale María, que da nacimiento a Jesús. Los profetas anuncian el acon¬ tecimiento. De esta manera el Antiguo y el Nuevo Testamento quedan unidos. 206 EPIGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 47 A 73 La realeza divina se alia con la reale¬ za terrestre, que recibe de ella inspira¬ ción y brillo. Según Emile Male, fue Suger quien lanzó la moda del tema, inspirado acaso en un drama litúrgico muy popular a comienzos del siglo XII: Drama de los profetas de Cristo, que aparece por primera vez en un ma¬ nuscrito de Saint-Martial de Limoges y data aproximadamente de 1100 (Pa¬ rís, Biblioteca Nacional, manuscrito la¬ tino 1139). En el drama, que solía re¬ presentarse en Navidad, Isaías pronun¬ ciaba su profecía sobre la descenden¬ cia de Jesé. Aquí, en una miniatura de la segunda mitad del siglo XII, que figura en un manuscrito de las Louan- ges de la Sainte Croix de Raban Maur, Jesé, del que salen David, María y Je¬ sús, coronado por el Espíritu Santo, se halla rodeado por Ezequiel, la Sibila, Salomón, Abacuc, Daniel, San Juan Bautista, Isaías y Sofonías. (Douai, Bi¬ blioteca Municipal, manuscrito 940, fol. 11.) 66. HISTORIA PROFANA DE LA ANTIGÜE¬ DAD Y SIMBOLISMO TIPOLÓGICO. A partir de mediados del siglo XII, en un momento en que la Iglesia se ve obligada a luchar contra el catarismo, herejía que rechaza en todo o en par¬ te el Antiguo Testamento, se desarro¬ lla una forma de simbolismo hasta entonces discreto, que pone en rela¬ ción los hechos anteriores a la encar¬ nación de Jesucristo, los “tipos”, con los hechos homólogos del Nuevo Tes¬ tamento, o “antitipos”. Es el llamado simbolismo tipológico, uno de los pri¬ meros ejemplos desarrollados del cual es el pie de cruz de Saint-Denis (véa¬ se il. 111). Tal simbolismo alcanzó una popularidad extraordinaria desde prin¬ cipios del siglo XIV, gracias a la difu¬ sión y la ilustración de dos obras que exponían toda la Historia Sagrada con ayuda de este método: la Biblia de los pobres y el Espejo de la salvación hu¬ mana. En el Espejo, cada hecho del Nuevo Testamento viene anunciado por tres “tipos”. No alcanzando a ve¬ ces la Historia Sagrada para propor¬ cionar estas prefiguraciones, el Espejo recurre a la historia profana de la An¬ tigüedad. La ilustración representa un fragmento de una miniatura que for¬ ma parte de un manuscrito del Spccu- lum humanae salvationis, copia hecha hacia 1936 de un manuscrito de la aba¬ día de Weiszenau, perteneciente al monasterio de Kremsmünster. En él fi¬ guran dos tipos de la Virgen: la hija de Jefté y Semíramis en el jardín sus¬ pendido. Se relaciona con el tema del jardín cerrado, símbolo de la virgini¬ dad. Semíramis se vuelve hacia él, como María, en su vida contemplati¬ va, se vuelve hacia la ciudad celeste. (Viena, Biblioteca Nacional, códice SN 2612, fol. 8 vuelto.) 67. UN HÉROE ANTIGUO ADOPTADO Y ADAPTADO POR LA EDAD MEDIA: ALEJAN¬ DRO EN BATISCAFO. La Antigüedad pagana, expulsada de la Historia por el cristianismo, reapa¬ rece en la Edad Media con la novela EPIGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 47 A 73 de aventuras. El héroe más popular de las novelas antiguas fue Alejandro, convertido en un superhombre, explo¬ rador de las maravillas de la tierra, el mar y el cielo. Esta miniatura de La verdadera historia del buen rey Ale¬ jandro (finales del siglo XIII) ilustra «comment Alixandres se fet caler en la mer en 1 tonnel de voirre», es decir, cómo se hizo descender hasta el fondo del mar en un tonel de vidrio para escrutar sus secretos. (Bruselas, Biblio¬ teca Real, manuscrito 11040, fol. 70 vuelto.) 68. LA HISTORIA ANTIGUA EN LA EDAD media: dido y eneas. La mitología medieval reserva un lu¬ gar para Virgilio, si bien lo hace de manera burlesca (al igual que un Aris¬ tóteles), como ocurre en un fabliau que lo presenta victima de una coque¬ ta (capitel de la Trinidad de Caen), o lo convierte en un precursor del cris¬ tianismo, basándose en su Égloga IV. De este último modo aparece a veces inserto en el árbol de Jesé. Su obra será bien acogida en las escuelas de Chartres, especialmente durante los si¬ glos XI y XII, como una Sumraa filo¬ sófica, una enciclopedia poética. Por ejemplo: en un scriptorium de Bene- vento, en el sur de Italia, se han en¬ contrado, sólo para el periodo de los siglos X-XII, ocho manuscritos de Vir¬ gilio con glosas. Sobre este manuscrito, glosado de La Eneida, que data del si¬ glo X y procede del mencionado scrip¬ torium, se ve a Eneas haciendo a Dido la narración de la caída de Troya, al comienzo del canto II. (Nápoles, Bi¬ blioteca Nacional, manuscrito latino 6, fol. 55 .) 69 y 70. LAS LEYENDAS GERMÁNICAS EN LA CRISTIANDAD: LA LEYENDA DE SIGURD EN NORUEGA Y EN ESPAÑA. Las rutas, el comercio y las peregrina¬ ciones han propagado los mismos temas de un extremo a otro de la Cristian¬ dad. La leyenda pagana escandinava de Sigurd Favnesbano se encuentra lo mismo en los montantes de la puerta de una iglesia en madera de Hylestad, Noruega (hacia 1200), que esculpida en piedra en el pórtico de la iglesia protogótica de Santa María la Real en sobre un camino de la Reconquista, en mino de Santiago de Compostela que sobre un camino de la Reconquista, en la cual participaron Sigurd Jorsalafak, rey de Noruega, y Carlos de Dinamar¬ ca, pariente del rey de Aragón, Alfon¬ so el Batallador. El episodio de Hyles¬ tad que se ve en la ilustración es aquel en que Sigurd, vestido de caballero, da muerte al herrero (personaje admirado y maldito a la vez). En Sangüesa, Si¬ gurd mata al dragóti Fafner y entrega el corazón del monstruo al herrero Re- gin, el cual forja con él su espada. (II. 69: iglesia de Hylestad, Setesdal, Noruega. II. yo: iglesia de Santa María la Real, Sangüesa, Navarra, España.) 71. UN HÉROE MEDIEVAL : CARLOMAGNO. De todos los personajes del pasado me¬ dieval, es Carlomagno el que ha goza- 208 EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 47 A 73 do de mayor popularidad en toda la Cristiandad. En este manuscrito de las Crónicas de Saint-Denis, terminado ha¬ cia 1275 (véase il. 72), la miniatura ilus¬ tra el comienzo del episodio de Ron- cesvalles. Carlomagno envía al traidor Ganelón cerca de los dos reyes sarra¬ cenos de Zaragoza: Marsilio y Baligan- do. Los artistas obtienen su inspiración de las narraciones que, en tiempo de las Cruzadas, se habían hecho sobre Carlomagno, el primer cruzado (Viaje a Oriente, compuesto por un monje de Saint-Denis hacia 1124) y que, en la época de la Reconquista, habían desa¬ rrollado el episodio de Roncesvalles (Crónica del Pseudo-Turpín, extraída entre 1140 y 1150 del Libro de Santia¬ go). Un monje de Aquisgrán las reunió por orden de Federico Barbarroja. Las leyendas de Rolando y de Carlomagno aparecen gráficamente relatadas en una vidriera ofrecida por el gremio de pe¬ leteros a la catedral de Chartres (si¬ glo XIII). (París, Biblioteca Sainte-Gc- neviéve, manuscrito 771.) 72. UN EPISODIO DE HISTORIA NACIO¬ NAL: EL BAUTISMO DE CLODOVEO. No existe ningún acontecimiento que haya sido más importante para los re¬ yes de Francia (los Cape tos pretendían descender de sus predecesores carolin- gios y merovingios y, más allá de ellos, del troyano Francus) que el bautismo de Clodoveo, determinante del triunfo conseguido por los soberanos francos. Debido a esto, la escena ha sido repre¬ sentada con frecuencia. En esta minia¬ tura, correspondiente a un manuscrito que narra la vida de San Dionisio, eje¬ cutado en el scriptorium de la abadía en 1270, aparecen representados los actos esenciales: Dios, bajo la forma de la paloma del Espíritu Santo, lleva la Santa Ampolla, con la cual San Remis consagra al rey, que es también coro¬ nado. (París, Biblioteca Nacional, nue¬ vas adquisiciones francesas, 1098, fo¬ lio 70.) 73. LA HISTORIA CONTEMPORÁNEA: LAS GRANDES CRÓNICAS DE FRANCIA. Los monjes de Saint-Denis ayudan a los Capetos por diversos procedimien¬ tos, especialmente redactando una his¬ toria nacional, centrada en la monar¬ quía y mantenida al corriente de la ac¬ tualidad. Esta miniatura se encuentra dos veces (fol. 1 y, en la ilustración, fo¬ lio 726 vuelto) en el manuscrito termi¬ nado en Saint-Denis hacia 1277, y cuya narración llega hasta la muerte de Fe¬ lipe Augusto (véase ils. 52 y 71). Ade¬ más, reproduce en forma de apéndice las Enseñanzas de San Luis, a la ca¬ beza de las cuales figura esta escena. El redactor, el monje Primat, seguido del abad de Saint-Denis, Mathieu de Ven¬ dóme, y tres monjes, ofrece el manus¬ crito a Felipe III, asistido de sus con¬ sejeros laicos. (París, Biblioteca Sainte- Geneviéve, manuscrito 782, fol. 726 vuelto.) 209 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL cursos agrícolas, no pueden vivir si no es del comercio, obtienen de Ino¬ cencio III la autorización para comerciar «con el sultán de Alejandría», a excepción, claro está, de ciertos productos estratégicos, incluidos por el papado en una lista negra impuesta a la Cristiandad: hierro y armas, pez, alquitrán, madera de construcción, barcos. Intercambios intelectuales también. No es que los intelectuales cris¬ tianos sientan la tentación de pasarse al otro lado. Únicamente Abelardo # ha pensado por un momento en ello, desalentado, al parecer, por la perse¬ cución organizada contra él por San Bernardo y Guillermo de Saint-Thier- ry. «Caí —confiesa— en una tal desesperación que ya me disponía a dejar la Cristiandad para irme entre los paganos y asegurarme, mediante el pago de algún tributo, una vida tranquila y cristiana en medio de los enemigos de Cristo.» Pero, en el punto culminante de las Cruzadas, la ciencia árabe se desborda sobre la Cristiandad y, si no lo suscita, nutre por lo menos lo que se ha dado en llamar el Renacimiento del siglo xii. A decir verdad, lo que los árabes aportan a los sabios cristianos es, en su mayor parte, la ciencia griega atesorada en las bibliotecas orientales. Los sabios musulma¬ nes la ponen en circulación y la llevan hasta el extremo del Islam occi¬ dental, España, adonde los clérigos cristianos acuden ávidamente a res¬ pirar, a medida que se desarrolla la Reconquista. Toledo, conquistada pol¬ los cristianos en 1085, se convierte en el polo de atracción de esos sedientos, que son, por lo menos durante la primera época, casi siempre traductores. La moda de la ciencia musulmana ha llegado a tal extremo en la Cris¬ tiandad, que Adelardo de Bath declara que, para imponer sus ideas perso¬ nales, ha debido atribuirlas con frecuencia a los árabes. Más todavía. En Tierra Santa, lugar principal de la confrontación guerrera entre cristianos y musulmanes, se establecen rápidamente rela¬ ciones de coexistencia pacífica. Es un cronista musulmán, el español Ibn Jobair, quien lo afirma, por otra parte, con admiración escandalizada, en ocasión de un viaje a Palestina realizado en 1184: «Los cristianos obligan a los musulmanes, en su territorio, a pagar una tasa, que es aplicada con toda buena fe. Esos mercaderes cristianos, a su vez, pagan en la zona mu¬ sulmana por sus mercancías. El buen acuerdo entre ellos es perfecto y la equidad es observada en todas las circunstancias. Mientras las gentes de guerra se ocupan en su guerra, el pueblo permanece en paz... La situación del país, desde este punto de vista, es tan extraordinaria que el discurso no sería capaz de agotar la materia. ¡Que Dios exalte la palabra del Islam con su favor I » 210 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES * * # Al lado de esos especiales ((paganos» que son los musulmanes y ante los cuales la única actitud oficial cristiana puede ser la guerra santa, otros paganos, los que todavía adoran ídolos, se presentan de una manera com¬ pletamente distinta: como posibles cristianos. Hasta finales del siglo xm, cuando ya la Cristiandad se encuentra casi definitivamente constituida en Europa al oeste de Rusia, de Ucrania y de los Balcanes, un trabajo mi¬ sionero casi incesante dilata el mundo cristiano. Una vez convertidos a la ortodoxia católica los invasores arríanos —visigodos y lombardos especial¬ mente— y, más tarde, al comienzo del siglo vil, los anglosajones paganos, ese frente de evangelización, como hemos visto, se sitúa al este y al norte de Europa, tendiendo a confundirse con la expansión germánica. Cristia¬ nizada de manera más o menos pacífica la Germania occidental por los misioneros anglosajones, el más ilustre de los cuales fue San Bonifacio * (Winfrid), los carolingios (comenzando por Carlomagno, cuya conducta con respecto a los sajones es típica) inauguran una tradición de cristianización belicosa y forzada. La actitud defensiva de los carolingios frente a los paganos subsiste todavía hasta el 955, año en que se produce la doble victoria de Otón I sobre los magiares y los eslavos del Este y a partir de la cual se inicia una prolongada política agresiva por parte de los germanos, que proceden a la conversión de los paganos por la fuerza. A principios del siglo xi, Bruno de Querfurt reprocha a Enrique II, rey de Germania, no coronado aún emperador, el hecho de guerrear contra cristianos, los po¬ lacos, y olvidarse de los lutecios paganos, a los que conviene, según la pa¬ labra del Evangelio, forzar por las armas a entrar en la Cristiandad. A par¬ tir de ahora, el compelle intrare pasa a ser la consigna ante los paganos, a los cuales se aplica con facilidad el apelativo de bárbaros. El cronista Gallus Anonimus, en el siglo xii, al situar geográficamente a Polonia, es¬ cribe: «Hacia el mar septentrional, tiene por vecinas tres naciones de bárbaros, la Seleucia (país de los lutecios), la Pomerania y la Prusia, contra las cuales el duque de Polonia combate sin cesar, a fin de convertirlas a la fe. Pero no ha conseguido arrancar la perfidia de su corazón por la espada de la predicación ni extirpar su raza de víbora por la espada de la matanza.» En efecto, frente a ese proselitismo conquistador, las resistencias son fuertes y los despertares del paganismo numerosos y violentos. En el año 973, una gran insurrección eslava, en el país de los veletas y de los obo- dritas, desbarata toda la organización eclesiástica entre el Elba y el Oder; 211 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL en 1038 se produce la sublevación popular polaca a favor del paganismo; en 1040 llega para Hungría la ocasión de apostatar. Y Gallus Anonimus subraya: «Los príncipes de estas naciones bárbaras vencidos en el combate por el duque de Polonia se refugian a menudo en el bautismo, pero, en el momento en que rehacen sus fuerzas, abjuran de la fe cristiana y reanudan la guerra contra los cristianos.» La predicación cristiana obtuvo casi siem¬ pre un fracaso cuando trató de dirigirse a los pueblos paganos y de per¬ suadir a las masas. En general, no triunfó sino cuando supo conquistarse a los jefes y a los grupos sociales dominantes. Para los bizantinos y los musulmanes, la integración en la Cristiandad romana hubiera significado una pérdida cultural, la degradación a una cultura inferior. Para los pa¬ ganos, en cambio, entrar en la Cristiandad suponía una promoción. Así lo comprendieron el franco Clodoveo a principios del siglo vi, el normando Rollón en el 911, el polaco Mesco en el 966, el húngaro Vaik (San Esteban) en el 985, el danés Harald del Diente Azul (950-986), el noruego Olaf Triggveson (997-1000). Por otra parte, las revueltas paganas toman forma, con frecuencia, de insurrecciones sociales. Las masas retornan al paganismo por hostilidad contra sus dirigentes cristianizados, que disponen, como nor¬ ma, de fuerzas suficientes para reprimir rápidamente esas sublevaciones. De esta manera, la «nueva Cristiandad» medieval, contrariamente a la Cristiandad primitiva, largo tiempo integrada en su mayoría por gentes humildes, que habían acabado por imponer su fe al emperador y a una parte de las clases dirigentes, era una Cristiandad que había empezado por arriba y había sido convertida por la fuerza. No conviene perder nunca de vista esta mutación sufrida por el cristianismo en la Edad Media. En ese mundo de violencia, la primera violencia estuvo constituida por la conversión. Para esos hábiles jefes, que reconocieron el poder de promo¬ ción del cristianismo, la única duda estribó a veces en la elección entre Roma y Constantinopla. Mientras que polacos y húngaros, directa o indi¬ rectamente, se decidieron por Roma, rusos, búlgaros y servios se inclinaron por Bizancio. Una curiosa lucha de influencias se entabló en la Gran Moravia durante el siglo ix: el episodio de Cirilo y Método y el original ensayo de un cristianismo romano con una liturgia eslava. Tentativa tan efímera como el Imperio de la Gran Moravia. El catolicismo romano se impondría por fin en Moravia y en Bohemia con el Estado feudal de los Przemyslidas. Estabilizada al norte de la cuenca occidental del Mediterráneo, donde, si bien consiguió rechazar a Bizancio y al Islam de España, Sicilia e Italia del Sur, fracasó en el siglo xm en lo que respecta a Grecia y Palestina, 212 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES la Cristiandad occidental se fijó, pues, durante ese mismo siglo xm, desde Lituania a Croacia. * # # Fue entonces cuando esa Cristiandad descubrió, entre los musulmanes y los bárbaros, una tercera especie de paganos: los mongoles. El mito mon¬ gol es uno de los más curiosos de la Cristiandad medieval. Los cristianos de la Europa Central, de la Pequeña Polonia, de la Silesia y de Hungría no podían dejar de reconocer en aquellos a los que llamaban tártaros y que los habían asolado en destructoras incursiones, a paganos puros y simples, que podían figurar entre los más crueles que las invasiones orientales em¬ pujaran hacia el Oeste. (Haciéndose eco de su terror, el cronista Mateo París escribe: «Son seres inhumanos y semejantes a bestias, que más bien deben denominarse monstruos que hombres, que tienen sed de sangre y que la beben, que buscan y devoran la carne de los perros e incluso la carne humana.») En el resto de la Cristiandad, por el contrario, entre los príncipes, los clérigos y los mercaderes, los mongoles hicieron nacer extraños sueños. Se les imaginó, no sólo dispuestos a convertirse al cristianismo, sino ya convertidos en secreto y sin aguardar más que una ocasión para declararlo. El mito del Preste Juan, por ejemplo, ese misterioso soberano cristiano, situado durante el siglo xm en Asia (antes de serlo en África, durante el xv), na¬ cido en las imaginaciones occidentales a favor de vagas noticias recogidas sobre los pequeños núcleos de cristianos nestorianos que habían sobre¬ vivido en Asia, fue a recaer sobre los mongoles, a los que se creyó ya ga¬ nados por él al cristianismo. Un gran sueño se desarrolló a partir de esta ilusión: el de una alianza entre cristianos y mongoles, que, al oprimir al Islam en su abrazo, terminaría por destruirlo o convertirlo y haría, al fin, reinar la verdadera fe sobre toda la tierra. Tal fue la inspiración de las misiones enviadas a mediados de siglo a los mongoles: dos encomendadas a los dominicos y dos a los franciscanos por el papa Inocencio IV en 1245, una embajada despachada en 1249 P or San Luis y aun en 1253 una misión dominica y la del franciscano flamenco Guillermo de Rubruk. Dos precio¬ sas narraciones de viajes nos han quedado de esas aventuras, la de Gui¬ llermo de Rubruk y la de otro franciscano, el italiano Juan de Plan Car- pin. Embajadas de la gran esperanza, que terminaron en inmensas decep¬ ciones. Decepción de San Luis, que nos relata Joinville: «El rey se arre¬ pintió mucho de haber enviado mensajeros y presentes.» Decepción de Marco Polo, que intentó justificar, hacia finales de siglo, las esperanzas 213 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL puestas en la conversión de los mongoles y explicar su fracaso: «Si hom¬ bres hábiles en predicarles nuestra fe hubiesen sido enviados por el papa, el Gran Kan se habría hecho cristiano, porque es tenido por cierto que tenía gran deseo de serlo.» Explicación basada en la mediocridad de los individuos, que permite al sueño sobrevivir, pero que no llega a engañar. Por otra parte, y en la misma página, Marco Polo pone en boca del Kan Gubilai un discurso en que el soberano mongol explica muy bien la incompatibilidad existente entre las estructuras sociales y políticas de los tártaros y el cristianismo. El mito mongol suscitará alrededor del 1300 algunas expediciones más. Una serie de misiones, entre las que destacan las de Juan de Monte Corvino y del franciscano Odorico de Pordenone, consiguieron incluso la formación, aunque efímera, de pequeñas cristiandades asiáticas. La Cristiandad me¬ dieval continuó siendo europea, pero se había aventurado hasta los confines del mundo. «Los tártaros —escribe Joinville— eran originarios de una gran llanura de arena inculta y estéril. Esta llanura empezaba en una cadena de peñascos maravillosos, que forman los confines del mundo por el lado de Oriente y que nadie ha atravesado jamás, según testimonio de los tártaros, quienes aseguran que allí se encuentran constreñidos los pue¬ blos de Gog y de Magog, los cuales deben venir al llegar el fin del mundo, cuando aparezca el Anticristo para destruirlo todo.» Así, la Cristiandad, aun fracasando en Asia y en África (donde los pri¬ meros misioneros franciscanos recibieron la muerte a manos de los musul¬ manes), encontraba, por encima de sus experiencias, las fronteras de un mundo imaginario, cuya geografía seguirá siendo exacta a la de la Biblia. * * * La Cristiandad del siglo xm parecía querer salir de sus fronteras. Ha¬ bía empezado a sustituir la idea de Cruzada por la de misión y daba la impresión de expandirse sobre el mundo. No obstante, continuaba siendo el cerrado mundo de una sociedad que puede anexionarse por la fuerza nuevos miembros (compelle intrare), pero que excluye a los demás y se define por un verdadero racismo reli¬ gioso. La pertenencia o no pertenencia al cristianismo es el criterio de sus valores y de sus comportamientos. La guerra, que supone un mal si se lleva a cabo entre cristianos, se convierte en un deber cuando es dirigida contra los no-cristianos. La usura, que está prohibida para los cristianos, está permitida a los infieles, es decir, a los judíos. Porque los otros, todo ese mundo confuso de paganos, que la Cristiandad rechaza o contiene 214 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES fuera de sus fronteras, habitan también en su seno y son objeto de exclu¬ siones que examinaremos más tarde. Aquí nos limitaremos a definir en sus particulares perspectivas esta Cristiandad medieval que, entre las dos direcciones del cristianismo, la de religión cerrada, propiedad del pueblo elegido y nacida del Antiguo Testamento, y la de religión abierta, con vocación universal, trazada por el Evangelio, se ha encerrado en el particularismo. Sirvámonos otra vez de ese breviario del cristiano medio del siglo xn, el Elucidarium. El discípulo plantea, en efecto, a partir de los dos textos paulinos, el problema del cristianismo como religión abierta o cerrada: ((Porque está escrito: El Cristo ha muerto por los impíos» (Rom 5, 6) y ((Por la gracia de Dios, ha sufrido la muerte por todos» (Heb 2, 9). «¿Su muerte ha sido bené¬ fica para los impíos?)), pregunta el discípulo. Y el maestro contesta: ((El Cristo ha muerto sólo para los elegidos.» Y en seguida acumula las citas que excluyen la posibilidad de que el Cristo haya muerto «para todos». La tendencia de la Cristiandad hacia la clausura se nos muestra bien clara en su comportamiento en relación con los paganos. Ya antes de Gre¬ gorio el Grande, los monjes irlandeses se habían negado a evangelizar a sus detestados vecinos anglosajones, a los cuales deseaban confinar en el infierno, a fin de no exponerse a encontrárselos en el paraíso. El mundo pagano supuso durante largo tiempo una gran reserva de esclavos para el comercio cristiano, ya fuese ejercido éste por mercaderes cristianos o por mercaderes judíos en territorio cristiano. La conversión, que secaba tan fructuoso mercado, no se inició sin vacilaciones. Anglosajones, sajones, es¬ lavos —estos últimos dieron su nombre al ganado humano de la Cristian¬ dad medieval— aprovisionaron la trata medieval antes de verse integrados en la Cristiandad y protegidos, gracias a ello, contra la esclavitud. Uno de los mayores reproches que formula, a finales del siglo x, el obispo de Pra¬ ga, Adalberto, a sus ovejas, a las que acusa de haber vuelto al paganismo, es el de vender esclavos cristianos a los mercaderes judíos de esclavos. Un no-cristiano no es un verdadero hombre. Sólo un cristiano, por lo tanto, puede gozar de todos los derechos humanos, entre ellos la protección con¬ tra la esclavitud. Los concilios de los siglos xii y xm recuerdan sin cesar la prohibición que afecta a los cristianos de servir como esclavos o criados a los judíos y los sarracenos. La actitud cristiana, en esta materia, pone de manifiesto el particularismo cristiano, la solidaridad primitiva del grupo y la política correlativa del apartheid (1), con respecto a los grupos exteriores. (1) En inglés en el original: segregación. — N. del T. 215 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Otro breviario del cristiano medieval, un catecismo del siglo xm, señala como primer precepto: «Tu Dios es único. No invocarás en vano el nombre de tu Dios.» La Cristiandad medieval, celosa de su Dios, se encuentra muy lejos del ecumenismo. Y, sin embargo, esta sociedad cerrada, opaca y hostil a los demás, actuó, a pesar de sí misma, como una esponja, como un campo fertilizado por las infiltraciones extranjeras. Por ejemplo, al nivel de la técnica, se vio trans¬ formada por préstamos, tales como el del molino, de agua o de viento, ve¬ nido de Oriente. En el plano económico, se mostró por largo tiempo pa¬ siva ante Bizancio y el Islam, recibiendo de Constantinopla o de Alejandría, para su alimentación o su vestido, todo cuanto iba más allá de sus necesi¬ dades elementales: telas preciosas, especias... Se despertó a la economía monetaria por instigación del oro bizantino, el «besant», y de la moneda musulmana, el diñar de oro y el dirhem de plata. Su arte, desde los motivos de las estepas, que inspiran toda la orfebrería bárbara, hasta las cúpulas y los arcos apuntados, venidos de Armenia, de Bizancio o de Córdoba, no es original. Su ciencia, extraída por intermedio de los árabes de las fuentes griegas, necesitó nutrirse con préstamos. Si supo encontrar en su interior los resortes que le permitieron llegar a ser una fuerza creadora primero, después un modelo y un guía, fue en principio discípula, tributaria de todo ese mundo al que despreciaba y condenaba, del paganismo de la Antigüe¬ dad, del paganismo de los otros pueblos que la nutrieron y la instruyeron durante el largo período en que fue pobre y bárbara y creyó poder encerrar¬ se en sus orgullosas certidumbres. * # # Ese mundo cerrado en la tierra, esa Cristiandad enmurallada aquí aba¬ jo, se abría ampliamente hacia lo alto, hacia el cielo. Material y espiritual¬ mente no hay compartimientos estancos entre el mundo terrestre y el más allá. Sin duda, existen grados, que representan fosos que se han de fran¬ quear, saltos que se han de dar. Pero la cosmografía y la ascesis mística manifiesta por igual que, siguiendo las etapas a lo largo de una ruta, de la gran ruta de la peregrinación del alma, del itinerario, para usar el término elegido por San Buenaventura, se llega a Dios. El universo es un sistema de esferas concéntricas: tal es la concepción general, si bien las opiniones se dividen sobre el número y la naturaleza de tales esferas. Beda (siglo vm) consideraba que siete cielos rodean a la tierra —nuestro lenguaje familiar habla todavía de transportarnos al sépti- 216 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES mo cielo—. Son el aire, el éter, el olimpo, el espacio inñamado, el firmamen¬ to de los astros, el cielo de los ángeles y el cielo de la Trinidad. La herencia griega es evidente en la cosmografía de Beda, incluso en su terminología. La cristianización de esta concepción conduce a una simplificación de la que es testimonio, en el siglo xn, el Elucidarium de Honorius Augustodu- nensis, que distingue tres cielos: el cielo corporal visible, el cielo espiri¬ tual que habitan las sustancias espirituales, es decir, los ángeles, y el cielo intelectual, en el que los bienaventurados contemplan cara a cara a la San¬ tísima Trinidad. Sistemas más científicos recogen el esquema de Aristóteles, que hacía del universo una disposición compleja de cincuenta y seis esferas. Los escolásticos añadían una esfera suplementaria exterior, la del «primer motor», desde la cual Dios pone en movimiento el conjunto del sistema. Algunos, como el obispo de París, Guillermo de Auvernia, en la primera mitad del siglo xm, imaginan por encima del primer motor una nueva esfe¬ ra, un empíreo inmóvil, residencia de los santos. Lo esencial es que, pese al cuidado de los teólogos y la Iglesia por afir¬ mar el carácter espiritual de Dios, el vocabulario permite a los cristianos representarse a Dios concretamente. Existe la doble preocupación de sal¬ vaguardar esta inmaterialidad divina y de no chocar con las creencias inge¬ nuas en una realidad de Dios. Se habla de la realidad sustancial de Dios, lo cual resulta demasiado equívoco para satisfacer a la vez la ortodoxia doc¬ trinal y los hábitos mentales de la masa. Honorius constituye un buen tes¬ timonio de esta voluntad de conciliación, algo delicada. «¿En dónde habita Dios?», pregunta el discípulo. «En todas partes en potencia; en el cielo intelectual en sustancia», res¬ ponde el maestro. Pero el discípulo vuelve a la carga: ((¿Cómo puede afirmarse que Dios está todo entero y siempre en todas partes al mismo tiempo y también que no está en ninguna parte?» «Es que Dios —responde el maestro— es incorporal y, por consiguien¬ te, no localizado, illocalis.» Y con esto se contenta el discípulo, que sabe, además, que Dios está en sustancia en el cielo intelectual. Ahora bien, para la masa, Dios existe corporalmente tal como la icono¬ grafía cristiana lo representa bien pronto. Los cristianos de la Edad Media han heredado del judaismo esta imagen material de Dios. Cierto que ese Dios no se manifiesta a los hombres. «Tú no puedes ver mi faz —dice a Moi¬ sés—, porque el hombre no puede contemplarme y seguir viviendo» (Éxo¬ do, 33, so). Pero los antiguos judíos imaginaban a Dios sentado en un trono. LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL observando a los hombres desde lo alto del cielo. Y cuando, en el Génesis, se dice que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, los judíos —y, más tarde, la mayor parte de los cristianos medievales— entendieron que ese parecido era, en primer lugar, físico, por lo cual se representaban a Dios bajo rasgos humanos. El cristianismo, particularmente después del Concilio de Nicea (325), ofreció a la adoración de los fieles un Dios a la vez uno y trino, la Santísima Trinidad, que, aparte las dificultades teológicas que provocó (numerosos teólogos, en el Occidente medieval, cayeron en las herejías antitrinitarias, y el trinitarismo constituyó una de las principales causas de la hostilidad albergada contra el cristianismo romano por otras religiones a pesar de todo próximas a él, como la ortodoxia bizantina), planteó a la masa un enigma correspondiente al misterio teológico. El tema trinitario ejerció su atracción especialmente en los medios teológicos eruditos, ya que el pueblo sólo parece haber recibido un eco limitado del mismo. Del mismo modo, la devoción al Espíritu Santo parece cosa privativa de los doctos, por lo menos antes de la Baja Edad Media, en la cual se multiplicaron las cofradías y los hospitales puestos bajo la invocación del Espíritu Santo. Abelardo funda, en 1122, un monasterio dedicado al Espíritu Santo, al Paráclito «consolador)), lo que le hace objeto de vivos ataques. «Esta apelación fue acogida por muchos con extrañeza e incluso atacada con violencia, so pretexto de que no estaba permitido consagrar una iglesia exclusivamente al Espíritu Santo, como tampoco a Dios Padre, sino que era preciso, siguiendo la tradición antigua, dedicarla sea al Hijo solo, sea a la Trinidad.» Las universidades celebraban, con ocasión de la solemne apertura de sus cursos, una misa del Espíritu Santo, inspirador de las artes liberales. Pero esta devoción se inscribe también en una piedad trinitaria muy orto¬ doxa, muy equilibrada, patrimonio de un medio culto. Los estatutos de Oxford anteriores a 1350 prescriben, por ejemplo: «Como sea que la buena marcha de todos los asuntos depende de la estima que Dios presta a sus comienzos y ninguna buena construcción sub¬ siste allí donde Cristo no es el fundamento, los maestros ordenan, de común acuerdo, que cada año, el primer día de la reapertura del curso, después de San Miguel, todos los maestros regentes se reúnan para hacer celebrar una misa del Espíritu Santo [...] y que el último día de cada trimestre hagan celebrar solemnemente una misa de la Trinidad y acciones de gracias.» 218 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES Para ciertos grandes místicos, como Guillermo de Saint-Thierry, la Trinidad supone el centro de la vida espiritual. La ascesis consiste en un itinerario a través del cual el hombre llega a encontrar la imagen de Dios, obliterada por el pecado. Las tres personas de la Trinidad corresponden a tres vías, a tres medios de ese progreso espiritual, cuyo proceso es, sin em¬ bargo, uno. El Padre preside la vía de la memoria; el Hijo, la de la razón; el Espíritu, la del amor. Así, el misterio trinitario se interioriza, informan¬ do las facultades del alma, al mismo tiempo que supernaturaliza el dina¬ mismo espiritual. Como desquite, en ciertos medios populares, la devoción al Espíritu Santo se degrada en culto a la santa inspiración o a la santa paloma, avata- res de la tercera Persona de la Trinidad. La devoción popular, poco familiarizada con la Trinidad o el Espíritu Santo, que percibían mejor los teólogos o los místicos, oscilaba entre una visión puramente monoteísta de Dios y un dualismo imaginativo, que va del Padre al Hijo. La sensibilidad y el arte medievales no triunfaron fácilmente del anti¬ guo tabú judío que prohibía la figuración realista, es decir, antropomorfa, de Dios. Dios fue, en un principio, representado por símbolos, que se pro¬ longaron en la iconografía y probablemente en el psiquismo, una vez que se hubieron asentado las imágenes humanas de Dios. Esas representaciones simbólicas de Dios presentan bien pronto la ten¬ dencia a designar de manera independiente al Padre o al Hijo, más que a la persona divina en su unidad. Así la mano que surge del cielo, saliendo de una nube, pertenece por regla general al Padre. Supone en su origen un signo de mando. La misma palabra hebrea iad significa, a la vez, mano y poder. Esta mano, que podrá llegar a ser un signo parlante en tal o cual escena o dulcificarse en un gesto de bendición, se mantiene ante todo como una materialización de la ame¬ naza suspendida siempre sobre el hombre. La quirofanía se rodea siempre de una atmósfera de respeto sagrado, si no de espanto. Los reyes medieva¬ les, que han heredado de ella su mano de justicia, se beneficiaban del poder intimidatorio de esta mano divina. En cuanto al Cristo, en el cristianismo primitivo aparece con mayor frecuencia representado bajo la forma del cordero, portando la cruz o el estandarte de la Resurrección. Sin embargo, esta representación abstracta fue bien pronto puesta en entredicho, dado que ocultaba la humanidad, carácter esencial del Cristo. El liturgista Guillermo Durand, obispo de Mende, testimonia en el siglo xm esta actitud llena de sentido. «Porque 219 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL San Juan Bautista señala con el dedo a Cristo y dice: He aquí el Cordero de Dios, algunos representan a Cristo bajo la apariencia de un cordero. Pero, por ser Cristo un hombre real, el papa Adriano declara que debemos representarlo bajo la forma humana. No es, en efecto, el Cordero el que debe aparecer sobre la cruz. Mas luego de haber figurado al Hombre, nada se opone a que se figure también el Cordero, sea en la parte baja, sea en el reverso de la Cruz.» Insistiremos sobre esta humanidad de Cristo, fundamento de un huma¬ nismo liberador. Fue un elemento esencial en la evolución del Occidente. De todas maneras, el antropomorfismo divino se mostró por largo tiem¬ po a favor de Dios Padre. En la lucha contra el arrianismo sostenida del siglo v al vil, el deseo de insistir sobre la divinidad de Cristo llevó casi a confundir el Hijo con el Padre. La época carolingia, más inclinada a las manifestaciones del poder que a las expresiones de humildad, dejó en la sombra todo aquello que podía tomarse como una debilidad por parte de Cristo: los episodios amables de su vida, su intimidad con los pobres y los trabajadores, los aspectos realistas y sufrientes de su Pasión... Dios, Padre o Hijo, o Padre e Hijo a la vez, junger Mensch und alter Gott, «Hombre joven y viejo Dios», como dice Walther von der Vogelwei- de, se transforma en el Dios de majestad. Dios que se presenta sobre su trono como soberano (Pantocrátor), aureolado con la mandorla, y que eleva a su más alto grado la herencia del ceremonial imperial que el cristianismo triunfante del Bajo Imperio le había atribuido. Dios, cuyo poder se mani¬ fiesta en la Creación (el Génesis eclipsaba en la teología, los comentarios religiosos y el arte a todos los demás libros de la Biblia), en el Triunfo (el Cordero y la Cruz se convierten en los símbolos de la gloria y no de la humildad), en el Juicio (desde el Cristo del Apocalipsis, con el puñal entre los dientes, hasta el Juez de los tímpanos románicos y góticos). Dios ha pasado a ser un señor feudal: el Dominus. Los Libri Carolini copiaban, para darle todo su valor de referencia al estado social exis¬ tente, una frase de San Agustín: «El Creador es llamado Creador en rela¬ ción a sus criaturas, como el amo es llamado amo en relación a sus servi¬ dores.» Los poetas del siglo ix hacían de Dios el dueño de la fortaleza celes¬ te, que se parecía extrañamente al palacio de Aquisgrán. Ese Dios de majestad es el Dios de los cantares de gesta, expresión de la sociedad feudal: «Damedieu» (Dominus Deus), el Señor Dios y, más explícitamente todavía: 220 ffiüJ iv. tapicería románica: el mes de ABRIL. Tapiz del siglo XII, encontrado bajo el piso de la iglesia de Baldishol, en Hedmark, uno de los escasos ejempla¬ res supervivientes del arte del tejido en esta época. Tejido y bordado eran considerados como artes nobles en lo que respecta a las mujeres (véase el bordado llamado Tapicería de la reina Matilde), al igual que la orfebrería, la metalurgia y la escultura en madera lo eran para los hombres. Las “sagas” ha¬ cen mención con frecuencia a las accio¬ nes heroicas inmortalizadas por el arte del tejido. En el presente ejemplar, el tema sirve de testimonio a la difusión de los meses por toda la Cristiandad. Abril es el mes de la renovación y de los señores. La composición es total¬ mente románica. La técnica y la orna¬ mentación manifiestan la originalidad de las tradiciones nórdicas. (Oslo, Mu¬ seo de Artes Decorativas, Kunstindus- triernuseet.) ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES Yo os conjuro, por el Dios de majestad.,., Yo os conjuro a que me saludéis, dice Oberón a Huón de Burdeos. Y, satisfecho, continúa: Jamás saludo fue, en verdad, Recompensado por el Dios de majestad Mejor que el tuyo lo será, ¡Dios es testigo! Todo el vocabulario del Cur Deus Homo de San Anselmo *, que data de finales del siglo xi, es feudal. Dios se nos muestra como un señor feudal, que manda sobre tres categorías de vasallos: los ángeles, que tienen sus feudos a cambio de un servicio fijo y perpetuo; los monjes, que sirven con la esperanza de recuperar la herencia perdida por sus padres felones, y los laicos, hundidos en una servidumbre sin esperanza. Todos ellos deben a Dios el servitium debitum, esto es, el servicio del vasallo. En su compor¬ tamiento con referencia a sus súbditos. Dios busca la conformidad a su honor señorial. El Cristo ofrece su vida ad honorem Dei, el castigo del peca¬ dor es deseado por Dios ad honorem suum. A decir verdad, más que un señor feudal, Dios es un rey — Rex, es decir, más todavía que Dominus —. Esta soberanía real de Dios es lo que ins¬ pira el templo prerrománico y románico concebido como un palacio regio, surgido de la rotonda real irania para converger hacia la cúpula, o el ábside, donde truena el Pantocrátor. Esa misma soberanía modela la iconografía del Dios de majestad con sus atributos reales: el trono, el sol y la luna, el Alfa y Omega, insignias del poder universal; la corte de los ancianos del Apocalipsis o de ángeles, y a veces también la corona. Esta visión real y triunfante de Dios no exceptúa en modo alguno a Cristo. Es el Cristo del Juicio final, que conserva en su flanco al descubierto, como un signo de victoria sobre la muerte, la llaga de la crucifixión. Es el Cristo en la Cruz, pero ostentando la corona, el Cristo de las monedas rea¬ les, todavía en el siglo xm con la significativa leyenda del escudo de San Luis de Francia: Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat, Cristo vencedor, rey, emperador. Concepción monárquica de Dios, que, lejos de ser tan sólo un tipo de devoción —la de sujetos más que vasallos—, ha causado un impacto sobre la sociedad política del Occidente medieval. Los reyes y los emperadores, imágenes de Dios en la tierra, encontrarán en la Iglesia una ayuda poderosa para vencer precisamente a una concepción feu¬ dal que se esforzaba por paralizarlos. ¿Será necesario, en fin, siguiendo a LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Norman Cohn, buscar tras ese Dios autoritario una imagen psicoanalítica del Padre, cuyo peso, ya sea el de su tiranía o el de su bondad, puede expli¬ car tantos complejos colectivos de los hombres de la Edad Media, hijos obe¬ dientes o hijos rebeldes seguidores del Anticristo, prototipo del hijo rebelde? De todas formas, al lado del Dios monarca, un Dios-hombre, de una humanidad humilde y cotidiana, se abre camino lentamente en las almas Ese Dios próximo al hombre no podía ser el Padre, ya que Éste, incluso bajo la forma paternalista del buen Dios, queda demasiado lejano. Y todo lo más puede parecer condescendiente. Por lo tanto, es el Hijo. La evolu¬ ción de la imagen del Cristo en la devoción medieval no reviste caracteres de sencillez. La iconografía primitiva era ya por sí misma bastante com¬ pleja. Al lado del Cristo-Cordero había aparecido pronto un Cristo antro¬ pomorfo: Cristo-Pastor, Cristo-Doctor, jefe de una secta a la que ha de guiar y enseñar en medio de las persecuciones. La Cristiandad medieval, que tiende, como hemos visto, a reducir el Cordero a un atributo de Cristo- Hombre, que deja caer en desuso la imagen del Buen Pastor y guarda, en cambio, el tipo del Cristo maestro, ha multiplicado los símbolos y las ale¬ gorías cristológicas: molino y prensa místicas, que significan el sacrificio fecúndate de Jesús; Cristo cosmológico, heredero del simbolismo solar, apareciendo, como en una vidriera de Chartres (siglo xn), en el centro de una rueda; símbolos de la viña y del racimo de uvas; símbolos animalísti- cos del león o del águila, signos de poder; o del unicornio, signo de pureza; o del pelícano, signo de sacrificio; o del fénix, signo de la resurrección y de la inmortalidad. La aparición de Cristo en la piedad y la sensibilidad medievales ha seguido otras vías esenciales. La primera estriba, sin duda alguna, en la vía de la salvación. En el mismo momento (siglos vm y ix) en que la huma¬ nidad de Cristo sufre un eclipse, se desarrolla un culto al Salvador que invade la liturgia y la arquitectura religiosa. El denominado templo-pór¬ tico de la época carolingia, al que se ha considerado con justeza como el punto de partida para el desarrollo de la fachada, de la cara occidental (el Westwerk) de las iglesias románicas y góticas, responde a la expansión de ese culto al Salvador. El templo-pórtico sirvió para encuadrar la litur¬ gia de la Resurrección y de otra liturgia enlazada con ella, la del Apocalip¬ sis. Constituyó la representación monumental de la Jerusalén celeste, con¬ fundida con la terrestre en una de esas osmosis tan típicas de la mentalidad y de la sensibilidad medievales en las que se funden realidades celestes y terrestres. Ahora bien, el Cristo-Salvador de la época carolingia está toda¬ vía unido a una piedad encerrada en sí misma. Y el tipo dominante de 222 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES templo es entonces una iglesia cerrada, circular, octogonal, basílica con doble ábside, que, más allá del arte carolingio, se prolonga en el arte oto¬ mano e incluso en las grandes iglesias imperiales renanas de la época románica. A partir del siglo xii, el Cristo-Salvador abre más ampliamente sus brazos a la humanidad. El Cristo se convierte en la puerta por la cual se accede a la Revelación y a la Salvación. Suger, el constructor de Saint- Denis # , dice que Cristo es la verdadera puerta: Christus ja?iua vera. «|Oh!, Vos que habéis dicho: “Yo soy la puerta y todo aquel que entre por Mí será salvado” —se dirige a Cristo Guillermo de Saint-Thierry—. Mostradnos con evidencia de qué residencia sois Vos la puerta, en qué momento y cuáles son aquellos a quienes la abriréis. La casa de la que Vos sois la puerta es... el Cielo que habita vuestro Padre.» Así, el templo, símbolo de la casa celestial, acceso al cielo, se abre ampliamente. La puerta absorbe toda la fachada: tímpanos románicos, Pór¬ tico de la Gloria de Santiago de Compostela # , grandes pórticos góticos... Ese Cristo más próximo al hombre puede todavía acercársele más, tomando la forma de un niño. El éxito de Jesús niño, que se afirma durante el siglo xii, va parejo con el de la Virgen-Madre. Volveremos a examinar las circunstancias que sostienen ese éxito y lo hacen irresistible. Hombre que restaura al hombre. Cristo se convierte en el nuevo Adán al lado de la Vir¬ gen, nueva Eva. Mas, ante todo, de manera paulatina, va tomando preponderancia el Cristo sufriente, el Cristo de la Pasión. La crucifixión, representada cada vez con mayor frecuencia, cada vez con mayor realismo, conserva induda¬ blemente elementos simbólicos, pero estos elementos se inclinan ya hacia la nueva significación de la devoción al Crucificado. Tal ocurre con el enlace entre Adán y la crucifixión. La iconografía es testimonio de ello: cráneo de Adán representado al pie de la Cruz, leyenda de la Santa Cruz construida con la madera del árbol plantado sobre la tumba de Adán. Siguiendo la evo¬ lución de la devoción a la misma Cruz, se podría asimismo reconocer la for¬ ma en que, de símbolo triunfal —todavía conserva este sentido para los cru¬ zados de finales del siglo xi—, pasa a ser símbolo de humildad y de sufri¬ miento, Simbolismo que a menudo tropieza con resistencias en los medios populares, especialmente entre los grujios heréticos, que, bajo la influencia directa de los orientales, de los bogomilos, por ejemplo, o por coincidencia fortuita con una tradición herética, se niegan a venerar un trozo de madera, símbolo de un suplicio infamante reservado a los esclavos, insoportable e inconcebible humillación de un Dios. Por un curioso rodeo, Marco Polo I.A CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL encontrará esa misma hostilidad en el Gran Kan mongol, el cual, influido por el cristianismo nestoriano asiático, rechaza ante todo ese sacrilegio que comete el catolicismo occidental. «No admite a ningún precio que se lleve ante él la Cruz, porque sobre ella sufrió y murió un hombre tan grande como Cristo.» Crimen literalmente de lesa majestad del que el pueblo, unido a formas tradicionales de piedad y más lento en la adopción de men¬ talidades y sensibilidades nuevas, se resiente con frecuencia. La devoción al Cristo Sufriente crea nuevos símbolos, nuevos objetos de piedad. A partir del siglo xm aparece —junto a la veneración por las reliquias de la Pasión— el culto a los instrumentos de la Pasión. Esos ins¬ trumentos no sólo presentan un aspecto concreto, realista, sino que, además, ponen de manifiesto la sustitución de las insignias monárquicas tradiciona¬ les por otras nuevas. Desde este momento, la realeza del Cristo es ante todo la del Cristo coronado de espinas, anunciador del tema del Ecce Homo, que invadirá la espiritualidad y el arte del siglo xiv. Por último, esta preeminencia del Cristo Sufriente se integra en una evolución que trae a primer plano toda la vida humana de Cristo. Surgen en el arte del siglo xm ciclos realistas, que recuerdan, desde la Anunciación a la Ascensión, la existencia terrestre de Dios hecho Hombre. Tales ciclos deben mucho al gusto creciente por las «historias» y a la evolución de las representaciones teatrales de los misterios. El siglo xiv todavía acentuará más esa tendencia y sabida es la importancia iconográfica que reviste el ciclo de la vida de Cristo pintado por Giotto en la capilla de la Arena, en Padua (1304-1306). Más adelante veremos el testimonio decisivo de una sensibilidad nue¬ va, expresión de una sociedad nueva, que determina en el siglo xiii, y más aún en el xiv, la aparición del retrato individual. El primer retrato de la Edad Media fue el de Cristo. El arquetipo parece ser el Santo Volto de Lucques. San Lucas, retratista de Cristo antes de serlo de la Virgen, pasará a ser, en el siglo xv, el patrón de los pintores. * * * Frente a Dios, un poderoso personaje, que le disputa el poder en los cielos y en la tierra: el Demonio. Satán no tiene durante la Alta Edad Media un papel de primer plano y todavía menos una personalidad acusada. Nace con nuestra Edad Media y se afirma en el siglo xi. Es una creación de la sociedad feudal. Con sus satélites, los ángeles rebeldes, constituye el tipo mismo del vasallo felón, 224 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES del traidor. El Demonio y el Buen Dios, he aquí la pareja que dominará la vida de la Cristiandad medieval. La lucha entre ambos explica a los ojos de los hombres de la Edad Media todo el desarrollo de los acontecimientos. Claro está que, según la ortodoxia cristiana, Satán no es el igual de Dios, sino una criatura, un ángel caído. La gran herejía de la Edad Media será, bajo formas y nombres diversos, el maniqueísmo. Ahora bien, el pun¬ to clave del maniqueísmo estriba en la creencia en dos dioses, un dios del bien y un dios del mal, este último creador y amo de esta tierra. El gran error del maniqueísmo, de acuerdo con la ortodoxia cristiana, consiste en poner en un mismo plano a Dios y a Satán, al Demonio y al Buen Dios. Y así un teólogo como San Anselmo trata con tanto cuidado de evitar todo cuanto pueda asemejarse al maniqueísmo que rechaza de manera categórica una creencia tradicional, la del justo poder del Demonio sobre el hombre —los derechos del Diablo—. Pese a ello, todo el pensamiento, todo el com¬ portamiento de los hombres de la Edad Media se hallan dominados por un maniqueísmo más o menos consciente, más o menos sumario. Para ellos, de un lado está Dios; del otro, el Demonio. Esta gran división domina toda la vida moral, la vida social, la vida política. La humanidad se ve dividida entre esos dos poderes que no conocen ni el compromiso ni las aproxima¬ ciones. Un acto es bueno: procede, por tanto, de Dios; el otro es malo: viene, pues, del Demonio. En el día del Juicio final, los buenos irán al Paraíso, los malos serán arrojados al Infierno. Si la Edad Media ha conocido el Purgatorio, se ha negado a reconocerlo. Le ha faltado esa base esencial para una dosificación del juicio, forzada por su maniqueísmo latente hacia la intolerancia. La bipartición de la humanidad en el tímpano de las cate¬ drales supone la imagen implacable de esta intolerancia. Negro y blanco. He aquí, sin medias tintas, la única realidad para los hombres medievales. Además, ¿acaso el negro no es el color del Demonio y el blanco el color de los ángeles, servidores fieles de Dios? En la Leyenda dorada, San Juan el Limosnero narra la edificante historia de un hombre llamado Pedro: «Pedro cayó enfermo y tuvo una visión. Se vio a sí mismo compareciendo ante el tribunal supremo y en uno de los platillos de la balanza, diablos completamente negros ponían sus pecados, mientras que, al otro lado, se mantenían tristemente los ángeles vestidos de blanco...» Los hombres de la Edad Media se ven, pues, constantemente divididos entre Dios y Satán. Éste no es menos real que aquél, incluso se muestra menos avaro en sus encarnaciones y en sus apariciones. Ciertamente, la ico¬ nografía lo representa bajo una forma simbólica. Es la serpiente del peca¬ do original que se interpone entre Adán y Eva. Es el Pecado, pecado de la 225 I.A CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL carne o del espíritu, separados o unidos, símbolo del apetito intelectual o del apetito sexual. Pero, sobre todo, aparece bajo diversos aspectos, más o menos antropomórficos, y a cada instante cada hombre de la Edad Media corre el peligro de verlo manifestarse. Tal es el contenido de esa terrible angustia que los atenaza sin tregua: ¡verlo aparecer! Todos y cada uno se saben constantemente espiados por «el antiguo enemigo del género hu¬ mano». Suele mostrarse bajo dos especies, residuo probable de un doble ori¬ gen, como seductor, revistiéndose de engañadoras y atrayentes apariencias, o como perseguidor, ofreciéndose bajo su aspecto terrorífico. Las más de las veces se presenta seductor a los hombres, cuya fuerza no puede vencer sino por el engaño: producto de la mentalidad feudal, para la cual, lo mismo en la vida moral que en la vida militar, el valiente no puede ser abatido sino por la traición. El disfraz más corriente del Demonio consiste en tomar la apariencia de una muchacha de gran belleza. No obstante, la Leyenda dorada abunda en narraciones de peregrinos ingenuos o desfallecientes que sucumben ante el Demonio aparecido como falso Santiago. El Demonio perseguidor, por el contrario, desdeña, en general, disfra¬ zarse y se manifiesta ante sus víctimas bajo su propio y repulsivo aspecto. El monje Raúl Glaber le vio (cuna noche, antes del oficio de maitines», en el monasterio de Saint-Léger, de Champeaux, a comienzos del siglo xi. «Vi surgir al pie de mi cama una especie de enano, horrible a la vista. Era, has¬ ta donde pude juzgar, de mediocre estatura, con el cuello delgado, el rostro demacrado, los ojos muy negros, la frente arrugada y crispada, las narices repulgadas, la boca saliente, los labios gruesos, el mentón huidizo y muy estrecho, la barba de chivo, las orejas peludas y puntiagudas, los cabellos erizados en maleza, los dientes de perro, el cráneo puntiagudo, el pecho hinchado, una joroba en la espalda, las nalgas trémulas, vestimentas sór¬ didas.» Ese último detalle confiere a la visión de Raúl Glaber una segura originalidad. El diablo perseguidor va, como norma, completamente des¬ nudo. Con las mujeres, usa más bien de la fuerza que del engaño, pero, de todas maneras, recurre fácilmente a éste si con aquélla ha fracasado. Así actúa con Santa Justina, según la Leyenda dorada. ((Tomó entonces la for¬ ma de un hermoso joven, se aproximó a la cama donde estaba acostada y quiso echarse sobre ella para besarla. Pero Justina, adivinando el espíritu maligno, lo rechazó con un signo de la cruz. Entonces el Diablo, con el permiso de Dios (reconozcamos en esta fórmula el cuidado de evitar todo maniqueísmo), la abrumó de fiebre...» ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES Las desgraciadas víctimas, tanto femeninas como masculinas, de Satán son, por regla general, una presa para los apetitos sexuales de los demo¬ nios: demonios íncubos, o masculinos, y súcubos, o femeninos. Las víctimas de elección sufren los asaltos repetidos de Satán, que usa contra ellos de todas las artimañas, de todos los disfraces, de todas las tor¬ turas. La más célebre de esas heroicas víctimas del Diablo es San Antonio. Sus tentaciones continuarán siendo más allá de la Edad Media una fuente de inspiración para la fantasía desatada de los pintores y de los escritores, desde Jerónimo Bosch a Flaubert. Disputado aquí en la Tierra entre Dios y el Diablo, el hombre es, por último, a su muerte objeto de una última y decisiva disputa. El arte medieval ha representado hasta la saciedad la escena final de la existencia terrestre, en la que el alma del difunto se ve casi descuartizada entre Satán y San Miguel antes de ser conducida por el vencedor hacia el Paraíso o el Infierno. Advirtamos que para evitar nuevamente la caída en el maniqueís- mo, el adversario del Diablo no es Dios, sino su lugarteniente. Pero seña¬ lemos sobre todo que esta imagen, en la cual se cierra la vida del hombre medieval, subraya la pasividad de su existencia. Ella es la más alta y más penetrante expresión de su alienación. Los poderes sobrenaturales de que gozan Dios y Satán no les están reservados exclusivamente. Ciertos hombres se encuentran dotados en cier¬ ta medida de ellos. Una de las capas superiores de la humanidad medieval se halla integrada por individuos provistos de dotes sobrenaturales. La tra¬ gedia de la existencia de la masa común se basa en no poder distinguir con facilidad entre los buenos y los malos, en verse constantemente engañada, en participar en ese espectáculo de ilusiones y de equívocos que es la esce¬ na medieval. Jacques de Vorágine recuerda en la Leyenda dorada las pala¬ bras de San Gregorio Magno: «Los milagros no hacen al santo. No son más que su signo.» Y precisa: «Se pueden hacer milagros sin tener el Espíritu Santo, pues los malos mismos han podido alabarse de hacer milagros.» Los hombres de la Edad Media no dudaron de que no solamente el Diablo puede, como Dios (con su permiso, claro está, pero el hecho no cam¬ bia en nada al efecto producido sobre el hombre), realizar milagros, sino que, además, esta facultad aparece también asociada a ciertos mortales, para bien o para mal. Y nace toda la equívoca dualidad de la magia negra y de la magia blanca, cuyos productos son, normalmente, imposibles de percibir para el vulgo. Es la pareja antitética de Simón el Mago y de Salomón el Sabio. De un lado, la tropa maléfica de los brujos; del otro, la tropa bendita de los santos. Por desgracia, los primeros suelen presentarse como santos 227 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL disfrazados. Pertenecen a la grande y embaucadora familia de los pseudo- profetas. Cierto que, al ser desenmascarados, pueden ser puestos en fuga mediante un signo de la cruz, una invocación oportuna, una plegaria idó¬ nea. Pero, ¿cómo desenmascararlos? Precisamente, una de las tareas esen¬ ciales de los verdaderos santos consiste en reconocer y expulsar a los hace¬ dores de falsedad o, mejor, de milagros malignos, los demonios y sus satélites terrestres, los brujos. San Martín pasaba por ser un maestro en esa materia. ((Brillaba por su habilidad en reconocer a los demonios —dice la Leyenda dorada —. Los descubría bajo todos sus disfraces.» La humanidad medieval está plagada de posesos, víctimas desgraciadas de Satán, oculto en su cuerpo, o de los maleficios de los brujos, tínicamente los santos pueden salvarlos, obligando a sus perseguidores a abandonarlos. El exorcismo es la función esencial de los santos. La humanidad medieval comprende una masa de poseídos, de hecho o en potencia, acosados entre una minoría de malos y un grupo escogido de buenos hechiceros. Anotemos aún que, si bien los buenos brujos se reclutan especialmente entre el grupo clerical, algunos laicos eminentes pueden deslizarse entre ellos. Es el caso, por ejemplo, vol¬ veremos a hablar de él, de los reyes hacedores de milagros, de los reyes taumaturgos, que testimonian un aspecto arcaico de la lucha entre sacer¬ dotes y guerreros. Algunos de ellos, más hábiles, más fuertes o más afortu¬ nados, consiguieron apropiarse de una parte del poder que poseían los buenos brujos. En ellos se realiza el tipo del rey-sacerdote. Su escaso núme¬ ro y su relativo fracaso demuestran que la sociedad medieval pertenece solamente al tipo semiprimitivo. * * * Dentro de esta sociedad, los hombres cuentan, a decir verdad, con pro¬ tectores más vigilantes y más asiduos que los santos o los reyes curanderos, a los cuales no siempre tienen la fortuna de encontrar en todo momento. Esos auxiliares infatigables son los ángeles # . Entre el cielo y la tierra exis¬ te un vaivén incesante. A la cohorte de los demonios, que caen sobre los hombres cuyos pecados los atraen, se opone la cohorte vigilante de los ánge¬ les. Desde la tierra al cielo se alza la escalera de Jacob, por donde suben y bajan sin cesar en dos columnas las celestes criaturas. La que sube sim¬ boliza la vida contemplativa; la que desciende, la vida activa. Con la ayuda de los ángeles, los hombres ascienden por esa escalera. Su vida no es otra cosa que esta escalada, interrumpida por constantes caídas y recaídas. El Hortus deliciarum de Herrada de Landsberg enseña que ni siquiera los 228 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES mejores de entre los hombres son capaces de alcanzar en esta vida el últi¬ mo peldaño, mito de Sísifo cristianizado, que materializa la experiencia engañosa, aunque embriagadora, de los místicos. «Dios —reconoce Jean de Fécamp— no puede ser visto directamente. La vida contemplativa, que comienza aquí abajo, no llegará a la perfección sino en el instante en que Dios sea visto cara a cara. Cuando el alma dulce y simple, elevándose en la especulación y franqueando las ligaduras de la carne, contempla las cosas celestes, no puede permanecer largo tiempo por encima de sí misma, pues el peso de la carne la atrae hacia la tierra. Aunque se encuentre deslum¬ brada por la inmensidad de la luz que reina en lo alto, pronto es llamada a sí misma. Sin embargo, recoge de todas maneras un gran provecho de lo poco que ha podido saborear de la dulzura divina. Y pronto, embargada de un violento amor, se apresura a reemprender su vuelo...» Cada cual tiene un ángel dedicado a su exclusivo servicio. La tierra de la Edad Media se halla ocupada por una doble población: los hombres y sus compañeros celestes. Mejor dicho, de una triple población, dado que, a la pareja del hombre y del ángel, se añade el mundo de los demonios al acecho. Ésta es la alucinante compañía que nos presenta el Elucidarium de Honorius Augustodunensis: «—Los hombres, ¿tienen ángeles guardianes? »—Cada alma, en el momento de ser infundida en un cuerpo, es con¬ fiada a un ángel, que debe incitarla siempre al bien y comunicar todas sus acciones a Dios y a los ángeles en los cielos. »—¿Los ángeles permanecen constantemente en la tierra con aquellos a los que guardan? »—Si es preciso, acuden en su ayuda, sobre todo si han sido invitados a ello por medio de oraciones. Su venida es inmediata, ya que en un ins¬ tante pueden descender del cielo a la tierra y regresar al cielo. »—¿Bajo qué forma se aparecen a los hombres? »—Bajo la forma de un hombre. Porque el hombre, que es corporal, no puede ver a los espíritus. Toman, pues, un cuerpo aéreo, que el hombre puede oír y ver. »—¿Existen demonios que acechan a los hombres? »—En cada vicio mandan demonios, que tienen a innumerables otros, bajo sus órdenes, que incitan sin cesar a las almas al vicio y comunican las malas acciones de los hombres a su príncipe...» De este modo, los hombres de la Edad Media viven bajo ese doble espionaje constante. Jamás pueden estar solos. Ninguno es independiente. 229 I.A CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Todos se encuentran atrapados en una red de dependencias terrestres y celestes. Por otra parte, la sociedad celeste de los ángeles no es más que la ima¬ gen de la sociedad terrestre, o mejor, como creen los hombres ele la Edad Media, ésta no es más que una imagen de aquélla. El obispo Gerardo de Cambrai y de Arras afirma en 1205: «El Rey de los reyes organiza en órdenes distintos lo mismo a la sociedad celeste y espiritual que a la sociedad terrestre y temporal. Reparte según un orden maravilloso las funciones de los ángeles y de los hombres. Fue Dios quien estableció las órdenes sagradas en el cielo y en la tierra.» Esta jerarquía angélica, cuyo origen se remonta a San Pablo, fue ela¬ borada por el pseudo-Dionisio Areopagita, cuyo tratado De la jerarquía celeste tradujo Scoto Erígeno al latín en el siglo ix. Sin embargo, no pe¬ netró la teología y la espiritualidad occidentales sino en la segunda mitad del siglo xii. Su éxito será inmenso. Se impone a los universitarios del si¬ glo xnq con Alberto Magno * y Tomás de Aquino * a la cabeza. El Dante * está asimismo impregnado de ella. Su teología mística se degrada fácilmente en una imaginería popular, que le asegura una resonancia extraordinaria. Esta concepción paralizante, que impide a los hombres trastocar el edificio de la sociedad terrestre sin hacer vacilar al mismo tiempo a la sociedad celeste, que aprisiona a los mortales en las mallas de la red angélica, añade al peso de los amos terrestres sobre los hombros de los humanos la pesada carga de la jerarquía angélica: serafines, querubines y tronos, dominaciones, virtudes y potestades, principados, arcángeles y ángeles. Los hombres de la Edad Media forcejean entre las garras de los demonios y la traba que suponen esos millones de alas que baten en la tierra como en el cielo y hacen de la vida una pesadilla de palpitaciones aladas. Porque la cuestión no estriba en que el mundo celeste sea tan real como el terrestre, sino en que ambos constituyen uno solo, en una inextri¬ cable mezcolanza que aprisiona a los hombres en las redes de un sobre¬ natural viviente. * # * A esta confusión —o, si se quiere, a esta continuidad espacial, que confunde, que une el cielo y la tierra— corresponde una análoga conti¬ nuidad temporal: el tiempo no es más que un momento de la eternidad. Pertenece por entero a Dios y no puede ser más que vivido. Apoderarse de él, medirlo, sacarle partido o ventaja supone un pecado. Desviar una parcela de él significa un robo. 230 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES Este tiempo divino es continuo y lineal, por completo diferente del tiempo de los filósofos y sabios de la antigüedad grecorromana, que, si bien no profesaban todos el mismo, se hallaban todos más o menos tentados por un tiempo circular, siempre recomenzado, tiempo del Eterno Retorno. Sin duda, ese tiempo, a la vez perpetuamente nuevo, cxcluyente de toda repetición y, por lo tanto, de toda ciencia —nadie puede bañarse dos ve¬ ces en el mismo río—, y perpetuamente semejante a sí mismo, ha dejado su huella en la mentalidad medieval. La supervivencia más evidente y la más eficaz, entre todos los mitos circulares, es la rueda de la Fortuna. El que es grande hoy día, mañana se verá rebajado; el que es humilde en el presente, la rotación de la Fortuna lo llevará pronto al pináculo. Sus va¬ riantes son múltiples. Todas vienen a decir, bajo una u otra forma, lo mismo que una miniatura italiana del siglo xiv: Sum sine regno, regnabo, regno, legnavi, «Estoy sin reino, reinaré, reino, he reinado». La imagen procede, sin duda, de Boecio y goza en la iconogi'afía medieval de un extraordinario favor. Las enciclopedias, escritas o figuradas, de los si¬ glos xn y xm le procuran un pedestal: Honorius Augustodunensis, el Hor- tus deliciarum, el Album de Villard de Honnecourt, la Somme le Roí. En esta última se subraya el éxito que le asegura el diseño de las iglesias góticas, «esas iglesias catedrales, esas abadías reales, donde se halla la Dama de la Fortuna, que hace pasar las cosas de arriba abajo con mayor rapidez que un molino de viento». La rueda de la Fortuna es el armazón ideológico de los rosetones góticos. Explícitamente en la catedral de Amiens *, en San Esteban de Beauvais, en la catedral de Basilea, en tantos otros lugares. Estilizada, en todas las producciones del siglo xm, Volveremos a hablar de ella, símbolo y expresión de un mundo en el (pie reina la inseguridad y en el que el ejemplo de esa inseguridad sirve como lección de resigna¬ ción, de inmovilismo. El mito descorazonador y reaccionario de la rueda de la Fortuna ocupa un lugar distinguido en el mundo mental del Occidente medieval. Mas, de todos modos, no ha conseguido evitar que el pensamiento me¬ dieval se negase a girar sin término y diera al tiempo un sentido, un sentido no giratorio. La Historia tiene un principio y un fin, he aquí la afirmación esencial. Ese principio y ese fin son, al mismo tiempo, positivos y normativos, históricos y teológicos. Tal es la causa de que toda crónica, en la Edad Media occidental, comience por la Creación, por Adán. Y aun¬ que, por humildad, se detenga en la época en que escribe el cronista, se sobrentiende siempre como verdadera conclusión el Juicio Final. Como se ha dicho, toda crónica medieval es un «discurso sobre la Historia uni- 231 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL versal». De acuerdo con el genio del cronista, puede hacer de ese encua- dramiento una causalidad profunda o una contracción formal de expo¬ sición. Incluso en el primer caso, puede verse utilizada —inconsciente¬ mente o no— como un instrumento pasional. Otón de Freising, por ejem¬ plo, a mediados del siglo xii, se sirve de esta orientación de la duración para demostrar el carácter providencial, según él, del Sacro Imperio Ro¬ mano-germánico. En cualquier caso, el lector moderno queda, por regla general, admirado ante el contraste que presenta la ambición de esta refe¬ rencia global con la mezquindad del horizonte concreto de los cronistas e historiadores medievales. El ejemplo de Raúl Glaber, al comienzo del siglo xi, llama especialmente la atención, aunque podrían citarse docenas de otros nombres. Y al iniciar su crónica, censura a Beda y a Pablo Diᬠcono por haber relatado solamente «la historia de su propio pueblo, de su patria». Él, por su parte, afirma que se propone «relatar los hechos acaecidos en las cuatro partes del mundo». Y, sin embargo, en la misma página, declara que establecerá «la sucesión de los tiempos» a partir de las fechas en que comienzan los reinados del sajón Enrique II y del Ca- peto Roberto el Piadoso. Pronto, el horizonte de sus Historias se cons¬ triñe hasta quedar reducido a lo que ha podido ver de la Borgoña, donde ha pasado la mayor parte de su vida; de Cluny, donde ha escrito lo esen¬ cial de aquéllas. Todas las imágenes que la Edad Media occidental nos ha dejado de sí misma están construidas según ese modelo. Grandes pla¬ nes encerrados en un estrecho marco —los calveros de que hablábamos más arriba—, que de repente se ensanchan, en fulgurantes travellings hasta el infinito, a las dimensiones del universo y de la eternidad. Esta referencia global constituye el más bello aspecto del totalitarismo medieval. El tiempo, pues, para los clérigos de la Edad Media y para aquellos a quienes se dirigen, es Historia. Y esta Historia tiene un sentido. Ahora bien, el sentido de la Historia sigue la línea descendente de un declive. En la continuidad de la Historia cristiana intervienen diversos factores de periodización, entre los cuales uno de los que obran con mayor fuerza es el esquema que calca la distribución del tiempo sobre la división de la semana. Esta vieja teoría judía pasa a la Edad Media a través de San Agus¬ tín, Isidoro de Sevilla y Beda. La Edad Media la acepta en todos los niveles del pensamiento, lo mismo en la vulgarización doctrinal de Honorius Augustodunensis *, que en la alta teología de Tomás de Aquino. Las mi¬ niaturas del Líber Flor idus, de Lamberto de Saint-Omer, escrito en torno a 1120, ponen de manifiesto la popularidad de esta concepción. El macro¬ cosmos —el universo— pasa, al igual que el microcosmos que es el hom- 232 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES bre, por seis edades, siguiendo los seis de la semana. La enumeración habitual distingue: la creación de Adán, la ley de Noé, la vocación de Abraham, la realeza de David, el destierro de Babilonia y el advenimiento de Cristo. Igualmente las seis edades del hombre son: la infancia, la ado¬ lescencia, la juventud, la edad madura, la vejez, la decrepitud (cuyos tér¬ minos, según Honorius, vienen a ser: 7 años, 14 años, 21 años, 50 años, 70 años, 100 años o la muerte). La sexta edad, a la cual ha llegado el mundo, corresponde a la de¬ crepitud. Pesimismo fundamental impregna todo el pensamiento y toda la sensibilidad medievales. Mundo limitado, mundo moribundo. Mundus senescit, el tiempo presente es la vejez del mundo. Esta creencia, legada por la reflexión del cristianismo primitivo en medio de las tribulaciones del Bajo Imperio y de las grandes invasiones, se conserva aún viva en pleno siglo xii. Otón de Fleising escribe en su Crónica: «Vemos el mundo desfallecer y exhalar, por decirlo así, el último suspiro de la extrema vejez.» Este leitmotiv va más allá de la repetición trivial de un lugar común sobre la decadencia del presente hasta el recuerdo de un pasado glorioso, joven y pleno de virtud. Laudator temporis acti. La Edad Media no lo es por abandono a una tradición mental y literaria Lo es por referencia a una creencia esencial. Con este pensamiento, toma toda su fuerza el comienzo de la Vida de San Alexis, lo mismo en su relación del siglo xi: Bueno fue el siglo en los tiempos de los antiguos, En él había fe, justicia y amor, Creencia también, de la cual queda bien poco; Todo está cambiado, perdido ha su color; Ya no será tal como fue para nuestros abuelos, En el tiempo de Noé y en el tiempo de Abraham Y de David a quien Dios amaba tanto. Bueno fue el siglo, ya no tendrá tal valor: Viejo es y débil, todo va declinando, Ha empeorado, pues ya no obra el bien. que en su versión «feudalizada» del siglo xn: Bueno fue el siglo en los tiempos de los antiguos, En él había fe, justicia y amor. Creencia también, de la cual queda bien poco; Y tan cambiado que perdido ha su valor; 233 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Ya no será tal como fue para nuestros abuelos. El bien falta en él, no puede haber vigor. No guarda fe la mujer a su varón Ni el vasallo a su legitimo señor; A sabiendas, perdemos a nuestro señor. Débil es la vida, no durará largos días. En el tiempo de Noé y en el tiempo de Abraharn Y en el de David, a quien Dios amaba tanto. Bueno fue el siglo, ya no tendrá tal valor. Ha ernpeorado, pues el bien va muriendo; No guarda fe el padre a su hijo, Ni el ahijado tampoco a su padrino, Y los señores engañan a su mujer, Los ordenados [los clérigos ] llevan mal la ley: De Dios se van transgrediendo los santos mandamientos Y de. la Iglesia, hija de Jerusalén, Cada vez más se van debilitando; La fe del siglo desfallece por entero; Débil es la vida, no durará largo tiempo. Y la modificación del siglo xiii, que concede un lugar a los nuevos ricos, los arrastra también hacia una catástrofe todavía más cierta y más próxima: Alegría y gozo desfallecen por entero: Bajo el cielo no hay hombre que riqueza haya tanta Que no tema el tiempo del mañana: El fin es próximo, según mi conocimiento. El mismo tañido de campana en los medios goliárdicos. El célebre poema de los Carmina Burana: Florebat olim studium... es una lamen¬ tación sobre el presente. E. R. Curtius lo parafrasea así: ((La juventud no quiere aprender nada más, la ciencia está en decadencia; el mundo entero marcha de cabeza; ciegos conducen otros ciegos (i) y los precipitan en el abismo; los pájaros se lanzan al aire antes de haber aprendido a volar; (i) Tal es el tema (leí lamoso cuadro de Breughel. Digamos aquí, de una vez por todas, que los elementos esenciales de las obsesiones que atormentaban a los hombres de lá Edad Media se encuentran en dos grandes artistas cronológicamente posteriores: Bosch (hacia 1450- 1516) y Breughel (hacia 1525-1569). Sin menospreciar todo lo que su pintura debe a las capas inferiores de las mentalidades y de las sensibilidades de su época, debe subrayarse que la obra de ambos puede considerarse como un resumen de la mitología y del folklore medievales. 234 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES el asno toca la lira, los bueyes danzan, los mozos de labor se alistan en el ejército. En cuanto a los Padres de la Iglesia, San Gregorio, San Jerónimo, San Agustín o San Benito, el padre de los monjes, se puede encontrarlos en la taberna, ante el tribunal o en la pescadería. María no quiere oír hablar de la vida contemplativa ni Marta de la vida activa. Lea es estéril, Raquel tiene los ojos legañosos. Catón frecuenta los figones y Lucrecia se convierte en una ramera. Cuanto antes se había odiado, ahora recibe ala¬ banzas. Todo se ha salido de sus vías.» De la misma manera, en el marco de una Historia urbanizada y abur¬ guesada, Dante, el gran reaccionario en quien se resume la Edad Media, pone en boca de su antepasado Cacciaguida la lamentación sobre la deca¬ dencia de las ciudades y de las familias. El mundo mengua al envejecer, se empequeñece, como ((una capa que se encoge rápidamente» y en torno a la cual ((el Tiempo gira con sus tijeras», para usar las palabras del Dante. Lo mismo ocurre a los hombres. Al discípulo del Elucidarium que le pide detalles sobre el fin de los tiempos, el maestro dice: ((Los cuerpos de los hombres serán más pequeños que los nuestros, de la misma manera que los nuestros son más pequeños que los de los antiguos.» ((Los hombres de otros tiempos eran bellos y grandes —escribe Guiot de Provins a principios del siglo xm—. Ahora son niños o enanos.» Como en una pieza de Ionesco o de Beckctt, los actores de la escena medieval tienen la impresión de achaparrarse sin cesar hasta el inminente advenimiento de este ((Final de partida». No obstante, en ese proceso irreversible de decadencia, en ese sentido único de la Historia, hay, si no cortes, al menos algunos momentos privi¬ legiados. El tiempo lineal se halla cortado en dos por un punto central: la En¬ carnación. Dionisio el Pequeño funda, en el siglo vi, la cronología cris¬ tiana, que progresa negativa y positivamente en torno al nacimiento de Jesús: antes y después de Jesucristo. Cronología impregnada de toda una Historia de la salvación. El destino de los hombres es absolutamente dife¬ rente según hayan vivido a un lado o a otro de este acontecimiento central. Antes de Cristo, ninguna esperanza para los paganos. Tan sólo los justos que esperaban en el seno de Abraham y a quienes el Cristo ha ido a libe¬ rar descendiendo a los Limbos serán salvados. Y eso que el tema del des¬ censo de Jesús a los Limbos no aparece más que en el Evangelio apócrifo de Nicodemos y no se extiende sino muy tardíamente, en el siglo xm, principalmente bajo la influencia del Espejo histórico, de Vicente de Beau- vais, y de la Leyenda dorada, de Jacques de Vorágine. LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Dejando aparte la casa de los justos del Antiguo Testamento, única¬ mente alcanzan la salvación ciertos personajes aislados de la Antigüedad a quienes su popularidad ha arrancado del infierno por la puerta falsa de una santa leyenda. El más popular de los héroes antiguos es Alejandro Magno, inspira¬ dor de todo un ciclo romántico, explorador —en batiscafo— del fondo de los mares, explorador también de los cielos, adonde fue conducido por dos grifos. A su lado, Trajano debe su salvación a un gesto misericordioso narrado en la Leyenda dorada. «Había en otro tiempo en Roma un empe¬ rador pagano llamado Trajano que, aunque pagano, había mostrado una gran bondad. Se cuenta que, un día en que se disponía a partir para una guerra, una viuda acudió a su encuentro, bañada en lágrimas, y le dijo: “¡Te suplico que vengues la sangre de mi hijo, muerto injustamente!” Trajano contestó que, si regresaba vivo de la guerra, vengaría la muerte del joven. Mas la viuda: “Y si tú mueres en la guerra, ¿quién me hará justicia?” Y Trajano: “¡El que reine después de mí!” Y la viuda: “Pero tú, ¿qué provecho obtendrás de ello si es otro el que me hace justicia?” Y Trajano: “Ningún provecho.” Y la viuda: “¿No vale más que me hagas justicia tú mismo, de manera que te asegures la recompensa de tu buena acción?” Y Trajano, movido de piedad, descendió de su caballo y se ocupó de vengar la muerte del inocente. »Se cuenta también que un hijo de Trajano, recorriendo a caballo las calles de la ciudad, había dado muerte al hijo de una pobre mujer: en vista de lo cual, el emperador dio por esclavo su propio hijo a la madre de la víctima y dotó magníficamente a esta mujer. ))Ahora bien, como un día Gregorio (Gregorio el Grande) pasaba por el Foro de Trajano, le vino al recuerdo la justicia y la bondad de ese antiguo emperador: de tal forma que, al llegar a la basílica de San Pedro, lloró amargamente y rogó por él. Y he aquí que una voz de lo alto le contestó: “Gregorio, he acogido tu demanda y librado a Trajano de la pena eterna. ¡Pero guárdate bien de venir otra vez a rogarme por ningún condenado! ” Según Damasceno, la voz dijo simplemente a Gregorio: “Atiendo tu ple¬ garia y perdono a Trajano.” Este punto está completamente fuera de duda, pero no hay conformidad en los detalles que lo rodean. Los unos pretenden que Trajano fue nuevamente llamado a la vida, de manera que pudiese hacerse cristiano y obtener así su perdón. Otros aseguran que el alma de Trajano no fue librada por completo del suplicio eterno, sino que su pena fue simplemente suspendida hasta el día del Juicio Final. Otros más sostienen que el castigo de Trajano fue únicamente dulcificado, a ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES petición de Gregorio. Otros afirman que éste no rogó por Trajano, sino que lloró por él. Otros todavía estiman que Trajano fue eximido de la pena material, que consiste en ser atormentado en el infierno, pero no fue exceptuado de la pena moral, que consiste en ser privado de la vista de Dios.» Larga narración que, a través de sus variantes y el desarrollo de una larga casuística sobre la salvación, manifiesta la dificultad con que, aun de modo excepcional, podía un personaje verse admitido durante la Edad Media en el seno del buen sentido de la Historia. Beneficiario de un salvamento semejante, Virgilio, gracias a la cuarta égloga, se convierte en un profeta. Así lo encontramos en una miniatura alemana del siglo xii, incluido en el árbol de Jessé. Salvo estas excepciones, los personajes de la Antigüedad desaparecie¬ ron en la damnatio memorias, en la destrucción de los ídolos, en la supre¬ sión de esa aberración histórica, la Antigüedad pagana, que la Cristiandad medieval realizó tan completamente como le fue posible, al igual que derribó los monumentos paganos, con la sola limitación que le imponía su ignorancia y su pobreza técnica, las cuales obligaban a transformar para su uso una parte de esos templos normalmente destinados a la destrucción. El ((vandalismo» de la Cristiandad medieval, que se ejerció lo mismo a costa del paganismo antiguo que de las herejías medievales —cuyos libros y monumentos aniquiló implacablemente—, no es más que una forma de ese totalitarismo histórico que le hizo arrancar todas las malas hierbas crecidas en el campo de la Historia. Cierto que una pléyade de sabios antiguos —cuyos nombres se han convertido en simbólicos: Donato (o Prisciano), Cicerón, Pitágoras, Pto- lomeo, Euclides, al cual hay que añadir Boecio— personifican a veces en los pórticos de las iglesias, la de Chartres, por ejemplo, a las siete artes liberales, pero cuando Aristóteles o Virgilio —aparte la excepción que hemos señalado más arriba— escapan de ese ostracismo y se deslizan en la iconografía de las iglesias medievales lo hacen siempre con el aspecto ridículo que les prestan las anécdotas inventadas a su cuenta: Aristóteles sirve de montura a la joven india Campaspe, a la que hace una corte de viejo verde; Virgilio queda suspendido en la canasta donde le deja expues¬ to a las burlas del público la dama romana que le había dado una cita en¬ gañadora. De esta Historia antigua suprimida no queda, en definitiva, más que una sola figura simbólica: la Sibila, anunciadora de Jesucristo, que de¬ vuelve a la Antigüedad extraviada su sentido histórico. 237 si I.A CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Historia cristiana, a la que, en la segunda mitad del siglo xii, Pedro Comestor —Pedro el Comedor— da su forma clásica en su Historia sco- lastica, en la cual se trata deliberadamente a la Biblia como una Historia. Historia sagrada, que comienza con un acontecimiento primordial: la Creación. Ningún libro de la Biblia ha obtenido tanto éxito ni ha sus¬ citado tantos comentarios como el Génesis o, mejor todavía, como el co¬ mienzo del Génesis, concebido como una historia semanal, el Hexaemeron. Historia natural, en la que aparecen el cielo y la tierra, los animales y las plantas. Historia humana, sobre todo, con sus protagonistas, que serán los soportes y los símbolos de la humanidad medieval: Adán y Eva. Historia, en fin, determinada por el dramático accidente del que surgirá todo lo res¬ tante: la tentación y el pecado original. Historia que, sin embargo, se divide de inmediato en dos grandes ramas: Historia sagrada e Historia profana, cada una de ellas dominada por un tema principal. En la Historia sagrada, la nota sobresaliente es un eco: el Antiguo Testamento, anuncio del Nuevo, en un paralelismo lle¬ vado hasta el absurdo. Cada episodio, cada personaje del Antiguo prefigura a los correspondientes del Nuevo. Tal Historia desemboca en la iconografía gótica, se extiende por los pórticos de las catedrales, en el frontispicio de los Precursores, en las grandes figuras paralelas de los profetas y los após¬ toles. Ella es la encarnación temporal de esta estructura esencial de la men¬ talidad del Medievo: estructura por analogía, por eco. No existe realmente sino aquello que recuerda a algo o a alguien, aquello que ya ha existido alguna vez. En la Historia profana, el tema fundamental es la transferencia del poder. El mundo, en cada época, tiene un solo corazón al unísono del cual y bajo el impulso del cual vive el resto del universo. Fundado sobre la exégesis orosiana del sueño de David, la sucesión de los imperios, de los babilonios a los medas y los persas, más tarde a los macedonios y, después de ellos, a los griegos y a los romanos, el tema es el hilo conductor de la filosofía medieval. Procede en un doble nivel: el del poder y el de la civilización. Su transferencia del poder, translatio imperii, es ante todo una transferencia del saber y de la cultura, translatio estudii. Mas esta tesis simplista no se contenta con deformar la Historia, sino que acentúa el aislamiento de la civilización cristiana, rechazando las civilizaciones contemporáneas, la bizantina, la musulmana, las asiáticas. Se pliega a todas las pasiones, a todas las propagandas. Otón de Freising señala el Sacro Imperio Romano-Germánico como su coronamiento. El poder supremo ha pasado «de Roma a los griegos, de ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES ]os griegos a los francos, de los francos a los lombardos, de los lombardos a los germanos». Chrétien de Troyes lo transporta a Francia, en los célebres versos del Cligés: Por los libros que tenemos Conocemos los hechos de los antiguos Y del mundo que fue en otro tiempo. Los libros nos han enseñado Que Grecia tuvo en caballería Y en clerecía el primer premio. Después lo tuvo Roma en caballería Y de la clerecía la suma, Que ahora posee Francia. Dios quiera que se mantenga en ella, Y que el lugar tanto la conforte Que jamás salga de Francia La gloria que en ella se ha fijado. Ricardo de Bury, por su parte, en el siglo xiv, la traslada a Inglaterra: «La admirable Minerva hace el recorrido de las naciones humanas y pasa de un extremo al otro del universo, a fin de darse a todos los pueblos. He¬ mos visto ya que ha pasado por los indios, los babilonios, los egipcios y los griegos, los árabes y los latinos. Ha abandonado ya Atenas, ha dejado Roma, olvidado París y acaba de llegar felizmente a la Gran Bretaña, la más ilus¬ tre de las islas, microcosmos del universo...» Cargada de pasión nacionalista, la concepción de la translatio inspira, sobre todo, a los historiadores y a los teólogos medievales la creencia en el predominio del Occidente. Este movimiento de la Historia desplaza sin cesar y cada vez más el centro de gravedad del mundo, desde el Oriente hasta el Occidente, lo cual permite al normando Orderic Vital, en el si¬ glo xir, hacer participar a sus compatriotas normandos en la preeminencia. Otón de Freising escribe: ((Todo el poder y la sabiduría humanas, nacidas en Oriente, han comenzado a rematarse en Occidente.)) Y Hugo de Saint- Victor asegura: «La Divina Providencia ha ordenado que el gobierno universal, que, al principio del mundo, se hallaba en Oriente, se traslade hacia Occidente, a medida que los tiempos se acercan a su cumplimien¬ to, para advertirnos que se acerca el fin del mundo, pues el curso de los acontecimientos ha llegado ya al extremo del universo.» 239 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Concepción simplista y simplificadora, que tiene, a pesar de todo, el mérito de establecer una relación entre la Historia y la Geografía — loca simul et témpora, ubi et quando gestae sunt, considerare oportet —, «hay que considerar a la vez los lugares y los tiempos, es decir, dónde y cuándo se han producido los acontecimientos)), escribe Hugo de Saint-Victor, y el de conceder valor a la unidad de la civilización. A la escala más reducida de una Historia nacional, los clérigos de la Edad Media y, con ellos, su público retendrán los acontecimientos que hacen progresar a su país en el sentido general de la Historia, que lo hacen participar más estrechamente en la Historia esencial de la salvación. Así, para Francia, se señalan tres momentos culminantes: el bautismo de Clo- doveo, el reinado de Carlomagno y las primeras Cruzadas, vistas como una gesta francesa, Gesta Dei per francos. En el siglo xm, San Luis tomará en su mano la continuación de esta Historia providencial francesa, aunque en un contexto mental diferente, ya que el santo rey, si bien supone un nuevo momento en una Historia discontinua, que olvida los episodios no signifi¬ cativos para situar unos a continuación de otros los sucesos esenciales, se inserta también en una nueva trama histórica continua, la de las Chroni- ques royales de Saint-Denis. Mas ni siquiera esta Historia cristianizada y occidentalizada es capaz de difundir en la Cristiandad medieval una alegría optimista. La frase de Hugo de Saint-Victor, citada anteriormente, lo expresa con toda claridad: la etapa es un final, el signo de la aproximación inminente del fin de la Historia. De hecho, el esfuerzo histórico esencial de los pensadores cristianos medievales consiste en intentar frenar la Historia, en detener su caída. La sociedad feudal —con sus dos clases dominantes, caballería y clerecía, como dice Chrétien de Troyes— se considera como el fin de la Historia, al igual que Guizot verá en el triunfo de la burguesía, durante el siglo xix, el coro¬ namiento de la evolución histórica. Detención de la Historia que los escolásticos tratarán de consolidar y fundamentar en la razón, sosteniendo que la historicidad es algo falaz, peli¬ groso, y que lo único que cuenta es la eternidad intemporal. El debate entre los partidarios de una verdad progresivamente revelada ( Veritas filia tem- poris, «la verdad es hija del tiempo», habría dicho Bernardo de Chartres) y los defensores de una verdad inmutable llena todo el siglo xii. Hugo de Saint-Victor, por ejemplo, se opone vivamente a la tesis de Abelardo, según la cual se exigía aun a los justos del Antiguo Testamento el conocimiento explícito de la encarnación de Cristo. Saint-Victor insiste en la Historia 240 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES dispensationis temporalis Divinae Providentiae. El plan providencial se desarrolla para él en el tiempo. Pero, un siglo más tarde, Santo Tomás de Aquino dirá todavía que la Historia de las doctrinas es inútil. Sólo interesa la parte de verdad que pudo contenerse en ellas. Argumento en parte polémico, sin duda, que permite al Doctor Angélico tomar lo que quiere de Aristóteles, desechando toda discusión sobre su inserción en un conjunto pagano. Mas también tendencia profunda de una búsqueda de la verdad en la inmutabilidad, de un esfuerzo por evadirse de un tiempo histórico movible. Frente a esas dos tendencias, esto es, un historicismo decadente que conduce al pesimismo histórico y un optimismo intemporal que se interesa únicamente en las verdades eternas, emergen a la luz del día tímidos esfuer¬ zos por revalorizar el presente y el futuro. El más importante de esos esfuerzos es el que, aun aceptando el esque¬ ma de las edades del mundo y el diagnóstico de vejez atribuido al presente, subraya las ventajas de una tal vejez. Así, Bernardo de Chartres escribe: ((Cierto que somos enanos encaramados en las espaldas de gigantes, pero por eso mismo alcanzamos a ver más lejos que ellos.» La frase hace girar hábilmente en beneficio del presente la imagen del empequeñecimiento histórico. Y San Buenaventura, en un pensamiento que Pascal volverá a utilizar más tarde, aceptará también la imagen de las edades y de la vejez del mundo para subrayar el acrecentamiento de los conocimientos huma¬ nos que de ella resulta. ¿Será éste, por lo tanto, todo el sentimiento de progreso del que la Edad Media haya sido capaz? Al examinar el empleo de los términos modcrnus, mndcrni, moderni- tas, se percibe que algo está a punto de cambiar durante el siglo xii en la concepción del tiempo, en la consciencia histórica. Cierto que tales térmi¬ nos tienen principalmente un sentido neutro. Designan a los contempo¬ ráneos, en una extensión de presente que Walter Map evalúa en cien años, en contraposición a los antiqui que los han precedido. Mejor toda¬ vía, tanto el término como el hecho se hacen las más veces sospechosos, como observa Walter Map también: ((Toda época ha sentido desagrado por su propia modernidad y cada edad ha preferido aquellas que la pre¬ cedían.» Volveremos a encontrar esta aversión de la Edad Media por la novedad. Y, no obstante, la modernitas, los moderni del siglo xii se afirman cada vez más con un orgullo que se advierte poderosamente desafiante ante el pasado, pletórico de promesas para el futuro. Se acerca el tiempo en que LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL el término constituirá un programa, una afirmación, una bandera. El IV Concilio de Letrán (1215) sancionará un aggiornamento del compor¬ tamiento y de la sensibilidad cristianas que abrirá las puertas a una moder¬ nidad, si no a un modernismo consciente de sí mismo. Las órdenes mendi¬ cantes serán las campeonas de ese cambio de valores. Así lo afirmarán los Anales de Normandía en el año 1215: ((Esas dos órdenes —menores y predicadores— fueron acogidas por la Iglesia y el pueblo con una gran alegría, a causa de la novedad de su regla.» Sin embargo, esta puesta en marcha de la Historia, ese nuevo movimiento no habría sido posible a no ser por el florecimiento de nuevas actitudes frente al tiempo, surgidas de la evolución, ya no del tiempo abstracto de los clérigos, sino de los tiempos concretos, cuya red rodeaba a los hombres de la Cristiandad medieval. # # # Marc Bloch ha encontrado una fórmula eficaz para resumir la actitud que los hombres de la Edad Media adoptaron frente al tiempo: (dJna vasta indiferencia». Esta indiferencia se manifiesta, por ejemplo, en los cronistas, avaros de fechas —dotados como están de una insensibilidad a la cifra precisa, sobre la cual insistiremos—, que sustituyen por vagas expresiones: ((en aquel tiempo», «entre tanto», «poco después»... Y, en el nivel de la mentalidad colectiva, una confusión temporal bási¬ ca mezcla pasado, porvenir y futuro. La confusión se manifiesta de manera muy particular en la persistencia de ciertas responsabilidades colectivas, expresión clara de primitivismo. Todos los hombres vivientes son respon¬ sables de la falta de Adán y de Eva, todos los judíos contemporáneos son responsables de la Pasión de Cristo, todos los musulmanes son responsables de la herejía de Mahoma. Como no ha dejado de observarse, los cruzados de finales del siglo xi no creían que su misión se dirigiese a castigar a los descendientes de los verdugos de Jesucristo, sino a los verdugos mismos. Así, en el arte, en el teatro, el anacronismo de los vestidos —que, como es sabido, se mantendrá durante largo tiempo— demuestra no solamente la mezcla de las épocas, sino más aún el sentimiento, la creencia de los hom¬ bres de la Edad Media en que todo cuanto es fundamental para la huma¬ nidad le es contemporáneo. A través de los milenios, la liturgia hace revivir cada año, en una extraordinaria condensación, la Historia sagrada. Men¬ talidad mágica, que hace del pasado presente, porque la trama de la Histo¬ ria es la eternidad. 242 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES No obstante, la Encarnación implica una necesaria datación. Al ser dividida la Historia en dos épocas por la vida de Jesucristo, al fundarse toda la religión cristiana sobre este acontecimiento, resulta de ello una inclina¬ ción, una sensibilidad esencial a la cronología. Sin embargo, esta cronología no está ordenada a lo largo de un tiempo divisible en momentos iguales, exactamente medibles, lo que llamamos un tiempo objetivo o científico. Se trata, por el contrario, de una cronología ((significativa». La Edad Media, tan ávida de fechar como podamos estarlo nosotros, no lo hace según las mismas normas ni las mismas necesidades. Lo que a ella le importa señalar en el tiempo difiere de lo que nos importa a nosotros. Admitida esta dife¬ rencia, esencial sin duda alguna, creo que, lejos de ser indiferentes al tiem¬ po, los hombres de la Edad Media se mostraban singularmente sensibles a él. Cuando no son más precisos, se debe simplemente a que no sienten la necesidad de serlo, dado que el hecho que se evoca no tiene precisión de una cifra. Ahora bien, una referencia al tiempo falta muy raras veces. Tal ocurre en los cantares de gesta. En Mainet, el joven Carlomagno, héroe del poema, ataca a su enemigo Bradamante en un día de San Juan: Barones, fue un día de fiesta de San Juan Cuando Mainet bajó cerca de la tienda de Bradamante. ¿Alusión a la espada Alegre del joven, cuyo pomo contiene una reli¬ quia, un diente de San Juan? ¿Evocación más o menos consciente de los ritos celebrados en la noche de San Juan y del papel que en los mismos representan los jóvenes? Sea lo que fuere, el poeta se ha preocupado de fechar. Adenet el Rey, al comienzo de Berthe au grand pied, cuenta cómo ha leído las aventuras de su heroína en Le livre aux histoires, que encontró en la abadía de Saint-Denis: En París, la ciudad, estaba yo un viernes. Como era viernes, me vino el pensamiento De que, para invocar a Dios, iría a Saint-Denis... En Saint-Denis me quedé desde entonces hasta el martes. De hecho, esas notaciones, que son en este caso las del día, dependen de diferentes sistemas de referencias cronológicas, que coexisten en la men¬ talidad de los hombres de la Edad Media. La realidad es que no existe un tiempo, una cronología unificada. Una multiplicidad de tiempos, tal es la realidad temporal para el espíritu medieval. 243 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Pero retengamos en primer lugar esa necesidad cronológica, que en ningún otro campo es tan fuerte como en la Historia sagrada. Todo lo que se refiere a Cristo está señalado por una exigencia de me¬ dida temporal. Así, en el Elucidarium, la cronología de la vida terrestre de Jesús aparece expuesta en detalle: la gestación de María: Cur novem menses fuit clausus in útero? (¿Por qué permaneció nueve meses encerrado en la matriz?); el momento de su nacimiento: Qua hora natus est? (¿En qué hora nació?); la duración de su existencia oculta: Quare in triginta annis nec docuit nec signumfecit? (¿Por qué durante treinta años no enseñó ni se manifestó?); la prolongación de su muerte física: Quot horas fuit mortuus?: Quadraginta (¿Cuántas horas estuvo muerto?: Cuarenta). De la misma manera, el tiempo de la Creación exige una cronología exacta. Cronología hebdomadaria de la Creación; pero, asimismo, cómputo preciso de la Caída. «“¿Cuánto tiempo permanecieron (Adán y Eva) en el paraíso?” “Siete horas.” “¿Por qué no más largo tiempo?” “Porque, desde el momento en que la mujer hubo sido creada, traicionó en seguida; a la hora de tercia, el hombre, que acababa de ser creado, impuso nombres a los animales; a la hora de sexta, la mujer, apenas formada, gustó inmediatamente del fruto prohibido y tendió la muerte al hombre, que, por amor a ella, comió de él; y pronto, a la hora de nona, el Señor los expulsó del paraíso.”» Uso bastante extraño de la fecha, que hace datar la Creación y calcu¬ lar las duraciones más o menos simbólicas de la Biblia. Al mismo tiempo que llevan hasta su límite la exégesis alegórica, los hombres de la Edad Media exageran su cuidado de tomar al pie de la letra las noticias de las Escrituras. Especialmente todo cuanto figura en los «Libros históricos» es considerado como un hecho real y fechado. Las crónicas universales comien¬ zan por esas fechas, manifestando así una verdadera obsesión cronológica. Mas, por otro lado, no existe unanimidad en lo que se refiere a esta crono¬ logía. Jacques de Vorágine lo confiesa ingenuamente cuando escribe: «No se está de acuerdo sobre la fecha del nacimiento de Nuestro Señor Jesucris¬ to en la carne. Los unos dicen que tuvo lugar 5.228 años después del naci¬ miento de Adán, otros que ocurrió 5.900 años después de este nacimiento.» Y añade prudentemente: ((Fue Método el primero en fijar este período en 6.000 años; pero lo ha encontrado más por inspiración mística que por cálculo cronológico.» En efecto, la cronología medieval propiamente dicha, los medios para medir el tiempo, para conocer la fecha o la hora, los instrumentos cronomé¬ tricos son en extremo rudimentarios. La continuidad con el mundo greco- 244 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES latino es en este aspecto absoluta. Los instrumentos de medida del tiempo continúan estando ligados a los caprichos de la Naturaleza (como el cuadran¬ te solar, cuyas indicaciones no pueden producirse, por definición, sino du¬ rante el día y en tiempo soleado) o están basados en la medida de segmentos temporales tomados sin referencia a una continuidad, como el reloj de are¬ na, la clepsidra y todos esos sustitutivos del reloj, inaptos para medir un tiempo datable, reducible a cifras, pero adaptados a la necesidad de medir jalones de tiempo concretos: candelas que dividen la noche en tres perío¬ dos y, para los tiempos cortos, plegarias, según las cuales se define el tiempo de un Miserere o de un Pater. Instrumentos sin precisión, a merced de un incidente técnico impre¬ visible: nube, grano de arena demasiado grande, hielo... malicia de los hombres, que alargan o acortan la candela, precipitan o prolongan la reci¬ tación de la plegaria. Y, al mismo tiempo, sistemas variables de contabilidad del tiempo. El año comienza en fechas diferentes en los diversos países de acuerdo con la tradición religiosa que posean, haciendo partir la redención de la humanidad —y la renovación del tiempo, por tanto— de la Natividad, de la Pasión, de la Resurrección de Jesús, incluso de la Anunciación. Y de este modo, una serie de «estilos» cronológicos coexisten en el Occidente medie¬ val. El más extendido de ellos es el que hace comenzar el año en Pascua. El que triunfaría en el porvenir, es decir, el primero de enero, la Circuncisión, se hallaba por entonces muy poco extendido. El día comienza asimismo en momentos variables: al ocaso del sol, a medianoche, a mediodía. Las horas son desiguales. Se mantienen las viejas horas romanas más o menos cristia¬ nizadas: en primer lugar, maitines (hacia medianoche); después, en inter¬ valos aproximados de tres horas actuales: laudes (las 3), prima (las 6), ter¬ cia (las 9), sexta (mediodía), nona (las 15), vísperas (las 18) y completas (las 21). * # • En la vida cotidiana, los hombres de la Edad Media se sirven de seña¬ les cronológicas tomadas a diferentes universos socio-temporales, que les vie¬ nen impuestos por las diversas estructuras económicas y sociales. Nada, en efecto, traduce mejor la estructura de la sociedad medieval que los fenó¬ menos metrológicos y los conflictos que se cristalizan en torno a ellos. Las medidas —en el tiempo y en espacio—- suponen un instrumento de domi¬ nación social de una extraordinaria importancia. Quien las domina refuer¬ za singularmente su poder sobre la sociedad. Y esta multiplicidad de los *45 I.A CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL tiempos medievales se refleja en las luchas sociales de la época. Al igual que en los campos y en las ciudades se disputa en torno a las medidas de capacidad —que determinan raciones y niveles de vida— unas veces a favor y otras en contra de las medidas del señor o de la ciudad, la medida del tiempo será el objeto de luchas para tratar de arrancarla en lo posible a las clases dominantes: clero y aristocracia. De la misma manera que la escri¬ tura, la medida del tiempo continuará siendo, durante gran parte de la Edad Media, patrimonio de los poderosos, uno de los elementos de su poder. La masa no posee su tiempo. Es incapaz incluso de determinarlo. Obedece a los tiempos impuestos por las campanas, las trompetas y los olifantes. Ahora bien, el tiempo medieval es, en primer término, un tiempo agrícola. En un mundo donde la tierra es lo esencial, donde la casi totalidad de la sociedad vive de ella, en la opulencia o la miseria, la primera referen¬ cia cronológica ha de ser por fuerza una referencia rural. Ese tiempo rural es, en principio, el de la larga duración. El tiempo agrícola, el tiempo campesino es un tiempo de esperas y de paciencias, de permanencias, de vueltas a empezar, de lentitudes y, si no de inmovilismo, por lo menos sí de resistencia al cambio. No referido a acontecimientos, escapa a la necesidad de la fecha. O mejor, sus fechas oscilan dulcemente al ritmo de la naturaleza. Porque el tiempo rural es un tiempo natural. Sus grandes divisiones son el día y la noche y las distintas estaciones. Tiempo contrastado, que ali¬ menta la tendencia medieval al maniqueísmo: oposición de la sombra y la luz, del frío y del calor, de la actividad y de la ociosidad, de la vida y de la muerte. La noche está llena de amenazas en ese mundo en que la luz artificial es rara (las técnicas de iluminación, incluso durante el día, no progresarán sino en el siglo xm, con el auge del vidrio plano), peligrosa, provocadora del incendio en un mundo de madera —sobre esta materia, basta leer, entre otras mil, la narración que hace Joinville del incendio declarado por la noche en la cámara de la reina de Francia, a bordo del navio que la trae con San Luis de Tierra Santa—, Además, está acaparada por los poderosos: cirios de los clérigos y antorchas de los señores, que eclipsan los pobres candiles del pueblo. Contra las amenazas humanas, las puertas se cierran y la ronda, en las iglesias, los castillos y las ciudades, vigila con celo. La legislación medieval castiga con un vigor extraordinario los delitos y los crímenes cometidos durante la noche. La noche es la gran circunstancia agravante de la justi¬ cia medieval. ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES Y, sobre todo, la noche es el tiempo de los peligros sobrenaturales. Tiempo de la tentación, de los fantasmas, del Diablo. A comienzos del siglo xi, el cronista alemán Thietmar multiplica las historias de aparecidos, afirmando seriamente su autenticidad: «De la misma manera que Dios ha dado el día a los vivos, ha dado la noche a los muertos.» La noche pertenece a los brujos y a los demonios. En desquite, es el momento privilegiado del combate espiritual para los monjes y los místicos. La vigilia, la oración nocturna son ejercicios eminentes. San Ber¬ nardo recuerda la palabra del salmista: «En medio de la noche me he levantado para glorificarte, Señor.» Tiempo de lucha y de victoria, toda noche recuerda la noche simbó¬ lica de Navidad. Abramos de nuevo el Elucidarium por el capítulo que se refiere a Cristo: «“¿A qué hora ha nacido?” “En medio de la noche...” “¿Por qué durante la noche?” “Para llevar la luz de la verdad a aquellos que andan errantes por la noche del error.”» En la poesía épica y lírica, la noche es el tiempo de la angustia y de la aventura. Y con frecuencia aparece unida a otra especie de oscuridad: el bosque. El bosque y la noche combinados significan el súmmum de la angustia medieval. Así, cuando Berta se halla extraviada: La dama estaba en el bosque, cuán duramente lloraba... Cuando la noche llegó, comenzó a sollozar... ¡Ah, noche, qué larga eres! Mucho se te ha de temer. A lo cual hace eco, en un momento en que el tema se ha convertido ya en un lugar común ligeramente dulzón, Chrétien de Troyes en Yvain: Y la noche y el bosque le causan Grande enojo... En contraposición, todo lo que es «claro» —una palabra clave en la literatura y en la estética medievales— es bello y bueno: el sol que res¬ plandece sobre las armaduras de los guerreros y sobre sus espadas, la clari¬ dad de los ojos azules y de los cabellos rubios de los jóvenes caballeros... ((Bello como el día»: la expresión no ha sido nunca tan profundamente sentida como durante la Edad Media. Y el deseo va tan lejos que Lodina, impaciente por volver a ver a Yvain, formula: «¡Que haga de la noche día!» Otro contraste: el de las estaciones. A decir verdad, el Occidente me¬ dieval sólo conoce dos estaciones: el invierno y el verano. Si alguna vez 247 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL aparece la palabra primavera, es en la poesía erudita, como la de los Goliar¬ dos *. Por ejemplo, el poema Omnia sol temperat —el sol acaricia todas las cosas— magnifica «el poder de la primavera», veris auctoritas, mientras que otro de ellos opone entre sí primavera e invierno: Ver etatis labitur, Hiemps riostra properat. (La primavera de la vida se desvanece, Nuestro invierno se acerca.) Sin embargo, también en este caso el confrontamiento se establece tan sólo entre dos estaciones, aunque éstas suelen ser habitualmente el verano y el invierno. Por otra parte, el verano es, en lengua vulgar, el tiempo de la renovación, la primavera de la poesía latina. María de Francia, en el canto de Laostic, habla «de una tarde de verano, cuando los bosques y los prados reverdecen y los vergeles están floridos». La oposición invierno-verano constituye uno de los grandes temas del Minnesang *. La Sommerwonne, «la voluptuosidad del verano», se opone a la Wintersorge, «el enojo del invierno». En un célebre poema, Walther von der Vogelweide * canta al verano que «ahuyenta y arrincona el invier¬ no de la triple preocupación»: la desaparición de los colores, el silencio de los pájaros, el fin de los goces al aire libre. Del mismo modo que el día lo hace con la noche, el verano disipa la «angustia», Anger, fruto del invierno, como canta Conrado von Würzburg: Sumerzit fronde git. (El verano da la alegría.) Neidhart, más próximo a la mentalidad campesina, ordena al invierno que se retire, como se hacía en ciertos ritos de las fiestas folklóricas: «Vete, invierno, huye, porque tú haces daño.» La personificación del verano en el Minnesang es el mes de mayo, mes de la renovación, lo cual viene a confirmarnos la ausencia de la primavera o, mejor aún, su absorción por el verano: 248 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES Messire Mai, á vous le prix, Honni soit l’hiver. (Señor mayo, para ti el premio. I Maldito sea el invierno!) dice uno de los primeros poemas del Minnesang. El «sentimiento de mayo» reviste tanta fuerza en la sensibilidad medie¬ val que el Minnesang llega a crear un verbo especial para definirlo: «es maiet», ((hace mayo», verbo de la libertad y de la alegría. Nada expresa mejor ese tiempo rural de la Edad Media que el tema de los meses, repetido por todas partes: tanto en la escultura (tímpanos de las iglesias) como en la pintura (frescos y miniaturas), y en la literatura, donde informa un género poético especial. Los doce meses vienen repre¬ sentados por las respectivas ocupaciones rurales que en ellos se realizan: desde la poda de los árboles a la montanera del cerdo, su matanza en el lindero del invierno y las comilonas que esta matanza permite junto a la chimenea. En el tratamiento del tema pueden aparecer variantes, unidas a tradiciones iconográficas o a diferencias geográficas de la economía rural. La recolección es, con frecuencia, más tardía en los ciclos septentrionales, y las ocupaciones vitícolas no figuran siempre en ellos. En la poesía, se ha observado, por ejemplo, que el mes de abril ocupa a menudo en Francia el lugar de mayo en Alemania. En consecuencia, se ha atribuido a una influencia francesa el poema de Heinrich von Veldeke que canta abril: In den Aberillen so die Blumen springcn en vez del mayo habitual en el Minnesang. No obstante, por todas partes el ciclo sigue basándose fundamental¬ mente en los trabajos rústicos, si bien es preciso distinguir casi siempre en el interior de dicho ciclo campesino, de esta sucesión rural, un hiatus —en abril y mayo—, una incursión cortesana, señorial. Se trata de la cabalgata del señor, del joven señor en general, joven como la renovación del tiem¬ po. Se trata, en una palabra, de la cacería feudal. De esta manera, un tema de clase social se desliza en el tema económico. # * * Ello se debe a que al lado del tiempo rural, o mejor, coexistentes con él, otros tiempos sociales se imponen: el tiempo señorial y el tiempo clerical. 249 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL El tiempo señorial es, en un comienzo, un tiempo militar. Señala en el año el período en que recomienzan los combates, cuando se exige el ser¬ vicio del vasallo. Es el tiempo de la hueste. Es también el tiempo de los pagos campesinos. Los mojones del año, como vamos a ver, están constituidos por las grandes fiestas. Entre ellas hay algunas que catalizan la sensibilidad del tiempo dentro de la masa campe¬ sina : los vencimientos feudales, cuando han de pagarse las rentas o censos, sea en especie, sea en dinero. Los plazos varían según las regiones y según los dominios. Sin embargo, una época se distingue particularmente en esta cronología de los pagos: el final del verano, en que se lleva a cabo la parte esencial del descuento señorial sobre las cosechas. La gran fecha del «tér¬ mino» es San Miguel (39 de septiembre), en ocasiones sustituido por el día de San Martín (11 de noviembre). # # * Pero el tiempo medieval es, sobre todo, un tiempo religioso y clerical. Tiempo religioso porque el año es, en principio, el año litúrgico. Aho¬ ra bien, y es ésta una característica primordial en la mentalidad medieval, el año litúrgico, que sigue el drama de la Encarnación y la historia de Jesu¬ cristo, desde el Adviento a Pentecostés, ha sido rellenado poco a poco de momentos, de días significativos, tomados a otro ciclo, el de los santos. Las fiestas de los grandes santos han venido a intercalarse en el calendario cris- tológico y la fiesta de Todos los Santos (1 de noviembre) se ha convertido, al lado de Navidad, Pascua, Ascensión y Pentecostés, en una de las más grandes fiestas del año religioso. Lo que refuerza la atención que las gen¬ tes de la Edad Media prestan a tales fiestas, lo que les confiere definiti¬ vamente su carácter de fecha, es que, aparte las ceremonias religiosas espe¬ ciales y con frecuencia espectaculares que las señalan, son los hitos de la vida económica: fechas de los pagos agrícolas, días de fiesta para los arte¬ sanos y los obreros. Tiempo clerical, porque el clero, gracias a su cultura, domina la medi¬ da del tiempo, tínicamente él tiene necesidad, a causa de la liturgia, de medir el tiempo. Y sólo él es capaz de hacerlo, por lo menos de una forma aproximada. El cómputo eclesiástico se basa, en primer término, en el cálculo de la fecha de Pascua, para llevar a cabo el cual la Alta Edad Media se debatió largo tiempo entre un método irlandés y un método romano. Dicho cálculo supuso la base para los primeros progresos en la medida del tiempo. Sobre todo, el clero es el amo de los indicadores del tiempo. El 250 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES tiempo medieval se halla regido por las campanas. Los toques dados por los clérigos, por los monjes, por la servidumbre de los conventos, son los únicos puntos de referencia en toda la jornada. El toque de las campanas hace conocer el único tiempo cotidiano que puede ser medido aproximadamen¬ te: el de las horas canonicales, por el cual todos los hombres se regulan. La masa campesina se encuentra hasta tal punto sometida a ese tiempo cle¬ rical, que el universitario Juan de Garlande, a comienzos del siglo xm, da de campana la fantasiosa pero reveladora etimología siguiente: aCampane dicuntur a rusticis qni habitant in campo, qui nesciant jndicare horas nisi per campanas .» (Las campanas reciben su nombre de los campe¬ sinos que habitan la campiña y no saben conocer las horas sino por medio de ellas.) Tiempo agrícola, tiempo señorial, tiempo clerical: lo que caracteriza en definitiva todos estos tiempos es su estrecha dependencia del tiempo natural. Esta característica, tan evidente para el tiempo agrícola, lo es también, si se piensa en ello, para los otros dos. El tiempo militar está fuertemente ligado al tiempo natural. Las operaciones guerreras no comienzan sino con el verano y acaban con él. Una vez transcurridos los tres meses del servicio obligatorio en la hueste, se produce la desbandada de los ejércitos feudales. La constitución del ejército aristocrático medieval, basado en la caballería, acentúa esta dependencia. Una capitular de Pepino el Breve (751) sancio¬ na la evolución. La hueste será desde ahora reunida en mayo y no en abril, con objeto de permitir a los caballos nutrirse en los prados reverdecidos. La poesía cortesana, que toma su vocabulario de la caballería, llama al tiempo en que el amante corteja a su dama «el servicio de verano». El tiempo clerical, por su parte, no está menos sometido a ese ritmo. No sólo la mayor parte de las grandes fiestas religiosas reemplazan a fiestas paganas que se hallan, a su vez, en relación directa con el tiempo natural —la Navidad, para dar el ejemplo más conocido, fue fijada para sustituir una fiesta del Sol en el momento del solsticio—, sino que, lo que es más importante, todo el año litúrgico se adapta al ritmo natural de los trabajos agrícolas. El año litúrgico ocupa, de Adviento a Pentecostés, el período del reposo de los campesinos. En contraposición, el verano y una parte del oto¬ ño, momento de la máxima actividad agraria, quedan libres de grandes fies¬ tas, si se exceptúa la pausa de la Asunción de la Virgen María, el 15 de agosto, fiesta que, por otro lado, no se afirma sino muy lentamente, no entra en la iconografía hasta el siglo xii y no parece imponerse más que en el xm. Jacques de Vorágine testimonia un hecho significativo: el traslado de 25 1 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL la fecha en que se celebraba primitivamente la fiesta de Todos los San¬ tos, desplazamiento que se lleva a cabo con objeto de no entorpecer el calendario agrícola. Esta fiesta, proclamada en Occidente por el papa Boni¬ facio a comienzos del siglo vn, había sido fijada entonces en el 13 de mayo, al ejemplo de Siria, donde la fiesta había aparecido ya en el siglo iv, en el cuadro de una Cristiandad esencialmente urbana. A finales del siglo viii, fue transferida al primero de noviembre. El motivo fue, según dice la Leyenda dorada , que «el papa juzgó mejor que la fiesta fuese celebrada en un momento del año en que estando ya terminadas las vendimias y las cosechas, los peregrinos pueden encontrar más fácilmente cómo nutrirse». Este período que abarca del siglo viii al ix, que es el mismo en que Carlomagno da a los meses nuevos nombres que evocan en general los trabajos rurales, parece ser el momento deci¬ sivo en que se remata, como hemos visto, la ruralización del Occidente medieval. El carácter fundamental de esta dependencia de las estructuras tem¬ porales de la mentalidad medieval —mentalidad de una sociedad rural pri¬ mitiva— con respecto al tiempo natural, en parte alguna se manifiesta me¬ jor que en los cronistas. Entre los acontecimientos que consideran más importantes, anotan todo cuanto se sale de lo normal en relación al orden natural: malas rachas climáticas, epidemias, hambres... Estas anotaciones, tan preciosas para el historiador de la economía y de la evolución social, son debidas directamente a la concepción medieval del tiempo como dura¬ ción natural. Esta dependencia del tiempo medieval con relación al tiempo natural se encuentra incluso en el mundo del artesanado y del comercio, más desli¬ gado en apariencia de esta servidumbre. En el mundo de los oficios, los con¬ trastes entre día y noche, invierno y verano influyen de manera decisiva sobre la reglamentación corporativa. La prohibición habitual de trabajar por la noche deriva de ellos en gran medida. Muchos oficios tienen un ritmo de actividad diferente en invierno que en verano. A finales del siglo xm, por ejemplo, los albañiles perciben salarios cuyo montante difiere según se trate de la estación muerta o del buen tiempo. Por lo que toca al universo de la actividad comercial, la navegación mercante queda inmovilizada du¬ rante el invierno, por lo menos hasta el final del siglo xm, cuando se extien¬ de el uso de la brújula y del timón de codaste o charnela. Incluso en el Mediterráneo, los navios se detienen y permanecen en el fondeadero desde comienzos de diciembre a mediados de marzo. En los mares septentrionales, la estadía es con frecuencia mucho más larga todavía. 252 EPIGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 74 A 91 74. el demonio devorador de hom¬ bres. El Demonio, que aparece en la icono¬ grafía medieval en proporción a las an¬ gustias constantes que inspira, no se halla mas dramáticamente presente en ningún lugar que en los capiteles de la iglesia románica de Saint-Pierre de Chauvigny (siglo XII). El monstruoso Demonio que aprisiona con sus garras a su presa humana y se dispone a tra¬ garla, se encuentra cercano a los dioses- lobo devoradores del folklore campesi¬ no. El tema fue legado al arte románi¬ co por los monjes irlandeses. En el Poi- tou, acaso se haya visto contaminado por la leyenda de la Grande Goule, el dragón que devoraba en Poitiers a las religiosas de Radegunda, hasta que la santa puso fin a sus hazañas. (Chau¬ vigny. Vienne, iglesia de Saint-Pierre.) 75. EL TÉRMINO DE LA HISTORIA INDIVI¬ DUAL Y colectiva: el juicio final. Toda la vida del cristiano se ordena hacia ese instante decisivo: el Juicio Final. Sin embargo, el tema no apa¬ rece ampliamente representado hasta el advenimiento del arte gótico, en es¬ pecial en el timpa 7 io de las catedrales del siglo XIII. La ordenación gótica lo presenta en dos niveles: abajo, la re¬ surrección, garantía de esperanza, que significará, además, para los artistas góticos la ocasión de ensayarse en el desnudo (a veces maravillosamente lo¬ grado, como en Rampillon) y, en la parte superior, el Juicio, que preside San Miguel, cuya balanza enviará a los elegidos hacia el Paraíso y hacia el In¬ fierno a los condenados, vigilados por la burlona cohorte de los diablos. En una parte de la escena que no aparece en la ilustración se ve a los elegidos conducidos por un franciscano (presti¬ gio de la orden en la sociedad) y un rey (prestigio de San Luis y frropaganda monárquica). La gracia angélica triun¬ fa aquí en una obra del gótico florido, correspondiente a finales del siglo XIII (hacia 1280). (Bourges, tímpano del pórtico central en la catedral de Saint- Etienne.) 76. EL DEMONIO TENTADOR. La acción primordial del demonio es la tentación, que atenta contra el libre albedrío del hombre. La tentación tie¬ ne sus héroes: los santos. Su prototipo es San Antonio, que asiste aquí, aterro¬ rizado, al suplicio de un condenado martirizado por tres demonios (véase il. 60). (Vézelay, iglesia abacial de la Magdalena, capitel de la nave, entre 1120 y 1140.) 77. LOS INSTRUMENTOS DEL DIABLO : LA MÚSICA PROFANA Y LA MUJER. La iconografía medieval se complace en multiplicar dentro de las iglesias las representaciones del diablo, incansable en asaltar al hombre con tentaciones repelidas. También en Vézelay, el De¬ monio presenta dos de sus instrumen¬ tos favoritos: la música profana y la mujer, incitadoras ambas de la lujuria. (Vézelay, iglesia de la Magdalena, ca¬ pitel de la nave, entre 1120 y 1140.) 253 EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 74 A 9 78. LA MUJER, INSTRUMENTO DEL DIA¬ BLO. De todas las tentaciones del Diablo, la mujer es la más diabólica. En la ilustración, el Diablo la presenta a San Benito, que se defenderá de la tenta¬ ción haciendo rodar su cuerpo desnu¬ do sobre ortigas (véase il. 156), bajo la forma insidiosa de una compañera ves¬ tida, que, a primera vista, no tiene nada de seductora. Este capitel de Fleury se debe probablemente a Hu- gues de Sainte-Marie (véase il. ry) y es, por lo tanto, anterior a 1108. (Saint- Benóit-sur-Loire, iglesia abacial, capi¬ tel de la nave.) 79. LAS VÍCTIMAS TERRESTRES DEL DE¬ MONIO: UNA POSESA. Una de las más grandes misiones de los santos consiste en curar a los po¬ sesos, librándolos del Demonio, que, al introducirse en sus cuerpos, se apodera de su alma. La técnica de la repulsión es el exorcismo, reservado a los santos o a clérigos especializados, los exorcis- tas. Sobre uno de los vanos de la puer¬ ta de bronce de la basílica de San Zenón de Verona, obra germánica de finales del siglo XI (véanse ils. 62-63), san ~ to obispo libera del demonio a una princesa poseída. (Verona, basílica de San Zenón.) 80. DIOS: EL CRISTO SUFRIENTE DEL DESCENDIMIENTO. La representación de la Crucifixión en sus diversos episodios corresponde, a la vez, a una evolución de la sensibi¬ lidad, más impresionada por el Cristo sufriente que por el Dios triunfante, y a una propaganda, particularmente viva en la Italia del Norte, hogar, en esta segunda mitad del siglo XII, de la herejía del catarismo, que negaba las realidades y los símbolos de la Cruz. Aquí, en la catedral de Parma, el gran Benedetto Antelami, en quien culmi¬ nará la escultura lombarda después de Wiligelmo (Módena, 1099), esculpe en 1178 su Descendimiento. Sobre un fon¬ do de follajes nielados, se destaca una composición todavía muy bizantina. El tema del descendimiento de la Cruz cobra un gran auge en Bizancio a partir del siglo X. El conjunto, con sus diversas escenas, debe mucho al drama litúrgico de la Pasión, cada vez más representado. (Parma, catedral.) 8l y 82. DIOS SUFRIENTE Y DIOS TRIUN¬ FANTE. Desde finales del siglo XII, los dos te¬ mas coexisten en la iconografía: Dios triunfante en su trono, Dios sufriente en la Cruz. Tal sucede en estas dos cubiertas de evangeliarios, que datan del siglo XIII, adornados con figuras esmaltadas en relieve, en las que se manifiesta la maestría del arte lemosín. Los cabujones prolongan el gusto bár¬ baro por las cosas coloridas y el oropel. En una de ellas (il. 82), el Cristo en ma¬ jestad aparece coronado por los símbo¬ los evangélicos de San Mateo y de San Juan. En la otra, la fusión entre los dos temas resulta muy atrayente: el Cristo crucificado se muestra al mismo tiem- 254 m Tnri ÍU^, f, j'JJtÍ ¡ ríff i |i f i fjp •vfc^ .wt k. á*"^. i KjC (' ' "M md W JE&i 1 V 1 yri ji Mmt 7| i J / v '* i d '“• *yW'l*¡Áá* M|' V . vi- ■ ¿ >wv1mí^j ¡Él . ‘>¡ i L*i_au, H; -s* ■ar* K^k. v EPIGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 74 A 91 po coronado. A sus pies, la Virgen y San Juan son testimonio también de una inspiración iconográfica más re¬ ciente (il. Si). (París, Museo de Cluny.) 83. EL DIOS DE LOS TEÓLOGOS: LA TRI¬ NIDAD. Hasta las postrimerías de la Edad Me¬ dia, la Trinidad no conoce una gran popularidad en la iconografía de Occi¬ dente. Las representaciones simbólicas por intermedio de tres personajes o tres ángeles uno al lado del otro (por ejemplo, en el salterio de San Luis, Pa¬ rís, Biblioteca Nacional, manuscrito latino 10525, fol. 7 vuelto) no se man¬ tienen en él como en el Oriente orto¬ doxo. La que triunfa es la composición superpuesta al Padre de más edad, al Elijo más joven y al Espíritu Santo bajo la forma de paloma como en esta vidriera del siglo XIII. (Marburgo, igle¬ sia de Santa Elisabet.) 84. cristo salvador: el cristo en EL ÁRBOL DE LA VIDA. El culto al Salvador se afirma desde la época carolingia. En esta miniatura que ilustra un evangeliario encontrado en el tesoro de la catedral de Bamberg y que fue ejecutado en la abadía de Reichenau a principios del siglo XI, la representación del Cristo Salvador reú¬ ne diversos temas habitualmente sepa¬ rados. Cristo Salvador del Mundo apa¬ rece en el Paraíso, con los atributos de la victoria: el árbol de la vida y el glo¬ bo del Universo. Sostiene en equili¬ brio el firmamento donde reina Dios Padre (en lo alto), el cielo con el sol y la luna (a derecha e izquierda) y la tierra, vivificada por el agua —Fons vitae, fuente de la vida — y personifi¬ cada por una mujer que emerge semi- desnuda. La vida se muestra, además, simbolizada por los cuatro ríos del Pa¬ raíso, en figura femenina (lo cual es excepcional), y los símbolos de los cua- tra evangelistas, ríos mis ticos de la pa¬ labra de Cristo. La miniatura es co¬ mentada por el versículo de San Juan (7, i?)'- “Si alguien tiene sed, que beba y que tenga la vida eterna.” (Mu¬ nich, Biblioteca del Estado Bávaro, Clm 4454, fol. 20 vuelto.) 85. UN REY TAUMATURGO: EDUARDO EL CONFESOR. Los reyes medievales intentaron hacer¬ se reconocer un poder milagroso de cu¬ ración. Los reyes de Francia, al curar las escrófulas, parecen haber obtenido más éxito que los reyes de Inglaterra. No obstante, en el siglo XIII, la pro¬ paganda inglesa consiguió que se atri¬ buyese ese poder a Eduardo el Confe¬ sor, no como rey, sino como santo. En las vidrieras del siglo XIII que ador¬ nan la abadía benedictina de Fécamp, los milagros de San Eduardo figuran al lado de los de San Luis curando los leprosos. La ilustración, una miniatu¬ ra incluida en un manuscrito del si¬ glo XIII, La Estoire de seint Aedward le Rei, presenta a Eduardo el Confe¬ sor curando a una mujer escrofulosa. (Cambridge, Biblioteca Universitaria, manuscrito E D III S. 9.) 255 EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 74 A 91 86. los Ángeles: ángeles de la re¬ surrección. Los ángeles son los intermediarios en¬ tre Dios y el hombre. En el presente caso, lo llaman a la Resurrección: “Y los siete ángeles, que tenían siete trompetas, se dispusieron a tocarlas” (Apocalipsis, y, 6). Se trata de un de¬ talle de los frescos que fueron pinta¬ dos hacia 1200 por el maestro de Llu- fá en el coro de la iglesia de Sant Pau de Narbona, Casserres, en Cata¬ luña. (Solsona, Museo Arqueológico Diocesano.) 87. los ángeles: el ángel extermi- NADOR. Los jinetes del Apocalipsis fueron re¬ presentados ya en un capitel de la to¬ rre-pórtico de Saint-Benoit-sur-Loire, al comienzo del siglo XI. El texto del Apocalipsis (6, 8): “Ele aquí el caba¬ llo pálido; y el que lo montaba tenía por nombre Muerte y el infierno lo se¬ guía; y se le dio poder en las cuatro partes del mundo para dar muerte por la espada, el hambre, la muerte y las bestias salvajes”, experimentó, a través de la evolución de la iconografía, cam¬ bios sensibles. Como en este capitel de Saint-Nectaire (siglo XII), acaba por no quedar sino un jinete blandiendo tres flechas, que representan la guerra, el hambre y la epidemia (en latín mor- talitas evocado por morsj. Por último, el jinete se metamorfosea en un án¬ gel, el ángel exterminador. (Iglesia de Saint-Nectaire, Puy-de-Dóme.) 88. los ángeles: el arcángel de la ELECCIÓN ETERNA, SAN MIGUEL. San Miguel cumple en la Edad Media diversas funciones. Santo militar (com¬ batiendo contra el dragón), honrado en las alturas (del Monte Gargano al Mont-Saint-Michel, pasando por todas las capillas situadas en lugares eleva¬ dos, que le estaban dedicadas desde la época carolingia), acabó por especiali¬ zarse como presidente del tribunal en el Juicio Final. Pesa las almas en la ba¬ lanza y cuida de que el diablo no la haga inclinarse indebidamente hacia el lado malo. Es el último aliado del hom¬ bre en el umbral de la Eternidad, sa¬ biendo, si es preciso, dar el golpe ne¬ cesario para ‘‘hacer inclinar la pesada”. El pesador de almas fue pintado du¬ rante el siglo XIII por el maestro de Soriguerola en este panel, procedente de uno de los lados de un altar que fi¬ gura en una iglesia situada en el valle de Ribas, Cataluña. (Vich, Museo Epis¬ copal.) 89. LA ANGUSTIA DE LA SALVACIÓN: EL TEMIDO TIEMPO DEL ANTICRISTO. Al Anticristo nace en el cristianismo de una larga tradición que se remonta al Apocalipsis. Parece proceder de una elaboración de la primera bestia o del dragón del Apocalipsis. El comentario de Beatus de Liebana, redactado a fi- nales del siglo VIII (véase il. 22), y sus ilustraciones hacen de él un personaje en figura humana, al que la Edad Me¬ dia teme constantemente ver aparecer. EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 74 A 91 Los horrores que ha de cometer están imaginados sobre el modelo de las ca¬ lamidades medievales. Por ejemplo, esta miniatura del Beatus de San Se¬ vero (siglo XI) destruye una ciudad y después da muerte a sus habitantes. El texto del Apocalipsis que inspiró, a tra¬ vés de Beatus, esta escena es el pasa¬ je (11, 1-13) en que la bestia (conver¬ tida aquí en el Anticristo) da muerte a los dos testimonios de Dios, llamados Elias y Enoc por Beatus, y a los que se unía toda una tradición escatológica. Obsérvese la representación obsesiva de las armas mortíferas, sobre todo la es¬ pada. Es el tiempo en que la Iglesia trata de imponer las instituciones de paz. (París, Biblioteca Nacional, ma¬ nuscrito latino 8878, fol. ijj.) 90. LA ANGUSTIA DE LA SALVACIÓN: EL CRISTO SALVADOR. El culto al Salvador se acompaña du¬ rante el siglo XIII de una devoción destinada a gozar de una gran popula¬ ridad: la devoción a los instrumentos de la Pasión: la cruz, los clavos, la es¬ ponja, la lanza. Ese tema doloroso se combina en esta miniatura de un sal¬ terio checo o polaco, que data de co¬ mienzos del siglo XIII, con el de la victoria sobre la muerte. Cristo apa¬ rece en la actitud tradicional de ma¬ jestad y la resurrección de los huma¬ nos subraya el hecho de que la Pasión ha significado la Redención de la hu¬ manidad. (Zwettl, Austria, Biblioteca del Monasterio Cisterciense, Códice 204, fol. 87.) 91. la angustia de la salvación: la RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS. Ese libro de perícopas (o evangeliario), que contiene los pasajes del Evangelio leídos en la misa, fue ejecutado duran¬ te los primeros años del siglo XI en la abadía de Reichenau. Estaba destina¬ do al emperador Enrique II, quien lo ofreció a la iglesia abacial de San Es- teban, Bamberg, consagrada en 1020. Los muertos surgen de sus tumbas a la llamada para el Juicio Final de los cuatro ángeles tocadores de tuba, es¬ coltados por los Cuatro Vientos. El pintor de Reichenau, muy personal, ha modificado numerosos detalles, con¬ vertidos en tradicionales a partir de él. Por ejemplo, ha vestido a los muertos, que se muestran desnudos en las repre¬ sentaciones habituales de esta escena. (Munich, Biblioteca del Estado Báva- ro, Clin 4472, fol. 57.) 257 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL El tiempo medieval comienza a cambiar —lentamente todavía— en el curso del siglo xiv. El éxito del movimiento urbano, los progresos de la burguesía de comerciantes y de empresarios, que experimentan la necesi¬ dad de medir más exactamente el tiempo del trabajo y las operaciones comerciales —bancarias sobre todo, con el desarrollo de la letra de cam¬ bio—, rompen y unifican los tiempos tradicionales. Ya en el siglo xm, el grito o la trompa del vigilante indicaba el comienzo de la jornada y pronto la campana del trabajo aparece en las ciudades comerciales, en particular las ciudades con industrias textiles de Flandes, Italia, Alemania... Además, el progreso técnico, sostenido por la evolución de la ciencia que criticaba la física aristotélica y tomista, rompe el tiempo y lo hace discontinuo, per¬ mitiendo la aparición de los relojes medidores de la hora en el sentido moderno, es decir, como la veinticuatroava parte del día. Cierto que el reloj de Gerbert, construido hacia el año 1000, no era aún más que un reloj de agua, tal como el que describe todavía el rey de Castilla Alfonso el Sabio en el siglo xm, si bien éste más perfeccionado. Sin embargo, es al final de este mismo siglo cuando se lleva a cabo el progreso decisivo con el descu¬ brimiento del mecanismo de escape, del cual nacen los primeros relojes mecánicos que se extienden por Italia, Alemania, Francia e Inglaterra y, más tarde, por toda la Cristiandad durante los siglos xiv y xv. El tiempo se laiciza. Un tiempo laico, el de los relojes de las torres o atalayas, se afirma frente al tiempo clerical de las campanas de las iglesias. Mecanismos frági¬ les todavía, que se descomponen con frecuencia y que continúan siendo tributarios del tiempo natural hasta el punto de que el comienzo de la jor¬ nada varía de una ciudad a otra y parte muy a menudo del momento, siem¬ pre variable, del orto y el ocaso del sol. Sin embargo, el impulso es lo suficientemente fuerte para que incluso Dante — laudator temporis acti — perciba que una manera de medir el tiempo se halla en vías de desaparición y, con ella, toda una sociedad, la de nuestra Edad Media. Todavía Cacciaguida se lamenta sobre ese tiempo difunto: Fiorenza, dentro della cercliia antica, ond’ella toglie ancora e terza e nona, si stava in pace, sobria e púdica. (Florencia, en el interior del círculo de sus antiguas murallas, donde se conservaba aún el reloj que daba la tercia y la nona, vivía en paz, sobria y virtuosa.) ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES # * # Ahora bien, antes de esa gran sacudida, lo que importa a los hom¬ bres de la Edad Media no es lo que cambia, sino lo que perdura. Como se ha dicho, ((para el cristiano de la Edad Media, sentirse existir significa¬ ba sentirse ser, y sentirse ser suponía sentirse no cambiar..., sentirse sub¬ sistir». Significaba, sobre todo, sentirse dirigido hacia la eternidad. Para él, el tiempo esencial era el tiempo de la salvación. Entre el cielo y la tierra, tan estrechamente unidos uno al otro, tan inextricablemente incluso mezclados, existe no obstante en el Occidente medieval una extraordinaria tensión. El ideal de ganar el cielo desde aquí abajo se contrapone en los espíritus, los corazones, los comporta¬ mientos, al violento y contradictorio deseo de hacer descender el cielo a la tierra. El primer movimiento es el de la huida del mundo: fuga mundi, en cuya aparición dentro de la sociedad cristiana se conoce perfectamente. Implícita en la doctrina, no se encuentra sociológicamente hasta el mo¬ mento en que, ganada ya la partida en el mundo, los seres exigentes co¬ mienzan a manifestar, para sí mismos y para sus hermanos, la protesta, sin cesar recomenzada desde el siglo iv, del eremitismo. El gran ejemplo lo da el Oriente, Egipto. Las Vitae Patrum, las vidas de los Padres del desierto, disfrutan a través de toda la Edad Media occidental de un éxito extraordinario. £1 desprecio del mundo, el contemptus mundi, constituye uno de los grandes temas de la mentalidad medieval. Y no es sólo la dote de los místicos, de los teólogos (hacia finales del siglo xa, antes de ser nombrado papa, Inocencio III escribe un tratado, De contemptus mundi, que puede considerarse como la quintaesencia ideológica de ese sentimien¬ to), de los poetas (nombremos, entre tantos otros, los poemas de Walther von der Vogelweide, de Conrado von Würsburg y de otros Minnesanger, sobre Frau Welt, el mundo personificado en una mujer de engañosos atrac¬ tivos, seductora vista de espaldas, repulsiva vista de frente). Está también profundamente enraizado en la sensibilidad común. Esta tendencia profunda, que no todos consiguen realizar durante su vida, se encarna en algunos seres excepcionales que se presentan como ejemplos, como guías: los ermitaños. Ya desde sus comienzos, en Egipto, el eremitismo había dado nacimiento a dos corrientes: el de la soledad individual, expresada por un San Antonio, y el de la soledad en común dentro de los monasterios, corriente cenobítica representada por un San 259 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Pacomio. El Occidente medieval conoce esas dos corrientes, pero sólo la primera consigue una verdadera popularidad. Cierto que las órdenes ere¬ míticas, como los cartujos y los cistercienses, gozaron durante un cierto tiempo de un prestigio espiritual superior al de los monjes tradicionales, más mezclados en el mundo, los benedictinos, incluso los reformados en torno a Cluny. Los monjes blancos —su hábito blanco es una verdadera bandera, símbolo de humildad y de pureza, dado que exige una tela cruda, no teñida— se oponen a los monjes negros y ejercen en su origen una seducción superior sobre el pueblo. Pero pronto se unen en la sus¬ picacia popular al conjunto de los monjes e incluso al de los clérigos secu¬ lares. El modelo es el ermitaño aislado, verdadero realizador a los ojos de la masa laica del ideal solitario, la más elevada manifestación del ideal cristiano. Verdad es que hay una coyuntura del eremitismo. Ciertas épocas son más fértiles en ermitaños. En el mismo instante en que el mundo occi¬ dental se desprende del estancamiento que padeció durante la Alta Edad Media y se encamina por una senda rica en realizaciones: demográficas, económicas o sociales (desde el fin del siglo x al final del siglo xn), se pro¬ duce como contrapunto, para realizar un equilibrio, si no una protesta, contra esos éxitos mundanos, una amplificación de la gran corriente ere¬ mítica, nacida, sin duda, en Italia, al contacto, a través de Bizancio, con la gran tradición eremítica y cenobítica oriental. Ejemplos de ella son San Nilo de Grottaferrata, San Romualdo, fundador, a principios del si¬ glo xi, de los camaldulenses, cerca de Florencia; San Juan Gualberto y su comunidad de Vallumbrosa. Movimiento que culmina en las órdenes de Prémontré, de Grand- mont, de la Cartuja, de Cíteaux, pero que, al lado de grandes realizacio¬ nes, engloba otras más modestas, como la de Roberto d’Arbrissel en Fonte- vrault. Movimiento, sobre todo, que da lugar a esos innumerables soli¬ tarios —ermitaños, reclusos y reclusas— que, menos ligados a una regla, a un sistema eclesiástico, más cercanos a un cierto ideal anárquico de la vida religiosa, más fácilmente confundidos por el pueblo con los hechi¬ ceros o, por lo menos, más fácilmente convertidos por él en santos, pueblan los desiertos, es decir, los bosques de la Cristiandad. El ermitaño es el modelo, el confidente, el maestro por excelencia. Hacia él se vuelven las almas en pena, los caballeros, los amantes atormentados por alguna falta. Los cantares de gesta y los romances los hacen surgir en cada rincón del bosque, como el viejo Ogrin consultado por Tristán e Isolda. 260 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES El ermitaño Ogrin mucho los sermonea, De arrepentirse les da consejo. El ermitaño les repite con frecuencia Las profecías de la Escritura Y les recuerda sin cesar El Juicio de Dios. El ermitaño supone para los hombres de la Edad Media el refugio del ideal cristiano cuando la Iglesia aparenta traicionarlo. Recordemos, por ejemplo, a Walther von der Vogelweide que, tras haber vilipendiado a los Pfaffen —los «curas»—, les opone el ermitaño que llora por la Iglesia y por su papa demasiado joven (Inocencio III) y suplica al Señor que ayude a la Cristiandad. Da weinte ein klósenaere... (Allí lloraba un ermitaño...) Ermitaños que acaban a veces por convertirse en agitadores espiritua¬ les y, a menudo, incluso en agitadores populares, transformados en predi¬ cadores itinerantes, apostados en los lugares de paso de las rutas, encruci¬ jadas en el bosque, puentes, y que, finalmente, acaban por abandonar el desierto para predicar en las plazas públicas de las ciudades, con gran escán¬ dalo de algunos, por ejemplo, del clérigo de Chartres, Payen Bolotin, que escribe, a principios del siglo xii, un poema contra esos «falsos ermitaños», mientras el célebre canonista Yves de Chartres alaba la vida cenobítica en oposición al ermitaño Rainaud, partidario de la vida solitaria. Sin embargo, a lo largo de la Edad Media, aparte esos momentos de fama y de popularidad del eremitismo, hay una gran presencia y una atracción continuadas de los solitarios. La iconografía los representa tal como son en la realidad, protesta viviente de una ostentación salvaje fren¬ te a un mundo que triunfa, se instala, se civiliza. Con los pies desnudos, vestidos de pieles sin curtir —de cabra, por regla general—, en la mano el bastón en forma de lau, bastón del peregrino e instrumento de magia y de salvación —el signo tau hecho con ese bastón sirve de protección a imitación del signo salvador anunciado por Ezequiel (9, 6: ((perdona a todo aquel que lleva el signo tau») y el Apocalipsis (7, 3)—, ejercen su seducción siguiendo el ejemplo de su patrón San Antonio, el gran ven¬ cedor de todas las tentaciones, y, por encima de él, del iniciador de la espi¬ ritualidad del desierto, San Juan Bautista. 261 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL No todos pueden hacerse ermitaños, claro está. Pero muchos intentan realizar, por lo menos simbólicamente, ese ideal que se les aparece como una garantía de salvación. El uso de revestir el hábito monástico in articulo mortis, frecuente entre los grandes, pone bien de manifiesto ese deseo de identificarse con el modelo de la perfección monástica y, más precisamen¬ te, con la eremítica. La retirada del mundo de un caballero para hacerse ermitaño es también uno de los grandes temas de los cantares de gesta, que reproducen con frecuencia el episodio de la toma de hábito monás¬ tico por el caballero moribundo. La más célebre de estas ceremonias es la de Guillermo de Orange. El ejemplo es seguido por la clase de los grandes comerciantes. El dux de Venecia, Sebastiano Ziani, convertido por el comercio en proverbialmente rico —se decía «rico como Ziani»—, se retira en el año 1178 al monasterio de San Giorgio Maggiore, al igual que lo hará más tarde, en 1229, su hijo, Piero Ziani, que fue también dux. El gran banquero sienés Giovanni Tolomei funda en 1313 el mo¬ nasterio del monte Oliveto Maggiore, en el cual se encierra para esperar la muerte. A comienzos del siglo xi, San Anselmo escribe a la condesa Matilde de Toscana: «Si sentís que la muerte os es inminente, entregaos enteramente a Dios antes de abandonar esta vida y, para ello, tened siem¬ pre un velo preparado en secreto junto a vos.» A veces, la llamada del desierto, a la que puede estar mezclada un cierto gusto por la aventura, y aun por el exotismo, afecta también a un hombre del pueblo. Así ocurre, por ejemplo, al marino de San Luis, cuya repentina vocación al regreso de Tierra Santa nos relata Joinville: ((Después de habernos provisto de agua fresca y otras cosas de las que teníamos necesidad, dejamos la isla de Chipre. Llegamos después a otra isla que se llama Lampedusa, donde tomamos una buena cantidad de co¬ nejos; encontramos en ella una ermita antigua en medio de las rocas, con un jardín que habían arreglado los ermitaños que la habían habitado; en otros tiempos se veían en él olivos, higueras, cepas de viña y otros árboles todavía; por en medio corría un riachuelo alimentado por una fuente. El rey y yo nos fuimos hasta el extremo del jardín y vimos bajo la primera bóveda un oratorio blanqueado con cal y una cruz de tierra roja. «Entramos bajo la segunda bóveda y encontramos dos cuerpos huma¬ nos cuya carne estaba descompuesta; las costillas se mantenían todavía juntas y los huesos de las manos estaban colocados sobre el pecho; estaban acostados del lado del Oriente, a la manera como se entierran los cuerpos en la comarca. 262 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES »A 1 embarcarnos, uno de nuestros marineros faltó a la llamada; el piloto pensó que se había quedado en la isla para ser ermitaño y, por eso, Nicolás de Soisy, que era sargento mayor del rey, dejó tres sacos de ga¬ lleta en la orilla, a fin de que los encontrase y viviese de ellos.» Por último, para aquellos que no son capaces de esta penitencia final, la Iglesia prevé otros medios de asegurar su salvación. Consisten éstos en la práctica de la caridad, de las obras de misericordia, de las donaciones y, para los usureros y todos aquellos cuya riqueza haya sido mal adquirida, la restitución post mortem. De esta forma, el testamento pasa a ser un pasaporte para el cielo. De no tener bien presentes en el espíritu la obsesión por la salvación y el temor al infierno que animaba a los hombres de la Edad Media, jamás lograremos comprender su mentalidad y quedaremos atónitos ante este voluntario despojo del esfuerzo de toda una vida codiciosa, ante esa renun¬ cia al poder y a la riqueza que provoca una extraordinaria movilidad de las fortunas y manifiesta, aunque sea in extremis, hasta qué punto los más ávidos de bienes terrenos entre los hombres de la Edad Media acaban por despreciar siempre el mundo. Ese rasgo de la mentalidad que se opone a la acumulación de fortunas, contribuye a alejar a los hombres de la Edad Media de las condiciones materiales y psicológicas del capitalismo. * # # De todos modos, esta huida desesperada del mundo no fue la única aspiración de los hombres de la Edad Media hacia la felicidad de la sal¬ vación, de la vida eterna. Otra corriente igualmente poderosa arrastró a muchos de ellos hacia otra esperanza, hacia otro deseo: la realización en la tierra de la felicidad eterna, el retorno a la edad de oro, al paraíso perdido. Esa corriente es la del «milenarismo», el sueño de un millenium —de un período de mil años, de hecho, la eternidad— instaurado o, mejor aún, restaurado en la tierra. El proceso histórico de esta creencia es complejo. El milenarismo es un aspecto de la escatología cristiana que se inserta en la tradición apo¬ calíptica y se halla estrechamente unido al mito del Anticristo. En primer lugar, se forma y se enriquece lentamente sobre el fondo del Apocalipsis. No cabe duda de que el Apocalipsis evoca terribles tribu¬ laciones, pero ese clima dramático desemboca en un mensaje de esperanza. El Apocalipsis nutre una creencia optimista. Es la afirmación de una reno- 263 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL vación decisiva: Ecce nova fació omnia. «He aquí —dice Dios en el día del Juicio Final— que hago todas las cosas nuevas.» Y, sobre todo, se realizará entonces la visión del autor del Apocalipsis: la Jerusalén celeste bajará sobre la tierra. Et ostendit mihi civitatem sanctam Jerusalem, descenden- tem de cáelo a Deo. «Y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, descendiendo del cielo, enviada por Dios.» Esta visión se acompaña de todo el resplandor de esas claridades cuya fuerte seducción sobre los hombres de la Edad Me¬ dia hemos visto. La Jerusalén celeste se muestra habentem claritatem Dei, et lumen ejus simile lapidi pretioso tanquam lapidi jaspidis, sicut crystallum, «con la claridad de Dios, y su luz se parece a una piedra preciosa, como el jaspe, semejante al cristal». Et civitas non eget solé, ñeque luna, ut luceant in ea: nam claritas Dei illuminavit eam et lucerna ejus est Agnus. «Y la ciudad no está falta ni de sol ni de luna, sino que brillan en ella; pues la cla¬ ridad de Dios la ha iluminado y su lámpara es el Cordero.» No obstante, en ese proceso que ha de acabar con la victoria de Dios y la salvación del hombre, las tribulaciones que se desencadenan en la tierra durante la fase preliminar acaparan pronto la atención de los hombres de la Edad Media. E intervienen otros textos, tomados del Evangelio: Mateo 24; Marcos 13 y Lucas 21. Es la descripción de los acontecimien¬ tos que deben preceder a la venida del Hijo del Hombre. Tomemos de Mateo el terrible anuncio: Consurget enim gens in gentem, et regnum in regnum, et erunt pestilentiae, et james, et terraamotus per loca: haec autem omnia initia sunt dolorum. «Las gentes se levantarán las unas con¬ tra las otras, los reinos los unos contra los otros, y habrá epidemias y ham¬ bres y terremotos aquí y allá: y no será más que el comienzo del tiempo de los sufrimientos, de la abominación de la desolación.» Este anuncio del fin de los tiempos por las guerras, las epidemias, el hambre, parece muy próximo a los hombres de la Alta Edad Media. Las matanzas de las invasiones bárbaras, la Gran Peste del siglo vi, las terribles hambres que se repiten de vez en cuando, mantienen la angustio¬ sa espera. Temor y esperanza mezclados, pero, principalmente y cada vez en mayor grado, miedo, terror pánico, espanto colectivo. El Occidente me¬ dieval constituye, en esa espera de la salvación, el mundo del miedo ine¬ ludible. Marquemos algunos jalones en esta larga historia de un miedo elaborado doctrinalmente poco a poco y, de generación en generación, visceralmente vivido. Al término de la Gran Peste del siglo vi, cuando el recrudecimiento del azote engendró la creencia en la proximidad inminente del Juicio 264 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES Final, Gregorio el Magno, designado en 590, en plena epidemia, sucesor de una serie de pontífices impotentes (¿acaso no ha perseguido a uno de ellos el populacho de Roma, según el Líber Pontificalis, con el clamor Pestilen- tia tua tecum. Fames tua tecum. «Que tu peste, que tu hambre caigan so¬ bre ti»?), lega a la Edad Media una espiritualidad de fin del mundo, ba¬ sada en una apelación a la gran penitencia colectiva. Pero, en medio de ese tejido de acontecimientos terribles, un episodio comienza a pasar paulatinamente al primer plano: el del Anticristo. El personaje se encuentra en germen en la profecía de Daniel, en el Apo¬ calipsis, en las dos epístolas de San Pablo a los Tesalónicos. Santa Irene a finales del siglo n, Hipólito de Roma a comienzos del ni, Lactancio, en fin, a principios del iv, le han dado figura e historia. Anotemos que todas esas predicciones catastróficas se han forjado en el seno de acontecimien¬ tos históricos penosos: la guerra judía, la crisis económica de finales del si¬ glo 1 y el Apocalipsis de Juan, la gran crisis del mundo romano en el siglo iii, la peste negra en el vi. Resumamos el episodio. En la víspera del fin de los tiempos, un personaje diabólico vendrá a desempeñar el papel directivo en las catástrofes e intentará arrastrar a la humanidad hacia la condenación eterna. El Anticristo es la antítesis de Cristo. A él se opondrá otro personaje que intentará reunir bajo su dominio al género humano, a fin de llevarlo por el camino de salvación —será el Emperador del Fin del Mundo—. Y el Anticristo será por fin derribado por Cristo, bajado nuevamente a la tierra. La figura del Anticristo fue puesta de relieve en el siglo vm por un monje llamado Pedro, que la saca de un opúsculo griego del siglo vil, atri¬ buido por él a un personaje llamado Método. Más tarde, en el siglo x, Adson lo resucita para la reina Gerberga, esposa de Luis IV de Ultramar, y, después del año 1000, por Albuino, que aclimata en Occidente las pre¬ dicciones de la Sibila de Tibur, originadas en los siglos iv y v en un medio ambiente bizantino. El Anticristo pasa a ser desde este momento el héroe privilegiado de los teólogos y de los místicos. Frecuenta Cluny con el abad San Odón, al comienzo del siglo x, y con el monje poeta Bernardo de Morval, a mediados del siglo xii. Encuentra un terreno particularmente bien abonado en la Alemania del siglo xii, gracias a Anselmo de Havelberg, a Geroh de Rei- chersberg, a Otón de Freising, a Hildcgarda de Bingen *. La santa religiosa lo ve en sueños como una reproducción de Satán: «Una bestia con cabeza monstruosa, de un negro de carbón, con los ojos llameantes, orejas de asno y cuyas mandíbulas desencajadas estaban, armadas de.garfios de hierro.» 265 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL La mayor importancia del Anticristo y de su adversario, el Emperador del Fin de los Tiempos, estriba en que se prestan a todo tipo de manipu¬ laciones religiosas y políticas y seducen en tanto grado a las masas popu¬ lares como a los clérigos. En un mundo donde el duelo, como veremos más tarde, es una imagen preponderante de la vida espiritual, la idea de un adversario singular de Cristo y su fácil aplicación que tienen los episo¬ dios de la historia del Anticristo a situaciones reales favorecen la adopción de la creencia por el pueblo. Y muy pronto, a partir del siglo xn por lo menos, el gran género publicitario de la Edad Media, el teatro religioso, se apodera del personaje y lo hace familiar a todos. El Ludus de Antichris- to, el Juego del Anticristo, del que poseemos (en un manuscrito encon¬ trado en la abadía de Tegernsee, Baviera, que data de la segunda mitad del siglo xii) una versión inglesa y otra alemana particularmente intere¬ santes, fue representado en toda la Cristiandad. Sin embargo, la pareja esencial es la que forman el Anticristo y su enemigo, el rex justus, el «rey justo». Intereses-, pasiones, propaganda se apoderan de los personajes ilus¬ tres de la escena medieval y, según las necesidades de tal o cual causa, son identificados por sus partidarios con el rey justo o con el Anticristo. Propagandas nacionales, que hacen en Alemania de Federico Barbarroja y de Federico II el buen Emperador del Fin del Mundo, mientras que, apo¬ yándose en un pasaje de Adson, los panegiristas de la realeza de Francia profetizan la reunión de la Cristiandad bajo un monarca francés, propa¬ ganda de la que se beneficia especialmente Luis VII en el momento de la II Cruzada. Inversamente, los güelfos, partidarios del papa, hacen de Federico II el Anticristo, mientras que, aun en el trono de San Pedro, lo será Bonifacio VIII para sus adversarios laicos. Conocida es la fortuna de que ha gozado ese instrumento publicitario durante los siglos xv y xvi. Tanto Savonarola para sus enemigos, como el papa romano para los refor¬ mados, recibirán el epíteto de Anticristo. Propagandas sociales también, que verán el salvador del fin del mun¬ do en diversos agitadores políticos. Así, a principios del siglo xm, Balduino de Flandes, emperador latino de Constantinopla, fue considerado en Occi¬ dente como «un personaje sobrehumano, criatura fabulosa, mitad ángel, mitad demonio». La mayor parte de los leyendas forjadas en torno a un personaje his¬ tórico proceden del mito del «emperador dormido», eco del mito oriental del «emir oculto)). Barbarroja, Balduino, Federico II, no mueren para la masa ávida de sueños milenarios. Duermen en una caverna o viven dis¬ frazados de mendigos, esperando el momento de despertarse o de revelarse 266 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES para conducir a la humanidad hacia la dicha. Agitadores revolucionarios se adornan asimismo con esta aureola. Así acontece con Tanchelm en Ze¬ landia y en Brabante, hacia el año 1110. Vestido de monje, comienza sus predicaciones en pleno campo. Se cuenta que las multitudes venían a es¬ cuchar, como si se tratara de un ángel del Señor, a este hombre de extra¬ ordinaria elocuencia. Tenía la figura de un santo, y no se debe al azar el que sus mortales enemigos del Capítulo de Utrecht se quejasen de que «el Diablo se haya revestido con la apariencia de un ángel de luz». Es preciso, para comprenderlo, leer la historia de Tanchelm en la carta del Capítulo de Utrecht de 1112 o en el libro de Norman Cohn sobre la Quéte du Millenium. Y lo mismo ocurre aún en 1251, con ocasión del movimiento de los pastorales suscitado en Francia, respecto al jefe del movimiento, un monje apóstata a quien llaman el Maestro de Hungría. A veces, simples usurpadores se hacen pasar por esos Mesías terrestres, cuyo despertar es aguardado. Al igual que los falsos Dimitri de la Rusia del tiempo de los Desórdenes, o los falsos Luis XVII en la Francia de los comienzos del siglo xix, surgen falsos emperadores. El más célebre de ellos es, a princi¬ pios del siglo xiii en Flandes y en Hainaut, el falso Balduino, que no es otra cosa que un ejemplar del personaje-tipo que ya hemos descrito: un ermitaño mendicante que se convierte en «un príncipe y un santo, tan reverenciado que el pueblo besaba sus cicatrices, testimonio de su largo martirio, se peleaba por uno de sus cabellos o por un jirón de sus vestidos y bebía el agua de su baño, como se había hecho con Tanchelm algunas generaciones atrás». Al fin, en 1225, mientras un hambre terrible causaba verdaderos estra¬ gos, recibió de sus fieles el título de emperador. La Iglesia, si bien la mayor parte de las veces con escaso éxito, se preocupó de denunciar en esos agitadores, ya sea al Anticristo mismo, ya a uno de los pseudoprofetas que, según el mismo Evangelio y los textos milenarios, debían acompañar a aquél y seducir al pueblo por medio de falsos milagros. La corriente milenaria es compleja. Una de sus primeras consecuen¬ cias es que polariza la sensibilidad de la época en torno a ciertos fenóme¬ nos que llegan a ser esenciales para la mentalidad medieval. En las primeras páginas de la Leyenda dorada, Jacques de Vorágine enumera los signos anunciadores de la venida del Anticristo y de la apro¬ ximación del fin del mundo: «Las circunstancias que precederán al Juicio Final son de tres clases: signos terribles, la impostura del Anticristo y un inmenso incendio. 267 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL »Los signos que deben preceder el Juicio Final son cinco, puesto que San Lucas dice: "Habrá signos en el sol, en la luna y en las estrellas; en la tierra las naciones estarán consternadas, y el mar hará un ruido terrible por la agitación de sus olas.” Cosas todas de las que se hallará el comen¬ tario en el Libro del Apocalipsis. San Jerónimo, por su parte, ha encon¬ trado en los anales de los Hebreos quince signos anunciadores del Juicio Final: el primer día, el mar se elevará cuarenta codos por encima de las montañas y se quedará inmóvil como un muro; el segundo día descenderá tan bajo que apenas se podrá verlo; el tercer día, monstruos marinos apa¬ recerán entre las olas y lanzarán rugidos que se elevarán hasta el cielo; el cuarto día, el agua del mar quemará; el quinto día, los árboles y todos los vegetales segregarán un rocío sangriento; el sexto día, los edificios se hundirán; el séptimo día, las piedras se quebrarán en cuatro partes que chocarán entre sí; el octavo día tendrá lugar un temblor de tierra uni¬ versal, que derribará sobre el suelo a hombres y a bestias; el noveno día, la tierra se nivelará, reduciendo a polvo montañas y colinas; el décimo día, los hombres saldrán de las cavernas y errarán como insensatos, sin poderse hablar; el undécimo día, las osamentas de los muertos saldrán de las tumbas; el duodécimo día, las estrellas caerán; el decimotercer día, todos los seres vivientes morirán para resucitar en seguida con los muer¬ tos; el decimocuarto día, el cielo y la tierra quemarán y el decimoquinto día habrá un nuevo cielo y una nueva tierra, y todos resucitarán. »En segundo lugar, el Juicio Final será precedido por la impostura del Anticristo, que intentará engañar a los hombres de cuatro maneras: i.°, por una falsa exposición de las Escrituras, en las que tratará de probar que él es el Mesías prometido por la Ley; 2°, por la realización de milagros; 3. 0 , por la distribución de presentes; 4. 0 , infligiendo su¬ plicios. »En tercer lugar, el Juicio Final será precedido de un violento incen¬ dio, provocado por Dios para renovar el mundo, para castigar a los con¬ denados y para sacar a la luz el tropel de los elegidos.» Dejemos de lado de momento los acontecimientos sociales y políticos ligados al Anticristo. Retengamos tan sólo el extraordinario cortejo de prodigios geográficos y meteorológicos que acompaña en esta narración ejemplar la llegada del Último Día. En ella se encuentran todos los pro¬ digios de la tradición grecorromana, ligados lo mismo al mundo uraniano que al mundo ctoniano, y en ella se nutre la excepcional sensibilidad que presentan los hombres de la Edad Media a esos «signos» naturales, porta¬ dores para ellos de tantos espantos y promesas. Los cometas, las lluvias 268 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES de fango, las estrellas fugaces, los temblores de tierra, las altas marejadas, desatan un terror colectivo, más que por el cataclismo natural, por el fin del mundo que puede anunciar. Mas esos signos constituyen también, por encima del período de prue¬ bas y del terror, un mensaje de esperanza, una señal de la resurrección final. Por lo tanto, el tiempo medieval es un tiempo del temor y de la esperanza. Tiempo de la esperanza, porque el mito milenario se precisa y se carga de sueños revolucionarios. Tal como hemos visto, anima movimien¬ tos populares más o menos efímeros. A comienzos del siglo xm, un monje calabrés, Joaquim de Flore *, le da un contenido explosivo que manten¬ drá en ebullición, durante todo un siglo, a una gran parte del clero regular y de las masas laicas. La doctrina de Joaquim se basa en una división religiosa de la Historia, en competencia con la división más ortodoxa de las seis edades. La Historia, según Flore, se divide en tres épocas: ante legem, sub legem y post legem, edades del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, del Antiguo Testamento, que ya se ha cumplido; del Nuevo, que se está cumpliendo, y del «Evangelio eterno», anunciado por el Apoca¬ lipsis, que se halla en vísperas de cumplirse. Joaquim de Flore señala incluso una fecha para el acontecimiento —¡esa Edad Media, tan ávida de fechas!—, el año 1260. El punto capital en la doctrina joaquimita estriba en que su contenido sea profundamente subversivo. Para Joaquim y sus discípulos, en efecto, la Iglesia está podrida y será condenada en el mundo existente. Debe, por lo tanto, ceder su puesto a una Iglesia nueva, una Iglesia de los Santos, que repudiará la riqueza y hará reinar la igualdad y la pureza. La consecuencia esencial del movimiento fue que, desdeñando sus infinitas sutilidades teológicas y su misticismo, muy retrógrado en el fondo, la multitud de sus discípulos, clérigos y laicos, no retuvieron de la doctrina joaquimita sino esta profecía anticlerical, antifeudal e igualita¬ ria. La resonancia que alcanza es tal que San Luis, siempre atento a los movimientos religiosos, antes de embarcarse para Tierra Santa sostiene una franca conversación con un franciscano joaquimita, Hugo de Digne, el cual atrae a Hyéres, adonde se ha retirado, grandes muchedumbres de adeptos. El joaquimismo, que a mediados de siglo perturba aún a la Uni¬ versidad de París, sobrevive, como es sabido, al año 1260 y anima a un grupo franciscano, bien pronto declarado herético: los espirituales, lla¬ mados más tarde fraticellos. Uno de ellos, Pedro-Juan Olive, escribe a fina¬ les del siglo xm un comentario del Apocalipsis. Otro, Jacopone da Todi # , compone los Laudi, cumbre de la poesía religiosa medieval. 269 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL El milenarismo joaquimita procede, en realidad, de una antigua co¬ rriente que reaparece en el siglo xm: la creencia en una Edad de oro igualitaria, ignorante de todo gobierno, de toda división en clases sociales. Juan de Meung * la hace resurgir en la segunda parte de su Román de la Rose *. No estará de más leer ese largo y magnífico texto. Recordemos sus enunciados principales: ((Antaño, en el tiempo de nuestros primeros padres y de nuestras pri¬ meras madres, como testimonian los escritos de los Antiguos, se amaban los hombres con un fino y leal amor y no por ambición y deseo de rapiña, y la bondad reinaba en el mundo... »La tierra no estaba entonces cultivada, sino como Dios la había adornado, y producía por sí misma aquello de lo que cada uno necesitaba para su subsistencia.» Tema casi rousseauniano de la felicidad original, fundada en la igualdad. «Ningún rey ni príncipe había arrancado aún criminalmente el bien de otro. Todos eran iguales y no tenían nada propio; conocían bien esta máxima de que jamás el amor y la autoridad se hicieron compañía o habi¬ taron juntas; están desunidas por aquel que domina.» Del mismo modo se desarrolla la crítica del orden social y político: «Los antiguos se hacían compañía, exentos de toda cadena y de toda obligación, tranquilamente, honestamente, y no habrían dado su libertad por todo el oro de Arabia o de Frigia. No había peregrinaciones en ese tiempo: nadie salía de su país para ir a explorar tierras extranjeras; Jasón todavía no había construido sus navios y pasado el mar para con¬ quistar el Vellocino de Oro... »No obstante, vino Barat (i), lanza en ristre, junto con Pecado y Des¬ gracia, que no tienen cuidado de suficiencia; Orgullo, que la desdeña igualmente, apareció con su cortejo: Codicia, Avaricia, Envidia y todos los demás vicios. Ellos hicieron salir la Pobreza del Infierno, en donde ha¬ bía vivido tan largo tiempo que nadie sabía nada de ella. ¡Maldito sea el día execrable en que la Pobreza vino a la tierra!... »Bien pronto esos malhadados, locos de rabia y de envidia por ver a los hombres felices, invadieron toda la tierra, sembraron discordias, enre¬ dos, diferencias y litigios, querellas, disputas, guerras, maledicencias, odios y rencores; y como estaban locos por el oro, hicieron desollar la tierra para sacar de sus entrañas sus tesoros ocultos, metales y piedras preciosas... (i) Engaño. 270 ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES »Desde aquel momento en que el género humano fue presa de esta banda, cambió su primera manera de vivir: los hombres comenzaron a llevarse mal; se convirtieron en falsos y tramposos, se adhirieron a sus propiedades, se repartieron la tierra misma y, para la partición, levantaron mojones, y lucharon entre ellos, llevándose cada uno lo que podía: los más fuertes se quedaron con las partes mayores...» Y he aquí el nacimiento de la autoridad política. «Entonces precisó buscar a alguien, a cuya autoridad nadie se atre¬ viese a oponerse, para que guardase las cabañas, detuviese a los malhecho¬ res e hiciese justicia a los que se quejasen; entonces se reunieron para elegirlo. Escogieron entre ellos un gran villano, el más huesudo, el más robusto y el más fuerte que pudieron encontrar, y lo hicieron príncipe y señor. Éste juró guardar la justicia y defender sus cabañas, si cada uno personalmente le daba algo de sus bienes para vivir, y ellos consintieron... Fue preciso reunir de nuevo al pueblo e imponer una contribución a cada uno, a fin de proporcionar sargentos al príncipe. Se comprometieron en¬ tonces en comunidad, le pagaron rentas y tributos y le concedieron vastos terrenos. Éste es el origen de los reyes, de los príncipes territoriales... »En ese momento, los hombres amasaron tesoros. Con el oro y la plata, metales preciosos y maleables, fabricaron vajilla, monedas, broches, ani¬ llos, cinturones...; con el hierro resistente forjaron armas, cuchillos, ala¬ bardas, espadas, lanzas y cotas de malla para batallar con sus vecinos. Al mismo tiempo elevaron torres y palestras y muros con piedras bien talla¬ das; fortificaron ciudades y castillos y construyeron grandes palacios escul¬ pidos, pues los que detentaban esas riquezas tenían gran temor de que les fuesen sustraídas furtivamente o por la fuerza. Fueron desde entonces más de compadecer esos hombres de desgracia, pero no tuvieron ya ninguna seguridad desde el día en que se apropiaron por concupiscencia de lo que antes era tan común como el aire y el sol.» De esta forma, el milenarismo, que espera el retorno de la Edad de Oro, es la forma medieval de la creencia en el advenimiento de una so¬ ciedad sin clases, en la que, debilitado completamente el Estado, no habrá ya nuevos reyes, ni príncipes, ni señores. Hacer descender el cielo sobre la tierra, atraer aquí abajo la Jeru- salén celeste, tal fue el sueño de muchos en el Occidente medieval. Si he querido extenderme —aunque simplificándolo demasiado— en la evoca¬ ción de ese mito, se debe a que, pese a permanecer oculto y verse com¬ batido por la Iglesia oficial, trastornó los espírius y los corazones y a que su estudio nos revela los más profundos caracteres de las masas populares 271 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL medievales, sus angustias económicas y fisiológicas frente a esas constantes de su existencia: la sujeción a los caprichos de la Naturaleza, a las ham¬ bres, a las epidemias; sus revueltas contra un orden social que aplasta a los débiles y contra una Iglesia beneficiaría y garante de ese orden; sus sueños: sueño religioso, que atrae el cielo hasta la tierra y entrevé la es¬ peranza, pero sólo al término de tei'rores indecibles. El deseo punzante que manifiesta de ir «al fondo del infinito para encontrar algo nuevo», ecce fecit omnia nova, no llega a imaginar, sin embargo, un mundo verdaderamente nuevo. La Edad de Oro de los hom¬ bres de la Edad Media no es más que un retorno a los orígenes. Su por¬ venir estaba detrás de ellos y, por lo tanto, caminaban volviendo atrás la cabeza. CAPÍTULO VII LA VIDA MATERIAL (Siglos x-xiii) E l Occidente medieval es un mundo equipado mediocremente. Casi nos sentimos inclinados a decir sub-equipado No obstante, repitᬠmoslo, hablar a propósito de él, de sub-equipo, de sub-desarrollo, no resulta admisible. Porque, si bien el mundo bizantino, el mundo musul¬ mán y la China lo superan por aquel entonces, en cuanto al brillo de su economía monetaria, a su civilización urbana, a su producción de lujo, el nivel de sus técnicas, sin embargo, es igualmente mediocre. Cierto que la Alta Edad Media padeció incluso una cierta regresión a este respecto en relación con el Imperio romano, pero, inversamente, progresos tecnológi¬ cos importantes surgen y se desarrollan a partir del siglo xi. Entre los si¬ glos v y xiv, empero, la invención es escasa. De todas formas, el progreso, que en sus aspectos esenciales es más cuantitativo que cualificativo, no nos parece desdeñable. Más que innovaciones, lo que hay es difusión de útiles, de máquinas, de técnicas conocidas desde la antigüedad, pero que se ha¬ bían convertido más o menos en rarezas o curiosidades. Tal es el aspecto positivo de la evolución técnica en el Occidente medieval. Los dos «inventos medievales» más espectaculares y revolucionarios databan de la antigüedad, mas, para el historiador, su fecha de nacimiento coincide con la de su difusión, no con la de su descubrimiento. Esta fecha pertenece a la Edad Media. El molino de agua es conocido en Iliria desde el siglo ii antes de Jesucristo y en Asia Menor desde el siglo i antes de Jesu¬ cristo. Existen asimismo en el mundo romano: Vitrubio lo describe y su descripción nos demuestra que los romanos habían aportado a los primeros molinos de agua un perfeccionamiento notable al reemplazar las ruedas horizontales primitivas por ruedas verticales, con un engranaje que unía el eje horizontal de las ruedas al eje vertical de las muelas. Sin embargo, el LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL molino de mano accionado por esclavos o animales sigue siendo la regla co¬ mún. En el siglo ix, el molino está ya extendido por Occidente: cincuenta y nueve son mencionados en el políptico de la rica abadía de Saint-Germain- des-Prés. No obstante, en el siglo x, los Anales de San Bertín describen como un «espectáculo admirable para nuestro tiempo» la construcción ordenada por el abad de un molino de agua, cerca de Saint-Omer. La ex¬ pansión del molino hidráulico se sitúa entre los siglos xi y xiv. En un barrio de Ruán existen dos molinos en el siglo x, aparecen cinco más en el xii, otros diez en el xiii y todavía catorce en el xiv. Del mismo modo, el arado medieval deriva casi con toda certeza del arado de ruedas, descrito por Plinio el Viejo en el siglo i. Se expande y se perfecciona lentamente durante la Alta Edad Media. Los estudios filoló¬ gicos nos muestran como una cierta difusión del arado por los países es¬ lavos, por ejemplo, en Moravia, antes de la invasión húngara de los comien¬ zos del siglo x, y acaso también para todo el conjunto de los países eslavos antes de la invasión ávara de 568, puesto que el vocabulario que se refiere a ese arado es común a las diferentes ramas eslavas y, por lo tanto, anterior a su separación, consecutiva al avance de los ávaros, Sin embargo, aún en el siglo ix, es difícil decir a qué género de instrumento corresponden las carrucae, citadas en las capitulares y los polípticos carolingios. Lo mismo acontece en lo que se refiere a la pequeña herramienta. El cepillo de carpintero, verbigracia, cuya invención ha sido atribuida con frecuencia a la Edad Media, era conocido desde el siglo 1. Por otra parte, parece que un buen número de «invenciones medieva¬ les» que no son herencia grecorromana proceden de préstamos orientales. Sin existir una prueba concreta de ello, el hecho es verosímil para el molino de viento, conocido ya en China; más tarde, en el siglo vil, en Per- sia y señalado en España en el x. No aparece en el resto de la Cristiandad sino a finales del xii. De todas formas, la localización de los primeros mo¬ linos de viento señalados actualmente en una zona limitada en torno a La Mancha (Normandía, Ponthieu, Inglaterra) y las diferencias de tipos entre el molino oriental, desprovisto de alas, pero habilitado con altas aspilleras, que concentran la acción del viento sobre grandes ruedas verticales, el molino occidental de cuatro largas alas y el mediterráneo de numerosos lienzos triangulares, tensados mediante un conjunto de cuerdas, como se ven todavía en Mykonos o en Portugal, no hacen imposible la aparición independiente del molino de viento en esas tres zonas geográficas. Ahora bien, cualquiera que sea la importancia que reviste la difusión de esos progresos tecnológicos, lo que caracteriza a pesar de todo al uni- 274 LA VIDA MATERIAL ji. SAINT -A UBERT-SUR-ORNE ja. BRAS Y HUBER T-FOLIE (Según M. Bloch, op. cit.) (Calvados). (Según Ai. Bloch, op. cit.) 31, 32. DISTRIBUCIÓN DEL TERRENO EN LA ZONA DEL BOSQUECILI.O V EN LA ZONA DEL LLANO En el célebre verso del poeta normando Wace ne); a la derecha (ja), un paisaje caracterís- (hacia 1170) se nombran los dos grandes tipos tico de la llanura de Caen: liras y Hubert- de paisaje rural comunes en la Normandfa Folie (Calvados). Los croquis, que siguen pla- medleval: el llano, con los campos abiertos y nos trazados a comienzos del siglo xviii, mues- alargados, y el bocage, o bosquecillo, con los tran cómo se habla conservado hasta entonces campos irregulares. A la izquierda (ji), un la extrema división medieval, paisaje de bocage: Saint-Aubert-sur-Orne (Or- verso técnico del Occidente medieval es, más que su falta de genio inven¬ tivo, su carácter rudimentario. Toda una serie de insuficiencias, de des¬ ventajas, de estrecheces técnicas, he aquí lo que, en primer lugar, impide al Occidente medieval salir de su estado primitivo. De esta pobreza, de este estancamiento técnico, son, con toda eviden¬ cia, ampliamente responsables las estructuras sociales y las mentalidades. Una minoría dominante de señores laicos y eclesiásticos es la única que puede experimentar y satisfacer deseos de lujo a los que provee por medio de la importación de productos extranjeros, procedentes de Bizan- 275 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL ció o del mundo musulmán (telas preciosas, especias), que se procura sin necesidad de preparación artesanal o industrial (productos de la caza para la nutrición o el vestido: pieles) o pide en pequeñas cantidades a algunos especialistas (orfebres, herreros). La masa, sin proporcionar a los señores una mano de obra tan barata y tan fácilmente explotable como los esclavos antiguos, es aún lo bastante numerosa y lo bastante sumisa a las exigen¬ cias económicas para permitir vivir bien a las clases superiores y vivir ella misma más o menos miserablemente con la utilización de un instrumental rudimentario. No pretendemos decir con esto que el dominio de la aris¬ tocracia laica o clerical no haya tenido más que aspectos negativos e inhi¬ bidores en el campo de la técnica. En algunos sectores, sus deseos o sus gustos han favorecido un cierto progreso. La obligación impuesta al clero, sobre todo a los monjes, de sostener las menores relaciones posibles, com¬ prendidas las económicas, con el exterior, y particularmente el deseo de liberarse de los trabajos materiales para dedicarse por entero al opus Dei, a las ocupaciones propiamente espirituales (oficios, oraciones), su vocación de caridad, que los obligaba a atender a las necesidades económicas, no solamente de su numerosa familia, sino también de los pobres y los men¬ digos forasteros, por medio de distribuciones de víveres, los indujeron a desarrollar un cierto equipo técnico. Ya se trate de los primeros molinos, de agua o de viento, ya del progreso de—hrs'Tecñícas rurales, las órdenes religiosas se encuentran a menudo en vanguardia. No se debe a la casua¬ lidad el que, aquí o allá, durante la Alta Edad Media, se atribuya la invención del molino hidráulico al santo que lo ha introducido en la re¬ gión, por ejemplo, a Orens d’Auch, que hace construir un molino en el lago de Isaby (siglo iv), o a Cesáreo de Arles, que establece uno en Saint- Gabriel, en la Durándole (siglo vi). Por su parte, la evolución del armamento y del arte militar, esencia¬ les en una aristocracia guerrera, trae consigo el progreso de la metalur¬ gia y de la balística. La Iglesia, como hemos visto, hace progresar la medida del tiempo a causa de las necesidades del cómputo eclesiástico, y la construcción de las iglesias —los primeros grandes edificios de la Edad Media— da un im¬ pulso al progreso técnico, no sólo en cuanto a las técnicas de la construcción, sino también en lo que respecta a las herramientas, a los transportes y a las artes menores, como la vidriería. No obstante, la mentalidad de las clases dominantes es antitécnica. Durante la mayor parte de la Edad Media, hasta el siglo xm y aún más allá, aunque en menor medida, el útil, el instrumento, el trabajo en sus LA VIDA MATERIAL aspectos técnicos no aparece en la literatura o en el arte si no es para servir como símbolos. Así debemos a las alegorías cristológicas del molino o de la prensa mística, al carro de Elias, las representaciones del molino, de la prensa y de la carreta, que nos ofrece especialmente el Hortus deliciarum del siglo xn. Tal útil sólo se muestra como atributo simbólico de un santo. Las leznas del zapatero figuran con bastante frecuencia en la icono¬ grafía medieval gracias al hecho de que forman parte de los suplicios tra¬ dicionales infligidos a ciertos mártires, como San Benigno de Dijon, o in¬ cluso a los santos patronos de los zapateros, Crispín y Crispiniano. Hecho significativo entre otros muchos: Santiago el Menor es representado hasta 33, 34. SURCOS MEDIEVALES EN UN PAISAJE DE «OPENFIELD» Weston Pinkney (Northants, Inglaterra) cons¬ tituye un ejemplo privilegiado de openfield medieval, con su cuadricula de crestas y de surcos (ridge-and-furrow). A la izquierda (33), un croquis sacado de un plano trazado en 1593 por el AII’ Souls’ College de Oxford y en el 33. WESTON PINKNEY (Según la obra de Beresford: Lost villages of England.) qué se consignan los nombres de los poseedo¬ res, escritos en cada banda de terreno. A la derecha (34), el mismo paisaje según una fo¬ tografía aérea, donde parece resucitar el tra¬ zado de los campos medievales. 34. WESTON PINKNEY (Fotografía aérea, según Beresford. Ibld.) 277 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL el siglo xiv con el bastón de batanero de que se había servido uno de sus verdugos para romperle el cráneo en Jerusalén. Al final de la Edad Media, el bastón de batanero, instrumeno de martirio, se substituye —ya que la sociedad y la mentalidad han cambiado— por un útil de oficio, el arquete triangular, especie de peine para cardar. No cabe duda de que en ningún sector de la vida medieval aparece más claro y obra con mayor fuerza antiprogresiva, otro rasgo de la mentalidad de la época, el horror a las «novedades», que en el dominio técnico. Inno¬ var significaba en él, más aún que en los demás, una monstruosidad, un pecado. Ponía en peligro el equilibrio económico, social y mental. Y las no¬ vedades, como veremos, al producirse en beneficio del señor, se estrellaban contra la resistencia, violenta o pasiva, de las masas. Durante largo tiempo, la Edad Media occidental no ha compuesto un solo tratado técnico, puesto que tales cosas eran indignas de figurar en un escrito o bien guardaban un secreto que no convenía difundir. Y cuando, a principios del siglo xii, el monje alemán Teófilo escribe el De diversis artibus, que pasa con razón por ser el primer tratado tecno¬ lógico de la Edad Media, se preocupa menos de instruir a los artesanos y artistas que de demostrar que la habilidad del técnico es un don de Dios... Los tratados ingleses del siglo xm sobre la agricultura, los manuales de Housebondrie , el más célebre de los cuales fue el de Walter de Henley, o la Fleta, no son todavía más que compendios de consejos prácticos. Será preciso esperar al Ruralium commodorum opus del boloñés Pietro de Crescenzi, a comienzos del siglo xiv, para que se reanude la tradición de los agrónomos^romanos. Las pretendidas obras técnicas anteriores no son más que compilaciófres eruditas, con frecuencia pseudo-científicas y sin gran valor documental para la historia de las técnicas. Tales el diccionario de Alejandro Neckham, el De vegetalibus de Alberto Magno * e incluso las Regule ad custodiendam térras, que Roberto Grosseteste compuso hacia el año 1240 para la condesa de Lincoln. # * * La pobreza del equipo técnico medieval se manifiesta de un modo especial en esos aspectos básicos que son el predominio del útil sobre la máquina, la escasa eficacia de las herramientas, la insuficiencia de instru¬ mentos y de técnicas rurales, que no producen más que débiles rendimien¬ tos, y la mediocridad del equipo energético, de los transportes y de las técnicas financieras y comerciales. LA VIDA MATERIAL El maquinismo no logró prácticamente ningún progreso cualitativo durante la Edad Media. La mayoría de las máquinas en uso por aquel entonces habían sido descritas ya por los sabios de la época helenística, principalmente por los alejandrinos, quienes muchas veces esbozaban tam¬ bién su teoría científica. En particular, el Occidente medieval apenas si ha introducido modificación alguna en los sistemas de transmisión y de trans¬ formación de los movimientos. Cinco de las «cadenas cinemáticas»: tornillo, rueda, rueda dentada, trinquete y polea, eran conocidas ya en la Antigüe¬ dad. Sólo la última de ellas, la manivela, parece ser un invento medieval. Aparece durante la Alta Edad Media formando parte de mecanismos simples, como la muela giratoria descrita en un salterio de Utrecht, a me¬ diados del siglo ix. Sin embargo, no parece haberse extendido hasta las pos¬ trimerías de la Edad Media. En todo caso, su forma más eficaz, el sistema biela-manivela, no se encuentra sino a finales del siglo xiv. Es verdad que muchos de esos mecanismos o de esas máquinas que la Antigüedad no había conocido con frecuencia sino como curiosidades o juguetes —como los autó¬ matas alejandrinos, por ejemplo— se difundieron y adquirieron su verda¬ dera eficacia en el curso de la Edad Media. La innegable habilidad empírica de los trabajadores medievales les permitió también suplir más o menos a su ignorancia. Así la combinación de un árbol dentado y de un resorte que permitía accionar útiles de percusión, tales como martillos y mazos, reem¬ plazó en cierta medida al sistema biela-manivela, aún desconocido. ¿Es posible, si no explicar a través de la mentalidad medieval este estan¬ camiento de las técnicas de transformación del movimiento, al menos enla¬ zarlo con ciertas concepciones científicas y teológicas? La mecánica aristo¬ télica, a pesar de los trabajos de Jordanus Nemorarius y de su escuela en el siglo xiii, no constituyó la aportación científica más fecunda del filósofo, aunque es preciso no atribuir a Aristóteles, como lo hacía la Edad Media, el tratado De mechanica, cuyo autor sigue siendo desconocido. Pero, en el siglo xiv, los sabios que criticaban con más o menos vigor la física, y más especialmente la mecánica aristotélica, tales como Braclwardine, Ockham, Buridan, Oresmo, los teóricos del Ímpetus, permanecieron como Aristóteles prisioneros de una concepción metafísica que viciaba la base de su dinámi¬ ca. El ímpetus, como la virtus impressa, se sigue concibiendo como una ((virtud», una ((potencia motriz», noción metafísica de la que se hace salir el proceso del movimiento. Por otro laclo, son siempre cuestiones teológicas las que se hallan en las bases de esas teorías del movimiento. Un ejemplo significativo de esta concepción nos lo proporciona en 1320 Francois de la Marche, quien se pregunta «si hay en los Sacramentos algu- 279 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL na virtud sobrenatural que les sea formalmente inherente». Lo cual le sugiere a su vez el problema de saber «si en un instrumento artificial puede residir (o bien puede recibirla de un agente exterior) una virtud inherente al mismo». Estudia así el caso de una piedra violentamente lanzada al aire y edifica con ello, como se ha dicho justamente, «las bases de la física del ímpetus ». Ese handicap teológico y metafísico se coaliga con una cierta indi¬ ferencia con referencia al movimiento, que no parece ser más que una indiferencia al tiempo —aunque los dos se hallan enlazados, ya que, para Santo Tomás de Aquino como para Aristóteles, «el tiempo es el número del movimiento))—. Dicha indiferencia es característica de la mentalidad medieval. Los hombres de la Edad Media no se interesan por aquello que se mueve, sino por aquello que permanece estable. Lo que buscan es el reposo: quies. Por el contrario, todo cuanto es inquietud, búsqueda, les parece vano —tal es el epíteto comúnmente unido a esas palabras— y un poco diabólico. No exageremos, empero, la incidencia de esas doctrinas y de esas ten¬ dencias en el estancamiento de las técnicas. La debilidad de las máquinas medievales depende más bien de un estado tecnológico general, ligado a una particular estructura económica y social. Cuando se logran ciertos perfeccionamientos, como los efectuados en los tornos, o bien son tardíos, como ocurre con el sistema del torno de mani¬ vela, el cual comienza a utilizarse hacia 1280, dentro del cuadro de la crisis industrial que padece la industria textil de lujo (todavía se trata, en ausen¬ cia del pedal, que no nacerá sino con el sistema de biela-manivela, de un torno accionado a mano, trabajando la hiladora las más ele las veces de pie); o bien su empleo queda limitado al trabajo de materias de escasa duración, lo cual explica el que conservemos tan pocos objetos torneados de la Edad Media. El torno del ceramista venía de la prehistoria, el torno de pértiga existía en la Antigüedad clásica. El torno de polea y a doble pedal que se representa en una vidriera de Chartres * del siglo xm puede considerarse, todo lo más, como un perfeccionamiento, de alcance restringido, conseguido en la época medieval. El empleo de aparejos de levantamiento y de fuerza se vio estimulado por la expansión de la construcción, especialmente de iglesias y castillos. No obstante, el plano inclinado fue, sin duda alguna, el método de eleva¬ ción de materiales normalmente usado. Las máquinas elevadoras, que no difieren gran cosa, por lo menos en sus principios básicos, de las máquinas antiguas—tornos simples con polea de llamada, gimas de caja de ardilla— LA VIDA MATERIAL siguen siendo simples curiosidades o rarezas que únicamente los príncipes, las ciudades y las fábricas, es decir, las rentas eclesiásticas podían aprove¬ char. Una muestra de ello es el conocido ingenio denominado «vasa» del cual se servían en Marsella para botar los navios al agua. A finales del siglo xii, el monje Gervasio se maravilla ante el talento del arquitecto Guillermo de Sens, que hace venir desde Caen su piedra famosa para recons¬ truir la catedral de Cantorbery, destruida por un incendio en 1174. ((Cons¬ truyó ingeniosas máquinas para cargar y descargar los navios y para levan¬ tar las piedras y el mortero.» Pero, ¿qué eran esas máquinas sino meras curiosidades? Curiosidad también la grúa en caja de ardilla, una sola para cada lugar, que en el siglo xiv forma parte del equipo de ciertos puertos y que pareció lo bastante maravillosa a sus contemporáneos como para figurar en varios cuadros. De la que Brujas se hizo construir, una de las primeras, se pueden ver aún hoy en día ejemplares restaurados en Luneburgo o Gdansk. Curiosidad también el primer gato para levantar pesos, conocido a través de un dibujo de Villard de Honnecourt, que data de la primera mitad del siglo xiii. Antes de la invención de las armas de fuego, la artillería no hace sino prolongar la artillería helenística, ya perfeccionada por los romanos. Más que la balista o la catapulta, es el escorpión u onagro, descrito por Ammia- no Marcelino en el siglo iv, el antepasado de los trabucos y maganeles medievales. El trabuco lanzaba los proyectiles por encima de las altas mura¬ llas, mientras que el maganel, que además se podía regular mejor, enviaba sus balas a menor altura pero a mayor distancia. Sin embargo, el principio de todas ellas continuaba siendo el de la honda. La palabra máquina, por lo demás (al igual que en el Bajo Imperio, en el que los ingenieros militares eran denominados mechanici), no se apli¬ caba en el Occidente medieval sino a los ingenios de asedio, en general desprovistos de toda ingeniosidad técnica, tal como el que describe confu¬ samente Suger en su Vie de Louis VI le Gros, con ocasión del ataque lleva¬ do a cabo por el príncipe contra el castillo de Gournay en 1107. «Sin interrupción, se disponen los ingenios de guerra para arruinar el castillo: se levanta una alta máquina, que domina con sus tres pisos a los combatientes, destinada a sobrepasar el castillo e impedir así a los arqueros y ballesteros de la primera línea circular o mostrarse en el interior. En consecuencia, los sitiados, incesantemente combatidos día y noche por esos ingenios, no podían mantenerse en sus murallas, buscaban prudentemen¬ te situarse al abrigo en agujeros hechos bajo tierra y, haciendo disparar insidiosamente a sus arqueros, anticipaban el peligro de muerte corrido LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL por los que los dominaban desde la primera almena del ingenio. A esta máquina, que se elevaba en el aire, se unía un puente de madera que, alar¬ gándose lo bastante en altura, debía, al descender un poco sobre el muro, proporcionar una entrada fácil a los combatientes, los cuales descenderían por allí...» Queda por hablar de la utilización para diversos usos artesanales, a veces industriales, del molino hidráulico. En él se encuentra —con el sis¬ tema moderno de uncir a los animales— el gran progreso técnico de la Edad Media. # # # La Edad Media es el mundo de la madera. La madera constituía enton¬ ces el material universal. Se trata todavía con frecuencia de una madera de mala calidad o, en todo caso, de una madera cuyas piezas son de dimensio¬ nes restringidas y mediocremente trabajadas. Los grandes maderámenes de una sola pieza que se utilizan en la construcción de los edificios, en los más¬ tiles de los navios, en las armaduras —el «merrain»—, difíciles de cortar y labrar, son materiales caros, si no de lujo. Suger, que, a mediados del siglo xii, busca árboles de diámetro bas¬ tante grande y lo suficientemente altos para la armadura de Saint Denis *, considera como un milagro el hecho de encontrar la madera de sus deseos en el valle de Chevreuse. Un milagro del mismo tipo se atribuye a comienzos del siglo xiv a San Yves. La madera misma es considerada como algo precioso. Un tronco de gran altura es cosa lo bastante rara como para que sea necesario un milagro a fin de no malgastarlo en un error de medición. «San Yves, habiendo observado que la catedral de Tréguier amenaza¬ ba ruina, acudió a visitar al poderoso y magnífico señor de Rostrenen y le expuso las necesidades de la iglesia. El señor [...] concedió entre otras cosas toda la madera precisa, la cual podría ser encontrada en sus bosques. El santo envió leñadores para cortar y transportar los árboles más bellos y más deseables... Los «merrains» destinados a esta obra pía y sagrada fueron tala¬ dos y transportados [...]. Cuando el hábil arquitecto en jefe designado por el santo hubo tomado las dimensiones de la iglesia, hizo cortar las vigas siguiendo las reglas geométricas, con las medidas que le parecieron con¬ venientes. Pero sucedió que los «merrains» resultaron demasiado cortos. Se lamenta, se arranca los cabellos [...]. Rojo de confusión, toma una cuerda entre sus manos y va al encuentro del santo, se echa a sus pies y, entre gri¬ tos, lágrimas y gemidos, le dice: «¿Qué puedo hacer? ¿Cómo me atreveré LA VIDA MATERIAL todavía a comparecer ante ti? ¿Cómo podré sufrir un tal deshonor y repa¬ rar el inmenso daño que he causado a la iglesia de Tréguier? He aquí mi cuerpo, mi cuello y esta cuerda. Castígame por haber perdido e inutilizado con mi negligencia, haciéndoles dos pies demasiado cortos, los «merrains» procurados por tus cuidados.» Y el santo lo consuela y alarga milagrosamente las vigas hasta la lon¬ gitud necesaria. La madera es materia tan preciada durante la Edad Media, con los productos de la tierra, que pasa a ser el símbolo de los bienes terrenos. Entre las almas que van al purgatorio, la Leyenda dorada cita aque¬ llas que se llevan consigo al morir «la madera, el heno y la estípula», es decir, que, a pesar de adorar a Dios, se sienten aún unidos a los bienes de la tierra. Si bien pronto se torna difícil encontrar troncos de gran talla, la made¬ ra sigue siendo, de todas formas, el producto más común en el Occidente medieval. El Román de Renart * lo testimonia. La zorra y sus compañeros, siempre a la búsqueda de los bienes materiales que precisan, cuentan con un solo recurso hasta la saciedad: la madera. ((Encienden un gran fuego, pues los leños no faltan.» La madera proporciona incluso al Occidente medieval uno de sus principales productos de exportación, reclamado por el mundo musulmán, en el que, por el contrario, como es sabido, el árbol (salvo en los bosques del Líbano y del Mogreb) es raro. La madera fue el mayor viajero —utilizando también, tanto como era posible, por flotación o por barco, la vía del agua— de la Edad Media occidental. Otro producto de exportación hacia Oriente, a partir de la época caro- lingia, fue el hierro, o, mejor, las espadas (las espadas francas abundan en las fuentes musulmanas de la Alta Edad Media). En este caso, se trata ya de un producto de lujo, un producto trabajado, fruto de la habilidad de los herreros bárbaros, expertos, como hemos visto, en las técnicas metalúr¬ gicas procedentes, a través de la estepa, del Asia central, el mundo de los metales. El hierro, en contraposición a la madera, escaseaba en el mundo occidental de la Edad Media. No ha de extrañarnos, pues, el saber que en el siglo vm, el hierro era lo bastante raro como para que el rey lombardo Didier, según cuenta el monje de Saint-Gall, al divisar desde lo alto de las murallas de Pavía, en el año 773, el ejército de Carlomagno cubierto de hierro, exclame, estu¬ pefacto y aterrorizado: O ferrum! heu ferrum! « ¡ Oh el hierro! ¡ Ay el hierro!» Aún más. En pleno siglo xm, el franciscano Bartolomé el Inglés define el hierro en su enciclopedia De proprietatibus rerum como una 283 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL materia preciosa: ((Desde numerosos puntos de vista, el hierro es más útil al hombre que el oro, aunque los seres llenos de concupiscencia deseen más el oro que el hierro. Sin el hierro, el pueblo no podría defenderse de sus enemigos, ni hacer prevalecer el bien común; los inocentes aseguran su defensa gracias al hierro y la impudencia de los malos es castigada gracias al hierro. Todo trabajo manual pide el empleo del hierro y sin él nadie podría cultivar la tierra ni construir una casa.» Nada prueba mejor el alto valor alcanzado por el hierro durante la Edad Media que la atención que le presta San Benito, señor tanto de la vida material como de la vida espiritual medievales. Consagra un capítulo entero de su Regla, el veintisiete, al cuidado que los monjes deben prestar a las ferramenta, las herramientas que posee el monasterio. El abad no debe confiarlas más que a los monjes ((cuya vida y cuyas manos les den una com¬ pleta seguridad». Estropear o perder esos instrumentos se juzga como una falta grave a la Regla y merece un severo castigo. Entre los milagros de San Benito que más llamaron la atención de los hombres de la Edad Media, después de que Gregorio el Grande se los hubo legado como una enseñanza fundamental, continuada hasta Jacques de Vorágine, hay uno —a veces atribuido a Salomón, lo cual nada tiene de particular, dado que éste es para la Edad Media el gran maestro de los secretos técnicos y científicos—-, ya operado en el Antiguo Testamento por Elíseo (II Reyes, 6, 5-7), que pone claramente de relieve la estimación que sentía por el hierro el mundo medieval. Leamos la narración en la Leyenda dorada: ((Cierto día, segaba un hombre las zarzas cerca del monasterio, cuando el hierro de su hoz se separó del mango y cayó en un abismo sin fondo, de lo cual el hombre se afligió sobremanera. Pero San Benito puso el mango de la hoz en el caño de la fuente y pronto el hierro, saliendo de la roca, flotó hasta el mango.» En su crónica de los primeros duques de Normandía, escrita a prin¬ cipios del siglo xi, Dudón de Saint-Quentin señala el aprecio que esos prín¬ cipes tenían por los arados y las ejemplares penas que habían dictado contra el. robo de esos instrumentos. Por su parte, el poeta de Arras, Juan Bodel, en su fábula Le vilain de Farbu, escrita a finales del siglo xn, cuenta que un herrero había colocado delante de su puerta un hierro candente para cazar a los incautos. Y un villano que pasa pide a su hijo que se apodere de él, ya que un trozo de hierro es una buena ganga. Además, la mayor parte de la. débil producción de hierro estaba destinada al armamento, al. uso militar. Así lo que quedaba para los. hierros de los arados, las hojas de las 284 LA VIDA MATERIAL hoces y guadañas, las partes metálicas de las palas, azadas y otros útiles, no era más que una débil porción de una producción ya deficiente. Va aumen¬ tando progresivamente a partir del siglo ix, cierto, mas para el conjunto de la Edad Media siguen siendo valederas las indicaciones de los inventa¬ rios carolingios, que, después de haber enumerado algunos instrumentos de hierro, menciona en bloque el grueso de los útiles agrícolas bajo la rúbrica: Ustensilia lignea ad ministrandum sufficienter, «Ütiles de madera en número suficiente para el laboreo». Todavía se ha de observar que una gran parte de los útiles de hierro, o con elementos de hierro, servían para el trabajo de la madera: hachas, doladeras, podaderas, taladros... No hay que olvidar, en fin, que, entre esas herramientas, dominan los instrumentos de talla y eficacia restringidas. El útil esencial, no solamente del ebanista o del carpintero, sino incluso del leñador medieval, es uno muy antiguo y muy modesto, la azuela, el instrumento de las grandes roturaciones medie¬ vales, llevadas a cabo más bien a costa de la maleza y los arbustos que del bosque propiamente dicho, ante el cual las herramientas resultaban las más veces impotentes. Nada de extraordinario tiene, por tanto, que el hierro sea, como hemos visto, objeto de atenciones que llegan hasta hacerlo ocasión de milagro. Nada de asombroso que el herrero sea reputado desde la Alta Edad Media como un personaje extraordinario, con un prestigio cercano al del brujo. Sin duda alguna, debe sobre todo esta aureola a su actividad de forjador de armas, de fabricante de espadas, y a una creencia que le convierte, junta¬ mente con el orfebre, en un ser sagrado, legado por la tradición bárbara escandinava y germánica al Occidente medieval. Las sagas* glorifican a esos herreros en posesión de un poder superior: Alberico y Mimo, el mis¬ mo Sigfrido, que forja la espada Nothung, la espada sin par, y Vieland, al que la saga de Thidrek nos presenta en plena tarea: «El rey dijo: “La espada es buena.” Y la quiso para él. Wicland respondió: “No es aún lo bastante buena. Es preciso que sea mejor y no me detendré hasta lograr¬ lo”... Wieland vuelve a su forja, toma una lima, pulveriza la espada y mez¬ cla harina con ella. Deja que pájaros domesticados ayunen tres días y después les da de comer esa mezcla. Pone en el horno de su forja los excre¬ mentos de los pájaros, los funde, hace salir del hierro toda la escoria que contenía todavía y forja en seguida una nueva espada. Ésta era más peque¬ ña que la primera [...]. Podía sostenerse muy bien en la mano. Las prime¬ ras espadas que Wieland había fabricado eran más grandes que las usuales. El rey buscó de nuevo a Wieland, contempló la espada y dijo que era la más cortante y la mejor que había visto jamás. Volvieron al río. Wieland LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL tomó un copo de lana de un grueso de tres pies y de la misma longitud y lo tiró al río: metió tranquilamente la espada en el agua; el copo fue lleva¬ do por la corriente contra el filo de la hoja y la espada cortó el copo tan finamente como la misma corriente de agua...» ¿Se ha de buscar ese sentido medieval de los materiales en la evolu¬ ción que sufre el personaje de San José desde el faber ferrarius, herrero que la Alta Edad Media tenía tendencia a ver en él hasta convertirse en la encarnación de la humana condición en una Edad Media de madera: un carpintero? Acaso haya que pensar también en una posible influencia de una mentalidad ligada a un simbolismo religioso sobre la evolución de las técnicas. En la tradición judaica, la madera es el bien, el hierro es el mal. La madera simboliza el verbo vivificante; el hierro, la carne pesada. El hierro no debe ser empleado solo. Ha de estar siempre unido a la madera, la cual lo libera de su nocividad y lo hace servir para el bien. Así, el arado es un símbolo de Cristo labrador. Los útiles medievales son, pues, esen¬ cialmente de madera y, consecuentemente, de débil potencia y de resisten¬ cia mediocre. Por otro lado, el material que, durante la Edad Media, rivaliza con la madera no es el hierro, que no proporciona, en general, sino muy escaso apoyo —hojas de las herramientas, clavos, herraduras, tirantes y cadenas que refuerzan los muros —. Es la piedra. La madera y la piedra, he aquí la pareja básica de materiales empleada en la técnica medieval. Los arquitectos son, a la vez, carpentarii y lapidarii, ((carpinteros y albañiles». Los obreros de la construcción son calificados a menudo de operarii Lignorum et lapidum, ((obreros en madera y en pie¬ dra». Sin embargo, la piedra constituye por largo tiempo un lujo en rela¬ ción a la madera. A partir del siglo xi, el gran crecimiento de la construc¬ ción, fenómeno esencial del gran desarrollo económico medieval, consiste con frecuencia en reemplazar una construcción de madera por una cons¬ trucción de piedra. La sustitución se efectúa en iglesias, puentes, casas. La piedra, comparada con la madera, supone un material noble. Poseer una casa de piedra es signo de riqueza y de poderío. Dios y la Iglesia, los seño¬ res en sus castillos, son los primeros en disfrutar de ellas, pero pronto, como un signo de la ascensión de los más ricos burgueses, éstos comienzan tam¬ bién a construirlas. Las crónicas urbanas mencionan cuidadosamente esta manifestación del progreso urbano y de la clase social que domina las ciu¬ dades. Las palabras de Suetonio, según las cuales Augusto se gloriaba de haber encontrado una Roma de ladrillo y de haberla dejado de mármol, es aprovechada por algún cronista de la Edad Media, que la aplica a los 286 LA VIDA MATERIAL grandes abades constructores de los siglos xi y xii, si bien el ladrillo y el mármol son reemplazados por la madera y la piedra. Encontrar una iglesia de madera y dejarla de piedra, tal es el progreso, el honor, el éxito en la Edad Media. Uno de los grandes progresos técnicos de la Edad Media consiste en volver a descubrir la bóveda de piedra e inventar nuevos siste¬ mas de bóvedas. Respecto a ciertos grandes monumentos del siglo xi, actual¬ mente en ruinas, el problema estriba en saber si habían pasado ya de la cubierta de madera a la cubierta de piedra. Así, la abadía de Jumiéges supone todavía, desde este punto de vista, un enigma para los historiadores de las técnicas y del arte. Incluso en los edificios construidos con bóvedas de piedra, la intervención de la madera en ciertos elementos, especialmente en las armaduras de las cubiertas, sigue siendo considerable. De este par¬ ticular se deriva su vulnerabilidad ante el fuego. Es un incendio originado en la armadura el que destruye, en 1174, la catedral de Cantorbery. El monje Gervasio nos narra cómo el fuego, después de haberse iniciado lenta¬ mente bajo la techumbre, se declaró de repente: Vae, vae, ecclesia ardet! <( ¡ Ay, ay, la iglesia arde! » Las placas de plomo de la techumbre se funden, las vigas calcinadas caen sobre el coro y extienden el fuego a la sillería. ((Las llamas, alimentadas por toda esta masa de madera, se elevaron a quin¬ ce codos de altura y consumieron los muros y más aún las columnas de la iglesia.» Los eruditos nos han dado la larga lista de las iglesias medievales incendiadas a causa de la armadura de vigas que sostenía la techumbre. Jules Quicherat enumera, sólo en la Francia del Norte, las catedrales de Bayeux, Mans, Chartres, Cambrai, las iglesias abaciales de Mont-Saint-Mi- chel, Saint-Martin de Tours, Saint-Vaast de Arras, Saint-Riquier de Cor- bie, etc. El tiempo, que todo lo idealiza, idealiza también el pasado material, no dejando subsistir más que los materiales duraderos y borrando los pere¬ cederos, es decir, la mayor parte. La Edad Media fue para nosotros una gloriosa colección de piedras: catedrales y castillos. Mas esas piedras no representan sino una ínfima parte de lo que existía. Algunos restos han quedado de un cuerpo de madera y de materiales más humildes y deleznables: paja, barro, argamasa. Nada puede ilustrar mejor la creencia fundamental de la Edad Media en la sepa¬ ración del alma y el cuerpo y en la supervivencia solamente del alma. Lo que ella nos ha dejado —una vez su cuerpo convertido en polvo— es su alma, encarnada en la piedra durable. No obstante, esta ilusión producida por el tiempo no debe engañarnos. 287 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL # * # Donde esa mediocridad del equipo técnico reviste mayor gravedad es en el sector rural. La tierra y la economía agraria son, en efecto, la base esencial de la vida material en la Edad Media y de todo cuanto ella condi¬ ciona: riqueza, poder social y poder político. Ahora bien, la tierra medie¬ val se muestra avara porque los hombres no saben sacarle provecho. En primer término, porque sus instrumentos son rudimentarios. La tierra está mal trabajada. Las labores son poco profundas. El arado antiguo, más adaptado a los suelos superficiales y a los terrenos accidentados de los terrenos mediterráneos, subsiste largo tiempo y en muchos lugares. Su reja simétrica, en ocasiones revestida de hierro pero con más frecuencia simple¬ mente de madera endurecida al fuego, más bien araña que excava la tierra. El arado de reja disimétrica y vertedera, con juego delantero móvil, pro¬ visto de ruedas y arrastrado por una yunta más vigorosa, cuyo uso se difun¬ de en el curso de la Edad Media, representa un progreso ciertamente con¬ siderable. Pero los suelos pesados, arcillosos, los más fecundos cuando se hallan bien trabajados, oponen a los útiles medievales una obstinada resis¬ tencia. La intensificación del laboreo conseguida en la Edad Media resulta más de una repetición del trabajo que de un perfeccionamiento de las herramientas. La práctica de efectuar tres labores se va extendiendo y, en el umbral del siglo xiv, se pasa a cuatro. Sin embargo, los trabajos com¬ plementarios siguieron siendo necesarios, aunque también ellos presentaban una amplitud limitada. Después de la primera labor, se aplastaban los terrenos con la mano, como lo enseña una miniatura del salterio inglés de Luttrell, a comienzos del siglo xiv. La escarda, que no se realizaba en todas partes, empleaba para cortar cardos y malas hierbas, según el mis¬ mo salterio de Luttrell, útiles rudimentarios: hoces y horcas enmangadas en un palo. El rastrillo, una de cuyas primeras representaciones aparece en el bordado de finales del siglo xi denominado «tapicería» de Bayeux, se extendió durante los siglos xa y xai. De vez en cuando se precisa tra¬ bajar profundamente el campo con la azada. De todo ello resulta que la tierra, mal cavada, mal removida, mal aireada, no se reconstituía rápida¬ mente en sustancias fertilizantes. Esta carencia de herramientas habría podido ser remediada en una cierta medida mediante el enriquecimiento del terreno con abonos. Mas la debilidad de la agricultura medieval en este sector es todavía más visible. Naturalmente, no existen los abonos químicos artificiales. Se cuenta, pues, tan sólo con los abonos naturales, muy insuficientes. La causa prin- 2SS V. VIDRIERA GÓTICA: ENTIERRO DE LA NODRIZA BRITONIS. Fragmento de vidriera en la catedral de Cantorbery (tramo norte de la ca¬ pilla de la Trinidad, sexta ventana). Escapada a las destrucciones de la Re¬ forma, es un testimonio de la perfec¬ ción alcanzada por los vidrieros góti¬ cos a comienzos del siglo XIII. El arte de la composición, el tornasol y la ar¬ monía de los colores, la expresión de los rostros, demuestran con claridad que la vidriería ha llegado a ser, en la época gótica, el campo por excelencia de la pintura. El tema no es menos in¬ teresante. Representa los funerales de una mujer fallecida durante una epi¬ demia. Una inscripción saca la mora¬ leja de la escena: Nutricis Funis Reli- quis sua Flagra Miniatur (“la misma muerte sufrida por la nodriza amena¬ za a cada uno de los supervivientes’’). Sin embargo, para el artista era más esencial el efecto estético que la lec¬ ción. (Cantorbery, catedral.) LA VIDA MATERIAL cipal de esta insuficiencia radica en la escasez del ganado, escasez debida a causas secundarias, como los destrozos producidos por las epizootias, pero, sobre todo, derivada del hecho de que los prados ocupan un segundo plan, después de los campos, los cultivos y las necesidades de alimentación vegetal. La carne era proporcionada en parte por la caza. Por otra parte, los animales que viven bien en el bosque y de los productos del bosque, cer¬ dos y cabras, son los criados con más gusto. Como es lógico, su abono se pierde en su mayoría. En cuanto a los otros, el abono es recogido cuidado¬ samente, pero sólo en la medida que lo permite el nomadismo de los reba¬ ños, que pastan la mayor parte del tiempo al aire libre y son raramente estabulados. Los excrementos de las palomas son aprovechados al máximo. Un pot de fíente (una vasija de estiércol) supone una renta valiosa, debida a veces al señor por el arrendatario. Inversamente, ciertos agentes señoriales privilegiados, como los prebendados, que administran ciertos dominios (Münchweyer, Alemania, en el siglo xii), reciben como salario por la tierra de sus feudos ((el estiércol de una vaca y de su ternero y las barreduras de la casa)). Los abonos vegetales proporcionan un refuerzo notable: tierra arci¬ llosa, hierbas y hojas muertas, la paja que los animales han dejado sin comer cuando llega la nueva siega, ya que, como puede observarse en numerosas miniaturas y esculturas de la época, la siega del trigo, efec¬ tuada con guadañas y hoces, se hacía próxima a la espiga o, en todo caso, a menos de media altura del tallo, a fin de dejar la mayor cantidad posible de paja para la nutrición del ganado primero, y como abono, después. En fin, los abonos quedaban con gran frecuencia reservados [jara los cultivos delicados o especulativos, esto es, a los cercados, cercados de viñas o cerca¬ dos de huertas. Se da en el Occidente medieval un flagrante contraste en¬ tre las pequeñas parcelas dedicadas a la huerta o jardín, las cuales acaparan la parte esencial del refinamiento rural, y las grandes superficies, abando¬ nadas a las técnicas rudimentarias. Como resultado de esta insuficiencia de herramientas y de esta escasez de abono, el cultivo, en vez de ser intensivo, era en amplia medida exten¬ sivo. Incluso dejando aparte el período —siglos xi al xm— en que el cre¬ cimiento demográfico trajo consigo un aumento por medio de roturaciones de la superficie cultivada, la agricultura medieval fue itinerante hasta un grado notable. Por ejemplo, en 1116, los habitantes de una aldea de la Isla de Francia reciben autorización para roturar ciertas partes de un bosque real, si bien con la condición de «que cultiven y recojan los frutos durante dos temporadas únicamente y después se vayan a otras partes del bosque». *5 289 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL La artiga o cultivo en chamicera, que implica un cierto nomadismo agrí¬ cola, se encuentra ampliamente extendido en los terrenos pobres. Incluso en las roturaciones son a menudo cultivos temporales, como los essarts, que invaden la toponimia francesa medieval y la alusión a los cuales tanto se reitera en la literatura cuando se trata del campo. ((La zorra se fue a un essart...)) La consecuencia es que la tierra, mal trabajada y poco abonada, se ago¬ ta pronto. Por lo tanto, se hace preciso dejarla reposar con frecuencia para que se reconstituya, lo cual da lugar a la práctica, tan extendida, del bar¬ becho. Sin duda constituye un progreso, conseguido entre los siglos ix y xiv, el hecho de que se reemplace en muchos lugares el barbecho bienal por el trienal. Ello determina que la tierra no permanezca improductiva sino un año de cada tres, en lugar de un año de cada dos. O, lo que viene a ser lo mismo, se aprovechan dos tercios de la superficie cultivada, en vez de bene¬ ficiarse solamente la mitad. Ahora bien, el barbecho trienal parece haberse extendido con mayor lentitud y menos comúnmente de lo que se ha dicho. En los climas mediterráneos y en los terrenos pobres, el barbecho bienal persiste. El autor inglés del tratado de agronomía la Fleta (siglo xiii) acon¬ seja prudentemente a sus lectores que prefieran una buena cosecha cada dos años que dos mediocres cada tres. En una región como el Lincolnshire no existe ningún ejemplo seguro de barbecho trienal antes del siglo xiv. Y en el Forez, a finales del siglo xiii, las tierras no han dado una buena cosecha sino tres veces en treinta años. Añadamos que otros factores, que más tarde examinaremos, contribu¬ yen aún a disminuir la productividad de la tierra medieval. Por ejemplo, la tendencia de los dominios medievales a la autarquía, a la vez consecuen¬ cia de realidades económicas y un rasgo propio de la mentalidad de aquel tiempo. Tener que recurrir al exterior, no producir todo cuanto se necesita, no significa tan sólo una debilidad, sino también un deshonor. En el caso de las propiedades monásticas, la preocupación por evitar todo contacto con el exterior se deriva directamente del ideal espiritual de soledad. El aisla¬ miento económico es la condición previa para la pureza espiritual. Incluso la moderada regla de San Benito lo recomienda. Y así, en el capítulo LXVI anuncia: «Que el monasterio, siempre que sea posible, esté organizado de tal modo que pueda producir todo lo necesario: agua, molino, huerta y diversos oficios, de manera que los monjes no estén obligados a salir al exte¬ rior, lo cual es desastroso para sus almas.» Y cuando los cistercienses cons¬ truyen molinos para el pueblo, San Bernardo amenaza con ordenar su des¬ trucción, por considerarlos centros de relaciones, de contactos, de reuniones 290 LA VIDA MATERIAL y, peor todavía, de prostitución. Ahora bien, estos prejuicios de conciencia se asientan sobre bases materiales. En un mundo donde los transportes son caros y aleatorios y la economía monetaria, condición indispensable de los cambios, poco desarrollada, producir todo aquello de que se tiene necesidad resulta un buen cálculo económico. La consecuencia natural es que el poli- cultivo domina en la economía rural medieval, lo cual viene a significar que las condiciones geográficas, edafológicas y climáticas de la producción están ampliamente desatendidas. La viña, por ejemplo, es objeto de explotación bajo los climas más desfavorables, muy al norte de su límite de cultivo actual. Se la ve, por ejemplo, en Inglaterra, la región parisiense posee un gran viñedo y Laón ha podido ser calificada como la «capital del vino» durante la Edad Media. Las tierras pobres son puestas en cultivo y se hace producir tal o cual especie determinada en terrenos totalmente inaptos para ella. El resultado de todo ello es la exigüidad de los rendimientos agrícolas. En la época carolingia, tales rendimientos debieron de ser próximos a 2 (2’ 7, en el dominio real de Anappes, Francia, departamento del Norte, a comienzos del siglo ix). Incluso a veces se elevaban apenas por encima de 1, es decir, de la recuperación pura y simple de la semilla empleada. Un pro¬ greso notable se produce entre los siglos xi y xiv. No obstante, las cosechas siguen siendo malas. Los agrónomos ingleses del siglo xm aseguran cpie las tasas normales eran de 8 para la cebada, 7 para el centeno, (i para las legu¬ minosas, 5 para el trigo y 4 para la avena. La realidad parece haber sido menos brillante. En las buenas tierras del obispado de Winchester, las tasas son 3’8 para el trigo y la cebada y 24. para la avena. La proporción de 3 ó 4 por 1 aparenta haber sido la regla general para el trigo. La variabilidad de esos rendimientos es asimismo considerable, al me¬ nos en lo que se refiere a un terreno con respecto a otro. En la montaña se mantiene a un nivel poco diferente del de la época carolingia, 2 por 1; en Provenza se eleva 3304; en ciertas llanuras de limos, el Artois, por ejem¬ plo, puede elevarse por encima de 10 y llegan incluso hasta 18, es decir, aproximarse a los rendimientos actuales de las tierras mediocres. De la misma manera, lo cual es más grave todavía, las variaciones pueden ser muy considerables de un año a otro. En Roqucloire, Artois, el trigo que sólo pro¬ duce 7’5 por 1 en el año 1319, rinde 11 ’6 por 1 en 1321. En fin, sobre un mismo dominio, el rendimiento difiere mucho de un producto a otro. En una granja de la abadía de Ramsey, el rendimiento de la cebada oscilaba entre 6 y 11, mientras que el de la avena excedía apenas a la semilla. 291 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL * * * Si bien en el dominio de las fuentes de energía se ha manifestado un progreso notable con la difusión de los molinos —sobre todo el molino hidráulico, con las diversas aplicaciones de la energía hidráulica: batanes, molinos para el cáñamo, para las cortezas curtientes, para la fabricación de la cerveza, para afilar—, hemos de observar que la cronología de la aparición y de la difusión de esos ingenios debe ser establecida con prudencia. Los batanes, por ejemplo, experimentan durante el siglo xiii una verdadera regresión en Francia. Inglaterra no conoce un verdadero progreso a su res¬ pecto hasta finales del siglo xm, cuando se ha visto en ellos el instrumento de una verdadera ((revolución industrial». En Italia no se extiende con la misma rapidez por todas partes. Florencia, durante los siglos xm y xiv, envía sus paños a Prato para que sean allí batanados. En Alemania, la pri¬ mera mención del batán (Spira) no data sino de 1223 y parece haber sido excepcional hasta el siglo xm. Los molinos más importantes para el desarro¬ llo industrial no surgen sino hacia el final de nuestro período. El molino para el hierro o forja es una rareza antes del siglo xm. El señalado en 1104 en Cataluña, en Cardedeu, no es seguro, aunque la importancia de las llama¬ das afargues» catalanas, en la segunda mitad del siglo xii, se encuentre acaso unido a la difusión del empleo de los saltos de agua para esta aplica¬ ción. La primera mención segura es de 1197, en el monasterio de Soroé, Suecia. Los molinos de papel, atestiguados desde 1238 en Játiva, España, no se extienden en Italia antes de finales del siglo xiii (Fabrino, 1268). El pri¬ mer molino de papel francés es de 1338 (Troyes), el primero alemán de 1390 (Nuremberg). La sierra hidráulica supone todavía una curiosidad cuando Villard de Honnecourt la dibuja en su álbum hacia 1240. El molino hidráu¬ lico se sigue empleando con preferencia para la molturación del grano. Des¬ de finales del siglo xi, en 1086, el Domesday Book permite señalar la exis¬ tencia de 5.624 de esos molinos hidráulicos en Inglaterra. A pesar de todos los progresos realizados en los siglos xii y xm por la energía hidráulica y la energía eólica, la parte más esencial del trabajo en el Occidente medieval es proporcionado todavía por el hombre y por los animales. No puede ponerse en duda que, en este campo, se consiguen impor¬ tantes avances. El más espectacular y el más rico en consecuencias de ellos es, sin discusión, lo que se ha denominado, siguiendo al comandante Lefebvre des Noéttes y a M. Haudricourt, ((el tiro o atelaje moderno», 292 LA VIDA MATERIAL un conjunto de progresos técnicos que permitieron, hacia el año iooo, aprovechar mejor la tracción de sangre y aumentar el rendimiento del trabajo de los animales. Esas innovaciones facilitan sobre todo el empleo preferente del caballo como animal de tiro y de labor. Más rápido que el buey, el caballo es capaz de acelerar y multiplicar los trabajos, de arar y rastrillar. El tiro antiguo, que apoyaba todo el peso sobre el cuello del animal, le comprimía el pecho y tornaba difícil su respiración, fatigándolo rápida¬ mente. La ventaja del tiro moderno consistió esencialmente en trasladar el esfuerzo de la tracción sobre los hombros, completando el collar con la herradura con clavos, que ayudaba a la progresión del animal y protegía sus cascos, y con el tiro en fila, que le consentía arrastrar cargas pesadas. Esa ventaja fue capital para la construcción de los grandes edificios reli¬ giosos y civiles. La primera representación segura que tenemos de un collar de hom¬ bros —elemento decisivo del tiro moderno-— se encuentra en un manus¬ crito de la Biblioteca Municipal de Tréveris, que data aproximadamente del año 800. Sin embargo, la nueva técnica no se extendió hasta los siglos xi y xii. Además, se ha de tener presente que la talla y el vigor de los animales de labor medievales era netamente inferior a la de las bestias actuales. El caballo de labor es, en general, de raza más pequeña que el caballo de bata¬ lla, el pesado destrero que debe soportar sobre su lomo, cuando no un capa¬ razón, por lo menos un caballero pesadamente armado, y que este peso puede desempeñar un papel importante en la carga de caballería. Volvemos a hallar aquí la primacía del elemento militar y guerrero sobre el económi¬ co y productor. El retroceso del buey ante el caballo no fue, ni mucho menos, general. Cierto que las ventajas del caballo eran tales que, ya en 1095, Urbano II, al proclamar en Clermont la tregua de Dios con vistas a la I Cruzada, ponía bajo la protección divina a los caballos de labor y de rastrillo: equi arantes, equi de quibus hercant. Cierto que la superiori¬ dad del caballo era reconocida desde el siglo xii entre los eslavos, hasta el punto de que, según la ci'ónica de Helmold, se medía el terreno por el trabajo que podían llevar a cabo en un día un par de bueyes o un caballo y, en Polonia, por la misma época, un caballo de labor tenía un precio equivalente al de dos bueyes. Cierto que los agrónomos modernos han calcu¬ lado que el buey medieval, teniendo en cuenta la inferioridad de su rendi¬ miento, resultaba, por un día de trabajo, un 30 % más caro que un caballo. A pesar de todas estas circunstancias, muchos campesinos y señores retroce- *93 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL dían ante dos desventajas manifiestas del caballo: su precio nominal ele¬ vado y las dificultades para nutrirlo con avena. Walter de Henley, en su Traite de Housebondrie, escrito en el siglo xiii, recomienda elegir, antes que al caballo, al buey, cuya alimentación es menos costosa y que, aparte su trabajo, proporciona también carne. Si bien en Inglaterra, tras un neto progreso del caballo, ocurrido a finales del siglo xii, particularmente en la zona del Este y del Centro-Este, parece detenerse su avance en el siglo xiii, probablemente a causa de un retorno al trabajo directo y a las prestaciones en servicios de los campesinos; si bien en Normandía el laboreo por medio de caballos aparenta ser habitual en el siglo xiii, como lo testimonia en su registro de visitas (1260) el arzobispo de Ruán, Eudes Rigaud, que hace incautar los caballos que ve ocupados en labrar durante la fiesta de San Matías; si bien debía ser así en las tierras de los señores de Audenarde, dado que únicamente el caballo aparece en las ilustraciones del Vieil Ren- tier hacia 1275, no sólo el buey sigue siendo el amo del terreno en el Sur y las regiones mediterráneas, donde la avena es difícil de cultivar, sino que también se encuentran bueyes de labor en Brie, Borgoña, a mediados del siglo xiii (1274). Para conocer lo que representa el precio de un caballo para un campesino —incluso en una región privilegiada como el Artois, hacia 1200— convendría leer el fabliau de Juan Bodel, Los dos caballos, donde se oponen el caballo «bueno para el arado y el rastrillo» y el ((magro rocín». Al lado del caballo y del buey, no hay que olvidar que el Occidente medieval, incluso fuera de la zona mediterránea, concede al asno una parti¬ cipación no desdeñable en los trabajos rurales. Así, encontramos que un documento orleanés, que enumera los animales de labor, especifica «sea buey, sea caballo, sea asno». Y un texto de la región de la Brie, fechado en 1274, dice que los campesinos dedicados a la obligación del laboreo deben ((uncir con bueyes, caballos y asnos». En fin, la humilde y normal realidad medieval del trabajo de los animales es, como en el Pesebre, la presencia del buey y del asno. Más todavía, la energía humana sigue siendo fundamental. En el cam¬ po, en el artesanado, incluso en la navegación, donde el uso de la vela no significa más que una débil ayuda al esfuerzo del remo, es decir, del hom¬ bre, el trabajo manual humano continúa siendo la fuente principal de energía. Ahora bien, la productividad de esas fuentes humanas de energía, a las que Cario Cipolla ha llamado los ((convertidores biológicos», era bas¬ tante reducida, puesto que la clase de los productores, como veremos, coin- 294 LA VIDA MATERIAL cidía aproximadamente con la categoría social mal alimentada, si no subali¬ mentada. Los convertidores biológicos suministraban, según K. M. Mather y C. Cipolla, por lo menos el 8o % de la energía en la sociedad medieval pre-industrial, pero la disponibilidad de energía que provenía de ella era débil: 10.000 calorías aproximadamente por día y por persona (100.000 en una sociedad industrial actual). No debe extrañarnos que el capital huma¬ no sea precioso para los señores medievales, hasta el punto de que algunos de ellos, en Inglaterra, por ejemplo, imponen una tasa especial a los jóve¬ nes campesinos aún solteros. La Iglesia, a pesar de su tradicional exaltación de la virginidad, se encarga de recalcar cada vez con mayor fuerza la frase «Creced y multiplicaos», slogan que responde primariamente a las estruc¬ turas técnicas del mundo medieval. Las mismas insuficiencias en el dominio de los transportes. Tampoco en este capítulo se puede olvidar la importancia de la energía humana. Sin duda las prestaciones de transporte, reminiscencia de la antigua esclavitud, se hacen cada vez menos numerosas y parecen desaparecer después del siglo xii. Pero aún en el siglo xi, por ejemplo, los monjes de Saint-Vanne exigen de sus siervos domiciliados en Laumesfeld, Lorena, «la obliga¬ ción de transportar trigo en una distancia de seis millas sobre sus hom¬ bros» o, mejor aún, sobre su cuello, su nuca, como dice el texto latino: cum eolio. Los trabajos de acarreo impuestos a las diversas clases de la sociedad como penitencia o como obra pía para la construcción de las catedrales no tienen solamente un aspecto psicológico y espiritual. Tienen también un significado técnico y económico. El año 1145 presencia en Normandía una explosión de esta forma par¬ ticular de devoción. Entre los numerosos testimonios que poseemos de ella, es famoso el prestado por Roberto de Torigny cuando se refiere a la cons¬ trucción de la catedral de Chartres: «Este año —y en primer lugar en Chartres— hubo hombres que se dedicaron a llevar sobre sus espaldas carretones cargados de piedras, de madera, tic comida y de otros productos para la obra de la iglesia, cuyas torres se construían entonces... Pero ese fenómeno no se produjo solamente allí, sino también en casi toda la Isla de Francia y la Normandía y en muchos otros lugares...» El abad Haimon describe para el mismo año un espectáculo parejo en Saint-Pierre-sur-Dives, Normandía: «Reyes, príncipes, hombres poderosos en el siglo y cargados de honores y riquezas, hombres y mujeres de noble nacimiento inclinaban sus cuellos orgullosos e hinchados para uncirse a las carretas y arrastrarlas con su carga de vino, trigo, aceite, cal, piedras, madera y otros productos «95 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL necesarios al mantenimiento de la vida o a la construcción de las iglesias, hasta el asilo de Cristo, a la manera de los animales...» La misma narración hallamos en la crónica del Mont-Saint-Michel, en la crónica de Ruán y en muchas otras. Acaso la campaña del transporte humano llevada a cabo en este año de 1145 haya constituido, por su amplitud y por la participa¬ ción en ella de todas las clases de la sociedad, una excepción. ((Quien no ha visto estas escenas, no tendrá jamás ocasión de verlas semejantes», escribe Ro¬ berto de Torigny. A pesar de esta opinión, volvemos a encontrarlas, si bien a escala más restringida, aunque de manera tan espectacular a causa de sus actores, en el siglo xiii, con San Luis, sea en Tierra Santa, sea en la abadía de Royaumont, donde el rey y sus hermanos, de buen o mal grado estos últimos, acarrean los materiales. Por lo tanto, queda bien claro que el acarreo seguía siendo un medio de transporte esencial. El mal estado de los caminos, el número limitado de carretas y de carros, la ausencia de vehículos cómodos —la carretilla, que apareció sin duda en las obras de construcción durante el siglo xiii, no se propagó hasta finales del xiv; además, parece haber sido al principio de difícil manejo— y el elevado precio de las carretas lo mantenían en primer plano. Acarreo a hombros humanos, que las miniaturas nos presentan encorvados bajo los tableros, los capazos, las banastas. Y acarreo también por animales. Al lado de las bestias de tiro, a las que en ocasiones vemos honradas después de haber penado, como los bueyes de piedra de las torres de la catedral de Laón, las bestias de carga han desempeñado un papel capi¬ tal en los transportes medievales. No sólo el mulo y el asno siguen siendo irreemplazables para cruzar las montañas, sino que el acarreo a lomo des¬ borda ampliamente las regiones en que las condiciones del relieve parecen imponerlo. En los contratos estipulados en el año 1296 durante las ferias de la Champagne entre los mercaderes italianos compradores de paños y de telas y los transportistas, vemos a éstos comprometerse a ((conducir (las mercancías) con sus bestias a Nimes, en un plazo de 22 días, sin carreta». También figuran ((diez balas de paños de Francia que (el transportista) ha prometido conducir y llevar a Savona por los rectos caminos de monseñor el rey de Francia y de monseñor el rey Carlos y la Riviera de Génova, haciendo etapas todos los días sin carreta, en un plazo de 35 días...». El vocabulario de la metrología nos informa asimismo sobre la impor¬ tancia del acarreo: en Francia, por ejemplo, la sommée (1) supone para la sal una medida de base. (1) Sommée, peso que puede transportar una bestia de carga, de somme en francés. — N. del T. 296 LA VIDA MATERIAL # * * Los transportes marítimos, a despecho de ciertos perfeccionamientos técnicos no despreciables, continúan resultando insuficientes, ya sea porque esas mejoras no hayan producido todo su efecto antes del siglo xiv —o quizá más tarde—, ya sea que su importancia fuese bastante limitada. En primer lugar, el tonelaje de las flotas de la Cristiandad occidental es mediocre. Los buques son pequeños, incluso después del aumento de los tonelajes en los siglos xii y xm, particularmente en el Norte, donde los navios han de transportar productos voluminosos, granos y madera, por lo que aparece la kogge o coca hanseática, mientras que, en el Mediterráneo, Venecia construye galeras o, mejor, galeas —galea da mercato — de mayo¬ res dimensiones. ¿Podemos avanzar algunas cifras? Una capacidad superior a las 200 toneladas parece excepcional. Mediocre también el número de buques. Los «grandes» navios son pocos. Los convoyes que Venecia —la mayor potencia marítima de la épo¬ ca— arma a partir del comienzo del siglo xiv, uno o dos por año, para enviarlos hacia Inglaterra y Flandes, no comprendían más allá de dos o tres galeras. El número total de galea da mercato en servicio en las tres princi¬ pales rutas de comercio durante los años veinte del siglo xiv es, aproxima¬ damente, de 25. En 1328, por ejemplo, 8 de ellas tienen por destino Ultra¬ mar, es decir, Chipre y Armenia; 4, Flandes; 10, la Romanía, esto es, el Imperio Bizantino y el mar Negro. En agosto de 1315, cuando el Gran Consejo, alarmado por las noticias recibidas, ordena a sus navios del Medi¬ terráneo formarse en convoy, exceptúa de su orden a los grandes navios, dado que su lentitud les hace poco aptos para navegar en formación. Estos grandes navios son 9. Por otro lado, el desplazamiento de los buques viene limitado por una ordenanza, ya que deben ser fácilmente adaptables a las finalidades militares, para lo cual no han de verse estorbados por su tamaño y su consecuente lentitud. Frederic C. Lañe ha calculado que, en 1335, los 26 navios de un tonelaje medio de 150 toneladas que constituían los con¬ voyes venecianos representaban 3.900 toneladas. Si se aplica a esa cifra el coeficiente 10, aproximadamente valedero para todo el siglo xvi, el conjun¬ to de la flota veneciana se elevaría poco más o menos a 40.000 toneladas. La introducción del timón de charnela, que progresa en el curso del siglo xm y forma más manejables los navios, no ha revestido probablemen¬ te la importancia que se le ha querido conceder. En cuanto al uso de la brújula, que determina el levantamiento de mapas más exactos y que per- 297 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL mite la navegación durante el invierno, no comienza sino después de 1280. En fin, la Edad Media ignora el cuadrante y el astrolabio náutico, instru¬ mentos del Renacimiento. * * # Insuficiencia, por último, de la extracción minera. La escasa eficacia de los ingenios de perforación y de lavado y la incapacidad técnica de evacuar el agua limitan la extracción a los yacimientos superficiales o poco profun¬ dos: hierro (a pesar de los progresos conseguidos a partir del siglo xii), cobre y plomo (respecto a los cuales nos hallamos bien informados gracias a un código minero de comienzos del siglo xm referente a la región de Massa Marittima en Italia), carbón mineral (acaso conocido en Inglaterra desde el siglo ix, mencionado en el Forez en 1095, pero que no comienza a ser verdaderamente explotado sino en el siglo xiii), sal (pozos salados, minas como las de Halle o de Wielicka y Bochnia en Polonia, cuya explotación no parece remontarse más allá del siglo xm), estaño (producido principal¬ mente en Cornualles y sobre cuya extracción nada se sabe), minas de oro y de plata, que se revelan pronto como incapaces para atender la demanda de una economía basada cada vez más en la moneda y cuya insuficiencia (pese a la intensificación de la explotación, en Europa Central especialmente, en Kutna Hora, Bohemia, por ejemplo) determina el hambre monetaria que se padece a finales de la Edad Media y que sólo terminará con el aflujo de metales americanos en el siglo xvi. Todos esos minerales se obtienen en cantidad insuficiente y, en la mayor parte de los casos, son tratados con un equipo y una técnica rudimentarios. Los hornos con fuelle —accionados éstos por energía hidráulica— aparecen al final del siglo xm en Stiria, después, hacia 1340, en la región de Lieja. Los altos hornos de fines de la Edad Media no alcanzan a revolucionar de inmediato la metalurgia. Sabido es que será preciso esperar al siglo xvii para conseguir, y al xvm, para ver¬ los difundidos, dos progresos decisivos: la aplicación de la hulla al trabajo del hierro y el empleo del vapor para el bombeo del subsuelo. Los adelantos técnicos más significativos en el dominio «industrial)) no afectan, en definitiva, sino a sectores particulares o, al menos, no funda¬ mentales, Y, aun así, su difusión no se produce hasta finales de la Edad Media. El más espectacular de todos ellos es, sin duda alguna, la invención de la pólvora y de las armas de fuego. No obstante, su eficacia militar se afirma lentamente. Durante el siglo xiv, e incluso después, los primeros cañones siembran el terror en el adversario más por el estruendo que cau¬ san que por su carácter destructor. Su gran importancia estribará en el LA VIDA MATERIAL hecho de que el desarrollo de la artillería suscita, a partir del siglo xv, un gran progreso en la metalurgia. La pintura al óleo, por su parte, conocida desde el siglo xii, pero sin conseguir mejoras decisivas hasta finales del siglo xiv y comienzos del xv y cuyo empleo no se estabiliza, siguiendo la tradición, sino con los hermanos Van Eyck y Antonello da Messina, revoluciona mucho menos la pintura que lo hace el descubrimiento de la perspectiva. El vidrio, conocido en la Antigüedad, no reaparece como industria hasta el siglo xm, principalmente en Venecia, y no toma la forma de una producción industrial en Italia sino a partir del siglo xvi, de la misma manera que el papel no triunfa definitivamente más que con la imprenta. El vidrio, en la Edad Media, no se emplea, en realidad, más que en la vidriera. El tratado de Teófilo, escrito a comienzos del siglo xii, pone de manifiesto el auge que está en camino de adquirir en la Cristiandad. Al mismo tiempo, este tratado de Teófilo, De diversibus artis, «el pri¬ mer tratado técnico de la Edad Media», revela bien a las claras las limita¬ ciones de la técnica medieval. En primer término, se trata, en esencia, de una técnica al servicio de Dios. Los procedimientos descritos por Teófilo son los que se emplean en los talleres monásticos y están, sobre todo, destinados a construir y a orna¬ mentar la iglesia. El primer libro está consagrado a la preparación de los colores, es decir, a la iluminación y, accesoriamente, al fresco; el segundo libro a las vidrieras, y el tercero a la metalurgia, haciendo especial hincapié en la orfebrería. Es también una técnica de productos de lujo. En la industria textil, por ejemplo, los artículos de primera necesidad son productos caseros. Los talleres son tan sólo fábricas de telas de lujo. Es, en fin, una técnica de artistas-artesanos, que aplican sus recetas a una producción de piezas individuales, con la ayuda de un instrumental rudimentario. Los técnicos y los inventores de la Edad Media son, en efec¬ to, artesanos. No escapan tampoco a la regla aquellos en quienes se ha querido ver una selección intelectual, poseedora de técnicas sutiles: los mercaderes italianos o hanseáticos, a propósito de los cuales se ha llegado a hablar de una «supremacía intelectual». Sin embargo, ha de tenerse en cuenta que, durante largo tiempo, el principal trabajo del mercader ha consistido en desplazarse, para lo cual no es necesaria ninguna calificación especial. El mercader no es otra cosa que uno más entre los «errantes» de la ruta medieval. Se le llama en Inglaterra el piepowder, el «pie polvo¬ riento», cubierto por el polvo de los caminos. Se nos muestra en la litera- 299 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL tura, verbigracia en la narración de Jehan Bodel, Le sonhait fou («El deseo loco») de finales del siglo xii, como un hombre que pasa meses fuera de su casa, ((para buscar su mercancía», y que regresa a ella agai et joyeuxn, con¬ tento y feliz, después de haber permanecido largo tiempo fuera de su país, «fors de país». A veces, si ese viajero es lo bastante rico, se las ingenia para tratar la mayor parte de sus negocios en las ferias de la Champagne. Cuan¬ do en sus negocios interviene un ((intelectual» —mas esto únicamente en la Cristiandad meridional—, es el notario quien redacta para él los contra¬ tos, contratos en general muy sencillos y cuyo principal mérito estriba en servir de testimonio, al ejemplo de las cartas feudales. Ni siquiera la Iglesia, que fuerza al mercader a servirse de una cierta complicación y una cierta sutilidad al condenar bajo el nombre de usura todas las operaciones de cré¬ dito, consigue hacer progresar su técnica de una manera decisiva. Por otro lado, esos dos instrumentos que señalan un progreso seguro en la práctica comercial, si bien con una técnica restringida, la letra de cambio y la con¬ tabilidad por partida doble, no se extiende sino a partir del siglo xiv. Las técnicas comerciales y financieras de la Edad Media figuran entre las más rudimentarias. La más importante, el cambio, se limita a un intercambio de piezas: el cambio «manual». Un solo técnico se eleva quizás a un grado superior: el arquitecto. Su dominio es el único que presenta en la Edad Media un innegable aspecto industrial. A decir verdad, el arte de construir no pasó a ser una ciencia ni el arquitecto a ser considerado un sabio en toda la Cristiandad, y su pre¬ ponderancia no comenzó sino a partir del arte gótico. Este arquitecto, que se hace llamar ((maestro», que trata incluso de hacerse llamar «maestro en piedras» (magister lapidum) como otros son maestros en artes o en decretos (doctores en derecho) y que calcula según reglas, se opone al técnico-arte¬ sano, el cual aplica recetas, y al albañil. La yuxtaposición, y a veces la opo¬ sición, de los dos tipos de constructores se mantendrá, como es sabido, hasta el final de la Edad Media. El debate revelador que opone el arquitecto francés, para el cual no había ((técnica sin ciencia»: Ars sine scientia nihil est, a los albañiles lombardos, para quienes la ciencia no era más que la técnica: Scientia sine arte nihil est, se sitúa sobre los trabajos de la catedral de Milán, en el paso del siglo xiv al xv. En fin, se ha de recordar que, si bien los artesanos medievales han dado pruebas ciertas de habilidad, de audacia (ahí tenemos a las catedrales para probarlo; y no solamente a ellas, puesto que Joinville queda maravillado ante los almacenes de Saumur, «construidos a la manera de los claustros de los monjes blancos») y de genio artístico, las producciones de la Edad Media 3 °° LA VIDA MATERIAL fueron, en general, y en contra de lo que se ha creído con excesiva frecuen¬ cia, técnicamente de mala calidad. La Edad Media se vio obligada sin cesar a reparar, reemplazar, reconstruir. Las campanas de las iglesias debían ser refundidas a menudo. El hundimiento de construcciones, principalmente de las iglesias, era frecuente. El derrumbamiento del coro de Beauvais # , acaecido en 1284, resulta doblemente simbólico. Pone de manifiesto, toda¬ vía en mayor grado que la detención de la pujanza gótica, el destino común a tantas construcciones medievales. Los informes sobre las reparaciones que habían de efectuarse en las iglesias, especialmente en las catedrales, se con¬ virtieron incluso en uno de los principales recursos económicos para los arquitectos de finales del siglo xm. La mayor parte de las obras maestras que se conservan de la arquitectura medieval deben el estar todavía en pie a las reparaciones y restauraciones que los siglos posteriores realizaron en ellas. Queda por decir, con todo, que la Edad Media, que ha inventado poco, que ha enriquecido escasamente la flora alimenticia —el centeno, principal adquisición de la Edad Media, desaparecido ya casi por completo de Euro¬ pa, no fue, en realidad, más que un enriquecimiento transitorio de la agri¬ cultura—, marca una etapa en la conquista de la naturaleza por las técnicas humanas. Cierto que incluso su más importante conquista, el molino —o, mejor, lo cual es más esencial todavía, su difusión—, está unida a los capri¬ chos de la naturaleza: calmas en los vientos, estiaje de los cursos de agua en el Mediodía, detención de los mismos en el Norte a causa del hielo. Ahora bien, como ha señalado Marc Bloch: «Molinos movidos por el agua o por el viento, molinos harineros, de cortezas curtientes, batanes, sierras hidráulicas, martinetes de las forjas, collares de las caballerías, herraduras de las bestias de carga, tiro en fila de las mismas, incluso el torno y tantos otros progresos, que conducen uniformemente a una utilización más eficaz de las fuerzas naturales, inanimadas o no, y, por lo tanto, a ahorrar el tra¬ bajo humano o, lo que viene a ser poco más o menos lo mismo, a asegurarle un mejor rendimiento, ¿a qué se deben? Acaso a que había menos hom¬ bres; mas, sin duda alguna, a que el amo poseía menos esclavos.» Esta ligazón del progreso humano con el progreso técnico fue aprehen¬ dida por algunos durante la misma Edad Media, pese a que ésta no inclu¬ yese el progreso técnico en la escala de sus valores. Unos para deplorarlo, como Guiot de Provins, a principios del siglo xm, quien se lamenta de que en su tiempo, incluso en el dominio militar, los ((artistas» deben ceder el paso a los ((técnicos», los «caballeros» a los ((ballesteros, los mineros, los ser¬ vidores de las máquinas para lanzar piedras y los ingenieros». Otros, por el 301 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL contrario, para alegrarse de ello. Tal ocurre en particular con ese monje de Clairvaux que, en el siglo xiii, canta un verdadero himno al maqumis¬ mo liberador. Recordemos que, ante la aparición de los primeros molinos, un epi¬ grama de la Antología había celebrado ese progreso. ((¡Detened vuestras manos, largo tiempo familiares con la muela, oh muchachas que en otro tiempo triturabais el grano! ¡A vosotras corresponde ahora los largos sue¬ ños, desdeñosos de los cantos con que los gallos saludan el nacimiento del dial Porque lo que fue vuestro trabajo, Deméter lo ha encomendado a las Ninfas.» Y ya el abate de Loches, en el siglo v, regocijábase al ver que el molino abacial, al permitir ((a un solo hermano realizar la tarea de muchos» liberase de ese trabajo al resto del grupo monástico. Pero nuestro monje de Clervaux se exalta verdaderamente en un contexto de aplicaciones indus¬ triales, de rumores mecánicos, que hacen de su panegírico uno de los pri¬ meros cantos a la gloria del maquinismo: ((Un brazo del Aube, que atraviesa los numerosos talleres de la abadía, suscita bendiciones por todas partes a causa de los servicios que presta. El Aube sube allí para realizar un gran trabajo. Y si no acude todo entero, por lo menos no permanece ocioso. Un lecho, cuyas curvas cortan en dos el cen¬ tro del valle, ha sido abierto, no por la Naturaleza, sino por la industria de los monjes. Por esta vía, el Aube transmite la mitad de sí mismo a la abadía, como para saludar a los religiosos y excusarse por no haber venido todo entero, puesto que no ha encontrado ese canal lo suficientemente ancho para contenerlo. «Cuando, a veces, el río desbordado precipita fuera de sus límites ordinarios una agua demasiado abundante, se ve rechazado por un muro que se le opone y bajo el cual se ve obligado a correr; entonces vuelve sobre sí mismo y la onda que seguía su antiguo curso acoge con sus besos la onda que refluye. De todas maneras, admitido en la abadía tanto como el muro que hace funciones de portero le permite, el río se lanza primeramente con impetuosidad en el molino, donde se mantiene muy ocupado y se da mucho movimiento, tanto para triturar el trigo bajo el peso de sus muelas, como para agitar los cedazos, a fin de separar la harina del salvado. «Helo aquí ya en el edificio vecino. Llena la caldera y se abandona al fuego, que lo cuece a fin de preparar con él una bebida para los monjes, si por casualidad la viña ha dado a la industria del viñador la mala respuesta de la esterilidad y si, al faltar la sangre de los racimos, ha sido preciso suplir¬ la por la hija de la espiga [la cerveza], Pero el río no se da aún por cum¬ plido. Los batanes, situados cerca del molino, llaman a sus aguas. Se ha 302 LA VIDA MATERIAL ocupado en el molino de preparar la alimentación de los hermanos; está, pues, en razón exigirle que ahora piense en su vestido. Él no lo contradice ni se niega a nada de cuanto se le pida. Eleva o baja alternativamente esos pesados pilones, esos mazos, si lo preferís, o, por mejor decir, esos pies de madera (pues ese nombre expresa más exactamente el trabajo brincador de los batanes), para ahorrar a los bataneros una gran fatiga. ¡Buen Dios! ¡ Cuántos consuelos dais a vuestros pobres servidores para impedir que una tristeza demasiado grande los abrume! ¡Hasta qué punto aligeráis las penas de vuestros hijos que hacen penitencia para evitarles la sobrecarga del tra¬ bajo! ¡Cuántos caballos se extenuarían, cuántos hombres fatigarían sus bra¬ zos en los trabajos que hace por nosotros, sin ninguna pena por su parte, ese río tan gracioso, al que debemos lo mismo nuestros vestidos que nuestros alimentos! Combina sus esfuerzos con los nuestros y, después de haber soportado el penoso calor del día, no espera de su trabajo más que una recompensa: el permiso de irse libremente después de haber cumplido con todo celo todo lo que se le ha pedido. Después de que ha hecho girar en un movimiento acelerado tantas rápidas ruedas, sale espumeante; diría¬ se que se ha molido a sí mismo y que se toma más blando. »A1 salir de allí, entra en la curtiduría, donde, para preparar las mate¬ rias necesarias al calzado de los hermanos, muestra tanta actividad como cuidado; se reparte en una cantidad innumerable de pequeños brazos y va en su carrera trabajadora a visitar los diferentes servicios, buscando dili¬ gentemente en todos lados a aquellos que tienen necesidad de su ministerio para cualquier cosa que sea, ya se trate de cocer, tamizar, hacer girar, tritu¬ rar, regar, lavar o moler: ofreciendo su ayuda, sin denegarla jamás...» * * # La economía del Occidente medieval tiene por único objeto la subsis¬ tencia de los hombres. No va más allá. Si alguna vez aparenta sobrepasar los límites de esa estricta necesidad, se debe, sin duda, a que la subsisten¬ cia es una noción socioeconómica y no puramente material. El concepto de subsistencia varía según las diversas capas sociales. La masa se satisface con una subsistencia en el sentido estricto de la palabra, es decir, con lo necesa¬ rio para vivir físicamente: alimentación en primer lugar, vestido y aloja¬ miento después. La economía medieval será, en consecuencia, esencialmente agraria, fundada en la tierra que proporciona lo necesario. Esta exigencia es hasta tal punto la base de la economía medieval que, cuando se asienta la Alta Edad Media, se esfuerza por establecer cada familia campesina —uni- 303 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL dad socioeconómica— en una porción-tipo de tierra, aquella que permite la vida de una familia: el manso, térra unius familiae, como la denomi¬ na Beda. Para las clases sociales superiores, la subsistencia lleva consigo la satis¬ facción de necesidades mayores. Debe permitirles mantener su rango, no perder categoría. Los bienes que necesita para ellos le vienen proporciona¬ dos, en una débil cantidad, por importaciones extranjeras y, en su inmensa mayoría, por el trabajo de la masa. Ese trabajo no tiene por finalidad el progreso económico, ni desde el punto de vista individual ni del colectivo. Aparte sus fines religiosos y morales —evitar la ociosidad que es la puerta abierta al Diablo, hacer peni¬ tencia trabajando, humillar el cuerpo—, comporta asimismo ciertas fina¬ lidades económicas: asegurar su subsistencia y la de aquellos pobres inap¬ tos para procurársela por sí mismos. Todavía Santo Tomás de Aquino lo declara así en su Summa Theologica: ((El trabajo tiene cuatro finalidades. Primeramente, y sobre todo, debe proporcionar el vivir; segundo, debe hacer desaparecer la ociosidad, fuente de numerosos males; tercero, debe refrenar la concupiscencia, mortificando el cuerpo; cuarto, permite hacer limosnas...» El fin económico del Occidente medieval consiste en proveer a la neces- sitas. Esta necesidad legitima la actividad, permite incluso la derogación de ciertas normas religiosas. El trabajo dominical, por regla general prohi¬ bido, será permitido en caso de necessitas. El sacerdote, por ejemplo, al cual están vedados numerosos oficios, podrá ser autorizado a trabajar en caso necesario para asegurar su subsistencia. Los ladrones por necesidad se verán ((excusados» por ciertos canonistas. Raimundo de Peñafort escribe en su Summa, hacia el primer tercio del siglo xiii : ((Si alguien roba alimen¬ tos, bebidas o vestidos a causa del hambre, de la sed o del frío que padece, ¿comete verdaderamente un robo?... No comete ni robo ni pecado si obra así a causa de la necesidad.» No obstante, intentar procurarse más de lo necesario supone pecado. Es la forma económica (una de las más graves) de la superbia, del orgullo. El ideal económico fijado por Teodulfo en la épo¬ ca carolingia, tan cuidadoso de señalar a los trabajadores los fines espiritua¬ les de la actividad económica —diezmos, limosnas—, sigue siendo valedero durante toda la Edad Media. Se ha de recordar a «todos los que se entregan a los negocios y al comercio que no deben desear los provechos terrestres más que la vida eterna... Lo mismo que quienes se dedican al trabajo de los campos y las otras labores para procurarse el alimento, el vestido y las res¬ tantes necesidades deben dar diezmos y limosnas, igualmente los que practi- 304 LA VIDA MATERIAL can el comercio para subvenir a sus necesidades deben hacer otro tanto. Dios, en efecto, da a cada uno un oficio para que viva de él y cada uno debe sacar de ese oficio, que le proporciona lo que es necesario para su cuerpo, también el socorro para su alma, lo cual es todavía más necesario)). Todo cálculo económico que vaya más allá de la previsión de lo nece¬ sario será severamente condenado. Cierto que los señores territoriales, par¬ ticularmente los de carácter eclesiástico, en especial los abades, que dispo¬ nen de un personal mejor equipado desde el punto de vista intelectual, han tratado de estudiar, de prevenir, de mejorar la productividad de sus tierras. Desde la época carolingia, una serie de capitulares, polípticos e inventarios imperiales o eclesiásticos —el más célebre de los cuales es el políptico que hizo redactar a comienzos del siglo ix el abad de Saint-Germain-des-Prés, Irminón— ponen de manifiesto este interés económico. A partir de las pos¬ trimerías del siglo xii, después de que la obra escrita por Suger a mediados de siglo sobre su gestión en la abadía de Saint-Denis puso de relieve el carácter siempre empírico de su administración, los especialistas toman en su mano la dirección de los grandes señoríos, sobre todo los eclesiásticos, tales como las granjas de las más importantes abadías inglesas, donde el reeve, el villano o villicus encargado de administrar la explotación, debía presentar sus cuentas a los escribanos que venían a anotarlas el día de San Miguel, antes de someterlas a la verificación de los auditores. Sin embargo, se trata más bien todavía de continuar produciendo lo necesario, adminis¬ trando y calculando mejor ante la crisis que se anuncia, para hacer frente también al progreso de la economía monetaria. La desconfianza hacia el cálculo reinará aún por largo tiempo y habrá que esperar al siglo xiv, como sabemos, para ver aparecer una verdadera atención al aspecto cuantitativo de las cuentas —en las estadísticas todavía groseras de Giovanni Villani en relación con la economía florentina, por ejemplo—, atención también naci¬ da, en definitiva, más de la crisis económica que amenaza a las ciudades y obliga a contar que de un deseo de crecimiento económico calculado. En pleno siglo xiii, la célebre colección italiana de novelas el Novellino cons¬ tituye un testimonio de este estado de espíritu hostil al censo, a la cifra. «David rey, siendo rey por la Gracia de Dios, que de pastor de ganados le había convertido en señor, sintió un día la preocupación de saber, a fin de cuentas, cuál era el número de sus súbditos. Fue esto un acto de presun¬ ción, que desagradó mucho a Dios, el cual envió su ángel, haciéndole decir estas palabras: “David, has pecado. He aquí lo que dice tu Señor: ¿Qué prefieres? ¿Permanecer por tres años en el infierno, o por tres meses en las manos de tus enemigos, o bien someterte a juicio en las manos de tu 3°5 «6 EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 92 A 112 92. ECONOMÍA RURAL.' EL ARADO CON RUEDAS. Esta escena, que figura en las puertas de bronce de la basílica de San Zenón de Verona (finales del siglo XI, véa¬ se il. 79), está considerada como la primera representación del arado con ruedas. Su simbolismo es igualmente interesante: se trata de la muerte de Abel a manos de Caín. Abel, después de la caída, se ha hecho agricultor. El trabajo es, a la vez, beneficio y maldi¬ ción. (Verona, Basílica de San Zenón.) 93. ECONOMÍA RURAL: MOLINOS. Entre los siglos XI y XIII, las explota¬ ciones rurales más prósperas se equi¬ paron de molinos en principio hidráu¬ licos y, más tarde, de viento. He aquí un folio del políptico ilustrado cono¬ cido por el Vieil Rentier, inventario de los servicios y tributos debidos, ha¬ cia 1277, al señor Je han de Pamele d’Audenarde. En la parte alta, los ser¬ vicios (un campesino ahechando) y tri¬ butos (X sueldos por año) proporcio¬ nados por un molino de viento sobre su terrero. En la parte baja, tributo (XVI sueldos por año) pagado por un molino hidráulico. (Bruselas, Bibliote¬ ca real, manuscrito 1177, fol. 17.) 94. economía rural: un tiro de BUEYES. El Salterio de Luttrel, escrito ha¬ cia 1740, nos da, gracias a sus ilustra¬ ciones, noticias preciosas sobre la vida rural a comietizos del siglo XIV. Un campesino acomodado, acompañado por un ayudante, empuja un arado al que van uncidas dos parejas de bueyes. La imagen es totalmente realista. (Lon¬ dres, British Museum, add. manuscri¬ to 42710, fol. 170.) 95. economía rural: la viña. Encontramos aquí representados, a tra¬ vés todaxna de una parábola evangéli¬ ca, un cercado de viña y una prensa. La miniatura del Evangeliario de En¬ rique III (1079, véase il. 77) ilustra el texto de San Mateo (21, 77-79) sobre los malos viñadores reclutados por el padre de familia que ha plantado una viña. (Biblioteca del Escorial, Codex Aureus, Cod. Vetrinas 17, fol. 46 recto.) 96. economía rural: la siega. Aquí, por el contrario, las escenas de la siega, a despecho de su carácter en apariencia puramente realista, tienen una significación alegórica. La minia¬ tura, ejecutada en la Renania media, a finales del siglo XII, está incluida en un manuscrito del Speculum Virginum, “Espejo de las Vírgenes’’, de Conrado de Hirsau (nacido en 1017). En ella se nuestra la jerarquía establecida entre el matrimonio, la viudedad y la virgi¬ nidad. Abajo, las esposas, auxiliadas por sus maridos, no recolectan más de treinta veces lo que han sembrado. En el centro, las viudas, cuyo mérito es superior, obtienen sesenta veces la si¬ miente. Arriba, las doncellas, cuyo es¬ tado es el más meritorio, recogen cien veces la simiente. A pesar de todo, la exageración de los rendimientos tradu- 306 1 1 y " Jf jj . 1 1 v ^2-TWRk jéá í;»' <^H jaiÉl WküWZMI I ¡Lú* -. ■ *wW ^9*”' filic-liC* * hi • m v (tij^ Vir i • f - >f , r ríMQRV- Mun.|tuj ■N'eijT- 4 E-t sf't'vi >)* «}-iu.w* ' ><' U* p.t¡* »Ii¡ / * ^ > ’ 'Nmf IV..H- C«*l-*"111^*1 - j-——--—3^g • yv'i- M* fi,1r Jir ^guinctn ninocciimn ron0anpnatoit;]g \ mm T..' El ¡ y * SÉ- I zW |lg¡ Mm 1*1 OlI tM i >*> 1 m xú 1 EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 92 A 112 ce la incesante preocupación del cam¬ pesino medieval. (Bonn, Museo Nacio¬ nal Renano, núm. 15326.) 97. ECONOMÍA rural: LA VENDIMIA. Pese a la importancia del vino en toda la Cristiandad y los esfuerzos por culti¬ var la viña tan al Norte como sea posi¬ ble, la economía rural sólo deja un am¬ plio margen para la viña en los países meridioriales. No siempre aparece como aqui en el ciclo de los Trabajos de los Meses. Esculpido por Benedetto Ante- lami (véase il. 80) en el baptisterio de Parma (hacia 1196), el tema representa a septiembre en la figura de un cam¬ pesino dedicado a la vendimia. (Parma, baptisterio.) 98. TRABAJO DE LA MADERA: CONSTRUC¬ TORES DE NAVÍOS. El trabajo de la madera y la construc¬ ción de navios han disfrutado de un lugar importante en el artesanado y, a veces, en la industria medieval. La esce 7 ia bíblica que permitía su repre¬ sentación era la construcción del arca de Noé. En nuestra ilustración, los úti¬ les ocupan un puesto destacado al lado de los artesanos en este derrame escul¬ pido de la puerta (rehecho en época moderna) de la capilla alia de la Sain- te-Chapelle (1246-1248). (París, Sainte- Chapelle.) 99. UNA INDUSTRIA MEDIEVAL: LA CONS¬ TRUCCIÓN. Mmiatura de la Biblia latma, llamada Biblia de Noailles (siglo XII), que ilus¬ tra la construcción del Templo, según las profecías de Ageo (II, 11-20): eleva¬ ción a ma 7 io y colocación de las piedras con utensilios elementales (martillo y paleta); determinación de la verticali¬ dad mediante la plomada. (París, Bi¬ blioteca Nacional, manuscrito latino 6, tomo III, fol. 89 vuelto.) IOO y 101. UNA INDUSTRIA MEDIEVAL! LA CONSTRUCCIÓN. La edificación de la Torre de Babel ha dado ocasión para representar escenas de construcción. Este manuscrito del De originibus de Raban Maur, que data de 1023 y fue copiado en la aba día de Monte Cassmo, es contempord- neo de la época en que comienza la gran expansión de la construcción y testimonia el despertar del espíritu tec¬ nológico en la Edad Media. Tres pro¬ blemas técnicos de la construcción se nos muestran en la miniatura: la talla de las piedras (en este caso del mármol) y el uso de la sierra (il. 101), la coris- trucción de los andamiajes (aún muy rudimentarios) y el transporte de los materiales con la ayuda de un marco con mango (il. 100). (Biblioteca del Monasterio de Monte Cassmo.) IOS. EL PROGRESO DE LA NAVEGACIÓN: El. TIMÓN DE CHARNELA. Sello de la ciudad hanseática de Elbing (Elblag, Polonia), fundada en 1235 du¬ rante la conquista de Prusia por los Caballeros Teutónicos y que fue, has¬ ta mediados del siglo XIV, el gran puerto de Prusia con preferencia a EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 92 A 112 Dantzig (Gdansk). En él figura por pri¬ mera vez (1242) el timón de charnela. (Hamburgo, Archivos del Estado.) 103. PODERÍO DE LAS CORPORACIONES DE mercaderes: el sello de los ba¬ teleros DE PARÍS. Desde finales del siglo XI se había establecido en París una corporación de mercaderes para luchar contra la competencia de Ruán, que tendía a aca¬ parar la parte esencial del comercio por el Sena. En el año jijo obtuvo del rey el monopolio del control de la navegación en el Sena, entre los puen¬ tes de París y el puente de Mantés. Abierta a todos los comerciantes, agru¬ pó, a partir del siglo XIII, a toda la burguesía comercial de París y controló todo el comercio parisiense. Su lugar de reunión, el Locutorio de los Burgue¬ ses, se convirtió en un centro político al mismo tiempo que económico. El jefe de la cofradía fue un gran perso¬ naje con el que había de contar la rea¬ leza. A mediados del siglo XIV, en la persona de Etienne Marcel, intentó im¬ ponerse al soberano y al país. El sello es de 1210. (París, Biblioteca Nacional, Gabinete de las Medallas.) 104. ALIMENTACIÓN URBANA: MERCADER DE CARNE SALADA. Las miniaturas de este manuscrito (co¬ mienzos del siglo XV) del Tratado mé¬ dico, escrito por el moro español Albu- casis (siglo X), han sido probablemen¬ te ejecutadas en Italia, pero la obra debió de pasar rápidamente a Bohe mia, puesto que lleva notas cursivas en checo. Ilustran la preparación y la ven¬ ta de diversos productos, acerca de los cuales señala el texto las ventajas y los inconvenientes que pueden derivarse para la salud. La Edad Media ha he¬ cho un gran comercio y uso de la sal, principal medio de conservación de los alimentos. (París, Biblioteca Nacional, nuevas adquisiciones latinas 1673, fo- lio 39.) IO5. EXPANSIÓN DEL ARTE TEXTIL: LA PAÑERÍA. El arte textil tomó en el curso del si¬ glo XII un gran desarrollo, lo mismo en los talleres monásticos que en los de ciertas ciudades (particularmente en Flandes y en Italia), donde se fabrican telas de lujo para la exportación. Esta miniatura, dispuesta según el gusto ro¬ mánico del espacio enteramente ocu¬ pado, salvo la fantasía de ciertos des¬ bordamientos en torno a la inicial, la letra Q, ornamenta un manuscrito de las Moralia in Job, de Gregorio el Grande, copiado en la abadía de Ci- teaux hacia 1113. En ella, los obreros cardan la lana y extienden una pieza de paño (véase il. 26). (Dijon, Biblio¬ teca Municipal, manuscrito 173, fol. 92 vuelto.) íoñ. LOS MERCADERES Y LA USURA: COMERCIO Y MORAL. Puesto que todo préstamo con interés era considerado como usura y, en con¬ secuencia, condenado, los comerciantes permanecieron durante largo tiempo 308 EPIGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 92 A 112 en una posición delicada con respecto a la Iglesia. Un caso de conciencia que se plantea frecuentemente en el si¬ glo XIII es el de saber si los comer¬ ciantes pueden hacer donativos y li¬ mosnas con sus ganancias ilícitas, con sus beneficios usurarios. En esta Biblia moralizada, escrita e iluminada en un taller parisiense hacia el año 1250, se ve a un franciscano y a un dominico rechazando las limosnas ofrecidas por unos usureros. (París, Biblioteca Na¬ cional, manuscrito latino iryóo.) 107. UNA PRIMERA MATERIA TINTÓREA PARA EL ARTESANADO Y LA INDUSTRIA textiles: la hierba pastel. La hierba pastel o glasto fue uno de los principales colorantes utilizados por el artesanado y la industria textiles en la Edad Media. Desde el siglo XIII, algunas regiones, como la Picardía, se especializaron en su cultivo y numero¬ sos mercaderes de Amiens hicieron for¬ tuna con sus comercios. Esos merca¬ deres, con sus sacos de hierba pastel, han sido representados en una arcada del segundo piso de la capilla dedica¬ da a San Nicolás, llamada de la Encar¬ nación, en la catedral de Amiens, construida hacia 1300. 108. UNA FERIA: EL «LENDIT» DE SAINT-DENIS. La feria llamada del “Lendit”, que te¬ nía lugar por espacio de una quincena del mes de junio entre París y Saint - Denis, se remonta a los alrededores del año 635. Ha desempeñado en la Alta Edad Media un papel ‘‘internacional”, especialmente como mercado de la miel. En los siglos XII-XIV, su cir¬ cunscripción fue esencialmente pari¬ siense y regional ( Champagne, Flan- des, Normandía, Orlcáns, región del Auxerre). La feria tenía lugar en terre¬ no perteneciente a la jurisdicción del abad de Saint-Denis. Sin embargo, el día de la inauguración se celebraba una procesión solemne que partía de Notre-Dame de París. El obispo de Pa¬ rís acudía a ella para dar su bendición a los mercaderes. Tal es la escena re¬ presentada en este pontifical del si¬ glo XIV, procedente de Sens, archidió- cesis de la que el obispo de París es sufragáneo. (París, Biblioteca Nacional, manuscrito latino 962, fol. 264.) 109. EL ARTE DEL MAREII.: COFRECILLO HISPANOÁRABE. Cofrecillo de marfil labrado en Cuen¬ ca en el año 102(1. Es un testimonio de la habilidad <>r el hecho de que la acuñación de moneda es un signo de poder. En una palabra, el dine¬ ro ha pasado a ser un símbolo de poder político y social más que de poder económico. Los soberanos acuñan monedas de oro porque, a pesar de no tener valor económico, son manifestaciones de prestigio. Las escenas de acuñación de moneda y las representaciones de acuñadores ocupan un buen lugar en la iconografía medieval. Se les ve en Saint Martin-dc-Boscherville, en Souvigny, en Worms... Moneda y acuñadores participan del carácter sagrado y maldito a la vez de los herreros y, más generalmente, de los meta¬ lúrgicos, reforzada en este caso por la atracción superior de los metales preciosos. Roberto López ha definido a los acuñadores como una aristocra¬ cia de la Alta Edad Media. Aristocracia mágica, más que económica. El desarrollo de la economía monetaria provoca, por el contrario, una explo¬ sión de odio contra el dinero. Es verdad que el progreso económico inicia¬ do se realiza en provecho tan sólo de ciertas clases y aparece, por consi¬ guiente, a los ojos de las restantes como una nueva opresión. San Bernardo clama contra el dinero maldito. La gran beneficiaria de esta evolución en su comienzo, la Iglesia, la cual, gracias al aumento de los honorarios, de las 34i «9 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL cuestaciones, de la fiscalidad eclesiástica, puede captar rápidamente una buena parte del dinero en circulación, se ve denunciada por su avaritia, por su avidez. Gregorio VII había declarado: «El Señor no ha dicho: Mi nombre es Costumbre.» Los goliardos *, en una sátira que lleva por título El Santo Evangelio según el Marco de Dinero, acusan a sus sucesores de poner en boca del Señor: «Mi nombre es Dinero.» Y, en consecuencia, comienza a marcarse una evolución en la moral. La superbia, el orgullo, pecado feudal por excelencia, considerada hasta entonces como la madre de todos los vicios, comienza a ceder su primacía a la avaritia, el deseo de dinero. Otra beneficiaria de la evolución económica, a la que llamaremos para simplificar la burguesía, esto es, la capa superior de la nueva sociedad urbana, recibe también su correspondiente denuncia. Escritores y artistas al servicio de las clases dirigentes tradicionales la estigmatizan: el usurero, entorpecido por el peso de su bolsa que lo arrastra hacia el infierno, queda expuesto a la aversión y al horror de los fieles en las esculturas de las iglesias. El lento desplazamiento de la economía de trueque por la economía monetaria se halla ya lo bastante avanzado en las postrimerías del siglo xm para que resulten de él graves consecuencias sociales. # # * A despecho de la parcial conversión en moneda de los pagos en pro¬ ductos naturales, la relativa inelasticidad de la renta feudal y la disminu¬ ción, provocada por la rapidez con que se deteriora la moneda, de lo que produce la parte que ha sido monetizada, empobrece a un sector de la clase señorial tan pronto como el aumento de los gastos de prestigio inten¬ sifica las necesidades de dinero. He aquí la primera crisis de la feudalidad, fundamento de la crisis del siglo xiv. Frente a esta crisis del mundo señorial, el mundo campesino se divide. Una minoría, capaz de sacar provecho de la venta de los excedentes, se enri¬ quece, redondea sus tierras, forma una categoría privilegiada, una clase de kulaks. La encontramos reflejada en los documentos ingleses referentes a las granjas, en los textos literarios. Así, en el Román de Renart: «Llega el alba, el sol se levanta, iluminando los caminos blancos de nieve, y he aquí que el señor Constant Desgranges, un labrador bien forrado que habita al borde del estanque, sale de su casa seguido de sus criados... El labrador 342 LA VIDA MATERIAL hace sonar el cuerno y llama a sus perros, después ordena que se enjaece su caballo. Viendo eso, Renart huye hacia su guarida [...] Un día, Renart había llegado a los límites de una granja que estaba cerca del bosque y que guardaba gallinas y gallos en gran número, así como ánades, patos y ocas machos y hembras; era la propiedad del señor Constant Desnos, un gran¬ jero que poseía una casa llena de vituallas de todas clases y una huerta en la que crecían numerosos árboles frutales, que daban cerezas, manzanas y otros frutos. Había en su casa gruesos capones, y salazones, y jamones, y man¬ teca en gran abundancia. Para privar la entrada de su corral, lo había rodea¬ do de fuertes puntales de encina, matorrales y zarzas. Renart hubiese que¬ rido saltar a su interior...» En contraposición, la depauperación de la masa campesina se acen¬ túa. El crecimiento demográfico no se traduce tan sólo por la extensión de las superficies cultivadas y por un aumento, en cierto tipo de tierras, de los rendimientos. Con mayor seguridad determina una parcelación de las fin¬ cas, cuyo resultado es que los campesinos pobres se ven forzados o bien a ponerse al servicio de labradores más ricos —acrecentando así su depen¬ dencia social y su inferioridad económica y privando a su propia pertenen¬ cia de una parte de su trabajo —o bien a endeudarse. En esas sociedades campesinas, explotadas por los señores o los labradores más ricos, donde la tierra es avara de sus dones y las bocas demasiado numerosas, el endeuda¬ miento significa el gran azote. Endeudamiento con respecto al usurero urbano —muy a menudo un judío— o al campesino más rico, bastante hábil, en general, para evitarse la etiqueta de usurero, que se carga sólo sobre el judío. Disminución de la superficie de las pertenencias, como ocurre, por ejemplo, en Beauvrequen, Flandes, en tierras pertenecientes a la abadía de Saint-Bertin, donde, en el año 1305, sobre Go pertenencias, 26, es decir, el 43 %, tienen menos de 2 hectáreas; 16, o sea 27 %, de 2 a 4 hectáreas; 12, o sea el 20 %, de 4 a 8 hectáreas; y únicamente 6, es decir, el 10 %, más de 8 hectáreas. O en Weedon Bcck, Inglaterra, donde si en 1248 sola¬ mente existía un 20,9 %de campesinos que dispusiesen de menos de 6 hec¬ táreas, la proporción había pasado en 1300 a ser del 42,8 %. Endeudamiento campesino con respecto a los judíos, en Perpiñán, por ejemplo, donde los registros notariales de alrededor del 1300 nos revelan que el 65 % de los deudores que tenían los usureros de la ciudad eran cam¬ pesinos, el 40 % de los cuales contraía sus deudas en otoño, en la época de los enlaces matrimoniales y del pago de las rentas señoriales. El 53 % de estos deudores se obligaban a devolver los préstamos en agosto y septiembre, 343 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL después de la siega y la vendimia. Acreedores son también, aparte los judíos, los mercaderes y cambistas italianos, los lombardos, a los cuales encontra¬ mos lo mismo en la región de Namur, donde los documentos demuestran el endeudamiento de una aldea casi entera con respecto a ellos entre 1295 y 1311, como en los Alpes, donde, a comienzos del siglo xiv, los usureros de Asti poseen establecimientos de préstamo con garantía — -casane — en casi todas las aldeas de los Estados de la Casa de Saboya. En consecuencia, los que parecen aprovecharse en mayor grado de este desarrollo de la economía monetaria son los comerciantes. Admitimos que la expansión urbana, de la que ellos son los principales beneficiarios, va ligada al progreso de la economía monetaria y que la «subida de la bur¬ guesía» representa la aparición de una clase social cuyo poder económico reposa más sobre el dinero que sobre la tierra. Ahora bien, ¿cuál es la im¬ portancia numérica de esta clase antes de 1300 ó de 1350? La mayor parte de esos pequeños comerciantes no son otra cosa que buhoneros, en un todo comparables a los usureros, de ciertos períodos más próximos a nosotros y de los cuales sabemos muy bien que guardan muy poca relación con el capitalismo. En cuanto a la minoría de los grandes comerciantes o —lo cual no es exactamente lo mismo— la élite de las altas clases urbanas, de la que volveremos a hablar más tarde, es decir, el patriciado, ¿cuál es la naturale¬ za de sus ganancias, de su comportamiento económico, de su acción sobre las estructuias económicas? Los comerciantes no se inmiscuyen más que muy débilmente en la producción rural. Cierto que los usureros mencionados, especialmente los de la región de Namur, ocultaban tras un préstamo con prenda de garantía una compra anticipada de las cosechas, que vendían de inmediato en el mercado. Mas el porcentaje de productos agrícolas comercializados en esta forma por su intermedio y en su provecho, aunque en aumento, era todavía pequeño. A principios del siglo xiv, el mercader o comerciante seguía siendo esencialmente un vendedor de productos excepcionales, raros, lujosos, exó¬ ticos. La creciente demanda de esos productos por las categorías superiores determinaba un aumento del número y de la importancia de los comer¬ ciantes. Su labor era complementaria. Ellos aportaban ese pequeño sector de lo superíluo-necesario que la economía señorial no podía producir. Precisamente en la medida en que se trataba de ((epifenómenos», incapa¬ ces de alterar en sus fundamentos la estructura de la economía y de la socie¬ dad, los clérigos comprensivos los excusaban y los justificaban. Así, Gilíes le Muisit, abad de Saint-Martin de Tournai, en su Dit des Marchands: 344 I,A VIDA MATERIAL Nuls pays ne se poet de li seus gouvrener, Pourchou vont marchéant travaillier et pener Chou qui faut es pays, en tons régnes mener, Se ne les doit-on mié sans raison fourmener. Chou que marchéant vont déla mer, dechá mer Pour pouruir les pays, che les font entr’amer. (Ningún país puede por sí solo gobernarse, Por eso los mercaderes van a trabajar y penar Para lo que falta en los países traer de todos los reinos. No se les debe malquerer sin razón. Porque esos mercaderes van más allá del mar, más acá del mar, Para proveer a los países y eso los hace amados.) A decir verdad, más que complementarios puede decirse que los mer¬ caderes son marginales. Lo esencial de sus transacciones recae sobre produc¬ tos caros, de escaso volumen: las especias, las telas de lujo, las sederías... Esto es especialmente cierto en lo que se refiere a los italianos, pioneros del comercio, cuya principal habilidad parece haber consistido en comprender que la estabilidad de los precios orientales les permitía calcular previamen¬ te su beneficio. Ruggiero Romano ha logrado un acierto sin duda alguna al afirmar que ahí radica la causa primordial del «milagro» mercantil de la Europa cristiana. Ese es también, aunque en menor grado, el caso de los hanseáticos. Sin embargo, es verosímil pensar «pie, romo lia sostenido entre otros M. P. Lesnikov, hasta mediados del siglo xiv el comercio de los gra¬ nos, y asimismo el de la madera, no desempeñaron más que un papel secun¬ dario en sus tráficos, en los que la cera y las pieles representaban los mayo¬ res beneficios. La naturaleza misma de los beneficios mercantiles, a veces enormes, obtenidos con esos productos de lujo pone de manifiesto que tales transac¬ ciones se llevaban a cabo al margen de la economía esencial. Eso mismo se desprende de la estructura de las compañías comerciales, ya que, aparte ciertas sociedades de tipo familiar y durable, la mayoría de las asociacio¬ nes entre mercaderes se constituían para un solo negocio, un viaje o un lapso no mayor de 3, 4 ó a lo sumo 5 años. No existía una verdadera continuidad en sus empresas, como tampoco se efectuaban inversiones a largo plazo, sin contar la costumbre, por largo tiempo mantenida, de disi- 345 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL par cada mercader a su muerte una parte considerable, a veces lo esencial de su fortuna, en donaciones. Lo que tales mercaderes, y todavía en mayor grado el patriciado urba¬ no, buscaban era o bien la posesión de dominios que les permitiesen, con su familia y sus criados, sentirse amparados contra la carestía, que les hicie¬ sen participar en la dignidad del poseedor de tierras y que, si el caso se ofrecía, mediante la adquisición de un señorío, les hiciesen pasar al rango de señores territoriales, o bien la adquisición de tierras e inmuebles urba¬ nos, cuyos alquileres eran provechosos, o la posibilidad de otorgar présta¬ mos a los señores y a los príncipes, a veces incluso a los humildes. Y, sobre todo, trataban de obtener rentas perpetuas. Recordemos la evolución económica y social que hemos esbozado ante¬ riormente. Las capas superiores se componen de un porcentaje cada vez ma¬ yor de rentistas, ya que los señores, por la evolución de la renta feudal, se convierten también cada vez más en «rentistas de la tierra», según el térmi¬ no de Marc Bloch, y cada vez menos en explotadores directos. El numerario que pueden retirar de esas rentas no se invierte, sin embargo, en el pro. greso económico. En la mayor parte de los países, la prohibición para la aristocracia de ejercer un oficio priva a los grandes terratenientes de hacer negocios. En consecuencia, lo que podría ser, al menos, invertido en la tierra para alimentar un progreso rural se evapora en gastos de prestigio y de lujo cada día más onerosos, más devoradores. Queda, con todo, que los innegables avances de la economía moneta¬ ria tienen graves repercusiones sociales. Empiezan por trastornar el estatuto de las clases sociales a causa de la extensión del salariado, en la ciudad sobre todo, pero también, y cada vez más, en el campo. Las más veces ahondan el foso que separa a las clases o, mejor, a las categorías sociales dentro de las clases. Lo hemos visto en lo que se refiere a las clases rurales: señores y campesinos. Aún es más exacto para las clases urbanas. Una capa superior va destacándose poco a poco del pueblo medio y bajo, de los artesanos y los obreros. Ahora bien, si el dinero es, con gran frecuencia, el fundamento de sus diferencias, la jerarquía social se define desde ese momento en función de un valor nuevo: el trabajo. Las clases urbanas conquistan, en efecto, su lugar por la nueva fuerza de su función económica. Al ideal señorial, fun¬ dado en la explotación del trabajo campesino, oponen ellos su sistema de valores basado sobre el trabajo que los ha hecho poderosos. No obstante, convertida, a su vez, en una clase de rentistas, la capa superior de la nueva sociedad urbana impone una nueva línea de partición entre los valores 346 LA VIDA MATERIAL sociales, la que separa el trabajo manual de las otras formas de actividad. Por otra parte, esta partición se corresponde con una evolución de las clases campesinas, en las que se establece una selección entre los que, por una curiosa evolución del vocabulario, se denominan «labradores» —campesi¬ nos acomodados, propietarios de una yunta y de sus instrumentos de tra¬ bajo— y la masa de los que no tienen más que sus brazos para vivir: los peo¬ nes, y, más precisamente, los braceros. En las clases urbanas, la nueva divi¬ sión deja aislados a los «hombres mecánicos», artesanos y obreros, todavía poco numerosos. Los intelectuales, es decir, los universitarios, que, por un momento, han sentido la tentación de definirse como trabajadores, trabaja¬ dores intelectuales, codo a codo con los otros oficios en el complejo urbano, se apresuran a unirse a la selección de (dos manos limpias». Incluso el pobre Rutebeuf * exclama orgullosamente: «No soy un obrero manual.» CAPÍTULO VIII LA SOCIEDAD CRISTIANA (Siglos x-xiii) E n las proximidades del año 1000, la literatura occidental presenta la sociedad cristiana según un esquema nuevo que obtiene en seguida una gran difusión. La sociedad está compuesta por: clérigos, guerre¬ ros y campesinos. Las tres categorías son distintas y complementarias entre sí. Cada una de ellas tiene necesidad de las otras dos. Su conjunto forma el cuerpo armónico de la sociedad. El esquema aparece por ve/ primera en la traducción extremadamente libre de la Consolatio de Boec io hecha por el rey de Inglaterra Alfredo el Grande a finales del siglo ix. El rey ha de tener jebedmen, fyrdmen, weorcmen, ((hombres de plegaria», «hombres de caballo» y ((hombres de trabajo». Un siglo más tárele, la estructura tripar¬ tita reaparece en Aelfric y en Wulfstan. El obispo Adalbcrón de Laón, en su poema dedicado al rey capeto Roberto el Piadoso, hacia el iouo, da una versión elaborada de ella: ((La sociedad de los fieles no forma más que un cuerpo; pero el Estado comprende tres. Porque la otra ley, la ley humana, distingue otras dos clases. Nobles y siervos, en efecto, no son regidos por un mismo estatuto... Éstos son los guerreros, protectores de las iglesias; son los defensores del pueblo, de los grandes igual que de los pequeños, de todos en fin, y aseguran al mismo tiempo su propia seguridad. La otra clase es la de los siervos: esta desgraciada casta no posee nada sino al precio de su trabajo. ¿Quién podría, ábaco en mano, echar la cuenta de las labores que ejecutan los siervos, de sus largas marchas, de sus duros trabajos? Dinero, vestidos, alimentos, los siervos lo proporcionan todo a todo el mundo; nin¬ gún hombre libre podría subsistir sin los siervos. ¿Se ha de realizar un tra¬ bajo? ¿Se quiere holgar? Vemos a reyes y prelados hacerse siervos de sus siervos; el amo está nutrido por el siervo, él, que pretende nutrirlo. Y el siervo no ve nunca el fin de sus lágrimas y de sus suspiros. La casa de Dios; LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL que se cree ser una, está, pues, dividida en tres: los unos ruegan, los otros combaten, los otros, en fin, trabajan. Esas tres partes que coexisten no sufren por verse separadas; los servicios proporcionados por la una son la condi. ción de las obras de las otras dos; cada una, según le corresponde, se encar¬ ga de aliviar el conjunto. Así, este conjunto triple no deja de permanecer unido, y es de esta manera como la ley ha podido triunfar y el mundo gozar de la paz.» Texto capital y, en algunas de sus frases, extraordinario. En un relám¬ pago, la realidad de la sociedad feudal queda revelada gracias a la fórmula: «El amo está nutrido por el siervo, él, que pretende nutrirlo.» Y la existen¬ cia de las clases —y, por consiguiente, su antagonismo—, aunque inmedia¬ tamente enmascarada por la afirmación ortodoxa de la armonía social, está planteada por la comprobación: «La casa de Dios, que se cree una, está, pues, dividida en tres.» Sin embargo, lo que nos importa aquí es esa carac¬ terización, que va a convertirse en clásica, de los tres estamentos de la sociedad feudal: los que ruegan, los que combaten, los que trabajan: ora- tores, bellatores, laboratores. Sería apasionante seguir la suerte de este tema, sus transformaciones, sus enlaces con otros motivos, por ejemplo, con la genealogía de la Biblia: los tres hijos de Noé; o de la mitología germánica: los tres hijos de Rigr. Entre las decenas de textos, citaremos uno donde la clasificación tripartita se reviste con el disfraz animal. Eadmer de Cantorbery, al comienzo del siglo xi, recordando la ense¬ ñanza de San Anselmo, desarrolla este exemplum, especie de fábula sim¬ bólica. ((Ejemplo de los corderos, los bueyes y los perros. »La razón de ser de los corderos es proporcionar leche y lana; la de los bueyes, trabajar la tierra; la de los perros, defender de los lobos a los cor¬ deros y a los bueyes. Si cada especie de esos animales cumple su oficio, Dios los protege... Igual hace con los órdenes que ha establecido con vistas a los diversos oficios que se han de realizar en ese mundo. Ha establecido a los unos —los clérigos y los monjes— para que rueguen por los otros y para que, llenos de dulzura como los corderos, los empapen con la leche de la predicación y les inspiren con la lana del buen ejemplo un ferviente amor de Dios. Ha establecido a los campesinos para que hagan vivir —como los bueyes con su trabajo— a sí mismos y a los otros. A otros en fin —a los guerreros— los ha establecido para que manifiesten la fuerza, en la medida de lo necesario, y para que defiendan de los enemigos, como de los lobos, a los que ruegan y a los que cultivan la tierra.» LA SOCIEDAD CRISTIANA Ahora bien, ese tema literario, ¿es una buena introducción al estudio de la sociedad medieval? ¿Qué relación mantiene con la realidad? ¿Expre¬ sa la verdadera estructura de las clases sociales en el Occidente medieval? Georges Dumézil ha sostenido con brillantez la tesis de que la tripar¬ tición de la sociedad es una característica propia de las sociedades indo¬ europeas. El Occidente medieval se uniría así de manera especial a la tra¬ dición itálica: Júpiter, Marte, Quirinus, probablemente con un interme¬ diario celta. Otros, entre ellos Vasilij I. Abaev, piensan que la ((tripartición fun¬ cional» constituye «una etapa necesaria en la evolución de toda ideología humana» o, mejor aún, social. Lo esencial es que este esquema aparece o reaparece en un momento que podría considerarse oportuno para la evolución de la sociedad occi¬ dental. Entre los siglos vm y ix, la aristocracia se constituye en clase militar, como hemos visto. El miembro por excelencia de esta clase se denomina miles, caballero. La denominación parece extenderse hasta las fronteras de la Cristiandad, puesto que en una inscripción funeraria del siglo xi, descu¬ bierta recientemente en la catedral de Gniezno, encontramos el término miles. En la época carolingia, los clérigos se transforman, como lo lia demos¬ trado el canónigo Delaruelle, en casta clerical. La evolución de la liturgia y de la arquitectura religiosa pone de manifiesto esta transformación: clau¬ sura de los coros y de los claustros, que quedan reservados al clero de los capítulos, y cierre de las escuelas exteriores de los monasterios. El presbítero celebra desde este momento la misa dando la espalda a los fieles. Éstos ya no van en procesión a llevar al celebrante los «oblatos», ya no están asociados a la recitación del Canon que, a partir de aquí, sólo podrán recitar en voz baja; la hostia no es ya el pan natural, sino pan ácimo, «como si la misa se convirtiese en algo extraño a la vida cotidiana». En fin, la condición de los campesinos tiende a uniformarse en el nivel más bajo: el de los siervos. Bastará comparar este esquema con el de la Alta Edad Media para percibir su novedad. Dos imágenes de la sociedad se entrelazan muy a menudo entre los siglos v y xi. Se trata, a veces, de un esquema múltiple, diversificado, que enumera un cierto número de categorías sociales o profesionales. En él se pueden discernir los restos de una clasificación romana en la que se distin¬ guen las categorías profesionales, las clases jurídicas, las condiciones socia¬ les. Así el obispo Rathier de Verona, en el siglo x, nombra diecinueve cate¬ gorías: civiles, militares, artesanos, médicos, mercaderes, abogados, jueces, 35i LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL testigos, procirradores, patronos, mercenarios, consejeros, señores, esclavos (o siervos), maestros, discípulos, ricos, mediocres y mendigos. En esta lista se encuentra mejor o peor representada la especialización de las categorías profesionales y sociales características de la sociedad romana y que acaso habían sobrevivido en una cierta medida en la Italia del Norte. Pero con más frecuencia la sociedad se reduce a la confrontación de dos grupos: clérigos y laicos en una cierta perspectiva, poderosos y débiles, grandes y pequeños, ricos y pobres si se considera únicamente la sociedad laica, libres y no libres si uno se sitúa en el plano jurídico. No cabe duda de que ese esquema dualista se corresponde con una simplificación de las categorías sociales en el Occidente de la Alta Edad Media. Una minoría monopoliza las funciones directivas: dirección espiritual, dirección polí¬ tica, dirección económica. La masa persiste. Más raramente, como en Raúl Glaber, una preocupación por los matices o el recurso a un esquema tripar¬ tito, correspondiente a una mentalidad clasificadora que se convierte espon¬ táneamente en ternaria (como ocurre en nuestras escuelas, en las que se impone naturalmente la división de las disertaciones en tres partes), hace aparecer entre los grandes y los pequeños, los medianos, es decir, los «me¬ diocres)). No obstante, ¿a qué se debe concretamente esta tripartición, que parece provenir sobre todo de un hábito retórico? Muy distinta es la tripartición funcional que aparece alrededor del año 1000. Se atiene a la división de las funciones en religiosa, militar y económica y es característica probablemente de un cierto estadio de evolu¬ ción de todas las sociedades primitivas y no sólo de las sociedades indo¬ europeas. Indudablemente, se pueden señalar entre un texto como el de Eadmer de Cantorbery, citado anteriormente, y el simbolismo animal de la tripartición funcional en otras sociedades, ciertas afinidades, o una con¬ tinuidad, que no permiten vacilar sobre el parentesco existente entre la imaginación social de la sociedad medieval y la de otras sociedades más o menos primitivas. E. Benveniste ha subrayado cómo, en la lustración agra¬ ria y los suovetaurilia de los cultos greco-itálicos, volvemos a encontrar las correspondencias Cerdo-Telus, Óvido-Júpiter, Toro-Marte. L. Gerschel ha puesto en relación, dentro de las estructuras augúrales y el pensamiento de la antigua Roma, el hombre, el caballo y el bóvido —en tanto que espe¬ cies— o la cabeza, la cuadriga y la ternera —en tanto que presagio— con los tres valores funcionales de la soberanía, del valor guerrero y de la pros¬ peridad económica. Georges Dumézil, por su parte, ha recordado la impor¬ tancia simbólica del águila de Júpiter, de la loba de Marte, de la cerda de las diosas de la Tierra y de la fecundidad. Los corderos, los bueyes y los 352 LA SOCIEDAD CRISTIANA perros de Eadmer no son sino un avatar medieval de ese simbolismo animal de la sociedad tripartita. ¿Qué quiere decir tripartición funcional? Y en primer lugar, ¿qué relaciones mantienen entre sí las tres funciones, o mejor, las clases que las representan? Está claro que el esquema tripartito es un símbolo de la armo¬ nía social. Como el apólogo de Menenius Agrippa, Los miembros y el estó¬ mago , es un instrumento lleno de imágenes del cese de la lucha de clases y de la mixtificación del pueblo. Pero, si bien se ha visto claramente que ese esquema se orientaba a mantener a los trabajadores —la clase econó¬ mica, los productores— en la sumisión de las otras dos clases, no se ha puesto suficientemente de manifiesto que el esquema —que es obra cleri¬ cal— se orienta también a someter los guerreros a los clérigos, a hacer de ellos los protectores de la Iglesia y de la religión. Supone, asimismo, un episodio de la antigua rivalidad entre hechiceros y guerreros y va aparejada con la reforma gregoriana, con la lucha entre el Sacerdocio y el Imperio. Contemporáneo de los cantares de gesta, terreno literario para el continuo pugilato entre la clase clerical y la clase militar, al igual que lo fue la Ilíada —tal como lo ha demostrado brillantemente, a partir del episodio del caballo de Troya, Vasily I. Abaev—, es un testimonio de la lucha entre la fuerza sacerdotal y el valor guerrero. Piénsese en la distancia que separa a Roldán de Lancelote. Lo que se ha dado en llamar la cristianización del ideal caballeresco no es más, probablemente, que la victoria del poder sacer¬ dotal sobre la fuerza guerrera. Roldán —aparte todo lo que se haya podido decir al respecto— posee una moral de clase. Piensa en su linaje, en su rey, en su patria. No tiene nada de santo, salvo el servir de modelo al santo de su época —siglos xi-xii —, definido como miles Chrisli. Por el contrario, todo el ciclo del rey Arturo termina con el triunfo de la «primera función» sobre la ((segunda». Ya en la obra de Ghréticn de Troycs, el difícil equi¬ librio entre ((clerecía» y «caballería» acaba, a través de la evolución de Perceval, por la metamorfosis del caballero, por la búsqueda del Santo Grial, la visión del Viernes Santo. El Lancelote en prosa remata el ciclo. El epílogo de la muerte de Arturo es un crepúsculo de los guerreros. El instrumento simbólico de la clase militar, la espada Escalibor, acaba final¬ mente por ser tirada al lago por el rey y Lancelote se convierte verdadera¬ mente en una especie de santo. El poder sacerdotal, bajo una forma por lo demás muy depurada, ha absorbido el valor guerrero. Por otra parte, puede uno preguntarse si la tercera categoría, la de los trabajadores, laboratores, se confunde por completo con el conjunto de los productores, si todos los campesinos representan la función económica. 353 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Podríamos acumular una serie de textos, demostrar que, entre el final del siglo viii y el xii, las derivaciones de la palabra labor, empleadas en un sentido económico —si bien raramente, de hecho, en su estado puro, dado que estos términos se hallan casi siempre más o menos contaminados por la idea moral de fatiga, de trabajo—, responden a una significación precisa, la de una conquista de la agricultura, sea mediante una extensión de la super¬ ficie cultivada, sea por mejoramiento de la cosecha. La Capitular de los Sajones, a fines del siglo viii, distingue entre substantia y labor, entre el patrimonio, la herencia, y las adquisiciones debidas a los nuevos cultivos. Labor incluye la roturación y su resultado. Una glosa del canon manus¬ crito de un sínodo noruego (1164) precisa que labores equivale a novales, es decir, a las tierras de roturación. El laborator es aquel que posee una fuerza económica suficiente para producir más que los otros. Ya en el año 926, una carta de Saint-Vincent de Macón nombra illi meliores qui sunt laboratores, «esa élite que son los laboratores ». De ahí procederá la palabra francesa laboureurs, que, a partir del siglo x, designa a la capa superior de los campesinos, aquella que cuenta por lo menos con un par de bueyes y los instrumentos de trabajo corres¬ pondientes (1). Así, el esquema tripartito —incluso aunque algunos, como Adalberón de Laón, hagan entrar en él el conjunto de los campesinos e identifiquen a los laboratores con los siervos— representa más bien de manera exclusiva el conjunto de las capas superiores: la clase clerical, la clase militar, el estamento más elevado de la clase económica. En una palabra, comprende solamente la melior pars, la selección. Piénsese, además, en la forma en que esta sociedad tripartita va a trans¬ formarse durante la Baja Edad Media. Se convertirá en Francia en los tres estados: clero, nobleza, tercer estado. Ahora bien, este último no se con¬ funde con el conjunto de los campesinos. Incluso ni siquiera representa a toda la burguesía. Está compuesto tan sólo de los estratos superiores de la burguesía, de los notables. El equívoco existente desde la Edad Media entre esta tercera clase, teóricamente el conjunto de todos los que no figuran en las dos primeras y que, de hecho, se limita a la parte más rica o la más ins¬ truida, desembocará en el conflicto planteado durante la Revolución fran¬ cesa entre los hombres que quieren detener la Revolución en la victoria de la selección, de la élite del tercer estado, y los que quieren hacer de ella el triunfo de todo el pueblo. (1) También en castellano, la palabra «labrador» toma este sentido de superioridad. — N. del T. 354 LA SOCIEDAD CRISTIANA En realidad, en la época de lo que se ha llamado la primera edad feu¬ dal, hasta mediados del siglo xii, aproximadamente, la masa de los trabaja¬ dores manuales —un texto del siglo xi de Saint-Vincent de Macón opone aún los laboratores a los pauperiores qui manibus laborant, «los más pobres que trabajan con sus manos»— no existe simplemente. Marc Bloch ha observado con sorpresa que los señores laicos y eclesiásticos de esta época transformaban los metales preciosos en piezas de orfebrería y que las hacían fundir, como hemos visto, en caso de necesidad, considerando como nulo el valor económico del trabajo aportado por el artista o el artesano. Verdade¬ ramente, puede decirse que esta edad ignora «el trabajo de los trabajado¬ res». Tan sólo un error de vocabulario puede hacernos tomar por puros «trabajadores» a los laboratores. Hemos hablado sin cesar de «clase» y aplicado este término a las tres categorías del esquema tripartito. Sin embargo, hemos de aclarar que, tra¬ dicionalmente, se veía en ello ((órdenes», no clases, y que a las tres fun¬ ciones correspondían en la época medieval tres órdenes. En primer lugar, ese vocabulario es la mayor parte de las veces inexac¬ to. El término ordo, más carolingio que propiamente feudal, pertenece al vocabulario religioso y se aplica en general, por lo tanto, a una visión reli¬ giosa de la sociedad, a los clérigos y a los laicos, a lo espiritual y a lo tempo¬ ral. En consecuencia, no puede haber sino dos órdenes: el clero y el pueblo, clerus et populus. Los textos dicen las más veces: utraque ordo, «uno y otro orden». En fin, únicamente algunos juristas modernos han que¬ rido, sin ninguna apariencia de razón, establecer una distinción entre clase, cuya definición sería económica, y orden, cuya definición sería jurídica. De hecho, el orden es un término religioso, pero, lo mismo (pie la clase, está fundado en bases socioeconómicas. No obstante, no cabe duda de que la tendencia real de los autores y los utilizadores del esquema tripartito en la Edad Media a transformar las tres clases que comprende en ((órdenes», responde a la intención de convertir en sagrada esta estructura social, de hacer de ella una realidad objetiva y eterna, creada y deseada por Dios, y de imposibilitar por completo una revolución social. # # # Significa, pues, un cambio profundo el de reemplazar, como se hizo a veces durante el siglo xi, ordo por conditio, «condición)), y, hacia el 1200, por (¡estado». Esta laicización de la visión de la sociedad sería ya importan¬ te por sí sola. Pero es que, además, va acompañada por una derogación del 355 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL esquema tripartito, determinada por una evolución capital de la sociedad medieval misma. No olvidemos que el instante en que aparece una nueva clase, que has¬ ta entonces no ha tenido su lugar en el esquema tripartito de una sociedad, constituye un momento crítico de la historia de ese esquema. Las soluciones adoptadas por las diferentes sociedades —Georges Dumézil las ha estudiado en lo que respecta a las indoeuropeas— son diversas. De ellas, hay tres que trastornan escasamente la visión tradicional: la que consigue mantener apartada a la nueva clase, negándole un lugar en el esquema; la que la amalgama y la funde con una de las tres preexistentes; e incluso la más revolucionaria, la que, para hacerle lugar, transforma el esquema tripar¬ tito en esquema cuatripartito. En general, esta clase aguafiestas suele ser la de los mercaderes, los cuales señalan el paso de una economía cerrada a una economía abierta y la aparición de una clase económicamente podero¬ sa, que no está dispuesta a someterse a la clase clerical y a la clase militar. La sociedad medieval tradicional ha ensayado esas soluciones inmovilistas. Lo vemos con claridad leyendo en un sermón inglés del siglo xiv: «Dios ha hecho los clérigos, los caballeros y los labradores; pero el demonio ha hecho los burgueses y los usureros.» Y un poema alemán del siglo xm asegura que la cuarta clase, la de los usureros, Wuocher, gobierna desde entonces a las otras tres. El hecho capital es que, en la segunda mitad del siglo xn y en el cur¬ so del xm, el esquema tripartito de la sociedad —pese a que se le sigue hallando durante largo tiempo como tema literario e ideológico— se des¬ compone y cede ante un esquema más complejo y más flexible, resultado y reflejo de una metamorfosis social. A la sociedad tripartita sucede la sociedad de los ((estados», es decir, de las condiciones socio-profesionales. Su número varía al gusto de los autores, pero se encuentran en él algunas constantes, en particular la mez¬ cla de una clasificación religiosa, fundada en criterios clericales y familia¬ res, y de una división según las funciones profesionales y las condiciones sociales. A veces, además, lo mismo que los tres hijos de Noé se habían pres¬ tado a la ilustración del esquema tripartito, otros temas del simbolismo bíblico o cristiano se adaptan al nuevo esquema social. Honorius Augusto- dunensis compara la sociedad a una iglesia cuyas columnas son los obispos, las vidrieras los maestros, las bóvedas los príncipes, las tejas los caballeros, el pavimento el pueblo, que con su trabajo nutre y sostiene a la Cristian¬ dad. En el siglo xm, el predicador popular sajón Konrad, franciscano, iden¬ tifica de un modo más trivial el altar con el Cristo, las torres con el papa y 356 LA SOCIEDAD CRISTIANA los obispos, el coro con los clérigos y la nave con los laicos. Hacia la misma época, Berthold de Regensburg distingue diez clases sociales, correspon¬ dientes a los diez coros de ángeles. Un sermonario alemán de 1220, aproxi¬ madamente, enumera hasta 28 estados: 1, el papa; 2, los cardenales; 3, los patriarcas; 4, los obispos; 5, los prelados; 6, los monjes; 7, los cruzados; 8, los conversos; 9, los monjes andariegos; 10, los presbíteros seculares; n, los juristas y los médicos; 12, lo estudiantes; 13, los estudiantes erran¬ tes; 14, las monjas enclaustradas; 15, el emperador; 16, los reyes; 17, los príncipes y condes; 18, los caballeros; 19, los nobles; 20, los escuderos; 21, los burgueses; 22, los mercaderes; 23, los vendedores al por menor; 24, los heraldos; 25, los campesinos obedientes; 26, los campesinos rebel¬ des; 27, las mujeres, y 28, ¡...los hermanos pecadoresl En realidad, se trata de una doble jerarquía paralela de clérigos y de laicos, conducidos los pri¬ meros por el papa y los segundos por el emperador. Sin nombrar aún los estados, Etienne de Fougéres, en la primera parte de su poema, el Livre des manieres, hacia 1175, había definido ya los debe¬ res de los reyes, de los clérigos, de los obispos, de los arzobispos, de los car¬ denales y de los caballeros y, en la segunda mitad, los de los villanos, los ciudadanos y los burgueses, las damas y las señoritas. El nuevo esquema corresponde todavía a una sociedad jerarquizada, en el que se desciende, en general, de la cabeza a la cola, salvo algunas excepciones, como, en España, el Libro de Alexandrc, de mediados del siglo xni, donde la revista de los estados comienza por los «labradores» para terminar por los nobles. Ahora bien, esta jerarquía difiere bastante de la jerarquía de los órdenes, de la sociedad tripartita. 1.a de ahora es más hori¬ zontal que vertical, más humana que divina. No pone en el tablero la voluntad de Dios. No es de derecho divino y se puede modificar en una cierta medida. También en este aspecto la iconografía pone de manifiesto un cambio ideológico y mental. La representación superpuesta de los órde¬ nes (que se mantendrá, sin embargo, y que se reforzará incluso en tiempos del absolutismo monárquico) se substituye por una figuración de los esta¬ dos unos tras otros. Son los poderosos: papa, emperador, obispos, caballe¬ ros, los que dirigen el baile, pero, ¿hacia dónde? No hacia lo alto, sino hacia abajo, hacia la muerte. Porque la sociedad en majestad de los órdenes ha cedido el lugar al cortejo de los estados arrastrados a la danza macabra. Esta desacralización de la sociedad va acompañada por una fragmenta¬ ción, una desintegración, que es, a la vez, el reflejo de la evolución de las estructuras sociales y el resultado de una maniobra más o menos consciente de los clérigos, los cuales, viendo que se les escapaba la sociedad de los 357 30 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL órdenes, tratan de debilitar la nueva sociedad dividiéndola, atomizándola y dirigiéndola hacia la muerte. La Gran Peste de 1348, ¿no viene acaso a poner de manifiesto que la voluntad de Dios es castigar a todos los ((estados»? La destrucción del esquema tripartito de la sociedad está ligada al desarrollo urbano de los siglos xi-xm, desarrollo que es preciso colocar, como hemos visto, en el contexto de una división creciente del trabajo. El esque¬ ma tripartito se desmorona al mismo tiempo que el esquema de las siete artes liberales y al mismo tiempo también en que se tienden los primeros puentes entre las artes liberales y las artes mecánicas, entre las disciplinas intelectuales y las técnicas. El taller urbano es un crisol en el que se disuel¬ ve la sociedad tripartita y en el que se elabora la nueva imagen. De grado o por fuerza, la Iglesia termina por adaptarse. Los teólogos más abiertos comienzan a declarar que todo oficio, que toda condición pue¬ de justificarse si se ordena a la salvación. Gerhoh de Reichersberg, a media¬ dos del siglo xii, en su Líber de aedificio Dei, evoca «esa gran fábrica, ese gran taller que es. el universo» y afirma: «El que por el bautismo ha renun¬ ciado al diablo, aun cuando no se haya hecho clérigo o monje, es reputado de haber renunciado al mundo, de manera que, sean ricos o pobres, nobles o siervos, comerciantes o campesinos, todos los que han hecho profesión de fe cristiana deben rechazar lo que le es hostil y seguir lo que le conviene; cada orden, en efecto [el vocabulario se mantiene aún en la concepción de los órdenes ], y más generalmente toda profesión, encuentra en la fe católica y en la doctrina apostólica una regla adaptada a su condición, y si el buen combate se conduce bajo ella podrá así alcanzar la corona», es decir, la sal¬ vación. Claro está que este reconocimiento se acompaña de una vigilancia atenta. La Iglesia admite la existencia de los estados, mas imponiéndoles como etiqueta distintiva pecados específicos, pecados de clase, inculcándo¬ les una moral profesional. Al comienzo, esta nueva sociedad es la sociedad del diablo. De aquí la boga considerable que, a partir del siglo xii, disfruta en la literatura clerical el tema de las «hijas del diablo», casadas con los estados de la sociedad. En la guarda de un manuscrito florentino del siglo xm, por ejemplo, leemos: El diablo tiene IX hijas, a las cuales ha casado a la simonía con los clérigos seculares a la hipocresía con los monjes a la rapiña con los caballeros al sacrilegio con los campesinos a la simulación con los alguaciles 358 LA SOCIEDAD CRISTIANA a la usura con los burgueses a la pompa mundana con las matronas y la lujuria, a la que no ha querido casar, pero que ofrece a todos como amante común. Y florece toda una literatura homilítica, que ofrece sermones ad status, esto es, dirigidos a cada «estado» en particular. Las órdenes mendicantes les conceden durante el siglo xiii un lugar escogido en su predicación. Y el cardenal dominico Humberto de Romans, a mediados del siglo xiii, se encarga de codificarlos. La coronación de este reconocimiento de los ((estados» es su introduc¬ ción en la confesión y la penitencia. Los manuales de los confesores que definen en el siglo xiii los pecados y los casos de conciencia acaban jx>r cata¬ logar los pecados por clases sociales. A cada «estado», sus vicios, sus peca¬ dos. La vida moral y espiritual se ha socializado según la sociedad de los «estados)). A finales del siglo xiii, Juan de Friburg, en su Confessionnale, que no es otra cosa que un resumen de su gran Summa de confesores, para uso de los confesores «más sencillos y menos expertos», alinea los pecados bajo catorce rúbricas, que son otros tantos ((estados»: i, obispos y prelados; 2, clérigos y beneficiados; 3, presbíteros parroquiales, vicarios y confeso¬ res; 4, monjes; 5, jueces; 6, abogados y procuradores; 7, módicos; 8, doc¬ tores y maestros; 9, príncipes y otros nobles; 10, esposos; 11, comerciantes y burgueses; 12, artesanos y obreros; 13, campesinos; 14, laboratores. En esta sociedad fragmentada, los jefes espirituales conservan, a pesar de todo, la nostalgia de la unidad. Durante largo tiempo a la defensiva, el rebaño cristiano, pobre, despreciado del resto del mundo, que, de Córdoba a Bizancio, El Cairo, Bagdad, Pekín, lo ignora o lo desprecia, no puede, según sus guías, fortalecerse sino por su cohesión. La sociedad cristiana debe formar un cuerpo, un Corpus. Ideal afirmado por los teóricos carolin- gios y por el papado de las Cruzadas, a partir de Urbano II. Y cuando la división parece triunfar, un Juan de Salisbury, hacia 1160, trata todavía, en su Polycraticus, de salvar la unidad de la Cristiandad, comparando la sociedad laica cristiana con un cuerpo humano, cuyos miem¬ bros y órganos están constituidos por las categorías profesionales. El prín¬ cipe es la cabeza; los consejeros, el corazón; los jueces y los administradores provisionales, los ojos, las orejas y la lengua; los guerreros, las manos; los funcionarios de las finanzas, el estómago y los intestinos, y los campesinos, los píes. 359 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL En ese mundo de combates singulares que es la Cristiandad medieval, la sociedad es, ante todo, el teatro de la lucha entre la unidad y la diversi- dao, o, más esencialmente, del duelo entre el bien y el mal. Porque, por largo tiempo, el sistema totalitario de la Cristiandad medieval identificará el bien con la unidad y el mal con la diversidad. En el detalle cotidiano se establecerá una dialéctica entre la teoría y la práctica, y la afirmación de la unidad se acomodará con frecuencia a una inevitable tolerancia. # # * En primer término, ¿quién es la cabeza de ese cuerpo formado por la Cristiandad? En realidad, la Cristiandad es bicéfala, tiene dos cabezas: el papa y el emperador. Pero la historia medieval se halla integrada más por sus desacuerdos, por sus luchas, que por su avenencia, solamente consegui¬ da, y aun de una manera efímera, por Otón III y Silvestre II en torno al año 1000. El resto del tiempo, las relaciones entre las dos cabezas de la Cristiandad revelan la rivalidad existente entre los niveles más altos de los dos órdenes dominantes, pero concurrentes, de la jerarquía clerical y de la jerarquía laica, de los clérigos y de los guerreros, del poder sacerdotal y de la fuerza militar. Sin embargo, entre el Sacerdocio y el Imperio, el duelo, el desafío no aparece siempre en estado puro. Porque otros protagonistas se encargan de revolver las cartas. En lo que respecta al Sacerdocio, las cosas se aclaran con bastante rapi¬ dez. Una vez comprobada la imposibilidad de hacer admitir la supremacía romana al patriarcado de Constantinopla y a la Cristiandad oriental —im¬ posibilidad que queda consumada por el cisma de 1054—, la preeminencia del papa no es discutida prácticamente por nadie en la Iglesia de Occi¬ dente. Aquí o allá, un obispo puede rebelarse, un emperador puede susci¬ tar durante algún tiempo un antipapa —el siglo xii conoce a una docena de ellos—, pero el papa está bien asentado a la cabeza de la sociedad reli¬ giosa, si bien sólo consigue afirmar por etapas su supremacía y no la con¬ vierte en realidad más que poco a poco. Gregorio VII * da un paso deci¬ sivo a este respecto con el Dictatus Papae de 1075, donde afirma entre otras cosas: ((Sólo el pontífice romano es llamado a justo título universal... Él es el solo cuyo nombre debe ser pronunciado en todas las iglesias ... quien no está con la Iglesia romana no debe ser considerado como católico...» En el curso del siglo xii, de ((vicario de San Pedro» pasa a ser «vicario de Cristo» y, por medio de los procesos de canonización, a controlar la con- 360 LA SOCIEDAD CRISTIANA sagración de los nuevos santos. Y durante los siglos xm y xiv, en particular gracias a los progresos de la fiscalidad pontificia, hace de la Iglesia una ver¬ dadera monarquía. Solamente a finales del siglo xiv y comienzos del xv su autoridad se verá seriamente amenazada por la de los concilios, mas éstos resultarán finalmente vencidos. A su lado, o enfrentado a él, el emperador está muy lejos de ser de manera tan indiscutida la cabeza de la sociedad laica. En primer término, hay eclipses imperiales mucho más prolongados que las cortas vacantes de la silla pontificia, la más larga de las cuales, relativamente excepcional, la que separa la muerte de Clemente IV, en noviembre de 1268, de la elección de Gregorio X, en septiembre de 1271, dura treinta y cuatro meses. Por el contrario, no hay emperador en Occidente desde el año 476 hasta el 800, no lo hay tampoco prácticamente desde el 899 o, en todo caso, desde el 924, hasta el 962, ni durante el Gran Interregno, que comprende desde la muerte de Federico II * (1250) hasta la elección de Rodolfo de Habsbur- go (1273). Una doble elección, efectuada en 1198, crea dos emperadores, Otón IV y Felipe de Suabia. Después, de 1212 a 1218, Otón IV y Federico II son al mismo tiempo —y el uno contra el otro— emperadores. No ha de olvidarse, además, que muy a menudo un plazo bastante largo separa la elec¬ ción en Alemania, que hace del elegido un simple «rey de los romanos», de la coronación en Roma, solamente a partir de la cual el emperador puede considerarse como tal. Federico Barbarroja, designado rey de los romanos en Aquisgrán el 9 de marzo de 1152, no es coronado emperador en Roma sino el 18 de junio de 1155. Federico II es elegido rey en Aquisgrán el 25 de julio de 1215 y emperador en Roma el 22 de noviembre de 1220. Y lo que es más importante, la hegemonía del emperador a la cabeza de la Cris¬ tiandad es más teórica que real. Con frecuencia combatido en Alemania, discutida su autoridad en Italia, es, por regla general, ignorado por los príncipes más poderosos. A partir del período otoniano, los reyes de Francia no se estiman en modo alguno sometidos al emperador. Y ya a comienzos del siglo xii, los canonistas ingleses y los españoles, tanto como los franceses, niegan que sus reyes sean súbditos de los emperadores y de las leyes impe¬ riales. El papa Inocencio III reconoce en el año 1202 que, de facto, el rey de Francia no tiene superior en lo temporal. Un canonista declara en 1208 que ((todo rey tiene en su reino los mismos poderes que el emperador en su imperio»: unusquisque enitn tantum inris habet in regno suo quantum imperator in imperio. Los Etablissements de San Luis declaran: «L¿ rois ne tient de nului fors de Dieu et de lui.n (((El rey no depende de nadie excepto de Dios y de sí mismo.») En resumen, ha nacido la teoría según 361 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL la cual «el rey es emperador en su reino». Por otra parte, asistimos desde el siglo x a lo que Robert Folz ha llamado «el fraccionamiento de la noción de imperio». El título de emperador se reduce a una extensión limitada. De una forma muy significativa, aparece en dos países que han escapado a la dominación de los emperadores carolingios: las islas Británicas y la península Ibérica. En ambos casos manifiesta la pretensión a la supremacía sobre una región unificada: los reinos anglosajones, los reinos ibéricos cris¬ tianos. El sueño imperial dura apenas un siglo en Gran Bretaña: Aethels- tán, en el año 930, es el primero en hacerse llamar «imperator»; Edgar, en el 970, se proclama: «Yo, Edgar, por la gracia de Dios, emperador augus¬ to de toda la Albión»; y, por última vez, Cnut, muerto en 1035, declara: ((Yo, Cnut, emperador, que, por el favor de Cristo, me he apoderado del reino de los anglos, en la isla.» Y su biógrafo resumirá: «Habiendo sido reunidos por él cinco reinos: Dinamarca, Angla, Bretaña, Escocia y Norue¬ ga, fue emperador.» En España, la quimera imperial se mantendrá por más largo tiempo. Ordoño II, en 917, llama a su padre, Alfonso III, emperador. El título sobrevive en las crónicas y en varios documentos del siglo x, mientras que, curiosamente, los obispos de Compostela toman el título de apostolicus, normalmente reservado al obispo de Roma, el papa. Con el advenimiento de Fernando II (1037-1065), que unifica bajo su mandato León y Castilla, el título imperial se hace tradicional. A partir de 1077, la fórmula se fija bajo dos rúbricas: ((por la gracia de Dios emperador de toda la España» o ((emperador de todas las naciones de España». El ((imperio español» dis¬ fruta de su mayor apogeo bajo Alfonso VII, que, en 1135, se hace coronar emperador en León. Después de él, la monarquía castellana se divide, Espa¬ ña se fragmenta en los ((cinco reinos» y el título de emperador de España desaparece, para volver a hacer una corta aparición en 1248 a favor de Fer¬ nando III, después de la toma de Sevilla a los musulmanes. De esta manera, la idea de imperio, aunque parcial y fragmentaria, iba siempre ligada a la idea de unidad. Paralelamente, los emperadores alemanes, a despecho de ciertas decla¬ raciones de su cancillería o de sus turiferarios —en 1199, Walther von der Vogelweide invita a «su emperador», Felipe de Suabia, a ceñir la diadema ornada del ópalo blanco, estrella-guía de todos los príncipes—, restringen cada vez más a Alemania y su prolongación italiana sus pretensiones al Sacro Imperio Romano Germánico. A Alemania en primer lugar, sobre todo a partir del momento en que el emperador es elegido por un colegio de príncipes alemanes. Ya Federico Barbarroja, que había tomado el título 362 LA SOCIEDAD CRISTIANA de emperador antes de su coronación en Roma el 18 de junio de 1155, había llamado a los príncipes que efectuaron su elección ((cooperadores en la gloria del emperador y del Imperio». El año 1198 ve el doble triunfo de ese colegio electoral, puesto que, en lugar de elegir al hijo de Enri¬ que VI, el futuro Federico II, prefieren a su hermano Felipe de Suabia y, pronto, nombran un contrincante para éste, Otón. Han elegido no sólo uno, sino dos emperadores. Y, desde este momento, este emperador es primordialmente un emperador alemán, emperador de Alemania, si bien ostenta el título de emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. La idea del imperio universal reviste una última forma, deslumbradora, bajo Federico II, que corona sus pretensiones jurídicas a la supremacía mundial por una visión escatológica. Mientras sus adversarios pretenden hacer de él el Anticristo o, al menos, el anunciador del Anticristo, él se presenta como el Emperador del Fin de los Tiempos, el salvador que llevará al mun¬ do a la Edad de Oro, el immutator mirabilis, nuevo Adán, nuevo Augusto y, muy pronto, casi otro Cristo. En 1239 celebra a su ciudad natal de Iesi, en las Marcas, como su propio Belén. Mas, como regla general, el comportamiento de los emperadores fue siempre en extremo prudente. Se contentan con una preeminencia hono¬ rífica, con una autoridad moral que les confiere una especie de patronato sobre los otros reinos: auctoritas ad quam totius orbis spcctal patrocinium, ((una autoridad que lleva consigo el patronazgo del mundo entero», como dice Otón de Freising, tío de Federico Barbarroja. De esta manera, el bicefalismo de la Cristiandad medieval se refiere menos al papa y al emperador, que al papa y al rey (rey-emperador) o, como expresa aún mejor la fórmula histórica, al Sacerdocio y al Imperio, al poder espiritual y al poder temporal, al sacerdote y al guerrero. Cierto que la idea imperial conservará fervientes defensores incluso después de haber quedado desfasada. El gran apasionado de la Cristiandad medieval, el hambriento de unidad que es el Dante, suplica, intima, inju¬ ria al emperador que no cumple su función, su deber de jefe supremo y universal. Pero el verdadero conllicto está entablado entre el sacerdos y el rex. Cada uno de ellos ha intentado resolverlo a su favor reuniendo los dos pode¬ res en su persona, el papa pasando a ser emperador, el rey pasando a ser sacerdote. Cada uno de ellos ha procurado realizar en sí mismo la unidad rex-sacerdos. En Bizancio, el basileus había conseguido llegar a ser considerado como un personaje sagrado. Era al mismo tiempo jefe religioso y jefe polí- 363 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL tico, situación que ha recibido el nombre de césaro-papismo. Asimismo, Carlomagno parece haber intentado reunir en su persona la doble digni¬ dad imperial y sacerdotal. La imposición de manos durante la consagra¬ ción del año 800 recuerda el gesto de la ordenación sacerdotal, como si Carlomagno estuviese desde entonces investido de un «sacerdocio real». Es un nuevo David, un nuevo Salomón, un nuevo Josías. Sin embargo, Hein- rich Fichtenau ha demostrado claramente que cuando se le llama rex et sacerdos, lo que se le atribuye es, como precisa Alcuino, la función de pre¬ dicador, no las funciones carismáticas. Ningún texto lo describe como un nuevo Melquisedec, el único rey-sacerdote en sentido estricto del Antiguo Testamento. No obstante, reyes y emperadores prosiguieron a lo largo de toda la Edad Media sus tentativas para hacerse reconocer un carácter religioso, sagrado, casi sacerdotal. El más importante medio de su política en ese sentido consiste en la consagración y la coronación, ceremonias religiosas que hacen de ellos los ungidos del Señor, el rey coronado por Dios, rex a Deo coronatus. La con¬ sagración es un sacramento. Se acompaña de las aclamaciones litúrgicas, de los laudes regiae, en las que Ernst Kantorowicz ha revelado con justicia el reconocimiento solemne por la Iglesia del nuevo soberano, añadido así a la jerarquía celeste. Entonadas después de las letanías de los santos, mani¬ fiestan (da unión entre los dos mundos, más aún que su simetría». Procla¬ man (da armonía cósmica del Cielo, de la Iglesia y del Estado». La consagración significa una ordenación. El emperador Enrique III argumenta en 1046 al obispo de Lieja, Wazon: «Yo también, que he reci¬ bido el derecho de mandar a todos, he sido ungido con el óleo santo.» Uno de los propagandistas de Enrique IV en su lucha contra Gregorio VII, Gui de Osnabriick, escribe en 1084-1085: «El rey debe ser puesto aparte de la multitud de los laicos; pues él, ungido con el óleo consagrado, participa del ministerio sacerdotal.» En el preámbulo de un documento fechado en 1142, Luis VII de Francia recuerda: «Sabemos que, conforme a las pres¬ cripciones del Antiguo Testamento y, en nuestros días, a la ley de la Igle¬ sia, únicamente los reyes y los sacerdotes son consagrados con la unción del santo crisma. Conviene, pues, que aquellos que, únicos entre todos, unidos entre sí por el crisma sacrosanto, están colocados a la cabeza del pueblo de Dios, procuren a sus súbditos tanto los bienes temporales como los espiri¬ tuales, y se los procuren también los unos a los otros.» El ritual de esa sacro-ordenación viene fijado por las ordiñes, como la ((orden de la consagración y del coronamiento de los reyes de Francia», 364 LA SOCIEDAD CRISTIANA incluida en el manuscrito de Chálons-sur-Marne, que data aproximada¬ mente de 1280 y se conserva en la Biblioteca Nacional de París (manuscri¬ to latino 1246). Sus preciosas miniaturas nos presentan algunos de los epi¬ sodios más significativos de esta ceremonia religiosa, en la que se afirma, por una parte, la autoridad del jefe militar —entrega de las espuelas y de la espada— y, por otra parte, la consideración de personaje casi sacerdo¬ tal, mediante la unción sobre todo, pero también por la entrega de esos símbolos religiosos que son el anillo, el cetro y la corona. Las imágenes nos muestran: al rey recibido en la puerta de la catedral de Reims; al abad de Saint-Remi de Reims en el momento de traer la santa ampolla; al rey pronunciando su promesa; en el instante de su prosternación durante el canto de las letanías; recibiendo sus zapatos de seda del gran chambelán y sus espuelas de oro del duque de Borgoña; ungido del santo crisma en la frente y en las manos (lo es también en el pecho, en la espalda y sobre los hombros); oyendo la misa, vestido con la túnica violeta; recibiendo la espa¬ da, después el anillo, luego el cetro y, por último, la corona; y, después de la coronación de la reina, tomando la comunión. El detalle de la ceremonia ha sido descrito según este ordo por M. de Pange en su libro Roi tres chrétien. E. P. Schramm se ha ocupado de esclarecer los símbolos religiosos que daban toda su significación a las insignias imperiales y reales. La corona imperial, que tenía la forma de una diadema constituida por ocho plaqui- tas de oro encajadas y un aro que circunda la cabeza y en el que se dibujan ocho pequeños campos semicirculares, toma de la cifra ocho el símbolo de la vida eterna. Al igual que el octógono de la capilla palat ina de Aquisgrán, la corona imperial es la imagen de la Jerusalén celestial, con muros cubier¬ tos de oro y de joyas. «Signo de gloria» como la llama el Ordo, anuncia el reino de Cristo mediante la cruz (símbolo del triunfo), el ópalo blanco úni¬ co (el ((huérfano», orphanus ), que es el signo de preeminencia, y las imᬠgenes de Cristo, de David, de Salomón y de Ezcquías. El anillo y el largo báculo — virga — son las réplicas de las insignias episcopales. El emperador es dotado también de la Santa Lanza o Lanza de San Mauricio, que será luego llevada ante él en las ceremonias y que pasa por contener un clavo de la cruz de Cristo. Recuérdese que los reyes de Erancia y de Inglaterra ostentan el poder, ((al tocar las escrófulas», de curar a aquellos que están afectados por ellas, es decir, a los escrofulosos. En definitiva, el rey prefiere el poder carismático a la fuerza militar. Así lo dice claramente un texto del carmelita Jean Golein en su Traite du sacre (((Tratado de la consagración»), escrito en 1574 a petición de Carlos V: el rey ((debe prestar a Dios su 365 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL homenaje, [ya] que le ha dado su reino, que le viene de Él y no solamente de la espada, como pretendían los antiguos, sino de Dios, como lo testimo¬ nia en su moneda de oro cuando dice en ella: Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat. No dice en ella: la espada reina y vence, sino que dice: ((Cristo vence. Cristo reina, Cristo impera.» Convertidos en cristianos, los reyes bárbaros intentan recuperar el poder de reyes-hechiceros que poseían los soberanos francos paganos — reges criniti —, reyes de cabellera larga en un pueblo con los cabellos cortados, reyes de cabellera mágica, asiento de un poder maravilloso, reyes que «eran otros tantos Sansones». Por parte del pontificado, se desarrolla una tentativa paralela para absorber la función imperial, sobre todo a partir del siglo vm, y basándose en la falsa Donación de Constantino. En ella, el emperador declara que entrega al papa la ciudad de Roma y que se traslada por esta razón a Cons- tantinopla. Le autoriza a llevar la diadema y los insignias pontificales y con¬ cede al clero romano los ornamentos senatoriales. ((Hemos decretado tam¬ bién que nuestro venerable Padre Silvestre, pontífice supremo, así como todos sus sucesores, deberán llevar la diadema, es decir, la corona de oro muy puro y de piedras preciosas que le hemos concedido, tomándola de nuestra cabeza.» Silvestre rechazó la diadema para aceptar tan sólo un alto gorro blan¬ co, el phrygium, insignia real, originaria asimismo de Oriente. El phrygium evolucionó rápidamente hacia la corona, y un ordo romano del siglo ix la denomina ya regnum. Cuando reaparece, hacia finales del siglo xi, «ha cam¬ biado de forma y de sentido»: se ha convertido en la tiara. El círculo de base se transforma en una diadema ornamentada de piedras preciosas. Una corona con florones la reemplaza en el siglo xii y una segunda se super¬ pone en el siglo xm. La tercera aparece probablemente con los papas de Aviñón, dando lugar al triregnum. Ya Inocencio III, a principios del si¬ gla xm, había explicado que el papa lleva la mitra in signum pontificii, como signo del pontificado, del sacerdocio supremo, y el regnum, in signum Imperii, como signo del Imperio. Al rex-sacerdos se opone el pontifex-rex. El papa no porta la tiara durante el ejercicio de sus funciones sacerdo¬ tales, sino únicamente en las ceremonias en que se muestra como sobe¬ rano. A partir de Pascual II, en 1099, los papas son coronados al subir al solio pontificio. Después de Gregorio VII, su ((entronización» en el Late- rano va acompañada por la investidura, el revestimiento del manto de púrpura imperial, la cappa rúbea, cuya posesión, en caso de disputa entre dos papas, establecía la legitimidad frente a un antipapa sin manto. Desde 366 LA SOCIEDAD CRISTIANA Urbano II, el clero romano recibe el nombre de Curia, nombre que evoca a la vez el antiguo senado romano y una corte feudal. Así el papado —y éste es un aspecto esencial de la reforma gregoria¬ na— no sólo se ha separado a sí mismo, y, con él, ha comenzado a separar a la Iglesia, de una cierta servidumbre al orden feudal laico, sino que se ha afir¬ mado como cabeza de la jerarquía laica, lo mismo que de la religiosa. A par¬ tir de ese momento, se esfuerza por manifestar y por hacer efectiva la subor¬ dinación del poder imperial y real a su propio poder. Bien conocidos son los infinitos litigios, la profusa literatura nacida en torno a la querella de las investiduras, por ejemplo, querella que no es, en realidad, más que un aspecto y un episodio de la gran lucha entre el sacerdocio y el imperio o, mejor, como hemos visto, entre los dos órdenes. Recuérdese a Inocencio III multiplicando los Estados vasallos de la Santa Sede. Retengamos, por ser los más significativos, algunos de los símbolos alrededor de los cuales ha cristalizado el conflicto, teorías e imágenes a la vez, como sucede casi siem¬ pre en el Occidente medieval. Tales símbolos son las dos espadas y las dos lámparas o luminarias. No obstante, ¿quién había apoyado más a los reyes que la misma Igle¬ sia? León III había «hecho» a Carlomagno. Los benedictinos de Fleury (Saint-Benoít-sur-Loire) y de Saint-Denis contribuyeron en gran medida al establecimiento de los Capetos. La Iglesia se servía, en efec to, de la ambi¬ güedad —sobre la cual volveremos a hablar— de la realeza, cabeza de la jerarquía feudal, pero cabeza al mismo tiempo de una jerarquía de otro orden, la del Estado, de los poderes públicos, que va más allá del orden feudal. La Iglesia favorece el poder real contra su rival, el poder militar. El sacerdote ayuda al rey para vencer al guerrero, si bien es cierto que lo hace para convertirlo en su instrumento, para asignar a la realeza el papel esencial de protectora de la Iglesia, la verdadera Iglesia del orden sacer¬ dotal, la Iglesia ideal de los pobres. La función cpic la Iglesia medieval señala a la realeza es la de ser el brazo secular que ejecuta las órdenes de la clase sacerdotal, que se impurifica en sn lugar usando de la fuerza física, de la violencia, derramando esa sangre de la que ella se lava las manos. Toda una literatura clerical define esta función del rey. Son los nume¬ rosos Espejos de príncipes, que florecieron particularmente durante el si¬ glo ix y donde se muestra que, a partir de Luis el Piadoso, humillado y sometido, los obispos movían a los títeres imperiales. Y en el siglo xm, San Luis se esfuerza, tanto en el plano moral como en el espiritual, por llegar a ser el rey modelo. 367 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL En términos que repetirá y desarrollará dos años más tarde Jonás, obis¬ po de Orleáns, en su De institutione regia, que será el modelo de los Espejos de principes para toda la Edad Media, el Concilio de París del año 829 define los deberes de los reyes: «El ministerio real —declaran los obispos— consiste especialmente en gobernar y regir el pueblo de Dios dentro de la equidad y la justicia y en procurar la paz y la concordia. En efecto, debe ser en primer lugar el defensor de las iglesias, de los servidores de Dios, de las viudas, de los huérfanos y de todos los otros pobres e indigentes. Debe así presentarse, en la medida de lo posible, terrible y lleno de celo para que no se produzca ninguna injusticia; y si se produjese alguna, para no permitir a nadie conservar la esperanza de no ser descubierto en la audacia de su mal proceder, sino que todos sepan que nada quedará impune.)) A cambio, la Iglesia confiere al poder real el carácter de sagrado. Por lo tanto, es preciso que todos los súbditos se sometan fielmente y con una obediencia ciega al rey, puesto que «quien se resiste a ese poder, se resiste al orden querido^ por Dios». Y en favor del emperador y del rey, más que del señor feudal, los clé¬ rigos establecen un paralelo entre el cielo y la tierra y hacen del monarca la personificación de Dios en este mundo. La iconografía tiende a identificar el Dios en majestad con el rey en su trono. Hugues de Fleury, en su Tractatus de regia potestate et sacerdotali dignitate, dedicado a Enrique I de Inglaterra, llega incluso a comparar el rey a Dios Padre y el obispo a Cristo solamente. «Uno sólo reina en el reino de los Cielos, el que lanza el rayo. Es natural que no haya más que uno sólo que reine en la tierra después de él, uno sólo que sea un ejemplo para todos los hombres.» Así habla Alcuino. Y lo que él afirma con respecto al emperador vale también para el rey desde el punto y hora en que éste es «emperador en su reino». Ahora bien, si el rey se aparta de ese programa, si cesa de someterse, la Iglesia se encarga de recordarle en seguida su indignidad y de negarle ese carácter sacerdotal que él se esfuerza en adquirir. Felipe I de Francia, excomulgado a causa de su matrimonio con Ber- trada de Montfort, es castigado por Dios, según Orderico Vital, con enfer¬ medades ignominiosas y pierde su poder curativo, según Guilberto de Nogent. Gregorio VII recuerda al emperador que, al no saber expulsar a los demonios, es bastante inferior a los exorcistas. Honorius Augustodunen- sis afirma que el rey es un laico. «El rey, en efecto, no puede ser sino laico o clérigo. Si no es laico, es clérigo. Pero si es clérigo, debe ser ostiario o lec¬ tor, o exorcista, o acólito, o subdiácono, o diácono, o presbítero. Y si no es 368 LA SOCIEDAD CRISTIANA laico ni clérigo, debe ser monje. Pero su mujer y su espada le privan de pasar por monje.» Se perciben aquí las razones del encarnizamiento con que Gregorio VII y sus sucesores se empeñaron en la tarea de imponer a los clérigos la renun¬ cia al ejercicio de las armas y, sobre todo, el celibato. No se trata, en modo alguno, de una preocupación moral. Se trata, por el contrario, de guardar al orden sacerdotal libre de la mancha de la sangre y de la esperma, líqui¬ dos impuros sometidos a tabúes, de separar la clase de los sacerdotes de la de los guerreros, confundidos con los demás laicos, aislados y rebajados. Basta que un obispo, Tomás Becket, sea asesinado por un grupo de caballeros, acaso a instigación del rey Enrique II, para que el orden sacer¬ dotal se desencadene contra el orden militar. La extraordinaria propaganda llevada a cabo por la Iglesia en toda la Cristiandad a favor del mártir, al cual se dedican iglesias, altares, ceremonias, estatuas y frescos, pone bien de maniñesto la lucha entre los dos órdenes. Juan de Salisbury *, colaborador del prelado asesinado, se aprovecha de ello para reafirmar hasta el máximo la doctrina de la limitación del poder real, que la Iglesia había afirmado prudentemente una vez que ella misma, de acuerdo con sus propias nece¬ sidades, hubo exaltado ese poder. El mal rey —el que no obedece a la Iglesia —es tachado de tirano y queda privado de su dignidad. Los obispos del Concilio de París del 829 habían definido: «Si el rey gobierna con piedad, justicia y misericordia, merece su título de rey. Si esas cualidades le faltan, no es un rey, sino un tirano.» Tal es la doctrina inmutable de la Iglesia medieval. Santo Tomás de Aquino se ocupará de apoyarla sobre sólidas consideraciones teológicas. Sin embargo, la Iglesia medieval no se ha mostrado muy precisa ni en la teoría ni en la práctica sobre las consecuencias prácticas (pie debían extraer¬ se de la condenación del mal rey convertido en tirano. Se prodigan las exco¬ muniones, los interdictos, las deposiciones. Únicamente, o casi únicamente, Juan de Salisbury osó ir hasta el final de la doctrina y, allí donde no parecía existir otra solución, ensalzó el tiranicidio. De esta manera, el pleito sobre Becket nos demuestra que el desafío entre los dos órdenes tenía que acabar lógicamente en un arreglo. En teoría, sin embargo, las armas de la Iglesia eran más espirituales. A las pretensiones imperiales y reales, los papas replican con la imagen de las dos espadas, que simbolizan, a partir de los Padres de la Iglesia, el poder espiritual y el poder temporal. Alcuino las había reivindicado para Carlo- magno. San Bernardo, por su parte, había levantado una doctrina compleja, que terminaba, a pesar de todo, por remitir las dos espadas al papa. Pedro 3 6 9 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL es el poseedor de derecho de las dos espadas. El sacerdote usa de la espada espiritual, el caballero de la espada temporal, aunque este último por dele¬ gación de la Iglesia, por un signo (nutu) del sacerdote, contentándose el emperador con transmitir la orden. Los canonistas de finales del siglo xii y del xiii no dudan ya. Al ser definido el papa como vicario de Cristo y al ser éste el dueño absoluto de las dos espadas, solamente el papa —como su lugarteniente— puede disponer de ellas en la tierra. Lo mismo ocurre con las dos luminarias. El emperador romano se había identificado con el sol. Algunos emperadores medievales intentan reanudar esta asimilación. A partir de Gregorio VII y, sobre todo, de Ino¬ cencio III, el papado corta por lo sano tal iniciativa. Toma del Génesis la imagen de las dos fuentes de luz: «Dios dijo: Que haya luminarias en el firmamento del cielo y que dividan el día y la noche, y que sirvan de signos y que marquen los tiempos, los días, los años y que luzcan en el firmamento del cielo y que iluminen la tierra. Y así fue hecho. Y Dios hizo dos grandes luminarias: una luminaria mayor que presidiese el día, y una luminaria menor que presidiese la noche, y las estrellas. Y las colocó en el firmamento del cielo para que luciesen por encima de la tierra y para que presidiesen el día y la noche.» Para la Iglesia, la luz mayor, el sol, es el papa, la luz menor, la luna, el emperador o el rey. La luna no posee luz propia, su brillo le viene prestado por el sol. Luminaria inferior, el emperador es el jefe del mundo nocturno, frente al mundo diurno, gobernado y simbolizado por el papa. Si se medita sobre el significado que revestían el día y la noche para los hombres de la Edad Media, se comprende que la jerarquía laica no significa para la Iglesia otra cosa que una sociedad de fuerzas sospecho¬ sas, la mitad tenebrosa del corpus social. Sabido es que si bien el papa consiguió evitar que el emperador y el rey absorbiesen la función sacerdotal, fracasó en cambio en su intento de apoderarse del poder temporal. Las dos espadas quedaron en manos distin¬ tas. A punto de desaparecer el Imperio, hacia la mitad del siglo xm, es Fe¬ lipe el Hermoso quien bate de manera decisiva a Bonifacio VIII. No obs¬ tante, en casi toda la Cristiandad la espada temporal se hallaba ya sólida¬ mente empuñada por las manos de los príncipes. No quedaba, pues, otro camino a los dos órdenes dominantes que olvidar su rivalidad para no pensar más que en su solidaridad, a fin de llevar a buen término su tarea común de dominar a toda la sociedad. Du¬ rante la Edad Moderna, la alianza del trono y del altar, del sable y del asper¬ sorio, a través de las peripecias menores de las pragmáticas y de los concor¬ datos, del galicanismo, del josefismo, de la tiranía napoleónica, prolongará, 370 LA SOCIEDAD CRISTIANA por encima de todos los antagonismos, la complicidad medieval del Sacer¬ docio y del Imperio, de la milicia sacerdotal y de la milicia guerrera, de los oratores y de los bellatores, para la explotación de los laboratores. ((Bue¬ nas gentes —decía (en lengua vulgar, para ser mejor comprendido) el obis¬ po de París, Maurice de Sully, hacia 1170—, dad a vuestro señor terreno lo que le es debido. Habéis de creer y entender que a vuestro señor terre¬ nal debéis vuestros censos, tallas, compromisos, servicios, transportes y cabalgatas. Dádselo todo íntegramente, en el lugar y en tiempo debido.» Sueños de unidad siempre fracasados. «La casa de Dios, que se cree una, está, pues, dividida en tres», decía Adalberón de Laón en el umbral del siglo xi, cuando se rompe de hecho la imposible unidad de la Cristian¬ dad que las Cruzadas no conseguirán ni hacer ni rehacer, pero (jue contri¬ buirán un poco más a deshacer. Ruptura social y ruptura política, en la que se afirma el bicefalismo del papa y del emperador (Canosa, cu 1077, sanciona la ruina de la breve armonía que en el año 1000 había unido a Otón III y a Silvestre II). Y más aún, separaciones nacionales o, mejor, divorcios lingüísticos. Sin duda alguna, ilustres ejemplos históricos y, en el presente, algunas excepciones —a veces felices, a veces dramáticas— nos enseñan (pie entre naciones y lenguas no existe una absoluta identidad. Ahora bien, que la diversidad de lenguas es más bien un factor de separación que de unidad, ¿quién se atreverá a negarlo? Los hombres de la Cristiandad medieval tuvieron una aguda consciencia de ello. Lamentaciones de los clérigos, que hacen de la diversidad de las len¬ guas una de las consecuencias del pecado original, que asocian el mal a esa madre de todos los vicios: Babilonia. Rangerius de Lucques, a comien¬ zos del siglo xn, afirma: «De la misma manera que en otros tiempos Babi¬ lonia, mediante la multiplicación de las lenguas, añadió a los antiguos males otros nuevos y peores, la multiplicación de los pueblos multiplicó la cose¬ cha de los crímenes.» Comprobación entristecida del pueblo, tal como esos campesinos alema¬ nes del siglo xiii que, en la historia de Meier Helmbrecht, no reconocen a su regreso al hijo pródigo que afecta hablar varias lenguas. «Hijos míos queridos —contestó en bajo alemán—, que Dios os con¬ serve todas esas felicidades.» Su hermana corrió hacia él y lo tomó en sus brazos. Él le dijo entonces: ctu- oa&ff wt- 00 ct.*t;T durni uiíiifraádfb- f6nf , T«náetnf!m«(4f'tó!'citfoiíli3rr, t 'U4n4í6; ite&ufmffvntmflc (flcndm. ?.< folrf a4 mrnfuam unmfpTKrf'ant&uf- ttultueldtaffjse parre qua b\ cftr falce tura fmero « {ific- íummdbwitflihno uct^ie adoceafum- 0rar aur «sqiiUuA imdc fflm 4 aLCíUei-’Viüírenam 3 mqtlilr, bvecctirrlincnfif «ftcllt- míu|> mpAqeTicirfmietili' r '*\ vínicai^ci^Tui'jrt^rmfuútiijiUn'nl'iif- ^nt n-; ) V c\ _ /pK, . . .... autifli \ «$MM*ma«m<4iMMw¡i x \feSSI\a aáfcrfth' vmm ^-7%Mr' ¿i. ■ «i, i 1 v V S bfintiflonníV r vV __ «9 nmn4nq v S ripí •a« 9 *i'})w- -tve- e*BfS i' , “n»wiae tnftn tí <»f - -K/^ \\ tMTOir «Iflí-iijilk- „3T info- , > \y ifc (*nfia mil» ' -r ! í -i í opíitijratií? nt íi¡nmit-t a\. tae ^lutimí tnnhcnJint |¿. \ A j ni niftir-Aii(ftHf}nitiraffp¿ .lttK i m •¿J •,-vntr-()tnfmiIlu4iifTirm. .'Ji ru‘ 1 >5 ia '<¿&M ñ ¡y ^ni'íiíar iíuM^rMfrt $/ i h ^**®*wj* c ‘ •' r *nJ«jr C«) { *mj 7y uf^r(»«iUnfuiÍ>T ninái^i' 7¡^ m Vj 11 Mtitnirc fiMunr mf ■ á í 1 W 1 nJ quitit twu li^muf • tn ! l ' xff?/,\ K_ nv r «*r^>_i3jr.-3Í. J_i-aLu %>K ’ Nai ’ «n»iuuD>»t nimfcj'cntH p oK aemum CitínK nirTnm»«J * 'W- V. - (■* •—>.q V.-i: -i «Ha VH A ff t «r i Í: '''n ">fl - 4 : «T »viC i *- -,-íM !uN- •c-- — m.\ 1 ^ ( ?l ti m'rnf infc)«rnn • \ ««ffiíir Iffictl InJorJim r \ -¿ vuMPtr flí '»<* • n«Mfi»| iU » **. pmkUr mittanti'. í tf V“ ,,,: >«■*^J «yAilj ° (' | 1 (nc- - ur >u S, “'wJ. UfrfkfHtn' ítum iiv íiki«¡ fc\ |4rm (wtMMOíf cúmiT /tJiiiai • >?>/*>? # >iríí&i& ' '%P^¡Pv Püü ¡i.fw. ■ÍVv. V ’ •> «5 « \v>\ • &.\ TJ * * mMH i IW í * (fcH KJStíS^Siira'M.íai ir^iMBf.: toit* 1 » Wl 123 EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 113 A 130 el año 1130 en Normandía. El rey se ve sucesivamente amenazado: arriba, a la izquierda, por los campesinos; aba¬ jo, por los caballeros; a la derecha, en la parte alta, por los obispos y los aba¬ des. Regresa después a Inglaterra sur¬ cando en un barco un mar tempestuo¬ so, que simboliza los peligros y las di¬ ficultades del mundo. (En una copia, llevada a cabo en el siglo XII, de la crónica de Juan de Worcester. Oxford, manuscrito Corpus Christi College 137, fols. 382-383.) lig. CONTRASTES SOCIALES: EL RICO Y EL POBRE. Una de las páginas del Evangelio más ilustrada en la Edad Media fue la pa¬ rábola del pobre Lázaro y del mal rico (Lucas 16, 19-23) en la cual se expre¬ sa el contraste entre las diversas clases sociales: “Mientras que el rico comía espléndidamente, había un mendigo llamado Lázaro, tendido ante su puer¬ ta, cubierto de úlceras (al igual que la imagen de Job, véase il. 129), esperan¬ do alimentarse de las migas que caían de la mesa del rico, pero nadie se las daba; en cambio, los perros venían a lamer sus llagas. Aconteció que el men¬ digo murió y los ángeles le llevaron al seno de Abraham. El rico murió tam¬ bién y fue tragado por el infierno.” El tema del hambre, espectro medieval, refuerza el contraste social, represen¬ tado aquí, en el Evangeliario del em¬ perador Enrique III (1039) (véanse ils. 33 y 93). (Biblioteca del Escorial, Codex Aureus, Cod. Vetrinas 17.) 120. LA LUCHA DE CLASES: VILLANO CONTRA CABALLERO. Las célebres esculturas (hacia 1120- 1140) de la arquivolta del pórtico de la “Pesquería”, en Módena, describen escenas de la leyenda arturiana. Son probablemente debidas a las relaciones establecidas entre Módena y Norman- día por intermedio de la condesa Ma¬ tilde de Toscana, que se hallaba en es¬ trecha relación con Lanfranco de Pa¬ vía, abad de Bec. Se deben también a la presencia de una colonia normanda a principios del siglo XII. La libera¬ ción por el rey Arturo (el caballero de la derecha) de una mujer prisionera en una torre y guardada por un cierto Burmaltus, armado con un enorme pi¬ co, permite al escultor representar la lucha del villano, sirviéndose de sus útiles como de armas, contra el caba¬ llero. (Módena, Duomo, Pórtico de la “Pesquería”.) 121. LOS CAMPESINOS Y LA VIGILANCIA SEÑORIAL. En esta ilustración del mes de agosto, incluida en el Salterio de la reina Mary (comienzos del siglo XIV), se ve a los campesinos encorvados para la siega, bajo el bastón del vigilante se¬ ñorial. (Londres, British Museum, Ro- yal Ms. 2 B VII, fol. 78 B.) 122. LA REALEZA DE DERECHO DIVINO: "REX A DEO coronatus”. Miniatura del Sacramental de Enri¬ que II, realizado para el emperador en Ratisbona, entre los años 1002 y 1014, 377 EPIGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 113 A 130 y donado por él a la catedral de Bam- berg. Reproduce la coronación del em¬ perador e ilustra la mística real del rey cuya autoridad es sancionada por Dios. El Cristo deposita la corona so¬ bre la cabeza de Enrique II, dos ánge¬ les le tienden la espada y la lanza, los santos Ulrico y Emmerano, patronos de Ratisbona, sostienen sus brazos, como Aarón y Ur lo habían hecho con Moi¬ sés durante la batalla contra los ama- lecitas. (Munich, Biblioteca del Estado bávaro, Clm 4456, fol. 11 recto.) 123 . un rey medieval: eystein de NORUEGA. Cabeza de mármol del rey Eystein (1103-1123), fundador del convento de Munkeliv, cerca de Bergen, el más an¬ tiguo retrato real conocido en el Nor¬ te. Sobre el rostro, de trazos realistas, todavía impregnado del arte bárbaro vikingo, el símbolo real se prolonga hacia lo alto. La corona lleva inscrito el nombre del soberano y su dignidad, con la cruz como remate. (Bergen, Mu¬ seo Histórico de la Universidad.) 124 . UNA CORONA REAL: LA CORONA DE HUNGRÍA. La corona llamada de “San Esteban” data de finales del siglo XI. Es el tes¬ timonio de la posición intermedia de Hungría, vasalla de la Santa Sede pero abierta a las influencias bizantinas. Bi- zancio es, por otra parte, el modelo de toda monarquía cristiana. La corona fue probablemente ofrecida por el .em¬ perador Miguel VII Ducas (ioji-ioj8) al rey Geza I (lo^-iojy). Cada uno de sus paneles se halla adornado con una gruesa piedra preciosa y con una placa de esmalte bizantino. En la parte ante¬ rior, el Cristo en majestad, el Panto- crátor, entre dos santos militares, Jor¬ ge y Demetrio, y dos santos procurado¬ res, Cosme y Damián. En la parte pos¬ terior, con una simetría significativa, el basileus Miguel y, a su izquierda, gi¬ rando la mirada hacia él, el rey Geza. 125 . UN BÁCULO EPISCOPAL. El báculo es la msignia episcopal fren¬ te al cetro real. Este báculo en bronce esmaltado, obra del siglo XIII y pro¬ ducto del arte lemosino, remata en una cabeza de serpiente o de dragón (trans¬ formación de la materia en ser vivien¬ te, de la que tanto gustaba el arte me¬ dieval), combatido por un San Miguel o un San Jorge, alojado en el espacio circular de la cabeza del báculo. (París, Museo de Clu?iy.) 126. UNA INSIGNIA IMPERIAL: LA SAN¬ TA LANZA. La Santa Lanza, llamada a partir del siglo XI Lanza de San Mauricio, tiene una historia bastante oscura. Al prin¬ cipio, era un simple relicario, que guardaba un clavo de la cruz de Cris¬ to, colocado en una pequeña cavidad central. Pasó de Italia del Norte al rei¬ no de Borgoña y, más tarde, en el año 926, a la casa de Sajonia. Después de la restauración otomana, se reviste de una gran significación política. Em¬ blema de las reivindicaciones imperia- 378 EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 113 A 130 les sobre el reino de Italia, pasó a ser, en el siglo XI, símbolo del carácter sa¬ grado de la misión imperial. Era lleva¬ da ante el emperador y, bajo Conra¬ do II (1024-1039), jue incorporada a la Cruz del Imperio. (Viena, Kunsthisto- risches Museum.) 127. los excluidos: un leproso. Un leproso se presenta agitando su ca¬ rraca a las puertas de una ciudad adonde le está prohibido el acceso. La miniatura pertenece a un ejemplar de la traducción francesa, a comienzos del siglo XIV, del Miroir historial escrito por el dominico Vincent de Beauvais. La escena se refiere a una anécdota re¬ lativa al hijo de Josafat, rey de Judá: “El soberano había recomendado al personaje que acompañaba a su hijo que procurase evitarle todo espectáculo petioso; sin embargo, se dio el caso de que éste encontró en su camino un le¬ proso, un ciego y un lisiado.” (París, Biblioteca del Arsetial, manuscrito 5080, fol. 77 3.) 138. los encerrados: la prisión. Miniatura de un Evangeliario copiado hacia 1020-1040 en la abadía de Rei- chenau, cuyo estilo es fácil de recono¬ cer (véase il. 91). Ilustra la parábola del mal deudor (Mateo 18, 23-23), que, perdonado por su amo, hace aprisio¬ nar a su propio deudor. La puerta abierta de la prisión simboliza la ame¬ naza que el mundo feudal hacía pesar sobre los pobres, con frecuencia injus¬ tamente. (Munich, Biblioteca del Esta¬ do Bávaro, Clm 2338, fol. 138 vuelto.) 129. los excluidos: JOB. Job rascando sus úlceras y sus llagas con un cuchillo es el símbolo de la hu¬ manidad castigada por las calamidades. Esta miniatura, que data del siglo XII, adorna un manuscrito correspondiente a uno de los libros más comentados durante la Edad Media: las Moralia in Job de Gregorio Magno. (París, Bi¬ blioteca Nacional, manuscrito latino J 53 ° 7 > f° l ■ IV -) 130. los excluidos: danza de los ahorcados. Miniatura incluida en un manuscrito sobre la vida, milagros y pasión de San Edmundo, ejecutado en la abadía de Bury St. Edmund, Suffolk, entre 1123 y 1130. Edmundo, rey de East-Anglia desde 833 a 890, fue hecho prisionero por los daneses, atado a un árbol, asae¬ teado y después decapitado. Un lobo- fantasma, según la leyenda, vino a ve¬ lar la cabeza del rey, que continuaba gritando para guiar a los que busca¬ ban su cuerpo. Convertidos en dueños de Inglaterra, los daneses veneraron muy pronto a su víctima. Cnut el Grande fundó en 1020, en el emplaza¬ miento del lugar del martirio del rey, la abadía de Bury St. Edmund. El san¬ to fue, más tarde, patrono de la “na¬ ción” inglesa en la Universidad de Pa¬ rís. (Nueva York, The Pierpont Mor¬ gan Library, manuscrito 336, fol. 19 vuelto.) 379 I.A CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL los juristas se ven obligados a renunciar a ella, la reemplazan por la noción y la práctica de la mayoría cualitativa: la maior et sanior pars, (da parte principal y mejor», donde sénior explica a maior y le da un sentido cuali¬ tativo y no cuantitativo. Los teólogos y decretistas del siglo xm, al compro¬ bar con tristeza que «la naturaleza humana se inclina a la discordia», natu¬ ra hominis prona est ad dissentiendum, subrayarán que esa inclinación constituye una corrupción de la naturaleza, resultado del pecado original. El genio medieval ha suscitado sin cesar comunidades, grupos, lo que se llamaba entonces universitates, término que designaba toda clase de cor¬ poraciones, de colegios, y no exclusivamente la corporación que nosotros llamamos ((universitaria». Obsesionada por el grupo, la mentalidad medie¬ val lo ve integrado por un mínimo de personas. A partir de una definición del Digesto: «Diez hombres forman un pueblo, diez corderos un rebaño, pero bastan cuatro o cinco cerdos para constituir una piara», los canonistas de los siglos xii y xiii discuten gravemente para determinar si existe grupo a partir de tres o solamente dos personas. Lo esencial es no dejar solo al individuo. Aislado, el hombre no puede hacer sino mediocremente las co¬ sas. El gran pecado consiste en singularizarse. Si procuramos acercarnos a los hombres del Occidente medieval para observarlos en su individualidad, reconoceremos pronto que, en la Edad Media, no sólo cada uno de los individuos pertenece a diversos grupos o comunidades, como en toda sociedad, sino que parece disolverse en ellas, más que afirmar a su amparo la propia personalidad. Si el orgullo se considera entonces como (da madre de todos los vicios», se debe a que es, en realidad, un ((individualismo exagerado». No hay sal¬ vación más que en el grupo. El amor propio significa el pecado y la per¬ dición. Gracias a ello, el individuo medieval se ve envuelto en una red de obe¬ diencias, de sumisiones, de solidaridades, que acabarán por entrecruzarse y contradecirse, hasta el punto de permitirle liberarse de ellas y afirmar su voluntad por una inevitable elección. El caso más típico es el del vasallo de varios señores, que puede encontrarse ante la necesidad de escoger entre ellos cuando un conflicto los opone. Pero, en general y durante largo tiem¬ po, esas dependencias se conciban entre sí, se jerarquizan con vistas a suje¬ tar más estrechamente al individuo. En efecto: de todas las ataduras, la más fuerte es el ligamen feudal. Es significativo el hecho de que, durante un largo período, el indivi¬ duo feudal no exista en su singularidad física. Ni en la literatura ni en el arte aparecen descritas o pintadas las particularidades de los personajes. 380 LA SOCIEDAD CRISTIANA Cada uno se reduce a un tipo físico, el que corresponde a su rango, a su categoría social. Los nobles tienen el cabello rubio o rojo. Cabellos de oro, cabellos de lino, con frecuencia rizados, ojos azules, ojos «veros». Se trata, sin duda, de la aportación que los guerreros nórdicos de las invasiones hacen al canon de la belleza medieval. Cuando por casualidad un gran personaje escapa a esta convención física, como el Carlomagno d’Eginhard (que, en efecto, como lo ha revelado su esqueleto, medido después de la apertura de su tumba en 1861, alcanzaba los 7 pies, es decir, los 1,92 metros, que su bió¬ grafo le atribuye), su personalidad moral queda ahogada bajo una serie de lugares comunes. El emperador ha sido dotado por el cronista de todas las cualidades aristotélicas y estoicas atribuidas a su rango. Con mayor razón, la autobiografía es rara y, a menudo, también con¬ vencional. Como ha demostrado Georg Misch en su Historia de la autobio¬ grafía, será preciso esperar al final del siglo xi para que Otloh de Saint- Emmeran escriba la primera autobiografía personal. Se trata todavía de un Libellus de suis tentationibus, varia fortuna et scriptis, que busca tan sólo presentar lecciones morales a través del ejemplo del autor. Lo mismo hará un espíritu tan independiente como Abelardo en su Historia calamitatum mearum («Historia de mis desgracias»). Incluso algo más tarde, en 1115, la De vita sua del abate Guibert de Nogent, a pesar de su aspecto más libre, no es más que una imitación de las Confesiones de San Agustín. El hombre medieval no tiene el menor sentido de la libertad según la concepción moderna. Libertad para él significa privilegio, y la palabra se utiliza con facilidad en plural. La libertad es un estatuto garantizado, es, según la definición de G. Tellenbach, «el justo lugar ante Dios y ante los hombres», es, en fin, la inserción en la sociedad. No hay libertad sin comunidad. La libertad no puede residir más que en la dependencia, puesto que el superior garantiza al subordinado el respeto de sus derechos. El hom¬ bre libre es el que tiene un protector poderoso. Y cuando los clérigos, en la época de la reforma gregoriana, reclaman la «libertad de la Iglesia», pretenden significar con ello el sustraerse a la dominación de los señores terrestres, para no depender directamente sino del más alto señor: Dios. # * # En el Occidente medieval, el individuo pertenece, en primer término, a la familia. Familia en sentido amplio, patriarcal o tribal. Bajo la dirección de un cabeza de familia, ésta ahoga al individuo, imponiéndole una propie¬ dad, una responsabilidad y una acción colectivas. LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Este peso del grupo familiar nos es bien conocido a nivel de la clase señorial, donde el linaje impone al caballero sus realidades, sus deberes, su moral. El linaje es una comunidad de sangre, compuesto de ((parientes» y de «amigos carnales», es decir, de parientes por alianza, probablemente. Por lo demás, el linaje no es el residuo de una vasta familia primitiva, sino una etapa en la organización de un grupo familiar que encontramos ya en las sociedades germánicas de la Alta Edad Media y cuyos lazos eran flojos: la «Sippa». Los miembros del linaje están ligados por una solidaridad que se manifiesta sobre todo en el campo de batalla y en el dominio del honor. Por ejemplo, Guillermo de Órange, en el Couronnement de Louis, implora a la Virgen: En mi socorro venid A fin de que yo no cometa bajeza Que a mi linaje sea reprochada. En Roncesvalles, Roldán se niega durante largo tiempo a hacer sonar el olifante para llamar en su socorro a Carlomagno, por temor a que sus parientes sean deshonrados por ello. La solidaridad de linaje se manifiesta de un modo particular en las venganzas privadas, las faides. En Borgoña, según nos cuenta Raúl Glaber, un odio inextinguible lanza la una contra la otra a dos familias. «La lucha duraba ya desde largos años, cuando, un día de vendimia, los dos bandos entablaron una pelea en el terreno mismo de esta propiedad; en el comba¬ te encontraron la muerte muchos de una y otra parte. De los hijos y de los nietos de la casa que nos ocupa, once sucumbieron. Y a través de los tiem¬ pos, la querella prosiguió, la discordia se envenenó, e innumerables des¬ gracias continuaron afligiendo a esta familia, muchos miembros de la cual fueron asesinados, durante treinta años y más.» La vendetta fue algo reco¬ nocido, practicado y alabado en el Occidente medieval. La ayuda que se tiene derecho a esperar por parte de los parientes lleva a la extendida afirmación de que la mayor riqueza consiste en poseer una parentela numerosa. A la cabecera de su sobrino Viviano moribundo, Guillermo de Orange se lamenta: ¡Desgraciado de mí! De mi linaje he perdido todo el grano. El linaje parece corresponder al estadio de la familia agnática, cuyo fundamento y finalidad son la conservación de un patrimonio común. La 382 LA SOCIEDAD CRISTIANA originalidad de la familia agnática feudal estriba en que tanto la función militar como las relaciones personales, que no son sino un grado de fideli¬ dad más elevado, revisten tanta importancia para el grupo masculino del linaje como el papel económico de éste. Ese complejo de intereses y de sentimientos suscita por otro lado en la familia feudal tensiones de una excepcional violencia. El linaje presenta mayor tendencia todavía a los dra¬ mas que a la fidelidad. Rivalidad entre hermanos, en primer lugar, puesto que la autoridad no corresponde ya por principio al hermano mayor, sino a aquel de los hermanos en el que los otros reconocen la mejor capacidad para el mando. Reconocimiento con frecuencia reticente, con frecuencia discutido. Las familias reales feudales ponen bien de manifiesto esas com¬ peticiones y esos odios fraternales, en este caso atizados aún más por el incentivo de la corona. Es la lucha entre los hijos de Guillermo el Conquis¬ tador, Guillermo el Rojo, Roberto Courteheuse y Enrique I, entre Pedro el Cruel y Enrique de Trastámara —medio hermanos solamente, además— en la Castilla del siglo xiv. El linaje feudal daba nacimiento de manera natural a los Caínes. Alumbraba también hijos irrespetuosos. La corta separación de las ge¬ neraciones, la brevedad de la esperanza de vida, la necesidad para el señor, jefe militar, de demostrar su autoridad cuando está aún en edad de legiti¬ mar su rango en la batalla, todo eso exaspera la impaciencia de los jóvenes feudales. De ahí la sublevación de los hijos contra los padres: desde la de Enrique el Joven, Ricardo Corazón de León y Godofredo de Bretaña con¬ tra Enrique II de Inglaterra, hasta la rebelión del futuro Luis XI contra su padre, Carlos VII, durante la cual el joven príncipe se comporta como un heredero feudal. Razones económicas y razones de prestigio se conjugan, por otra parte, para que el joven señor, al llegar a su mayor edad, se aleje de su padre mientras espera su herencia y se haga caballero andante. Tensiones nacidas asimismo de los casamientos múltiples y de la pre¬ sencia de los numerosos bastardos. La bastardía, vergonzosa entre el pue¬ blo, no lleva con ella ningún oprobio entre los grandes. Todas estas tensiones, tan apropiadas para proporcionar a los escritores los resortes de la acción dramática, las encontramos expuestas en la lite¬ ratura épica del momento. Los cantares de gesta están llenos de dramas de familia, como el de Charlot, hijo indigno de Carlomagno, en Huon, o como el del propio hermano de Huon, el traidor Gerardo, que le usurpa la herencia. Como es normal en una familia agnática, un lazo especialmente impor¬ tante es el que se establece entre tío y sobrino, más precisamente entre el 3 8 3 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL 33. BATALLA DE ARSUF 36. BATALLA DE BOUV1NES (Según Verbruggen: De Krijgskunst in West- (Según Verbruggen. Ibíd.) Europa.) 35, 36. 37- batallas: arsuf (1191), bouvines (1214), courtrai (1302) En las batallas medievales, el orden y la cohe¬ rencia son los elementos decisivos del éxito. La organización comunitaria se hace de todo punto esencial. El 7 de septiembre de 1191, en Arsuf (33), el ejército de los cruzados, dirigi¬ dos por Ricardo Corazón de León, marcha en buen orden a lo largo de la costa. Desde el mar, la flota cristiana le sigue y le protege. El ejército musulmán de Saladino lo ataca a la altura del bosque de Arsuf. El rey trans¬ forma fácil y rápidamente la columna en una masa bien escalonada, que lanza vigorosas car¬ gas contra los musulmanes, hasta lograr la derrota de éstos. La cohesión de las diversas unidades o «batallas», en las cuales suele agru¬ parse a los compatriotas, han sido elemento capital para la consecución del éxito. Los Tem¬ plarios se distinguieron particularmente en este tipo de lucha. Según se dice, combatían «como los hijos de un mismo padre», lo mismo que los miembros de ciertas familias, como la de facques d’Avesnes, que peleaban siempre agru- pados. Los cruzados mantenían sus líneas tan apretadas que, de acuerdo con los cronistas, una manzana que hubiese sido lanzada sobre el ejército cristiano no hubiese podido llegar al suelo, sino que habría topado con seguridad contra un caballo o un hombre. En Bouvines (36), el 14 de julio de 1214 las tropas del rey de Francia, Felipe Augusto, 3 8 4- LA SOCIEDAD CRISTIANA baten al ejército coaligado del emperador Otón, del conde de Flandes Ferrand, y de Re¬ nato de Boulogne. La victoria se obtiene gra¬ cias a una serie de faltas cometidas por el adversario, bien aprovechadas por el jefe del ejército real francés, el obispo Guérin. Gué- rin despliega el frente de sus tropas (de 1.200 a 1.300 caballeros y 5.000 infantes) con objeto de evitar un desbordamiento de sus alas. Sin embargo, no las extiende tanto como sus ad- 57. BATALLA DE COURTRAI (Según Verbruggen, Ibíd.) LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL versarios, que desparraman en un frente de una decena de kilómetros los 1.300 ó 1.500 ca¬ balleros y los 7.500 infantes que integran sus fuerzas y cuya cohesión es menor. Cuando ob¬ tienen un éxito, avanzan demasiado de prisa (asi ocurre, por ejemplo, con los alemanes de Otón, que se introducen entre los infantes de las comunas francesas y llegan hasta Felipe Augusto, cuyo caballo resulta muerto en la refriega). Eso permite a Guérin desbaratar y batir, sucesivamente, el ala izquierda, el cen¬ tro y el ala derecha de los aliados. La cohe¬ sión ha sido decisiva en las «batallas» fran¬ cesas. Un análisis del texto del cronista Gui¬ llermo el Bretón hace únicamente mención de cinco combates individuales (tres de los cua¬ les fueron sostenidos por un caballero contra toda una unidad adversaria) contra quince combates entre unidades. La proporción des¬ truye el mito de las batallas medievales a base de duelos singulares. El 11 de julio de 1302, en Coutrai (77) se pro¬ duce la revolucionaria victoria de los infantes de las comunas flamencas sobre la flor de los caballeros franceses. Los ejércitos feudales des¬ preciaban a la infantería, dado que se esti¬ maba que diez caballeros pesados valían tanto como cien hombres de infantería. Los fran¬ ceses, que contaban con 2.500 nobles y alre¬ dedor de 4.000 ballesteros e infantes, disfruta¬ ban de una amplia superioridad cualitativa frente a los 8.000 infantes flamencos (proce¬ dentes en su mayoría de Brujas), apoyados por 500 nobles, aproximadamente. Pero los flamencos, sostenidos por sus dos príncipes, por los nobles, que descabalgan y se ponen a la cabeza, por los franciscanos, que bendicen las tropas y dan la absolución a los hombres y por la pantalla de los soldados que forman las dos primeras filas, armados con picas y goedenday, superan su temor. Escogen tanr bien una posición que los refuerza. Adosados al Lys, saben que no pueden huir y se ven obligados a luchar hasta vencer o morir. Los dos fosos que los separan de los caballeros franceses impiden a éstos lanzar su cargas des¬ de lejos. La lucha, primero, después la carni¬ cería, son terribles. La mitad de los caballe¬ ros franceses, más de mil, perecen en el en¬ cuentro. El botín es inmenso. Entre él se en¬ cuentran las quinientas espuelas doradas que darán a la batalla el nombre por el que se la conoce tradicionalmente (batalla de las Es¬ puelas de Oro). Los flamencos las cuelgan en la iglesia de Notre-Dame de Courtrai, de don¬ de las rescatarán los caballeros franceses, des¬ pués de su desquite, conseguido en Roosebec- ke (1382). El pánico que invade a los caba¬ lleros fugitivos, que llegan a Tournai por la noche, es tal que se sienten incapaces de co¬ mer. La victoria de los «uñas azules» es con¬ temporánea de las alcanzadas por los infantes escoceses (Bannockburn, 1314) y suizos (Mor- garten, 1315; Votten, 1346). Las tropas popu¬ lares supieron organizarse en el mismo mo¬ mento en que se iniciaba el declive de los feudales. hermano de la madre, avunculus, y el hijo de ésta. Los cantares de gesta presentan también un gran número de parejas tío-sobrino: Carlomagno- Rolando, Guillermo de Orange-Viviano, Raúl de Cambra-Gautier... Se da en la sociedad feudal un nepotismo, del cual la forma eclesiástica, por la fuerza de las cosas, no es más que un caso particular. Este tipo de familia, agnática más que patriarcal, se encuentra también en la clase campesina, si bien aquí se confunde más estrechamente con la explotación rural, con el patrimonio económico. Agrupa a todos los que viven bajo el mismo techo y se dedican al cultivo de la misma tierra. Esta familia campesina, que constituye la célula económica y social fundamental de todas las sociedades semejantes a la del Occidente medieval, nos es, con todo, mal conocida. Aun siendo una comunidad real, carece de expresión jurídica propia. Se ajusta perfectamente a lo que se llamará en la Francia 386 LA SOCIEDAD CRISTIANA del Antiguo Régimen la communauté taisible, la comunidad callada, cuyo nombre mismo —taisible significa lo que se calla, casi un secreto— indica claramente que el derecho reconocía de mala gana su existencia. * # # En el seno de esta entidad primordial, la familia, resulta difícil apre¬ ciar el lugar ocupado por la mujer y el niño y no menos dificultad presenta determinar la evolución que sus condiciones van experimentando. Que la mujer se considera en ella como un ser inferior es algo fuera de toda duda. En esta sociedad militar y viril, donde la subsistencia se halla siempre amenazada y en la que, por consiguiente, la fecundidad supone más bien una maldición que una bendición (de ahí la interpretación sexual y procreadora del pecado original), la mujer no es en absoluto apreciada. Parece claro, además, que el cristianismo ha hecho poco por mejorar su posi¬ ción material y moral. En el pecado original, ella es la gran responsable. Y en las formas de la tentación diabólica, es también ella la peor encarna¬ ción del mal. Vir est caput mulieris, «El hombre es la cabeza de la mujer». San Pablo (Ef 5, 23) lo había expresado así claramente y el cristianismo lo cree y lo enseña después de él. Cuando se da en el cristianismo una ele¬ vación de la mujer —y muchos se han complacido en reconocer en el culto de la Virgen, triunfante durante los siglos xn y xiii, un cambio en la espi¬ ritualidad cristiana, mediante el cual se subraya la liberación de la mujer pecadora llevada a cabo por María, la nueva Eva, cambio perceptible aún en el culto de la Magdalena, que se desarrolla a partir del siglo xn, como se ha podido probar en torno a la historia del centro religioso de Véze- lay *—, esta rehabilitación no se encuentra en el origen sino en el término de un mejoramiento en la situación de la mujer dentro de la sociedad. El papel de las mujeres en los movimientos heréticos (el catarismo especial¬ mente) o paraheréticos (las beguinas, por ejemplo) medievales es el signo de su insatisfacción con respecto al desprecio que les estaba reservado. De todas maneras, conviene matizar este desprecio. En primer lugar, si bien la mujer no resulta tan útil como el hombre en la sociedad medieval, no por ello deja de representar —dejada aparte su función procreadora— un papel nada desdeñable desde el punto de vista económico. La mujer cam¬ pesina es casi, por lo que se refiere al trabajo, la equivalente, sino la igual del hombre. Cuando Helmbrecht intenta persuadir a su hermana Gote- linda para que huya de la casa de su padre, el campesino, para casarse con un truand, un vagabundo, que la hará vivir como una dama, le dice: 387 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL «Si te casas con un campesino, jamás mujer alguna habrá sido más desgra¬ ciada que tú. Te será preciso hilar, golpear el lino, agramar el cáñamo, lavar la ropa y arrancar las remolachas.» En la clase superior, las mujeres, aunque dedicadas a ocupaciones más ((nobles», efectúan asimismo, sin em¬ bargo, una actividad económica importante. Ellas dirigen los gineceos don¬ de los oficios de lujo —tejido de telas preciosas, bordado, tapicería— satis¬ facen una buena parte de las necesidades vestimentarias del señor y de sus compañeros. Más prosaicamente, son las obreras textiles del grupo seño¬ rial. Para designar a los dos sexos, no sólo el habla vulgar, sino también la jurídica emplea las expresiones: ((el lado de la espada» y ((el lado de la rueca». En la literatura, el género poético asociado a la mujer, al que Pierre Le Gentil llama, por otra parte, ((canción de mujer», ha recibido el nombre tradicional de «canción de tela», cantada en el gineceo, en el obra¬ dor donde se hila. Cuando, entre los siglos ix y xi, la capa superior de la clase económica, los laboratores de la época, disfrutan de una promoción social, las mujeres que forman parte de esta categoría se benefician de esa misma promoción. Es de señalar que, de acuerdo con los datos que posee¬ mos sobre el particular, el nacimiento de hijas, si bien no provoca una alegría particular, no es durante la Edad Media sancionado por el infanti¬ cidio, como ocurre en otras sociedades misóginas. Los penitenciales que enumeran un largo rosario de prácticas bárbaras y feroces permanecen, en general, mudos en este aspecto. Por otra parte, en los estamentos superiores de la sociedad, las mujeres han gozado siempre de un cierto prestigio. Algu¬ nas de ellas, al menos. Las grandes damas han brillado con una viva luz, cuyo reflejo, una vez más, ha recogido la literatura. Diversas por su carác¬ ter o su destino, dulces o crueles, desgraciadas o colmadas de dichas: Berta, Sibila, Guiburga, Kriemilda, Brunilda, todas ellas forman una cohorte de heroínas de primera fila. Son como el eco terrestre de esas figuras femeninas religiosas que se ofrecen en el arte románico y gótico: madonas hieráticas que se humanizan, que después se alteran y amaneran, vírgenes prudentes o vírgenes locas que intercambian largas miradas en el diálogo del vicio y de la virtud, Evas turbadas o turbadoras en las que el maniqueísmo medie¬ val parece interrogarse: «¿Ha creado el cielo ese conjunto de maravillas para morada de una serpiente?» Y con toda seguridad, las damas inspira¬ doras y poetisas —heroínas de carne, como Eleonor de Aquitania, María de Champagne, María de Francia, o de sueño como Isolda, Genoveva, o la Princesa Lejana— desempeñan un papel superior en la literatura corte¬ sana: ellas son las que inventan el amor moderno. Mas ésta es otra cuestión que evocaremos más adelante. 388 LA SOCIEDAD CRISTIANA Se ha pretendido con frecuencia que las Cruzadas, al dejar a las muje¬ res solas en Occidente, provocaron un acrecentamiento de sus poderes y de sus derechos. Recientemente, David Herlihy ha sostenido todavía que la condición de las mujeres, sobre todo en el nivel superior de la sociedad señorial y en Italia y la Francia meridional, disfrutó de dos épocas de mejo¬ ramiento: el período carolingio y el tiempo de las Cruzadas y de la Re¬ conquista. La poesía de los trovadores sería el reflejo de esta elevación de la mujer abandonada. Ahora bien, prestar crédito a San Bernardo cuando evoca una Europa de la que han desaparecido los hombres, o a Marcabru * cuando hace suspirar a una castellana porque todos sus enamorados han par¬ tido para la II Cruzada, es tomar por realidades generales los deseos de un propagandista fanático de la Cruzada y la ficción de un poeta imaginativo. Lo menos que se puede decir es que, al leer a los trovadores, no se recibe la impresión de que el mundo de la poesía cortesana sea un universo de mujeres solas. Y el estudio de las actas jurídicas prueba que, al menos en lo que se refiere a la gestión de los bienes de la pareja, la situación de la mujer ha empeorado desde el siglo xn al xm. No ocurre lo mismo con el niño. A decir verdad, ¿es que hay niños en el Occidente medieval? Verdaderamente, a juzgar por las obras de arte, no lo parece. Los ángeles, que más tarde serán normalmente niños, que incluso se convertirán en esos pequeñuelos equívocos, medio ángeles, medio amorcillos, los putti, durante la Edad Media, cualquiera que sea el sexo que se les atribuya, estarán representados por adultos. Cuando ya en la escul¬ tura la Virgen se ha convertido en una mujer real, tan bella como dulce y extremadamente femenina —evocando el modelo concreto y, con frecuen¬ cia, sin duda, querido que el artista ha tratado de inmortalizar—, el niño Jesús sigue siendo un horrible arrapiezo por el que, visiblemente, no se interesan ni el artista, ni quienes le encargan la obra, ni el público. Habrá de esperarse al final de la Edad Media para que se extienda un tema ico¬ nográfico en el que se aprecia un vivo y nuevo interés por el niño, interés, por otro lado, que, en ese tiempo de mortalidad infantil elevada, es en primer término inquietud. Nos referimos al tema de la matanza de los Ino¬ centes, cuyo eco, en la devoción, es el creciente auge de la fiesta de los Santos Inocentes. Los hospicios de niños abandonados, puestos bajo su patrocinio, no se encuentran apenas antes del siglo xv. Esa Edad Media utilitaria, que no tiene tiempo para apiadarse o maravillarse ante el niño, a duras penas alcanza a verlo. Como hemos dicho, no hay niños en la Edad Media. No hay más que adultos pequeños. Además, el niño no suele contar para formarlo con ese educador habitual en las sociedades tradicionales: el abuelo. El pro- 389 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL medio de vida es demasiado breve en la Edad Media para que pueda con¬ siderarse importante el porcentaje de niños que han conocido a su abuelo. Apenas salidos del recinto de las mujeres, donde su ser pueril no es tomado en serio, se ven lanzados a las fatigas del trabajo rural o del aprendizaje militar. El vocabulario de los cantares de gesta resulta esclarecedor también a este respecto. Les Enfances Vivien, Las Mocedades del Cid pintan al héroe adolescente y precoz en la forma propia de las sociedades primitivas, es decir, como un joven. El niño aparecerá con la familia doméstica, ligada a la cohabitación restringida al grupo estrecho de los ascendientes y descen¬ dientes directos, familia doméstica que nace y se multiplica con el medio ambiente urbano y la formación de la clase burguesa. El niño es un pro¬ ducto de la ciudad y de la burguesía, que, en contraposición, deprime y ahoga a la mujer. La mujer queda avasallada por el hogar, mientras que el niño se emancipa y, de repente, puebla la casa, la escuela, la calle. # # # Aprisionado por la familia, que le impone las servidumbres de la posesión y de la vida colectiva, el individuo es, salvo en la ciudad, absorbido también por otra comunidad: la señoría en la que vive. Claro está que, entre el vasallo noble y el campesino, cualquiera que sea su condición, la diferencia es considerable. No obstante, aunque a niveles diversos y disfru¬ tando de mayor o menor prestigio, los dos pertenecen a la señoría o, mejor aún, al señor de que dependen. Tanto el uno como el otro: el uno en un sentido noble, el otro en un sentido humillante, son el «hombre» del señor. Los términos que muy a menudo acompañan a la palabra precisan, por otro lado, la distancia existente entre sus condiciones. «Hombre de boca y de manos» referido al vasallo, por ejemplo, evoca una intimidad, una comu¬ nión, un contrato que le sitúa, aunque en un estudio inferior, en la misma clase que su señor. «Hombre de dependencia» (homo de potestate) refe¬ rido al campesino le hace depender, es decir, estar bajo el poder del señor. Ahora bien, a cambio de la sola protección y de la contrapartida económica de la dependencia —aquí el feudo y allí la tenencia—-, los dos tienen con relación al señor una serie de obligaciones, ayudas, servicios, pagos, y los dos están sometidos a su poder, que no se manifiesta en ningún otro domi¬ nio más netamente que en el campo judicial. En efecto, entre las funciones monopolizadas por los señores feudales en perjuicio del poder público, no hay otra que sea más pesada para los dependientes del señor que la función judicial. Cierto que el vasallo es 39° LA SOCIEDAD CRISTIANA llamado con más frecuencia a sentarse del lado bueno del tribunal —como juez junto al señor o en su lugar— que del malo. Sin embargo, se halla tam¬ bién sometido a sus veredictos, por sus delitos, cuando el señor no tiene derecho sino en la jurisdicción inferior, y por sus crímenes, cuando la juris¬ dicción superior le pertenece asimismo. En ese caso, la prisión, la horca y la picota, siniestras prolongaciones del tribunal señorial, son los símbolos más bien de la opresión que de la justicia. Los progresos de la justicia del rey supusieron, sin duda, más que un perfeccionamiento de la justicia en sí misma, un apoyo para la emancipación de los individuos que, en la comu¬ nidad más amplia del reino, veían sus derechos mejor garantizados que en el grupo más restringido (y, por ese simple hecho más constreñido, más opresivo) de la señoría. Pero esos progresos fueron lentos. San Luis, uno de los soberanos de la época más preocupados, a la vez, por combatir la injusticia y por hacer respetar el poder real, se muestra singularmente con¬ siderado con las justicias señoriales. Guillaume de Saint-Pathus nos cuenta con referencia a esto una anécdota significativa. El rey, rodeado de una gran multitud de vasallos, escuchaba en el cementerio de la iglesia de Vitry el sermón de un dominico, el hermano Lambert. Cerca de allí, «una asam¬ blea de gentes» armaba tan gran alboroto en una taberna que no se podían oír las palabras del predicador. «El buen rey preguntó de quién era la jus¬ ticia en aquel lugar y se le contestó que la justicia era suya. Ordenó enton¬ ces a algunos de sus sargentos hacer callar a esas gentes que turbaban la palabra de Dios, lo que fue hecho.» El biógrafo termina: «Se cree que el buen rey preguntó de quién era la justicia de esc lugar por el temor ele, si hubiese pertenecido a otro y no a él, usurpar la jurisdicción de otro...» Al igual que el vasallo hábil puede hacer jugar en provecho propio la multiplicidad, incluso a veces la contradicción entre sus deberes feudales, el súbdito astuto del señor puede sacar provecho del juego embrollado de esas jurisdicciones que se entrelazan. Pero la masa encuentra en ello, con más frecuencia, la ocasión de opresiones adicionales. De todo ello resulta que el único hombre capaz de individualizarse es el marrullero, el que sabe salir del paso. La operación del múltiple colec¬ tivismo de la Edad Media ha conferido así a la palabra ((individuo)) ese sentido turbio, sospechoso, que aún conserva. El individuo es aquel que ha podido escapar del grupo por medio de alguna mala acción. Es carne, si no de horca, sí al menos de policía. El individuo es siempre sospechoso. Verdad es que, teóricamente, la devoción y las cargas que la mayor parte de esas comunidades reclaman de sus miembros son la contrapartida de una protección. Pero el peso del precio pagado es bien manifiesto, mien- 39 1 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL tras que la protección no es siempre real ni evidente. En principio, la Igle¬ sia deduce el diezmo a los miembros de esa otra comunidad que es la parro¬ quia, con objeto de subvenir a las necesidades de los pobres. Ahora bien, ese diezmo, ¿no va la mayoría de las veces a engordar al clero, al alto clero por lo menos? Es igual que la imputación sea verdadera o falsa. La mayor parte de los fieles lo creen así y el diezmo es, por lo tanto, una de las con¬ tribuciones más odiadas por el pueblo medieval. Beneficios y sujeción parecen equilibrarse todavía más en el seno de otras comunidades en apariencia más igualitarias: las comunidades campe¬ sinas y las comunidades urbanas. Las comunidades rurales oponen con frecuencia a las exigencias seño¬ riales una resistencia victoriosa. Su base económica es esencial. Ellas son los encargadas de repartir, administrar y defender esos terrenos de pasto y de explotación forestal que constituyen los bienes ((comunales». Su mante¬ nimiento resulta vital para la casi totalidad de las familias campesinas, que no podrían subsistir sin el apoyo decisivo que encuentran en ellos para la alimentación de su cerdo o de su cabra, o para su aprovisionamiento de leña. No obstante, la comunidad aldeana no es igualitaria. Algunos cabezas de familia —las más veces ricos; otras, simples descendientes de familias tra¬ dicionalmente notables— dominan y conducen en provecho propio los negocios de la comunidad. Roben Hilton y Miguel Postan han puesto de manifiesto la existencia en muchas aldeas inglesas del siglo xm de un gru¬ po de aldeanos más acomodados, que adelantaban dinero, fuese mediante préstamos individuales (asumían entonces el papel de usureros, que los judíos no desempeñaban ya, o lo hacían en pequeña proporción en las campiñas inglesas), fuese abonando las sumas numerosas y a veces elevadas que adeudaba la colectividad: multas, gastos judiciales, pagos comunes. Ellos sustituyen el grupo de los warrcintors, de los garantes, cuyos nombres, siempre los mismos, en general, para un período dado, aparecen en las cartas de la aldea. Frecuentemente son ellos también los que forman la cofradía de la aldea, dado que la comunidad aldeana no es normalmente la heredera de una comunidad rural primitiva, sino una creación social más o menos reciente, contemporánea de ese mismo movimiento que, tanto en el campo como en la ciudad y a consecuencia del desarrollo experimentado durante los siglos x-xn ha dado nacimiento a instituciones originales. Aca¬ so sea en Italia, aunque toda la Cristiandad lo haya sufrido al tiempo, don- 39 * LA SOCIEDAD CRISTIANA de se perciba mejor el paralelismo entre esos dos aspectos de un mismo fenómeno. En el transcurso del siglo xii, en el Ponthieu y en el Laonnais estallan insurrecciones comunalistas, simultáneas en las ciudades y en el campo, donde los aldeanos se integran en comunidades colectivas, fundadas sobre la federación de aldeas y caseríos. En lo que se refiere a Italia, ha quedado bien demostrado, sobre todo gracias a R. Caggese, P. Sella, F. Schneider y G. P. Bognetti, que el surgimiento de las comunidades rurales va emparejado con el de las comunidades urbanas. Más aún, se presiente ya la intervención capital en ambos casos de las solidaridades eco¬ nómicas y morales que se han establecido entre los grupos de ((vecinos». Estas viciniae o vicinantiae fueron el núcleo de las comunidades de la época feudal. Fenómeno y noción fundamentales, a las que se oponen, como vere¬ mos, los fenómenos y las nociones relativos a los extranjeros. El bien pro¬ cede de los vecinos; el mal, de los extranjeros. Sin embargo, una vez con¬ vertidas en comunidades estructuradas, las viciniae se estratifican pronto y a su cabeza aparece un grupo de boni homines, de ((hombres buenos» u ((hombres prudentes», prohombres, notables, entre los cuales se reclutan los cónsules o los oficiales, los funcionarios comunales. Exactamente lo mismo acontece en la ciudad, donde las corporacio¬ nes * o cofradías, que aseguran la protección económica, física y espiritual de sus miembros, no son ni con mucho las instituciones igualitarias que se imagina con frecuencia. Si bien, mediante la vigilancia del trabajo, com¬ baten con mayor o menor eficacia el fraude, el descuido o la falsificación; si, por medio de la organización de la producción y del mercado, elimi¬ nan la competencia, hasta el punto de ser, como ha puesto en evidencia Gunnar Mickwitz, «cártels» proteccionistas, permiten también —bajo el rótulo del ((justo precio» (justum pretium), que no es otra cosa, según ha demostrado James Baldwin al analizar las teorías económicas de los escolás¬ ticos, que el precio del mercado (pretium in mercato) — que funcionen los mecanismos «naturales» de la oferta y de la demanda. Proteccionista en el plano local, el sistema corporativo se muestra liberal en el contexto más amplio en que se halla inserta la ciudad. Favorece de hecho las desigualda¬ des sociales, nacidas lo mismo de ese ((dejar hacer» en los niveles superiores que del proteccionismo, que, a nivel local, actúa en provecho de una mino¬ ría. Las corporaciones están jerarquizadas y, si bien el aprendiz es un patro¬ no en potencia, el peón es un inferior sin grandes esperanzas de promoción. Y lo que es más importante, las corporaciones dejan fuera dos categorías cuya existencia falsea de manera fundamental la armoniosa planificación económica y social que el sistema está destinado teóricamente a instaurar. 393 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL En el plano más alto, una minoría de ricos sostienen por regla gene¬ ral su potencia económica gracias al ejercicio, directo o por persona inter¬ puesta, del poder político. Son jurados, regidores, cónsules. Escapan a la fiscalización de las corporaciones y, como ha demostrado magistralmente Armando Sapori en relación con los grandes mercaderes italianos, obran a su capricho. Tan pronto se agrupan en corporaciones, al ejemplo del Arte di Calimala en Florencia, a través de las cuales dominan la vida económica y hacen sentir su peso sobre la vida política, como ignoran pura y simple¬ mente las trabas impuestas por las instituciones corporativas y sus estatu¬ tos. Esta minoría está integrada, sobre todo, por los mercaderes de largo radio de acción, importadores y exportadores, los mercatores o los ((dado¬ res de trabajo», que controlan localmente una mercadería, desde la pro¬ ducción de la primera materia hasta la venta del producto fabricado. Un documento excepcionalmente notable, presentado en una obra clásica por Georges Espinas, nos ha dado a conocer a uno de estos personajes, «sire» Jehan Boinebroke, mercader pañero de Douai a finales del siglo xm. Re¬ cordemos que la Iglesia exigía de los fieles, en especial de los mercaderes, que, a su muerte por lo menos y a fin de asegurarse el cielo, restituyesen en su testamento las cantidades que hubiesen percibido indebidamente por usura o por exacciones de cualquier clase. La fórmula figuraba, pues, de modo habitual entre las últimas voluntades de los difuntos, si bien raras veces surtía efecto. En el caso de Jehan Boinebroke, en cambio, sí lo surtió. Sus herederos invitaron a sus víctimas que acudiesen para hacerse reembol¬ sar o indemnizar. Liemos conservado el texto de algunas de estas reclama¬ ciones. Surge de ellas un retrato terrible. El personaje, sin embargo, no debió de ser un caso aislado, sino el representante de una categoría social. Procurándose a bajo precio la lana y la materia tintórea, paga ((poco, mal o nada», muy a menudo en especie, según lo que se denomina hoy truck system, a sus inferiores, campesinos, obreros, pequeños artesanos, a los que mantiene sujetos por el dinero —es prestamista usurero—, el trabajo y el alojamiento, ya que, como medio de presión suplementaria, facilita mora¬ da a sus empleados. Los aplasta, en fin, mediante su poderío político. Regidor por lo menos nueve veces, lo es especialmente en 1280, fecha en que repri¬ me con ferocidad una huelga de los tejedores de Douai. Su dominación sobre sus víctimas es tal —puesto que no es tan sólo la dominación de un hombre quizás excepcionalmente malo, sino la de toda una clase— que los mismos que a su muerte se atreven a reclamar lo hacen con timidez, ate¬ rrorizados todavía por el recuerdo de ese tirano que es, con toda exactitud, el correlativo urbano de los tiranuelos feudales. 394 LA SOCIEDAD CRISTIANA En el nivel más bajo de la escala social hallamos también una clase excluida de la corporación, una masa desprotegida, sobre la cual volveremos a hablar. Queda por decir que, si bien las comunidades rurales y urbanas opri¬ mieron más que libertaron al individuo, se basaban, no obstante, en un principio que hizo temblar al mundo feudal. «Comunidad, nombre detes¬ table», exclama al principio del siglo xn el cronista eclesiástico Guibert de Nogent en una fórmula célebre. El elemento revolucionario en el origen del movimiento urbano y de su prolongación en el campo —la formación de las comunidades rurales— estaba en que el juramento que liga entre sí a los miembros de la comunidad urbana primitiva es, a diferencia del con¬ trato de vasallaje, que une a un inferior con un superior, un juramento igualitario. A la jerarquía feudal vertical sustituye, se opone, una sociedad horizontal. La vicinia, el grupo de vecinos hermanados por una proximidad fundada en primer término sobre el terreno, se transforma en una frater¬ nidad, fraternitas. La palabra y la realidad que ella designa tienen un éxito especial en España, donde florecen las hermandades , y en Alemania, donde la fraternidad juramentada, Schwurbruderschaft, recoge todo el poder emo¬ tivo de la vieja fraternidad germánica. Ella instituye entre los burgueses la obligación de la ñdelidad, la Treue. En Soest, por ejemplo, a mediados del siglo xii, el burgués que ha causado un daño físico o material a un concivis, a un «coburgués», debe renunciar a su derecho de burguesía. La fraterni¬ dad se trueca al fin en comunidad ligada por juramento: conjuratio o com- munio. Es el Eidgenossenschaft germánico, la comuna francesa o italiana. Une a seres iguales hasta el punto de que, cuando la desigualdad económi¬ ca, en materia de fiscalidad urbana, verbigracia, no puede ser eliminada, se ha de combinar con fórmulas y prácticas que salvaguarden una igualdad de principio entre todos los ciudadanos. Así la ciudad de Neuss, en 1259, estipula que, si es preciso establecer una tasa para subvenir a una necesidad de la comunidad, pobres y ricos juraran igualmente (equo modo) pagarla en proporción a sus recursos. ^ # Incluso aunque las ciudades * medievales no hayan constituido en rea¬ lidad ese desafío a la feudalidad, esa excepción antifeudal descrita con tanta frecuencia, no por ello es menos cierto que se presentan en primer término como un fenómeno aislado, insólito y, ante los ojos de los hombres que vivieron la época del desarrollo urbano, como una de las realidades nuevas, en el sentido escandaloso que la Edad Media daba a este adjetivo. 395 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL La ciudad, para esos hombres de la tierra, del bosque y de la landa, supone, a la vez, un objeto de atracción y de repulsión, una tentación, como el metal, como el dinero, como la mujer. La ciudad medieval, sin embargo, no parece a primera vista un mons¬ truo espantoso por su tamaño. A comienzos del siglo xiv, muy pocas ciuda¬ des sobrepasan, y aun con poco, la cifra de cien mil habitantes: Venecia y Milán. París, la ciudad más grande de la Cristiandad septentrional, cuya población ha sido exagerada hasta elevarla a doscientas mil almas, no tenía entonces, sin duda, más de ochenta mil. Brujas, Gante, Toulouse, Londres, Hamburgo, Lübeck y todas las demás ciudades de cierta importancia, es decir, las de primera fila, contaban tan sólo de veinte mil a cuarenta mil habitantes. Por lo demás, como se ha observado a menudo y con razón, la ciudad medieval continúa muy compenetrada con el campo. Los ciudadanos llevan en ella una vida semirrural. Sus murallas albergan en su interior viñas, huertos, incluso prados y campos, ganado, estercoleros... Y, no obstante, el contraste ciudad-campo ha sido mayor durante la Edad Media que en casi todo el resto de las sociedades y de las civiliza¬ ciones. Los muros de una ciudad son una frontera, la más fuerte de las conocidas en esta época. Las murallas, con sus torres y sus puertas, sirven para separar dos mundos. Las ciudades afirman su originalidad, su particu¬ laridad, representando ostensiblemente en sus sellos esas murallas que las protegen. Trono del bien, es decir, Jerusalén, asiento del mal al mismo tiempo, es decir, Babilonia, la ciudad es siempre en el Occidente medieval el símbolo de lo extraordinario. Ser ciudadano o campesino, he ahí una de las grandes líneas de separación en la sociedad medieval. Verdad es que la ciudad de la Alta Edad Media conserva su prestigio dentro de la sociedad prefeudal y feudal. Ella es el asiento del poder polí¬ tico y del poder religioso, la residencia del rey o del conde, del obispo, el único emplazamiento de monumentos de ladrillo o piedra, el punto donde se acumulan los principales tesoros, el lugar cuya toma, saqueo o posesión, proporciona riqueza y prestigio. ¿Se ha prestado suficiente atención al hecho de que las ciudades son un polo de atracción para los héroes de los cantares de gesta? En la Chanson de Roland *, en contraste con la natura¬ leza hostil, rocas, montañas e incluso llanuras, las ciudades brillan como faros: Zaragoza y Aquisgrán, «el mejor lugar de Francia». El espejismo de Constantinopla se identifica con el espejismo de la ciudad. Las ciudades reciben los epítetos de ((altiva», «orgullosa», «noble». Así, París es llamada «la noble ciudad» en Mainet y en Berthe au grand pied, que encuentra en 39 6 vn. fresco gótico: adán y eva en El. PARAISO TERRENAL. Este fresco, ejecutado en el año 1263, está considerado como la obra maestra de la pintura románica tardía en Aus¬ tria. Sin embargo, es ya característica del arte gótico desde el punto de vista formal. I.os frescos, expulsados de los muros por el creciente auge de las ven¬ tanas y las vidrieras, se refugian en las bóvedas. Los colores claros predomi¬ nan a fin de contribuir a satisfacer la preocupación por la lumÍ 7 iosa claridad, l.a libertad de las formas se separa también del estilismo románico. No obstante, los temas tradicionales per¬ manecen, incluso se reafirman, más humanos con la tentación de Adán y Eva en trance de morder la manzana fatal, más simbólicos con la inclusión de los cuatro ríos del Paraíso. (Gurí;, Austria.) LA SOCIEDAD CRISTIANA ella el final de sus aventuras. Oberón, al que se pudiera creer apegado úni¬ camente a los bosques donde se ejercen sus encantos, conserva la nostalgia de su lugar de nacimiento, «Monimur, su ciudad». Todo el ciclo de Gui¬ llermo de Orange gira alrededor de las ciudades: Orange, Nimes, Vienne, incluso París, un París que le Moinage Guillaume no intenta, sin embar¬ go, idealizar: ((En aquel entonces, Francia estaba poco poblada, apenas cultivada, y no se veían en ella todos esos ricos dominios, esos castillos, esas ciudades opulentas que la cubren hoy día. París en aquella época era muy pequeño.» No obstante, en ella se encontraba la sede del rey Luis, a quien Guillermo viene a liberar. Y el descubrimiento de la ciudad, al término de su cabalgata, le produce un encantamiento, un momento de emoción: «Cuando Guillermo abre los ojos, la mañana es clara, ve París al final de los prados.» Guillermo dejará a los parisienses de hoy en día un recuerdo, el nombre de su enemigo, el sajón pagano Ysoré, que derriba en singular combate y entierra en el mismo campo de la lucha, en un lugar que se llamará la Tumba-Isoré, la «Tombe-Issoire». Pero, más aún que París, res¬ plandece Narbona, tomada por Aimeri: ((Entre dos rocas, en la ribera de un golfo, vio levantarse en la altura una fuerte ciudad sarracena. Estaba bien rodeada de muros y de pilares y jamás se vio trazar otra más sólida. En las plantaciones de tejos y árboles verdes, vieron los follajes agitados por el viento; no se podía gozar de un espectáculo más bello. Había veinte torres construidas en piedra dura y brillante. Otra más, en el centro, atraía las miradas. Nadie en el mundo, por buen narrador que fuese, sería ca¬ paz, en menos de un día, de describiros con detalle los trabajos que los paganos habían emprendido para elevar esta torre. Las almenas habían sido completamente selladas con plomo; los defensores se encontraban a un tiro de arco del enemigo. En lo alto del cuerpo principal se elevaba una bola de oro fino de ultramar; habían engastado en ella un carbúnculo que llameaba y brillaba con un fulgor semejante al del sol de la aurora... El rey contempló la ciudad y, en su corazón, comenzó a desearla.» Ahora bien, entre los siglos x y xm, en un arranque del cual será siempre Henri Pirenne el inmortal historiador, la faz de las ciudades de Occidente cambia. Una función se convierte en primordial dentro de ellas, reanima las viejas ciudades y crea otras nuevas: la función económica, fun¬ ción comercial y, pronto, función artesanal. La ciudad se transforma en el hogar de algo que los señores feudales detestan: la vergonzosa actividad económica. Y el anatema es lanzado contra las ciudades. En 1128 arde la pequeña ciudad de Deutz, situada frente a Colonia, al otro lado del Rin. El abad del monasterio de San Heriberto, el célebre 397 33 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Rupert, teólogo muy apegado a la tradición, ve inmediatamente en ello un efecto de la cólera de Dios, un castigo para el lugar que, siguiendo el desa¬ rrollo de Colonia, ha llegado a ser un centro de cambio, guarida de infa¬ mes mercaderes y artesanos. Y dibuja, a través de la Biblia, una historia antiurbana de la humanidad. Caín ha sido el inventor de las ciudades, el constructor de la primera de ellas, imitado luego por todos los malos, los tiranos, los enemigos de Dios. Los patriarcas, por el contrario, y de una manera general los justos, los temerosos de Dios, han vivido bajo la tienda, en el desierto. Instalarse en las ciudades significa preferir el mundo. En efecto, el crecimiento urbano favorece, con la fijación al suelo y el desarro¬ llo de la propiedad y del instinto de la misma, la aparición de una menta¬ lidad nueva y, en primer término, la elección de la vida activa. El florecimiento de esta mentalidad urbana se ve favorecida aún más por el temprano nacimiento de un patriotismo ciudadano. Claro está, como veremos, que las ciudades son el teatro de una áspera lucha de clases y que las clases dirigentes serán las instigadoras y las primeras beneficiarías de ese espíritu urbano. Por lo demás, como Armando Sapori ha subrayado, también los grandes comerciantes, durante el siglo xm al menos, saben exponer su dinero y su persona. En 1260, cuando una guerra feroz opone a Siena y a Florencia, uno de los más importantes mercaderes-banqueros sieneses, Salimbene dei Salimbeni, hace entrega a la comunidad de 118.000 florines y, cerrando sus establecimientos, se apresura a participar personal¬ mente en la guerra. Mientras que la señoría rural no había logrado inspirar a la masa de los campesinos que vivían en su seno otra cosa que el sentimiento de la opresión de la que eran víctimas, mientras que el castillo roquero, aunque les ofreciese en ciertos casos refugio y protección, no proyectaba sobre ellos sino una sombra detestada, la silueta de los monumentos urbanos, instru¬ mento y símbolo de la dominación de los ricos en las ciudades, inspiraban al pueblo ciudadano sentimientos en que la admiración y el orgullo acababan las más veces por triunfar. La sociedad urbana había conseguido crear valores comunes en cierta medida a todos los habitantes: valores estéticos, culturales, espirituales. «II bel San Giovanni» del Dante era el objeto de la veneración y el orgullo de todos los florentinos. Orgullo urbano, que es, en principio y especialmente, el producto de las regiones más urbanizadas: Flandes, Alemania, Italia del Norte y del Centro. Tomemos por testimonio a tres ciudades italianas: Milán, cuyas maravillas describe en 1288 el her¬ mano Bonvesin dalla Riva en su De magnalibus urbis Mediolani: «La ciudad tiene forma de círculo y esta maravillosa forma circular es un signo 398 LA SOCIEDAD CRISTIANA de su perfección...»; Genova, cuyas «bellezas» canta en lengua vulgar un poeta anónimo de finales del siglo xiii: Zenoa é citae pinna De gente e de ogni ben jornia. Murao ha bello e adorno Chi la circonda tuto intorno... Génova es ciudad llena De gente y de todo bien provista. Tiene muros bellos y adornados Que la circundan todo alrededor... Y Florencia, en fin, a la que Chiaro Davanzati, antes que el Dante, glo¬ rifica en 1267: Ah dolze e gaia térra florentina, Fontana di valore e di piagenza... ¡Ah, dulce y hermosa tierra florentina. Fuente de valor y de placer...! Sin embargo, ¿qué representan esos islotes urbanos en tierra de Occi¬ dente y cuál es su porvenir? Su prosperidad no puede, en definitiva, ali¬ mentarse más que de la tierra. Incluso las ciudades más enriquecidas por el comercio, Gante y Brujas, Génova, Florencia, Siena y Vcnecia, la cual ha de luchar, además, contra el obstáculo de su topografía marítima, se ven forzadas a asentar su actividad y su poder sobre su territorio rural, sobre lo que las ciudades italianas denominaron su contado, su «campiña». (De ahí procede el nombre de contadini con que son conocidos los campesinos italianos.) Entre las ciudades y sus contornos rurales las relaciones son bastante complejas. A primera vista, la atracción urbana es favorable para la repo¬ blación de sus campos. El campesino emigra de las señorías y su primera conquista es la libertad, bien porque, al instalarse en la ciudad, queda en ella automáticamente libre, ya que la servidumbre es desconocida en el suelo urbano, bien porque la ciudad, convertida en señora de la campiña próxima, se apresura a liberar a los siervos, según el famoso axioma ale¬ mán: Stadtluft machí frei, ((el aire de la ciudad convierte en libre», o, con mayor frecuencia, en su precisión jurídica: Stadtluft macht frei nach Jahr 399 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL und, Tag, «el aire de la ciudad convierte en libre al cabo de un año y un clía», después que el nuevo ciudadano ha permanecido este lapso en la ciudad. Ahora bien, al mismo tiempo la ciudad es la explotadora de su cam¬ piña y se comporta respecto a ella como señora. La señoría urbana, que ejerce su derecho de «ban» sobre su «banlieue» (lugar sometido al ban), lo explota sobre todo desde el punto de vista económico: le compra a buen precio sus productos (granos, lana, productos lecheros para su aprovisiona¬ miento, su artesanado, su comercio) y le impone sus mercancías, compren¬ didas aquellas de las que tan sólo es intermediaria: la sal, por ejemplo, que se convierte en un verdadero impuesto al obligar a los campesinos a com¬ prar en cantidades determinadas y a precio tasado. Las milicias urbanas se ven rápidamente integradas en su inmensa mayoría por campesinos reclu¬ tados, como los soldados de la campiña de Brujas, el «Franco de Brujas». Las ciudades desarrollan un artesanado rural a bajo precio, que controlan por completo, pero bien pronto sienten miedo de sus campesinos. Como los señores en el campo, se encierran al caer la noche en sus castillos, las ciu¬ dades elevan sus puentes levadizos, encadenan sus puertas, arman sus mu¬ ros de centinelas que vigilan ante todo el más próximo y más posible ene¬ migo: el campesino de los alrededores. Y esos productos de la ciudad que son los universitarios, los turistas, elaboran al final de la Edad Media un derecho que aplasta al campesino. Digamos, por último, que incluso aquellas ciudades que consiguen durante la Edad Media convertirse en Estados: República de Venecia, Gran Ducado de Toscana, ciudades libres hanseáticas, no consiguen mante¬ ner después su prosperidad si no es contra el curso de la historia y se con¬ vierten poco a poco en anacronismo. Aquellos países cuya armazón econó¬ mica, política y cultural estuvo formada durante largo tiempo por las ciu¬ dades, es decir, Italia y Alemania, serán los últimos en alcanzar su unidad en el siglo xix. La sociedad urbana medieval no tenía ante sí ningún por¬ venir histórico. * # % El sueño de conseguir una sociedad, si no unida, al menos armoniosa, perseguido por la Iglesia, chocó con las ásperas realidades de las oposiciones y de las luchas sociales. El casi total monopolio literario por parte de los clérigos, sostenido como mínimo hasta el siglo xm, disimula la intensidad de la lucha de clases en la Edad Media y puede darnos la impresión de que únicamente algunos laicos malvados —señores o campesinos—- trataban de 400 LA SOCIEDAD CRISTIANA vez en cuando de alterar el orden social alzándose contra las personas o los bienes de la Iglesia. No obstante, los escritores eclesiásticos han dejado fil¬ trar lo bastante para que podamos adivinar la permanencia de esos antago¬ nismos, que estallan a veces en bruscas explosiones de violencia. La más conocida de esas oposiciones es la que anima a los burgueses contra los nobles. Una oposición espectacular. El cuadro urbano ha aumen¬ tado su eco y los escritos —crónicas, actas, estatutos, paces que han sancio¬ nado a menudo sus peripecias— han prolongado su repercusión. Los casos bastante frecuentes —relatados con horror por los escritores eclesiásticos— en que las revueltas urbanas se han producido contra los obispos, señores de las ciudades, nos han proporcionado narraciones conmovedoras en las que se nos muestra, con la progresión de las nuevas clases, un sistema tam¬ bién nuevo de valores, que ya no respeta el carácter sagrado de los prelados. He aquí el relato de los acontecimientos de Colonia en 1074, según el monje Lamberto de Hersfeld: «El arzobispo pasó el tiempo de Pascuas en Colonia, con su amigo el obispo de Miinster, al que había invitado para celebrar las fiestas con él. Cuando el obispo quiso regresar a su casa, el arzobispo ordenó a sus guardias que le buscasen un barco conveniente. A fuerza de indagar, encontraron un buen barco, que pertenecía a un rico mercader de la ciudad, y lo reclamaron para uso del arzobispo. Los hombres del comerciante que estaban a cargo del barco se resistieron, pero los hom¬ bres del arzobispo amenazaron con maltratarlos si no obedecían inmediata¬ mente. Los hombres del mercader se apresuraron a ir al encuentro de su amo, le contaron lo que había ocurrido y le preguntaron qué debían hacer. El comerciante tenía un hijo valiente y vigoroso. Estaba emparentado con las principales familias de la ciudad y, a causa de su carácter, era muy popular. Reunió apresuradamente a sus hombres y a tantos jóvenes de la ciudad como le fue posible, se precipitó hacia el barco, dio orden a los sar¬ gentos del arzobispo de salir de él y los expulsó por la fuerza... Los amigos de los dos partidos tomaron las armas y pareció que una gran batalla se preparaba en la ciudad. Las nuevas de la lucha llegaron a oídos del arzobis¬ po, que envió acto seguido hombres para ahogar el motín y, como hubiese montado en cólera, amenazó a los jóvenes sublevados con un duro castigo en la próxima sesión de su corte [de justicia]. El arzobispo poseía todas las virtudes y había probado frecuentemente su excelencia en todos los domi¬ nios, lo mismo del Estado que de la Iglesia. Pero tenía un defecto. Cuando montaba en cólera, no podía dominar su lengua y maldecía a cada uno sin distinción, con las expresiones más violentas. Por fin, el motín pareció apaciguarse, pero el joven, que estaba muy encolerizado y envanecido por 401 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL su primer éxito, no dejó de causar toda la alteración que pudo. Recorrió la ciudad, dirigiendo discursos al pueblo sobre el mal gobierno del arzobispo, acusándole de imponer cargas injustas al pueblo, de privar a los inocentes de sus bienes y de insultar a los ciudadanos honorables... No le resultó difícil levantar al populacho... Por otro lado, todos consideraban que el pueblo de Worms había conseguido un éxito expulsando a su obispo, que los gobernaba con demasiada severidad. Y como ellos eran más numerosos y más ricos que el pueblo de Worms y tenían armas, les desagradó que se pudiese pensar que no eran tan valientes como el pueblo de Worms y les pareció vergonzoso estar sometidos como mujeres al poder del arzobispo, que los gobernaba tiránicamente...» Igualmente se sabe —por la célebre narración de Guibert de Nogent— que la revuelta de los ciudadanos de Laón en 1111 acabó con la muerte del obispo Gaudri y la profanación de su cadáver, al que un revoltoso cortó el dedo para arrancarle el anillo. Frente a esos movimientos urbanos, los cronistas eclesiásticos se mues¬ tran más admirados que indignados. Cierto que el carácter de tal o cual prelado explica a sus ojos, si no la justifica, la cólera de los burgueses y del pueblo. Pero, cuando éste se levanta contra el orden feudal en su conjunto, contra la sociedad aprobada por la Iglesia, contra un mundo que, conver¬ tido al cristianismo, no debiera esperar otra cosa que el paso de la ciudad terrestre a la ciudad celestial —es el tema de Odón de Freising en su His¬ toria de las dos ciudades —, la historiografía eclesiástica reconoce su incom¬ prensión. Así sucede en el Mans, en 1070. Los habitantes se han sublevado contra Guillermo el Bastardo, ocupado en conquistar Inglaterra, y el obispo se ha refugiado cerca de él. ((Formaron entonces —escribe el cronista episcopal— una asociación que llamaron comuna, se unieron por juramento y forzaron a los señores de las tierras próximas a jurar fidelidad a esa comuna. Enar¬ decidos por esta conspiración, se dedicaron a cometer innumerables crí¬ menes, condenando a muchas gentes sin discriminación y sin causa, cegando a los unos por las razones más débiles y, cosa horrible de expresar, ahorcan¬ do a otros por faltas insignificantes. Quemaron incluso los castillos de la región durante la Cuaresma y, lo que es peor todavía, durante la Semana Santa. Y todo esto lo hicieron sin razón.» i ¡fc ■%.' -X : Ahora bien, el principal frente de las tensiones sociales es el campo. Entre señores y campesinos, la lucha se hace endémica. A veces se desata LA SOCIEDAD CRISTIANA en crisis de extrema violencia. Ello se debe a que, si en las ciudades de los siglos xi al xiii, las revueltas son dirigidas por los burgueses, deseosos de asegurarse el poder político que garantiza el libre ejercicio de sus activida¬ des profesionales y, en consecuencia, su fortuna y les confiere un prestigio en relación con su poder económico, en el campo las sublevaciones de los campesinos no se dirigen exclusivamente a mejorar su situación, fijando, disminuyendo o aboliendo los servicios y las prestaciones, que cargan pesa¬ damente sobre ellos, sino que son con frecuencia la simple expresión de una lucha por la vida. La mayoría de los campesinos se integran a esta masa «al borde del límite alimenticio», del hambre, de la epidemia. Constituyen lo que se llamará más tarde en Francia la Jacquería y saca una fuerza singular de la desesperación. Si existe también en la ciudad —acabamos de verlo en la Colonia de 1074— el motor del odio, si las nuevas capas sociales alber¬ gan un deseo de venganza por el desdén que les dedican los señores ecle¬ siásticos y laicos, esta motivación afectiva es mucho más fuerte todavía en el campo, a la medida del inmenso desprecio que los señores sienten por los villanos. A despecho de las mejoras en su suerte conseguidas por los campesinos durante los siglos xi y xii, muchos señores no les reconocen aún al final del siglo xiii — en realidad, hay una diferencia esencial entre su condición y la del esclavo antiguo— otra propiedad que la de su persona completamente desnuda. El abad de Burton, en el Staffordshire, lo recuer¬ da así a sus campesinos, a los que el monasterio había confiscado todo el ganado (ochocientos bueyes, corderos y cerdos), cuando ellos obtienen del rey, después de haberlo seguido con mujeres y niños de residencia en resi¬ dencia, una orden de restitución de sus animales. El abad les declara que no poseen nada más que su vientre, ni]ni praeter ventrem. Olvidaba, al hacerlo, que, por su culpa, ese vientre se hallaba muy a menudo vacío. En 1336, al abad cisterciense de Vale Royal, en el Cheshire, hace reco¬ nocer a sus campesinos, sobre las Sagradas Escrituras, que «eran villanos, ellos, y sus hijos después de ellos, por toda la eternidad...». El campesino es una bestia salvaje, los textos lo repiten sin cesar. Es de una fealdad repug¬ nante, bestial. Apenas si tiene figura humana. Es, según el dicho de Coul- ton, «el Calibán medieval». Su destino natural es el infierno. Precisa poseer una habilidad excepcional para obtener —como por engaño— el paraíso. Es la tesis del romance Du vilain qui gagna le paraclis par plaid, es decir, por pleito. Veamos la descripción de Rigaut en la gesta de Garin el Lorenés: «Ve avanzar hacia él a Rigaut, el hijo del villano Hervis. Era un muchacho fuertemente musculado, grueso de brazos, de caderas y de hombros, los ojos 403 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL separados el uno del otro por la longitud de la mano; en sesenta países no se habría encontrado cara más ruda y menos atrayente. Sus cabellos esta¬ ban erizados, sus mejillas negruzcas y atezadas; no habían sido lavadas des¬ de hacía seis meses y la sola agua que las había mojado era la lluvia del cielo.» Y he aquí, en el bosque por donde cabalga Aucassin, la aparición de un joven campesino: «Tenía una gran cabezota más negra que la carbo¬ nilla y había más de un palmo entre los dos ojos, y tenía grandes mejillas y una enorme nariz aplastada, con grandes orificios muy anchos, y gruesos labios, más rojos que carne asada, y grandes dientes amarillos y feos...» La misma hostilidad con referencia al ser moral del campesino. De villano, la época feudal ha derivado villanía, que significa la fealdad moral. Los que más feroces se muestran contra los campesinos son los goliardos *, esos clérigos más o menos excluidos, que han roto el ban, en los cuales se exasperan los prejuicios de casta. Véase la muestra en un poema goliárdico, la Déclinaison du Paysan (la declinación del campesino): Nominativo singular: hic vilanus este villano Genitivo : huius rustid de este rústico Dativo : huic tferfero a este ferfero (diablo) Acusativo : hunc furem este ladrón Vocativo: 0 latro ¡oh bandido! Ablativo : ab hoc depredatore por este pillo Nominativo plural: hi maledicti estos malditos Genitivo : horum tristium de estos miserables Dativo : his mendacibus a estos mentirosos Acusativo : hos nequissimos estos tunos Vocativo : 0 pesimi ¡oh detestables! Ablativo : ab his infidelibus por estos infieles ((Los campesinos que trabajan para todos —escribe Geoffroi de Tro- yes—, que se fatigan en todos los tiempos, en todas las estaciones, que se entregan a obras serviles desdeñadas por sus amos, se ven incesantemente abrumados y esto para proveer a la vida, a los vestidos, a las frivolidades de los otros... Se les persigue por el incendio, por la rapiña, por la espada. Se les hunde en las prisiones y se les pone en los hierros, después se les obliga a rescatarse, o bien se les mata violentamente, se les entrega a toda clase de suplicios...» 404 LA SOCIEDAD CRISTIANA En ocasión de la Gran Revuelta de 1381, los campesinos ingleses excla¬ maron, según Froissart: ((Somos hombres hechos a semejanza de Cristo y se nos trata como a bestias salvajes.» Un precioso poema que data de la primera mitad del siglo xm, Le conte des vilains de Verson, narra la sublevación de los campesinos de la aldea de Verson-sur-Odon, cercana a Caen, contra su señor, el abad del Mont-Saint-Michel. La endecha de los villanos termina con esta réplica: Allez et faites-les payer, lis se doivent bien acquitter. Allez et preñez leurs chevaux , Preñez et vaches et veaux, Car les vilains sont trop félons. (Id y hacedlos pagar, / pues es justo que paguen. / Id y quitadles sus caba¬ llos, / quitadles sus vacas y terneros, / pues los villanos son demasiado fe¬ lones.) Como ha escrito con justicia Frantisek Graus, los campesinos ((no sola¬ mente se ven explotados por la sociedad feudal, sino, además, ridiculizados por el arte y la literatura». El franciscano Berthold de Regensburg hacía observar en el siglo xiii que apenas si hay un santo campesino (mientras que, por ejemplo, en 1197, Inocencio III había canonizado a un mercader, Homebon de Cremona). Nada hay de extraordinario en esas condiciones, puesto que el fondo de la mentalidad campesina es una larga impaciencia, un perpetuo descon¬ tento. «Los campesinos están siempre encolerizados —dice un poema goliár- dico de Bohemia— y su corazón jamás conoce contento.» Nada hay de extraordinario en que esta cólera estalle de tiempo en tiempo y revista la forma de un ataque. El monje que nos relata el conflicto entre el abad de Vale Royal y los campesinos de Darnall y Over, en 1336, se indigna al verlos proceder como perros rabiosos, rabicanes. Guillermo de Jumiéges y Wace, en el Román de Rou (el «Cantar de Rollón»), nos han narrado la revuelta de los campesinos normandos en el año 997: Les paysans et les vilains Ceux du bocage et ceux de la plaine... Par vingt, par trentaine, par cent, Ont tenu plusieurs parlements. La devise vont conseillant... “Notre ennemi, c’est notre maitre”. 405 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL lis en 0711 parlé, en secret Et plusieurs l’ont entre eux juré, Que jamais par leur volonté N’auront de seigneur ni d’avoué... Par ces dits et par ces paroles Et par d’autres encor plus folies Ont marqué leur assentiment Et se sont juré par serment Qu’ensemble tous se tiendront, Et ensemble se défendront; Ont élu, ne sais oú ni quand, Les plus adroits, les mieux parlant Qui par tout le pays iront Et les serments recueilleront... (Los campesinos y los villanos, / Los del bosque y los del llano... / Por vein¬ te, por treinta, por cien, / Han tenido varios parlamentos, / Y la divisa van aconsejando... / ((Nuestro enemigo es nuestro amo». / Han hablado de ello en secreto / Y muchos de entre ellos lo han jurado, / Que jamás por su voluntad / Tendrán señor ni abogado... / Por esos dichos y esas palabras / Y por otras todavía más locas / Han indicado su asentimiento / Y se han comprometido por juramento / Que juntos todos se mantendrán / Y jun¬ tos se defenderán; / Han elegido, no sé dónde ni cuándo, / A los más hábi¬ les, a los que hablan mejor, / Que por todo el país irán / Y los juramentos recogerán...) ((Tan pronto como el duque fue informado, envió inmediatamente al conde Raúl con un gran número de caballeros, a fin de reprimir la feroci¬ dad de los campesinos...» Y he aquí la represión señorial: Raoul s’emporta tellement Qu’il ne fit pas de jugement; Les fit tous tristes et dolents; A plusieurs arracher les dents Et les autres fit empaler, Arracher les y eux, poings couper, A tous fit les jarrets rótir Méme s’ils en devaient mourir, D’autres furent brúlés vivants 406 LA SOCIEDAD CRISTIANA Ou plongés dans le plomb bouillant, Les fit ainsi tons arranger. Hideux furent á regarder. Ne furent depuis en lieu vus Qu’ils ne fussent bien reconnus. La commune est réduite á rien, Et les vilains se tinrent bien; Se sont retires et démis, De ce qu’ils avaient entrepris. (Raúl se arrebató en tal forma / Que no les concedió juicio; / Los hizo a todos tristes y dolientes; / A muchos arrancar los dientes / Y a los otros hizo empalar, / Arrancar los ojos, los puños cortar, / A todos hizo las corvas quemar, / Incluso si de ello debían morir, / Otros fueron quemados vivos / O sumergidos en el plomo hirviente, / Los hizo a todos arreglar. / Asque¬ rosos fueron de mirar. / No fueron después en ningún lugar vistos / Que no fuesen bien reconocidos. / La comuna quedó reducida a la nada, / Y los villanos se portan bien; / Se han retirado y dejado, / De aquello que habían emprendido.) Más o menos abiertamente, la iconografía representa con frecuencia la lucha del campesino contra el caballero, una lucha de David contra Goliat. La vestimenta con que aparecen los dos personajes es claro testimonio de la intención. No obstante, la forma habitual de la lucha de los campesinos contra los señores es la guerrilla sorda del merodeo en las tierras del señor, de la caza furtiva en sus bosques, del incendio de sus cosechas. Es la resistencia pasiva mediante el sabotaje de los trabajos forzados, la negativa a entregar los pagos en especie, a pagar las tasas. A veces se llega a la deserción. En 1117, el abad del monasterio de Marmoutier, Alsacia, suprime los trabajos forzados de los siervos y los reemplaza por un pago en dinero. Toma esta decisión a causa de «la incuria, la inutilidad, la flojedad y la pereza de aquellos que los ejecutaban». En su tratado de Housebondrie, escrito a mediados del siglo xm, Wal- ter de Henley, preocupado siempre de acrecentar por todos los medios el rendimiento agrícola, multiplica las recomendaciones para la vigilancia del trabajo de los campesinos. La iconografía nos muestra a los guardias seño¬ riales, armados con su bastón, espiando a los trabajadores. Aun reconocien¬ do que la fuerza de trabajo del caballo es superior a la del buey, Walter de Henley estima, con un cierto desengaño, que resulta inútil para el señor 407 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL hacer el gasto considerable que supone la compra de un caballo, pues (da malicia de los labradores priva al arado arrastrado por un caballo de avan¬ zar con mayor rapidez que el tirado por bueyes». La hostilidad de los campesinos frente al progreso técnico es más visi¬ ble todavía. Tal hostilidad no puede explicarse, como las revueltas de los obreros contra el maquinismo al comienzo de la revolución industrial, por el temor a cualquier especie de paro tecnológico, sino porque el maquinis¬ mo medieval se acompañaba de un monopolio de la máquina en provecho del señor, el cual tornaba obligatoria y onerosa su utilización a su favor. Las sublevaciones de los campesinos contra los molinos ((banales» señoriales serán numerosas. Inversamente, se ve muy a menudo a los señores —en especial a los abades— hacer destruir los molinos a brazo de sus campesinos, con objeto de obligarlos a llevar el grano a su molino y forzarles así a pagar la tasa de molienda. Ya en 1207, los monjes de Jumiéges destrozan las últi¬ mas muelas de mano que quedaban en una de sus tierras. Una célebre disputa en torno a los molinos hidráulicos opuso en Inglaterra a los monjes de Saint-Albans y sus campesinos. Triunfante por último en 1331, el abad Ricardo II convirtió en trofeos las muelas confiscadas: pavimentó con ellas su locutorio. Entre las formas más insidiosas de la lucha de clases, merecen un lugar privilegiado las innumerables discusiones originadas sobre la cues¬ tión de los pesos y medidas. La determinación y la posesión de los patrones que fijan la cantidad del trabajo y de los pagos constituye un medio de dominación económica esencial. Witold Kula ha abierto magistralmente la vía de esta historia social de los pesos y medidas. Acaparadas por los unos, discutidas por los otros, pesos y medidas, conservados en la casa solariega, en el castillo, en la abadía o en la casa comunal de las ciudades, son el motivo de un litigio constante. Los numerosos documentos que evocan los castigos infligidos a campesinos o a artesanos por usar de medidas falsas (crimen asimilado al de desplazamiento de mojones o hitos de dominio) llaman nuestra atención sobre este aspecto de la lucha de clases. De la mis¬ ma manera que la multiplicidad de las jurisdicciones favorecía la arbitra¬ riedad de los señores, el número y la variabilidad (al capricho del señor) de las medidas suponían un instrumento de opresión señorial. Cuando los reyes de Inglaterra tratan en el siglo xiv de imponer un patrón real para las principales medidas, declaran exentas de él las rentas y arrendamientos, cuya medida es dejada a la discreción de los señores. La lectura de los fabliaux # , de los tratados jurídicos y morales, de las actas judiciales, produce la impresión de que la Edad Media fue el 408 LA SOCIEDAD CRISTIANA paraíso de los tramposos, la edad de oro del fraude. La opresión de las clases dueñas de la medida es la explicación de ello. Y la Iglesia, que hizo del fraude un pecado grave, no logró borrar esas manifestaciones de la lucha de clases. # # # Fundamental en el campo, la confrontación entre las clases reaparece bien pronto en las ciudades, no ya como la lucha de los burgueses victorio¬ sos contra los señores, sino como la del pueblo bajo contra los ricos burgue¬ ses. Desde finales del siglo xii al xiv, una nueva línea de fractura social se dibuja efectivamente en las ciudades, para oponer los pobres a los ricos, los débiles a los poderosos, el común a la burguesía, el popolo minuto al popolo grosso. La formación de esta categoría urbana dominante, a la que se ha denominado el patriciado, compuesto por un grupo de familias que acu¬ mulan la propiedad inmobiliaria urbana, la riqueza, el dominio sobre la vida económica y el control de la vida política mediante el monopolio de los cargos municipales, hace que se levante frente a ella la masa de los nuevos oprimidos. Hacia el final del siglo xii, comienzan a surgir los meliores burgenses o maiores oppidani, cuya dominación se afirma pronto. Ya en 1165, en Soest, Westfalia, son mencionados esos «mejores, bajo la autoridad de los cuales la ciudad prosperaba y en quienes residía lo esencial del derecho y de los negocios», meliores... quorum auctoritate pretaxala villa nunc pollebat et in quibus summa iuris et rerum consistebat. Y en Magdeburgo, en 1188, un estatuto urbano estipula que «en la asamblea de los burgueses se pro¬ hibió a los necios proferir palabras contrarias al orden y oponerse en cual¬ quier cosa que sea a la voluntad de los meliores)). Así era como ricos y pobres se enfrentaban en las ciudades. En las de lengua francesa, donde hasta ahora se había hablado tradicionalmente de oficios «fundados sobre el trabajo y sobre la mercancía)), trabajo y mercancía se disocian. Los tra¬ bajadores manuales se levantan pronto contra aquellos que, a su vez, les tratan de ociosos. A partir de las postrimerías del siglo xiii, las huelgas y los motines contra los «ricos hombres» se multiplican y, en el siglo xiv, a favor de la crisis, se suscitan violentas revueltas del común de las ciudades. A pesar de la tendencia maniquea de la Edad Media a simplificar todo conflicto reduciéndolo a una confrontación entre dos campos, el de los bue¬ nos y el de los malos, no hay por qué creer que la lucha de clases se haya limitado a esos desafíos: señores-campesinos, burgueses-pueblo. La realidad fue más compleja, y una de las principales razones del fracaso habitual de 409 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL los débiles frente a los poderosos fue, además de su debilidad económica y militar, las divisiones internas que aumentaban su impotencia. Hemos vis¬ to ya cómo se había creado una diferenciación social entre las capas cam¬ pesinas. A propósito de la insurrección normanda del 997, Wace hace notar que, si bien los campesinos pobres no pudieron escapar a los suplicios que hemos visto, los ricos se libraron de ellos pagando su seguridad física con la pérdida de sus bienes. Entre las capas inferiores urbanas, hemos de distinguir, cuando menos, en el populo minuto entre los artesanos y los criados de las corporaciones y la masa de mano de obra asalariada, que no gozaba de ninguna protección corporativa: peones librados al azar del mercado de la mano de obra, reba¬ ño reunido cotidianamente en la plaza de la contratación de trabajo (en París la plaza de la Gréve), adonde los contratistas o sus encargados venían a buscar a los representantes de un proletariado siempre amenazado por el paro. A finales del siglo xiii, son ellos los que han pasado a integrar la categoría inferior de los labor atores, a los que Juan de Friburgo, en su Manual sumario de confesores , asigna el último lugar. Como ha demos¬ trado muy bien Bronislaw Geremek en lo que respecta al París de los siglos xiii-xv, el trabajo y el trabajador se han convertido con ellos en una mercancía. La explotación de la mano de obra femenina ha ocupado ciertamente un lugar de preferencia en esta opresión de los «dadores de trabajo». De todos es conocida la endecha de las obreras de la seda, que Chrétien de Troyes intercala (hacia 1180) en su Yvain, esa «Chanson de la chemise» (Canción de la camisa) de la Edad Media: Toujours draps de soie tisserons Et n’en serons pas mieux vétues, Toujours serons pauvres et núes Et toujours faim et soif aurons; Jamais tant gagner ne saurons Que mieux en ayons á manger. Du pain en avons sans changer Au matin peu et au soir moins; Car de l’ouvrage de nos mains N’aura chacune pour son vivre Que quatre deniers de la livre. 410 LA SOCIEDAD CRISTIANA Et de cela ne pouvons pas Assez avoir viande et draps; Car qui gagne dans sa semaine Vingt sous n’est mié hors de peine... Et nous sommes en grand misére, Alais s’enrichit de nos salaires Celui pour qui nous travaillons; De nuits grand’partie veillons Et tout le jour pour y gagner. On nous menace de rouer Nos membres, quand nous reposons: Aussi reposer nous n’osons. (Siempre telas de seda tejemos / Y no por eso iremos mejor vestidas, / Siem¬ pre seremos pobres y desnudas / Y siempre tendremos hambre y sed; / Jamás sabremos ganar tanto / Que mejor hayamos de comer. / De pan tenemos, sin cambiar, / Por la mañana poco y por la tarde menos; / Pues del trabajo de nuestras manos / No tendrá cada una para su vivir / Sino cuatro dineros de la libra, / Y de esto no podemos / Tener bastante comida y vestido; / Pues quien gana en su semana / Veinte sueldos no está fuera de pena... / Y estamos en gran miseria, / Pero se enriquece con nuestros salarios / Aquel por el que nosotras trabajamos; / De las noches gran parte velamos / Y de día para ganar. / Se nos amenaza con moler / Nuestros miembros cuando reposamos: / De esta manera reposar no osamos.) Las mujeres se hallan también en el centro de una disputa en aparien¬ cia menos dramática. Ellas son la apuesta en la rivalidad de los hombres de las diferentes clases sociales. Esos juegos placenteros entre machos y hem¬ bras significan, sin embargo, una de las expresiones más ásperas de la lucha de clases. El desdén que las mujeres sienten por los hombres de una deter¬ minada categoría social es una de las más dolorosas heridas que éstos pue¬ den recibir. Quizás nos extrañe ver que los clérigos toman parte en el conflicto. No obstante, el cura, o el monje, libertino y lleno de éxitos, es uno de los personajes más familiares de los fabliaux. Particularmente, a decir verdad, es el clérigo al margen de la sociedad eclesiástica, esto es, el «goliardo» o fraile sin tonsura, el que manifiesta sus pretensiones en la materia. El «debate del fraile y del caballero» constituye un lugar común en la literatura medieval. El autor, que es siempre clérigo, se atribuye en general el mejor papel y se concede, por lo tanto, una neta ventaja sobre el guerrero en el corazón de las mujeres. En el poema del Concile de Remi- 411 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL remont, las monjas, tras una larga discusión, decretan la excomunión contra aquellas que prefieran los caballeros a los clérigos. El desprecio del clérigo por el campesino se nos muestra también en esta canción goliárdica de Bohemia: Filia, vis rusticum Nigrum et turpissimum? Nolo, mater cara... Hija mía, ¿quieres a un campesino Negro y asqueroso? No lo quiero, madre querida... La poesía lírica canta, en fin, con frecuencia en las «pastorales» el amor de los caballeros por las pastoras. En la realidad, tales empresas no terminan siempre felizmente. El conde-poeta Thibaud de Champagne reconoce, en verso, que dos campesinos le pusieron en fuga cuando se disponía a sofaldar a una pastora. * * * La lucha de clases en el Occidente medieval se duplica, como es sabi¬ do, a causa de las ardientes rivalidades en el interior de las clases. Los con¬ flictos entre señores feudales, prolongación de las luchas de clan, las guerras privadas procedentes de la faida germánica, forma medieval de la ven¬ detta señorial, llenan la historia y la literatura. Esas enemistades violentas y colectivas, esos «odios perdurables», «esos viejos rencores bien atizados», son, por otro lado, un privilegio de clase. Todavía al final del siglo xiii, Philippe de Beaumanoir afirma que «quienes no sean gentileshombres no pueden guerrear». Guerras de los «Lorrains» contra los «Bordelais» en la gesta de Raúl de Cambrai; combates de amigos y parientes del Cid con¬ tra el linaje de los Infantes de Camón; interminables venganzas en torno a los Infantes de Lara; asaltos sin cesar repetidos de los Colonna y de los Orsini, aliados con los Gaetani, en los que se mezcla un Gaetani, Bonifa¬ cio VIII; y, ¿cómo no?, guerras de clan en el mundo nórdico, desde Esco¬ cia a Escandinavia. En las lizas de los torneos, en pleno campo, en los asedios de los castillos, las confrontaciones entre las familias feudales pueblan la historia medieval. Sin embargo, a pesar de sus pretensiones, la clase señorial no posee la exclusiva de tales conflictos. En el seno de la sociedad urbana, las familias 412 LA SOCIEDAD CRISTIANA burguesas se entregan asimismo a luchas sin cuartel, solas o animando par¬ tidos, por la dirección del patriciado o por el dominio de la ciudad. No es extraño que Italia, urbanizada más pronto, haya sido el principal teatro de esas rivalidades ciudadanas y burguesas. En 1216, una serie de vendettas oponen en Florencia a dos grupos de familia, a dos consorterie: la de los Fifanti-Amidei y la de los Buondelmonte. A causa de la ruptura de una promesa de matrimonio, afrenta tanto más cruel para los Fifanti-Amidei cuanto el novio Buondelmonte no se presenta el día en que toda la consor- teria de la novia le espera ataviada con los vestidos de boda en el Ponte Vecchio, el traidor es asesinado mientras se dirige, algún tiempo más tarde, a la catedral para casarse con otra. Insertándose en la lucha entre los dos candidatos al imperio, Otón de Brunswick y Federico de Hohenstaufen, que degenera pronto en una lucha entre el emperador y el papa, la riva¬ lidad de las dos familias florentinas se convierte en la querella de los güel- fos y gibelinos. Menos frecuente acaso, pero bastante notable es la actitud individual de ciertos miembros de las clases superiores que, por interés, por idealismo o, en el caso de los clérigos pobres, por una solidaridad más fuerte con los pobres que con el resto de los clérigos, se ponen al lado de los revoltosos de las categorías inferiores y, con frecuencia, les proporcionan los jefes ins¬ truidos de que carecen. Esos «traidores» a su clase se encuentran las más veces entre el clero y la burguesía, excepcionalmente tan sólo en la no¬ bleza. En 1327, los «diez mil» villanos y ciudadanos pobres que marchan contra los monjes de Bury St. Edmunds son conducidos por dos clérigos, que portan los estandartes de los rebeldes. Misteriosa ligura es la de Henri de Dinant, ese tribuno de Lieja de los años 1253-1255, ese patricio que lleva al populacho al asalto del patriciado. Fernand Vercauteren, siguiendo en eso a los cronistas del siglo xm, ve en él a un ambicioso, que se sirve del pueblo y de su descontento para tratar de convertirse en un nuevo Catilina. Sin embargo, no conocemos a esos agitadores populares sino a través de los relatos de sus enemigos. Jean d’Outremeuse nos dice de Henri de Dinant que «hacía levantar al pueblo contra su señor y contra los clérigos y se le creía con facilidad... Era un hombre de gran nacimiento, culto y malicio¬ so, pero fue tan falso, traidor y ambicioso que no valía nada por la envidia que tenía de cada uno». Desconfiemos de estos juicios que cuelgan a los revoltosos la etiqueta característica de envidiosos. Invidia, la envidia es, según los moralistas (clérigos), según los manuales de los confesores, el gran pecado de los campesinos, de los pobres. No obstante, el diagnóstico formu¬ lado por los intérpretes de los poderosos no cubre muchas veces más que la 4i3 34 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL revuelta de los oprimidos, la indignación de los justos. Todos los jefes pode¬ rosos en las grandes revueltas del siglo xiv, un Jacques y un Philippe van Artevelde, un Etienne Marcel, serán pintados como ((ambiciosos». * * # Aparte esos casos individuales, cabe preguntarse si dos potencias no han escapado —por definición— a la lucha de clases, manteniéndose fuera de ella y buscando la manera de apaciguarla: la Iglesia y la realeza. La Iglesia, de acuerdo con el ideal del cristianismo, estaba llamada a mantener igualada la balanza entre pobres y ricos, campesinos y señores, más aún, a contrabalancear la debilidad de los pobres mediante su apoyo y a hacer reinar la armonía social, a la cual, en el esquema tripartito de la sociedad, había dado su bendición. Cierto que, en el plano de la caridad, en la lucha contra el hambre, su acción no es de despreciar. Cierto también que su rivalidad con la clase militar la ha inclinado a veces a obrar en favor de los campesinos o de los ciudadanos contra el adversario común y que ha animado de manera espe¬ cial los movimientos de paz benéficos a todas las víctimas de la violencia feudal. Sin embargo, sus reiteradas declaraciones de arbitraje imparcial entre débiles y fuertes, disimulan mal el hecho de que, las más veces, ha escogido concretamente tomar el partido de los opresores. Inmersa en el siglo, integrada en un grupo social privilegiado, que ella misma había transformado en orden, es decir, en casta, por la gracia de Dios, se veía naturalmente inclinada a dejar sentir su peso del lado del cpie ella formaba parte de hecho. Cuando el obispo Warin de Beauvais somete al rey Roberto el Piadoso el pacto de paz que pretende hacer jurar a los señores, no debe ignorar que tal texto ha de aplicarse también a algún abad, a algún obispo. Dicho texto dice así: ((No arrebataré ni buey ni vaca ni ninguna otra bestia de carga; no me apoderaré ni del campesino, ni de la campesina, ni de los mercade¬ res; no tomaré en manera alguna sus dineros y no los obligaré a rescatarse. No quiero que pierdan su haber por causa de la guerra de su señor, y no los azotaré para quitarles lo que tengan. Desde las calendas de marzo hasta Todos los Santos, no me apoderaré ni de caballo, ni de jumento, ni de pollino en los pastos. No derribaré los molinos, no les quitaré la harina que encuentre en ellos, a menos que se hallen situados en mi tierra o que yo no esté en la hueste; no daré protección a ningún ladrón.» 414 LA SOCIEDAD CRISTIANA Y los monjes de Saint-Laud d’Angers han debido comprender que jus¬ tificar la desigualdad social suponía admitir la inevitable lucha de clases que resultaba de ella cuando declaran en el preámbulo de un acta: «Dios mismo ha querido que, entre los hombres, unos fuesen señores y los otros siervos, de tal manera que los señores estén obligados a venerar y amar a Dios, y los siervos estén obligados a amar y a venerar a su señor, siguiendo la palabra del Apóstol: Siervos, obedeced a vuestros señores temporales con temor y temblando. Señores, tratad a vuestros siervos según la justicia y la equidad; no los amenacéis en manera alguna, porque vosotros también tenéis vuestro Señor, que está en el cielo.» Es de señalar que ios campesinos se han mostrado sobre todo hostiles contra los señores eclesiásticos, probablemente porque la distancia entre el ideal que profesaban y su comportamiento debía excitar en un grado especial su cólera y, sin duda alguna, porque al estar mejor llevados los archivos y las cuentas monásticas, los señores eclesiásticos obtenían con ma¬ yor seguridad, gracias al derecho apoyado por sus actas y sus libros de censos, las exacciones que los señores laicos les arrancaban en la mayoría de las ocasiones por la violencia. Parece justo dar la razón a la autocrítica de ese dignatario eclesiástico anónimo —identificado a veces por error con San Bernardo— cpic escribió en el siglo xn: «No, no puedo decirlo sin derramar lágrimas, nosotros los jefes de la Iglesia somos más tímidos que los groseros discípulos en la época de la Iglesia naciente. Negamos y callamos la verdad por temor a los secu¬ lares; negamos a Jesucristo, ¡la Verdad misma! Cuando el raptor cae sobre el pobre, nos negamos a socorrer al pobre. Cuando un señor atormenta al pupilo o a la viuda, no vamos contra ello. El Cristo está en la cruz... ¡y guardamos silencio! » La posición y la actitud de la realeza no carece de analogía con la de la Iglesia. Por otro lado, las dos se han prestado con frecuencia un mutuo apoyo en una lucha común, cuya consigna se dirigía contra las tiranías indi¬ viduales, la defensa del interés general y la protección de los débiles contra los poderosos. La realeza aprovechó hasta el máximo todas las armas que la estructura social le proporcionaba: obligar a todos los señores a que le prestase home¬ naje ligio o feudal; negarse a prestar homenaje por las tierras que ella tenía en feudo, a fin de afirmar que estaba no solamente en lo alto, sino por enci¬ ma de toda jerarquía feudal; hacerse reconocer un derecho de protección —«reconocimiento» (protección señorial) o «patronato»— sobre numerosos establecimientos eclesiásticos; imponerse en el mayor número posible de 4i5 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL contratos de «paridad», que hacían de los reyes los copartícipes en señorías situadas fuera del dominio real y en regiones donde su influencia era débil; cristalizar en su provecho el ideal de fidelidad, que era la esencia de la moral y de la sensibilidad feudales. Al mismo tiempo, buscaba siempre sus¬ traerse al control de los señores. Haciendo hereditaria la corona, amplía el dominio real, impone en todas partes a sus oficiales (funcionarios), trata de sustituir las huestes, contribuciones y jurisdicciones feudales por un ejér¬ cito nacional, una fiscalidad de Estado y una justicia centralizada. Resulta muy significativo que los campesinos intentasen ponerse bajo la protección real, pese a que ésta se hallaba bastante más lejana que la de los señores del país. Las capas inferiores, especialmente los campesinos, centraron muy a menudo sus esperanzas en la persona del rey, de la cual creían poder reci¬ bir la liberación de la tiranía señorial. San Luis relata con emoción a Join- ville la actitud del pueblo con referencia a él en ocasión de una revuelta de los barones durante su minoría: ((Y el santo rey me contó que, estando en Montlhéry, ni él ni su madre se atrevían a regresar a París hasta que los habitantes de París viniesen a buscarlos en armas. Y me contó que, de Montlhéry hasta París, los caminos estaban llenos de gentes armadas y sin armas y que todos lo aclamaban, suplicando a Nuestro Señor que le diese buena y larga vida y lo defendiese y guardase de sus enemigos.» Ese mito real tendrá una larga vida. Sobrevivirá —hasta las explosiones finales, como las de 1642-1649 en Inglaterra, de 1792-1793 en Francia— a todas las expe¬ riencias en que la realeza demostró que, al enfrentarse a un peligro grave de subversión de la sociedad, se reunía a su campo natural, el de los seño¬ res feudales, con los que compartía intereses y prejuicios. Bajo Felipe Augusto, los campesinos de la aldea de Vernon se rebelaron contra su señor, el Capítulo de Notre-Dame de París, y se negaron a pagar sus tallas. Envia¬ ron entonces una delegación ante el rey, quien concedió la razón a los canó¬ nigos y lanzó a la cara de los delegados de los campesinos esta frase: « ¡ Que sea maldito el Capítulo si no os lanza a una prisión hedionda! » (in unam latrinam ). Ahora bien, el rey se encuentra a veces solo frente a las clases sociales. Lejos de dominarlas, se siente amenazado por cada una de ellas. Exterior a la sociedad feudal, teme verse aplastar por ella. Tal fue la pesadilla de Enrique I de Inglaterra, según la crónica de Juan de Worcester. Mientras el rey estaba en Normandía, en 1130, tuvo una triple visión. Vio primera¬ mente a una multitud de campesinos asediar su cama con sus instrumentos de trabajo, rechinando los dientes y molestándolo, haciéndole oír sus lamen¬ taciones. Después, una multitud de caballeros, revestidos con sus corazas, 416 LA SOCIEDAD CRISTIANA cubiertos con el yelmo, armados de lanzas, de dardos y de flechas le ame¬ nazaban con darle muerte. Por último, una asamblea de arzobispos, obis¬ pos, abades, decanos y priores sitian su lecho, con sus báculos levantados contra él. «He aquí —gime el cronista—- lo que asustaba a un rey revestido de púrpura, cuya palabra, según la expresión de Salomón, debe aterrorizar como el rugido del león.» Ese león es al que ridiculiza precisamente el Román de Renart y, con él, a toda la majestad monárquica. Los reyes siem¬ pre han sido algo extraños al mundo medieval. * * * Hubo también en el Occidente medieval otras comunidades, además de las que acabamos de evocar, comunidades en que se entremezclaban más o menos las clases sociales y que eran, en particular, muy favorecidas por la Iglesia, que veía en ellas un medio de diluir y debilitar la lucha de clases. Tales son las cofradías, cuyos orígenes nos son mal conocidos y cuyas relaciones con las corporaciones se mantienen en la oscuridad. En tanto que éstas tienen una significación esencialmente profesional, aquéllas debieron ser casi exclusivamente religiosas. No obstante, en el siglo xiv parece claro que las cofradías corresponden, si no a categorías profesionales —aunque las cofradías de barberos, farmacéuticos, cirujanos, por ejemplo, bautizadas en general con el nombre del Santo Sepulcro, se separan en cofradías superiores de médicos o de «cirujanos de ropa larga», puestos bajo la advo¬ cación de los Santos Cosme y Damián -, sí por lo menos a estamentos sociales. Tales son las categorías de las vírgenes y de las viudas, a las que la Igle¬ sia tiene en particular estima. Una obra espiritual muy en boga en los siglos xii y xiii. El espejo de las vírgenes (Speculum Virginum), compara los frutos de la virginidad, de la viudedad y del matrimonio. Una miniatu¬ ra aquí reproducida ilustra la comparación: las mujeres casadas no reco¬ gen más de treinta veces la simiente (cifra ya mítica para la Edad Media), mientras que las viudas la recogen sesenta veces y las vírgenes cien. Sin embargo, más que formar categorías intersociales, las vírgenes tienden a confundirse con las monjas, y las viudas, con el rebaño de los pobres, ya que, en ese tiempo, la falta de un hombre que ganase el pan hacía bascular hacia la miseria a la mayor parte de aquellas que no querían o no podían volverse a casar. 4i7 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Mucho más vivida ha debido de ser la división entre las diversas eda¬ des, no esas edades que los clérigos transponían en las categorías teóricas y literarias de las edades de la vida, sino aquellas que se integraban en tra¬ diciones concretas, características en las civilizaciones tradicionales, las socie¬ dades militares y las sociedades campesinas. Entre esas clases separadas por la edad, una representaba en particular una realidad estructurada y eficaz: la clase de los jóvenes, la misma que, en las sociedades primitivas, corres¬ ponde a los adolescentes, que han recibido conjuntamente la iniciación. -En efecto, puede considerarse que los jóvenes en la Edad Media sufrían un verdadero aprendizaje y una verdadera iniciación. Mas también, en este aspecto reaparecen las estructuras sociales, encuadrando esta estratifi¬ cación en otro orden. Los jóvenes son distintos entre los guerreros y entre los campesinos. El aprendizaje de los primeros es el de las armas, del com¬ bate feudal, que termina por la iniciación de la reparación por la cual se entra en la clase: la caballería. Para los campesinos, es el ciclo de las fiestas folklóricas de la primavera. Entre San Jorge (23 de abril) y San Juan (24 de junio), se revela a los jóvenes de la aldea los ritos destinados a asegurar la prosperidad económica de la comunidad, ritos con frecuencia constituidos por cabalgatas o ejecutados a caballo (se las encuentra en el ciclo icono¬ gráfico de los trabajos de los meses de abril o de mayo) y que acaban con la prueba del salto por encima de las hogueras de San Juan. La ciudad trae con frecuencia la ruptura de esas tradiciones y de las solidaridades que eran su base. Quedaron, no obstante, residuos de ellas: la iniciación de los jóve¬ nes escolares y estudiantes -—los bejaunes —, destinados a hacerles perder su carácter salvaje, campesino (¿existe una relación entre el «Jacques» que designa en Francia el campesino al final de la Edad Media y el nombre de Zak —Jak— dado en Polonia al conscrito universitario?), o la de los jóvenes aprendices en el curso del período anterior a su calificación como maestros en el oficio y, más particularmente, de la Gran Vuelta que debían realizar, o la que los jóvenes pasantes recibían en las curias, etc. Parece que, en contraposición, la clase de los viejos —los ((ancianos» de las sociedades tradicionales— no ha desempeñado un papel importante en la Cristiandad medieval, sociedad de gentes que mueren jóvenes, de guerreros y de campesinos que valen únicamente en la época de su plena fortaleza física, de clérigos dirigidos por obispos y por papas que, abstrac¬ ción hecha del escándalo de los papas adolescentes en el siglo x —Juan XI subió al trono de San Pedro, en el 931, a los veintiún años, Juan XII, en el 954, a los dieciséis—, son las más veces elegidos jóvenes (Inocencio III tiene aproximadamente treinta y cinco años en 1198). La sociedad medie- 418 LA SOCIEDAD CRISTIANA val ha ignorado la gerontocracia. Todo lo más, su sensibilidad se ha podido emocionar ante los imponentes ancianos de barba blanca, como los que se ven en los pórticos de las iglesias, ante los ancianos del Apocalipsis y los profetas, ante los que presenta la literatura, a imitación de Carlomag- no, el viejo emperador «de la barba blanca», o ante los ermitaños, tal como se imaginan y representan, patriarcas medievales de longevidad impresio¬ nante. # # # Ha de pensarse también en la importancia de las relaciones que se anudan en ciertos centros de la vida social y que se unen mediante lazos más o menos estrechos, con la estructura de las clases sociales y la diversidad de los géneros de vida. El primero de esos centros está animado por el clero: es la iglesia, centro de la vida parroquial. El templo no es tan sólo durante la Edad Media un hogar de vida espiritual común —muy importante por otro lado, dado que en él se forman, en torno a los temas de propaganda de la Igle¬ sia, mentalidades y sensibilidades—, sino asimismo un lugar de asamblea. Se celebran en él reuniones, sus campanas llaman a las gentes en caso de peligro, de incendio especialmente. Se sostienen en él conversaciones, jue¬ gos, comercios. Por largo tiempo, a despecho de los esfuerzos del clero y de los concilios para reducirlo a su papel de casa de Dios, supone un centro social con múltiples funciones, comparable a la mezquita musulmana. Al igual que la sociedad parroquial conslituyc el microcosmos organi¬ zado por la Iglesia, la sociedad castrense integra la célula social formada por los señores en sus castillos. En ella se agrupan jóvenes hijos de los vasallos, enviados allí para servir al señor y llevar a cabo su aprendizaje militar —ocasionalmente servirán también de rehenes—, los domésticos señoria¬ les y toda la turba de las gentes destinados a satisfacer las necesidades de diversión y de prestigio de los feudales. Posición ambigua la que ocupan esos troveros, trovadores* y ministriles, obligados a cantar las alabanzas y los valores esenciales de sus amos, estrechamente dependientes de los sala¬ rios y favores que de ellos reciben, con frecuencia desosos, lográndolo algu¬ na vez, de convertirse a su vez. en señores —tal es el caso del Minnesanger que llega a caballero y recibe el derecho a usar escudo de armas (el famoso manuscrito de Heidelbcrg, cuyas miniaturas representan a los Minnesanger y sus blasones, testifica esta promoción mediante el noble arte de la poesía lírica)—, pero también con frecuencia ulcerados por su posición de artistas dependientes de los caprichos de un guerrero, intelectuales animados de 4*9 I.A CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL ideales en oposición a los de la casta feudal, dispuestos siempre a conver¬ tirse en acusadores de sus amos. Las producciones literarias y artísticas del medio castrense son muy a menudo un testimonio más o menos oculto de oposición a la sociedad feudal. Los medios populares cuentan con otros lugares de reunión. En el cam¬ po, el molino, al que el campesino debe llevar su grano, hacer cola hasta que llega su turno y esperar después su harina, es un buen centro de reunión. Puede imaginarse sin esfuerzo cómo se comentan en él las inno¬ vaciones rurales y cómo se difunden a partir de él. Del mismo modo, las revueltas campesinas han debido de incubarse allí. Dos hechos nos demues¬ tran la importancia del molino como hogar de reunión de los campesinos. En primer lugar, los estatutos de las órdenes religiosas del siglo xn prevén que los monjes vayan a ellos para pedir limosna. En segundo, las prostitu¬ tas pululan a su alrededor, hasta el punto de que San Bernardo, dispuesto a hacer pasar la moral por encima del interés económico, incita a sus mon¬ jes a destruir aquellos focos del vicio. En la ciudad, los burgueses tienen sus mercados, sus salas de reunión. Así el lugar donde se reúne la corporación de los Marchands de l’eau (que tiene como añliados a los comerciantes parisienses más importantes) y al que con tanta razón se ha llamado el Parloir aux Bourgeois, ((Locutorio de los burgueses)). Sin embargo, tanto en la ciudad como en la aldea, el gran centro social es la taberna. Puesto que se trata, en general, de una taberna ((banal)), es decir, perteneciente al señor, y puesto que el vino o la cerveza que se beben en ella son, las más vecs, proporcionados o tasados por él, el señor favorece su frecuentación. El cura, por el contrario, lanza vituperios contra ese centro de vicio, en el que se da libre curso a los juegos de azar y a la borrachera y que hace la competencia a las reuniones parroquiales, a los sermones, a los oficios religiosos. Recuérdese la taberna cuyo bullicio cubría la voz del dominico, cuyo sermón escuchaba San Luis. Y no solamente la taberna reúne a los hombres de la aldea o del barrio —ese otro cuadro de solidaridades urbanas que tomará tan gran importancia al final de la Edad Media, lo mismo que la calle, donde se agrupan los hombres de una misma procedencia geográfica o de un mismo oficio—, sino que desempeña, ade¬ más, con frecuencia, en la persona del tabernero, el papel de banco de préstamo y acoge a los extranjeros, dado que, las más veces, es al mismo tiempo un albergue. Tal es la razón de que sea un nudo esencial en la red de relaciones. Desde ella se difunden las noticias portadoras de realidades lejanas, de leyendas, de mitos. Las conversaciones sostenidas en ella forjan 420 LA SOCIEDAD CRISTIANA las mentalidades. Y como la bebida calienta los espíritus, la taberna con¬ tribuye poderosamente a dar a la sociedad medieval ese tono apasionado, esas embriagueces que hacen fermentar y estallar la violencia interior. * * * Se ha sostenido en ocasiones que ha sido la fe religiosa la que ha pro¬ porcionado a ciertas revueltas sociales el cemento y el ideal de que tenían necesidad sus reivindicaciones materiales. De ser así, la forma suprema de los movimientos revolucionarios habría sido la herejía. Está fuera de duda, en efecto, que las herejías medievales han sido logradas en la mayor parte de sus adeptos, más o menos conscientes, entre las categorías sociales des¬ contentas de su suerte. Incluso en el caso de una participación activa de la nobleza al lado de los heréticos, como ocurrió en el Mediodía durante la primera fase de la cruzada contra los albigenses, se ha podido subrayar la importancia de sus quejas con referencia a la Iglesia, la cual, al aumentar los impedimentos por consanguinidad para el matrimonio, favorecía la frag¬ mentación de los dominios de la aristocracia laica, que así caían más fácil¬ mente en sus manos. Más cierto es aún que muchos de los movimientos heréticos, que condenan a la sociedad terrestre y especialmente a la Iglesia, contenían un fermento revolucionario muy poderoso. Así ocurre en el cata- rismo, en la ideología más difusa del joaquimismo, en los diversos milena- rismos, cuyos aspectos subversivos han sido ya subrayados. Sin embargo, las herejías han reunido coaliciones sociales heterogéneas, en el interior de las cuales las divergencias de clase han debilitado la cíicacia del movimiento. En el catarismo —bajo su forma albigensc por lo menos— podría distin¬ guirse entre una fase nobiliaria en la cine la aristocracia es la dirigente, una fase burguesa, en la que mercaderes, notarios y notables de las ciudades dominan el movimiento, abandonado por la nobleza después de la cruzada y del Tratado de París. Y, a finales del siglo xm, una fase formada por sus secuelas de aspecto más francamente democrático, en la que los artesanos de las villas, montañeses y pastores pirenaicos continúan casi solos la lucha. Además, las consignas propiamente religiosas de las herejías hacen des¬ vanecerse, por último, el contenido social de tales movimientos. Su progra¬ ma revolucionario degenera en anarquismo milenario, que descarta toda esperanza en soluciones terrestres. El nihilismo, que se dirige de modo espe¬ cial contra el trabajo, condenado con la mayor dureza por numerosos heré¬ ticos —los perfectos cátaros no deben trabajar—, paraliza la eficacia social de las revueltas acogidas bajo el signo de la religión. Las herejías # han sido las formas más agudas de la enajenación ideológica. 421 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL # * * Pero esas herejías resultaban peligrosas para la Iglesia y para el orden feudal. Los heréticos fueron, pues, perseguidos y rechazados hacia los espa¬ cios de exclusión de la sociedad, que, en el curso de los siglos xii y xm, gra¬ cias al impulso de la Iglesia, se fueron delimitando cada vez más. Bajo la influencia de los canonistas, en el momento en que se implanta la Inqui¬ sición, la herejía es definida como un crimen de «lesa majestad», un atenta¬ do contra el «bien público de la Iglesia», contra el «buen orden de la sociedad cristiana». Así lo hace en su Summa (hacia 1188) Huguccio, el más importante decretista en ese instante decisivo. Al mismo tiempo que los heréticos, son también puestos en el índice, acosados, acorralados, los judíos (el IV Concilio de Letrán, en 1215, les impone la obligación de llevar una insignia distintiva: la rueda) y los leprosos (las leproserías se multiplican después del III Concilio de Letrán, en 1179). No obstante, este tiempo es asimismo aquel en que ciertas categorías de parias son al fin admitidas en la sociedad cristiana. La Alta Edad Media había multiplicado los oficios sospechosos. La barbarización había permi¬ tido resucitar los tabúes atávicos: tabú de la sangre, que se dirige contra los carniceros, los verdugos, los cirujanos e incluso los soldados; tabú de la impureza, de la suciedad, que alcanza a los bataneros, los tintoreros, los coci¬ neros, las lavanderas (Jean de Garlande, a comienzos del siglo xm, evoca la aversión de las mujeres hacia los obreros textiles de «uñas azules» que desempeñaron, junto con los carniceros, un papel de primer plano en las revueltas del siglo xiv); tabú del dinero, que, como hemos visto, se explica por la actitud de una sociedad en la que predomina la economía natural. A tales tabúes, los invasores germánicos añaden el desprecio del guerrero por los trabajadores y el cristianismo su desconfianza frente a las actividades seculares, prohibidas en todo caso a los clérigos y, por ello, cargadas de un peso de oprobio que recae sobre los laicos que las ejercen. Sin embargo, bajo la presión de la evolución económica y social, que trae consigo la división del trabajo, la promoción de los oficios, la justifica¬ ción de Marta frente a María, de la vida activa que, en los pórticos de las catedrales góticas, hace honorablemente pareja con la vida contemplativa, el número de las ocupaciones ilícitas o despreciadas se reduce casi a la nada. El franciscano Berthold de Regensburg, en el siglo xm, incluye todos los ((estados del mundo» en la «familia de Cristo», con la sola excepción de los judíos, juglares y vagabundos, que forman la «familia del Diablo». 422 LA SOCIEDAD CRISTIANA Pero esta Cristiandad, que se ha integrado ya a la sociedad nueva naci¬ da del progreso de los siglos xi-xii, que ha llegado a su «frontera», se mues¬ tra todavía, por esa misma causa, más implacable frente a los que no quie¬ ren doblegarse al orden establecido o a los que no quiere admitir en él. Su actitud sigue siendo, por lo demás, ambigua, frente a esos parias. Parece detestarlos y a la vez los admira, los teme con una mezcla de atrac¬ ción y de terror. Los mantiene a distancia, pero fija esa distancia de manera que quede lo bastante próxima como para tenerlos a su alcance. Lo que ella denomina su caridad con respecto a ellos se asemeja bastante a la actitud del gato jugando con los ratones. Así las leproserías, que deben hallarse situadas a «una pedrada de la ciudad» a fin de que «la caridad fraternal» pueda ejercerse con los leprosos. La sociedad medieval tiene necesidad de esos parias. Los separa de sí porque son peligrosos, pero los conserva visi¬ bles, porque a través de los cuidados que les presta, pueda forjarse una bue¬ na conciencia y más aún, proyectar y fijar en ellos, mágicamente, todos los males que aleja de sí. Los leprosos, por ejemplo, están a la vez en el mundo y fuera del mundo, como aquellos a los que el rey Marc entrega a Isolda culpable en la terrible narración de Bérul, ante la cual ha retrocedido el tierno y cortés Thomas: «Ahora bien, cien leprosos, deformados, con la carne roída y blanque¬ cina, llegados sobre sus muletas al castañeteo de las carracas, se amontona¬ ban ante la pira y, bajo sus párpados hinchados, sus ojos ensangrentados gozaban del espectáculo. »Yvain, el más repugnante de los enfermos, llamó al rey con una voz aguda: “Señor, quieres tirar tu mujer en ese brasero. Ésa es buena justicia, pero demasiado rápida. Ese gran fuego pronto la habrá quemado, ese gran viento habrá dispersado su ceniza. Y como esta llama cederá bien pronto, su pena habrá terminado. ¿Quieres que te muestre un castigo peor, de manera que viva, pero con gran deshonor, y siempre deseando la muerte? Di, rey, ¿lo quieres?” »E 1 rey contestó: »—Sí, la vida para ella, pero con gran deshonor y peor que la muerte. Al que me muestre un tal suplicio, yo lo querré mejor. »—Señor, te diré, pues, brevemente mi pensamiento. Ved, tengo aquí a cien compañeros. Danos a Isolda y que nos sea común. El mal activa nues¬ tros deseos. Dala a los leprosos. Jamás señora habrá tenido peor fin. Mira, nuestros harapos están pegados a nuestras llagas que rezuman. Ella que, cerca de ti, se complacía en las ricas telas forradas de cibelina, en las joyas, en las salas adornadas de mármol, que gozaba de los buenos vinos, del honor. 423 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL de la alegría, verá la corte de sus leprosos, cuando deba entrar en nuestras barracas hediondas y acostarse con nosotros. Entonces, Isolda la Bella, la Rubia, reconocerá su pecado y echará de menos ese hermoso fuego de espinos. »E1 rey lo oye, se levanta y por largo tiempo queda inmóvil. Al fin corre hacia la reina y la toma por la mano. Ella grita: “ ¡Por piedad, señor, que¬ madme antes, quemadme!” »E1 rey la levanta, Yvain la toma y cien enfermos se aprietan en torno de ella. Al oírlos gritar y chillar, todos los corazones se derriten de piedad; pero Yvain está gozoso. Isolda se va, Yvain la lleva. Fuera de la ciudad, des¬ ciende el asqueroso cortejo...» Arrastrada por su nuevo ideal de trabajo, la Cristiandad expulsa inclu¬ so a los ociosos, ya sean voluntarios o imposibilitados para el trabajo. Lanza sobre los caminos a esa turbamulta de lisiados, de parados, que van a mez¬ clarse con el gran rebaño de los vagabundos. Frente a todos esos desgracia¬ dos, a los que identifica con Cristo, actúa como frente al Cristo fascinante y aterrador. Resulta sintomático que cuando alguno desea verdaderamente vivir como Cristo, así Francisco de Asís, no solamente se mezcla con los parias, sino que no quiere ser más que uno de ellos. Un pobre, un extran¬ jero, un juglar —el «juglar de Dios» como se llama a sí mismo—, de este modo se presenta. ¿Cómo no iba a representar un escándalo? El piadoso San Luis, una vez hechas sus devociones, dejando a sus pobres y a sus leprosos, legisla fríamente en sus Etablissements: «Si algunos no tienen nada y están en la ciudad sin ganar (es decir, sin trabajar) y fre¬ cuentan las tabernas, que la justicia los detenga y les pregunte de qué viven. Y que los arroje fuera de la ciudad.» Atracción y miedo, lo mismo que hacia el herrero, el artista a la vez admirado y maldito, al que Sigurd da muerte después de haber recibido de él su espada. Con los judíos, los cristianos mantienen todo a lo largo de la Edad Media un diálogo que entrecortan con persecuciones y matanzas. El judío usurero, es decir, el prestamista irreemplazable, se les hace odioso, pero les es, al mismo tiempo, necesario y útil. Judíos y cristianos disputan sobre todo en torno a la Biblia. Las conferencias públicas y las reuniones priva¬ das son incesantes entre clérigos y rabinos. A fines del siglo xi, Gilberto Crispin, abad de Westminster, relata en una obra que tuvo gran éxito su controversia teológica con un judío procedente de Maguncia. A mediados del siglo xii, André de Saint-Victor, preocupado por renovar la exégesis bíblica, consulta a los rabinos. San Luis relata a Joinville una discusión 424 LA SOCIEDAD CRISTIANA entre clérigos y judíos que ha presenciado en el monasterio de Cluny, si bien desaprueba esas reuniones. «El rey añadió: “Tampoco nadie, si no es un buen clérigo, debe disputar con ellos. En cuanto a los laicos, cuando oyen hablar mal de la ley cristiana, no deben defenderla de otra manera sino clavándoles su espada en el vientre tanto como pueda entrar.”» Ciertos príncipes, abades, papas y, particularmente, ciertos emperado¬ res alemanes protegen a los judíos. No obstante, después del siglo xi, el antisemitismo se desencadena en Occidente. Se ha tratado de explicar este movimiento a través de las Cruzadas, y no es imposible que el espíritu de cruzada haya dado a este antisemitismo una pasión afectiva suplementaria. De todas maneras, si se cree a Raúl Glaber, las frecuentes matanzas de judíos parecen producirse en torno al año 1000, aunque es verdad que se redoblan con la I Cruzada. Así, en Worms y en Maguncia: ((El enemigo del género humano no tardó —relatan los Anales sajones — en sembrar cizaña al lado del grano, en suscitar seudoprofetas, en mezclar falsos her¬ manos y mujeres desvergonzadas con el ejército de Cristo. Mediante su hipocresía, mediante sus mentiras, mediante sus corrupciones impías tur¬ baron el ejército del Señor... Creyeron bueno vengar al Cristo en los paga¬ nos y los judíos. Por ello mataron a novecientos judíos en la ciudad de Maguncia, sin perdonar a las mujeres y a los niños... Inspiraba piedad ver los grandes y numerosos montones de cadáveres que salían de la ciudad de Maguncia sobre carretas...» Con la II Cruzada, en 1146, surge la primera acusación de muerte ritual, es decir, del asesinato de un niño cristiano, cuya sangre había de ser incorporada al pan ácimo, y de profanación de la Hostia, crimen todavía mayor a los ojos de la Iglesia que el primero, ya que se consideraba como un deicidio. Las falsas acusaciones no cesaron de venir desde entonces para proporcionar a los cristianos los supuestos motivos de persecución en tiem¬ pos de descontento o de calamidad. En algunos lugares, en ocasión de la Gran Peste de 1348, los judíos, acusados de haber envenenado los pozos, fueron degollados. Sin embargo, la gran causa de la segregación de los judíos estriba en la evolución económica y la doble formación del mundo feudal y del mundo urbano. Los judíos no pueden ser admitidos en los sistemas sociales —vasallaje y comunidades— que resultan de esta evolu¬ ción. No se puede prestar homenaje a un judío, ni cambiar un juramento con un judío. Los judíos se ven excluidos poco a poco de la. posesión e inclu¬ so de la concesión de la tierra, lo mismo que de los oficios, comprendido el comercio. No les restan más que las formas marginales o ilícitas del comer¬ cio y de la usura. 425 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL No obstante, habrá que esperar al Concilio de Trento y a la Contrarre¬ forma para que la Iglesia instituya y preconice los ((ghettos», las juderías. Es en el tiempo de la gran recesión del siglo xvii y del absolutismo monár¬ quico cuando se instaurará el «gran encierro», cuya historia ha establecido Michel Foucault en lo que concierne a los locos. Locos # que la Edad Me¬ dia ha tratado también de una manera ambigua. A veces, se les considera casi como inspirados y el bufón del señor, que será el loco del rey, pasa a ser también su consejero. En la sociedad campesina, el tonto del lugar sig¬ nifica un fetiche para la comunidad. En el Jeu de la Feuillée, el dervés, el joven campesino loco es quien saca la moraleja de la historia. Se observa incluso que se realiza un cierto esfuerzo para distinguir diversas categorías de locos: los ((furiosos)) y los «frenéticos», que son enfermos a los que se puede pensar en curar o, más bien, en encerrarlos dentro de hospitales especiales (uno de los primeros es el hospital de Bethléem, o Bedlam, en Londres, construido a finales del siglo xm); los «melancólicos» cuya extra¬ vagancia puede ser también física, ligada a malos humores, pero que tienen más necesidad del cura que del médico; y, por último, la gran masa de los «posesos», a los que sólo el exorcismo puede librar de su huésped temible. Muchos de esos posesos son fácilmente confundidos con los hechiceros. Ahora bien, nuestra Edad Media no es la gran época de la brujería, que se retrasará hasta el período de los siglos xiv-xviii. Entre los heréticos y los posesos, los brujos encuentran difícilmente un lugar. Son los herederos, cada vez menos numerosos, se dirá, de los brujos paganos, de los adivina¬ dores de la suerte campesinos, a los que los penitenciales de la Alta Edad Media persiguen en el cuadro de la evangelización rural. Es en estos peni¬ tenciales, por otra parte, donde se inspiran Réginon de Prüm para su canon (hacia el 900) y Burchard de Worms para su decreto (hacia 1010). Se ven en ellos lechuzas o lamias, monstruos fabulosos, especie de vampiros, y los lobos-duendes (que en alemán son denominados Werenwulf, dice Burchard, lo cual viene a subrayar el carácter popular de tales creencias y de los per¬ sonajes unidos a ellas). Mundo de la campiña salvaje, sobre el que la Igle¬ sia no posee más que una influencia limitada y en sus incursiones por el mal se mantiene prudente. ¿No acepta acaso que un duende haya venido a velar sobre la cabeza del rey anglosajón San Edmundo, decapitado por los vikingos? Sin embargq, a partir del siglo xiii, la razón de Estado, apoyándose sobre el renacimiento del Derecho romano, se lanza a la cacería de los bru¬ jos. Nada tiene de extraordinario ver a los soberanos más «estatistas» entre¬ garse a ella particularmente. 426 LA SOCIEDAD CRISTIANA Los papas, que ven en los hechiceros o brujos, lo mismo que en los heréticos, fautores de «lesa majestad», turbadores del orden cristiano, figu¬ ran entre los primeros perseguidores. Ya en el año 1370, un manual para los inquisidores, la Summa de officio Inquisitionis, consagra un capítulo especial a los «augures e idóla¬ tras», culpables de organizar el «culto a los demonios». Habrá algunos, no obstante, que intentarán establecer las distinciones necesarias. El jurista Oldranus da Ponte de Lodi se pregunta si adivinar la suerte o administrar filtros de amor son en verdad actos heréticos. Responderá que se trata más bien de supersticiones que de herejía. Cualquiera que sea el diagnóstico de la Iglesia, los brujos y brujas que no abjuren serán, desde este momen¬ to, acechados por la hoguera. Federico II, siguiendo a Azón de Bolonia, que, en su Summa super Codicem (hacia 1220), declara a los malefici reos de la pena capital, per¬ sigue a los hechiceros. El dogo Jacopo Tiepolo, por su parte, dicta contra ellos un estatuto en 1232. Pero el más encarnizado en conseguir su pérdida, el más constante en invocar la hechicería contra sus enemigos, fue Felipe el Hermoso, cuyo reinado presenció un cierto número de procesos, en los que la razón moder¬ na de Estado apareció bajo sus formas más monstruosas: extracción de con¬ fesiones por cualquier medio y, sobre todo, el método de la amalgama, por el cual se acusaba a los inculpados, en desordenada confusión, de todos los crímenes conocidos: rebelión contra el príncipe, impiedad, hechicería, malas costumbres y, más particularmente, sodomía. Por otra parte, la historia de la sodomía medieval está todavía por hacer, tanto en lo que respecta a la práctica como a la teoría. Durante los siglos xi-xii, hay poetas que cantan a la antigua el elogio amoroso de los mancebos y los textos monásticos dejan entrever de vez en cuando que el medio masculino clerical no ha debido ser enteramente insensible al amor socrático. Pero con mayor frecuencia, con el horror heredado de los tabúes sexuales judíos, en completa oposición con la ética grecorromana, se ve a la sodomía denunciada sin cesar como el más abominable de todos los crí¬ menes y, a través de un aristotelismo, curiosamente sacado a luz, el pecado «contra naturaleza;) es colocado en la cumbre de la jerarquía de los vicios. No obstante, al igual que ocurre con los bastardos, despreciados cuando son de baja extracción, y tratados como los hijos legítimos en las familias prin¬ cipescas, los homosexuales de alto rango (como los reyes de Inglaterra Gui¬ llermo el Rojo y Eduardo II), no se verán inquietados en manera alguna. Parece que, más que la severidad del Derecho canónico, que consideraba a 427 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL la sodomía como un crimen capital, es la ausencia en las estructuras fami¬ liares de condiciones favorables para la formación del complejo de Edipo la que explica la débil difusión de la homosexualidad. Acaso se trate sola¬ mente de una impresión debida a la censura ejercida por la Iglesia sobre las alusiones a tales comportamientos. En todo caso, la sodomía fue uno de los principales crímenes atribui¬ dos a los Templarios, víctimas del más famoso proceso montado por Felipe el Hermoso y sus consejeros. La lectura de las actas del proceso de los Tem¬ plarios pone bien de manifiesto que el rey de Francia y su círculo habían establecido, a comienzos del siglo xiv, un sistema de represión judicial que no tiene nada que envidiar a los más célebres procesos de nuestra época. Procesos semejantes fueron montados especialmente contra el obispo de Troyes, Guichard, acusado de haber tratado de dar muerte a la reina y a otras personas de la corte de Felipe el Hermoso mediante maleficios sobre una estatuilla de cera, llevados a cabo con la ayuda de un hechicero, y contra el papa Bonifacio VIII, sospechoso de haberse desembarazado más discretamente de su desdichado predecesor Celestino V. El encierro de los leprosos se produjo también en esta época. Sin em¬ bargo, las circunstancias de la lepra, por razones sin duda biológicas, no son iguales a las de la hechicería. Sin desaparecer por completo, la lepra retrocede de manera considerable en Occidente a partir del siglo xiv. Se encuentra en su apogeo, en cambio, durante los siglos xii-xm. Las leprose¬ rías se multiplican entonces (la toponimia ha conservado su recuerdo: por ejemplo, en Francia, las maladreries, los arrabales bautizados con el nom¬ bre de La Madeleine, los villorios y aldeas que recuerdan el término de mésel, sinónimo de leproso, etc.). En su testamento, Luis VIII lega, en el año 1237, cien sueldos a cada una de las dos mi leproserías del reino de Francia. El III Concilio laterano (en 1179), en el que se autoriza la cons¬ trucción de capillas y de cementerios en el interior de las leproserías, con¬ tribuirá a hacer de ellas mundos cerrados, de los cuales no pueden salir los leprosos más que haciendo el vacío ante ellos por medio del ruido de una carraca que deben agitar sin tregua, al igual que los judíos, al enarbo¬ lar su rueda, hacen apartar a los buenos cristianos. No obstante, el ritual de la «separación» de los leprosos, que se generalizará durante los siglos xvii y xviii, y que se efectúa en el curso de una ceremonia en la que el obispo, por medio de gestos simbólicos, separa al leproso de la sociedad y hace de él un muerto en el mundo (a veces incluso debe bajar a una tumba), es todavía raro en la Edad Media. No alcanza tampoco al punto de vista jurí- 428 Ul VIH. HACIA LA PINTURA DEL RENACI¬ MIENTO: EL CRUCIFIJO DE C.IMABUE. La importancia y el genio de Cirnabue fueron ya reconocidos en plena Edad Media. Dante le llama el pintor más célebre antes de Giotto. Y Filippo Vil- lani, a finales del siglo XIV, declara que con él la pintura ha iniciado su retorno a la naturaleza. Este crucifijo, pintado a finales del siglo XIII (Cima- bue murió en 1302) para la iglesia franciscana de Florencia, Santa Croce, revela el desvío del modelo bizantino hacia un arte más natural, el del Re¬ nacimiento. La Toscana está sirviendo ya de cuna al movimiento, y el espíritu franciscano, sin crear la nueva sensibi¬ lidad, la acoge de buen grado y per¬ mite su desarrollo. Cirnabue trabajó en los dos grandes talleres italianos de la segunda mitad del siglo XIII: el Baptisterio de Florencia (“il bel Gio- vanni” del Dante) y la basílica de San Francesco d’Assise. (Florencia, iglesia de Santa Croce.) LA SOCIEDAD CRISTIANA dico, ya que el leproso conserva los derechos de un ser sano, excepción hecha de la Normandía y de la región de Beauvais. A pesar de ello, un número considerable de prohibiciones pesan so¬ bre los leprosos y ellos constituyen también el chivo expiatorio de todas las iniquidades en tiempos de calamidades. Después de la gran hambre de 1315-1318, los judíos y los leprosos fueron perseguidos en toda Francia y declarados sospechosos de haber envenenado pozos y fuentes. Felipe V, digno hijo de Felipe el Hermoso, hizo instruir proceso contra los leprosos de Francia y, luego de arrancar sus confesiones por medio de la tortura, muchos de ellos fueron condenados a la hoguera. De la misma manera que los bastardos y los pederastas nobles, los leprosos ilustres no son inquietados. Pueden continuar cumpliendo sus fun¬ ciones y vivir entre las gentes sanas. Así Balduino IV, rey de Jerusalén; Raúl, conde de Vermandois, y Ricardo II, ese terrible abad de Saint-Albans que hizo pavimentar su locutorio con las piedras de molino arrebatadas a los campesinos. También los enfermos y, sobre todo, los lisiados, forman parte de los excluidos. En ese mundo en el que la enfermedad y la deformidad son con¬ sideradas como signos exteriores del pecado, los que se ven atacados por ellas son malditos de Dios y, por lo tanto, de los hombres. La Iglesia los acoge provisionalmente (el tiempo de permanencia en los hospitales es, por regla general, muy limitado) y nutre esporádicamente (los días de fies¬ ta) a algunos de ellos. Los otros tienen por único recurso la mendicidad y el vagabundeo. Pobre, enfermo y vagabundo son casi sinónimos en la Edad Media. Los hospitales se hallan con frecuencia situados cerca de los puentes y de los pasos de las montañas, esos lugares de tránsito obligado de los erran¬ tes. Guy de Chauliac, al narrar la actitud de los cristianos en ocasión de la peste negra de 1348, dice que en ciertos lugares se acusaba del azote a los judíos, que eran degollados; en otros, a los pobres y lisiados (pauperes et truncati), que eran expulsados. La Iglesia se negaba a ordenar presbíteros a los enfermos. Todavía en 1346, por ejemplo, Juan de Hubant, fundador en París del Colegio del Ave María, excluye de las becas a los adolescentes que tengan «una deformidad corporal». El excluido por excelencia de la sociedad medieval es el extranjero. Sociedad primitiva, sociedad cerrada, la Cristiandad medieval rechaza a ese intruso que no pertenece a las comunidades conocidas, a ese portador de lo desconocido y de la inquietud. San Luis se preocupa de ellos en sus Etablissements, en el capítulo ((del hombre extranjero», y lo define como el «hombre desconocido en la tierra». «Histriones, juglares y extranjeros» 4^9 35 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL son puestos en un mismo plano en un estatuto de Goslar, de 1219. El extran¬ jero es aquel que no es un hombre fiel, un hombre sujeto, aquel que no ha jurado obediencia a ninguno, el que no ha sido reconocido dentro de la sociedad feudal. Por eso la Cristiandad medieval fijaba algunos de sus abscesos. Ciuda¬ des y campiñas, en las cercanías de los castillos, lejos de ocultar, exhibían sus centros y sus instrumentos de represión: la horca sobre la gran rueda a la salida de las ciudades o al pie del castillo, la picota en el mercado, en el patio o delante de la iglesia y, sobre todo, la prisión, cuya posesión era el signo del poder judicial supremo, de la alta justicia, del rango social más elevado. Nada de extraordinario tiene el que la iconografía medieval, en las ilustraciones de la Biblia, en las historias de mártires y de santos, haya representado con predilección los prisiones. Había en ellas una realidad, una amenaza, una pesadilla siempre presente en el mundo medieval. A aquellos a los que no podía atar o encerrar, la sociedad medieval los abandonaba e;n los caminos. Mezclados con los peregrinos y los merca¬ deres, lisiados y vagabundos erraban, aislados, en grupos, en hileras. Los más válidos o los más furiosos iban a engrosar las tropas de bandidos embos¬ cados en las selvas. La historia del joven campesino alemán del siglo xm, Helmbrecht, que quiso escapar a su condición, es un resumen edificante de historia social. Veámoslo, en primer término, imitando el aspecto de los jóvenes seño¬ res: «He visto, os lo afirmo con toda certeza, al hijo de un campesino cuya cabellera era rubia y rizada y le flotaba sobre los hombros en toda su lon¬ gitud; la protegía bajo un bonete artísticamente bordado. Dudo que nadie haya visto jamás en un gorro representados tantos pájaros: papagayos y palomas, todos estaban imitados.» Más tarde, declara a su padre: «Quiero saber qué gusto tiene la vida en la corte. Nunca más los sacos pesarán sobre mis hombros, no quiero car¬ gar más el estiércol en tu carro. Dios me maldiga si unzo todavía los bueyes al yugo y siembro aún tu avena. Esto no convendría ciertamente a mis lar¬ gos cabellos rubios y rizados, a mi vestido tan ajustado, ni a mi hermoso gorro y a las palomas de seda que en él bordaron damas. ¡No! ¡No te ayu¬ daré jamás en el cultivo! » En vano el padre le recuerda la moral de la sociedad medieval: «Es raro que triunfe el que se rebela contra su sangre. ¡Y tu rango es el de la carreta! » Él quiere vivir como un señor. Y la vida del señor es la embria¬ guez de la velocidad de los caballos (los automóviles de la Edad Media) y la opresión de los campesinos. «Quiero oír el mugido de los bueyes robados 430 LA SOCIEDAD CRISTIANA cuando los empuje a campo traviesa. No me quedaría aquí tan largo tiem¬ po si poseyese el más pequeño caballejo. ¡No poder correr con los otros como el viento por la llanura, arrastrando por los cabellos a los villanos en los setos! ¡Oh, cuánto me aflige esto! » Los meses pasan y el hijo pródigo regresa para deslumbrar a los suyos. Pero se ha convertido en un truhán, no en un señor. «En otro tiempo, cuando yo era un muchacho —le dice su padre—, tu abuelo me mandó a la corte con queso y huevos, como suelen hacer los campesinos. Vi a los caballeros y observé sus costumbres.» Y el viejo campesino evoca la visión del joven rústico deslumbrado, que, en un rincón del patio del castillo, ve divertirse a la sociedad castrense: torneos, danzas, violinistas, juglares. Sin embargo, sabe que la vida señorial no es para él ni tampoco para su hijo. El joven bandido parte de nuevo, corrompiendo a su hermana, a la que casa, sin ir al altar, a la manera campesina, con uno de sus compañeros de rapiña. Se llama desde entonces «Traga-País» y su cuñado recibe el apodo de «Masca-Cordero». «Traga-Carnero», «Saco-de-Infierno», «Fuerza- Cofre», «Come-Vaca» y «Roba-Iglesia» componen el resto de la banda. Y helos aquí torturando y robando a los campesinos: «A uno saco los ojos, cuelgo a otro encima de una hoguera, ato a este sobre un hormigue¬ ro, arranco a esotro la barba con unas tenazas, desuello a uno, coloco en la rueda a otro, o lo suspendo por los tendones. Todo lo que tienen los cam¬ pesinos es de este modo mío.» La historia acaba mal para Helmbrecht, como puede imaginarse. «Lo que debe llegar, llega. Dios no se olvida nunca de castigar al que hace lo que no debía hacer.» Dios escoge dos instrumentos para castigar a Helmbrecht. El primero es el preboste señorial. «No les fue concedido abogado... El esbirro hizo colgar a nueve de los bandidos, a uno sólo dejó con vida: fue a Helmbrecht “Traga-País”. El verdugo le sacó los ojos, le cortó una mano y un pie... Helmbrecht, el ladrón ciego, recibió un bastón y un criado le guió hacia la casa paterna. Pero su padre no quiso acogerlo; lo echó, sin querer aliviar su angustia... “¡Eh, muchacho, llévate de aquí este horror...! ¡Señor extranjero, marchaos volando...!” »La madre, sin embargo, le deslizó un pan en la mano, como a un niño. Así partió el ladrón ciego. Cuando pasaba a través del campo, acom¬ pañado de su guía, ningún campesino dejaba de gritarle: “ ¡Ah! ¡Ah! ¡La¬ drón Helmbrecht! ¡Si te hubieses contentado con ser campesino como yo, no te verías ciego y obligado a que te guíen! ”» 43i LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL El último instrumento de Dios fueron los campesinos robados por Helmbrecht y que no perdonaban a un hombre de su clase lo que estaban forzados a permitir a su señor. «Obligaron al desgraciado a confesarse; después, uno de ellos cogió un pellizco de tierra y la dio al miserable a manera de protección contra el infierno; después de lo cual lo colgaron de un árbol... »Las rutas y los caminos no habían sido seguros; ahora se puede via¬ jar con toda seguridad, puesto que Helmbrecht está colgado... ¿Acaso Helmbrecht tiene todavía partidarios? Se convertirán en pequeños Helm¬ brecht. No puedo protegeros contra ellos, pero acabarán como él, en la horca.» CAPITULO IX MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES (Siglos x-xiii) L o que domina la mentalidad y la sensibilidad de la Edad Media, lo que determina la parte esencial de sus actitudes, es el sentimiento de su inseguridad. Inseguridad material y moral contra la cual, según la Iglesia, no existe más que un remedio, como hemos visto: apoyarse en la solidaridad del grupo, de la comunidad en que cada uno se integra, procurando por todos los medios evitar la ruptura de esta solidaridad, ame¬ nazada por la ambición o la decadencia. Inseguridad fundamental, que se centra, en definitiva, sobre la vida futura, la cual nadie puede considerar como asegurada, ya que las buenas obras y la buena conducta no la garan¬ tizan jamás por completo. Los peligros de condenación, en los que colabora el diablo, son tan grandes y las esperanzas de salvación tan débiles que el temor ha de triunfar por fuerza sobre la esperanza. El predicador francis¬ cano Berthold de Regensburg, en el siglo xiii, afirma que la posibilidad de condenación se halla en una proporción de 100.000 a i y la imagen habi¬ tual para evaluar el porcentaje entre los elegidos y los condenados consiste en el pequeño grupo de Noé y sus compañeros frente a la humanidad masi¬ vamente destruida por el Diluvio. Sí, las calamidades naturales constituyen, en efecto, para los hombres de la Edad Media la imagen de la medida de las realidades espirituales, y el historiador se siente inclinado a decir que el rendimiento de la vida moral parecía a la humanidad medieval tan débil como el rendimiento de la agricultura. Así mentalidades, sensibilidades y actitudes vienen, sobre todo, impuestas por la necesidad de asegurarse. # * * Y en primer lugar de apoyarse sobre el pasado, sobre los predecesores. De la misma manera que el Antiguo Testamento prefigura y funda el Nuevo, los antiguos justifican a los modernos. Ningún avance es seguro si 433 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL no está garantizado por un precedente en el pasado. Entre esas garantías, hay algunas que pueden considerarse como privilegiadas: las autoridades. Es evidente que ha de ser en la teología, la ciencia suprema, donde el recur¬ so a las autoridades encuentre su coronación. Y, dado que fundamenta toda la vida espiritual e intelectual, este recurso ha de estar sometido a una estricta reglamentación. La autoridad suprema es la Escritura, a la cual se añaden los escritos de los Padres de la Iglesia. Ahora bien, esta autoridad general se materializa en citas, que van convirtiéndose en la práctica en las ((opiniones auténticas» y, ñnalmente, en las ((autoridades» mismas. Y puesto que dichas autoridades son con frecuencia difíciles y oscuras, son aclaradas mediante las glosas, que deben, a su vez, proceder de un «autor auténtico». Incluso muy a menudo las glosas llegan a sustituir el texto original. De todos los florilegios que hacen circular los datos de la actividad intelectual en la Edad Media, las antologías de glosas son las más consultadas y las más saqueadas. El saber es un mosaico de citas o ((flores», que en el siglo xn reciben el nombre de ((sentencias». Las sumas de sentencias son coleccio¬ nes de autoridades. Robert de Melun, a mediados ya del siglo xii, protesta contra el crédito que, entre estas sentencias, se concede de manera particu¬ lar a las glosas. En vano. El padre Chenu reconoce que no sólo la Suma de sentencias del mediocre Pedro Lombardo # , que será el manual de teolo¬ gía más usado en las universidades durante el siglo xiii, no es otra cosa que una colección de glosas ((de las que es difícil reconocer la fuente», sino que incluso en la Summa theologica de Santo Tomás de Aquino * «se pueden ver bastantes textos, haciendo función de autoridades, que no pueden ser identificados sino a través de las deformaciones de las glossae ». Cierto que las autoridades son solicitadas por sus utilizadores de ma¬ nera que no dificulte gran cosa a las opiniones personales. Así, Alain de Lille, en una frase que llegará a ser proverbial, declara que «la autoridad tiene una nariz de cera, que puede ser deformada en todos sentidos». Cierto también que los intelectuales de la Edad Media acogerán como autorida¬ des a opiniones inesperadas: las de los filósofos paganos y árabes. Por ejem¬ plo, el mismo Alain de Lille afirma que se ha de recurrir a las autoridades de los filósofos «gentiles» para avergonzar a los cristianos. En el siglo xii, los árabes se hallarán hasta tal punto de moda que Abelard de Bath recono¬ cerá maliciosamente que ha atribuido a los árabes muchos pensamientos personales, a fin de hacerlos admitir con mayor facilidad por sus lectores, lo cual, subrayémoslo, debe hacernos prudentes al juzgar la influencia de los árabes, exagerada por algunos, sobre el pensamiento cristiano medieval. La referencia a los árabes no ha sido con frecuencia más que un sacrificio 434 MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES a la moda, la máscara publicitaria de un pensamiento original. A pesar de todo esto, la referencia al pasado sigue siendo obligatoria durante toda la Edad Media. Innovación es tanto como decir pecado. La Iglesia se apre¬ sura a condenar las novitates. Tal ocurre en el progreso técnico, en el pro¬ greso intelectual. Las invenciones son inmorales. Lo más grave es que el respetable «argumento de tradición», cuyo valor es inmejorable cuando se trata de «un consenso unánime de testimonios a través de los siglos», ha sido en muchas ocasiones objeto de una práctica discutible. «La mayor par¬ te de las veces —escribe el padre Chenu—, lo que se hace es alegar un autor, aportar un texto, fuera del tiempo y del espacio, sin preocupación alguna por el expediente que se debe establecer.» El peso de las autoridades antiguas no oprime exclusivamente el cam¬ po intelectual, sino que se deja sentir en todos los aspectos de la vida. Es, por otro lado, la marca de una sociedad tradicional y campesina, donde la verdad consiste en el secreto transmitido de generación en generación, lega¬ da por un «sabio» a quien ha juzgado digno de ese depósito, difundida por tradición («he oído decir») más que por escrito. Esta continuidad, que fun¬ damenta el valor de una cultura transmitida por tradición, ha sido anotada por un monje en un manuscrito de Adhémar: ((Teodoro el Monje y el abad Adriano enseñaron a Aldhelm el arte de la gramática, Aldhelm ins¬ truyó a Beda, Beda (por intermedio de Egbert) instruyó a Alen i no, éste enseñó a Hraban y Smaragde, éste a Teodulfo; después del cual vinieron Heiric, Hucbald, Remi, este último con numerosos discípulos.» Las autoridades gobiernan también la vida moral. La ética medieval se enseña, se predica a golpe de anécdotas estereotipadas, que ilustran una lección y son empleadas incansablemente por los moralistas y los predica¬ dores. Las colecciones de exempla contienen toda la monótona cadena de la literatura moral medieval. En una primera lectura, tales anécdotas edifi¬ cantes resultan agradables. Vueltas a encontrar cien veces y por todas par¬ tes, nos revelan esa técnica de la repetición que traduce, en la vida intelec¬ tual y espiritual, aquella voluntad de abolición del tiempo y del cambio, aquella inercia que parece haber absorbido una gran parte de la energía mental de los hombres medievales. Ele aquí un exemplum, entre otros, cuya formación nos ha revelado Astrik L. Gabriel: la anécdota del estudiante inconstante, del ((hijo de la inconstancia», que comete el grave pecado de querer cambiar de estado. El exemplum se encuentra por primera vez en un tratado escrito entre 1230 y 1240 por un clérigo inglés, el De disciplina scolarium. Bien entendido, el autor empieza por atribuirlo a una autori¬ dad de las más incontrastables, Boecio mismo. Después, más o menos ador- 435 EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 131 A 136 131. LA CONCEPCIÓN BÁRBARA DE LA JUSTICIA : UNA ORDALÍA, LA PRUEBA DEL FUEGO. El juicio de Dios, a pesar de la prohi¬ bición decretada por el IV Concilio de Letrán (1215), ha seguido practicándo¬ se hasta el final del siglo XIII y, a ve¬ ces, aún más tarde. Las reproducciones contemporáneas de esas ordalías son, sin embargo, raras. Sobre dos paneles, encargados en 1468 por el magistrado de Lovaina para el Tribunal de los “Échevins” (regidores), Thierry Bouts (hacia 1415-1475) ha compuesto un tema célebre, encontrado por un pro¬ fesor de teología de la Universidad de Lovaina en una narración de finales del siglo XIII, escrita por Godofredo, obispo de Viterbo. La mujer del empe¬ rador Otón III había tentado inútil¬ mente a un caballero, al que hizo con¬ denar a muerte y decapitar. Su viuda reclamó la ordalía y, ante el empera¬ dor y su corte, sufrió victoriosamente (como Isolda) la prueba del fuego. (Bruselas, Museos Reales de Bellas Ar¬ tes.) 132. LA CIVILIZACIÓN DEL GESTO: UNA INVESTIDURA. La escena parece representar una inves¬ tidura, llevada a cabo mediante la en¬ trega de un cetro, en la familia de Fe¬ derico II, emperador de Alemania y rey de Sicilia. La talla ornamenta la silla o cátedra (ambón) ejecutada en 122c) por el maestro Nicolás. (Bitonto, Apulia, Catedral.) 133. VIDA moral: LOS PECADOS CAPI¬ TALES, LA LUJURIA. He aquí la imagen de una mujer, a quien una serpiente, símbolo de la lu¬ juria, muerde los senos y el sexo. Pre¬ figuración de las torturas infernales, ha sido tratada con frecuencia por los artistas románicos. Su más célebre re¬ presentación se encuentra en el portal de Moissac. Nacida de la imagen anti¬ gua de la Tierra-Madre, es una crea¬ ción de la escuela de escultura del Lan- guecloc. Su relieve, grosero pero pode¬ roso y expresivo, que data probable¬ mente del siglo XI, procede de la iglesia de Oo (Haute-Garonne). (Tou- louse. Museo de los Agustinos.) 134. SIMBOLISMO MORAL Y ARTE DE LAS FORMAS: LA SIRENA. La sirena se presenta en el arte medie¬ val, particularmente en el arte romᬠnico, que encuentra gran inspiración en los bestiarios, en dos aspectos prin¬ cipales: la sirena pájaro y la sirena pez. Junto con el centauro, que a menudo aparece asociado a ella, es el tema más frecuente entre los monstruos semihu¬ manos tan caros a la sensibilidad me¬ dieval. Según Baltrusaitis, la sirena de dos colas sería el tipo más antiguo de esos monstruos. Es el símbolo de la mujer-serpiente, de la lujuria, de la tentación, más subrayada aquí todavía, siguiendo la inspiración del turbador surrealismo medieval, por los ojos —símbolo sexual —- que adornan el bajo vientre de la sirena. Los capiteles 436 . , yV' nH< Jt • ¡sjap-* - a.\t L \ « ^ (4 ,, 7 %\ ¡É wL •« jH v JjHf§ 3 raS| ,VáI i :/‘l k r& RSigss^^ '-ZsSSf^ñ ssPlP ipBp I j É ¿»* 4 ¿ '• i pfl !•(<« ' ■ • ■ ,U*^^ " ***■*« - • ****** .* •: , '.v<*»'í' t - . :V.\ >*»>V.-. • • : Vj»'.i ;*V «'a*. *» ■* : :•' r .'-* íw V *¿;v‘*• r®. : ; f í&w •: \ lY.W •«:• :•• • gí»? : íííjí; • • • r.'.V*V v. *,; ’%*,**.'.•• L'•'••' I MMji * * B **»*K . v JJÍí— 5 v>\ « *’ * +*<• * 9 M, » ÉT/áSf-ív tete PI fmn Jfcfc ^ *:-v •tep * •', •; « /, < 1 JZfcft * V » , ♦ • sJ'yÁ ’>' \¿ mm >ví«v 5 v' J >V M§?- H *h*: a . irt-mroU apncr ftuvlra. cfi cuiaflntruAc 777 ' - vm J ,WWLra ^ cmu / í-^trudfl murau ciia. W c« .bAbcr* puJmir. itfcutai/'etur. Oü.fM-V. ¡IaJj UCO^iuJ -JiA. Í^VIII, fkvil:/ qíXtr ruci . Silueta «/^ ¿mcdií V*rxt1i t/irunruJr rt^ute. é-snJ.a. ucrpÑnc ¿tfrp,Tj J°¥ • *** ** * • -* Í.ITÍÍ . » 1 ÍM c(t. K' * • M y f i ¡ i 1 h 1 1 l | II EPIGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 131 A 136 del claustro de San Pedro de Galligáns (hacia 1150), en Gerona, son notables por el arte con que los temas se adap¬ tan a la forma de los capiteles. (Gero¬ na, San Pedro de Galligáns, claustro.) 135. EL sueño: JOSÉ Y EL ÁNGEL. Los sueños, las visiones, los desperta¬ res milagrosos abundan en el arte y en la literatura medievales. Los justos se ven favorecidos por sueños premonito¬ rios. En este capitel del claustro (si¬ glo XII) de San Juan de la Peña, mo¬ nasterio fundado por los cluniacenses en el siglo XI, en los confines de Na¬ varra y Aragón, pnóximo al camino de Santiago, el ángel ordena a José, dor¬ mido, que lleve a la Sagrada Familia a Egipto. (San Juan de la Peña, Huesca.) 136. LA CIUDAD MALDITA: BABILONIA. Aprisionada por las serpientes mons¬ truosas que subrayan su carácter co¬ rrompido, Babilonia, seductora como una cortesana con el adorno de sus mo¬ numentos, se opone a la Jerusalén ce¬ lestial en esta miniatura del Comenta¬ rio del Apocalipsis, por Beatus, ejecu¬ tado en el siglo XI en la abadía de Saint-Sever (véase il. 22). (París, Biblio¬ teca Nacional, manuscrito latino 8878, fol. 217.) 437 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL nada con diversas variantes, la historia de ese estudiante que pasa por el clero, el comercio, la agricultura, la caballería, el derecho, el matrimonio, la astronomía —pretexto para hacer la sátira de los ((estados del mundo»—, reaparece por doquier. Así, de manera cómica, en ciertas traducciones fran¬ cesas llevadas a cabo en el siglo xiv de la Consolación de la Filosofía de Boecio en la cual insertan los traductores el exemplum basándose en la atribución del autor del mismo. Mas también lo hallamos en los numero¬ sos fabliaux consagrados a los «estados del mundo». Y aun en diversos comentarios, sean de Boecio, sean del De disciplina scolarium. La palma corresponde, en definitiva, al dominico inglés Nicolás Trivet (muerto hacia 1328), que reproduce la anécdota en los comentarios que escribió sobre una y otra obra y que, además, se preocupa de darnos la moraleja de la historia al citar el proverbio popular ((piedra que rueda no cría musgo», non fit hirsutus lapis per loca volutus. Con los proverbios, sobre los cuales falta todavía el estudio fundamental que nos permita llegar hasta el fondo mismo de la mentalidad medieval, se alcanza el nivel esencial de la cultura folklórica. En esta sociedad campesina basada en la tradición, el proverbio desempeña un papel primordial. Ahora bien, ¿se trata, en realidad, de la elaboración superior de una sabiduría popular o, por el contrario, consti¬ tuye el eco popular de una propaganda de las clases dominantes? Como es natural, el peso del pasado cobra toda su fuerza al nivel del encuadramiento esencial de la sociedad medieval, el de las estructuras feudales. En efecto, es la costumbre la que fundamenta el derecho y la práctica feudales. Los juristas la definen como «un uso jurídico nacido de la repe¬ tición de actos públicos y pacíficos que, durante un largo período de tiem¬ po, no han sido contradichos». En esta definición clásica de Fran^ois Oli- vier Martin se incluye un término sobre el cual merece la pena reflexio¬ nar: ((pacíficos». Porque, en realidad, la costumbre no es otra cosa que el derecho establecido por una fuerza que ha sabido reducir al silencio duran¬ te un tiempo suficientemente largo las contradicciones. Mídase el alcance revolucionario de la famosa frase de Gregorio VII: «El Señor no ha dicho: Ni nombre es Costumbre.» Pero muchos años después del papa reforma¬ dor, la costumbre continúa rigiendo la sociedad. Está anclada en la inme- morialidad, integrada por todo aquello que se remonta lo más lejos posible en la memoria colectiva. La prueba verdadera, en la época feudal, consis¬ te en la existencia ((desde toda la eternidad». Por ejemplo, podemos ver en el conflicto que opuso en 1252 a los siervos del Capítulo de Notre-Dame de París, Orly, y a los canónigos, la forma en que proceden las partes para 438 MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES probar su derecho. A los campesinos que pretenden no tener obligación de pagar las tallas al Capítulo, los canónigos replican procediendo a realizar una encuesta entre las gentes bien informadas, aquellas que son interro¬ gadas de fama sobre lo que dice la tradición. Se pregunta también a uno de los hombres más ancianos de la región, un tal Simón, «alcalde» de Cor- breuse, de edad de más de setenta años, «viejo y enfermo». Simón declara que, según la fama _, el Capítulo puede «tallar» a sus hombres y que así lo ha hecho «desde una época inmemorial», a tempore a quo non existat me¬ moria. Otro testigo, el archidiácono Juan, antiguo canónigo, afirma haber visto en el Capítulo «viejos rollos» donde constaba por escrito que los canó¬ nigos tenían el derecho de tallar a los hombres de Orly. Asimismo había oído decir a los más viejos que el uso existía ((desde la mayor antigüedad», a longe retroactis temporibus, y que el Capítulo prestaba fe a esos rollos «en vista de la antigüedad de la escritura», sicut adhibetur ancicntic scripture. Incluso la nobleza ha de buscar, para sostener su prestigio, una garan¬ da de antigüedad. Esto, más aún que el reclutamiento social del alto clero, explica el elevado número de santos pertenecientes a la nobleza y el hecho de ser ésta atribuida a muchos santos que en realidad no formaban parte de ella. De la misma manera, el árbol de Jessé prueba la antigüedad de la realeza que ostenta la familia de María y, por consiguiente, de la familia terrena de Jesús. Fue un resto de espíritu medieval lo que hizo decir al ingenuo arzobispo de París bajo la Restauración: «No solamente Nuestro Señor era el Hijo de Dios, sino que, además, pertenecía a una excelente familia.» * * # A la prueba de autoridad, es decir, a la antigüedad demostrada, se añade la prueba del milagro. Lo que arrastra, en efecto, la adhesión de los espíritus medievales, no es lo que puede observarse y probarse por una ley natural, por un mecanismo regularmente repetido. Muy al contrario, es lo extraordinario, lo sobrenatural o, en todo caso, lo anormal. La ciencia mis¬ ma toma por objeto con mayor interés lo excepcional, los mirabilia, los prodigios. Terremotos, cometas, eclipses, tales son los temas dignos de admi¬ ración y de estudio. El arte y la ciencia de la Edad Media llegan hasta el hombre por el extraño rodeo de los monstruos. La prueba por el milagro sirve en primer término para señalar a los seres extraordinarios, los santos. La creencia popular y la doctrina de la Iglesia coinciden en este punto. Cuando, a finales del siglo xii, el papado 439 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL comienza a reservarse la canonización de los santos, hasta entonces desig¬ nados las más veces vox populi, incluye los milagros en el número de las condiciones obligatorias que debe llevar el candidato a la canonización. Y cuando, a principios del siglo xiv, son reglamentados los procesos de canonización, los expedientes deben contener capítulos especiales dedicados a relatar los milagros del presunto santo, los capitula miraculorum. No obstante, los milagros no se limitan a los obrados por Dios por intermedio de los santos, sino que pueden tener lugar en la vida de cada uno o, más bien, en los momentos críticos de todos aquellos que, por una u otra razón, han merecido verse favorecidos por esas intervenciones sobre¬ naturales. Los beneficiarios privilegiados de esas manifestaciones son los héroes. Así es un ángel el encargado de poner fin al desafío entre Roldán y Olivier en la gesta de Girard de Vienne. En la Chanson de Roland, Dios detiene el sol; en el Pélerinage de Charlemagne , confiere a los proceres la fuerza sobrehumana que les permite realizar las proezas de las que tan temeraria¬ mente se han alabado en sus gabs o juegos de imaginación. Pero incluso los seres más sencillos pueden obtener el privilegio de un milagro. Y lo que es más, también los mayores pecadores si cumplen la condición de ser devo¬ tos. La fidelidad a Dios, a la Virgen o a un santo, imitada de la del vasallo al señor, puede salvar más fácilmente que una vida ejemplar. Una obra célebre de comienzos del siglo xn, los Milagros de la Virgen, de Gautier de Coincy, nos presenta la compasión de María hacia sus fieles. Sostiene con sus manos durante tres días a un ladrón ahorcado por sus fechorías, pero que nunca había dejado de invocarla antes de ir a robar. Resucita a un monje que se ahoga mientras regresa de visitar a su amante, pero que recitaba sus maitines en el momento en que ha caído al agua. Libera clandestinamente de su carga a una abadesa encinta que tenía para ella una piedad particular. Pero la prueba por excelencia de la verdad mediante el milagro es el Juicio de Dios que la confiere. «Dios está del lado del derecho», he aquí la bella fórmula que legitima una de las más bárbaras costumbres de la Edad Media. Claro está que, a fin de que las probabilidades no sean excesi¬ vamente desiguales en el plano terrestre, se autoriza a los débiles, en par¬ ticular a las mujeres, para hacerse reemplazar por un campeón —los hay profesionales, pese a que los moralistas los condenan como los peores mer¬ cenarios—, el cual sufre la prueba en su lugar. Ahora bien, las ordalías # están justificadas por una noción en extremo formalista de la verdad. Podemos verlo en la gesta de Ami et Amile, los 440 MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES dos amigos que se parecen tanto como si fueran gemelos. Ami toma en un duelo j udicial el lugar de Amile, culpable de la falta que le es reprochada. Mas, como Ami es inocente, triunfa fácilmente de su adversario. En Tierra Santa, según la Chanson de Jérusalem, un clérigo llamado Pedro pretendió que San Andrés le había revelado el lugar en el que se hallaba enterrada la lanza que había traspasado el costado de Jesús en la Cruz. Las excavaciones realizadas permitieron encontrar, efectivamente, una lanza. Y para saber si la lanza en cuestión era la auténtica, es decir, si el clérigo había dicho la verdad, se le sometió a las ordalías del fuego. El clérigo murió de sus heridas al cabo de cinco días. Sin embargo, se estimó que había sufrido victoriosamente la prueba y que la lanza era legí¬ tima. Si se habían quemado sus piernas era porque había dudado primera¬ mente de la verdad de su visión. Recordemos también la prueba de Isolda. «Se acercó a la hoguera, pálida y vacilante. Todos guardaron silencio: el hierro estaba al rojo. Metió entonces el brazo desnudo en las brasas, cogió la barra de hierro y caminó nueve pasos llevándola. Después, habiéndola tirado, extendió sus brazos, con las palmas abiertas. Y todos pudieron ver que su carne estaba más sana que ciruela de ciruelo. Entonces de todos los pechos subió hacia Dios un gran grito de alabanza.» # * * Basta pensar en la etimología de la palabra «símbolo» para compren¬ der el lugar ocupado por el pensamiento simbólico no sólo en la teología, la literatura y el arte del Occidente medieval, sino asimismo en todo su bagaje mental. El symbolon suponía entre los griegos un signo de recono¬ cimiento, representado por las dos mitades de un objeto repartidas entre dos personas. El símbolo es un signo de contrato. Es la referencia a una unidad perdida, recuerda y llama una realidad superior oculta. Ahora bien, en el pensamiento medieval, «cada objeto material era considerado como la figuración de alguna cosa que se correspondía con él en un plano más elevado y, por lo tanto, se convertía en el símbolo de ésta». El simbolismo era universal. Pensar consistía en un perpetuo descubrimiento de las signi¬ ficaciones ocultas, en una constante «hierofanía». Pues el mundo oculto era un mundo sagrado, y el pensamiento simbólico no era sino la forma ela¬ borada, filtrada, al nivel de los doctos, del pensamiento mágico en el cual se bañaba la mentalidad común. Sin duda, los amuletos, los filtros, las fór¬ mulas mágicas, el uso y comercio de los cuales estaba muy extendido, son 441 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL los aspectos más groseros de esas creencias y esas prácticas. Pero las reli¬ quias, los sacramentos y las plegarias significaban para la masa los equiva¬ lentes autorizados de aquéllos. Se trataba siempre de encontrar las llaves que forzaban el mundo oculto, el mundo verdadero y eterno, a través del cual se hacía posible la salvación. Los actos de la devoción eran actos sim¬ bólicos, mediante los cuales se trataba de hacerse reconocer por Dios y obli¬ garlo a mantener el contrato sellado con Él. Las fórmulas con que se entre¬ gaban las donaciones y hacían alusión al deseo de salvar por medio de ellas el alma, designaban ese contrato mágico que hacía de Dios el obligado del donador y le constreñía a salvarle. De la misma manera, el pensamiento con¬ sistía en encontrar las llaves que abrían las puertas del mundo de las ideas. El simbolismo medieval comienza a nivel de las palabras. Nombrar una cosa implica ya explicarla. Isidoro de Sevilla lo había dicho ya y, des¬ pués de él, la etimología florece en la Edad Media como una ciencia fun¬ damental. Nombi'ar las cosas supone el conocimiento y la toma de posesión de las mismas, de sus realidades. En medicina, el diagnóstico es ya cura¬ ción, puesto que se ha pronunciado el nombre de la enfermedad. Cuando el obispo o el inquisidor han podido declarar ((herético» a un sospechoso, lo esencial está hecho. El enemigo ha quedado desenmascarado. Los res y los verba no se oponen, los unos son los símbolos de los otros. Si el lenguaje es para los intelectuales de la Edad Media un velo de la realidad, es tam¬ bién la llave, el instrumento adecuado de esa realidad. «La lengua —dice Alain de Lillc— es la mano fiel del espíritu.» Y para el Dante la palabra es un signo total que descubre la razón y el sentido de las cosas: rationale signum et sensuale. Se comprende así la importancia del debate que, a partir del siglo xi y hasta el final de la Edad Media, opone a casi todos los pensadores en torno a la naturaleza exacta de las relaciones entre los verba y los res, hasta el punto de que los historiadores tradicionales del pensamiento han llegado incluso a reducir la historia intelectual de la Edad Media a una confron¬ tación entre «realistas» y ((nominalistas», güelfos y gibelinos del pensamien¬ to medieval. Es la ((querella de los universales *». El estudio de las palabras y del lenguaje, el trivium: gramática, retó¬ rica y dialéctica, primer ciclo de las siete artes liberales *, constituye tam¬ bién el fundamento de toda la pedagogía medieval. La base de toda la ense¬ ñanza, hasta el final del siglo xii, por lo menos, es la gramática. A través de ella se llega a todas las otras ciencias, especialmente a la ética, que se superpone a las artes liberales y las corona en cierto modo. La gramática es una ciencia polivalente, como la ha definido el canónigo Delhaye, no 442 MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES sólo porque, a través del comentario de los autores, permite tratar todos los temas, sino porque, gracias a las palabras, nos conduce al sentido oculto del que éstas son la llave. En su Fons philosophiae, «Fuente de Filosofía», escrita en el siglo xii, Godefroy de Saint-Victor rinde homenaje a la gra¬ mática que le ha enseñado las letras, las sílabas, el discurso «literal» y el discurso «trópico», que revela el sentido figurado, alegórico. En Chartres, el célebre maestro Bernard de Chartres funda igualmente toda su enseñan¬ za en la gramática. En realidad, tanto el uno como el otro no hacen más que seguir o reanudar una tradición que se remonta a la Antigüedad y que fue legada por San Agustín y por Martianus Capella a la Edad Media. Dentro de la exégesis escrituraria de los cuatro sentidos, si bien algunos, basándose en San Pablo, consideran que la letra puede matar mientras que el espíritu vivifica, la mayor parte de los exegetas medievales ven en la littera una introducción al sensus. El gran depósito de los símbolos es la naturaleza. Los elementos de los diferentes órdenes naturales son los árboles de este bosque de símbolos. Minerales, vegetales, animales son todos simbólicos, aunque la tradición se contente con señalar tan sólo a algunos: entre los minerales, las piedras preciosas, que despiertan la sensibilidad al color y evocan los mitos de riqueza. Entre los vegetales, las plantas y las flores citadas en la Biblia. Entre los animales, las bestias exóticas, legendarias o monstruosas, que Inda¬ gan el gusto medieval por lo extravagante. Lapidarios, Horarios *, bestia¬ rios, en los que están catalogados y explicados esos símbolos, ocupan un lugar distinguido en la biblioteca ideal de la Edad Media. Piedras y flores unen a su sentido simbólico sus virtudes curativas o nefastas. Las piedras amarillas o verdes, jx>r homeopatía de color, curan la ictericia y las enfermedades del hígado; las rojas, las hemorragias y los flujos de sangre. El sardonio rojo simboliza a Cristo derramando su sangre en la Cruz por la humanidad; el berilo transparente atravesado por el sol figura al cristiano iluminado jxir Jesucristo. Los Horarios se encuentran próximos a los herbarios. Introducen en el pensamiento medieval el mundo de los «simples», las recetas de las buenas mujeres y los secretos de los her¬ bolarios monásticos. El racimo de uvas es el Cristo que ha dado su sangre por la humanidad, en una imagen simbolizada por la prensa mística. La Virgen está representada por el olivo, la azucena, el lirio de los valles, la violeta, la rosa. San Bernardo subraya que la Virgen está simbolizada lo mismo por la rosa blanca, que significa su virginidad, que por la rosa roja, que torna sensible su caridad. La centáurea, cuyo tallo es cuadrangular, cura la fiebre cuartana, mientras que la manzana es el símbolo del mal y 443 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL la mandrágora es afrodisíaca y demoníaca. Cuando se arranca una de ellas, grita, y el que la oye muere o enloquece. En ambos casos la etimología resulta esclarecedora para los hombres de la Edad Media: la manzana vie¬ ne del latín malum, que quiere decir el mal, y la mandrágora es el dragón humano (inglés mandrake). El mundo animal constituye de manera particular el universo del mal. El avestruz, que pone sus huevos en la arena y se olvida de incubarlos, es la imagen del pecador, que olvida sus deberes para con Dios; el macho cabrío es el símbolo de la lujuria; el escorpión que pica con su cola es la encarnación de la falsedad y, especialmente, del pueblo judío. El simbolis¬ mo del perro es disputado en dos direcciones: la tradición antigua, que hace de él una representación de la impureza, y la tendencia de la socie¬ dad feudal a rehabilitarlo como animal noble, indispensable compañero del señor en la caza, símbolo de la fidelidad, la más elevada de las virtudes feudales. Los animales fabulosos, en cambio, son todos ellos satánicos, verda¬ deras imágenes del diablo: áspid, basilisco, dragón, grifo. El león y el uni¬ cornio son ambiguos. Símbolos de la fuerza y de la pureza, pueden ser, a la vez, los de la violencia y la hipocresía. El unicornio, por otra parte, se idea¬ liza hacia finales de la Edad Media en que se pone de moda, y se inmor¬ taliza en el conjunto de las tapicerías de La dame á la licorne. El simbolismo medieval halló un campo de aplicación particularmente vasto en la riquísima liturgia cristiana y, en primer lugar, en la interpre¬ tación misma de la arquitectura religiosa. Honorius Augustodunensis nos ha explicado el sentido de los dos principales tipos de planos usados en la construcción de iglesias. En ambos casos, plano circular o plano crucial, se trata de una imagen de la perfección. Que la iglesia circular sea la imagen de la perfección circular, se comprende sin dificultad. Pero hay que consi¬ derar que el plan cruciforme no es tan sólo la figuración de la crucifixión de Jesucristo. Es, además, la forma ad quadratum, basada sobre el cuadra¬ do, que designan los cuatro puntos cardinales y resume el universo. Tanto en uno como en otro caso, la iglesia es el microcosmos. Entre los aspectos más esenciales del simbolismo medieval, el simbo¬ lismo de los números ha desempeñado un papel capital: estructura del pensamiento, ha sido uno de los principios directores de la arquitectura. La belleza viene de la proporción, de la armonía, de ahí la preeminencia de la música como ciencia del número. ((Conocer la música —afirma Tomás de York— es conocer el orden de todas las cosas.» El arquitecto, según Gui¬ llermo de Passavant, obispo de Mans de 1145 a 1187, es un ((compositor». 444 MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES Salomón ha dicho al Señor: Omnia in mensura et numero pondere dispo- suisti (Sapientia, 11, 21) («Tú lo has dispuesto todo según la medida, el número y el peso»). El número es la medida de las cosas. Como la palabra, el número encadena a la realidad. «Crear los números —dice Thierry de Chartres— es crear las cosas.» Y el arte, que es la imitación de la naturaleza y de la creación, debe tomar el número por regla. En Cluny # , según Ken- neth John Conant, el monje Gunzo, inspirador de la gran iglesia del abate Hugues, comenzada en 1088 (Cluny III), y al que una miniatura nos pre¬ senta viendo en sueños a los santos Pablo, Pedro y Esteban, los cuales trazan con cuerdas el plano de la futura iglesia, es también un músico reputado, psalmista praecipuus. El número simbólico que habría resumido en Cluny, según Conant, todos los símbolos numéricos empleados en la construcción del edificio es el 153, el número de peces de la Pesca milagrosa. Guy Beaujouan ha llamado la atención recientemente sobre ciertos tratados inéditos del siglo xn, los cuales demuestran que el simbolismo de los números ha disfrutado en la época románica de una boga todavía mayor de la que se cree. Victorinos y cistercienses se distinguen en ese juego que se toman muy en serio. En un tratado incluido en la Patrología latina, Hugues de Saint-Victor, al exponer las bases numéricas simbólicas según las Escrituras, explica la significación de las desigualdades entre los números. Puede partirse de los siete días del génesis (o, mejor, de los seis días en que el Creador ha obrado: Hexaemeron ): 7 > 6 equivale a reposo después del trabajo; 8 > 7 significa la eternidad después de la vida terrestre (recor¬ demos el 8 del octógono de Aquisgrán, de San Vital de Rávena, del Santo Sepulcro, de la Jerusalén celestial). O bien partir de 10, la imagen de la perfección. Entonces 9 < 10 es la falta de perfección y 11 > 10 la desme¬ sura. El cisterciense Eudes de Morimond, muerto en 1161, reanuda en sus Analytica numerorurn las especulaciones numéricas de San Jerónimo. Éste, en su opúsculo contra Joviniano, a favor de la virginidad, que cono¬ cerá un gran éxito en el siglo xii, «siglo antimatrimonial» (acaso como reme¬ dio al crecimiento demográfico), explica el simbolismo de las cifras 30, 60 y 100 aplicadas a los tres estados del casamiento, de la viudedad y de la virginidad (véase pág. 417 e il. 96). Para representar el 30, las extremidades del pulgar y del índice se juntan dulcemente, es el matrimonio. Para figu¬ rar el 60, el pulgar está inclinado y como sometido al índice que lo rodea, es la imagen de la viuda, cuya continencia reprime el recuerdo de las volup¬ tuosidades pasadas o que se curva bajo su velo. Para formar el 100, en fin, los dedos representan una corona virginal. Sobre esta pendiente, Eudes de 36 445 EPIGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 137 A 140 137. FORMAS ROMÁNICAS: EL JUEGO DE LAS FORMAS REDONDAS EN EL ESPACIO. Sant Pons de Corbeta, en el macizo montañoso de Garraf, al noroeste de Barcelona, es un hermoso ejemplo de lo que Puig y Cadafalch ha llamado el primer arte románico, cuyas más per¬ fectas creaciones del siglo XI han sido las basílicas con cúpula en el crucero elevadas en Ripoll (1032) y en Cardo¬ na (1040). A la superposición de las masas en el exterior corresponde en el interior la superposición y la armonía de los volúmenes, ordenados en torno a las líneas redondas. Esta vista axial de la cúpula del crucero y de la hor¬ nacina del coro demuestra sensible¬ mente que el arquitecto románico, conforme a la expresión de Henri Fo- cillon, es “pensamiento sintético”. (Cor¬ beta, Iglesia de Sant Pons.) 138. FORMAS ROMÁNICAS: EL CLAUSTRO DE THORONET. Envoltura de espacios interiores, la ar¬ quitectura románica es también, en lo que respecta al exterior, captura de la luz. Las arcadas de los claustros tienen como función, material y espiritual a la vez, abrirse hacia el día sin perjudi¬ car al recogimiento. El claustro es un mundo cerrado, pero lleno de salidas. Es tanto más simple y riguroso en cuanto que se integra en este caso en el pensamiento cisterciense: gruesos muros, columnas con capiteles sin es¬ culturas, procediendo la única distrac¬ ción de un ojo abierto en el tímpano por encima de las columnas de la ga¬ lería. La abadía cisterciense del Tho- ronet, en Provenza, fue construida a partir de 1146. (Le Thoronet, Var.) 139. FORMAS GÓTICAS: EL ORDEN DE LAS BÓVEDAS DE BOURGES. Erwin Panofsky ha sostenido que el arte gótico estaba ordenado según los principios mismos de la escolástica. Esta imagen de Bourges nos revela un punto de conjunción, en el eje del edi¬ ficio, de las bóvedas de una capilla y del deambulatorio con la bóveda sex- partita del coro. Tanto como intelec¬ tual, el orden es funcional y estético. (Bourges, Catedral.) 140. FORMAS Góticas: INTERIOR DE LA CATEDRAL DE LAÓN. La catedral de Laón, edificada a partir de 1137, terminada en sus aspectos esenciales hacia 1220, pertenece al pri¬ mer arte gótico por la superposición de cuatro pisos: bóvedas laterales, tri¬ bunas, triforio, ventanas altas... Pero, como ha dicho Henri Focillon, si bien “realiza plenamente el pensamiento del siglo XII, lo prepara asimismo para un desenvolvimiento futuro”. No es solamente “diseño y deducción”, construcción funcional y orden intelec¬ tual. Es también sistema plástico, orien¬ tado ya hacia los efectos de ilusión que el arte gótico desarrollará cada vez más. “La multiplicidad de las arcadas, ele las claraboyas y de los vanos anun¬ cia ya el partido que ha de sacarse de los grandes vacíos góticos.” (Laón, Ca¬ tedral.) 446 ■G w , t- * . * '*• -. ^ • . ;; 7i • (M |Hg|Ml : Mi ¡Spl ürl ■HE «•■*' • /tj i 138 ,»rV i MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES Morimond expone el simbolismo de los dedos. El auricular o meñique, que prepara los oídos para escuchar, simboliza la fe y la buena voluntad; el anular, la penitencia; el medio o corazón, la caridad; el índice, la razón demostrativa; el pulgar, la divinidad. Evidentemente, no se alcanzaría a comprender todo esto si no se recordase que las gentes de la Edad Media calculaban con los dedos y que el cálculo digital estaba en la base de esas interpretaciones simbólicas, lo mismo que las proporciones estaban deter¬ minadas por las medidas «naturales»: longitud del paso o del antebrazo, el palmo, la superficie labrada en una jornada, etc. Las más altas especula¬ ciones quedaban unidas a los gestos más humildes. Se aprecia, a través de estos ejemplos, que resulta difícil distinguir en el bagaje mental de los hombres medievales la parte que corresponde a lo abstracto y la que corres¬ ponde a lo concreto. Claude Lévi-Strauss ha rechazado con justicia la «pre¬ tendida ineptitud de los “primitivos” para el pensamiento abstracto». Muy al contrario, el espíritu medieval presenta una inclinación hacia la abstrac¬ ción, o, más precisamente, hacia una visión del mundo que descansa sobre relaciones abstractas. Así la coloración rosada es considerada como parti¬ cularmente bella porque es una mezcla de blanco y de rojo, colores exce¬ lentes, que simbolizan, como se ha visto, la pureza y la caridad. Pero, inver¬ samente, se sienten aflorar las imágenes concretas tras las nociones abstrac¬ tas. Siguiendo a Isidoro de Sevilla, los clérigos medievales piensan que pulcher viene de pelle rubens, por lo cual es bueno tener la piel sonrosada, ya que se percibe la palpitación de la sangre subllucnte, principio tanto de nobleza como de impureza, principio esencial en todo caso. Ahora bien, ¿cómo separar lo que es concreto de lo que es abstracto en ese gusto por la sangre? Volvemos a encontrarlo en otra palabra que designa lo bello: venustus, que se hace derivar de venís, las venas. A decir verdad, esta imbricación de lo concreto y de lo abstracto cons¬ tituye el fondo mismo de la estructura de las mentalidades y de las sensibi¬ lidades medievales. Una misma pasión, una misma necesidad, la fuerza a oscilar entre el deseo de hallar, tras lo concreto sensible, lo abstracto más verdadero y el esfuerzo por hacer aparecer esta realidad oculta bajo una forma perceptible a los sentidos. No es menos cierto que la tendencia abs¬ tracta informa de manera preferente a la capa erudita, intelectual, de los clérigos, mientras que la tendencia concreta se constriñe las más de las veces a los medios incultos. El sentido de lo abstracto y el sentido de lo concreto caracterizan a los litterati el primero y a los illiterati el segundo. Se puede uno preguntar, por ejemplo, si en los símbolos maléficos la masa medieval no tiene más bien tendencia a asir en primer término el principio malo, 447 36 * LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL }8. O TTAÍA RSHEIM (Según Kautzsch) 38, 39. PLANOS DE IGLESIAS: EL PLANO CENTRAL Y EL PLANO BASILICAL El plano central y el plano basilical son los más frecuentes en las iglesias del Occidente cristiano, tomado el primero del Santo Sepul¬ cro de Jerusalén y el segundo de la basílica romana. En última instancia, ambos proce¬ den de los modelos orientales y de las inter¬ pretaciones simbólicas. La iglesia octogonal de Ottmarsheim (38), en Alsacia, consagrada por el papa León IX en 1049, cn ocasión de una gira dedicada a efectuar consagraciones, imita la célebre ca¬ pilla imperial de Carlomagno en Aquisgrán, cuya popularidad, sobre todo en el país ger¬ mánico, ha reforzado el éxito de las iglesias de planta central, que, en la Alta Edad Media, habían servido primordialmente como iglesias relicarios, martyria. San Ambrosio de Milán (39) fue construido hacia 1100 sobre el emplazamiento de una basílica carolingia del siglo ix, la cual, a su vez, había reemplazado un santuario del si¬ glo tv. La nueva iglesia conserva del edificio carolingio el atrium ensanchado y el coro con tres ábsides, prolongado por una basílica de tres naves. La gran novedad es la cubierta: bóveda sobre nervios, que anunciaría el gótico si su movimiento no estuviese contenido den¬ tro del espíritu puramente románico, «es de¬ cir, destinado a hacer destacar las masas y los valores murales, no a abolirlos» (A. Chastel). 448 MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES que los clérigos le hacen ver después bajo las apariencias concretas del dia¬ blo y de sus encarnaciones. Se concibe, pues, el éxito popular de una here¬ jía como el catarismo, variedad del maniqueísmo, que reemplaza a Dios y a Satán por un principio del Bien y un principio del Mal. De la misma manera, el arte de la Alta Edad Media, por encima de las tradiciones esté¬ ticas indígenas o procedentes de la estepa que lo inspiran, manifiesta que las tendencias «no figurativas» son más «primitivas» que las otras. 59. SAN AMBROSIO DE MILAN (Según Dehio y Bezold) LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL * * * Así en el gusto por el color y el prestigio de lo físico, tendencias fun¬ damentales de la sensibilidad medieval, se podría preguntar qué seducía más a los hombres de la Edad Media, si las atracciones sensibles o las nociones abstractas que se disimulan tras las apariencias: la energía lumi¬ nosa y la fuerza. Él gusto de la Edad Media por los colores vivos es bien conocido. Es un gusto «bárbaro»: cabujones insertos en los planos de la encuaderna¬ ción, orfebrerías rutilantes, policromía de las esculturas, pinturas cubrien¬ do los muros de las iglesias y de las casas de los poderosos, magia coloreada de las vidrieras. La Edad Media casi incolora que se admira hoy día es un producto de la destrucción del tiempo y del gusto anacrónico de nuestros contemporáneos. Sin embargo, detrás de esta fantasmagoría coloreada, sub¬ yace el miedo a la noche, la búsqueda de la luz, que es salvación. Progreso técnico y moral parecen orientarse hacia una domesticación creciente de la luz. El muro de las iglesias góticas se vacía y deja entrar torrentes de luz coloreada por sus vidrieras; el vidrio plano hace una tími¬ da aparición en las casas a partir del siglo xm; la ciencia del siglo xiii, con un Grosseteste *, un Witelo y otros, escruta la luz, pone la óptica en el pri¬ mer plano de sus preocupaciones y, en el campo técnico, concede la claridad a los ojos fatigados o enfermos inventando los lentes en las postrimerías del siglo. El arco iris llama la atención de los sabios: es luz coloreada, anᬠlisis natural, capricho de la naturaleza. Satisface, a la vez, las tendencias tra¬ dicionales y las orientaciones nuevas del espíritu científico medieval. Tras todo esto, se encuentra lo que se ha llamado la ((metafísica medieval de la luz», mejor aún, de modo más general y más modesto, la búsqueda de la seguridad luminosa. La belleza es luz, tranquiliza, es signo de nobleza. El santo medieval resulta ejemplar desde este punto de vista. Como ha escrito Andró Vauchez, «el santo es un ser de luz». Ele aquí la descripción de San ta Clara: «Su faz angélica era más clara y más bella después de la oración, hasta tal punto resplandecía de felicidad. Verdaderamente, el gracioso y liberal Señor derramaba sus rayos sobre su pobre y pequeña esposa de tal manera que ésta irradiaba la luz divina en torno suyo.» A la muerte de San Edmond de Cantorbery, «un rocío luminoso emanó súbitamente de él y su rostro se coloreó con un bello rosado». El Elucidarium precisa que en el Juicio Final los santos resucitarán con sus cuerpos de colores diversos, según que sean mártires, confesores o vírgenes. Pensemos en el ((olor de santidad», 450 MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES simbólico sin duda alguna, pero absolutamente real para las gentes de la Edad Media. En Bolonia, durante la noche del 23 al 24 de mayo de 1233, con ocasión de la canonización de Santo Domingo, su ataúd fue abierto, con objeto de efectuar la traslación de su cuerpo, en presencia de un grupo de hermanos predicadores y de una delegación de nobles y de burgueses. ((An¬ siosos, pálidos, los hermanos rogaban llenos de inquietud.» Cuando se hubo desclavado el féretro, un olor maravilloso envolvió a toda la asistencia. Pero es la luz el objeto de las aspiraciones más ardientes, ella la que está cargada de los más altos símbolos. Helos aquí pintados por Chrétien de Troyes, a Cligés y Fénice: El día estaba un poco cubierto, Pero eran tan hermosos los dos, La doncella y Cligés, que de ellos Brotaba un rayo de belleza, Con el que el espacio resplandecía, Así como por la mañana el sol Reluce claro, brillante y rojo. ((Entre todos los cuerpos, la luz física es lo mejor, lo más dclectable, lo más bello... Lo que constituye la perfección y la belleza de las cosas corpo¬ rales es la luz», dice Robert Grosseteste. Y, citando a San Agustín, recuerda que el ((nombre de Belleza», cuando es comprendido, hace percibir en el acto «la claridad primera». Esta claridad primera no es otra que Dios, hogar luminoso e incandescente. El Paraíso del Dante es una marcha hacia la luz. Guillermo de Auvernia une el número y el color para definir lo bello: «La belleza visible se define, o bien por la figura y la posición de las partes en el interior de un todo, o bien por el color, o bien por esos dos caracteres reunidos, sea que se yuxtapongan, sea que se considere la relación de armo¬ nía que los refiere el uno al otro.» Grosseteste, por su parte, hace derivar de la energía fundamental de la luz tanto el color como la proporción. La belleza se identifica asimismo con la riqueza. Cierto que la función económica de los tesoros —reserva para los casos de necesidad— contribuye a que los poderosos se empeñen en la tarea de acumular objetos preciosos. Pero el gusto estético interviene casi en tanto grado en esta admiración por las obras y más aún, quizá, por los materiales í'aros. Los hombres de la Edad Media admiraban más la cualidad de la primera materia que el trabajo del artista. Desde este punto de vista deben ser estudiados los tesoros de 45i LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL las iglesias, los regalos que se ofrecen mutuamente los príncipes y los pode¬ rosos, las descripciones de monumentos y de ciudades. Se ha hecho notar que el Líber Pontificalis, donde se describían las empresas artísticas de los papas de la Alta Edad Media, se hallaba lleno de gold and glitter. Una obra anónima de mediados del siglo xii sobre los Mirabilia Romae, las «Mara¬ villas de Roma», habla sobre todo de oro, de plata, de bronce, de marfil, de piedras preciosas. Un lugar común en la literatura, tanto histórica como de ficción, es la descripción o, mejor, la enumeración de las riquezas de Cons- tantínopla, la gran atracción para los cristianos de la Edad Media. Lo que llama en primer término la atención de los occidentales en el Pélerinage de Charlemagne son los campanarios, las águilas, los puentes «relucientes». En el palacio, son las mesas y las sillas de oro fino, los muros recubiertos de ricas pinturas, la gran sala cuya bóveda está sostenida por un pilar de plata nielada, rodeado de cien columnas de mármol nielado de oro. Lo bello es lo colorido y lo brillante, que es también, con la mayor frecuencia, lo rico. Pero lo bello es, al mismo tiempo, lo bueno. El prestigio de la belleza física alcanza tan alto grado que la belleza se convierte en un atributo obligatorio de la santidad. El Buen Dios es primordialmente el Bello Dios y los escultores góticos imprimen en sus obras el ideal de los hombres de la Edad Media. Los santos medievales poseen no sólo los siete dones del alma (amistad, sabiduría, concordia, honor, poder, seguridad y alegría), sino también los siete dones del cuerpo: belleza, agilidad, fuerza, libertad, salud, voluptuosidad y longevidad. Esto ocurre incluso en los san¬ tos ((intelectuales». El caso de Santo Tomás de Aquino es característico. Un autor de leyendas dominico escribe: «Cuando Santo Tomás se paseaba por la campiña, el pueblo que estaba ocupado en los campos abandonaba sus trabajos y se precipitaba a su encuentro, para admirar la estatura imponen¬ te de su cuerpo y la belleza de sus rasgos humanos; se veían impulsados hacia él mucho más por su belleza que por su santidad.» En Italia del Sur, se le llamaba el Bos Siciliae, el «Buey de Sicilia». Así, ese intelectual era en primer término, para la gente de su época, un ((fuerte», un «duro». Ese culto a la fuerza física se da con mayor intensidad, como es lógico, entre los miembros de la aristocracia militar, entre los caballeros, para quie¬ nes la guerra supone una pasión. El trovador Bertrán de Born # , que fue, antes de hacerse monje cisterciense, el compañero de Ricardo Corazón de León, ese espejo de caballeros (Joinville relata todavía con admiración: «Cuando los caballos de los sarracenos se asustaban ante un matorral, sus amos les decían: ¿Piensas que es el rey Ricardo de Inglaterra? Y cuando los niños de los sarracenos se peleaban, les decían: ¡Cállate, cállate! ¡O iré 452 MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES a buscar al rey Ricardo, que te matará!»), ha cantado el ideal belicoso de los guerreros de la Edad Media. Belle m’est la presse des boucliers Aux couleurs de vermeil et d’azur, D’enseignes et de gonfanons, De diverses couleurs tretous; Tentes, abrís, riches pavillons dresser. Les lances briser, les écus trouer et fendre Les heaumes bruñís; des coups donner et rccevoir. Et j’ai grande allégresse Quand je vois en campagne rangés Chevaliers et chevaux armes. II me plaít quand les coureurs Font gens et bétail s’enfuir; II me plaít de voir leur courir sus Forcé guerriers, tous ensemble. II plaít surtout á mon coeur De voir cháteaux forts assiégés, Enceintes rompues et effondrées, De voir l’armée sur le bord Tout autour de fossés enclos Et de lices aux forts pieux serrés. II me plaít aussi le seigneur (¿uaná le premier il se lance a l’assaut, Sur son cheval arme, satis frcrnir Pour faire les siens cnhardir De son vaillant courage... Je vous le dis: ríen ría pour moi saveur. Ni manger, boire ou dormir, Autant que d’entendre crier: “En avant!” Des deux cotes, et d’entendre hennir Les chevaux démontés, en forét, Et crier: “A l’aide! A l’aide!’’ Et voir tombcr dans les fossés Grands et petits dans la prairie, Et voir les morís avec, dans le cote, Trongons de lance et leurs fanions. 453 EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 141 A 15 141. SIMBOLISMO ANIMAL Y MENTALIDAD DUALISTA. La obra mediocre de Hugues de Fouil- loy, escritor y miniaturista, prior de Saint-Laurent-au-Bois, cerca de Heilly (Somme), de 1152 a 1174, manifiesta esa tendencia al simbolismo moraliza- dor y al simplicismo mental que opo¬ ne de dos en dos a buenos y malos y que triunfará durante el siglo XIII en las obras vulgarizadoras, como la del dominico Vincent de Beauvais. La mi¬ niatura toma como punto de partida tres versos de la novena égloga de Vir¬ gilio, enteramente apartados de su sen¬ tido original. Hugues opone en ella al bueno y al mal pastor: el Cristo y un monje indigno del báculo abacial que le tiende el Señor. Debajo de cada uno de ellos, la buena progenie: carneros, ovejas, corderos, pastor vigilante con su perro ladrador, y la mala: macho cabrio, cabras, cabritillos y pastor ne¬ gligente con su perro mudo. Hugues aplica la fácil oposición de las dos fa¬ milias a toda clase de comparaciones: verdaderos o falsos monjes, paganos y cristianos, etc. Sus obras han gozado de una gran popularidad entre los cister- cienses. Este manuscrito procede de la abadía cisterciense de Clairmarais (Pas- de-Calais). (Saint-Omer, Biblioteca Mu¬ nicipal, manuscrito 94, fol. 48 vuelto.) 143. SIMBOLISMO ANIMAL Y VIDA MORAL: LA SERPIENTE Y LA MUERTE DEL MAL RICO. Capitel de la nave de Vézelay, que re¬ presenta la muerte del mal rico (véase il. 119). Dos diablos se llevan su alma al infierno, mientras la serpiente, sím¬ bolo del mal, y aquí más especialmente de la avaricia, cobija los sacos en que el difunto ha atesorado su fortuna. (Vézelay, Iglesia de la Magdalena.) 143. los milagros: vencer a la MUERTE. El gran temor, antes del siglo XIV, está representado por el infierno, no por la muerte. Las numerosas escenas de re¬ surrección parecen haber tenido por objeto más la afirmación del poder de Dios y de la santidad de los personajes a los que confiere ese poder que la ne¬ cesidad de calmar una inquietud inme¬ diata cara a la muerte. En este capitel de la nave de Vézelay (entre 1120 y 1140), San Benito resucita a un niño. (Vézelay, iglesia de la Magda¬ lena.) 144. SIMBOLISMO ANIMAL: EL GRIFO. La vida moral es una lucha. Es preciso clavar la espada en el cuerpo del grifo, encarnación del Diablo, símbolo d.el mal. El escultor de este capitel de Autun (siglo XII) se ha interesado so¬ bre todo por las posibilidades gráficas de un tema teratológico que se presta¬ ba a numerosas variantes en torno a la mezcla de las dos naturalezas del grifo: pájaro-mamífero, semileón y semiágui- la, mezcla que permite esas inquietan¬ tes coexistencias en un solo cuerpo, esas herejías zoológicas que tanto han seducido a la sensibilidad y al arte ro¬ mánico. (Autun, catedral.) 454 i Hff k.._ ^Kf||¡ r 3 r ' r - ■ ■ y 'rfS ;%K^ ' ^T- 1 —á^Jr ' .^jlá IjjfcV * gHwlyj ONsM iw^WSk', \Watfm .— ■ /t’^^.MEíEII H1MÍ ■? : ¿§ tí : fírnm tn*nuitcj EPIGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 141 A 15 145. LOS MILAGROS: VENCER AL HAMBRE. Uno de los milagros más populares del Cristo, renovado, por otra parte, si bien a escala más modesta, por varios santos en la hagiografía medieval, es la multiplicación de los panes, milagro que tranquiliza a una sociedad acecha¬ da por el hambre. (Iglesia de Saint- Nectaire, Puy-de-Dóme, siglo XII.) 146. REALISMO Y ALEGRÍA DE VIVIR: UN MÚSICO. En tanto que la arquitectura exagera los vuelos de la sensibilidad, la escul¬ tura gótica expresa en forma creciente una atención hacia la vida terrestre ex¬ traña por completo al arte románico. Este músico, tomado en el realismo de los rasgos y del gesto, aparece casi idea¬ lizado en una dirección opuesta a la idealización dramática del arte románi¬ co: la del goce de vivir. La música es, a partir de este momento, arte de la felicidad terrestre. La estatua decoraba una casa laica del siglo XIII en Reims. Pero la inspiración procede acaso del gran taller de la catedral, donde, se- gún la expresión de Émile Male, ‘‘ha sido creado el estilo que ganaría a toda Europa, imponiendo por todas partes el arte de la Champagne”. (Reims, Mu¬ seo de Bellas Artes.) 147. EL CULTO DE LA FUERZA: LA PROEZA. La sociedad feudal, militar y primiti¬ va, admira sobre todas las cosas a la fuerza, y la ‘‘proeza” caballeresca es, ante todo, una proeza física. En esta miniatura incluida en un manuscrito del Román de Godefroi de Bouillon, pintada en un taller parisiense (1337), el primer rey cristiano de Jerusalén, convertido en héroe de novela caballe¬ resca y cuya fuerza es legendaria, corta de un solo tajo de su espada (la proeza por excelencia) la cabeza de un came¬ llo. (París, Biblioteca Nacional, manus¬ crito francés 22495, f°l- 7&-) 148. MILAGRO DE LA VIDA MATERIAL : EL PRECIO DEL HIERRO. Miniatura de la Biblia del rey de Bo¬ hemia Weiiceslao (1178-1419). Repre¬ senta un milagro que la Edad Media, después de Gregorio Magno, asignaba por regla general a San Benito, pero que aquí se presenta como realizado por Salomón. Un ebanista ha dejado caer en aguas profundas el hierro de su útil. Salomón lo hace remontar mi¬ lagrosamente del fondo del agua. Salo¬ món, gran constructor, se había con¬ vertido a los ojos de la Edad Media en el gran maestro de los secretos técni¬ cos y científicos. Resulta pintoresco ver a un personaje al que la Biblia atri¬ buye tan innumerables riquezas reali¬ zar un milagro tan humilde. Pero el hierro era una materia rara en la Edad Media, sobre todo en la época de San Benito. (Viena, Biblioteca Nacional, manuscrito 5326.) 149. LA CRUELDAD: SUPLICIOS DE LOS MÁRTIRES. Los artistas de la Edad Media, particu¬ larmente en España, se han complaci- 455 EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 141 A 151 do en figurar las torturas infligidas a los mártires en un ciclo de suplicios, a los que resisten sucesivamente para su¬ cumbir al final. En realidad, no se tra¬ ta sino de una transposición a la ha¬ giografía de las torturas de la justicia medieval. La Leyenda dorada relata el martirio sufrido en Tarso, en el año 2jo, por la noble cristiana Julita y su hijo de tres años, Ciro. Este frontal de altar, que proviene de una capilla de Durro y que, perteneciendo al primer periodo de la pintura románica cata¬ lana, tan intensamente expresiva (ha¬ cia uoo), es, por lo tanto, muy ante¬ rior al citado texto de Jacques de Vo¬ rágine, representa otro ciclo de tor¬ turas. El suplicio de la sierra, el más atroz, no figura en la Leyenda dora¬ da. (Barcelona. Museo de Arte de Ca¬ taluña.) 150. LA VIOLENCIA Y EL FUROR: CADÁ¬ VERES. Esta miniatura del manuscrito de Saint- Sever (siglo XI), copia del Comentario del Apocalipsis de Beatus, representa el Diluvio. La nota de esperanza que pone la paloma con el ramo de olivo, en la parte alia a la izquierda, es bien débil en relación al horror de los ca¬ dáveres de hombres y de bestias ahoga¬ dos, con los ojos insoportablemente va¬ dos (véanse ils. 22, 49, 89, 136). (París, Biblioteca Nacional, manuscrito lati¬ no 8878, fol. 85.) 151. monstruos humanos: las razas DEL EXTREMO DEL MUNDO. Los monstruos humanos han permiti¬ do dar libre curso al surrealismo me¬ dieval. La imaginación juega aquí en¬ tre lo seudocientífico (la miniatura ilustra las razas del extremo del mun¬ do, evocadas por el mediocre vulgari- zador romano Solinus en el siglo III y repetidas en el siglo XII por Hono- rius Augustodunensis), lo fantástico y lo burlesco. El resultado es turbador. El manuscrito ha sido ejecutado en Arnstein, Renania, durante la segunda mitad del siglo XII. (Londres, Brilish Museum, manuscrito Herley 2799, fo¬ lio 249.) 45 6 MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES Car granel gaerre fait d’un seigneur avare un généreux: Pour quoi me plaít bien des rois voir la pompe, Qu’ils aient besoin de pieux, cordes et pommeaux Et soient les tentes dressées pour camper dehors. Ah! ?ious rencontrer par milliers et centaines, Qu’aprés nous on en chante la geste! Trompes, tambours, banniéres et pennons, Enseignes et chevaux noirs et blañes Verrons bicntót: qu’il fera bon vivre! On prendra leur bien aux usuriers, Et par chemin n’iront plus convois De jour tranquilles, ni bourgeois sans tracas, Ni marchands qui viendront de la France, mais sera riche qui pillera de bon coeur! (Bella es para mí la presea de los escudos / con sus colores rojo y azur, / de las enseñas y de los gonfalones, / pintados en diversos colores; / alzar tiendas, abrigos, ricos pabellones, / romper las lanzas, agujerear los escudos y cortar / los yelmos bruñidos; dar y recibir golpes. / Y siento gran alegría cuando veo en el campo alineados / a los caballeros y a los caballos arma¬ dos. / Me place cuando los corredores / hacen huir a las gentes y al gana¬ do; / me place verles correr perseguidos / por muchos guerreros, todos juntos. / Place sobre todo a mi corazón / ver castillos fuertes sitiados, / murallas rotas y hundidas, / ver al ejército en el borde / todo alrededor de los fosos cercados / y palestras con fuertes puntales apretados. / Y me place también el señor / cuando se lanza el primero al asalto, / sobre su caballo armado, sin temblar / para hacer enardecer a los suyos / con su valiente coraje... / Os lo digo: nada tiene para mí sabor, / ni comer, ni beber, ni dormir, / tanto como oír gritar « ¡Adelante! )> / por ambos lados, y oír relin¬ char / a los caballos desmontados, en el bosque, / y gritar: « ¡Ayuda! ¡Ayu¬ da! » y ver caer en los fosos / glandes y pequeños en la pradera, / y ver los muertos con trozos de lanza / en el costado, y sus banderolas. / Pues una gran guerra hace de un señor avaro un generoso: / por lo que me place ver la pompa de los reyes, / que tengan necesidad de estacas, cuerdas y pomos de espada / y sean las tiendas levantadas para acampar fuera. / ¡Ah, encon¬ trarnos por millares y centenas, / que después de nosotros se cante la ges¬ ta! / Trompas, tambores, banderas y pendones, / enseñas y caballos negros y blancos / veremos bien pronto: ¡qué gusto dará vivir! / Se quitarán sus bienes a los usureros, / y por el camino no irán ya los convoyes / de día 457 37 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL tranquilos, ni los burgueses sin miedo, / ni los mercaderes que vengan de la Francia, / ¡ y será rico el que robe a manos llenas!) Joinville, en el comienzo de su biografía hagiográfica de San Luis, dis¬ tribuye en dos partes la vida del rey: «La primera trata de cómo el santo rey se condujo durante toda su vida según Dios y según la Iglesia, en pro¬ vecho de su reino. La segunda parte habla de sus grandes hechos de armas y de caballería.» El ideal militar estriba en el cuerpo a cuerpo: ((Sabed que fue un bello hecho de armas, pues no se tiró con arco o con ballesta; sino que se combatió cuerpo a cuerpo, a golpes de mazas y de espadas.» He aquí de lo que el caballero se envanece, para agradar a las mujeres: ((El buen conde de Soissons, en este encuentro, bromeaba conmigo y me decía: ¡Senescal, dejemos aullar a esa jauría! Pues, ¡por la cofia de Dios (era su juramento favorito), vos y yo hablaremos aún de esta jornada en las cáma¬ ras de las damas! » Los ((ídolos», de las gentes de todas condiciones son los autores de ((proe¬ zas», esos altos hechos deportivos. He aquí una proeza de Tristán: Fres du chemin par oú ils vont Une chapelle est sur un mont, Au coin d’une roche assise, Dominant la mer, face á la bise. La partie qu’on appelle chantel Etait posee sur un monticule. Au-delá, plus rien: la falaise. Ce mont est tout plein de pierre. Si un écureuil eüt sauté de la, II eút péri, sans rémission... Tristan ne va pas lentement! Derriére l’autel, il va á la fenétre. La tire á lui de sa main droite Et, par l’ouverture, il saute dehors... Seigneurs, une grande pierre large Etait au milieu de ce rocher. Tristan y saute tres légérement. Le vent s’engouffre dans ses habits. Et l’empéche de tomber lourdement. Les Cornouaillais appellent encore Cette pierre “le Saut de Tristan”... 458 MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES Tristan saute: le sable était mou... Les aulres l’attendent devant l’église, Mais en vain: Tristan s’en va! Dieu lui a fait une belle grdce. Sur le rivage, a grands sauts, il s’enfuit. II entend bien le feu qui bruit! II n’a pas le coeur á retourner: II ne peut courir plus vite qu’il ne court... (Cerca del camino por donde van / Una capilla se alza sobre un monte, / En el rincón de una roca asentada, / Dominando el mar, cara al cierzo. / La parte que se llama cantil / Se halla colocada sobre un montículo. / Más allá, nada: el acantilado. / Este monte está todo lleno de piedra. / Si una ardilla hubiese saltado de allí, / Habría perecido sin remisión... / Tristán no anda lentamente / Tras del altar hay una ventana, / La atrae hacia él con su mano derecha / Y, por la abertura, salta afuera... / ¡Señores!, una gran piedra ancha / Estaba en medio de este roquedo. / Tristán salta sobre ella muy ligeramente. / El viento entra en sus vestidos / Y le evita caer pesa¬ damente. / Las gentes de Cornualles llaman todavía / A esta piedra «el Sal¬ to de Tristán»... / ¡Tristán salta! : la arena era blanda... / Los otros lo aguardan ante la iglesia, / Pero en vano: ¡Tristán se va! / Dios le ha hecho una bella merced. / Por la ribera, a grandes saltos, escapa. / Oye muy bien el fuego que crepita. / No tiene intención de volver: / No puede correr más rápido que corre...) La misma tendencia hacia la proeza en los clérigos, sobre todo en los monjes. Los irlandeses han enseñado a los religiosos medievales los altos hechos ascéticos, la embriaguez, de las mortificaciones. Los santos, sucesores de los mártires de las primeras edades, son los «atletas de Cristo». Sus proe¬ zas son también principalmente físicas. El arte, en fin, será asimismo búsqueda de la proeza: esmero excesivo en el detalle o desmesura en la construcción, cada vez más alta, cada vez más amplia. El artista gótico persigue la hazaña, lo extraordinario. Una estructura mental que se pone de manifiesto con frecuencia resume a la vez la visión guerrera y el simplicismo dualista: es el pensamiento por oposición entre dos adversarios. Para los hombres de la Edad Media, toda la vida moral se resume en un duelo entre el Bien y el Mal, las virtudes y los vicios, el alma y el cuerpo. Prudencio, en su Psychomachia, había hecho ba¬ tirse a los vicios y a las virtudes. La obra y el tema han gozado en la Edad 459 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Media de una singular fortuna. Ahora bien, las virtudes se han convertido en caballeros y los vicios en monstruos. # * # Toda esta exaltación no era sino una búsqueda. Escapar a este mundo vano, engañoso e ingrato, es la tentativa incesante de toda la sociedad medie¬ val, desde el más alto al más bajo. Tratar de encontrar, al otro lado de la realidad terrestre mentirosa —los integumento,, los velos, pueblan la litera¬ tura y el arte medievales y la andadura intelectual o estética en la Edad Media consiste, ante todo, en levantar los velos—, la verdad oculta, verita ascoza sotto bella menzogna («la verdad oculta bajo la bella mentira», Dante, Convivio, II, i), tal es la mayor preocupación en la Edad Media. De ahí el recurso constante a los mediadores del olvido, a los creadores de evasión. Afrodisíacos y excitantes, filtros de amor, especias, brebajes de donde nacen las alucinaciones, hay para todos los gustos y para todos los bol¬ sillos. Las hechiceras de aldea los procuran a los campesinos; los mercaderes y los «físicos», a los caballeros y a los príncipes. Todos acuden en busca de visiones, de apariciones y a menudo se ven favorecidos por ellas. La Iglesia, que reprueba esos medios mágicos, recomienda otros: según ella, todo acto importante debe ser preparado con ayunos prolongados (en general, de tres días), con prácticas ascéticas, con oraciones que hacen el vacío necesario para la venida de la inspiración, de la gracia. La vida de los hombres de la Edad Media está atormentada por los sueños. Sueños premonitorios, sueños reve¬ ladores, sueños instigadores. Son la trama misma y los estimulantes de la vida mental. Los innumerables sueños de los personajes bíblicos, que la escultura y la pintura representan a porfía, se prolongan en cada hombre y en cada mujer de la Cristiandad medieval. «¿De dónde vienen los sueños?», pregunta el discípulo del Elucidarium. «A veces de Dios, cuando se trata de una reve¬ lación del futuro, como cuando José supo por las estrellas que sería preferido a sus hermanos, o de una advertencia necesaria, como cuando el otro José supo que debía huir a Egipto. A veces del Diablo, cuando se trata de una visión vergonzosa o de una incitación al mal, como leemos en la Pasión de Nuestro Señor con referencia a la mujer de Pilatos. A veces también del hombre mismo, cuando eso que ha visto, oído o pensado, lo imagina en sueños y saca de ello temor, si se trata de cosas tristes; esperanza, cuando se trata de cosas alegres.» Todas las clases sociales sueñan. El rey de Inglaterra Enrique I ve en sueños a los tres «estados» de su pueblo sublevados contra él; el monje Gunzo recibe en sueños los datos numéricos de la reconstrucción 460 MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES de la iglesia de Cluny; el padre de Helmbrecht percibe en sueños las eta¬ pas de la trágica suerte de su hijo. Sueños sospechosos también, inspirados por el Diablo. En la Vie de Marie d’Oignies, escrita por Jacques de Vitry, el Diablo se aparece a la santa y le declara: «Mi nombre es sueño. Me apa¬ rezco, en efecto, a muchas gentes durante el sueño, sobre todo a los monjes y a los religiosos, como Lucifer; me obedecen y, bajo los efectos de mis con¬ solaciones, se dejan llevar a la exaltación y llegan hasta a creerse dignos de sostener conversaciones con los ángeles y las potencias divinas.» El sueño es conocimiento. «En la tercera noche, Isolda soñó que sostenía en su regazo la cabeza de un gran jabalí, que manchaba su ropa de sangre, y conoció por ello que no volvería a ver vivo a su amigo.» * # * Al lado de esta mentalidad y de esta sensibilidad mágicas, surgen y se desarrollan otras estructuras, principalmente en las ciudades, donde la evo¬ lución es más rápida. Visibles ya en el siglo xii, dichas transformaciones pare¬ cen haber ganado la partida en el siglo xm. Claro está que se ha de recordar aún, con Claude Lévi-Strauss, que «el pensamiento mágico no es un inicio, un comienzo, un esbozo, una parte de un todo todavía no realizado, sino que, por el contrario, forma un sistema bien articulado, independiente, desde ese punto de vista, de ese otro sistema que constituirá la ciencia...». No obstante, hay que concretar que, en la sociedad medieval y muy a menudo en un mis¬ mo hombre, no solamente cohabitan los dos sistemas, sino que, a través de oposiciones, tensiones e incoherencias, se da una permeabilidad, una progre¬ siva destrucción del antiguo sistema por el nuevo. Preciso es también recor¬ dar que la actitud del historiador de las civilizaciones, frente a esas mutacio¬ nes de mentalidad y de sensibilidad, ha de ser por fuerza diferente a la de los historiadores del pensamiento y de la espiritualidad, que buscan en esas transformaciones el fondo estable de una fe. Aunque fuesen tan luminosos, tan penetrantes, tan sensibles a las evoluciones como los de un padre Chenu o de un padre Lubac, sus análisis, que enriquecen la comprensión histórica, dependen siempre de un prejuicio —en el mejor sentido de la palabra—, del que hay que apartarse para intentar proyectar sobre la historia mental de la Edad Media una luz acaso menos «afectuosa», pero que, dada la distancia a que está situada, debe hacer resaltar ciertas proporciones y ciertas relacio¬ nes. Al comienzo de su admirable obra sobre Théologie au douziéme siécle, el padre Chenu escribe: «Toda la lectura del siglo xii ha sido desequilibra¬ da por los prejuicios racionalistas de la filosofía de las luces... Sostenemos fir- 461 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL memente, contra ella y contra sus secuelas, que los procedimientos simbóli¬ cos de la expresión religiosa tienen por lo menos tanta importancia y, cier¬ tamente, más eficacia cristiana que los procedimientos dialécticos.» A ello hemos de contestar que la «eficacia cristiana» no puede servir de referencia al historiador y que, a despecho de sus extremismos, sus incomprensiones, sus candideces, sus errores, la filosofía de las luces tuvo el mérito, abstracción hecha de los juicios de valor que en efecto mezclaba en ello, de afirmar que (dos procedimientos simbólicos de la expresión religiosa» pertenecían ya al pasado, al siglo xii, mientras que los «procedimientos dialécticos)) represen¬ taban el mecanismo mental e intelectual del porvenir, en espera de ceder el lugar a otras ((novedades)). La primera novedad que se produce en ese dominio durante el siglo xii es, como hemos visto, la creación por hombres ((nuevos», los maestros de las escuelas urbanas, convertidos en universitarios, de un nuevo bagaje men¬ tal. Ese bagaje mental se forma a partir de un instrumento material, el libro. Porque no hay que engañarse. El libro universitario es por entero distinto al libro monástico. No se trata de negar que éste haya sido un ins¬ trumento de cultura. La magnífica historia de la cultura monástica —tal como la ha evocado, por ejemplo, un Dom Jean Leclercq— basta para ates¬ tiguar el papel del libro en ese sistema cultural. Pero el libro monástico, comprendida su situación espiritual e intelectual, supone en primer térmi¬ no un tesoro. En cambio, el libro universitario es, ante todo, un instru¬ mento. A pesar de todos los esfuerzos de la técnica: escritura cursiva, menos cuidada y más rápida, multiplicación de los ejemplares por el sistema de la peda *, ausencia de miniaturas o ilustraciones hechas en serie, el libro seguirá siendo caro, hasta que llegue la imprenta. Recuérdese el milagro de San Benito, en el siglo vi, salvando de anegarse en las aguas el hierro de una pala. A ese milagro responde —tiempos nuevos, instrumentos nuevos— el de Santo Domingo en el siglo xm: «Un día en que Santo Domingo cruzaba un río, en las cercanías de Toulouse, sus libros cayeron al agua. Ahora bien, tres días después un pescador, habiendo echado sus redes en ese lugar, creyó haber capturado un pesado pez y sacó del agua los libros del santo, tan intactos como si hubiesen estado cuidadosamente guardados en un armario.» No se trata, por otra parte, de que Santo Domingo hubiese sucumbido a un nuevo fetichismo del libro, lo cual no supieron evitar todos los universitarios. Muy al contrario, sabe restringir el papel del libro a su función auxiliar. La leyenda dorada lo testimonia todavía: ((Como se le preguntase cuál era el libro en que había estudiado más, contestó: “ ¡En el libro de la caridad!”» 462 MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES Resulta sintomático, por lo demás, ver incluso a las órdenes mendican¬ tes adaptarse a este nuevo papel del libro, San Francisco se siente muy receloso ante la cultura intelectual, debido a que, al considerarla como un tesoro, el valor económico de un libro le parece en contradicción con la práctica de la pobreza que desea para sus hermanos. Un gran personaje de la orden de los hermanos predicadores, el cardenal Humbert de Romans, se indigna, en el siglo xiii, al ver que el libro, convertido en utilitario, ya no es objeto de atentos cuidados: «De la misma manera que los huesos que son reliquias de los santos se conservan con tanta reverencia que se envuel¬ ven en seda y se guardan entre el oro y la plata, es condenable que los libros, que contienen tanta santidad, sean conservados con tan poco cui¬ dado.» A decir verdad, la transformación de la función del libro no es más que un caso particular de una evolución más general, la que difunde el uso del escrito y, sobre todo, le reconoce un nuevo valor: el de prueba. La orda- lía, prohibida por el IV Concilio de Letrán en 1315, es poco a poco reem¬ plazada por las pruebas escritas, lo cual viene a trastornar la justicia. En las Couturnes de Beauvaisis, de finales del siglo xiii, Philippe de Beauma- noir, enumerando las categorías de pruebas, pone en segundo lugar (des¬ pués del conocimiento directo de la causa por el juez) la prueba «por letras», antes aún de la prueba ((por prendas de batalla)), es decir, el duelo judicial, sobre el que declara: «De todos modos, esta prueba es la más peligrosa.» Mejor todavía, subraya que se ha de conceder, en el caso de la prueba por letras, la menor importancia posible —al contrario de lo que se hacía en el pasado— a los testimonios, que son mortales, ((por lo cual conviene que las letras valgan por sí mismas y es de hecho el caso». Durante este período de transición se observa todavía la dificultad de las gentes para adaptarse a la nueva función de los escritos. El archidiácono llamado a testimoniar sobre el litigio de Orly de 1252 habla de los «antiguos rollos)) que ha visto en la biblioteca del capítulo, mas como pruebas en proporción a su anti¬ güedad que en razón de su contenido. Éste es, en efecto, el momento en que se generaliza la redacción de las ((costumbres», en que se multiplican las actas, en que el Derecho feudal, como el Derecho romano y el Derecho canónico, se encarna en tratados. La sociedad tradicional del ((he oído decir», de la tradición oral, se habitúa lentamente a manejar, si no a leer, lo escrito, de la misma manera que apren¬ de a utilizar el dinero en la vida económica. Las herramientas se renuevan en todos los dominios. Al igual que las innovaciones técnicas, desde el pun¬ to de vista económico, las novedades en el campo cultural no avanzan sin 463 EPIGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 152 A 161 152 . LAS ARTES LIBERALES: ARISTÓ¬ TELES. El programa de las siete artes liberales ha sido representado por primera vez en las catedrales de Chartres y de Laón, las dos más célebres escuelas francesas del siglo XII. La ilustración sigue el texto de Martianus Capella, que había establecido su lista, a co¬ mienzos del siglo V, en las Nupcias de Mercurio y la Filología y que había rodeado a cada una de las siete muje¬ res que simbolizan las ciencias con un grupo de sabios. La Edad Media ha retenido, dentro de cada grupo, el n,ombre de uno, más especialmente re¬ presentativo de cada disciplina. Aquí Aristóteles ilustra la dialéctica, situa¬ da encima de él. Precisamente a me¬ diados del siglo XIII, Thierry de Char¬ tres había incluido nuevos tratados de lógica de Aristóteles en su obra sobre las siete artes liberales: el Heptateu- chon. El sabio está representado como un escriba, un escribiente con todos los instrumentos de su oficio. Estas escul¬ turas ornamentan las superficies above¬ dadas de la puerta derecha del Pórtico Real de Chartres, levantado entre 1145 y 1155 para servir de fachada a la ca¬ tedral románica del siglo XI, destruida en 1194 por un incendio, del que se salvó únicamente esta fachada. (Char¬ tres, Catedral.) 153. el libro: un tesoro. El libro no dejó de ocupar en la cultu¬ ra medieval un lugar de excepción. Es el arma de los clérigos. Durante la Alta Edad Media, su poder es más bien mᬠgico. Más tarde ese poder se convierte en utilitario, instrumento de cultura más que de prestigio. No obstante, tuvo siempre un doble valor: material (los libros costaban caros) y espiritual. Salvar los libros constituyó, pues, para los clérigos una preocupación casi tan grave como poner al abrigo las reli¬ quias. En la ilustración, San Omer y dos de sus compañeros blauden ese precioso tesoro durante una travesía. La miniatura forma parte de un con¬ junto incluido en un manuscrito de la vida de San Omer, copiado a finales del siglo XI por el capitulo de la cate¬ dral. (Saint-Omer, Biblioteca Munici¬ pal, manuscrito 698, fol. 10 vuelto.) 154. el libro: un instrumento. Este copista, con sus tiritas de diferen¬ tes colores, sentado bajo una arquitec¬ tura característica del gótico a finales del siglo XIII, reproduce una obra de éxito, el Speculum historíale, el “Es¬ pejo histórico” (véase il. iay) de Vin¬ cent de Beauvais. El manuscrito, ins¬ trumento de vulgarización, evoluciona hacia la producción en serie. (Bolonia, Biblioteca Municipal, manuscrito 191, fol. 7 vuelto.) 155. EL PROGRESO DE LA CIENCIA: LA LECCIÓN DE ANATOMÍA. El estudio de la anatomía hace gran¬ des progresos en el siglo XIII. La prác¬ tica de la disección aparece en Bolonia, donde Guillermo de Saliceto publica en I2J5 su Chirurgia, la primera ana- 464 ^ ^ oajjtnc (ia«o:ían- lA - ; tfrtt?íu^ iucnnifm»fpnl>? mtudt afw t nmti(«tug.*iiíf ft) mema fouíib? lUtrpiHnü ciáttomti star ¡5 4 1 c l«ofrtitgítioi qt turnacuín tunóme• id fuíPÍAngwicm mu cüfilw }»t$ c uroA-t.p npiu* wtoí íijiiof timo-fie t fuá ougttHioff uhifiPtfígiial'i»! uuioturtílíi v (MigtueO) úint a&iuiWutSaait emiouun¿ iPlrúífppU'iiTmíii^ittó^iiiln'íitórtujhV rtf mu» «r O» ifcla» amiwji pütfixCtmqfc mu lYcoqiaofauguñ) t\'«aüic (aniLUfu: noimnfa íultftnln íhit¿tuuf,i|Bft-iíut6e' a* i o’píUVftf míala a> £ altijo oayjxwuM.' ni fice fpttut rpifitln t (fcnnfr trmtniin ao f alio» iiuilKínUHjíCBtu-q! ¡Hmitlutnl»; ur f ÍJtliu» t>u¿¡» umu»i}'«un«i Oid lífcoaitr Cpma ffíMimi-tlipiftío l ñairiaumino líwagu'WotofhitUingitfiríhinO ifuS» It'mTwf frtlU»; tttcúuu'qi giutir titb.a lililí nmOcrtriu •tiiifVfamT mitf(ii fu fíutmo lÜretó ifctltu ñíuj* «tif if alujo alio Ju ¡¡t £ •' luac íviajfUui ivaagicute ououifugun' iun.ii , i ucm’-ttir cf tticitV úu'in'cti q qttm tuuira-uho.liifftii ColUatutnau íaiatwi 03 lime td qi iuuuj uli’o tapiar iCtpiérmto nu ftíucu ¿gnu tuuhuíur Ir qafnt» irtoaí ¿V» atf igniunac coiii fturiuifittetó quiti roidí» fcuilf fiuiatUitíbuji •fjAtiuiiií'i tatito t'tuaguiu' ucttur ti fano rtrnr hmuii íiihw’ía^piiw mccmoviiüúif annq'aiuift» rota OtOUtnrUd uawmiigf nnuufrrf ai¿ tritífatimv fi-gria© woimomiji ibu» fi andar alia cwrfiingumiUu w ifngi íHiir ? io ottalmttftarfbuif i'flülinratt i i minia uíb.io arpie uurufüuimuti mu moíit cft Guigwe tuetteqftifiar tí fluuir fi l«itnir-iiifjiiofmo:atí r a>yit 4 DtlK’ñairirñmtuunijfitafui ac uttñl li q’tfrfm’foAiurii^Mniiyjiluiiui mimo f quila aniíttwl^r atvalwíit‘‘órvuu»' Cf luían UilKiift-au i fu n‘fii r TUnn t ‘«riliib licuar. «.'a^UHii m$¡tuov inq- uifaiif aü" i fhf ftifio enn: íhip nr qñ qitu mi loro e m 10 molf i íurp'fir ftuifi mamní. minuiiñi ■iciiar i liuor qmufto n iiiia auriuifiiV i'ifintQia igi? uriuu'i iiuov.ll! ú fiUfior CDi| iuucianmir rmirglainiiib if>ri,‘r línrtu iv o iiuiOuii ipitf.^i tia!o» titifgni’ iimi‘aiilii i foluc olnm.nirci’ ifc fncimm o fin liiíif jtm oagiiVíffarfittigii» Alhr r\ rnun iiii linwfiirl'íliifaar rtliilani|c i ir laf im Oilamni'a imano ni'IV liíítib .,f ■ ¡¡Unii'ifT fm'plmti ip oiain» WmimoX' aii iiucf.'iiiinmí'lmivnrtaiímntrciTnü 11 j filia, quali rnlc ituli’iiu tiur iv pama: ürti mro.fiT munífo ucailP íitiíc r.ufi'ttur!' ifimw uouiri ? i\i*Í ,, u J “írofri»iu - nene ano binoafivu Crfi^iiiói vfwoüriiof tv» rolli iftlmiBurrtOiailifiiíftcthfaií iatvn’ai>|>ti'ÍJiUiaoIri i trñ^no caí* nnvfb c ib uuuniiítóH'rft’m feranr te co q’ tu 1041c air a ga- iufTfauihii 1 alta afuuit uo njr natmioir^cpu-fcpia’ n^ifi^Tml 1 «rlii mlii iyinu un q acirrtüiulPiatrmfifti j fplcac ucfruoimc ¡tttimtlu fttníKt iCttr btOiuir'ii^guVVñ rerMircrminit.i orat olí ov jtti?a>v^»ina ^liioto fuuaio oaaiiir uai'io aniíoit iVnnft'iaaunmn meoni lUifiuo frota ifrn l> t a iurma 1 afiaiiipuia 1 uno 1 m”ttntai.'Dnoaücrj/iuiptu , ■unigj Dattó iiiuimt (rnuU*annoao|»ati n ba iit»t>i> fnclaiVWmuua-iJTiifr¿otuT Diihiuar uiriun rouuaao t lituv ; ti íi^ *- ¿flB /ggg .t ■•'¡ y, v-V ¡H E* í i* i I KV JRj®‘ \J%Sf ¡i ■ F\ff % m % *■ ♦ ; E ...áC > \ 1. *:1 i l;^*F á» * .' J . /■ í¡ 'Sfcflm-, 3 rB 1'.. :vM ■t*.' ’ jB v -jm Ba ■ •• ' B t,4 % 1 rarn i ru;m afe ff¿ 'if 1 fe&--.' *>T 1 Kfóv, F - 1 K\: V‘ y-fektir ti« Ul«.«K ncnf- .V4ttr«V . »< « g 4kr¡%5emmAnr s .'m, ._J crntf camal umna&fe turtaWíi C& mcClccc CUur.vI'An «. - <1 ^ áA ~ A. i|tu ei atui auuíuti .... A _ T . => - ?"[ W tnniáam batr%'ér|«™« \Wlcr.ttl/V V.f* \,oc cu*n»r u ni «írnaV; ; l Um^Oaj .v r „ c „<; uutru^-t% ?v.4i(íU; mu > ni*; 0j»m f EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 152 A 161 tomía topográfica del Occidente. No obstante, el manual de anatomía más popular, antes del de Vesalo en el si¬ glo XVI, fue la Anatomía de Mondino de Luzzi, publicada en 1316. La minia¬ tura decora un manuscrito (siglo XIV) del De animalibus de Alberto Magno, en el que el gran sabio dominico del siglo XIII comentaba tres tratados de Aristóteles sobre los animales, es de¬ cir, los seres vivientes, comprendido el hombre. (París, Biblioteca Nacio¬ nal, manuscrito latino 16169, folio 59 vuelto.) 156. LA CARNE MORTIFICADA: LA TEN¬ TACIÓN DE SAN BENITO. El ascetismo monástico no hace más que llevar a su más alto grado la mor¬ tificación de la carne que la Iglesia recomienda a todos. Los ejercicios cor¬ porales deben completar y sostener los ejercicios espirituales. En este capitel de Saint-Benoít-sur-Loire (hacia 1100, véase il. yS), San Benito, tentado por la mujer que le presenta el Diablo, se desviste y rueda desnudo entre ortigas para apagar los fuegos del deseo. El episodio aparece también en otras vi¬ das de santos. (Saint-Benoit-sur-I.oire, Iglesia abacial.) 157. LEJOS DEL ASCETISMO: LA DES¬ PREOCUPACIÓN. Este relieve que adorna la tumba de una condesa de Joigny (siglo XIII) combina la nueva sensibilidad gótica (espíritu de goce, naturalismo del fo¬ llaje) con las lecciones de la moral y del simbolismo tradicional. Al joven despreocupado, subido al árbol de la vida y que goza de los placeres de la existencia, le tienen sin cuidado los dos dragones, el día y la noche, que roen el tronco del árbol. (Joigny, Yon- ne. Iglesia de Saint-Jean.) 158. JUSTICIA Y CRUELDAD: MUTILA¬ CIONES. La justicia medieval sigue siendo bár¬ bara. Las mutilaciones y las torturas desempeñan en ella un papel de pri¬ mer plano. El castigo de los adúlteros (el mismo que el canónigo Fulbert hizo infligir clandestinamente a Abe¬ lardo) combina la humillación y el maltrato físico. Este ejemplar (1296) de las “costumbres” de Toulouse, re¬ dactadas a petición de los cónsules en 12S1, se halla adornado co?i viñe¬ tas y pinturas en las que se demuestra que la justicia urbana a finales del si¬ glo XIII era tan cruel como cualquier justicia señorial. Se ha observado que ni en el texto ni en las glosas se hace la menor alusión a las torturas repre¬ sentadas. ¿Hipocresía? En todo caso, no ver la civilización medieval sino a través de los textos supondría hacerse de ella una imagen falsa y dulzona, aunque no falten los textos negros. (Pa¬ rís, Biblioteca Nacional, manuscrito la¬ tino 918J, fol. 32 vuelto.) 159. DESGRACIAS Y VIOLENCIAS: JOB. El hombre medieval tiene las mayores probabilidades de verse enfrentado a una sucesión de calamidades. Por lo 465 EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 152 A 161 tanto, la imagen más semejante a si mismo que encuentra en la Biblia es la de Job (véase il. 129), del que Gregorio Magno, a finales del siglo VI, ha sa¬ cado, además, lecciones que dejó in¬ cluidas en una obra de popularidad ininterrumpida durante toda la Edad Media. En la ilustración, los enemigos de Job dan muerte a sus hijos y roban sus rebaños (camellos en este caso). Am¬ bos crímenes, frecuentes en la Edad Media, son imputados a caballeros con el armamento típico, inspirados por el Diablo. (París, Biblioteca Nacional, manuscrito latino 15675, fol. 4.) 160. PLACERES CORPORALES: BAÑO Y FESTÍN. La higiene y la inmoralidad se aveci¬ nan con frecuencia en la mentalidad medieval. Conocida es la mala repu¬ tación de los baños. Con el tiempo, sin embargo, el cuerpo recobra derecho al placer y dignidad. Puzzoles, cerca de Ñapóles, vuelve a ser en el siglo XIII una estación termal, cuyos méritos y placeres alaba Petrus de Eboli en su De balneis puteolanis. Un iluminador napolitano, formado en la escuela de la corte de Federico II, ha ilustrado la obra. Después del baño, se festeja. (Roma, Biblioteca Angélica, manuscri¬ to 1474, fol. 7.) 161. UNA nueva sensibilidad: la na¬ turaleza Y EL SERMÓN DE SAN FRANCIS¬ CO A LOS PÁJAROS. Un manuscrito inglés de la Crónica de Mateo París contiene este dibujo, la más antigua representación (ha¬ cia 1255) del sermón de San Francisco de Asis a los pájaros. Como en otras miniaturas de la época (véase il. 51, la bella selva) y pese a que los ani¬ males son ya más realistas, la represen¬ tación de la naturaleza sigue siendo muy esquemática. Pero los ojos co¬ mienzan a ver y a mirar el mundo ex¬ terior y el espíritu franciscano ayuda a esa mirada a formarse. (Cambridge, Corpus Christi College, manuscrito 16, fol. 66.) 466 MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES resistencias, pues, aparte las reticencias de los medios tradicionalistas, se da también la oposición de las clase inferiores a la apropiación por las clases dominantes de las técnicas nuevas, que, en ocasiones, refuerzan la explota¬ ción señorial. Algunas veces, el acta garantiza más los derechos del señor que los de los campesinos y será tan detestada como el molino comunal, «banal». Desde este momento, destruir los archivos, los libros de censos, lo que más tarde se llamará en Francia los terriers, será una de las gestas esen¬ ciales en las revueltas del campesinado. La pérdida experimentada por el libro de su carácter sagrado va acom¬ pañada por una «racionalización» de los métodos intelectuales y de los mecanismos mentales. No se trata de poner en tela de juicio el objeto del examen y de la investigación. Las críticas, por ejemplo, cada vez más nume¬ rosas en torno a las reliquias —como el célebre opúsculo, del comienzo del siglo xii, de Guibert de Nogent, poco «progresista» a pesar de todo—, no niegan en absoluto la eficacia de las reliquias. Tienden tan sólo a separar las falsas reliquias, que se multiplicaban con las Cruzadas y el desarrollo de las necesidades financieras de las iglesias. Más profundamente, el método escolástico tampoco discute la veracidad de la fe. Proviene, al contrario, del deseo de esclarecer mejor, rodear, comprender esa fe. Es el desarrollo de la célebre fórmula de San Anselmo: Pides quaerens intellectum, la fe en busca de la inteligencia de sí misma. No obstante, los métodos usados para este fin representan una verdadera revolución de las actitudes mentales. Al nivel superior de la Teología, el padre Chenu ha presentado con toda exactitud lo que significaba para ésta el hecho de transformarse ella misma en «ciencia», como lo hizo en los siglos xn-xiii. # # * Sería presuntuoso tratar de definir en unas breves líneas el método escolástico # . La evolución primordial por él sufrida fue la que condujo de la lectio a la questio y de la questio a la üisputalio. El método escolástico no es, en principio, sino la generalización del viejo proceder, empleado de modo especial en lo que se refiere a la Biblia, de las questiones y respon- siones, de preguntas y respuestas. Ahora bien, el plantear problemas, el someter a los autores «a cuestiones», en plural, lleva a someterlos «a cues¬ tión», en singular. La escolástica es, en esta su primera época, el estableci¬ miento de una problemática. Mas pronto se convierte en un debate, la «(disputa». La evolución consiste en que, frente al puro argumento de auto¬ ridad, toma una importancia creciente el recurso al razonamiento. Por últi- 467 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL mo, la disputa desemboca en una conclusio, dada por el maestro. Verdad es que esta conclusión puede ser víctima de las limitaciones personales del que la pronuncia y, puesto que los maestros universitarios presentan la inclinación a erigirse por sí mismos en autoridades, puede incluso ser fuen¬ te de una tiranía intelectual. Pero, más que este abuso, lo que importa es que obliga al intelectual a pronunciarse. No puede contentarse con plantear la pregunta, debe comprometerse en la respuesta. En el ápice del método escolástico está la afirmación del individuo en su responsabilidad inte¬ lectual. Hasta qué medida han ido algunos más allá del uso templado de la escolástica resulta arduo determinarlo. Las condenaciones de 1270 y de 1272 parecen hacer alusión no solamente a esos «averroístas», que, bajo la influen¬ cia de maestros como Siger de Brabante *, profesaban una doctrina de la «doble verdad», que separaba peligrosamente la fe de la razón, sino tam¬ bién a verdaderos agnósticos. Es difícil conocer sus auténticas opiniones, su número, el crédito de que gozaron. La censura eclesiástica parece haber borrado por completo sus señales, pero ha de decirse también que lo más probable es que aquéllas hubiesen quedado limitadas a círculos universi¬ tarios bastante restringidos. La literatura del siglo xm pone también en escena a personajes presentados como totalmente descreídos o incrédulos, sobre todo en las capas superiores de la sociedad. Parece igualmente que los «espíritus fuertes» no han sido más que hombres aislados. A través de tres fenómenos se puede medir el perfeccionamiento del bagaje intelectual logrado por el desarrollo de la escolástica. El primero es el uso más mesurado de las autoridades, tal como demues 1 tra el célebre Sic et non de Abelardo, verdadero Discurso del método de la Edad Media. Se trata en primer lugar de eliminar las divergencias apa¬ rentes entre las autoridades, observando si este desacuerdo procede única¬ mente, según el resumen del padre Chenu, del empleo de palabras en un sentido inusitado o con significaciones diferentes, de la inautenticidad de las obras o del estado de corrupción de los textos, de los pasajes en que el autor se limita a reproducir opiniones ajenas o en los que se acomoda a las ideas corrientes, de frases en las que habla, no de manera dogmática, sino bajo una forma de exhortación, de consejo o de dispensa, de la variedad del sentido de las palabras según los diversos autores. Por último, si el desacuer¬ do se muestra irreductible, es preciso seguir a la autoridad más calificada. La disputatio ayudó a que los espíritus se habituaran a la coexistencia de opiniones diferentes, a reconocer la legitimidad de la diversidad. Cierto que se sigue manteniendo el ideal de la unidad, de la concordia, de la 468 MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES armonía. En su Decreto, Graciano proclama que busca la concordia discor- dantium canonum, el acuerdo entre los cánones discordes. Es un sinfonista. Pero esta sinfonía nace de la polifonía. «Si contemplas la belleza y la mag¬ nificencia del universo —dice Guillermo de Auvernia—descubrirás que el universo es como un hermosísimo cántico y que las criaturas, a causa de su variedad, que suena al unísono, forman un acorde de suprema belleza.» En fin, la modernidad causa cada vez menos temor. Ya en los comien¬ zos del siglo xii, en su De música, Jean Cotton afirma (pie los músicos mo¬ dernos ((tienen más sutilidad y sagacidad, pues, según la palabra de Pris- ciano, cuanto más joven se es, más perspicaz». En su mediocre Summa de sentencias, Pedro Lombardo * inserta, a pesar de todo, lo cpie sus contem¬ poráneos llamaron «novedades profanas», profanae novitates, y Guillermo de Tocco, biógrafo de Santo Tomás de Aquino, le alaba por sus innovacio¬ nes: ((Fray Tomás planteaba en su curso problemas nuevos, descubría nue¬ vos métodos, empleaba nuevas redes de pruebas.» En la búsqueda de pruebas nuevas, los escolásticos -—por lo menos algunos de entre ellos— desarrollaron el recurso a la observación y a la expe¬ rimentación. El nombre citado con mayor frecuencia es el de Rogelio Ba- con *, que parece haber empleado por vez primera el término de scientia experimentalis y que desdeña a los maestros parisienses por excesivamente dogmáticos —con la sola excepción de Picrrc de Marieourt, autor de un Tratado sobre el imán, y a quien Bacon llama «el maestro de las experien¬ cias»— y les opone los maestros de Oxford, instruidos en las ciencias de la naturaleza. A decir verdad, los oxonienses son y serán sobre todo matemᬠticos y en ello se revela la dificultad de los intelectuales medievales para establecer relaciones orgánicas entre teoría y práctica. Las razones que moti¬ varon esta dificultad son múltiples, pero no cabe duda de que la evolución social de las universidades gravitó pesadamente sobre esas tentativas, pro¬ vocando su semifracaso. La naciente escolástica había tratado de establecer un lazo entre las artes liberales y las artes mecánicas, entre las ciencias y las técnicas. Los universitarios, puesto que figuraban entre las categorías sociales que se avergonzaban del trabajo manual, hicieron abortar el ensayo. En ciertos dominios, el divorcio fue grávido de consecuencias. Los físicos prefirieron Aristóteles * a las experiencias; los médicos y los cirujanos. Gale¬ no a las disecciones. Más que reticencias de la Iglesia, son los prejuicios de los doctores los que retardaron la práctica de la disección y los progresos de la anatomía, que, en Bolonia y en Montpellier, en torno al año 1300, habían conocido, no obstante, principios prometedores. Los humanistas vivirán, a su vez, inmersos en esas contradicciones internas. 469 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL # * # A medida que afirman su imperio sobre la naturaleza y conquistan una mayor seguridad ante el mundo, los hombres de los siglos xii y xm excavaron, sin embargo, nuevos abismos en su interior. La vida espiritual se interioriza, un frente de exploración se abre en las conciencias, y las pre¬ guntas de la escolástica se prolongan en una casuística. Ya es tradicional atribuir a Abelardo el mérito de ese gran cambio de la psicología y de la sensibilidad. En realidad, fue la obra de mutaciones profundas, de lo que Alphonse Dupont llama la «mentalidad colectiva». El hombre buscaba fue¬ ra de él la medida y la sanción de sus faltas y de sus méritos. Los peniten¬ ciales le infligían castigos que venían a ser como multas. Una vez que había pagado, quedaba reconciliado con Dios, la Iglesia, la sociedad y con¬ sigo mismo. Desde ahora se le reclama también el arrepentimiento (los escrupulosos irán hasta los remordimientos), la contrición. Ella es la que absuelve. En la narración del Caballero del barril, el mal caballero acepta la penitencia material, que consiste en llenar un pequeño barril metiéndolo en el agua, pero, en tanto su corazón ignore la contrición, el barril perma¬ necerá vacío. El día en que, arrepintiéndose, derrama una lágrima, basta ella sola para llenar el barril. La Edad Media ha llorado mucho, pero los héroes de los Cantares de gesta lloran por el dolor o por la tristeza que les causa el mundo, no por la que se inspiran ellos mismos. Gregorio el Grande, a finales del siglo vi, recomienda las lágrimas como signo de recompensa de la compunción. No fue verdaderamente comprendido por los hombres de la Edad Media hasta seis siglos más tarde. De este refinamiento de la sensibilidad, más atenta desde este momento a la intención que al acto, más desinteresada, podemos poner como testi¬ monio a una vieja de Acre, en el tiempo de la Cruzada de San Luis: ((Mien¬ tras se dirigían a su hospedaje, la posada del Sudán, el hermano Yves encon¬ tró en medio de la calle a una vieja que llevaba en la mano derecha una escudilla llena de fuego y en la izquierda una botella llena de agua. El hermano Yves le preguntó: “¿Qué quieres hacer con eso?” Ella le respon¬ dió que con el fuego quería incendiar el paraíso y con el agua apagar el infierno, de manera que el uno y el otro dejasen de existir. Pero él insistió: “¿Y para qué?” “Porque no quiero que se haga el bien para ganar el paraí¬ so o por temor del infierno, sino solamente por el amor de Dios, que vale más que todo y que es para nosotros el bien supremo.”» De la misma manera que los penitentes cambian, los santos también se transforman. Al lado de los signos externos tradicionales de santidad, se 470 MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES les pide cada vez con mayor insistencia la pobreza y la caridad. La influen¬ cia moral, el apostolado tienen ya más valor que las proezas taumatúrgicas o ascéticas. Los santos del siglo xii habían enterrado su ideal en la vida mís¬ tica. Etienne Gilson ha podido hablar del «socratismo cristiano» de San Ber¬ nardo. Ahora bien, según las palabras de André Vauchez: «El santo tra¬ dicional del siglo xii es una persona que se abstiene, que rehúsa, y cuya santidad presenta un aspecto un poco “rechinante”. El santo del siglo xm no es menos exigente consigo mismo que su predecesor, pero se nos aparece menos hierático, más sonriente, en una palabra, más abierto y más positivo en sus virtudes. La pobreza de Francisco de Asís no es solamente la nega¬ tiva a poseer y a adquirir. Es una actitud nueva Erente al mundo...» El santo ya no tiene necesidad de poseer la belleza física. «Un día —cuentan las Florecillas — en que habían llegado muy hambrientos a una aldea, fueron, según la regla, a mendigar pan por el amor de Dios; y San Francisco se dirigió a un barrio y el hermano Massco a otro. Pero, como San Francisco era hombre de aspecto demasiado despreciable y de pequeña estatura y, por este motivo, pasaba por un vil pobrecillo ante aquellos que no lo conocían, no recogió más que algunos bocados y restos de pan seco; en cambio, al hermano Masseo, porque era un hombre alto y de bella apa¬ riencia, le dieron muchos grandes y buenos trozos y panes enteros.» El siglo xii, románico, pesimista, se había complacido en el bestiario; el siglo xm, gótico, que se encamina ya a la felicidad, se vuelve hacia las flores y hacia los hombres. Es más alegórico que simbólico. Las abstraccio¬ nes del Román de la Rose, buenas o malas (Avaricia, Vejez, Buena Acogi¬ da, Peligro, Razón, Cara-Falsa, Naturaleza), son representadas con figura humana. El gótico es todavía fantástico. Pero se inclina más a lo extraordi¬ nario que a lo monstruoso. Y, sobre todo, se convierte en moralizador. La iconografía pasa a ser una lección. Vida activa y vida contemplativa, virtudes y vicios con cara humana, colocados en buen orden, decoran los pórticos de las catedrales, con objeto de proporcionar a los predicadores una ilustración para sus ense¬ ñanzas morales. Sin duda alguna, los clérigos habían asignado siempre al arte un papel edificante. «La pintura —dice Honorius Augustodunensis— tiene tres finalidades.» La primera de ellas es catequística, pues la pintura constituye «la literatura de los laicos». Las otras dos finalidades son la estética y la histórica. El Concilio de Arras (1025) afirmaba ya: «Los iletra¬ dos contemplan en la pintura lo que no pueden ver por la escritura.» Pero, ahora, la primera intención consiste en impresionar, incluso en cau¬ sar miedo. Desde este momento, todo se ((moraliza»: biblias y salterios y LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL herbarios «moralizados» transforman la Escritura y la enseñanza religiosa en anécdotas morales. Los exempla florecen. No obstante, una tal evolu¬ ción no presenta únicamente ventajas. La sensibilidad se debilita y con frecuencia la religión se infantiliza. Al nivel de los vulgarizadores, de un Víncent de Beauvais *, por ejemplo, el arte gótico parece falto de vigor. Y no por ser almibarada, la tiranía moralizadora es aceptada más con mayor gusto que las restantes. Las ordenanzas sobre la blasfemia y sobre los juegos de azar de San Luis, al final de su reinado, provocan entre sus mismos con¬ sejeros una reprobación entristecida. # * * Se da, de todas maneras, en esta época un sentimiento cuya transfor¬ mación se nos muestra como resueltamente «moderna». Nos referimos al amor. El refinamiento de los sentimientos entre dos seres parecía confinado, en la sociedad viril y guerrera de la edad propiamente feudal, a la amistad entre hombres. La gesta de Ami et Amile es la expresión más perfecta de ella. Aparece ahora el amor cortés, atento, fino, lleno de gracia y distinción. Cierto libro de Denis de Rougemont, merecidamente célebre, ha tomado mayor pretexto del fenómeno para sus brillantes divagaciones sobre el Occidente, el matrimonio y la guerra, de lo que se ha creído en su tiempo. Al término —sin duda provisional— de una profusa literatura, René Nelli acaba de abordar el problema con sabiduría, profundidad y pasión. Incluso a nivel de la erudición, la génesis del amor cortés se mantiene en la oscu¬ ridad. ¿Cuánto debe a la poesía y a la civilización musulmanas? ¿Qué lazos lo han unido con el catarismo? ¿Lía sido, en realidad, esa «herejía» que Alexander Denommy ha querido ver en él, confundiéndolo acaso con exce¬ siva facilidad con ese tratado De l’Amour, escrito hacia 1185 por André le Chapelain y del cual Etienne Tempier, con su simplicismo habitual, extra¬ jo en 1277 ciertas asombrosas proposiciones para condenarlas, mezcladas con el tomismo, el averroísmo y algunas otras doctrinas entre las más avan¬ zadas de la época que no le gustaban? En el plano de la interpretación, la discusión no está cerrada todavía. Mientras que muchos insisten sobre el carácter ((feudal» de esta concepción del amor, inspirado en apariencia por las relaciones entre el señor y el vasallo (el señor es en este caso la dama, en un desquite del bello sexo), otros, a los que yo sigo con mayor gusto, ven en él una rebeldía contra la moral sexual de ese mismo mundo feudal. Que el amor cortés ha sido antimatrimonial resulta evidente. Y el ma¬ trimonio era, sin duda, campo privilegiado para un combate que tendía a 472 MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES revolucionar no solamente las costumbres, sino asimismo la sensibilidad. Reclamar la autonomía del sentimiento, pretender que podían existir otras relaciones entre los sexos, aparte las del instinto, de la fuerza, del interés y del conformismo, había en ello algo verdaderamente nuevo. ¿Por qué extra¬ ñarse de que la nobleza meridional haya sido el terreno donde se le dio esta batalla? Nobleza ambigua en todas sus posiciones y cuyas contradicciones estallan a propósito de su actitud con referencia al catarismo, al que, a pesar de todo, ha seguido por otras razones. Nobleza más cultivada, con la sen¬ sibilidad más refinada que los bárbaros feudales del Norte, pero en deca¬ dencia frente a un mundo en que todas las novedades técnicas nacen y se extienden desde el Norte y que por ello mismo inquieta. Ahora bien, ¿el amor cortés o cortesano es efectivamente el amor provenzal? ¿Acaso el más bello amor cortés no fue el de Tristán e Isolda, * que pertenece al (¡ciclo de Bretaña»? De lo que no cabe duda es de que, por encima de esta protesta y de esta rebeldía, el amor cortés ha sabido encontrar el milagroso equilibrio entre el alma y el cuerpo, entre el corazón y el espíritu, entre el sexo y el sentimiento. Más allá de los oropeles de vocabulario y de rito, que hacen de él un fenómeno de época, más allá del manierismo y de los abusos de la escolástica cortés y, con seguridad, más allá de las bollerías de los trovadores modernos, sigue siendo el don imperecedero que, entre todas las formas mortales que ella crea, una civilización lega a la sensibilidad humana. Citar sería ridículo. Hay que leer: Seigneurs, vous plaít-il d’entendre un beau conté d'amour et de mortf y también en j 0 ic ai mon espoir fin coeur et jcrine vouloir... (¿Señores, os gusta oír un bello romance de amor y de muerte?) (en [la] alegría tengo mi esperanza / corazón sensible y firme querer...) # # # Acaso la más importante de las mutaciones que nos revela el arte medie¬ val sea la que hace aparecer —con el realismo o el naturalismo— una nueva manera de mirar al mundo, un nuevo sistema de valores. Esta mirada se detiene, a partir de entonces, sobre las apariencias y, en lugar de ser un simple símbolo de la realidad oculta, el mundo sensible cobra valor en sí 473 EPIGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 162 A 175 162. LA RELIGIÓN: un sacramento, el BAUTISMO. Civilización del gesto, la civilización medieval presta particular atención a los gestos esenciales de la religión. La lustración bautismal es promesa de sal¬ vación. Esta representación del bautis¬ mo de Cristo, en bronce dorado con esmaltes en hueco, ha sido realizada por la escuela de Limoges en la pri¬ mera mitad del siglo XIII. El sentido del gesto inspira el estilo excepcional¬ mente elegante, aunque grave, del ar¬ tista. (Boston, Museum of Fine Arts.) 163. la religión: fulberto predi¬ cando EN LA CATEDRAL DE CHARTRES. La predicación ha sido siempre uno de los grandes trabajos de la Iglesia medieval, antes incluso de la funda¬ ción de la orden de los Hermanos Pre¬ dicadores, aunque haya tomado en el siglo XIII un especial desarrollo, que se pone de manifiesto en la multipli¬ cación de los ambones y de las cáte¬ dras. La predicación era el deber del obispo, y la Iglesia reunía al pueblo no solamente para los oficios, sino tam¬ bién para los sermones. No es seguro que Fulberto, obispo de Chartres a principios del siglo XI (muerto en 1028), a quien se ha llamado “ese ve¬ nerable Sócrates”, haya dado a las es¬ cuelas de Chartres el brillo que se le ha atribuido y que es, sin duda, poste¬ rior. Sin embargo, después del incen¬ dio de 1020, fue el constructor de la catedral románica, asimismo destruida por el fuego en 1194, y un obispo re¬ nombrado. Lo vemos aquí en una mi¬ niatura que forma parte de un obitua¬ rio de la catedral (siglo XI), predican¬ do al pueblo en su iglesia, cuya arqui¬ tectura aparece también representada. (París, Biblioteca Nacional, nuevas ad¬ quisiciones latinas, 4.) 164. LA SOCIEDAD CASTRENSE: UN JUE¬ GO PARA EL SEÑOR. Herrada de Landsberg, abadesa de Santa O dilia en Alsacia (1167-1195), compuso para sus monjas una antolo¬ gía de textos bíblicos, patrísticos y medievales, el “Jardín de las Delicias”: Hortus Deliciarum. El célebre manus¬ crito, adornado con trescientas treinta y seis miniaturas, se quemó en Estras¬ burgo, en el año 1870. Las tres cuartas partes aproximadamente nos son cono¬ cidas a través de copias. Las escenas realistas que la componen tienen, de hecho, una significación moral. En la que nos ocupa se ha creído ver a un señor entretenido con un juego de ma¬ rionetas. En realidad, se trata de Salo¬ món contemplando el juego de los ca¬ balleros fantoches, ante el cual excla¬ ma: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Ecclesiastés 12, 8). (Véase Straub y Keller. Hortus Deliciarum, 1879-1899.) 165. LA SOCIEDAD CASTRENSE: MÚSICO Y DANZARINA. Estas dos pinturas exornan un cofreci¬ llo de novia del siglo XII. Represen¬ tan a uti ministril tocando el rabel, antecesor del violón, con tres cuerdas 474 IÓ2 * V * V - •; A A A jt Goa^irvirt' ■- i66 tyjSL * Abn«*ptifj ÍMIU 1 I -prvtif pnmcy \V«*— n«—* {ÍHF, r vi |Tntu rruiw P ?•>*-.* n«~» iTt-inqvrnncp ’ «i par v.ytjo tUi fili -i lilu uufc tofrUli nrprf a iiqmf j .u t«¡p> illipiicp/a^Micpu. Imu c. m alrtuyofi M*x}í ^ y* mi amu » .«••« onn'pr a jtiiraur rtcpnf. •t'i atyunnufc-r .1 ncpnr ftü'aur filia. antea í.r.i.fttffiliam fila. i . ,, filia \t III 4IIIIT4 tUAJ fríf ftíl AUX 171 iiierr mcc jauu.uyui mil» mcr ab pauta mal Hf .1 mui ru xif mee fr aumirulu/ uuiufi irii jut maiiur tiunrfi mci auwTmj». uutkit m«|au m aKu IV ma n Atf mfc i'n rttart iiT» mee (wt in ttufi tur utrr («un tn uuf ivjutr m«t («t0i n\pi EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 162 A 175 acordadas de quince en quince y con arco, y a una danzarina, atracciones habituales en las fiestas señoriales. (Vannes, Tesoro de la catedral.) 166. INQUIETUD DE LOS CASTILLOS Y DE LAS CUIDADES: LOS CENTINELAS. La sociedad castrense y la sociedad ur¬ bana se protegían por medio de sóli¬ das murallas. No obstante, bien por la astucia, bien por la fuerza, siempre ca¬ bía la posibilidad de que se viesen sor¬ prendidos. Por lo tanto, se han de guardar particularmente los puntos dé¬ biles de las murallas, las puertas, que se coronan con torres en las que velan los vigías. Los notables de las ciudades, especialmente los maestros de las cor¬ poraciones, deben en general prestar el servicio de vigía. La sociedad medieval se apoya sobre un continuo “quién vive", como en esta miniatura del si¬ glo VIII. (París, Biblioteca Nacional, manuscrito francés 2630, fol. 63 vuelto.) 167. juegos señoriales: el tric- trac. El tric-trac, que la Edad Media llama¬ ba “tablas” y es de origen oriental, como el ajedrez, conoció en los medios señoriales un favor todavía mayor que éste, pues, gracias al uso de los dados, participaba de los atractivos de los jue¬ gos de azar. La Iglesia parece haberse visto impotente ante el juego e inclu¬ so se llegó a representar partidas de tric-trac en las vidrieras de las iglesias. San Luis no disimula su mal humor al ver a sus hermanos entregarse a ese juego y, en 1234, ordena “que nadie juegue a los dados, a las tablas ni al ajedrez". Juego de nobles, el tric-trac es también un juego de lujo. Estos peones de marfil (siglos XI-XII) repre¬ sentan escenas de cantares de gesta o de romances y personajes alegóricos. (París, Museo del Louvre.) 168. JUEGOS señoriales: peón de AJEDREZ. Procedente, sin duda, del Irán, centro de difusión del ideal monárquico, el juego del ajedrez se extendió en Occi¬ dente a partir del siglo XI. Juego real, sitnboliza las relaciones del monarca con la sociedad, y pronto fue “morali¬ zado" en el célebre tratado de ajedrez moralizador del dominico Jacques de Cessoles, en el siglo XIII. La Edad Me¬ dia comparó el ajedrez con la sociedad feudal de los tres estados: el juego in¬ cluía obispos, caballeros (vemos aquí un ejemplar de marfil del siglo XI o XII, muy realista), soldados (que re¬ presentan la clase inferior, pero asimis¬ mo militar). El rey podía ser tomado, la reina no existía o era insignificante. (París, Museo del Louvre.) 169. EL AMOR cortés: EL BESO. El amor cortés constituye una verda¬ dera liturgia. Recorre una serie de eta¬ pas, sancionadas por ritos. Este cofre renano del siglo XIII nos muestra el beso ritual, que sella la aceptación por la dama del homenaje de su preten¬ diente, de la misma manera que el beso del señor sella el contrato de va- 475 EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 162 A 175 sallaje. Este beso era, con frecuencia, el primero y el último que recibía el amante. De aquí arranca el mito, perpetuado por una cierta literatura, del beso único. (Munich, Museo Na¬ cional.) 170. juegos señoriales: una parti¬ da DE AJEDREZ. El ajedrez se convirtió en una especie de batalla doméstica comparable a los torneos. En esta tapa de la caja de un espejo en marfil, obra francesa de co¬ mienzos del siglo XIV, aparece figura¬ da una partida de ajedrez entre los héroes de la gesta de Huón de Burdeos y la hija del almirante sarraceno Yva- rin. La apuesta es la mano de la mu¬ chacha o la cabeza de Huón. (París, Museo del Louvre.) 171. la familia: el tiempo presen¬ tando los grados de parentesco. La miniatura, que decora un manus¬ crito (siglo XIII) del Decreto de Gra¬ ciano, procedente de la Grande-Char- treuse, es representativo de toda una serie de obras jurídicas ilustradas. Pre¬ ocupación escolástica del orden, que el derecho canónico introdujo en la justi¬ cia eclesiástica, aunque recurriendo a las imágenes de la iconografía mítica: el Tiempo se personifica en un rey co¬ ronado. La Iglesia ha concedido una extrema importancia a la consangui¬ nidad: fidelidad al espíritu de los ta¬ búes del Antiguo Testamento, que le permitían controlar la sociedad y, en particular, la sociedad señorial. (Gre- noble. Biblioteca Municipal, manuscri¬ to 34, fol. 183.) 172. juegos populares: la cence¬ rrada. Miniatura que ilustra un manuscrito, ejecutado en París a comienzos del si¬ glo XIV, del Román de Fauvel de Ger- main Du Bus, narración satírica de la misma vena del Román de Renart, cuyo héroe, Fauvel, es un caballo bayo, de color leonado, en francés, fauve, color de la vanidad. Representa todo lo que hay de falso en el mundo y per¬ mite una amplia sátira social. Las ilus¬ traciones nos muestran, pues, algunas fiestas populares, como aquí la “cen¬ cerrada”, ruidosa y alegre manifesta¬ ción carnavalesca, que va ritualmente a molestar a un villano, el cual pertur¬ ba a su vez el orden de la comunidad, con frecuencia un viudo o una viuda que se casa nuevamente con un soltero. La cencerrada es llevada a cabo por gentes jóvenes, clase ritual de edad. (París, Biblioteca Nacional, manuscri¬ to francés 146, fol. 34.) 173. juegos populares y campesinos: la gallina ciega. Miniatura incluida en una colección de canciones, el Chansonnier de París, obra de un taller de la capital entre 1280 y 1315. Es un precioso testimonio sobre las canciones y las polifonías de moda, cuyo interés está realzado por las ilustraciones. Se encuentra en él una triple inspiración: religiosa, cor¬ tés y campesina. Las canciones están en 476 EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 162 A 175 francés y en latín y las miniaturas no corresponden siempre al texto. Una canción religiosa en latín, por ejemplo, aparece ilustrada en la parte superior por la Trinidad, mientras que en la inferior unos jóvenes se entregan al jue¬ go popular de la gallina ciega. (Mont- pellier, Biblioteca de la Facultad de Medicina, manuscrito ipó, f. 88.) 174. ceremonias: el principesco BAUTISMO DEL DELFÍN CARLOS. Las ceremonias principescas introdu¬ cen, desde el punto de vista afectivo, otro orden en la sociedad: el orden monárquico. El conjunto de la pobla¬ ción es convidada a participar en los detalles de la vida privada de los sobe¬ ranos, que toman el valor de aconteci¬ mientos nacionales, de catalizadores de la cohesión nacional. He aquí el corte¬ jo en el bautismo del futuro Carlos VI. La reina, que ha dado a luz solamente tres días antes, lleva al niño, rodeada por los principales príncipes de la cor¬ te, precedidos de antorchas. Es la hora prima (las seis de la mañana), el 6 de diciembre de 136 S. El pasaje de las Grandes Chroniques de France, redac¬ tadas bajo Carlos V hacia 1375-1379, al que ilustra esta miniatura, subraya la pompa dada a la ceremonia: barreras colocadas la víspera para el pueblo, princesas “bien parees en couronnes et en joyaux...” (bien adornadas en co¬ ronas y en joyas...) (París, Biblioteca Nacional, manuscrito francés 2813, fo¬ lio 446.) 175. ceremonias: lamentaciones fú¬ nebres. Panel de madera que ornamenta la tumba de un noble español, Sancho Sáinz de Carrillo, procedente de Ma- hamud (Burgos) y que data del 1300, aproximadamente: vestidos de luto, la¬ mentaciones, gestos rituales de dolor. El dolor medieval, especialmente cuan¬ do es colectivo, no es silencioso. (Bar¬ celona, Museo de Arte de Cataluña.) 39 477 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL mismo, es objeto de delectación inmediata. En el arte gótico *, las flores son flores reales, los rasgos humanos son trazos individuales, las proporcio¬ nes corresponden a las medidas materiales y no a significaciones simbólicas. Cierto que esta «desacralización» del universo significa en un cierto sentido un empobrecimiento, pero supone también una liberación. Ya desde la épo¬ ca románica, los artistas se tomaban con frecuencia mayor interés por las preocupaciones estéticas que por los imperativos ideológicos. No debe exa¬ gerarse la interpretación simbólica del arte medieval. Muy a menudo, el sentido de las bellas formas constituía la única guía de los creadores y las exigencias técnicas eran su primera preocupación. Los patrones eclesiásti¬ cos imponían un tema, pero los realizadores encontraban su libertad en el interior de ese cuadro trazado. El simbolismo medieval no existe a veces más que en la imaginación de los intérpretes modernos, pseudo-sabios ofuscados por una concepción en parte mítica de la Edad Media. Y es probable que, a pesar de la presión ejercida por la propaganda eclesiástica, muchos consi¬ guieran escapar a la asfixiante atmósfera mágica con que trataron de rodear¬ les. Es significativo que un buen número de obras de arte medieval se basten por sí mismas, sin que poseamos las claves de su valor simbólico. A la mayor parte de las obras de arte —¿es preciso especificar que las más bellas?— de la Edad Media les basta su forma para emocionarnos. ¡Hermosas sirenas, de las que queremos olvidar que representaban el mal! La sensibilidad emerge lentamente en la edad gótica de este bosque de símbolos en el que la Alta Edad Media la había hundido. Si contemplamos las miniaturas —las copias, desgraciadamente, ya que los originales fueron destruidos en 1870— que adornan el Hortus Deliciarum de Herrada de Landsberg (mediados del siglo xii), nos damos cuenta de que estamos ante un segador, un labrador, un titiritero. El pintor se ha dedicado visiblemente a representar escenas, gentes, instrumentos por sí mismos. Sólo en algún detalle —un ángel muy pequeño, relegado a un rincón de la miniatura— nos recuerda que se trata de la parábola evangélica del buen sembrador y de la cizaña, del hombre condenado al trabajo después de la caída, de Salomón absorto en la contem¬ plación del universo, figurado como un teatro de fantoches, y exclamando: «¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad!» Todo en la obra de arte nos revela lo contrario a una tendencia simbólica: que el artista toma en serio el mundo sensible, aún más, que se complace en él. La decadencia del sim¬ bolismo, el olvido de ese simbolismo ante la realidad sensible al menos, manifiesta una mutación profunda de la sensibilidad. El hombre, tranquili¬ zado, contempla el mundo, como Dios después de la creación, y también lo encuentra bello y bueno. El arte gótico es confianza. 478 MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES # # # Mas antes de llegar a este resultado, los hombres de la Edad Media han tenido que luchar —y el combate no ha terminado todavía en el siglo xm— con la impresión generalizada de inseguridad. Su gran confusión procede de que los seres y las cosas no son realmente lo que parecen. La Edad Media detesta sobre todas las cosas la mentira. El epíteto de la naturaleza de Dios es «el que no miente jamás». Los malos son los mentirosos. «¡Sois un men¬ tiroso, Fernando de Carrión!», lanza Pero Bermúdez a la cara del infante. Y el otro compañero del Cid, Martín Antolínez, vitupera al segundo infan¬ te: «¡Cerrad vuestra boca, mentiroso, boca sin verdad! » Toda la sociedad está integrada por mentirosos. Los vasallos son traidores, felones, que renie¬ gan de su señor, émulos de Ganelón y, por encima de él, del gran traidor prototipo de todos: judas. Los mercaderes son defraudadores, que no pien¬ san más que en engañar y robar. Los monjes son hipócritas, como el fran¬ ciscano del Román de la Rose: «Cara-Falsa». El vocabulario medieval posee una extraordinaria riqueza de términos para designar los innumerables géneros de la mentira y las especies infinitas de mentirosos. Incluso los pro¬ fetas pueden ser pseudoprofetas, los milagros pueden ser falsos milagros, obras del Diablo. El poder del hombre medieval sobre la realidad es tan débil que debe usar de mañas para aprehenderla. Podría imaginarse que esta sociedad belicosa se apodera de todo el ataque. Suprema ilusión. Las técnicas son tan mediocres que la resistencia triunfa casi siempre sobre la ofensiva. Incluso en el campo militar, los castillos roqueros o fuertes y las murallas son casi inconquistables. Cuando el asaltante logra forzarlas es casi siempre mediante el engaño. El conjunto de bienes puestos a disposición de la humanidad medieval es insuficiente, tan insuficiente que para vivir hay que despabilarse. El que carece de fuerza o de astucia está destinado casi sin remisión a perecer. ¿Quién está seguro y qué es lo seguro? Entre la obra inmensa de San Agustín, la Edad Media ha escogido con preferencia un tratado: De mendacio, «De la mentira». # # # Pero, ante esas realidades que se ocultan, ¿qué se puede hacer sino aferrarse a las apariencias? La Iglesia se esfuerza en vano por incitar a los hombres de la Edad Media a descuidarlas, a despreciarlas, para buscar las verdaderas riquezas que subyacen ocultas. La sociedad medieval, en sus comportamientos y sus actitudes, es una sociedad de la apariencia. 479 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL La primera apariencia es el cuerpo. Hay que rebajarlo. Gregorio Magno le llamó «este abominable vientre del alma». «Cuando el hombre muere, queda curado de la lepra del cuerpo», dice San Luis a Joinville. Los monjes, modelos de la humanidad medieval, no cesan de humillar al cuer¬ po mediante las prácticas ascéticas. Las reglas monásticas limitan al máximo los baños y los cuidados del cuerpo, que son lujo y blandura. Para los ermi¬ taños, la suciedad constituye una virtud. El bautismo, lo mismo en sentido figurado que recto, debe lavar al cristiano una vez por todas. La desnudez es, con el trabajo, el castigo del pecado. Adán y Eva después de la caída, Noé después de la embriaguez, muestran su desnudez impúdica y pecadora. Por lo demás, el nudismo es signo de herejía, de impiedad, y en todo heré¬ tico hay más o menos un adamita. Es curioso comprobar que San Francisco de Asís, que rozaba con frecuencia la herejía, ostenta la tendencia, en con¬ tra de la corriente, de hacer de la desnudez una virtud. La pobreza es des¬ nudez. Y pasa simbólicamente, pero de manera concreta, a los actos. Un extraño episodio de las Florecillas nos presenta a San Francisco y al padre Rufino predicando desnudos en la cátedra de Asís *. No obstante, el ideal guerrero exaltaba el cuerpo tanto como el ideal cistiano lo rebajaba. Los jóvenes héroes de los Cantares de Gesta * tienen la piel blanca y el cabello rubio y rizado. Son atletas. 11 avait un coffre large et le corps a proportion Des épaules larges et une poitrine ampie, il était fortement bdti. Les bras gros et puissants et les poignets énormes, Le cou long et gracieux. (Tenía una caja [el tórax] ancha y el cuerpo proporcionado, / anchos hom¬ bros y un pecho ancho: estaba fuertemente construido. / Los brazos gruesos y poderosos y los puños enormes, / el cuello largo y gracioso.) Toda la vida del caballero es exaltación física: la caza, la guerra, los torneos son sus pasiones. Carlomagno se complace en bañarse desnudo con sus compañeros en la piscina del palacio de Aquisgrán. Incluso muerto, el cuerpo recibe atentos cuidados. El de los santos es venerado y su traslación supone la sanción de la canonización. Santa Clara de Montefalco, muerta en 1308, se aparece a una monja y le dice: «Mi cuerpo debe ser canoniza¬ do.» Los hombres de la Edad Media, cuya vista, sentido intelectual, no se desarrollará más que tardíamente —recuérdese que las gafas no se inven¬ taron sino a finales del siglo xm—, ejercen de modo primordial el más mate- 480 MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES rial de los sentidos, el tacto. Son todos como Tomás. Para conservar el cuer¬ po de los grandes personajes difuntos, instilan mercurio por su nariz, des¬ pués obturan los orificios naturales por medio de tampones impregnados de sustancias odoríficas, consideradas como anticorruptibles, y se embalsaman los rostros. Cuando el cuerpo ha de ser transportado lejos, se le vacía de sus visceras, que son enterradas aparte, se rellena el cadáver de mirra, áloes y otros productos aromáticos y se vuelve a coser. La religión promete la resurrección de la carne. A juzgar por la literatura penitencial, el número de bastardos, la resis¬ tencia del clero a la obligación del celibato y las alusiones o las precisiones contenidas en los romances, la vida sexual de los hombres de la Edad Media no se preocupaba gran cosa de las exhortaciones de la Iglesia. La higiene, en fin, progresaba. También en este aspecto las ciudades han debido de desempeñar un papel de avanzada. En 1292 existían en París por lo menos veintiséis establecimientos de baños. Los baños son, por otra parte, lugares de placer e incluso de disolución. He aquí la descripción de los baños de Erfurt en el siglo xm: «Los baños de esta ciudad son muy agradables. Si tenéis necesidad de lavaros y deseáis estar cómodos, podéis entrar con toda confianza. Seréis recibidos amablemente. Con todo cuidado, una bella mu¬ chacha os dará masaje con su dulce mano. Un barbero experto os afeitará sin dejar caer la más pequeña gota de sudor sobre la cara. Fatigado por el baño, encontraréis una cama para reposar. Después, una mujer bonita, que no dejará de agradaros, con el aire de una virgen, os arreglará el cabello con cuidadoso peinado. ¿Quién no le arrancará besos, si le apetecen, puesto que ella no se niega en manera alguna? Cuando se os pida el pago, un sim¬ ple dinero os bastará...» La literatura monástica, además, no deja de aportar su contribución a los cuidados del cuerpo. Un precioso manuscrito alsaciano de 1154 con¬ tiene un manual de dietética escrito por un monje de Schwarzenthann e ilustrado por Sintram, canónigo regular de Murbach. Se trata de un calen¬ dario que indica para cada mes el régimen que se debe seguir. A comienzos del siglo xm, una Guia de la salud , redactada en Salerno, alcanzará una amplia difusión. La alimentación constituye, como hemos visto, una obsesión para la sociedad medieval. La masa campesina debe contentarse con poca cosa. Las gachas son la base de su alimentación. Los productos de la cosecha son, con frecuencia, su principal acompañamiento. No obstante, en los siglos xii y xm, el companagium, el acompañamiento de pan, se extiende a todas las categorías sociales. Es entonces cuando el pan toma verdaderamente en 481 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Occidente la significación casi mítica que la religión sanciona. Ahora bien, la clase campesina disfruta de una fiesta alimenticia: la inmolación en diciembre del cerdo, cuyos productos nutren los festines de fin de año y las comidas del largo invierno. Las representaciones de los trabajos de los meses la introducen en la iconografía. La alimentación supone un motivo principal, en los estratos dominan¬ tes de la sociedad, para manifestar su superioridad en este dominio esencial del prestigio. El lujo alimenticio es el primer lujo. Incluye los productos reservados: la caza de los bosques señoriales, los ingredientes preciosos com¬ prados a alto precio, es decir, las especias y los manjares raros preparados por los cocineros. Las escenas de festín figuran en lugar principal en los cantares de gesta. Así resulta instructiva la descripción de la partida de la expedición de Guillermo de Orange contra los sarracenos que se hace en el Charroi de Nimes: ((Llevaron con ellos trescientos caballos de carga. Os diré lo que llevan los cien primeros: cálices de oro, misales y salterios, capas, crucifijos e incensarios; cuando estén en país saqueado, será a Dios a quien rindan el primer homenaje. Podré también deciros lo que llevan los siguien¬ tes : vasos de oro puro, misales y breviarios, y crucifijos y finas telas: cuan¬ do estén en país bárbaro, el puro espíritu servirá a Jesús. Os puedo decir también lo que llevan los cien últimos: pucheros y sartenes, calderos y trébedes, y garfios agudos, tenazas y morrillos. Cuando estén en país saquea¬ do, podrán preparar sin dificultad la comida, servirán a Guillermo el Gue¬ rrero y, con él, a todos sus caballeros.» De este modo, al lujo eclesiástico, que consiste en tesoros litúrgicos, responde el lujo caballeresco, que es un lujo alimenticio. No es que los señores eclesiásticos se queden atrás en su par¬ ticipación en ese género de munificencia. Roger Dion ha señalado la capital intervención de las abadías y los obispados en la formación de los viñedos medievales. ((La mayor parte de nuestros obispos —se indigna el cartujo Guillaume de Conches en el siglo xii —- remueven cielo y tierra para encon¬ trar cortadores o cocineros capaces de preparar sabias salsas... En cuanto a aquellos que se entregan a la sabiduría, huyen de ellos como de leprosos...» La mesa señorial proporciona también ocasión para manifestar y fijar la etiqueta. Los cantantes de gesta del País de Gales, los Mabinogion, reflejan esas costumbres desarrolladas, al parecer, por los señores franceses. Así, en Pwyll, príncipe de Dyved: ((Después de haberse lavado, se sentaron a la mesa... la sala fue preparada y se sentaron a la mesa: Heveidd Hen se sentó a uno de los lados de Pwyll, Riannon en el otro y, después de ellos, cada uno de acuerdo con su dignidad.» En la iconografía de los vicios, la gula es el distintivo de los señores. Sin embargo, la gastronomía no se desarro- 482 MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES liará sino con la burguesía urbana. Los primeros manuales de cocina apa¬ recen a mediados del siglo xui en Dinamarca y en los siglos xiv y xv se multiplican en Francia, en Italia y más tarde en Alemania. El cuerpo, por último, proporciona a la sociedad medieval sus princi¬ pales medios de expresión. Hemos hablado ya del cálculo digital. La civili¬ zación medieval es una civilización del gesto. Todos los contratos y los jura¬ mentos esenciales en la sociedad de la Edad Media se acompañan de gestos, se maniñestan por medio de ellos. El vasallo pone sus manos en las del señor, las pone sobre la Biblia, rompe una paja o arroja un guante en señal de desafío. El gesto tiene significado y compromete y reviste una gran impor¬ tancia en la vida litúrgica. Gestos de fe: signos de la cruz. Gestos de plega¬ ria: manos juntas, manos alzadas, manos en cruz, manos veladas. Gestos de penitencia: golpes de pecho. Gestos de bendición: imposición de las ma¬ nos y signos de la cruz. Gestos de exorcismo, del incensario. La adminis¬ tración de los sacramentos culmina en algunos gestos. La celebración de la misa es una serie de gestos. El género literario feudal por excelencia es el cantar de gesta. Gesta y gestus pertenecen a la misma familia. Esta importancia del gesto es capital para el arte medieval. Lo anima, lo hace expresivo, le da el sentido de la línea y del movimiento. Las iglesias son gestos de piedra. Y la mano de Dios sale de las nubes para dirigir la sociedad feudal. * ¡* # La significación social del vestido alcanza todavía mayores dimensio¬ nes. Designa a cada categoría social, es un verdadero uniforme. Llevar el de otra condición que no es la propia significa cometer el mayor pecado de ambición o decadencia. El pannosus, el pordiosero vestido de harapos, no recibe sino desprecio. Es la palabra lanzada con desdén contra San Yves, a comienzos del siglo xiv, por aquellos que menosprecian al santo. El leit¬ motiv de Meier Hclmbrechl, historia de un ambicioso que acaba en bando¬ lero, es el gorro bordado a la moda de los señores, que lleva por vanidad. Las reglas monásticas fijan cuidadosamente el vestido, más por respeto a la orden que por prevención contra el lujo. Será preciso esperar el adveni¬ miento de las órdenes eremíticas de los siglos xi y xn, cistercienses especial¬ mente, para vestir, en señal de reforma, los hábitos blancos, no teñidos. Y los monjes blancos se oponen a los monjes negros, los benedictinos. Las órde¬ nes mendicantes irán más lejos y se vestirán de sayal, tejido crudo. Serán los monjes grises. Cada nueva categoría social se apresura a adoptar un ves¬ tido. Así lo hacen las corporaciones y, en primer lugar, la corporación uni- 483 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL versitaria. Una especial atención es concedida a los accesorios que deter¬ minan más particularmente el grado: sombreros y guantes. Los doctores llevan largos guantes de gamuza y birretes. Los caballeros se reservan las espuelas. Hecho para nosotros curioso, el armamento medieval es demasiado funcional para constituir un verdadero uniforme. Pero al yelmo, a la cota de malla, al escudo, a la espada, los caballeros, al crear la nobleza, añaden los escudos de armas. Ha nacido el blasón. El lujo en el vestuario se despliega entre los ricos. Se manifiesta por la calidad y la cantidad del tejido: telas pesadas, amplias y finas, sederías bordadas de oro; por los ornamentos: los colores que cambian con la moda, el escarlata unido a los colorantes rojos (vegetales como la rubia o garanza, animales como la cochinilla), retrocede en el siglo xm ante el azul verdoso, sostenida la gama de los azules y de los verdes por el desarrollo del cultivo de la gueda o pastel (los comerciantes de rubia en Alemania, para luchar contra la competencia, hacen pintar los diablos en azul, con objeto de desa¬ creditar la nueva moda); las pieles que la Hansa va a buscar hasta Novgo- rod y los genoveses a Crimea; y, para las mujeres, las joyas. A finales del siglo xm aparecen leyes suntuarias, en Italia y en Francia principalmente. Es posible que se hallen relacionadas con la crisis económi¬ ca, que hace entonces su aparición, pero más probablemente proceden de las transformaciones sociales de las que nacen los nuevos ricos, que quieren eclipsar a las antiguas familias por su lujo llamativo. Tales leyes ayudan a mantener el orden social por la diferenciación en el vestido. San Luis, que quiere conciliar la defensa del orden con las ideas religiosas, evita en sí mismo y aconseja evitar a sus familiares tanto el excesivo lujo como la exa¬ gerada simplicidad en el vestir. Un año, en Corbeil, durante la fiesta de Pentecostés, disputan ante el rey Joinville y el maestro Robert de Sorbón: ((Se os debe con razón censurar, pues vais mejor vestido que el rey, ya que vestís de menuda marta cibelina y de escarlata verde, lo que el rey no hace.» ((Maestro Robert, con vuestro permiso, no soy yo en manera alguna digno de censura si me visto de escarlata y de cibelina, pues este vestido fueron mi padre y mi madre quienes me lo legaron. Sois vos quien debe ser cen¬ surado, pues sois hijo de villano y de villana y lleváis más rico camelín que yo.» Moraleja de San Luis: ((Debéis vestir bien y limpiamente, para que vuestras mujeres os quieran mejor por ello y vuestras gentes os aprecien más. Debéis vestiros y equiparos de tal manera que las gentes honestas no os acusen de hacerlo en demasía y la juventud de hacerlo poco.» Mientras que el vestido femenino se alarga o se acorta al ritmo de la prosperidad y de la crisis económica (se alarga a mediados del siglo xii, con 484 MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES gran indignación de los moralistas, que encuentran esa moda desvergonzada e inconveniente, y se acorta a mediados del siglo xiv), la ropa interior toma mayor importancia durante los siglos xm y xiv, en proporción a los progre¬ sos de la higiene y del cultivo del lino. La camisa se generaliza. Aparecen los calzoncillos. Sin embargo, al igual que en la gastronomía, el triunfo de la ropa blanca interior irá unido al de la burguesía. * * * La casa es la última manifestación de la diferenciación social. La casa campesina es de argamasa de paja y barro o de madera (la piedra, cuando es utilizada, no pasa de las cimentaciones). Se reduce, en general, a una pieza única y no tiene otra chimenea que un agujero en el techo. Pobremente amueblada, no retiene al campesino. Por el contrario, esa pobreza contri¬ buye a la movilidad del campesino medieval. Las ciudades siguen siendo principalmente de madera. El fuego cons¬ tituye uno de los grandes azotes medievales. Ruán arde seis veces entre 1200 y 1215. La Iglesia no encuentra dificultad alguna para persuadir a los hombres de la Edad Media de que son peregrinos en esta tierra. Incluso los hombres de trabajo sedentario tienen raramente tiempo para ligarse a su casa. No ocurre lo mismo en lo que respecta a los ricos. El castillo es signo de seguridad, de poder, de prestigio. En el siglo xn se levantan las torres del homenaje y la preocupación por la seguridad se impone a todo lo demás. Más tarde, los atractivos de la habitación se precisan. Bien defendidos, los castillos conceden mayor espacio a los alojamientos, desarrollan construc¬ ciones habitables en el interior de sus murallas. No obstante, la vida sigue concentrada en la gran sala. El mobiliario es reducido. Las mesas son, en general, desmontables. Una vez efectuada la comida, se retiran. El mueble normal es el cofre o baúl, en el que se guardan los vestidos o la vajilla. Ésta es el lujo supremo, ya que brilla y supone también una reserva económica. Puesto que la vida de los señores sigue siendo itinerante, es preciso que los bagajes sean fácilmente transportables. Joinville no lleva consigo a la Cru¬ zada sino joyas y reliquias. Los tapices, otro lujo, son también utilitarios: colocados, sirven de mamparas y delimitan las estancias. Son llevados de cas¬ tillo en castillo y recuerdan a ese pueblo de guerreros la habitación por excelencia: la tienda. Mas quizá sean las grandes damas —mecenazgo de las mujeres— las que favorecen un mayor cuidado en la ornamentación interior. Según Bau- 485 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL dri de Bourgueil, el dormitorio de Adela de Blois, hija de Guillermo el Conquistador, tiene sus muros ornamentados con tapices que representan escenas del Antiguo Testamento y de las Metamorfosis de Ovidio y con colgaduras en las que han sido bordados los principales acontecimientos de la conquista de Inglaterra. En el techo, las pinturas representan el cielo, con la Vía Láctea, las constelaciones, el zodíaco, el Sol, la Luna y los plane¬ tas. El pavimento es un mosaico que figura un mapamundi con monstruos y animales. Un lecho con baldaquino está sostenido por ocho estatuas: la Filosofía y las Artes Liberales. No obstante, el verdadero signo y prestigio de la riqueza es la piedra y las torres que coronan el castillo. Así construirán sus casas por imitación en la ciudad los ricos burgueses: «casa fuerte y bella», se dice. Sin embar¬ go, el burgués se encariñará con su casa y la amueblará. También en este aspecto pondrá su sello sobre la evolución del gusto e inventará el «confort», la comodidad. Símbolo del poder de un individuo o de una familia, el castillo es con frecuencia arrasado cuando su poseedor resulta vencido. Y de la misma manera, en la ciudad, el rico desterrado ve su casa destruida o quemada: es el abattis o el arsis de casa. # * # Una vez satisfechas las necesidades esenciales de la subsistencia y, en lo que se refiere a los poderosos, las satisfacciones no menos esenciales del prestigio, poco queda a los hombres de la Edad Media. Indiferentes al bienestar, lo sacrifican todo, cuando pueden, a la apariencia, a la exhibición. Sus únicos placeres profundos y desinteresados son la fiesta y el juego, si bien, para los grandes, la fiesta significa también ostentación y reclamo. El castillo, la iglesia y la ciudad constituyen decoraciones de teatro. Es sintomático a este respecto que la Edad Media ignore un lugar especiali¬ zado para el teatro. Allí donde hay un centro de vida social se improvisan los escenarios y las representaciones. En la iglesia, las ceremonias religiosas son verdaderas fiestas, y del drama litúrgico surge el teatro como tal. En el castillo se suceden los banquetes, los torneos, los espectáculos de trovadores, juglares, danzarines, domadores de osos. En la ciudad, los tablados se levan¬ tan en las plazas para los ((juegos de la hoja». Todas las clases sociales hacen de las fiestas familiares ceremonias ruinosas. Las bodas dejan a los campe¬ sinos arruinados para años y a los señores para meses. Los juegos ejercen sobre esta sociedad enajenada una seducción singular. Esclavo de la natu¬ raleza, el hombre medieval se entrega al azar: los dados ruedan sobre todas 486 MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES las mesas. Prisionero de estructuras sociales rígidas, crea un juego basado en la estructura social misma: el ajedrez, que el Oriente le lega en el siglo xi como un juego real y que ella feudaliza rebajando el poder del rey y transformándolo en espejo social después de que el dominico Jacques de Cessoles, en el siglo xm, le ha enseñado a «moralizarlo». Proyecta y subli¬ ma sus preocupaciones profesionales en juegos simbólicos y mágicos: tor¬ neos y deportes militares que expresan la esencia de la vida caballeresca, y fiestas folklóricas, que ponen de manifiesto el ser de las comunidades cam¬ pesinas. La Iglesia no puede negarse a dejarse disfrazar en la Fiesta de los Locos. La música, el canto y la danza arrastran más aún a todas las clases sociales. Cantos de iglesia, danzas refinadas de los castillos, bailes populares de los campesinos. Toda la sociedad medieval se representa a sí misma. Monjes y clérigos se entregan a las vocalizaciones del canto gregoriano, los señores a las modulaciones profanas —Klangspielereien de los juglares y los Minnesanger —, los campesinos a las onomatopeyas de la cencerrada. San Agustín ha dado también a esta alegría medieval una definición, es el jubi¬ leo, «gritos de alegría sin palabras». Por encima de las calamidades, las vio¬ lencias y los peligros, los hombres de la Edad Media encuentran olvido, seguridad y abandono en esta música que envuelve su cultura. Jubilean. EPÍLOGO PERMANENCIAS Y NOVEDADES (Siglos xiv-xv) D e la crisis del siglo xiv parece nacer un mundo nuevo. Sin embargo, bajo la nueva piel, en la Cristiandad —cuerpo y alma— se hacen par¬ ticularmente conspicuas las permanencias. Pocas técnicas que trastor¬ nen la economía: la pólvora y el cañón favorecen a los grandes Estados, ya que el armamento se encarece, pero los suizos son los mejores soldados de Europa; los castillos pierden parte de su valor militar, pero sin esta incita¬ ción suplementaria el castillo del Renacimiento habría abierto ampliamente sus ventanas a la luz del día. En definitiva, la metalurgia es la principal ga¬ nanciosa en esta revolución militar. No obstante, no cambiará de naturaleza antes de la revolución industrial. La sociedad sigue ofreciendo la misma imagen. Mas todavía parece volver a sus viejas concepciones: sociedad de los tres órdenes o de los tres estados, siempre dominada por la nobleza y el clero, con una burguesía sin duda más numerosa, más rica, más segura de sí misma, pero que se contenta, ya sea con infiltrarse en las capas superiores por ennoblecimiento, ya con representar por sí sola el tercer estado. Al igual que las otras clases, desprecia al campesino, y allí donde, mediante la com¬ pra de tierras, consigue introducirse en el campo, se muestra tanto más dura con el campesino cuanto sabe contar mejor y conoce el Derecho. Inclu¬ so se instaura una ((reacción feudal», tanto en el Este, donde aparece la ((se¬ gunda servidumbre)), como en el Oeste, donde el rústico es tratado con mayor dureza. La piedad mantiene su reinado: los peregrinos son más numerosos que nunca en el camino hacia Compostela. Claro está que son más perezosos y prefieren ser transportados que andar: el 10 de abril de 1473, cuatro navios parten de Hamburgo en dirección a Santiago de Compostela. Luis XI, el rey llamado ((moderno», se cubre de medallas y 489 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL llama en su socorro a un ermitaño de Calabria, San Francisco de Paula. Los métodos de enseñanza no han cambiado: la escolástica triunfa y, al decir de los especialistas, la Spátscholastik goza de buena salud de Craco¬ via a París. Lucien Febvre nos ha descrito maravillosamente la presencia de la sen¬ sibilidad medieval en el corazón mismo del siglo xvi. El siglo xv ve una nueva extensión de las Summae, que se esfuerzan por resumir el saber medieval, contentándose con tener en cuenta los elementos que han tomado más importancia a partir del siglo xm. Cierto que Nicolás de Cues (1401- 1464), en su De concordantia catholica, sostiene los derechos del concilio contra la supremacía pontifical y ataca la autenticidad de la Donación de Constantino y de las Falsas Decretales, pero su ideal político y moral sigue siendo, más que nunca, la Cristiandad única, concordante. Antonino, arzobispo de Florencia (1389-1459), en su Summa moralis, se limita a con¬ ceder mayor lugar a los problemas de la usura, y ese amigo y protegido de los Médicis presiente mejor tras ellos los aspectos económicos de dichas cuestiones. Pierre d’Ailly, en su Imagen del mundo (1410), presenta la misma geografía, la misma cosmografía que Fíonorius Augustodunensis. Ignora, como es, natural, América, pero también Asia. Su océano índico está poblado de seres fabulosos. Cree todavía en la existencia de un río alrededor de la tierra. Félix culpa. Cristóbal Colón, que leerá su libro, verá reforzada su idea de que se puede llegar a las Indias por el Oeste. # ■* # Todavía más, la Edad Media parece exasperarse en esta época. El oto¬ ño de la Edad Media, tal como lo ha visto Huizinga, está lleno de furor y de ruido, de sangre y de lágrimas. El gótico se hace llameante, barroco, extravagante. Enciende su encaje de llamas en los piñones de las casas, de las iglesias, de los retablos; retuerce las líneas en todos los sentidos, retuerce también los cuerpos de los hombres y las mujeres. Lanza sus más bellos fue¬ gos en pleno siglo xvi. La iglesia de Bru se levanta a partir de 1513, la cate¬ dral nueva de Salamanca y la de Segovia se inician en 1510 y 1522. En Por¬ tugal, el gótico «manuelino», alrededor de 1500, es una de las formas más originales del delirio gótico, anuncia ya a Gaudí. La orfebrería produce joyas más ornamentadas, más ricas, más brillantes, más trabajadas que nun¬ ca. Más que las monturas, los viriles, destinados a presentar la hostia, toman dimensiones insólitas y se transforman en ostensorios. España se distingue en este aspecto. La custodia de Gerona, terminada en 1438, tiene más de 490 PERMANENCIAS Y NOVEDADES dos metros de alto. La obra maestra de las custodias es la de Enrique de Arfe, un orfebre alemán establecido en León, ejecutada para Isabel la Cató¬ lica con el primer oro llegado de América y que la reina donó a la catedral de Toledo. La piedad es más ostentosa, más demostrativa cpie nunca. Los predica¬ dores populares desencadenan el entusiasmo de las multitudes y recurren a las manifestaciones más físicas de la devoción: un Bcrnardino de Siena, un Vicente Ferrer que hace estallar a las multitudes en sollozos y a los peca¬ dores rodar por tierra, confesándose públicamente; un Olivier Maillard, tras cuyo paso, en Orleáns, un albañil trabaja durante sesenta y cuatro días para reparar los tejados deteriorados por los oyentes que se han subido a ellos. El abad Jean Toussaert, estudiando en un denso libro el sentimiento religioso en Flandes al final de la Edad Media, encuentra en él «la emo¬ ción excesiva, hecha de receptividad, de primitivismo y de ausencia total de abstracción... la irregularidad espasmódica de la impresión y de la sen¬ sación...» La nobleza caracolea más que nunca en el proscenio de la escena. Mul¬ tiplica las «proezas)) y Froissart narra sus éxitos con delectación. Se embria¬ ga de torneos y de fiestas. Se empenacha con los extravagantes plumeros que adornan los yelmos en las miniaturas del buen rey Rene o las pinturas de la batalla de Uccello, con los enormes sombreros que aparecen en los fres¬ cos de Pietro della Francesca o de Pisanello. FI sentimiento caballeresco llega a su colmo con la fundación de las órdenes de caballería, la más bri¬ llante de las cuales nace en el Estado ílamenco-borgoñón de Felipe el Bue¬ no: el Toisón de Oro. La sensibilidad gótica, cuando no se exaspera, lan¬ guidece en amaneramiento. El estilo pictórico llamado «gótico internacio¬ nal», que produce, en Siena especialmente, deliciosas obras maestras duran¬ te la primera mitad del siglo xv, es un estilo preciosista, lánguido, weicher Stil. También la literatura cortesana se torna insípida hasta el extremo. La Francia de comienzos del siglo xv —en plena Guerra de los Cien Años— conoce una querella del liornan de la Rose y todo el preciosismo medieval de la sangre se expande en el Livre de Coeur d’Amour épris (Libro del Corazón de Amor prendido) del buen rey René. ¿Reacción contra la intensidad de las pruebas, contra la crisis y su cortejo de calamidades, epidemias y guerras? ¿Consecuencias de la Gran Peste? Esos choques emocionales han intervenido sin duda, pero la conmo¬ ción viene de más lejos y de una mayor profundidad y no se contenta con exasperar, sino que trastorna y transforma. 49 1 EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 176 A 185 176. ESPIRITUALIDAD DEL SUFRIMIENTO: PIETÁ. El Cristo sufriente competía, cuando no suplantaba, al Cristo triunfante en los siglos XII y XIII. La Virgen dolo- rosa tiende a reemplazar, a su vez, a las Vírgenes en majestad, sentadas o de pie, de los siglos XI-XIII. La “Pietá” recibe a su hijo muerto sobre sus ro¬ dillas. En este tríptico de la escuela de Niza (siglo XV), en la capilla de los Penitentes Blancos de Sospel, los miem¬ bros de la cofradía que ha encargado el retablo se hacen representar como donadores. A ambos lados de la Vir¬ gen, San Juan y Santa María Magda¬ lena. (Sospel, Alpes-Maritimes, capilla de los Penitentes Blancos.) 177. LOS MALES DE LA GUERRA: ÉXODO DURANTE LA GUERRA DE LOS CIEN AÑOS. Miniatura ejecutada en 1448 por Jac- quemart Pilavaine, artista flamenco al servicio de Felipe el Bueno. Se ha di¬ cho que representa la invasión de los pueblos bárbaros en la Galia. En rea¬ lidad, es un cuadro de las poblaciones francesas hacia el término de la guerra de los Cien Años, huyendo con sus es¬ casos mobiliarios, dejando atrás los campos saqueados, las ciudades incen¬ diadas y arruinadas por los ingleses, los soldados de las Grandes Compa¬ ñías y los salteadores. (Bruselas, Biblio¬ teca Real, manuscrito 9242, fol. 184.) 178. calamidades: la peste negra. La Gran Peste, que había desaparecido de Occidente desde la Alta Edad Me¬ dia, reaparece en 1948, traída por un barco llegado de Oriente. Alcanzó a la mayor parte de la Cristiandad con re¬ cidivas que se prolongaron hasta el co¬ mienzo del siglo XVIII. Entre 1948 y 1390 debió de matar aproximadamen¬ te a la tercera parte de la población del Occidente. Las ciudades conseguían apenas enterrar a sus muertos. Muchos sacerdotes y religiosos huyeron. Los que quedaron para asistir a los enfer¬ mos y a los muertos fueron citados como ejemplo. Esta miniatura repre¬ senta el entierro de algunos apestados en Tournai (1348). Es una parte de un manuscrito de los Anales de Gilíes le Muisis, abad de Saint-Martin de Tour¬ nai, que murió también muy proba¬ blemente a consecuencia de la peste. (Bruselas, Biblioteca Real, manuscri¬ to 130J6-130JJ, f. 24 vuelto.) 179. locuras y desgracias: el baile DE LOS ARDIENTES. “Las gentes de la corte le comprome¬ tieron [a Carlos VTj a no buscar otro remedio que las diversiones, las fiestas, a curar la locura por medio de la locu¬ ra. Una buena ocasión se presentó: la reina casaba a una de sus damas ale¬ manas, ya viuda. Los casamientos de las viudas se celebraban con cencerra¬ das, fiestas locas en las que todo se de¬ cía y se hacia. A fin de hacer todavía más si era posible, el rey y cinco caba¬ lleros se disfrazaron de sátiros. El que llevaba la voz cantante en esas farsas obscenas era un cierto Hugues de Gui- say, un mal hombre, de esas gentes que 492 EPIGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 176 A 185 llegan a ser algo divirtiendo a los gran¬ des y atropellando a los débiles. Hizo coser a esos sátiros en una tela itnpreg- nada de pez-resina, sobre la cual fue pegada una guedeja de estopa que les hacía parecer machos cabríos. Mientras que el rey, bajo ese disfraz, hace dia¬ bluras a su tía, la joven esposa del du¬ que de Berri, el duque de Orleáns, su hermano, que había pasado la tarde fuera, regresa con el conde de Bar; esos desgraciados atolondrados imagi¬ nan, para asustar a las damas, prender fuego a las estopas. Esas estopas esta¬ ban en contacto con la pez-resina y, al instante, los sátiros ardieron. La tela estaba cosida, nada podía salvarlos. Fue cosa horrible el verlos correr por la sala como antorchas vivientes, aullando... Felizmente, la joven duque¬ sa de Berri retuvo al rey, le privó de moverse y le cubrió con sus vestidos, de manera que ninguna chispa cayó encima de él. Los otros ardieron cosa de media hora y tardaron tres días en morir” (Michelet). (París, Biblioteca Nacional, manuscrito francés 5190, fo¬ lio 164 vuelto.) 180. RETRATO PRINCIPESCO: ENRIQUE EL NAVEGANTE. Nuno Gongalves, nombrado en 1450 pintor de cámara del rey de Portugal Alfonso V, pintó entre 1450 y 1460, para la capilla de San Vicente en la ca¬ tedral de Lisboa, un vasto políptico. La adoración de San Vicente, agrupan¬ do en torno de los soberanos a todos los grandes personajes de la sociedad portuguesa de la época. Se conservan seis fragmentos de ese políptico. En esta galería admirable de retratos, de¬ mostrativos de la atención que ya en esta época se prestaba a los rasgos in¬ dividuales, se observa al célebre infan¬ te Enrique el Navegante, tío del rey, inspirador de las expediciones portu¬ guesas al Africa. Hay una gran parte de leyenda en la personalidad de hu¬ manista atribuida a este principe, que, además, no navegó nunca. Pero esta idealización es característica de la men¬ talidad de finales del siglo XV. (Lis¬ boa, Museo de Arte Antiguo.) 181. RETRATO DE UN HOMBRE: LOREN¬ ZO FROIMONT. Se supone que este retrato, obra de Ro- gier Van der Wcyden (Rogelio de la Pasture), hacia 1400-1464, representa a un joven noble de la corte de Borgo- ña, ya que su cabello aparece cortado según la moda que puso en circulación Felipe el Bueno. Se cree que se llama¬ ba Lorenzo Froimont, porque el nom¬ bre de Froimont se halla escrito en el reverso, en el que figura también, en grisalla, una imagen de San Lorenzo. La leyenda “Raison l’enseigne” (la ra¬ zón lo enseña), inscrita a derecha e iz¬ quierda de la cabeza, debe de ser la divisa del personaje. El realismo de los trazos del rostro y del gesto de plega¬ ria de las manos contribuye a evocar una atmósfera muy siglo XV, situada entre el humanismo y la devotio mo¬ derna. (Bruselas, Museos Reales de Be¬ llas Artes.) 40 493 EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 176 A 185 182. LA REVOLUCIÓN INTELECTUAL: LA IMPRENTA. La revolución originada por la im¬ prenta sirve en primer término a la li¬ teratura tradicional, antes de favorecer la difusión del humanismo. Este incu¬ nable, impreso en Lyón hacia 1480, de¬ muestra la boga de los cantares de gesta en la víspera del Renacimiento. Contiene la historia de los Cuatro hi¬ jos de Aymon. (París, Biblioteca Nacio¬ nal, reserva Yr. 364, fols. all vuelto- alll recto.) 183. LA REVOLUCIÓN DE LA SENSIBILI¬ DAD: EL CADÁVER. El cuerpo del cardenal Lagrange, muerto en Aviñón, el año 1402, fue, según la disposición de sus últimas vo¬ luntades, vaciado de las visceras, que fueron enterradas en Amiens, mientras su cadáver era momificado y sepultado en Aviñón. Un hecho completamente nuevo es que ese cadáver fue esculpido en la tumba de Aviñón. La cinta ins¬ crita que lo acompaña precisa el espí¬ ritu de esa nueva sensibilidad maca¬ bra, que inspira en el mismo momento la representación de los Vivos y de los Muertos y de las “danzas macabras”: “¡Desgraciado!, ¿qué razón tienes para estar orgulloso? No eres más que ceniza y serás pronto como yo, un cadáver fé¬ tido, comida de los gusanos.” Una ima¬ gen semejante, ligeramente anterior ( I 393), se encuentra en la tumba de Guillermo de ILarcigny, en la capilla episcopal de Laón. (Aviñón, Museo Calvet.) 184. MORAL Y TÉCNICA HUMANISTAS: LA TEMPLANZA Y SU RELOJ. El tema humanista de las virtudes abunda en el arte italiano de los si¬ glos XIV y XV. Italianos fueron los que lo introdujeron en Francia. Lo ve¬ mos en la tumba de Carlos VIII (Saint- Denis), en las tumbas de Dol (Ille-et- Vilaine) y de Ferriéres (Loiret). Sin embargo, el tema se extendió después de que Miguel Colombe y Juan Per- réal, en los primeros años del si¬ glo XVI, hubieron llevado a cabo la magnífica tumba del último duque de Bretaña, Francisco II, y de su mujer, Margarita de Foix. Las cuatro virtudes cardinales decoran los cuatro ángulos de la tumba. La Templanza lleva el reloj, símbolo de la nueva medida, que define un universo intelectual y mental en oposición al de la Edad Media. “El orgullo de los humanis¬ tas triunfa de la antigua modestia cristiana” (Érnile Mále). (Catedral de N antes.) 185. EL OCCIDENTE Y EL MAR: UN NAVIO VENECIANO DE FINALES DEL SI¬ GLO XV. Mientras las carabelas ibéricas descu¬ bren mundos nuevos, la expansión co¬ mercial del Occidente se afirma desde el Báltico al Mediterráneo. Las galeras venecianas, a despecho de los turcos, monopolizan el comercio de la Europa oriental. El grabado representa un na¬ vio veneciano, hacia 1470-1480. (París, Museo del Louvre, núm. 3710, colec¬ ción Edmond de Rothschild.) 494 1 ! fe i ' i 1 ffl : f, : , -B-:,^. y J*. '<• -: ■■ -wnr.-.*»*?*■ 5 ^ 1 ^‘#Jt S3Ü^H mmk M t ■■ _ «■ ffPH ^KTTVm • • i- , ' tC"\ JF: vv®L W] jr U^J* jU ■ ¿i BAAdk - Ai ] i|T ' ^y» <^r! »11 ■ ' irrmft » fOAVA.'WJl ' M W ’fKVr?» AMAPi S W P W < 1 ■ wi * ‘..wHf ss.SS.SSñt--^-*'! ‘T?:’: r -0U áfartíauftri©»^"*** fauftee rmau ~v . 'H¡r' !*.< ,»c, «♦».?»« «rr ^ gff' ^s „<0 fcfjUlfj F írftntS m*"* ctS.iicc(ira ma ríete* fcfpicflc* pnrtoittSicceuQ»quifironreepj< dricei lupáce(j 5 -ifotij. fepicmícieíuf.ttecommit 4j»«í ff ¿* fiflrt*cuJll\.ne aungaattefift opinó nc aitiaugio fe 1 coufnj. Jt.'Wpirf. cómic rej «aufetua fe«petenSurop cftaifcmatgrteSúgcfcfxija aif «ffjlw 1 y??j. oient eufu&ut> anttcfcfxj Sóc faguetcc cómica fa^ílefufl fltV"* fimwienccítutafi fÓgucmit ijfpourtajtanctoniaijcaii f tciuifmeS fcance - ^ )|( J* -¡¿Re val —^ Novgorod EL OCCIDENTE ECONÓMICO A FINALES DEL SIGLO XIII HANSEÁTICOS Principales ciudades de la Ilansa ▲ Principales emporios Principales itinerarios comerciales 1 — 1 Zona de colonización germánica ITALIANOS Principales centros económicos ▲ Principales emporios _ Principales itinerarios comerciales □ Ferias de Champaña r-i Grandes regiones exportadoras de vino Grandes regiones exports. de planta pastel ■k Principales centros de la industria pañera TABLAS CRONOLÓGICAS LA CIVILIZACION DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS 842 843 844 843. Tratado de Verdón. División del Imperio carolingio. 843. Carlos el Calvo declara que los deberes del rey respecto a los grandes son la contrapartida obligatoria de la fidelidad de los vasallos. 845 845. Sitio de París por los nor¬ mandos. Destrucción de Hamburgo por los daneses. 845. Institución de un impuesto, en Francia, para comprar la re¬ tirada de los normandos. 845-882. Hincmar, obispo di Reims, se convierte en el gtini dián de la ortodoxia cristiana y de la idea imperial. 846 848 846. Saqueo de Roma por los sa¬ rracenos. Rostislav se pone a la cabeza de la Gran Moravia. 1 849 849. El concilio de Quierzy con dena las tesis de Gottschalk su | bre la predestinación. 850 850-870. Los normandos atacan Inglaterra. Mediados del siglo ix. La palabra miles (soldado, después caballe¬ ro) se hace cada vez más fre¬ cuente para designar el vasallo. Hacia 850. Una colección de íal sos textos canónicos, el Pseucln Isidoro, trata de reforzar la auto ridad del papa, de los obispo» y de la Iglesia sobre la sociedad 851 Después de 851. Controversia» eucarísticas en torno a Pascas!» Radbert. 00 O-t lo 853. Primera mención de las «guildas» y las «cofradías» de artesanos. 859 860 859. Definición de las obligacio¬ nes del vasallo: consejo y ayu¬ da (consilium atque auxilium). 53 ° TABLAS CRONOLÓGICAS (842-860) CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA ACONTECIMIENTOS EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS I42. Juramentos de Estrasburgo: primer texto en francés y en alemán. 842 8 43 \ntes de 844. Nithard: Historia. 844 H 1 r, 817. Persecución contra el bu¬ dismo en China. 845 846 848. León IV encierra a Roma dentro de una nueva muralla: la ciudad Leonina. 848 849 Hacia 850. Iluminación de la l!¡ blia de Carlos el Calvo y del Salterio de Utrecht, obras maes¬ tras de la miniatura carolingia. 850 00 Cjx 852-853. El cofre de Saint-Vaasl es dorado sirviéndose de oro árabe. 852 859 Hacia 860. Los petchenegos des¬ truyen el Estado judaizante de los Lazares, en el Volga. 860 531 42 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES ---- HECHOS RELIGIOSOS 862 864 864. Carlos el Calvo envía una embajada a Córdoba. 864. Comienzo de la misión di Cirilo y Método en Moravia. 865 867 00 O 870. Nueva partición del Impe¬ rio carolingio en Meersen: desa¬ parición de la Lotaringia. 8 73 873-874. Gran hambre en la Europa Occidental. 874 874. Los daneses en Islandia. 8 75 S75. Carlos el Calvo, emperador. 877 S77. Capitular de Quierzy: las dignidades condales se hacen hereditarias; progreso en la vía de la feudalización. 878 878. Primera instalación de los daneses en Inglaterra: Paz de Wedmore. 880 881 >81. Primera aparición de la pa¬ labra «ftef» (feudo) (Cluny). 883 883. Fundación de la abadía ib | San Miguel de Cuxá. lts co GO SS5-8S6. Los normandos asedian París, defendido por Eudes. -i . 532 TABLAS CRONOLÓGICAS (862-885) ■ ACONTECIMIENTOS CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS B()2. Otfriedo de Wissemburgo 862 traduce el Nuevo Testamento al alemán. 864 Hacia 865. Juan Scoto Erigeno: 865 De divisione naturae. 867. El cisma de Focio anuncia 867 la separación entre la Iglesia ro¬ mana y la Iglesia bizantina. 867-1057. Dinastía macedonia en Bizancio. Hacia 870. Primer libro impreso O 00 en China. 873-885. «Westwerk» de Corvey. 873 874 Hada 875. Primer manuscrito 875 ilustrado de la Psychomachia de Prudencio (Saint-Gall): combate de las Viitudes y de los Vicios. 00 878 K80. Canliléne de Sainte Eulalie 880 (en lengua francesa). 881 883 1 - 885 533 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS 888 888. Deposición del último em¬ perador carolingio, Carlos el Gordo. 890 895 895. Primer ejemplo conocido de pluralidad de compromisos de vasallaje (región del Loira). 896 896-964. El papado en manos cic¬ la aristocracia romana. 900 goo. Muerte de Alfredo el Gran¬ de, rey de Inglaterra. Hada 900. Primeras incursiones húngaras en Baviera. Después de 900. Hubcrt de Bar¬ celona: Tratado de Astrolabio. cjoo. La sede episcopal de Iría Flavia es trasladada a Santiago de Compostela. 908 9°9 910 g 10. Fundación de la abadía de Cluny. 9 11 911. Carlos el Simple abandona la Normandía al vikingo Ro¬ llón. 920 925 929 934 534 TABLAS CRONOLÓGICAS (888-934) r - ACONTECIMIENTO S CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS 888 890. Alfredo el Grande hace co- O en 00 menzar la Crónica anglosajona, que será proseguida hasta 1154. lintre 890 y 900. Traducciones al anglosajón de Alfredo el Gran¬ de. 895 896 900 Muerte de Remis de Auxe- 908. Fin de la dinastía Tang. 908 rre, comentador de la Biblia, Fraccionamiento de la China. de gramáticos y poetas latinos, de Boecio y de Martianus Ca- pella. 909. Ocupación del África del 9°9 Norte por los fatimitas. 910 9 ii 920. Establecimiento de los tolte- cas en Méjico. 920 9115. Waltharius, de Ekkehard de 925-929. Rotonda de Saint-Guy 925 Saint-Gall, poema latino, que en Praga (tumba de San Ven- toma su tema y su espíritu de las viejas leyendas germánicas. ceslao f 929). 929. Creación del Califato de 929 Córdoba. 934-949. San Maximiano de Tré- 934 veris: torres «armónicas» del ábside. 535 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS ; HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS 936 936. Otón I, rey de Germania. 936. Otón I hace prestar ju¬ ramento de vasallaje a todos los duques alemanes. 94 1 941-942. Gran hambre en Euro¬ pa Occidental. 943 943. San Dunstán, abad de Glas tonbury, emprende la reforma del clero anglosajón. 94 6 948 948. Hamburgo, metrópoli reli giosa de los países escandinavos. 95 » Hacia 950. Comienzo de las gran¬ des roturaciones. Utilización del arado al norte de] Loira. 95 1 ' 951. Godescalc, obispo del Puy, hace la peregrinación a Santia¬ go de Compostela. 952 954 955 955. Otón I vencedor de los hún¬ garos en Lechfeld. 958 536 TABLAS CRONOLÓGICAS (936-958) CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA ACONTECIMIENTOS EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS 936 941 943 946. Primera catedral de Cler- mont *: primer ejemplo fecha¬ do de deambulatorio con capi¬ llas radiales. 946 Hacia 950. Pontifical romano-ger¬ mánico, antecesor del pontifical actual, compuesto en Maguncia. |I5Í. Flodoardo: Historia de la Iglesia de Reims. Muerte de Otger de Laón (pseudo Hucbald), cuyo manual de mú¬ sica, Música enchiriadis, men¬ ciona por primera vez la poli¬ fonía. D54. En su Carta a la reina Ges- herga, Adsón precisa las ideas milenaristas y el personaje del Anticristo. 948 950 951 952 954 J)r,8. Liutprand de Cremona: Antapodosis («la Retribución»), historia propia de su tiempo que da a los buenos y a los ma¬ los la recompensa que merecen. 955 95 8 537 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS 959 959. Reforma de la abadía dr Gorza. 960 960-988. San Durstan, arzobispo de Cantorbery. 96 l 962 962. Otón I, coronado empera¬ dor por el papa en Roma. 9 (i 5 966 9G6. Reloj movido por pesos, atribuido a Gerberto. 967 967. Bautismo del duque polaco Miezco. 968 968. Adalberto I, arzobispo do Magdeburgo. 9 e 9 97 ° 972 972. Fraxinetum es tomada a los musulmanes. 972. Fundación del obispado dr Praga. 974 538 TABLAS CRONOLÓGICAS (959974) CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA ACONTECIMIENTOS EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS 959 Hacia 960. Miniaturas de Rcichc- nau. Estatua relicario de Con¬ ques. 9ño. Mezquita de Córdoba. 960-1270. Período de los Song en China. Hacia 960. Tratado de Cosmas el Clérigo contra el herético Bo- goinil en Bulgaria. 960 g6i. Libro de los milagros de Santa Le de Conques. 961 Después de 962. Abacial de Geni- rodé. 9G2 Hacia 965. Widukind: Historia de los sajones. 9 g 5 966 967. Gerbert (Silvestre 11 ) edu¬ cado por Aitón, obispo de Vich en Cataluña, se puso cu con¬ tacto con la ciencia árabe. 9Ü7-999. Rotonda de San Félix y Adaucto, sobre el Wawel (Cra¬ covia). 9 6 7 968 969. Fundación de El Cairo por los [atilintas. 9 6 9 Hacia 970. Liutprand de Cremo- na, enviado de Otón I, escribe la narración de su embajada en Constantinopla. Primera mención del drama litúr¬ gico en Fleury (Saint-Benoit-sur- Loire). Hacia 970. Miniaturas de Win¬ chester. 970 972. Gerbert, maestrescuela de Reims. 972 974. Maestros albañiles mozára¬ bes construyen la iglesia de la abadía de San Miguel de Cuxá, una de las fuentes de la arqui¬ tectura románica. 974 539 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS 975 97 6 977 Hacia 977. Abu-al-Casim alaba la riqueza de Amalfi. 980 980. Los daneses emprenden la conquista de Inglaterra. ce O) 9 8 3 983-1002. Reinado de Otón III. 985 985. Bautismo del húngaro Vaík (San Esteban). 987 987-996. Hugo Capeto, rey de Francia. 989 989. Sínodo de Charroux: pri¬ mera institución de «paz». 99 ° 99 i 991. Creación del Danegcld en la Inglaterra sajona. 992 992-1025. Boleslao el Valiente, rey de Polonia. 992. Primer tratado de comercio entre Bizancio y Vcnecia. 994 99 6 997 997. Martirio de San Adalberto en Prusia. 997-1038. Conversión de los hún garos. 998 TABLAS CRONOLÓGICAS (975-998) ACONTECIMIENTOS CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS 975. Apocalipsis ilustrado de Ge- 975 roña. 976. Advenimiento de Basilio II. 977-1014. Samuel, zar de los búl- 97 6 977 garos. Hacia 980. Miniaturas del códice 980 de Egberto (abadía de Reiche- nau). 981. Dedicación de la iglesia de 98 1 Cluny 11 *. 983 9 8 5 987 989. Bautismo de Vladimiro de 989 Kiev. 990-1014. Pórtico y campanario de 99 ° Saint-Germain-des-Prés. 991-995. Richer, monje de Saint- 99 i Rémi de Rcims: Historias, na¬ rración del advenimiento de Hugo Capcto. Después de 992. Miniaturas y 992 cincelados de Ilisdesheim. 994-999. Gramática latina (en an- 994. «Donjon» de Langeais. 994 glosajón) y glosario latino-in¬ glés de Aelfric. 996-1029. Iglesia de Romainmó- 99 6 tier según el modelo de Clu¬ ny II. 997-1004. Saint-Martin de 997-1030. Reinado de Mahmud el 997 Tours *, uno de los prototipos del arte románico. Gaznavida (Afganistán). Hacia 998. Evangeliario de 998 Otón III, iluminado en Reiche- nau. 998. Iglesia de Montier-en-Der: macizo-pórtico con tribunas. 541 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS 999 999-1003. Pontificado de Silvcs tre II (Gerberto). IOOO 1000. Protectorado de Venecia so¬ bre Istria y la Dalmacia. Svend, rey de Dinamarca, rea¬ nuda la conquista de Inglaterra. Otón III reconoce, en Gniezno, la independencia de Polonia. Hacia 1000. Violenta revuelta, atrozmente reprimida, de los campesinos de Normandía. Comienzo del desarrollo de la construcción (Raúl Glubcr). Comienzos del siglo xi. Unión íntima del feudo y de! vasallaje. 1000. Creación del arzobispado 37 1038 1039 1040 43 547 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS IO43 1042-1066. Eduardo el Confesor, último rey anglosajón de Ingla¬ terra. IO43 1043-1045. Gran hambre en Occi¬ dente. IO44 1044. Sublevación de los burgue¬ ses de Milán. IO45 IO46 1046. Primera mención del ho¬ menaje «lige» (Vendóme). IO49 1049-1054. León IX papa: primi cias de la reforma gregoriana. 1049-1109. San Hugo, abad (Ir Cluny. IO5O Hacia 1050. Controversia eticaría tica en torno a Bérenger dr Tours, negador de la presenil,1 real. IO52 IO54 1054. Cisma de Miguel Cerularin, ruptura definitiva entre la Iglr sia de Oriente y la Iglesia de Occidente. 10 55 1055. Enrique I se anexiona el condado de Sens. 1056 1056-1106. Enrique IV, empera¬ dor. 1056. Movimiento político-heréti¬ co de la Pataria en Milán. 1056-1060. Motines en Milán con tra el clero depravado (Pataria) 1057 1057-1072. Pedro Damián, caí denal. 00 0 548 TABLAS CRONOLÓGICAS (1048-1058) ACONTECIMIENTOS CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS 1042. Consagración del coro de la 1043 abadía de Limburg en la Iíardt, tipo de «arquitectura imperial». 1043. Los rusos amenazan Cons¬ tan tinopla. 1044-1077. Unificación de la Bir- 1043 1044 manía. 1045. Lanfranc da brillo a la es- 1045 cuela monástica de Bec. 1046 1049. «Viaje de consagración» de i °49 León IX: iglesia octogonal de Ottmarsheim. 1049-1080. Saint-I-Iilaire de Poi- tiers. Hacia 1050. Textos místicos de 1050. Iglesia románica de Mo- 1050 Juan de Fécamp. rienval. Hacia 1050-1150. Catedral del Puy. 1052. Consagración de la cripta de 1052. La invasión hilaliana sa- 1053 San Emerenciano de Ratisbona. quea el África del Norte. i °54 1055. Toma de Bagdad por los 10 55 seljúcidas. 1056 1057. Advenimiento de la dinastía 10 57 de los Commenos en Bizancio. Después de 1058. Irradiación lite- 1058 raria de la abadía de Monte Cassino. Bajo el abaciado de Di¬ dio, Constantino el Africano tra- duce en ella obras de Medicina árabes y griegas. Alberico escri¬ be el primer tratado de compo¬ sición literaria: Líber dictami- num. 549 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS 1059 1059. El papa reconoce la pose¬ sión de Italia del Sur a Roberto Guiscard. 1059-1062. Nicolás II, papa. 1059. Afirmación del principio de la libre elección del papa poi los cardenales. 1060 1060-1091. Los normandos con¬ quistan Sicilia. 1061 Hacia 1061. El juego del ajedrez es conocido en Italia, según una carta de Pedro Damián. 1061. Fundación de la abadía dr Tyniec, el «Cluny polaco», cci ca de Cracovia. 1062 1063 1063. Cruzada «borgoñona» cu España. 1064 1064. Fernando de Castilla con¬ cede fueros de colonización (re¬ gión de Coímbra). 1064-1069. Usatges de Cataluña, primer código feudal conocido. 1065 1066 1066. Conquista de Inglaterra por los normandos de Guillermo el Conquistador. Entre 1066 y 1087. La más anti¬ gua carta de infeudación conser¬ vada (Inglaterra). 1066. Reacción pagana en los pul ses bálticos. 1067 IO69 1069. Manifestación comunal en el Mans. 1070 Después de 1070. El arzobispo Lanfranc reforma la Iglesia de Inglaterra. 550 TABLAS CRONOLÓGICAS (1059-1070) CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA ACONTECIMIENTOS EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS 1059 1060-1150. Saint-Sernin de Tou- louse. 1060 1061 1062-1083. La Trinidad de Caen (Abadía de las Damas). 1062 1063. Consagración de San Minia¬ to de Florencia. Consagración de San Isidoro de León (torre-pór¬ tico del Panteón de los reyes y capiteles, obras maestras de la escultura románica). 1063-1097. Saint-Etienne de Ne¬ vera. 1063-1119. Catedral de Pisa. 1063 1064 Entre 1065 y 1100. La chanson de Roland. 1065. Consagración de Santa Ma¬ ría de Colonia. 1065 1066. Puertas de bronce de Amal- fi fundidas en Constantinopla. IO66 1067-1068. Abadía de Saint-Be- noit-sur-Loire (Flcury). 1067 1069 Hacia 1070. Frescos de Berzé-Ia- Ville. IO70 551 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS 1071 1071. Roberto Guiscard se apo¬ dera de Barí. 1071. Reliquias de San Nicolás, llevadas a Bari. 1072 1072. Aparición del contrato de colleganza en Venecia. 1073 ■ 1073. Revuelta urbana en Worms. 1073-1083. Gregorio VII, papa. 1074 1074. Revuelta urbana contra el obispo de Colonia. Gregorio VII ordena al rey Feli¬ pe I de Francia restituir las mercancías confiscadas a los mer¬ caderes italianos. 1074. Esteban de Muret fundí la orden de Grandmont, la pr¡ mera de las órdenes que vuelve «a la verdadera vida apostólica». Decreto de Gregorio VII conde nando la simonía, el nicolaísnm y la investidura laica. 10 75 Después de 1075. Decadencia del poder real y pujanza de la feu- dalidad en Alemania. 1075. Comienzo de la «Querella de las investiduras». Dictatus Papae de Gregorio Vil Hacia 1075. Anselmo de Lucas compone plegarias para la con desa Matilde de Toscana. 1076 1076. Boleslao el Valiente, últi¬ mo Piasta coronado como rey de Polonia. 1077 1077. Enrique IV se humilla ante Gregorio VII en Canosa. Comuna de Cambrai. 1077. Primera mención del «ho¬ menaje» en Alemania. Manifestación comunal en Cam¬ brai. 10 79 1079. Fundación de la orden de Hirsau, el «Cluny germánico». 1080 Hacia 1080. «Guilda» de Saint- Omer. 1081 io8t. «Cónsules» burgueses en Pisa. 552 TABLAS CRONOLÓGICAS <1071-1081) CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA ACONTECIMIENTO S EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS 1071. Consagración de la abadía de Monte Cassino *, decorada por los bizantinos, queriendo hacer de ella el abad Dídaco, sobre modelos bizantinos, «la maravilla del Occidente». 1071. Los seljúcidas aplastan a los bizantinos en Mantzikiert. 1071 1078 1073 IO74 1075-1122. Catedral de Santiago de Compostela. 10 75 1076-1078. Monologion y Proslo- gion (Fides quaerens intellec- tum) de San Anselmo: argu¬ mento ontológico, prueba de la existencia de Dios. Historia de la Iglesia de Ham- burgo, de Adán de Brema. 1076. I.os seljúcidas toman Jeru- salén. 1076 i 1077. Anales de la abadía de Hersfeld. 1077. Consagración de Saint- Etienne de Caen («Abadía de los Hombres»), 1077. Los seljúcidas se instalan en Asia Menor. 10 77 1079-1093. Catedral de Winches¬ ter. 10 79 Hacia 1080. «Donjon» de Hou- dan. 1080 1081-1118. Reinado de Alexis Commeno. 1081 553 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS 1082 1082. Los venecianos consiguen 00 0 importantes privilegios económi¬ cos en el Imperio bizantino. 1084. San Bruno de Colonia fun da la «Grande-Chartreuse». Roma es tomada por Enri que IV, después por los ñor mandos. IO85 1085. Toma de Toledo por Al- 1085. Guillermo el Conquistador lonso VI de Castilla. hace establecer un catastro para Inglaterra, el Domesday Book. Cinco mil seiscientos veinticua¬ tro molinos hidráulicos en In¬ glaterra. 1086 1086. Primera mención de un ba- tán en Normandía (Saint-Wan- drille). IO87 1087. Genoveses y písanos reali- 1087. Revuelta en Sahagún con- zan una expedición victoriosa tra los monjes cluniacenses y los contra los piratas musulmanes de Mahdiya en «Ifryqyja» (Áfri¬ ca). caballeros. 1088 1088. Primera mención segura de 1088-1099. Pontificado de Urba un molino de cerveza en la re¬ gión de Evreux. no II. 1090 Finales del siglo xi. En Francia del Norte, el caballo reemplaza al buey para el arado. La dis¬ tinción entre libres y no-libres se difumina. lOgi 1093 1093. Fundación de la Liga lom- 1093-1109. San Anselmo, arzobiu barda agrupando las ciudades hostiles a los emperadores ale- po de Cantorbery. manes. IO94 1094. Toma efímera de Valencia por el Cid. 554 TABLAS CRONOLÓGICAS (1082-1094) CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA ACONTECIMIENTO S EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS 1082 1084 1085. Malik-cah unifica las pose¬ siones seljúcidas. 1085 1086. La dinastía beréber, dueña de Marruecos y de la España musulmana. 1086 1087-113a. San Nicolás de Bari. GO O Después de 1088. Irnerius enseña el Derecho romano en Bolonia. La cancillería pontifical restau¬ ra el uso del «cursus» en los do¬ cumentos oficiales. 1088-1130. Cluny III*. 1088 Hacia 1090. Invención de la brú¬ jula en China.. IO9O 1091-1116. Episcopado de Yves de Chartres. Esplendor de la escue¬ la episcopal de Chartres. 1093. Comienzo de la construc¬ ción de la catedral de Durham: la primera ojiva. 1093-1156. Abacial de María- Laach. IO91 1093 1094-1098. San Anselmo: Cur Deus Homo: los problemas teo¬ lógicos y filosóficos de los dog¬ mas de la Encarnación y la Re¬ dención. IO94 555 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS 10 95 1095. Gran hambre en Bélgica. 1095. Urbano II predica en Cler mont la I Cruzada. IO9G 1096-1097. Ola antisemita: ma- 1096. Roberto de Arbrissel fun tanzas de judíos por los cruza¬ dos populares en marcha hacia Tierra Santa. da la orden de Fontevrault. IO97 1097. Constitución del condado Hacia 1097. Primera imagen de de Portugal. un rastrillo (tapicería de Ba- yeux). 1098 1098. Principado de Edesa y An- 1098. Fundación de la orden cis tioquía. tercíense por Roberto de M<» lesmes. 1099 1099. Toma de Jerusalén por los 1099. Formación de la Compa- cruzados. gría de Génova: los mercaderes Fundación del reino franco de y la política urbana. Jerusalén. Manifestación comunal en Beau- vais. 1100 1100-1135. Enrique I Beauclerc, 1100. Convención comercial entre Hacia 1100. Difusión de las d(N rey de Inglaterra. Venecia y el reino de Jerusalén. trinas cátaras en Italia y en el Hacia 1100. Comienzo de la de- sur de Francia. secación de los pantanos de La orden de Cluny cuenta con Flandes: «polders». Comienzo del esplendor de las ferias de la Champaña. 1.450 casas. Principios del siglo xn. Primeros tratados de derecho feudal (coutumiers) en Inglaterra. Redacción de cartas de contratos de vasallaje en el sur de Francia y en los países del Ródano. Entre 1100 y 1150. Período deci- sivo de la conquista agraria. Progreso de los cereales. 1101, 1103 1001. Roger II, rey de Sicilia. 1103. Guillermo de Champean» dirige la escuela episcopal 6 1106-1111. Victorias almorávides en España. 1108 1108-1137. Luis VI el Gordo, rey de Francia. 1108-1109. Comunas de Noyon y Beauvais, 1108. Fundación de la abadía de Saint-Victor en París, hogar de la pre-escolástica mística. lllO Entre 1110 y 1140. De diversis ar- tibus, del monje alemán Teófi¬ lo, primer manual técnico de Occidente. lili 1111-1118. Luis VI derriba el cas¬ tillo de Puiset y pacifica el do¬ minio real. 1111. Pisa obtiene privilegios co¬ merciales en el Imperio bizan¬ tino. 1112 1112. Revolución comunal en Laón. En ella muere el obispo. 1112. San Bernardo entra en Ci teaux. 1113 1114 1114. Carta de Caridad: primer estatuto de Citeaux. 1116 n 16. Sublevación de la pobla¬ ción de Santiago de Compos- tela contra el obispo Gelmírez, constructor de la catedral romᬠnica. 1117 1117. El abad de Marmoutier (Alsacia) reemplaza las «corveas» por los pagos en dinero. 1118 1118. Los aragoneses se apoderan de Zaragoza. 1118-1122. Abelardo y Eloísa. 558 TABLAS CRONOLÓGICAS (1104-1118) CULTURA ESCRITA Después de 1104. Guiberto de Nogent: Historia de la I Cru¬ zada (Gesta Dei per francos), Autobiografía (De vita sua); Tra¬ tado (crítico) Sobre las reliquias. I ■ 1114-1126. Bernardo, maestrescue¬ la y canciller de Chartres. Antes de 1118. Crónica de los duques y principes de Polonia por Gallus Anonymus. — CULTURA NO ESCRITA ACONTECIMIENTOS EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS 1104 II06 1108. La segunda iglesia de San Clemente de Roma (que igno¬ ra el arte románico) reproduce el estilo paleocristiano. Rénier de Huy: pila bautismal de Saint-Barthélemy de Lieja, obra maestra del arte del Mosa. 1110-1120. Esculturas de Saint- Sernin de Toulouse. 1108. Alexis Commeno obliga a Bohémond a prestarle homena¬ je por Antioquía. IIO8 lllO 1112- 1152. Reinado de Suriavar- man II, rey de los Kmers. Construcción de Angkor-vat. 1113- 1125. Vladimiro II, prínci¬ pe de Kiev. 1111 1112 1113 1114 lll6 1117 1118-1143. Juan II Commeno, emperador bizantino. 1118 559 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS 1119 1119. Fundación de la orden del Temple. 1120 1120-1150. Aparición de los pri¬ meros estatutos de oficios en Occidente. 1120. San Norberto funda la or¬ den Premontrense: monjes cam¬ pesinos. Hacia 1120. El benedictino R11 perto de Deutz defiende el mo naquismo tradicional. 1121 1123 1122. Concordato de Worms, fin de la Querella de las investido ras. Suger, abad de Saint-Denis. 1122-1156. Pedro el Venerable, abad de Cluny. 1124 1124. Enrique V ataca en vano a Luis VI. 1124-1126. Gran hambre en Oc¬ cidente, especialmente en Bélgi¬ ca. Esfuerzos del conde de Flan- des para combatirla. 1124. Muerte del herético Pedro de Bruys. 1125 1125-1155. Anselmo, obispo de Havelberg: preparación de la ofensiva misionera, conversado nes teológicas con los bizanti nos, teoría evolutiva de los Es¬ tados de la Iglesia. Entre 1125 y 1130. El Líber ¡Ir diversis ordinibus confirma el pluralismo católico. 1127 1127. Las ciudades flamencas ob¬ tienen cartas de franquicia. 1128 1128. Comuna en Marsella. 1130 1130. Comienzo de la serie de los condes reales en el Exchequer de Inglaterra. 560 TABLAS CRONOLÓGICAS (1119-1130) CULTURA ESCRITA nao. Líber floridus, enciclope¬ dia ilustrada de Lamberto de Saint-Omer. 1120- 1154. Enseñanzas de Guiller¬ mo de Conches en Chartres: «El estudio de la sabiduría rei¬ vindica al hombre entero». 1121- 1158. Traducción latina de la Nueva Lógica de Aristóteles (por oposición a la Antigua Ló¬ gica conocida por Beodo). 1122. Abelardo: Sic et non, ex¬ posición de las divergencias en¬ tre las «autoridades», o primer discurso del método escolástico. 1125. Muerte de Cosmas, «el he¬ terodoxo checo», autor de una Crónica de Bohemia. Hacia 1125. Hugo de Saint-Vic- 1 tor: De sacramentis, teología de los sacramentos. 1125-1153. El arzobispo Raimun¬ do de Toledo hace traducir los textos árabes al latín. Hacia 1127. Foulques de Char¬ tres: Historia de Jerusalén: los colonos cristianos en Tierra Santa. 1130. San Bernardo: Elogio de ¡ la orden del Temple. CULTURA NO ESCRITA 1120-1138. Fachada de San Zc- nón de Verona. Después de 1120. Saint-Front de Périgueux; catedral de Autún. Hacia 1130-1147. Catedral de Tournai. 1130-1147. Abadía cisterciense de Fontenay. ACONTECIMIENTOS EN EL RESTO DEL MUNDO 1122. Dinastía beréber de los al¬ mohades en Marruecos. 1127. Zenghi se apodera de Mo- sul. 1127-1128. Los Kitat invaden la China del Norte. Los Song se repliegan a Nankín. FECHAS 1119 1120 1121 1122 1124 1125 1127 1128 1130 56! LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS 1131 1132 1134 1134. El capítulo general de los cistercienses regula el empleo de los obreros agrícolas asalariados. 1135 1137 1137-1180. Luiü VII, rey de Fran¬ cia. 1137. Luis VII se casa con Eleo¬ nor de Aquitania. 1138 1138. Comienzo de las rivalida¬ des entre güelfos y gibelinos en Italia. 1138. Primera mención segura de un «molino» de curtido (cerca de Chelles). “39 1140 1140. Portugal se convierte en reino. 1140. Concilio de Sens: San Bei nardo hace condenar a Abelai do. Sermón de San Bernardo, De Conversione, para apartar a los clérigos de las escuelas ui bañas hacia el claustro. 562 TABLAS CRONOLÓGICAS (.1131-1140) CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA ACONTECIMIENTOS EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS 1131-1148. Catedral de Ccfalú (Si¬ cilia). 1131 113a. Deambulatorio de Morien- val (Oise). 1132-1144. Reconstrucción de Saint-Denis por Suger: comien¬ zo del gótico, apogeo de las ar¬ tes menores y renovación de la iconografía. 1132 1134 Hacia 1135. Didascalicon de Hu¬ go de Saint-Victor: programa ampliado de las artes liberales. 135. Gedoíredo de Monmouth: Historia regnum Brittaniae, una historia nacional. 1135-1204. judío en Maimónides, teólogo El Cairo. 1135 1137 1138-1139. De aedificio Dei de Gerhoh de Reichersberg: todas las profesiones llevan a Dios. 1138 Hacia 1139. Guía del peregrino a Santiago de Compostela. 1139 Hacia 1140. Decreto de Gracia¬ no, fundamento del Corpus de . Derecho canónico. 1 Bernard de Ventadorm: Chan- sons. Milicia 1140-1150. Líber Scivias de Ilildegarda de Bingen: ciencia y mística. --- 1140. Capilla palatina de Paler- mo, «cofre de maravillas de las Mil y Una Noches desplegado en forma de santuario». Hacia 1140. Nave de la catedral de Sens: gótico con tribunas. Pies de cruz de Saint-Denis y de Saint-Bertin. Hacia 1140-hacia 1175. Godefroy de Huy, orfebre mosano. 1140 563 44 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS 1141 1141. Pedro el Venerable hace traducir el Corán al latín. 1142 1143 1143. Fundación de Lübeck. 1144 1144. Godofredo Plantagenét, du¬ que de Normandía. 1144-1146. Gran hambre cidente. en Oc- H 45 1145. Eugenio III, monje cister- ciense, elegido papa. San Bernardo predica contra el catarismo en Albi. San Bernardo predica la II Cru¬ zada en Vézela y. IT46 1146. Arnaldo de Brescia, discí¬ pulo herético de Abelardo, hace triunfar la revolución en Roma. 1147 1147. «Cruzada;) en los paísei bálticos. II48 1148. Fracaso de la II Cruzada ante Damasco. 1148. El Concilio de Reims con dena a Gilberto de la Porrée. H 49 1149. El conde de Flandes lleva a Brujas la reliquia de la San ta Sangre. 1150 Hacia 1150. Progreso de la colo¬ nización germánica al este del Elba. Conquistas de Alberto el Oso. 1150. Otón de Freising, tío de Federico Barbarroja, ve con es¬ tupefacción a los artesanos y los comerciantes honrados en las ciudades italianas. Hacia 1150. Primera organización de la Universidad de París. 564 TABLAS CRONOLÓGICAS (1141-1150) CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA ACONTECIMIENTO S EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS H41 Hacia 1142. Hugo «el Primado», principe de los goliardos en el Barrio Latino. 1142. Orderico Vital: Historia eclesiástica, la historia vista por un normando. 1142 1143. Traducción del Planisferio de Ptolomeo. 1143. Iglesia greco-árabe de Mar- torana en Palermo. 1143-1180. Manuel Commeno, emperador bizantino. U 43 1144. Toma de Edesa por Zen- ghi. “44 1145. Roberto de Chester tradu¬ ce el álgebra de Al-Kharizmi. Carta de Oro (carta a los her¬ manos de Mont-Dieu), de Gui¬ llermo de Saint-Thierry: diálo¬ go místico entre cistercienses y cartujos. Hacia 1145. Cantar de Mío Cid. 1145-1155. Esculturas del Pórtico Real de Chartres. Primera re¬ presentación de la Virgen con el Niño. “45 1146. Advenimiento de Nuraddin en Alepo. 1146 1147 1148. Cosmografía de Bernardo Silvestre: popularidad de los temas pitagóricos y platonianos en Ghartres. 1148. Mosaicos del coro de la ca¬ tedral de Cefalú. 1148 1149. Nueva basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén. “49 liada 1150. Otón de Freising: Gesta Frederici, el mito impe¬ rial; Historia de Dos Ciudades, la historia en la edad feudal. Jaufré Rudel canta «su amor de tierra lejana». 1150-1174. Nave de la catedral del Mans. Hacia 1150. Fundación de Moscú. División política en China. 1150 565 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS Segunda mitad del siglo xii. Aumento de la circulación mo¬ netaria. Una redención pecuniaria, el «ecuage», reemplaza al servicio militar de los vasallos de la co¬ rona en Inglaterra. 1151 1151. Gran hambre, sobre todo en Alemania. 1152 1152. Eleonor de Aquitania, re¬ pudiada por Luis VII, se casa con Enrique Plantagenét. “53 1153-1184. Enrique II Plantage¬ nét, rey de Inglaterra. 1153. Trescientos cincuenta y tres monasterios cistercienses. 1154 1154. Federico Barbarroja conce¬ de privilegios a los maestros y a los estudiantes de Bolonia. “55 1155-1190. Federico Barbarroja, emperador. 1155. Adriano VI proclama el derecho de los siervos para ca¬ sarse libremente. Carta de franquicia de Lorris. 1155. El rey de Francia va en peregrinación a Santiago de Compostela. 1158 1158. Fundación de la orden de Calatrava. “59 1159-1181. Pontificado de Alejan dro III: lucha contra el Im perio y legislación canónica. xi6o Hacia 1160. Comienzo de la ex¬ plotación de las minas de hierro en el Delfinado. La Hansa germánica abre una sucursal en Visby. 1160. Cofradía del Espíritu San to en Montpellier. 1161 1162 1162. Toma y destrucción de Mi¬ lán por Federico Barbarroja. 1162. Gran hambre en Occidente. El «estatuto» de Guillermo II de Forcalquier sobre las hijas dotadas, testimonio de la feu- dalidad en Provenza. 566 TABLAS CRONOLÓGICAS <1151-1162) CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA ACONTECIMIENTOS EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS 1 1152. Pedro Lombardo: Libro de las sentencias, un «text-book» de la escolástica. 1152 1153-1440. yon. 1153-1191. lis. Catedral gótica de No- Catedral gótica de Sen- 1153 1154. Toma de Damasco por Nu- raddin. 1154 1155. Wace: Román de Brut. 1155-1170. Tilomas: Tristón e Isolda. 1155 1158. Ocupación de Antioquía por Manuel Commeno. I-* Qjx GO 1159. Juan de Salisbury: Poly- craticus, tratado de economía política. 1J 59 1160. Román d’Eneas. Hacia 1160. Los Nibelungos. Canciones de María de Francia. 1160-1207, Laón. Catedral gótica de 1160-1181. Alteraciones políticas en el Japón. 1160 Hacia 1161-1167. El «archipoeta», príncipe de los poetas goliárdi- cos en Colonia. 1161 1162 567 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONOMICOS Y SOCIALES H63 1164 H65 1165. Toma de Roma por Fede¬ rico Barbarroja. 1167 1168 1170 1171 1172 1173 1174 1172. Nave con tres velas y ga¬ lera de 25 remos en Venecia. 1173-1196. Bela III, rey de Hun¬ gría. 1174-1184. Balduino IV de Jeru- salén, el rey leproso. 1174. El conde de Champagne, Enrique el Liberal, crea «guar¬ das» de las ferias para asegurar su custodia y buen funciona¬ miento. Privilegios del papa Celesti¬ no III a los maestros y estu¬ diantes de París. HECHOS RELIGIOSOS 1163. Alejandro III prohíbe a los monjes los estudios de Medici¬ na y Derecho. 1165. Canonización de Cario magno. Conferencia de católicos y de cátalos en Lombers. 1167. Concilio cátaro en Saint Felix-de-Caraman. 1170. Asesinato de Thomas Bet ket. 1173. Nacimiento del movimicn to valdense. 1174. Canonización de San Bet nardo. Peregrinación de Enrique II .1 la tumba de Thomas Bccket. 568 TABLAS CRONOLÓGICAS (1163-1174) CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA ACONTECIMIENTOS EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS 1163-1260. Notrc-Dame de París. 1163 1164. Fundación en Dinamarca de un monasterio encargado de escribir los anales del reino. 1164 1165. Benoit de Sainte-More: Román de Troie. H65 1167 1168-1183. Actividad literaria de Chréticn de Troyes. Hacia 1168. Establecimiento de los aztecas en Méjico. 1168 Hacia 1170. El Livre des manie¬ res, de Etienne de Fougéres, crítica de los «estados del mun¬ do». Después de 1170. Guillermo de Tiro: Historia (Historia de Tie¬ rra Santa). Entre 1170 y 1200. El Román d’Alexandre. Hacia 1170-1180. Se termina la construcción de Saint-Trophime de Arles. 1170. Minarete de la Giralda de Sevilla. 1170 1171. Nave de la catedral de Tournai. 1171. Matanza de los venecianos en Constantinopla. Saladillo suprime el califato fa- timida. 1171 1172-1189. Abadía de Monrcalc fundada por Guillermo II de Si¬ cilia (puertas de bronce de Bon- nano de Pisa). 1172 “73 1174. Guernes de Pont-Sainte-Ma- xence: Vida de Santo Tomás Becket. 1174. Campanile de Pisa (torre inclinada, terminada en el si¬ glo XIV). 1174 5 6 9 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS J1 75 1175. Federico Barbarroja, venci¬ do en Legnano por las comunas de la Liga lombarda. Después de 1 1715. Aparición del contrato de comanda en Genova. Escuela comunal en Gante. x 176 1176. La confiscación de los bie¬ nes de los campesinos por el tri¬ bunal de Northampton muestra la diferenciación de las fortunas campesinas (de 6 dineros a 70 sueldos). 1177 1178 1177. Entrevista de Venecia, en¬ tre Barbarroja y Alejandro III. 1177. Raimundo V de Toulousr expone el peligro cátaro en unn carta al Capítulo de Cíteaux. 11 79 1179. La Iglesia reclama seguri¬ dad para los viajeros, los campe¬ sinos y los mercaderes. 1180 1180-1223. Felipe Augusto, rey de Francia. 1180. Federico Barbarroja conde¬ na a Enrique el León a la pér¬ dida de sus feudos de Imperio. Hacia 1180. Aparición del molino de viento en Normandía y en Inglaterra. Apertura del antepuerto de Damme (Brujas). 1180. Condenación de los valdcn ses por la Iglesia. 1182 1183 1183. Paz de Constanza. Federico Barbarroja reconoce la libertad de las ciudades lombardas. 00 1184. San Bénézet construye el puente de Aviñón. 1184. Institución de la inquisi ción episcopal. 00 1185. El Assise au comte Geof- froy: la feudalidad en Bretaña. 570 TABLAS CRONOLÓGICAS (1175-1185) CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA ACONTECIMIENTOS EN EL RESTO DEL MUNDO 11175. Román de Renart. 1175. Catedral de Cantorbcry. Hacia 1175. Tuertas de bronce (probablemente procedentes de talleres de la región del Mosa) de la catedral de Gnicz.no. 1176. Los bizantinos son aplasta¬ dos por los turcos en Myrienke- l'alon. El Asia Menor se convier¬ te en tierra turca. 1178. Antelami esculpe el Descen¬ dimiento de la Cruz de la cate¬ dral de Parma. Hacia 1180. Herrada de Lands- berg: miniaturas del Hortus de- liciarum *. 1180. Puertas de bronce de Bon- nano en la catedral de Pisa. 1182. Chrétien de Troyes: Per- ceval. 1183. Pórtico gótico de la Gloria de Santiago de Compostela. Hacia 1185. Tractatus de Amore, de Andrés de Chapelain: la he¬ rejía del amor cortés. Finales del siglo xn. Bertrán de Born: Simientes. 1185. En el Japón, los Minamoto imponen su poder y fundan Ka- makura. FECHAS “75 1176 “77 1178 “79 1180 1182 1183 1184 1185 57i LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS n86 1186. Los magistrados de Verona reparten entre 180 familias de colonos la villa franca, abierta al cultivo después de la cons¬ trucción de un canal de drenaje. H* co 1187. Toma de Jesuralén por Sa¬ ladillo. 1187-1189. Glanvill: Tratado de las leyes y de las costumbres del reino de Inglaterra. 1189 1189-1199. Ricardo Corazón de León, rey de Inglaterra. 1189-1191. III Cruzada. 1190 1190-1199. Enrique IV, empera¬ dor. 1190. Fundación de los Caballeros Teutónicos. 1191 1191. Toma de San Juan de Acre por los cruzados. Conquista de Chipre por los Lusignan. 1191. Primera mención del sorgo en Italia. Fin del siglo xii. Pietismo judío renano. 1192 1192. Emisión de la «moneda gruesa» en Venecia. 1194 1194. Enrique VI, rey de Sicilia. Fin del siglo xii. Aparición de la brújula en Occidente. Primeros tratados de derecho feudal («coutumiers», «Rechts- bücher») en Francia y en Ale¬ mania. 1196 ugó-1197. Gran hambre en Oc¬ cidente. 1196-1198. Felipe Augusto hace redactar las primeras «cartas» de homenaje de los grandes va¬ sallos. 11 97 1197. Canonización de San lio mobono, mercader de Cremoioi 572 TABLAS CRONOLÓGICAS (1186-1197) CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA ACONTECIMIENTOS EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS 1186 1187-1208. Abadía de Fossanova, importación del gótico cistercien¬ se en Italia. 1187 1189 Entre 1190 y 1200. Hacia la muerte, de Helinand. Hacia 1190-1195. De la miseria de la condición humana: el pe¬ simismo medieval, por el futuro Inocencio III. Hacia 1190, El cisterciense Joa¬ quín de Flora (Concordia Vete- ris et Novi Testamenti, Exposi- tio in Apocalypsim) fija el fin del mundo feudal para el año 1260. 1190-1274. Catedral de Bamberg. 1190-1210. Progresos musulmanes en el norte de la India. 1190 1191 1192-1270. Catedral de Bourgcs. 1192. Instauración del sogunato en el Japón. liga Después de 1194. Chames. Cate¬ dral gótica y vidriera de la Cru¬ cifixión. 1194 1196. Baptisterio de Parma (ba¬ jo relieves de los meses, de An- telami). 1196 1197. En Mongolia, advenimiento de Tchinggiz-Kan (Gengis Kan). 1197. Fundación del Imperio in¬ ca por Yupanqui. "97 573 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS H 9 8 1198. San Juan de Mata funda l;i orden de los Trinitarios. 1198-1216. Pontificado de Inoccn ció III. H 99 1199-1216. Juan Sin Tierra, rey de Inglaterra. 1199. Primeras representaciones de un navio con castillo de proa (sello de Dunwich). 1500 1200 a 1350. Mil doscientas al¬ deas fundadas por los colonos alemanes en Silesia. 1200. Fundación de Riga. «Car¬ ta feudal» del Hainaut. Privilegios de Felipe Augusto a la Universidad de París. Entre 1200 y 1225. Ruán arde seis veces. 1202 1202. Felipe Augusto confisca los feudos franceses de Juan Sin Tierra. 1202. Muerte de Joaquín de Flore. IV Cruzada. 1203 1204 1204. Toma de Constantinopla por los cruzados. Fundación del Imperio latino de Oriente y de la Romanía vene¬ ciana. Después de 1204. Los genoveses fundan las sucursales comercia¬ les de Caffa y Tana. 1205 1205. Batalla de Andrinópolis: el emperador latino de Constanti¬ nopla, prisionero de los búlga¬ ros. 1206 1207 1207. Misión de Santo Domingo en país albigense. 12o8 1208. El papa pronuncia el in¬ terdicto sobre el reino de Ingla térra. 574 TABLAS CRONOLÓGICAS (1198-1208) CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA ACONTECIMIENTOS EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS 1198. Muerte de Averroes. 1198 199. Dialogus miraculorum, de Cesáreo de Heisterbach. 1199 Hacia 1200. Apogeo de los Min- nesanger. Wolfram von Eschenbach: Par- zival. ; Jean Bodel: El Jeu de Sainl-Ni- ■ colas. Hacia 1200. Altar esmaltado de Klosterneburgo, obra del orfe¬ bre del Mosa Nicolás de Verdún. Relicario de los Reyes Magos de Colonia. Hacia 1200. Ruina de la civiliza¬ ción maya. 1200 .202. Leonardo Fibonacci de Pisa: Líber abbaci, lo que el mercader cristiano puede utili¬ zar de la aritmética árabe. 1202. Reconstrucción del baptis¬ terio de Florencia («il bel San Giovanni»), cuya decoración será la escuela de los principales pin¬ tores italianos del siglo xiii. 1202-1300. Catedral de Ruán. 1202 Comienzos del siglo xiii. Rober- . to de Boron: Román du Saint- 1 Graal. Aucassin et Nicolette. 1203. Caída de la dinastía bizan¬ tina de los Auges. 1203 1204. Unificación de la Mongolia por Gengis ICan. 1204 1205. Teodoro Lascaris, empera¬ dor griego de Nicea. 1305 Después de 1206. Roberto de Cla- ri: Conquéte de Constantinople. 1206 1207 1208 ---- — 575 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS 1209 1209. El Concilio de Aviñón pro¬ híbe las danzas, carreras y jue¬ gos en las iglesias. 1209. Primera comunidad francis cana. Comienzo de la cruzada contra los albigenses. 1210 Hacia 1210. Los cónsules son reemplazados por los ccpodestas» en los municipios italianos. 1210. Prohibición a los maestros parisienses de enseñar la Meta¬ física de Aristóteles. 1211 1212 1212. Victoria de los cristianos de España en las Navas de Tolosa. 1212. Felipe Augusto hace cons¬ truir un primer recinto alrede¬ dor de París. 1212. Fundación de las Clarisas. 1213 1213. Simón de Montfort, vence¬ dor de los albigenses en Muret. Juan Sin Tierra, vasallo de la Santa Sede. 1213-1276. Jaime el Conquista¬ dor, rey de Aragón y Cataluña. Primer tercio del siglo xm. Apa rición del nombre de Cabala en el «cali» judío de Gerona. 1214 1214. Victorias francesas de La Roche-aux Moines y de Bouvi- nes. 1214. Los primeros privilegios concedidos a la Universidad de Oxford. 1215 1215. La Carta Magna en Ingla¬ terra. 1215. Estatutos de Roberto de Courson para la Universidad de París. 1215. Cuarto Concilio de Letrán: aprobación de la orden de los Framenores; comunión anual obligatoria; medidas antisemi tas (vestido y signo distintivo impuestos a los judíos). 1216 1216. Federico II, rey de los Ro¬ manos, 1216-1272. Enrique III, rey de Inglaterra. 1216-1227. Honorio III, papa. Aprobación de la orden de los Padres Predicadores. 1216. Honorio III aprueba los beateríos. 1217 1217-1263. Haakón II el Viejo convierte en hereditaria la mo¬ narquía de Noruega. 1217-1218. Hambre en Europa central y oriental. 576 TABLAS CRONOLÓGICAS (1209-1217) CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA ACONTECIMIENTOS EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS 1209. Gengis Kan ataca la China. 1209 Hacia 1210. Redacción de los Mi¬ lagros de Nuestra Señora. Hacia 1210-1240. Ruralización del Minnesang: Neidhart y la poe¬ sía ciudadana de corte. 1210 1211-1311. Notre-Dame de Reims. 1211 Después de 1212. Roberto de Auxerre: Cronología. 1222-1218. Villehardouin: Histoi- re de la conquéte de Constanti- nople. 1312 1213. Guillermo de Tudela: Chanson de la croisade albi- 1213 geoise. 1214 1215. Los mongoles se apoderan de Pekín. 1215 12l6 Después de 1217. Coro de la ca¬ tedral del Mans. 1217 577 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS 1218 1218. Fundación de Rostock. 1218-1222. V Cruzada. 1219 1219. Gran inundación del mar y hambre en Frisia. 1220 1220-12510. Federico II, empera¬ dor. Hacia 1220. Dibujos del álbum de modelos de arquitectura y de máquinas de Villard de Honne- court. 1220. Mártires franciscanos en Marruecos. 1221 1222 1222. Andrés II de Plungría se ve precisado a conceder la Bula de Oro a los señores. 1223 1223-1226. Luis VIII, rey de Francia: adquisición del Poitou. 1223. Honorio III aprueba la re J gla franciscana. 1224 1124. El capítulo general de los cistercienses autoriza la conce¬ sión a censo de todas las gran¬ jas. Reforma de la moneda de Pro- vins, que se convierte en el «fort de Champagne», de igual valor que el tornés. 1224-1226. Última hambre gene¬ ral en Occidente en el siglo xm. 1224. Estigmas de San Francisco. 1224-1235. Roberto Grosseteste, canciller de Oxford. 1225 1226 1226-1270. Luis IX (San Luis), rey de Francia. 1226. Muerte de San Francisco. Cofradía de los penitentes ni Aviñón: reparación de los 11I trajes hechos al Santo Sacramcn to por los albigenses. 578 TABLAS CRONOLÓGICAS (1218-1226) CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA ACONTECIMIENTO S EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS Después de 1218. Mosaicos de San Pedro ex Vincula en Roma. 1218-1227. Los mongoles conquis¬ tan el Asia Central y Persia. 12 l8 1219 1220. Gautier de Coincy: Mira- cles de la Sainte Vierge. L. Fibonacci: Práctica de la geo¬ metría. Después de 1220. Eike von Rep- gow: Sachsenspiegel. 1220-1221. Summa de Pablo de Hungría, profesor dominico de Derecho canónico en Bolonia. Los dominicos y la sociedad. 1220. Esculturas de los meses en la catedral de Ferrara. 1220-1270. Vidrieras de Chartres: «Notre-Dame de la Belle Ve- rriére». 1220. Tentativa de restauración imperial en el Japón. 1220 1221-1223. Incursión mongola en Rusia. 1221 1222 1223 1224. Federico funda en Nápoles la primera Universidad del Es¬ tado. 1224-1288. Abadía de San Galga- no, modelo gótico en Toscana. 1224 [-[acia 1225. Anónimo: Lancelote del Lago. 1225-1240. Castillo de Coucy. Hacia 1225. Abadía del Mont- Saint-Michel: partes góticas. 1225 1226. Cántico del Sol, de San Francisco de Asís. 1226-1260. Catedral de Burgos. 1226 —- 45 579 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS 12^7 1227. El Concilio de Tréveris re¬ nueva la prohibición del présta¬ mo con interés. Venecia: primer reglamento or¬ ganizando la navegación y el cargamento de los navios. 1227-1241. Gregorio IX, papa. Excomunión de Federico II. 1228 Hacia 1228. Líber de regimene civitatum, tratado de gobierno urbano de Juan de Viterbo. 1228. Canonización de San Fran cisco. Guillermo de Auvernia, obispe de París. 1229 1229. Tratado de París. Anexión del Languedoc al dominio real. Federico II obtiene la cesión de Jerusalén por el sultán Alkamil. Los aragoneses toman Mallorca. 1229-1231. Huelga en la Univer¬ sidad de París. 1229. Fundación de la Universi¬ dad de Toulouse para luchar contra la herejía. 1230 Hacia 1230. Comienzo de parali¬ zación de la expansión agrícola en la región parisiense. 1231 1231. Constituciones de ganlzando el reino de Melfi or- Sicilia. 123:1. El papa Gregorio IX con fía la Inquisición a las órdenes mendicantes. 1232 1234 1234. Canonización de Santo Do mingo. 1235 1236 1236. Estatuto de Merton, co¬ mienzo de las «cercas» en Ingla¬ terra. 580 TABLAS CRONOLÓGICAS (1227-1236) CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA ACONTECIMIENTOS EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS 1227-1353. Catedral de Tréveris. 1227. Catedral de Toledo. 1227. Muerte de Gengis Kan. Ad¬ venimiento de su hijo Ogodai. 1227 1228. Fundación de la basílica de Asís (iglesia inferior). 1228 1229. Iglesia de los Jacobinos en Toulouse. 1229. Organización del Imperio mongol, de la China al Irán. 1229 Hacia 1230. Muerte de Walther von der Vogelweide, el último de los grandes Minnesanger. 1230. Recepción de los comenta¬ rios de Averroes sobre Aristóte¬ les en Occidente. Hacia 1230. El músico Perotino el Grande, maestro de coro de Notre-Dame de París. 1230-1240. Mosaicos de San Mar¬ cos de Venecia. 1230 1231 1232-1235. Summa de poeniten- tia: manual de confesores del dominico Raimundo de Peña- fort. Hacia 1232. Alhambra de Gra¬ nada. 1232-1242. Invasión mongola en Europa oriental. 1232 Hacia 1234. Guillermo de Lorris: Román de la Rose (primera parte). 1234. Raimundo de Peñafort: De¬ cretales. 1234 1235. Berlinghieri: retrato de San Francisco de Asís (Pescia). Hacia 1235. Gran período de los escultores de Reims. 1235 1236-1242. Ogodai emite papel moneda en China. 1236 581 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS 1337 1237. Federico II bate a las fuer¬ zas de las ciudades de Italia del Norte en Cortenuova. 1237. Apertura de la ruta del San Go tardo. Terminación del Ponte Nuovo de Florencia. 1238 1238. Toma de Valencia por los aragoneses. 1239 1239. El Gran Consejo encarga¬ do de vigilar al rey de Ingla¬ terra apela al Parlamento. 1240 1240. Revuelta de los prusianos contra los Caballeros Teutóni¬ cos. 1240. La burguesía comercial se apodera del mando en Siena. 1241 1241-1243. Incursiones mongolas en Polonia y en Hungría. 1242 1242. San Luis detiene una inva¬ sión inglesa. Victorias de Taille- burgo y de Saintes. 1242. Primera representación de un timón de charnela (sello de Elbing). 1243 1243-1254. Inocencio IV, papa. 1244 1244. Los cristianos pierden de¬ finitivamente Jerusalén. 1245 Entre 1245 y 1275. Redacción de las costumbres campesinas en la región parisiense. Abonos de talla. Liberaciones colectivas. 1245. El Concilio de Lyón depu ne a Federico II. 1246 1246. Carlos de Anjou, conde de Provenza. Hacia mediados del siglo xm. Construcción de los «Halles» de Brujas. 1246. El franciscano Juan «le Pian Carpino en la corte mon¬ gola. 1247 1248 1248. Toma de Sevilla por los castellanos. 1248. Estatuto de los ebanistas de Bolonia (falegnami). 1248-1254. VII Cruzada. San Luis en Egipto. Derrota de Mansurá. « 583 TABLAS CRONOLÓGICAS (1237-1248) CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA ACONTECIMIENTOS EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS 1337 1238 !239 1240. Robert Grosseteste traduce la Ética de Aristóteles. 1240. Federico II hace construir Castel del Monte. 1240. Destrucción de Kiev por los mongoles. 1240 1241. El arquitecto Villard de Honnecourt trabaja en Hungría. Crucifijo patético de Santa Ma¬ ría de los Ángeles en Asís. 1241. Los mongoles en Europa central. Destrucción de Cracovia. 1241-1248. Reinado de Guyuc. 1241 1242 1243-1248. Sainte-Chapelle de Pa¬ rís : hacia el estilo gótico llo¬ rido. 1243. Los scljúcidas son aplasta¬ dos por los mongoles. 1243 1244 Hada 1245. Rogelio Bacon ense¬ ña la Física en París. 1245-1246. Enseñanza de Alberto Magno en París. 1245. Abadía de Wcstminstcr. ia 45 Entre 1246 y 1282. Helmbrecht el campesino (Meier Helmbrecht): los campesinos, héroes literarios. Hacia mediados del siglo xm. Destrucción del Imperio khmer por los Tais. 1246 1247-1272. Catedral de Beauvais. 1247 1248. Tomás de Cantimpré: Bo- num universale de apibus. 1248-1255. Enseñanza de San Buenaventura en París. 1248. Comienzo de la construc¬ ción de la catedral de Colonia. 1248 583 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS 1249 1249. Estatuto de las minas de plata de Iglau. 1250 1250. Muerte de Federico II. Co¬ mienzo del Gran Interregno (1250-1273). Hacia 1250. Constitución del Par¬ lamento de París. Hacia 1250. Apogeo de los ban¬ queros lombardos (Asti y Pla- sencia). 1250. El Conte des vilains de Ver- son, historia de la revuelta de una aldea contra la abadía del Mont-Saint-Michel. Housebondrie, de Walter de Henley, tratado de agricultura. Después de 1250. Nuevas libera¬ ciones de siervos en Francia. Hacia 1250. Mil cien conventos franciscanos en Occidente. 125 1 1251. El Paradisus magnus trans¬ porta 200 pasajeros y 240 tone¬ ladas de mercancías de Génova a Túnez. 1252 1252-1284. Alfonso X el Sabio, rey de Castilla: Códice de las Siete Partidas. 1252. Aparición de la moneda de oro en Génova y en Florencia (florín). 1252. Inocencio IV autoriza a la Inquisición para utilizar la tor¬ tura. 1253 1253. El más antiguo ejemplo de descuento conocido. 1253-1254. Misión de Guillermo de Rubruk entre los mongoles. 1254 1254. San Luis: información so¬ bre la gestión de los «bailes». 1254-1266. Manfredo, rey de Sici¬ lia y pretendiente del Imperio. 1254. Liga de las ciudades del Rin. Segundo tercio del siglo xm. Em¬ pleo de cifras árabes y del cero en Italia. 1254. Primera condenación de los franciscanos ((espirituales». 1255 1256 584 TABLAS CRONOLÓGICAS (1249-1256) CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA ACONTECIMIENTO S EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS 1249 1250. Grand coutumier de Nor- mandie. 1250-1260. Bracton: Leyes y cos¬ tumbres de Inglaterra. Después de 1250. Speculum ma- jus, de Vincent de Beauvais: vulgarización enciclopédica de la edad gótica. 1250-1325. Catedrales de Siena, Upsala y Estrasburgo. 1250. Los poder en mamelucos toman el Egipto. 1250 1251 1252-1259. Enseñanza de Santo Tomás de Aquino en París. 1252 1253. Iglesia superior de Asis. 1253 1254. Conflicto entre regulares y seculares en la Universidad de París. Guillermo de Saint-Amour ataca a las órdenes mendicantes en el De periculis novissimorum tem- porum, réplica al tratado joa- quimita del franciscano Gerardo de Borgo San Donnino ( Intro¬ ducción al Evangelio eterno). 1254 ¡ 1255. Jacques de Vorágine: Le¬ yenda dorada, enciclopedia ha- giográfica. Hacia 1255. Mateo París: Histo¬ ria major, la historia vista por un inglés. 1255 1256. Muerte de Thibaud IV de Champagne, autor de Chansons. 1256. Miniaturas del Salterio de San Luis. 1256-1265. sia. Hulagu, kan de Per- 1256 585 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS 1257 1257. Bolonia libera a todos los campesinos de su contado. 1257. San Buenaventura, general de la orden franciscana. Fracaso de las tentativas de los seculares para apartar a los re¬ gulares de la Universidad de París. Roberto de Sorbón funda en Pa rís un colegio para teólogos. 1258 1258. Provisiones de Oxford. 1259 i25g. Tratado de París: paz en¬ tre Francia e Inglaterra. 126o 1280. San Luis prohíbe el duelo judicial, llevar armas y la gue¬ rra privada. Después de 1260. El molino de viento se hace de uso corriente en Occidente. Entre 1260 y 1270. Etienne Boi- leau: Livre des Métiers de París. 126l 1262 1262. Partición de la Corona de Aragón: nacimiento del reino de Mallorca. 1263 1263. Escudo de oro en Francia. 1263-1264. Hambre en Bohemia, Austria, Hungría, Silesia. 1263. Motín anticlerical en Co¬ lonia. 1264 1264. Dictadura de Simón de Montfort en Inglaterra. Los güelfos triunfan en Flo¬ rencia. 586 TABLAS CRONOLÓGICAS (1257-1264) CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA ACONTECIMIENTOS EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS 1257 1258. Miguel VIII Paleólogo, em¬ perador bizantino. Destrucción del califato de Bag¬ dad por los mongoles. 1258 11259. San Buenaventura: Itinera¬ rio del espíritu hacia Dios, la mística franciscana y escolástica. Le Dit des régles, de Rutebeuf, ataca a las órdenes mendicantes. 1259 Hacia 1260. Rutebeuf: Milagro de Teófilo. 1260-1285. Guillermo de Moerbe- ke, traductor de Aristóteles. 1260. Nicola Pisano: púlpito del baptisterio de Pisa (renovación de los relieves antiguos). Hacia 1260. Pórtico de la Virgen de Notre-Dame de París. Apogeo de Bolonia como centro mundial de manuscritos: copia (manuscritos universitarios), ilu¬ minación, comercio. Hacia 1260. Influencia de los nes- torianos en la corte mongol. 1260-1294. Kubilai Kan, rey de los mongoles. 126o 1261. Miguel VIII Paleólogo ex¬ pulsa a los latinos de Constan- tinopla. 126l 1262. Adán de la Halle: El Jeu de la feuillée. 1262-1266. Saint-Urbain de Tro- yes: gótico florido. 1262 1263 1264. Bruneto Latino: Livre du Trésor, enciclopedia escrita en francés para la belleza de la lengua. 1264 587 LA CIVILIZACION DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS 1265 1265. Toma de Murcia por los aragoneses. 1265-1268. Carlos de Anjou con¬ quista el reino de Sicilia. 1265-1267. Enrique III restablece la prerrogativa real en Ingla¬ terra. 1265. Clemente V establece el de recho del papa a disponer dr todos los beneficios eclesiásticos. 1266 1267 1267. Expulsión de los gibelinos y reorganización del partido güelfo en Florencia. 1268 1268. Muerte de Conradino, últi¬ mo descendiente de Federico II. 1268. Molinos de papel en Fa- briano (Italia). 1269 1270 1270. Muerte de San Luis ante Túnez. 1270. Primera mención de un mapa 0 carta marina en el Me¬ diterráneo (portulano gcnovés para el navio de San Luis). 1270. VIII Cruzada. Condenación de Siger de Bra bante y del averroísmo. 1271 1271. La Francia de la lengua de oc se une a la Francia de la lengua de oil después de la muerte de Alfonso de Poiiicrs. 1271-1273. Hambre en ciertas re¬ giones alemanas. 1272 1272-1307. Eduardo I, rey de In¬ glaterra. 1273 1273-1291. Rodolfo de Habsbur- go, emperador. 1274 1274. Concilio de Lyón: unión de las Iglesias de Oriente y Oí cidente. Decreto instituyendo el conclave. El franciscano Gilberto de T0111 nai ataca las interpretaciones y la lectura en lengua vulgar de li Biblia por los beguinos (Ik scandalis Ecclesiae). 588 TABLAS CRONOLÓGICAS (1265-1374) CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA ACONTECIMIENTOS EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS 1265 1266. Rogelio Bacon: Opera (opus majus, opus minus, opus I tercium). 1266-1274. Summa theologica, de Santo Tomás de Aquino. 1266 1267 1268. Nicola Pisano: pulpito de la catedral de Siena. 1268 1 269. Carta sobre el imán (Epís¬ tola de Magnete), de Pedro de Maricourt. 1269 I-lacia 1270. Rutebeuf: poesías. 1270-1290. La Chátelaine, de Vergy. Le Chálelain de Coucy. Hacia 1270. Juicio Final en el tímpano de la catedral de Bour- g 1270 1271-1295. Viaje de Marco Polo a la China y al Asia del Sudeste. Í271 Después de 1272. Cimabuc: re¬ trato de San Francisco de Asís. 1272 1273 1274 589 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS 1^75 Entre 1275 y 1310. La compañía Frescobaldi adelanta más de 120.000 libras al rey de Ingla¬ terra. Hacia 1275. El Vieil Rentier, de Juan de Pomele de Audenarde: inventario ilustrado de los ser¬ vicios y pagos debidos por sus dominios. 1276 1276. Raimundo Lulio funda un colegio para enseñar el árabe a los misioneros. 1277 1277. Los Visconti, amos de Mi¬ lán. 1277. Una galera genovesa va de Italia a Flandes. 500.000 piezas de paño vendidas en las ferias de Provins. 1277. El obispo de París conde na las doctrinas tomistas y ave rroístas. 1278 1278. Fin del gran reino checo de Ottakar II. 1278. Condenación del espiritual Pierre-Jean Olive. 1279 1279. Bula Exiit qui seminat so bre la fortuna de los francisca nos. 1280 1280. Huelgas y motines urbanos (sobre todo de obreros textiles) en Brujas, Douai, Tournai, Pro¬ vins, Ruán, Caen, Orleáns y Bé- ziers. Jehan Boinebroke, regidor de Douai, reprime la huelga de los tejedores. 1280-1282. Gran hambre en Bo¬ hemia, Moravia y Polonia. Hacia 1280. Difusión del Zohin. obra maestra de la cábala teoso Pica, atribuida a Rabi Simeón bar Yochai. 1281 1282 1282. Vísperas sicilianas: los franceses expulsados de Sicilia y reemplazados por los aragone¬ ses. 1283 1283. Los Caballeros Teutónico! completan la conquista de Pril sia. 590 TABLAS CRONOLÓGICAS (1275-1283) CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA ACONTECIMIENTO S EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS 4275. Juan de Meung: segunda parte del Román de la Rose: 1 la escolástica anticortés. Guillermo Durand: Speculum judiciale, enciclopedia jurídica. Cirugía, de Guillermo de Sali- ceto de Bolonia: primera men¬ ción de disecciones en la Edad Media. 1275. Creación de un obispado ncsloriano cu Pekín. 12 75 1276-1279. Caída de los Song. Kubilai, amo de toda la China. 12 76 1277 1278 Hacia 1279. Somme le Roí, del I hermano Laurent: enciclopedia moral. 12 79 Hacia 1280. Carmina burana, manuscrito Clm 4660 de Munich (procedente de la abadía de Be- nedictbeuern): antología de la poesía goliárdica de los si¬ glos xii y xiii. 1280. Iglesia dominica de Santa María de la Minerva, única igle¬ sia gótica de Roma. Hacia 1280-hada 1300. El taller de los frescos de la basílica de Asís, escuela de la pintura ita¬ liana. 1280 1281. Kubilai ataca en vano al Japón. Ultimo ataque mongol contra la Siria musulmana. 1281 1282. Adán de la Halle: Jeu de 1 Robín et de Marión. 1282. Catedral de Albi. 1282-1328. Andrónico II, empera¬ dor bizantino. 1282-1321. Esteban Milutin reha¬ ce Serbia. 1282 >283. Philippe de Beaumanoir: Coutumes du Beauvaisis: la feu- dalidad concreta a finales del si¬ glo XIII. 1283 591 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS Th 00 0* !“■< 1284. Batalla de la Meloria: Gé- nova suplanta a Pisa. 1284. Acuñación del ducado de oro en Venecia. Las ferias de la Champagne pa¬ san a estar bajo el control del rey de Francia. 1284-1285. Cruzada de Aragón. 1285 1285. Eduardo I somete el país de Gales. Carlos II, rey de Nápoles. 1285. El estatuto de Westminster extiende las facilidades para «cercar» los terrenos comunales. *— io 00 1288 1288. Revuelta de los artesanos de Toulouse. 1288. Parte para la China el franciscano Juan de Monfecor vino. 1290 Finales del siglo xm. Aparición del tomo. Inglaterra exporta treinta mil sacos de lana por año. 1291 1291. Caída de San Juan de Acre: fin de la Siria franca. Liga perpetua entre Uri, Schwyz y Nidwalden: nacimiento de la Confederación helvética. 1292 1292. París cuenta con 130 oficio^ organizados. 1292. Interregno pontifical de dos años. Raimundo Lulio, habien do abandonado a su familia, se hace terciario franciscano. 1293 1293. Ordenanzas de justicia en Florencia: 73 familias nobles son desterradas y sus propieda¬ des expropiadas. 1294 1294. Guerra franco-inglesa por la Guyena. 1294-1295. Primera devaluación de la moneda por Felipe el Her¬ moso. 1294. Celestino V, papa de «la gran negativa». Elección de Bonifacio VIII. 1295 592 TABLAS CRONOLÓGICAS <1284-1295) CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA ACONTECIMIENTOS EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS 1284. Hundimiento de las bóve¬ das de la catedral de Bcauvais (48 m.). 1284 1285-1367. Catedral de Exeter. 1285. Madona Rucellai, de Duc- cio en Siena: del bizantinismo al preciosismo. 1285 1287. Embajada mongola en Oc¬ cidente. Ültima incursión mongola en Polonia. 1287 ¡1288. De magnalibus urbis Me- diolani en honor de Milán, por Bonvesin della Ripa. 1288. Comienzo de la construc¬ ción del palacio comunal de Siena. 1288-1326. Reinado del sultán turco Osmán I. 1288 1290-1308. Obras de J. Duns Sco- to, comienzo de la «posescolás¬ tica» y fundamentos teológicos de la Devotio moderna. Hacia 1290. La «Virgen dorada», de Araiens. 1290 1291-1341. Catedral de York. 1291 1292 1293. Los «priores» de Florencia deciden la construcción del Pa- lazzo Vecchio. 1293. Kubilai fracasa ante Java. 1*93 1294. Santa Croce en Florencia. La obra de la catedral de Flo¬ rencia es confiada a Arnolfo di Cambio. 1294-1307. Reinado de Timur, sucesor de Kubilai. 1*94 1295. Dante: Vita nuova. 1*95 593 LA CIVILIZACION DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES 1296 1297 1297. Eduardo I reconoce las pre¬ rrogativas financieras del Parla¬ mento inglés. El producto de la tasa real so¬ bre la lana inglesa es evaluado en la quinta parte del valor de todas las tierras inglesas. La aristocracia veneciana se cie¬ rra a los hombres nuevos (serra¬ ta). 1298 1298. Enlaces regulares por mar entre Génova, Inglaterra y Flan- des. 1300 1300. Primera cita segura de los lentes. Comienzos del siglo xiv. Difu¬ sión de la letra de cambio en Italia. 1305 1302. Primera reunión de los Es- 1302. Revuelta del «partido po- tados Generales en París. pular» en las ciudades de Flan- Las milicias comunales de Flan- des baten a la caballería fran¬ cesa en Courtrai (batalla de las Espuelas de oro). des. Brabante y Hainaut. 1 3°3 1304 1304. Batalla de Mons-en-Pévéle. 1306 Hacia 1306. Ruralia commoda, de Piero de Crescenzi, summa de la ciencia agrícola medieval. 1308 1308-1314. Proceso y condena de los Templarios. HECHOS RELIGIOSOS 1300. Año del jubileo. Afluencia! de peregrinos en Roma. 1302. Bula XJnam Sanctam. 1303. Atentado de Anagni. Muer te de Bonifacio VIII. 594 TABLAS CRONOLÓGICAS (1296-1308) CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA ACONTECIMIENTOS EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS 1296. Comienza la construcción de Santa María de las Flores (Florencia). 1296-1304. Giotto pinta la Vida de San Francisco (Asís). 1296-1297. Kmers y birmanos se reconocen vasallos de los mon¬ goles. 1296 1297 1298. Líber Sextus de las Decre¬ tales. 1298-1301. Marco Polo: El libro de las Maravillas. 1298 Hacia 1300. Jacopone di Todi: Laudi. Antes de 1300. Formación de los emiratos turcos de Asia Menor. 130O 1302. Muerte de Arnolfo di Cam¬ bio. 1302 1303. Los catalanes en Asia Me¬ nor. 1303 1304-1308. Enseñanza de Duns Scoto en París. 1304-1309. Joinville: Histoire de Saint Louis. 1 304- 1 306. Giotto: frescos de la capilla Scrovcgni, en Padua. 1304 1306 1308 46 595 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FECHAS HECHOS POLÍTICOS Y MILITARES HECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES HECHOS RELIGIOSOS 1309 1309. El papado se instala en Aviñón. 13 10 1310. Concilio de Vienne. 1213 1313. Enrique VIII muere en Pisa: fin del sueño imperial. 1315. Batalla de Morgarten: vic- 1315-1317. Gran hambre en Occi- toria de los infantes suizos so- dente: revelación de la crisis um bre los Habsburgo. del siglo xiv. 596 TABLAS CRONOLÓGICAS (1309-1315) 1 ACONTECIMIENTOS CULTURA ESCRITA CULTURA NO ESCRITA EN EL RESTO DEL MUNDO FECHAS 1309 1510-13x5. Occam estudia Teolo- 1310. Primera representación de 1310 gía en Oxford. la Pasión (atrio de la catedral de Ruán). Hacia 1313. Dante remata la Di- 1313 vina Comedia con el Paraíso: un adiós a la Edad Media. 1515. El maestro Eckhart enseña 1315 en el studium dominico de Co¬ lonia. * El asterisco designa los monumentos no existentes en la actualidad. DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES Se encontrarán en las páginas siguientes, clasificadas por orden alfabé¬ tico, todas las palabras importantes mencionadas en la obra. Unas van segui¬ das simplemente de referencias al texto y las ilustraciones. Otras van acom¬ pañadas de rúbricas en las que el autor desarrolla lo que no ha creído oportuno exponer de manera detallada en el texto: biografías de persona¬ jes preeminentes, instituciones, monumentos, palabras-clave en la civiliza¬ ción medieval, etc. El diccionario contiene, además, referencias bibliogrᬠficas que no figuraban en las precedentes obras de la colección. Principales abreviaturas utilizadas: Pág. oo: referencia al texto o a las tablas cronológicas, concernientes ya a una frase, ya al conjunto de una rúbrica. II. oo: referencia a las ilustraciones en negro. lám. col. X: referencia a las láminas en color. Palabras en versalitas : referencia a otra rúbrica del diccionario. bibl. : referencia a las obras de la bibliografía que figura al final del libro. Cf.: referencia a una obra concreta que hace referencia a su vez al artícu¬ lo. El lugar de edición solamente figura en las obras colectivas. Bibliografía de los edificios religiosos franceses citados a continuación: i. Para el arte románico, los volúmenes, editados por provincias, de la colección «Zodiaque». s. Con respecto a los monumentos, las Petites monographies des grands édifices de la France (H. Laurens, ed.) para las catedrales de Amiens, Beauvais, Bourges, Chartres, Laón, París; para las iglesias y abadías de Cluny, Conques, Fontenay, Jumiéges, Moissac, Saint-Benoít-sur-Loire, Sain- te-Chapelle de París, Saint-Denis, Saint-Philibert de Tournus, Saint-Savin, Saint-Sernin de Toulouse, Vézelay. A ABELARDO. La vida del «primer intelectual» de la Edad Media nos es conocida gracias a su autobiogra¬ fía Historia calamitatum mearum («Historia de mis desgracias»). Nacido en 1079 en el Pallet, cerca de Nantes, hijo de un pequeño noble bretón, estudia en París y pronto eclipsa a su maestro Guillermo de champeaux. Abre escue¬ la en Corbeil, después en Melun y, más tarde, en la montaña de Sainte-Geneviéve. Estudia Teología con Anselmo de Laón. Convertido en amante de la joven Eloísa, es mutilado por instigación del tío de la muchacha. En 1118 se retira a Saint-Denis, donde no se entiende con los monjes, a los que prueba la falsedad de sus tradiciones y de sus reliquias. Reanuda su enseñanza y compone quizás el Sic et non (pág. 468), el Discours de la méthode medie¬ val y un tratado de Teología condenado por el Concilio de Soisons en 1121 (pág. 133). Re¬ fugiándose con sus discípulos en las soledades cercanas a Troyes, funda allí un oratorio de¬ dicado al Paráclito. Más tarde, tras un episo¬ dio trágico-cómico en un convento bretón (en donde los monjes, a los que reprocha su sal¬ vajismo, intentan envenenarle), regresa a Pa¬ rís para enseñar, y escribe, entre otras (1132- 1140), la Historia calamitatum mearum, una LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Introductio ad theologiam, y el Scito teipsum. Denunciado por Guillermo de Saint-Thierry y san bernardo (pág. 210), es condenado, tras una intervención poco delicada de San Ber¬ nardo, por el Concilio de Sens (1140), contra el que apela en vano ante el papa. Al fin, en¬ cuentra refugio en Cluny, cerca de Pedro el venerable. Deja inacabado un Diálogo entre un filósofo (acaso musulmán, según J. Jolivet), un judio y un cristiano, y muere en 114*. Abe¬ lardo es un lógico para el cual la Teología no puede pasarse sin la Dialéctica. Según Víctor Cousin, es el «Descartes del siglo xn». Sin em¬ bargo, no es un ((racionalista», sino un utili- zador sistemático de las artes del trivium, «el peripatético del Pallet». (Véase la tesis, aún sin publicar, de J. Jolivet y de M. de Gandillac: Oeuvres choisies d’A he¬ lará, 1945.) ABONOS. Producidos en escasa cantidad y de mediocre calidad. Reducidos a las abonos animales (es¬ tiércol) y vegetales (cenizas, hojas, rastrojos). Una de las causas principales de la escasez de los rendimientos agrícolas medievales (pági¬ nas 288 y 289). ADALBERÓN DE LAÓN. Obispo de Laón desde el 977 al 1030, formado en Reims, hechura de Hugo Capeto. En su Poema de Roberto el Piadoso ataca a Cluny y describe la sociedad «tripartita» (págs. 319 y 3*°) • ADALBERTO DE BREMA. Arzobispo de Brema-Hamburgo, nacido en Gos- lar, a comienzos del siglo xi. Muerto en 1072. Envió misioneros a Escandinavia, Groenlandia y al país de los wendos y los eslavos de Ale¬ mania del Norte. Su vida y su obra han sido narradas por Adán de Brema en su Historia de la Iglesia de Hamburgo (1076) (pág. 553). ADÁN. El primer hombre (págs. 231, 238 y 244). Símbolo de la debilidad masculina ante Eva, la mujer (pág. 225, ils. 62, 63, 64 y lám. color VII). Precursor de Cristo (pág. 223). Condenado al trabajo. Resumen del hombre. Base concreta del humanismo medieval. (Véase hombre, humanismo.) ADÁN DE LA HALLE. Poeta y músico, nacido en 1240, muerto en 1288, originario de Arrás, el mayor centro li¬ terario urbano durante el siglo xm, animado por el Puy, academia local, especie de asocia¬ ción religiosa y literaria en la que fraterniza¬ ban juglares y los ricos burgueses que los pa¬ trocinaban. En el curso de su agitada existen¬ cia que, después de haberle hecho, entre 1260 y 1275, el gran poeta de Arrás, le condujo a París, a la corte de Carlos de Anjou, y a Ita¬ lia, donde murió, compuso una obra impor¬ tante y variada: poemas personales (Le Con- gé), dramas y comedias musicales como Le Jeu de la Feuillée o Le Jeu de Robín et Marión, epopeyas como Le Roi de Sézille, es decir, el rey de Sicilia (Carlos de Anjou), etc. Si su música melódica o polifónica no lia tenido de¬ masiada influencia, su obra teatral es de una originalidad absoluta. Mezclando la sátira con lo maravilloso, la pastoral con el drama, ha sido uno de los fundadores del teatro profano de la Edad Media (págs. 426, 486, 587 y 59 1 )- (Véase M. Ungureanu, Littérature et société bourgeoise d'Arras aux XII a et XIII a siécles, 1955-) AGUSTÍN (San). Obispo de Hippona (354-430). Uno de los cua¬ tro grandes doctores de la Iglesia de Occiden¬ te. Sus escritos filosóficos y teológicos, con fre¬ cuencia deformados y empobrecidos, han in¬ fluido profundamente en el pensamiento me¬ dieval (págs. 37, 48, 127, 162, 164, 184, 220, 232. 375> 443. 479 y 487. e il. 13). (Véase H. Marrou, Saint Augustin et l’augus- tinisme, 1955.) ALARICO. Rey de los visigodos (395). Célebre por su sa¬ queo de Roma (410), que llevó a cabo algunos meses antes de su muerte (págs. 37 y 48). ALARICO II. Rey de los visigodos en el año 484, sucesor de su padre Eurico. Hizo redactar un Códice ju¬ rídico, el Breviario. Vencido por Clodoveo y muerto en Vouillé en el 507 (págs. 51 y 63 e il. 20). ALBERTO MAGNO (San). Nacido hacia 1193 en Suabia, después de cor¬ tos estudios en Colonia y en Padua, entró en 602 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES la orden de los dominicos en Padua (12123). Más tarde, luego de diversas estancias en con¬ ventos alemanes, vino a París para alcanzar sus grados (1240-1242). Ocupó una de las dos cátedras de Teología reservadas en París a los dominicos (1242-1248), fundó en Colonia el studium generale (Universidad) de los herma¬ nos predicadores, pasó a ser provincial de Ger- manía (1254-1257), enseñó en Colonia (1257- 12Ó0), fue obispo de Ratisbona (1260-1262) y terminó su vida (1280) en medio de una acti¬ vidad intensa en todos los órdenes. Genio uni¬ versal, cuya obra inmensa (38 volúmenes en la edición Borgnet, de París, 1890-1899) es mal conocida. Acaso Alberto haya poseído un pen¬ samiento ((portador de más gérmenes de los que el tomismo hizo nacer» (E. Jeauneau). Parece haber sido el primero en concebir el proyecto de «rehacer a Aristóteles para uso de los latinos». En las ciencias, especialmente en lo que se refiera a la Zoología, tuvo el cui¬ dado de acompañar sus lecturas con observa¬ ciones y experiencias personales. Esto le ha valido una reputación de maestro en ciencias ocultas. Se le ha atribuido una colección de recetas mágicas, el Grand Albert, que circuló largo tiempo y del que habla Gérard de Ner¬ val (pág. 278 e il. 155). (Ver A. Garreau, Saint Albert le Grand, 1957). ALCUINO. Monje de origen anglosajón (hacia 730-804), que fue uno de los promotores del Renaci¬ miento carolingio. Consejero intelectual de Carlomagno, inspiró la reforma escolar de esle emperador, el cual fundó una escuela y una academia palatinas. Abad de Saint-Martin de Tours, hizo de su abadía uno de los hogares culturales más activos del Occidente carolin¬ gio, En su scriptorium (taller de copistas) fue¬ ron copiados con esmero, en minúscula ca- rolingia, los textos de los autores paganos y cristianos de la Antigüedad. Escritor medio¬ cre y poco original, salvo en su correspon¬ dencia con Carlomagno, Alcuino ostenta como principal mérito el haber preservado y trans¬ mitido a la posteridad una parte de la heren¬ cia literaria de la Antigüedad, especialmente el programa de las siete artes liberales (pᬠginas 184 y 435 e il. 42). (Véase L. Wallach, Alcuin and Charlemagne. Studies iri Carolingian History and Literatu- re > > 959 )- ALEJANDRO III. Papa de 1159 a 1181, Orlando Bandinelli, cé¬ lebre canonista, profesor en Bolonia antes de ser cardenal (1150), fue adversario encarniza¬ do de Federico iíarbarroja, que le opuso tres antipapas. Se alió con las ciudades de la Liga Lombarda, que, en el año 1168, bautizaron en su honor a la ciudad de Alejandría. Después de haber sido expulsado de Roma, impuso al emperador la paz de Vcnccia (1177), hecha posible gracias a la victoria obtenida por las ciudades lombardas sobre Barbarroja en I.eg- nano (pág. 142), lo que no impidió al papa abandonar prácticamente a sus aliados para ponerse de acuerdo con el emperador. Convo¬ có el Tercer Concilio de Letrán (1179), que provocó, gracias a la acción del derecho canó¬ nico, grandes progresos en la organización ecle¬ siástica y el poder pontifical, pero solidificó, al mismo tiempo, la tendencia a una Cristiandad cerrada. Manifestó igualmente un implacable rigor contra Enrique II de Inglaterra después del asesinato de tomIs becket. (Véase M. Pacaut, Alexandre III, 1956.) ALFONSO X. La celebridad de Alfonso X el Sabio (nacido en 1221, muerto en 1284) se debe más a la épo¬ ca de su reinado que a sus cualidades como monarca. Rey de Castilla y de León, tras el avance hacia el Sur consecutivo a la victoria de las Navas de Tolosa (1212), es el rey or¬ ganizador de la conquista. En primer lugar, dispone su codificación jurídica (Fuero real. Siete Vertidas, pág. 146), reemplaza el latín por el castellano en su cancillería, hace em¬ prender una obra considerable de traducción y de compilación, en particular a partir de fuentes científicas árabes (astronomía: Tablas alfonsinas), y, él mismo poeta, escribe en ga¬ llego, la lengua de la poesía lírica, las Canti¬ gas de Santa María (de las que se han conser¬ vado dos manuscritos célebres, adornados con miniaturas, que se guardan uno en la Biblio¬ teca del Escorial y el otro en la Biblioteca Nacional de Florencia). Después, favorece los principios vacilantes de la Universidad de Sa¬ lamanca y hace redactar crónicas (Primera cró¬ nica general y Grande y general Historia), que hacen de él el fundador de la historiografía castellana. Sin embargo, experimenta grandes dificultades económicas (especialmente en el dominio monetario), que ve aumentadas por la despoblación de los territorios reconquista- LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL dos a los musulmanes, y se lanza a ruinosas empresas de prestigio: guerras contra Portu¬ gal, Aragón y Navarra y, sobre todo, tentati¬ vas para obtener la corona imperial alemana (su madre era hija de Felipe de Suabia). ALFREDO EL GRANDE. Nacido en el 848, se mantuvo estrechamente asociado al poder de su hermano Etelred, que subió al trono de Wessex, el principal reino anglosajón, en el año 868. Alfredo manifestó en primer término esclarecidas dotes milita¬ res, que, después de diversas victorias, deter¬ minaron la paz de Wedmore (878) (pág. 81), y el rechazo momentáneo de los daneses al restringido territorio de Danelaw. Si bien las luchas continuaron hasta el final de su reina¬ do (899), Alfredo emprendió una obra consi¬ derable para dar una base sólida a sus Esta¬ dos. Como todos los reyes bárbaros ilustrados, veía en la cultura un instrumento incompara¬ ble de gobierno y de educación nacional. Al no ser ya muy comprendido el latín, tradujo al inglés cinco obras que juzgaba fundamen¬ tales: el Libro pastoral de Gregorio Magno, la Historia eclesiástica de Beda, la Historia Universal de Orosio, la Consolación de la Fi¬ losofía de Boecio y un Florilegio, que com¬ prendía especialmente los Soliloquios de San Agustín. Es en su obra donde aparece por primera vez la expresión de los tres estados de la sociedad (pág. 349). ALIMENTACIÓN. (Véase págs. 303, 304, 318 y sigs., 481, 48a y BIBL.) AMIENS. La prosperidad económica de Amiens, ligada especialmente al comercio de la lana y a la tintorería (gueda o pastel de Picardía, il. 107) y sostenida por la estabilidad política, permi¬ te, a partir de 1220, la reconstrucción de la antigua catedral destruida por un incendio. La catedral de Notre-Dame está prácticamente acabada en 1269, bajo la dirección de Rober¬ to de Luzarches. La construcción, muy rápi¬ da, es, en consecuencia, muy homogénea. Tipo bastante completo del gótico del siglo xm, Notre-Dame de Amiens, contemporánea de las catedrales de Chaxtres y de Reims, puede com¬ pararse a ellas en muchos conceptos. Su par¬ ticularidad reside en la gran dimensión de las ventanas y en el desarrollo considerable de las naves laterales. El mundo de formas esculpi¬ das es extremadamente rico en la catedral de Amiens. El «Buen Dios», la «Virgen dora¬ da», los «Cuatro jinetes del Apocalipsis» y la «Virgen del cuello grácil» de la fachada oeste son figuras maestras (pág. 231 e il. 212). ANGELES. Intermediarios entre Dios y los hombres (ilus¬ traciones 86-88), pueden ser buenos o malos. Los malos son la escolta del Diablo (pág. 225). Los buenos, auxiliares de los hombres, bajo la forma de ángeles guardianes. Están organiza¬ dos en una jerarquía que simboliza la jerar¬ quía terrestre. Intervienen con frecuencia en los negocios humanos. Toda discusión sobre ellos (comprendido su sexo) está llena de so¬ brentendidos acerca de la organización de la sociedad humana. Resultan más particular¬ mente importantes en una perspectiva dioni- síaca (págs. 228-230). ANIMALES. Objeto de atenciones y de reflexiones constan¬ tes para el hombre medieval. Esenciales como auxiliares en la vida material y económica cuando son domesticados: bueyes y caballos para la agricultura y la tracción (pág. 296); caballos y perros para la guerra y la caza. Bajo una forma salvaje o monstruosa, ponen de relieve, por contraste, la condición huma¬ na o están cargados de simbolismo (pág. 187). En el arte, desempeñan también un papel pu¬ ramente estético, por intermedio, en general, de la estilización legada por el arte de las es¬ tepas. (Véase bestiarios e ils. 77, 78, 109, 141, 142 y 144.) Los animales y la economía agraria. (Pági¬ nas 288, 289 y 292-294.) ANSELMO (San). Educado por los monjes de Aosta, este pia- montés (1033-1109) es atraído a la abadía del Bec, en Normandía, por su compatriota Lan- franc. Profesa como monje en 1060, después llega a maestrescuela. Sucede a Lanfranc, pri¬ mero como abad del Bec, en 1078, y después, en 1093, como arzobispo de Cantorbery. En el Bec, escribe el Monologion, o «Ejemplo de meditación sobre la racionalidad de la fe» (1076); más tarde, el Proslogion (hacia 1077- 1078), al que también ha llamado Fides quae- rens intellcctum, «La fe en busca de la inte¬ ligencia», en el que establece la existencia de 604 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES Dios mediante el argumento ontológico, que se hará célebre en la filosofía (puesto que la idea de Dios es la de un ser perfecto y la per¬ fección no es concebible sin la existencia. Dios existe obligatoriamente). En Cantorbery, en¬ tre 1094 y 1098, escribe el Cur Deus homo (pág. 221), reflexión sobre los dogmas de la Encarnación y de la Redención. E11 él se in¬ tegran, antes que en Abelardo, la dialéctica y la investigación teológica. Pero Anselmo es¬ cribía para un auditorio monástico, que no comprendía sus sutilezas dialécticas, y el pú¬ blico de las escuelas le consideraba como un escritor monástico. (Cf. R. W. Southern, Saint Anselm and his biographer, 1963.) ANTICRISTO. Personaje apocalíptico que debe dirigir las des¬ gracias que precederán al fin del mundo (pᬠginas 263-268 e il. 89). Utilizado como un es¬ pantajo por las propagandas políticas medie¬ vales (Federico II, por ejemplo, es llamado el Anticristo por los papas, sus enemigos, pági¬ na 363). Mahoma Anticristo (págs. 200 y 201). APARICIONES. Rompen la monotonía de la existencia medie¬ val, en particular la de los monjes. Pueden ser buenas o malas (diablo). Características de una mentalidad y de una sensibilidad «epifá- nicas», se insertan en el cuadro de una ten¬ dencia constante a la irrupción de lo sobre¬ natural en la vida terrestre (págs. 226-229). APOCALIPSIS. El Apocalipsis, atribuido a San Juan, ha pa¬ sado de manera particular a la Edad Media a través del comentario del monje español Bea- tus de Liébana. Sirvió para cristalizar las espe¬ ranzas y los temores de las gentes de la Edad Media, sobre todo entre los siglos ix y xii. En su origen, poema del triunfo de Jesucristo y de la Jerusalén celestial (il. 22), impresionó especialmente a los hombres de la Edad Media por su evocación de calamidades. Proporcionó temas mayores al arte románico (miniaturas, como las del Beatus de San Severo o del Apo¬ calipsis de Bamberg, siglo xi) y a la escultura (capiteles de Saint-Benoit-sur-Loire, siglo xi, ancianos del Apocalipsis en los tímpanos, por ejemplo en los de Moissac, capitel de Saint- Nectaire, il. 87). (Págs. 263-268.) AQUISGRAN. Residencia preferida de Pepino y de Carlo- magno, que hizo de ella un centro de vida intelectual y religiosa, una segunda Roma. Después de su destrucción por los norman¬ dos en 881 (pág. 81), todos los emperadores, preocupados por sumarse a la tradición caro- lingía, desde Otón I a Barbarroja, lo colma¬ ron de favores. Aquisgrán conoce su apogeo durante los siglos xtv y xv, en que Carlos IV confirma sus privilegios con la Bula de oro. Durante toda la Edad Media, es la ciudad im¬ perial, donde se hacen consagrar los empera¬ dores. En ella se organiza una verdadera de¬ voción a Carlomagno, después de su canoniza¬ ción (1165). Ciudad imperial, pero también ciudad conciliar, pues se celebran en ella numerosos concilios entre el 789 y 1023. Las decisiones de estos concilios son las más ve¬ ces promulgadas por capitulares imperiales. La catedral es un conjunto arquitectónico muy complejo. La capilla imperial de Carlo¬ magno, imitada de San Vital de Rávena, cons¬ tituye su núcleo. Enlazando con los edificios de Jerusalén, debe ser también la imagen de la perfección, del paraíso y de la Jerusalén celestial. Desde su construcción, es extremada¬ mente admirada y copiada, particularmente en la Europa del Norte (il. 46). Un coro gó¬ tico es adosado, entre 1353 y 1413, al octógono carolingio. Un tercer elemento está formado por una serie de capillas, edificadas en los flancos del coro y de la capilla imperial des¬ de el siglo xti al final de la Edad Media. Las vestiduras del Cristo y de la Virgen y el su¬ dario de San Juan Bautista forman, junto con las reliquias de Carlomagno, la parte esencial del tesoro de la catedral. A partir de media¬ dos del siglo x, fue el centro de una peregri¬ nación cuya fama no cesó de acrecentarse a través de toda la Edad Media. ARADO. Instrumento esencial del campesino. En la Alta Edad Media, y mucho más tarde aún en ciertas regiones, se trata de un instrumento muy primitivo. A partir del siglo xi se ex¬ tiende, sobre todo por las llanuras de la Cris¬ tiandad septentrional, el uso del arado disimé¬ trico, con ruedas y vertedera, que realiza la¬ bores más profundas y permite rendimientos más elevados. (Véase il. 92 y págs. 274 y 288.) (bibl. técnicas : A. G. Haudricourt y Jean Brunhes-Delamare.) 605 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL ARBOL. Proveedor de madera. Importante como soporte de diversos simbo¬ lismos : árbol de vida, árbol de las Virtudes y de los Vicios. Significativo como tema del paso de la vida natural y vegetativa a la vida moral. Es una escala viviente. —• de Jessé ( il. 65). —. de las Virtudes y de los Vicios (il. 186). (bibl. sensibilidades y mentalidades: J. Bal- trusaitis.) ARISTÓTELES. El «filósofo» por excelencia para los clérigos medievales (il. 152). Conocido a través de una serie de descubrimientos, en los que comenta¬ rios, deformaciones y traducciones desempe¬ ñan un gran papel. Su «vieja lógica», muy platonizada, se transmite por intermedio de Boecio (comienzos del siglo vi). A mediados del siglo xii, el conjunto de su lógica viene a estimular el desarrollo de la dialéctica en las escuelas urbanas. En el siglo xiii, sus tra¬ tados científicos y metafísicos entran en el ci¬ clo del conocimiento occidental. Alberto mag¬ no y tomás de AQUiNO, especialmente, lo uti¬ lizan para construir una Filosofía y una Teo¬ logía cristianas. A través de los comentarios del musulmán Averroes, inspira entre ciertos universitarios del siglo xm (véase siger de brabante) la tendencia «averroísta». (Cf. F. Van Steenberghen, Aristote en Occi- clent; les origines de l’aristotélisme parisién, 1946.) Ridiculizado en un fabliau, el Lai d’Aristote, en el que su joven amante le obliga a servirle de cabalgadura (pág. 237). ARLES (Iglesia de Saint-Trophimede). Su interés procede de las esculturas de su fa¬ chada y de su claustro, obras maestras del arte románico por la originalidad de su estilo pro- venzal-languedociano, próximo a las tradicio¬ nes romanas, y por la maestría de un arte muy evolucionado (la fachada es de la segun¬ da mitad del siglo xii y el claustro data de 1180). La fachada, como la de Saint-Gilles del Gard, cuyas esculturas aparecen ritmadas con columnas, evoca un pórtico antiguo con su decoración de estatuas, en un conjunto por otra parte bastante pesado, pero en el que el modelado del detalle es con frecuencia admi¬ rable. El motivo central del gran pórtico está consagrado al Cristo en majestad, rodeado de los símbolos de los cuatro evangelistas. A su derecha, el cortejo de los elegidos; a su iz¬ quierda, los condenados, hombres, mujeres, abades, obispos, a los que arrastra un demo¬ nio hacia la boca del infierno. En otros luga¬ res, escenas del Antiguo y, sobre todo, del Nuevo Testamento se hallan encuadradas por motivos de decoración, tomadas del bestiario fantástico, del mundo vegetal o del repertorio de la Antigüedad (véase pág. 569). ARNALDO DE BRESCIA. Jefe revolucionario italiano. Discípulo de abe- lardo, asceta, violentamente hostil a la Iglesia y al clero enriquecido, fue, por instigación de San Bernardo, condenado, al mismo tiempo que Abelardo, en el Concilio de Sens (1140). Huyó entonces a Zurich y después a Roma, donde predicó la revuelta (pág. 133) contra el papa Eugenio III, un cisterciense amigo de San Bernardo y de la curia. («Los clérigos que tie¬ nen dominios, los obispos que ostentan feudos, los monjes que poseen bienes no pueden sal¬ varse.») Una revuelta urbana expulsó de Roma al papa y a los cardenales. Eugenio III regre¬ só a Roma, pero no inquietó a Arnaldo, que debió, en cambio, huir bajo su sucesor, el in¬ glés Adriano VI. Detenido por orden de Fe¬ derico Barbarroja, fue entregado al prefecto de Roma, ahorcado en 1155, su cuerpo que¬ mado y sus cenizas arrojadas al Tíber. Su fi¬ gura, convertida en legendaria, fue venerada por los heréticos y los revolucionarios italia¬ nos. Sus últimos partidarios se unieron pro¬ bablemente a los valdenses. La posteridad del «arnaldismo» vuelve a encontrarse en las ciu¬ dades de Lombardía, donde la experiencia re¬ ligiosa de Arnaldo halló un gran eco «en una región que, al contacto con el movimiento evangélico, vibraba desde hacía largo tiempo por motivos antieclesiásticos». (Cf. A. Frugoni, Arnaldo da Brescia nelle fon- ti del secólo XII, 1954.) ARNOLFO DI CAMBIO. Nacido hacia 1250 en Florencia, arquitecto y escultor, discípulo de Nicola Pissano, empieza su carrera levantando tumbas, estatuas, fuen¬ tes en Siena, Bolonia, Roma, Orvieto y Pe- rusa. En Florencia, después del triunfo de las corporaciones en 1293, emprende dos grandes obras: el Palazzo Vecchio, expresión del gran poder municipal, que concibe como una for¬ taleza, y la catedral de Santa María del Fiore, 606 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES para la cual, como maestro todopoderoso, tra¬ za un proyecto gótico «a la toscana». Su muer¬ te prematura deja percibir su genio en las poderosas y rudas estatuas que ejecutó para decorar la futura fachada de la catedral y que se alojan en el Museo de la Ópera del Duomo. Su fallecimiento (1302) deja el arte florentino en manos de maestros menores y con frecuencia extranjeros (pág. 593). ARTE GÓTICO (Caracteres). Sus criterios de definición, tanto cronológicos como estilísticos, son particularmente impre¬ cisos. El arte gótico se separa lentamente del arte románico del siglo xii, para alcanzar su apogeo en el xm. Reina sin disputa durante los siglos xiv y xv. Pasado de moda después del 1500, se prolonga bajo ciertos aspectos has¬ ta el siglo xvn. En su origen, es un arte real francés. La basílica de saint-denis, inaugura¬ da en 1141 por Luis VII, es su primera gran creación, sin franca ruptura con el arte ro¬ mánico. Desde la Isla de Francia, el arte gó¬ tico se difunde por el resto del reino y por toda Europa. El gótico borgoñés se halla muy próximo al románico de cluny y de autun. 40. CRUCERO DE OJIVAS Los países germánicos e italianos conocerán igualmente un gótico bastante impuro. Los cistercienses ejercen una influencia determi¬ nante en la difusión del arte gótico por Espa¬ ña e Inglaterra, de donde pasa a Noruega des¬ de mediados del siglo xii. No existe, en reali¬ dad, un estilo gótico, definible por la «ojiva» o LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL 42. ÁBSIDES O CABECERAS DEL ÁLBUM DE VILLARD DE HONNECOURT Ábside ideal, "disputado” entre Villard y Pierre de Corbie, y ábside de la catedral de Meaux. por la bóveda de crucería, ya empleada en la época románica (véase arte gótico, Historio¬ grafía), sino un espíritu gótico. Arte de tran¬ sición, arte de sintesis de las técnicas de la arquitectura, de la escultura, de la orfebrería y de la vidriería, es un arte de la luz como manifestación de Dios y un arte del hombre (pág. 478). La importancia del vidrio en las construcciones (pág. 450) y el abandono por parte de los escultores de las estilizaciones ro¬ mánicas manifiestan un ideal de humanismo cristiano, en estrecha relación con las investi¬ gaciones teológicas y filosóficas contemporáneas (págs. 299 y 300). En el siglo xii, una serie de grandes catedrales, las principales de las cuales son noyon (il. 27/), Senlis, Sens, laón (il. 140) y notre-dame de parís (1163-1196), representan 43. PLANO DE LOS JACOBINOS DE TOULOUSE 608 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES un primer arte gótico. Las dimensiones se hacen considerables y aparece un tipo de igle¬ sia con cuatro pisos: arcadas, tribunas, trifo- rio y ventanas superiores. Se dan dos tipos principales de planos: plano continuo, «pie absorbe el crucero y las capillas (notre-dame de parís) y plano con crucero en fuerte sa¬ liente (laón). El apogeo de la arquitectura gótica se alcanza en chartres (1194-1220). El arbotante se hace cada vez más esencial a me¬ dida que las altas ventanas se agrandan des¬ mesuradamente. Este último tipo inspira las catedrales de reims (dibujo 62, pdg. 671), AMIENS (il. 212) y BOURGES (il. 1^0 y 2 n) (» mediados del siglo xm). Surge ya el gótico llo¬ rido (il. 214), especialmente en la Sainte-Cha- pelle (1242-1248) y en Saint-Urbain de Troyes 44. PLANO DE SANTA ELISABETH DE MARBURGO 45 FACHADA DE CATEDRAL GÓTICA Segundo proyecto de Erwin de Steinbach para Estrasburgo (finales del siglo XIII). 609 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL (1263-1266). Los muros son calados hasta la exageración, en provecho de las inmensas ven¬ tanas y los rosetones. En los siglos xiv y xv, el gótico llorido representa una degeneración del arte gótico que se torna hacia lo desme¬ dido, la búsqueda del efecto, la preocupación por el detalle. Las lineas de la arquitectura se complican. Aparición de la contracurva. (Véase págs. 123, 222 y 223; il. 21S; láms. co¬ lor V, VI, VII, VIII; Atlas, mapa VII, pᬠgina 521, y BIBL. HISTORIA DEL ARTE.) ARTE GÓTICO (Historiografía). El término «gótico» fue utilizado, a partir del siglo xvi, con un sentido peyorativo (equiva¬ lente a bárbaro) para designar el arte y la literatura de la época que mediaba entre la Antigüedad y el Renacimiento. Lanzado por Rafael, fue popularizado por Vasari. Sinóni¬ mo de grosero, se opone a la perfección del arte antiguo. Esta manera de ver se perpetúa hasta pleno siglo xix. Arcisse de Caumont re¬ cuerda en sus Souvenirs (Bulletin monumen¬ tal, 1871, t. 37, pág. 60) el ataque que diri¬ gió aún, hacia 1850, el arquitecto neoclásico Quatremére de Quincy contra el arte gótico: «¿Cómo queréis que, después de haber estu¬ diado el arte griego, pueda referirme a esos monumentos, cuyos muros parecen querer caer¬ se y que no se mantienen en pie sino con la ayuda de un bosque de sostenes y de contra¬ fuertes, cuyo efecto es para mí de los más desagradables?» Rehabilitado por los román¬ ticos, el arte de la Edad Media estaba, de to¬ das formas, muy de moda desde comienzos de siglo. Se calificaban de «góticos» —aunque ya sin sentido peyorativo— a todos los monu¬ mentos construidos en Occidente desde el si¬ glo v al xv. Así lo hace Stendhal, en las Me¬ mo i res d’un touriste (1836): «No hace ni treinta años que se empieza a ver un poco claro en esas cosas. Júzguese de ello por una sola circunstancia: el vocabulario no está to¬ davía formado. La arquitectura gótica espera su Lavoisier.» Ese Lavoisier fue Arcisse de Caumont, creador de la arqueología medieval en Francia, colega de Gerville en la Sociedad de Anticuarios de Normandía y, como él, in¬ fluido por los trabajos ingleses del siglo xviii sobre el arte de la Edad Media, que había conocido durante su emigración. Propuso dis¬ tinguir entre el arte románico (del siglo v al xii) y el arte ojival (siglos xm y xiv), ca¬ racterizado por el empleo del arco truncado u ojiva. Esas dos nociones fueron populari¬ zadas por el A bécédaire o Rudiments d’archéo- logie que Caumont publicó en 1830 y que obtuvo un gran éxito. La expresión «arte oji¬ val» fue criticada por Quicherat ( Revue Ar- chéologique, 1850), el cual demostró que el arco quebrado no fue jamás llamado ojiva du¬ rante la Edad Media y que lo que caracteriza a la arquitectura de los siglos xm y xiv no es el arco quebrado, sino el empleo de la bóveda de crucería sobre ojivas. La palabra «gótico» fue, sin embargo, preferida desde entonces para designar ese arte del final de la Edad Media, si bien se impuso sólo lentamente. En efecto, fue criticada por Enlart ( Manuel d’Ar- chéologie, t. II), que la encontró demasiado «germánica» (ocurría hacia 1900; arte gótico significaba, según él, ¡arte «boche»!) y pro¬ puso denominarlo mejor «arte francés» (de opus frasicigenum). No obstante, esta tentati¬ va no tuvo éxito y la expresión «arte gótico» ha sido finalmente conservada para designar el arte de Occidente desde el siglo xm al xiv. Tiene el mérito de ser puramente convencio¬ nal y, por lo tanto, sin contenido a priori, y de poderse aplicar lo mismo a las obras ar¬ quitectónicas que a otras formas de arte. ARTE ROMANICO (Caracteres). El arte románico nace en medio del renaci¬ miento económico, político y espiritual del siglo xi. El Occidente se cubre con un ((blan¬ co manto de iglesias». El crecimiento demo¬ gráfico trae consigo la necesidad de iglesias de mayores dimensiones y proporciona la mano de obra precisa. Los progresos técnicos (mo¬ lino hidráulico, forma perfeccionada de los atalajes, nuevos métodos para la talla de la piedra, uso más extendido del hierro) mejoran las condiciones de la construcción. Los gran¬ des señores feudales poseen medios para cons¬ truir. El gran movimiento de fervor .religioso de los alrededores del año 1000 desarrolla el culto de las reliquias y el gusto por las pere¬ grinaciones. La arquitectura laica está igual¬ mente bien representada en esta floración. El arte románico es diverso. Un modelo presti¬ gioso da nacimiento a una escuela regional. Ahora bien, las peregrinaciones, las cruza¬ das, los cambios comerciales facilitan los con¬ tactos internacionales, favorecen el juego de las influencias artísticas e infunden al arte románico una fuerte unidad. La arquitectura ocupa el primer lugar en el arte románico. 6 lO DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES Todas las demás artes quedan subordinadas a ella. Hereda muchos aspectos del arte roma¬ no y de las artes orientales (cúpula bizantina, arco ultrapasado árabe o arco de herradura). Pero, a la vez, supone una innovación al im¬ poner la primacía de la piedra en relación a la decoración. En lugar tic los materiales ro¬ tos y anegados en cemento, el arle románico emplea las piedras de talla aparejadas, que permiten progresos decisivos en la construc¬ ción de los arcos y de las bóvedas. Los planos más frecuentes son el plano en cruz, con dcambulatorio y capillas radiales, o el plano con tres ábsides paralelos (plano 39, pág. 449). Pero se encuentra igualmente el plano en ro¬ tonda (plano 38, pág. 448), inspirado en el Santo Sepulcro de Jerusalón. La bóveda está cubierta de piedra. Por regla general, la nave principal va cubierta por una bóveda de me¬ dio punto, mientras que las naves laterales tienen bóvedas de aristas. La ojiva aparece por vez primera en 1093, en la catedral de Durham, Inglaterra. Los muros se hallan sos¬ tenidos por arcos de descarga y en el exterior por contrafuertes. La iluminación es normal¬ mente escasa, dando al interior una atmósfera de íntimo recogimiento. La decoración está estrechamente subordinada a la arquitectura. Conserva trazos arcaicos: el gusto por los co¬ lores vivos, la superabundancia de los detalles. Pero se inscribe en los espacios definidos por la arquitectura: capiteles (ils. 216, 213), tím¬ panos de los pórticos. Los temas se inspiran a menudo en obras antiguas, principalmente orientales: acanto, motivos vegetales merovin- gios, motivos bizantinos, armenios y musul¬ manes (catedral del Puy). La decoración ro¬ mánica es el testimonio de un gusto acen¬ tuado por las figuras caprichosas o terribles. Son frecuentes las representaciones del Apoca¬ lipsis, del Infierno, de los vicios... Dios se nos muestra bajo una forma majestuosa y severa. La pintura románica abunda sobre todo en Cataluña, en la Francia del centro y del oeste (saint-savin-sur-gartempe). La miniatura, la orfebrería y el esmalte, al igual que la pintura y la escultura, han heredado muchos detalles de los marfiles carolingios. La difusión del aite románico se lleva a cabo esencialmente por las cuatro rutas de la peregrinación a Compostela, jalonadas de modelos prestigiosos, como SAiNT-siiRNiN de TOULOUSE. Pero el arte románico se difundió también en Inglaterra gracias a la conquista normanda y, de allí, pasó a Escandinavia recientemente convertida. El empuje germánico hacia las marcas eslavas, la conquista normanda de Sicilia, la Recon¬ quista española y las Cruzadas convirtieron al arte románico en el arte de toda la Cristian¬ dad (págs. 123, 222, 223 y 444; lis. 133, 138, 1. Saint-Sernin de Toulouse. 4. Saint-Martial de Limoges. 2. Saint-Martin de Tours. 3. Santiago de Compostela. 3. Saint-Rémi de Reims. 6l 1 47 I L'í* DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES 48. SECCIÓN TRANSVERSAL DE SAINT-MARTIAL DE LIMOGES (Según un dibujo de comienzos del siglo XVIII) Iglesia consagrada en 1095 y destruida en tiempo de la Revolución 207-210; láms. col. I, II, III y IV; Atlas, mapa VI, pág. 717). (bibl. historia del arte.) ARTE ROMÁNICO (Historiografía). Expresión empleada por primera vez por tíos arqueólogos normandos, Gerville y Le Prévost, en i8ig, para designar el arte del Occidente cristiano entre los siglos v y xm. La elección del término obedecía a una doble intención: en primer lugar, por oposición a los arqueó¬ logos ingleses de la época, que llamaban «sa¬ jones» o «normandos» a los monumentos de los siglos xi y xii, deseaban subrayar la parte de latinidad que existía en el arte medieval, antes de las transformaciones a las cuales iba unida la palabra «gótico»; en segundo lugar, por comparación con la lingüística, querían enseñar que el arte de la Edad Media sucedió al arte antiguo como las lenguas románicas al <— 47. ELEMENTOS DE ARQUITECTURA ROMANICA latín. En el espíritu de los arqueólogos y de los medievalistas de comienzos del siglo xix, el estilo «románico» es, en efecto, un estilo bastardo, un compromiso entre elementos ro¬ manos redescubiertos e influencias bárbaras. Esta idea, comúnmente extendida, se encuen¬ tra expresada con nitidez en el Grand Diction- naire Universel de P. Larousse (1875), en el artículo Román: «El estilo románico no es otra cosa que el estilo de la arquitectura ro¬ mana, corrompido y transformado por los bárbaros del siglo vi al xm. Sus combinacio¬ nes arquitectónicas no ofrecen apenas más que reminiscencias. Su principal característica es la imitación y la mezcla.» Los progresos de la arqueología medieval en la segunda mitad del siglo pusieron en evidencia el carácter nuevo y original que había tomado la arquitectura en Occidente después de las invasiones del si¬ glo x. Se dio de entonces una acepción más restringida a la expresión «arte románico». Es el «arte de la construcción y de la deco¬ ración que conoció el Occidente en el tiempo 613 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL de los primeros Capetos» (Quicherat). No obs¬ tante, se mantuvo por largo tiempo la idea de que el arte románico es una simple prepa¬ ración para el arte gótico: «La arquitectura románica —dice Quicherat en sus Mélanges d’archéologie et d’histoire, 1877, pág. 88— es aquella que ha dejado ya de ser romana, aun¬ que tenga mucho del romano, y que no es aún gótica, aunque tenga ya algo del gótico.» Con mayor claridad todavía se expresa An- thyme de Saint-Pol en el Bulletin monumental, t. 44, 1888: «Los constructores románicos han elevado monumentos en los que nada se en¬ contraría a faltar si el espíritu no se viese cegado por el recuerdo del estilo ojival, del que, en cierta manera, son el vestíbulo.» ARTES LIBERALES. Las siete artes liberales son, hasta el siglo xm, un programa de enseñanza heredado de la antigüedad (il. 152). Son la gramática, la dia¬ léctica, la retórica, la aritmética, la geometría, la astronomía y la música, que deben formar sucesivamente el espíritu. El método se re¬ monta a Varrón, que distinguía las artes libe¬ rales de las artes mecánicas. Fue adoptado de nuevo por Martianus Capeila en el siglo v, en su poema simbólico De nuptiis Philologice et Mercurii. Vuelve a encontrarse en Cassio- doro y en Alcuino, quien divide las siete artes liberales en dos ramas: el trivium, compren¬ diendo a las tres primeras, las cuales tienen por objeto la expresión del pensamiento (ver¬ ba), y el quadrivium, el estudio de las cosas (res). Numerosos tratados del siglo xii siguen el esquema de las artes liberales: el Didasca- lion de Hugo de Saint-Victor, el Mctalogicon de Juan de Salisbury, el Heptateuchon de Thierry de Chartres. Pero este cuadro de la enseñanza acaba por ser desbordado. La dia¬ léctica pasa por delante de la gramática. La lógica de Aristóteles es descubierta de nuevo. La Teología adquiere lugar específico. Artes liberales y artes mecánicas se acercan de nue¬ vo durante cierto tiempo. Queda abierta la vía a las síntesis doctrinales (págs. 44a y 443). (bibl. historia literaria: J. Koch.) ARTURO Y EL GRIAL. La leyenda ha hecho del personaje histórico de Arturo, que vivió a finales del siglo vi, un rey de la Gran Bretaña, en cuya corte y en tomo a la Tabla Redonda se agrupan los más valientes caballeros, empeñados en la búsque¬ da del Santo Grial, el vaso sagrado en que fue recogida la sangre de Jesús crucificado. Los monasterios cluniacenses, desde Fécamp a Glastonbury, apoyaron sin duda la difusión de este tema y la cristianización del ideal ca¬ balleresco que lleva consigo. Ilustrado en una narración galesa, Pcredur (en la que no se habla del Grial), después en un Perceval en prosa y, en fin, por Chrétien de Troyes en su Perceval, el tema volvió a aparecer en el si¬ glo xiii, formando un ciclo dividido en cinco partes, el Lancelote-Grial o Lancelote en pro¬ sa, que termina por la Muerte del rey Arturo, «sombrío drama de la fatalidad». El sentido místico de la leyenda se encuentra precisado en él: la búsqueda del Grial significa la as¬ piración a la perfección cristiana; las aven¬ turas de los caballeros de la Tabla Redonda son las representaciones alegóricas de la vida sobrenatural. Pero tan sólo Galaad, hijo de Lancelote del Lago, podrá apoderarse del Grial, puesto que es el único que se mantie¬ ne puro. (Véase narraciones bretonas y págs. 353, 575 y 579 e il ■ I20 -) (bibl. historia literaria: J. Frappier, R. S. Loomis, J. Marx.) ASIA. Idenlificada con el Oriente, fuente de todos los bienes y de todos los males. Asiento del Paraíso terrenal, de los tesoros, de las inven¬ ciones técnicas, pero también hogar de las epidemias y de las herejías. El Occidente me¬ dieval vivió entre un sueño y una pesadilla orientales (ils. 47, 72 y págs. igi-194). ASIS. Ciudad romana floreciente, importante plaza lombarda, Asís es primero destruida y, más tarde, reconstruida por Carlomagno. Sede de un condado, unido en el siglo vm al dominio de los papas, Asís es disputada durante largo tiempo entre los papas y los emperadores y participa modestamente en la renovación co¬ mercial (el padre de San Francisco es un mer¬ cader) y en el movimiento comunal. Pero es a partir de San Francisco y del triunfo de los frailes menores cuando Asís alcanza su apo¬ geo (pág. 130). La canonización de San Fran¬ cisco en 1229 da ocasión a fiestas memorables. Una nueva basílica es consagrada por Grego¬ rio IX en 1235. Cimabue y Giotto intervienen en su decoración. Entre la segunda mitad del 614 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES siglo xiii y la primera mitad del xiv, es un taller esencial para la evolución del arte ita¬ liano y occidental. ASTUCIA. Virtud y vicio feudal. Con frecuencia fínica¬ mente ella es capaz de vencer los obstáculos de otro modo imposibles de salvar. Próxima al engaño, a la mentira, al fraude, más neta¬ mente condenados, en particular por tratarse de vicios campesinos, burgueses, o clericales (hipocresía) (pág. 479). ATIL A. Rey de los hunos (pág. 40) desde 433 a 453, en un momento en que éstos habían expe¬ rimentado numerosas influencias, iranias y bizantinas principalmente. Atila acaba de so¬ meter a otros pueblos bárbaros entre el Cas¬ pio y el Rin: ostrogodos, gépidos, alanos, por ejemplo. Su corte, que se reúne todavía en un campo al aire libre, es brillante en ri¬ quezas y de personajes de todas clases (en letrados especialmente), a los que atrae por su personalidad y su generosidad. Él consti¬ tuye el punto de atracción para todos aquellos a quienes descontenta, desengaña o subleva el decadente Imperio romano. Establecido en Panonia (la actual Hungría), porque su pue¬ blo sigue siendo un pueblo de caballeros de las estepas, pensaba en atacar a Constantino- pla cuando el emperador de Oriente lo des¬ vió a precio de oro hacia el Occidente, don¬ de tenía además el pretexto de reclamar por mujer a Honoria, hermana del emperador Valentiniano III, que éste le negaba. Batido cerca de Chálons, en el año 451 (batalla lla¬ mada de los Campos Cataláunicos) por un ejército romano-bárbaro, se precipita sobre Italia del Norte, vuelve a pasar los Alpes a cambio de los regalos del papa León I y mue¬ re repentinamente. El Imperio escasamente organizado sobre el que habia reinado se des¬ hizo después de él. (Véase pág. 50 y Atlas, mapa II, pág. 503.) Su figura legendaria figu¬ ra, bajo el nombre de Etzel, en el Nibelun- genlied y, bajo el de Atli, en una saga escan¬ dinava. AUTORIDADES. Ellas legitiman toda afirmación en el dominio jurídico (la «costumbre feudal») e intelectual. La autoridad suprema es la Biblia. Sin em¬ bargo, una serie de autoridades, desde los Padres de la Iglesia a los universitarios del siglo xiii, encuadra la vida intelectual de la Cristiandad medieval. Al fin se instaura una práctica flexible o reflexiva de las autorida¬ des (por medio del método, con Abelardo en el Sic et non, por medio de la habilidad prag¬ mática según Alain de Lilla: «Las autorida¬ des tienen la nariz de cera»). Designa indivi- dualmentc a todo autor o toda cita que tiene «autoridad» (págs. 433-435, 439 y 468). AUTÚN. Importante ciudad romana, cuyos monumen¬ tos subsistentes lian mantenido una tradición antigua, la cual se refleja en la arquitectura de la catedral románica de Saint-Lazare, mien¬ tras que las esculturas (tímpano: il. 228 y reverso de la cubierta, capiteles: il. 144, Eva del dintel: il. anverso de la cubierta; tumba de San Lázaro) figuran entre las obras maes¬ tras más originales del arte románico. (Cf. D. Grivot y G. Zarnecki, Gislebertus, sculp- teur d’Autun, 1960.) B BABILONIA. Símbolo de la ciudad maldita, de la tiranía de los poderes públicos, denunciada por la Iglesia intransigente. Se opone a la Jerusalén celestial (il. 136). BACON (Rogelio). Nace hacia 1210 y, después de sus estudios en París, que le han hastiado de los juegos de la dialéctica, es en Oxford discípulo de grosse- teste, quien le persuade de que «toda ciencia necesita de la matemática». Entra hacia 1250 en la orden de los framenores (franciscanos) y regresa a París, donde bien pronto sus su¬ periores le prohíben enseñar y publicar. Bajo el pontificado de su protector Clemente IV (1265-1268) escribe su principal obra, el Opus rnaius, en la que estudia las causas de la igno¬ rancia humana, las relaciones de las ciencias profanas con la Teología, la utilidad de la gramática y de las matemáticas, la naturaleza de la perspectiva, de la ciencia experimental (expresión que es el primero en utilizar) y de la filosofía moral. Sus concepciones astro¬ lógicas fueron englobadas en las condenacio¬ nes de 1277. Su Speculum astronomiae le va¬ lió ser reducido a prisión. Muere hacia 1292. 615 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Espíritu original, alía puntos de vista gene¬ rales muy tradicionales («la única ciencia que dirige a las otras es la Teología») a tenden¬ cias científicas muy modernas. «Nuestra época, ansiosa de ficción científica, encuentra natu¬ ralmente simpático a ese genio casi proféti- co» (E. Jeauneau) (pág. 469). (Cf. R. Cartón, La synthése doctrínale de Ro- ger Bacon, 1924; S. C. Easton, Roger Bacon and his search for a universal Science, 1952.) BANDO. Poder general de mando que poseen los seño¬ res: poder militar que obliga a los vasallos y campesinos al servicio de la hueste (ban y arriére ban), poder judicial, poder económico (molino, pág. 408, horno, a los que los cam¬ pesinos están obligados a llevar su harina, su pan; taberna banal, pág. 420, en donde se ven constreñidos a consumir). Las señorías co¬ lectivas tienen un poder banal: las ciudades, por ejemplo, ejercen ese poder en la banlieue (ban-lieu, lugar de bando) (págs. 399 y 400). La señoría en los siglos xi-xii reposa sobre todo en el ejercicio del bando, de ahí el nom¬ bre de señoría banal que algunos historiadores le han dado (pág. 138). [También en castella¬ no tiene numerosos derivados: bandera, ban¬ dido, bandolero, etc., además de la acepción de edicto. — N. del 7 \] BANDOLEROS. Numerosos en el mundo medieval, donde las capas inferiores de las diferentes categorías sociales se entregan fácilmente al bandoleris¬ mo (pequeños caballeros Raubritter, germᬠnicos; campesinos sublevados o salidos de su condición, págs. 430-432). Favorecido por la abundancia de los bosques, el bandolero, el «fuera de la ley», es un hombre del bosque (véase Robin Hood). (Págs. 186, 187 y 190.) (bibl. integraciones y exclusiones, M. Keen.) BARBAROS. Invasiones de los — (véase Atlas, mapa II, pág. 503 y págs. 31 y sigs.). Género de vida de los — y su papel en la elaboración del mundo medieval (págs. 55 y sigs.). El gusto bárbaro (il, 36). BAUTISMO. —• de Jesús (véase il. 162). — del delfín Carlos (véase il. 134). BAYEUX (tapicería de). Banda de tela de 70,34 metros de longitud por 50 centímetros de ancho, bordada en la¬ nas multicolores. Su confección es atribuida a la reina Matilde, esposa de Guillermo el bas¬ tardo o el Conquistador. Servía de decoración para la catedral de Bayeux en los días de fies¬ ta. La «tapicería», que es un bordado en las tradiciones de los pueblos escandinavos de Bayeux, representa la conquista de Inglaterra por los normandos en 1066, especialmente la batalla de Hastings. Las representaciones se suceden a todo lo largo de la tela sin inte¬ rrupción, explicadas por leyendas en latín. Están encuadradas arriba y abajo por decora¬ ciones vegetales o animales, inspiradas en la fantasía y en las narraciones. La abundancia de los personajes y de los objetos representa¬ dos: navios, armas, caballeros, campesinos, hacen de ella un documento importante so¬ bre la civilización del siglo xi (pág. 557, lᬠmina col. IV e il. no). BEAUVAIS. notre dame de la basse OEUVRE. Catedral ca- rolingia, de la que no subsiste más que una nave en los flancos de la catedral actual. catedral saint-pierre o nouvel oeuvre. Co¬ menzados hacia mediados del siglo x, los pri¬ meros trabajos son derruidos por un incendio. El coro es terminado hacia 1270. Ese comien¬ zo de construcción es por sí solo la tentativa más atrevida de toda la época gótica. De to¬ das las iglesias góticas, Saint-Pierre de Beau- vais es la que tiene las bóvedas más altas (48 m.) y más anchas (16 m.), la mayor su¬ perficie con vidrieras. Pero la separación ex¬ traordinaria de los pilares (8 m.) provocó en el año 1284 el derrumbamiento de las bóve¬ das y la ruptura de los contrafuertes (pági¬ na 301). Este hundimiento ha podido ser con¬ siderado como simbólico de un comienzo de decadencia del arte gótico, seducido por lo desmedido y la búsqueda de las dimensiones colosales. La catedral de Beauvais ha queda¬ do inacabada. Saint-Pierre posee un reloj ca¬ rillón del siglo xiv, el más antiguo de Francia. BEDA. Uno de los «fundadores)) de la Edad Media (nacido en el 673, muerto en el 736). Erudito anglosajón, fue uno de los autores más leídos y más frecuentemente citados durante la Edad 616 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES Media. Heredero de los monjes que habían evangelizado a Inglaterra y le habían llevado el legado de la cultura antigua, Beda consti¬ tuyó una verdadera enciclopedia de los cono¬ cimientos profanos y religiosos, cuyo resplan¬ dor fue considerable durante siglos en todo el Occidente cristiano. De ahí el título de «Ve¬ nerable» que le concedió la Edad Media, que veía en él a un Padre de la Iglesia. Hoy día se aprecia más su Historia eclesiástica det pueblo inglés, primer ensayo de una historia nacional llevado a cabo entre los pueblos he¬ rederos de la civilización romana. El rey Al¬ fredo lo tradujo al inglés a finales del siglo ix. Inspirada por las necesidades eclesiásticas —el cómputo o cálculo del calendario litúrgico—, su obra científica no es menos notable para su tiempo. En el De temporibus (703) se es¬ fuerza por establecer científicamente la medi¬ da del tiempo. El De temporum ratione no solamente contiene una exposición del meca¬ nismo de las mareas, ligadas a las fases de la luna, sino también «los elementos fundamen¬ tales de las ciencias de la naturaleza» (pági¬ nas 181, 182 y 435). BENITO DE NURSIA (San). Nacido hacia el 480 en el seno de una buena familia de Nursia, cerca de Spoleto, aban¬ dona las escuelas romanas y se retira como ermitaño a Subiaco, donde se le unen nume¬ rosos discípulos, lugar que abandona para es¬ tablecerse (según la tradición en el 529, el año en que Justiniano cierra las escuelas paga¬ nas de Atenas) en el Monte Cassino. Su vida no nos es conocida más que bajo una forma legendaria a través del segundo de los Diálo¬ gos de Gregorio el Grande, escrito cincuenta años después de su muerte (hacia 547). Se discute si es o no el autor de la célebre regla que lleva su nombre y si esta regla es ante¬ rior o posterior a una regla parecida, pero más formalista, conocida con el nombre de Regla del Maestro. Lo esencial es que, en un momento en que el monaquisino occidental experimentaba el deseo de organizarse, la re¬ gla de San Benito se impuso rápidamente gra¬ cias al equilibrio que instituía entre la auste¬ ridad y la moderación, la autoridad abacial y el respeto de los monjes, las prácticas pia¬ dosas y la actividad económica (trabajo ma¬ nual) e intelectual (copia y lectura de los ma¬ nuscritos). Alejada de las extremidades ascé¬ ticas del monaquismo oriental o irlandés, ha contribuido a la formación de una cierta tra¬ dición occidental (pág. 178). (C£. Benedictus, der Vater des Abendlandes, Munich, 1947: Commentationes in Regulam S. Bcnedicti, Roma, 1957.) BERNARDO (San). Nacido en 1090, muerto en 1153. Salido de una familia noble borgoñesa, Bernardo entra en ctriiAux en 1112 y, a petición del abad Elimine Harding, funda en 1x15 un monas¬ terio en Clairvaux, en la Champagne (pági¬ na 130). Su vida ascética, su influencia espi¬ ritual. le confieren bien pronto una autoridad sin igual en la Cristiandad. Al mismo tiempo que produce una obra literaria considerable, en la que se muestra como uno de los más grandes místicos cristianos, profesando la ne¬ cesidad de una humillación total del cuerpo y del espíritu para llegar a Dios por los ca¬ minos de la humildad, se mezcla en todos los negocios importantes del siglo. Persigue implacablemente a todo lo que le parece pro¬ ceder del orgullo humano, ataca a los clu- niacenses, a los que critica la riqueza y el arte poco austero, a Abelardo, al que hace condenar, a los estudiantes de las escuelas ur¬ banas, a los heréticos. Predica en vézelay la II Cruzada (1145, pág. 110), hace el elogio de las órdenes militares. Patrocinador de cau¬ sas ya perdidas, ha sido el gran intérprete espiritual de la feudalidad. (Cf. Bernard de Clairvaux, Commission Histo- rique de l’Ordre de Cíteaux, 1953; Mélanges saint Bernard, 1954.) BERNARDO DE VENTADORN. Contemporáneo de Eleonor de Aquitania, a la que se ha dicho que siguió a Inglaterra, don¬ de acaso haya permanecido de 1152 a 1155, este trovador lemosino del siglo xn es uno de los fundadores del lirismo en lengua de oc. Poeta cortesano, es autor de 45 canciones, en las que expresa con gran naturalidad y sin¬ ceridad el amor cortés. Poco conocido en la Edad Media, fue rehabilitado por los román¬ ticos (pág. 563). (Cf. S. G. Nichols, Jr., The songs of Bernard de Ventadorn, 1962.) BERTRAN DE BORN. Trovador aquitano de finales del siglo xn, nacido hacia 1140, muerto como monje cis- terciense hacia 1215. Fiel a Ricardo corazón de león, poeta de la guerra, única ocupación 617 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL que conviene a un caballero ávido de gloría y de provecho, evocador realista de la vida fastuosa de las cortes del Mediodía, este pe¬ queño señor del Périgord escapa a los temas convencionales del amor cortés en sus Ser- ventesios, cantos guerreros y políticos, en los que expresa con pasión y vigor el alma feu¬ dal y su odio de meridional por los hombres del Norte (págs. 452 y 453). BESANTE. Nombre corriente en la Cristiandad de la mo¬ neda de oro bizantina, por largo tiempo sím¬ bolo de la prosperidad económica, el «dólar de la Edad Media» (R. López) (pág. 199). BESTIARIOS. Colecciones de obras sobre los animales —rea¬ les o imaginarios— presentados en su signifi¬ cación simbólica. Inspirados en obras del Bajo Imperio Oriental, heredero, a su vez, de las tradiciones iranias e indias: el Physiologus (pág. 164). Los bestiarios escritos han dado tema para los bestiarios esculpidos; principal¬ mente los del arte románico (págs. 443 y 444). (Véase bibl. historia del arte, A. Debidour.) BIBLIA. El Libro por excelencia. La sacra pagina es la base de la enseñanza de la Teología, que es esencialmente exégesis. Pero la Biblia pue¬ de leerse a diversos niveles, según dos senti¬ dos (literal o simbólico; la tierra y el espí¬ ritu) o cuatro (literal, histórico, simbólico y moral). Es también una enciclopedia científi¬ ca. autoridad suprema, los juramentos más importantes son pronunciados sobre ella (pᬠgina 164). Aunque el paralelismo Antiguo- Nuevo Testamento domina la exégesis y el arte de la Edad Media (véase simbolismo tipo¬ lógico), el Nuevo Testamento inspira de ma¬ nera más particular las reformas monásticas, que se presentan como un retorno a la vida evangélica (o apostólica) verdadera (págs. 238 y 434)- (Véase B. Smalley, The Study of the Bible in the Middle Ages, 1952; H. de Lubac, Exégése médiévale. Les quatre sens de l’Ecriture, 1959- 1961; La Biblia nell’alto medioevo, Xe settí- mana di Studi, Spoleto, 1963.) BIZANCIO, BIZANTINOS. La ciudad por excelencia para los occidenta¬ les de la Edad Media, pues rebosa de habi¬ tantes, de monumentos, de tesoros, de reli¬ quias. Objeto de odio y de envidia, será final¬ mente tomada por los cruzados de la IV Cru¬ zada (1204). Véase la estancia de Carlomagno en Bizancio en la Chanson du Pélerinage de Charlemagne y las descripciones de Bizancio en los historiadores de la Cruzada, desde Eudes de Deuil a Villehardouin y Roberto de Clari (págs. 195-200 y 452). Imperio carolingio, Bizancio y el Islam en el siglo ix (véase mapa 3, pág. 73). BOECIO. Uno de los «fundadores» de la Edad Media (pág. 181), nacido en el 480, muerto en el 524. Escritor latino del siglo vi, procedente de una vieja familia aristocrática romana, entró al servicio del rey bárbaro arriano teodorico, se vio complicado en una conjuración probi¬ zantina y murió en prisión. Su obra literaria le ha sobrevivido. Traductor y comentador de la filosofía griega, vulgarizó en latín las doctrinas neoplatónicas y aristotélicas, que la Edad Media conoció tan sólo a través de su obra hasta el siglo xii. Su libro más leído fue la Consolación de la Filosofía, meditación se¬ rena sobre la existencia, redactada en la pri¬ sión. Depositario de la sabiduría antigua, fue la encarnación de la filosofía para los hom¬ bres de la Edad Media (pág. 435) y contri¬ buyó a hacer considerar a la música, según el ideal antiguo, como un instrumento superior de cultura (ils. 3/ y 32). BOLONIA. Sede de la Universidad más antigua, célebre por sus juristas. Obtiene privilegios de Fede¬ rico Barbarroja en 1154 (pág. 123). BONIFACIO (San). Apóstol de la Germania (pág. 211). Nacido hacia el 675 en el Wessex, estudia primero en Exeter y después en la abadía de Nutcell. Parte como misionero, siguiendo el ejemplo de numerosos monjes irlandeses y gaélicos, y recorre la Frisia y toda la Germania fundan¬ do numerosos obispados y abadías (Passau, Ftilda, pág. 181). Resulta muerto en el curso de una misión por Frisia, en el año 755. (Cf. Sanht Bonifatius, Fulda, 1954.) BONIFACIO VIII. Nacido hacia 1236, muerto en 1303, Benedetto Caetani, papa de 1294 a 1303, no tiene buena 618 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES reputación como papa desde el punto de vis¬ ta político. Sucede en circunstancias difíciles a Celestino v (pág. 134). Emprende contra el rey de Francia Felipe el Hermoso una lucha encarnizada, en el curso de la cual afirma con una violencia jamás alcanzada hasta en¬ tonces la superioridad del poder espiritual so¬ bre el poder temporal (bulas Clericis laicos, 1296, Unam Sanctam, 1302). Su humillación en Anagni, frente al enviado de Felipe el Hermoso, Guillermo de Nogaret, que lo abo¬ fetea (pág. 142), simboliza el fin de las ambi¬ ciones temporales del papado medieval. Pero su pontificado ha sido muy importante para la organización de la Iglesia, especialmente en materia de Derecho canónico ( Líber Sextus, que completa el Corpus), y para la espiritua¬ lidad (institución del jubileo romano en 1300). Ha sido llamado —no sin cierta paradoja— «sinfonista y moderador» (G. Le Blas). BOSQUE. Cubre una gran parte de la Cristiandad. Mundo del refugio y de la aventura. Rico en productos. Mundo también del peligro (pᬠginas 185 y sigs., y 247). Tema iconográfico (véase ils. 2-5, 91 y planos 9, 10, 11, 12, pági¬ nas 98 y 99). BOURGES. Catedral, construida en sus partes esenciales durante el siglo xiii , entre 1200, aproxima¬ damente, y 1270. Reconstrucción gótica de un edificio románico, del que subsisten tan sólo dos puertas laterales. Los cinco pórticos de la fachada occidental forman uno de los con¬ juntos más notables del arte gótico. El del centro está consagrado al Juicio Final. Algu¬ nos de sus bajos relieves ilustran escenas del Antiguo Testamento y son testimonio de una imaginación desbordada, a veces maliciosa. Sin embargo, es en el interior donde se puede juzgar la excepcional homogeneidad del con¬ junto. La nave, de 125 metros de longitud y 37,15 metros de altura, no está interrumpida por ningún crucero. El ambón y el cierre del claustro fueron derribados en el siglo xvm. Comenzada por el hermano de Mauricio de Sully, que hizo construir notre-dame de pa¬ rís, imita la catedral parisiense, especialmen¬ te por su vasta cripta. Su gran innovación la constituyen las cinco naves que, tanto en el interior como en el exterior, se superponen en una armonía perfecta (pesadamente imita- 49. SECCIÓN TRANSVERSAL ÜE LA CATEDRAL DE BOURGES da en Toledo, por ejemplo). (Véase ils. 199, ai9 y 242 y plano 41, pág. 607.) BRUNO (San). Fundador de la Grande-Chartreuse, la Gran Cartuja, en 1084 (véase pág. 129 y órdenes monásticas). (Cf. B. Bligny, L’Eglise et les ordres religieux clans le royanme de Bourgogne aux XI a et XII e siécles, 1960.) BUENAVENTURA (San). Nacido en 1221, muerto en 1274, Giovanni di Fidanza entra en la orden franciscana (pági- 619 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL na 131) en 1243, estudia en París y en 1253 ocupa en esta ciudad la cátedra de Teología reservada a los franciscanos. Llega en 1257 a general de su orden y arbitra, en un sentido favorable a los partidarios de la pobreza atem¬ perada, el conflicto planteado entre conven¬ tuales y espirituales. Hace destruir las «vidas» anteriores de san francisco y escribe una ver¬ sión oficial, que edulcora considerablemente la figura del poverello. Su obra, muy abun¬ dante, que no ignora a Aristóteles pero pre¬ fiere a Platón, culmina en el Itinerario del espíritu hacia Dios, que va desde las cosas sen¬ sibles hasta el alma y hasta Dios. «Es una indefinible mezcla de especulación erudita y de fervor religioso.» Al lado de santo tomAs de aquino, Buenaventura ha desempeñado un papel de primer plano en la lucha que opo¬ nía a seculares y regulares en la Universidad de París. (Cf. J. G. Bougerol, Saint Sonaventure et la sagesse chrétienne, 1963.) BURGUNDOS. Pueblo germánico instalado en Worms en el año 436 (muerte de Gunther, punto de par¬ tida del nibelungenlied, pág. 51) y, más tar¬ de, en Saboya en el 443 (véase mapa 2, pági¬ na 49; Atlas, mapa II, pág. 503, y págs. 51 y 52)- c CABALLERO. Miembro de la aristocracia feudal, que se distingue por su armamento (il. 113), su gé¬ nero de vida (castillo, caza — il. 114 —, guerra) y una moral especial (fidelidad, liberalidad). Puede definirse por una ceremonia de inicia¬ ción (compostura, pág. 418). La caballería tiende a transformarse durante el siglo xm en una casta cerrada (nobleza, il. 120, pági¬ nas 137-139). Hay dos categorías de caballe¬ ros: ricos y pobres (págs. 313 y 314). Uno de los tres estados de la sociedad (pági¬ nas 349-355)- (bibl. feudalidad : L. Gautier, S. Painter, L. Verriest.) CACERIA. Deporte, pasión del caballero (il. 114). Tiene un doble papel: económico (como alimentos, págs. 185-187) y social (prestigio). Elemento esencial de los cantares de gesta, con una significación a veces simbólica (cacería de Ha- gen, pág. 480). CAEN. La iglesia de Saint-Etienne y la iglesia de la Trinité, construidas por Guillermo el bas¬ tardo o Guillermo el Conquistador en expia¬ ción de su unión consanguínea, suponen una etapa importante en la doble evolución que va desde jumieges (comenzada en 1037) al arte normando de Inglaterra (Winchester, Lin¬ coln, Cantorbery) y al arte gótico francés. Saint-Etienne, iglesia de la antigua Abadia de los Hombres, comenzada en 1064, fue consa¬ grada en 1077. Las bóvedas, el crucero y el coro son del siglo xm, pero el conjunto es uno de los más grandes monumentos del arte románico. En relación a Jumieges, Saint-Etien¬ ne presenta dos innovaciones importantes: un ábside con deambulatorio y capillas radiales y la altura simétrica de las arcadas y de las tribunas. La fachada es una transición entre la de Jumieges y las fachadas góticas: las dos torres no parten todavía del suelo y no for¬ man saliente sobre la fachada, pero están pro¬ longadas por medio de contrafuertes. En esta definición nueva de las relaciones torres-facha¬ da reside la principal aportación de Saint- Etienne de Caen al arte gótico. La trinité, iglesia de la antigua Abadía de las Damas, fue particularmente alterada por las restauracio¬ nes del siglo xix. Su principal originalidad, en relación a Jumieges, estriba en el plano benedictino, con absidiolas decrecientes a cada lado de un coro alargado. (Véase Atlas, mapa VI, pág. 311, e il. 277.) CALVERO. La principal realidad geográfica del Occiden¬ te medieval (págs. 101 y 185 e il. 7). CAMINO. Materialmente diferente clel camino o ruta antigua: menos sólido, menos estable, más flexible. Seguido por el gran rebaño de los vagabundos y los errantes. Vía y símbolo de la peregrinación y de la condición humana (homo viator). (Véase págs. 190, 191 y 296 e ils. 6 y 77.) CAMPANAS. A partir de los siglos vi-vil, las campanas re¬ gulan la vida de los hombres de la Edad Me¬ dia. Su fabricación favorece los progresos de 620 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES la metalurgia. Influyen en la evolución arqui¬ tectural (torres, campanarios, pórticos). Las campanas laicas (campanas de rebato), que miden un tiempo nuevo, aparecen al lado de las campanas eclesiásticas en el siglo xm y, sobre todo, en el xiv (págs. 251 y 258). CAMPESINOS. La masa de la sociedad medieval (vóase rús¬ ticos, siervos, villanos, ils. uy y I 2 i y pᬠgina 138). Pauperización de los — en el siglo xm (pᬠginas 342 y sigs.). Los — y la lucha de clases (págs. 402 y sigs.). CANTARES DE CESTA. Poemas en lengua vulgar, que aparecen en Francia hacia finales del siglo xi y se desarro¬ llan hasta el xm. Su acción, no obstante, tiene lugar en tiempo de Carlomagno y de sus descendientes (chanson de roland, ciclo de Guillaurne au court nez, Girart de Vienne). Si bien en el origen de esas narraciones legen¬ darias se encuentran hechos y personajes his¬ tóricos, sus autores les han dado una signi¬ ficación que no poseían en la realidad y los han utilizado para encarnar las pasiones de su tiempo. Así carlomagno y sus proceres pa¬ san a ser, en los cantares de gesta, el símbolo de la caballería cristiana en lucha contra los infieles. Su procedencia popular ha dejado de ser admitida. En la actualidad se ve más bien en ellos el resultado de una creación literaria, elaborada en un momento en que el Occiden¬ te cristiano se tornaba consciente de su unidad y estaba a punto de lanzarse en la aventura de las Cruzadas. Sin duda, el origen y el pro¬ ceso de formación de los cantares de gesta han sido múltiples, pero su éxito está ligado a la constitución de una casta señorial, de¬ seosa de ver sus proezas y sus ideales celebra¬ dos y que favorece el empleo de la lengua vulgar por oposición al latín de los clérigos. La palabra «gesta» designa probablemente en el siglo xi la tradición caballeresca del linaje señorial. Tal es la causa de que los cantares de gesta se desarrollen habitualmente en ciclos en torno a un linaje (págs. 383 y 386), más que a un personaje. (bibl. historia literaria: E. Lejeune.) CAPITELES. (Véanse ils. 21 y218 y arte romAnico.) CARCASONA. Ciudad medieval típica (véase il. y), recons¬ truida en el siglo xix por Viollet-le-Duc. CARLOMAGNO. Nacido en el 742 ó el 743, hijo de Pipino el Breve, comparte el trono de los francos con su hermano Carlomán desde el 7G8. Después de la muerte de éste, en el año 771, queda como único soberano. Muere en el 814. Céle¬ bre: i.°) Por sus guerras: contra los lombar¬ dos, a los cuales arranca la corona de Italia (774); contra los ávaros, cuyo ring destruyen sus tropas (795); contra los sajones, a los que somete después de feroces campañas y cris¬ tianiza después (774-799); contra los bávaros, que se anexiona (788); contra los hispanos musulmanes y cristianos, a los que conquista la Marca Hispánica, pero que infligen a las tropas de Roldán la derrota de Roncesvalles (778, il. yi). 2. 0 ) Por el Imperio restau¬ rado en su provecho (800) por el papa León III, que le corona en Roma. Sin embar¬ go, Carlomagno se tiene ante todo por rey de los francos, con los que confunde a la Cris¬ tiandad occidental, y busca solamente obtener del emperador de Constan tinopla su reconoci¬ miento como igual. 3. 0 ) Por su legislación (ca¬ pitulares, págs. 80 y 81) y su política cultural (Renacimiento carolingio), que dan al Occi¬ dente un barniz superficial ilusorio. Durante toda la Edad Media está considerado como un héroe legendario. (Véase il. 15, mapa 5, pᬠgina 77, y págs. 70-72 y 77-80.) Evangeliario de — (il. 40). CARLOS DE ANJOU. Hermano de San Luis (1226-1285), conde de Anjou, del Maine y de Provenza, conquista el reino de las Dos Sicilias a partir de 1264, pero pierde Sicilia en provecho de los aragoneses después de las «Vísperas sicilianas» (1282) (págs. 588 y 590). CARLOS MARTEL. Llegado a mayordomo del palacio de Austra- sia en el año 717 (su padre Pipino II había muerto en el 714), extendió su autoridad sobre la Neustria, la Borgoña y la Aquitania. Re¬ chazó la incursión del 732 en la Galia de los árabes (batalla llamada de Poitiers, pág. 53). Más todavía que el predominio de su familia (los Pipínidos, que iban a convertirse, con su nieto carlomagno, en los Carolingios), asegu- 631 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL ró el predominio de la aristocracia militar, a la que concedió grandes dominios confiscados a la Iglesia y a los que reunió en las asam¬ bleas de los Campos de Marte. Preparó la feu- dalidad institucionalizando el beneficio ecle¬ siástico bajo el nombre de «precario» (precaria verbo regis). En la Edad Media fue considera¬ do como un héroe feudal con fuerza legendaria (de ahí su sobrenombre) y, en Francia, un héroe nacional. CASA. (Véase págs. 485 y 486.) CASIODORO. Uno de los «fundadores» de la Edad Media (págs. 181 y 182), nacido hacia el 490, muerto en el 580. Procedente de una gran familia de Italia del Sur, Casiodoro desempeyó primera¬ mente un papel político de primer orden en la Italia ostrogoda, como mediador entre el mundo romano-bizantino y la sociedad bárba¬ ra. La reconquista de Italia por Justiniano ( 539 ) pone fin a su brillante carrera. Casiodoro se retiró entonces al monasterio de Vivarium, en Calabria, desde donde preparó la educa¬ ción intelectual de los pueblos nuevos, hacien¬ do traducir obras griegas y copiar obras lati¬ nas. Heredero de la cultura antigua, a la que contribuyó a salvar, será la fuente principal de los polígrafos de la Edad Media. No obs¬ tante, su mayor originalidad consiste en haber sido el primero en preconizar el valor santi ficante del trabajo intelectual y en haber pro¬ puesto a los monjes un nuevo campo de ac¬ ción: el estudio, finalidad del trabajo, medio de perfeccionamiento y de influencia (pág. 165). Su ejemplo fue ampliamente seguido y, du¬ rante toda la Alta Edad Media, las bibliotecas de los conventos constituyeron los asilos de la ciencia y de la cultura. Su Historia de los Godos, perdida, ha sido utilizada por Jorda¬ nes. Su principal obra, las lnstitutiones divi¬ narían et sacularium litterarum, ha tenido una gran importancia histórica, sobre todo en su segunda parte, que es una verdadera enci¬ clopedia de las ciencias profanas para uso de los monjes. (Véase il. 33.) CASTILLO. Durante los siglos ix y x, el poder público es prácticamente inexistente. Los principados, apenas formados, se disgregaron en condados independientes. En el siglo xi, el condado mismo se diluye y la «castellanía» pasa a ser la unidad administrativa, a favor de una frag¬ mentación extrema de toda autoridad pública. En torno al castillo nacen, a partir del siglo x, las nuevas instituciones feudales (pág. 138). El castillo es, en primer término, un lugar fortificado, una fortaleza. En su origen, está construido en madera. Sus principales elemen¬ tos son una empalizada y una torre, integrada por dos pisos, una cava o subterráneo y una gran sala, a la que se accede por una escalera. 30. UN CASTILLO ROQUERO O FUERTE MEDIEVAL (Según la reconstrucción ideal de Viollet-le-Duc) 622 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES 51. PLANO DEL « DONJON » Y DEL CASTILLO DE LOCHES LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Patio!;';- I exterior.'. \\ ■ m\ Torre de la capilla P:': •;/ Barbacana®®.V- y Molino' N. 53. PLANO DEL CASTILLO DE BEAUMARIS (ANGLESEY) Hacia 1295-1330. (Según R. Alien Brown) Se construye sobre una elevación, la mota. El castillo se convierte en la base visible y con¬ creta de los poderes del castellano, cuyo estan¬ darte flota en la torre del homenaje (véase ils. 203 y 205). El castillo se transforma rápi¬ damente en centro de dominación social y eco¬ nómica. A partir del siglo xi, caballeros y cas¬ tellanos tienden a formar una casta, cuyo gé¬ nero de vida se refina, mientras que la cons¬ trucción de los castillos y su arreglo interior mejoran poco a poco. El castillo es el centro de una sociedad particular, la sociedad cas¬ trense, y de una civilización militar y artís¬ tica. (Véase ils. 1, 206; págs. 419, 420, 486 y 487 y BIBL. CASTILLOS.) CATAROS. (Véase pág. 133; herejías y bibl. herejías.) CELESTINO V (San). Pietro de Morrone, ermitaño calabrés, funda hacia 1360 la orden de los Celestinos. Después de una vacancia de la Santa Sede de más de dos años, fue elegido papa en 1394. Favorable a los espirituales (pág. 131), suscitó un gran entusiasmo popular e hizo nacer la esperanza de una revolución en la Iglesia y de un retor¬ no a la pobreza evangélica. Obligado a abdi¬ car al cabo de seis meses («El que hizo la gran negativa», Dante), fue encerrado y murió en 1296, en circunstancias bastante oscuras, que hicieron recaer sospechas sobre su sucesor, Bo¬ nifacio VIII. Bajo presión de Felipe el Hermo¬ so, Clemente V lo canonizó en 1313 (pág. 134). (Cf. A. Frugoni, Celestiana, 1954.) CESAREO DE ARLES (San). Monje de Lérins, después arzobispo de Arles (hacia 470-542), uno de los organizadores del catolicismo en el campo de la disciplina ecle¬ siástica (cánones conciliares sometiendo el bajo clero a los obispos), de la moral (cánones y sermones), del dogma (agustinismo moderado sobre el libre arbitrio y la gracia, adoptado por el Concilio de Orange, 529) y la organi¬ zación monástica (regula ad virgines, regla de las monjas) (págs. 67, 165 y 178 e il. 14). CID. Rodrigo Díaz de Vivar, caballero español (ha¬ cia 1043-1099), llamado el Cid Campeador, el Señor (árabe Sid) de las batallas, se distinguió 54. PLANO DEL CASTEL DEL MONTE (APULIA ) 624 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES en las confusas luchas de los cristianos contra los árabes, pero, sobre todo, se convirtió des¬ pués de su muerte en el héroe de un célebre cantar de gesta, el Cantar de mío Cid. Es el más antiguo testimonio de la poesía épica es¬ pañola. El Cid aparece en él como el héroe de la Reconquista española, el símbolo de la nobleza cristiana y española, leal hacia su rey, orgulloso y generoso (pág. 104). CIEGOS. Atormentan al mundo medieval. El bajo nivel fisiológico e higiénico los multiplica. Viven errantes por los caminos. Se les teme y se les admira a la vez. Su ceguera es con frecuencia tomada en sentido figurado. Tristán e Isolda, después de haber bebido el filtro, «se buscan como ciegos que andan palpando el uno hacia el otro, desgraciados cuando languidecían se¬ parados, más desgraciados todavía cuando, reu¬ nidos, temblaban ante el horror de la prime¬ ra confesión» (págs. 189 y 330 e il. 59). CIMABUE. Pintor florentino (hacia 1240-1302). Formado primeramente en la decoración del Baptiste¬ rio, después en Roma, con Cavallini, Cimabue da la medida de su talento en Asís (Crucifi¬ xión de la basílica, retrato de San Francisco en Santa María de los Ángeles), en Florencia (Crucifijo de Santa Croce, lám. col. VIII, Vir¬ gen de La Santa Trinitá, en los Uffici) y en Pisa (mosaico de San Juan en el ábside de la catedral). Su inspiración es aún bizantina, pero su estilo, patético y controlado a la vez, anun¬ cia una evolución capital en la pintura occi¬ dental. Dante lo ha designado como el pintor más célebre antes de ciorro (pág. 589). CITEAUX. (Véase órdenes monásticas, mapa 22, pág. 126, Y Pág- 123.) (Cf. J. B. Mahn, L’ordre cistercien et son gou- vernement jusqu’au milieu de XIII o siécle, 1946; L. J. Lekai, Les rnoines blancs, 1957.) CIUDADES. En la Alta Edad Media, las ciudades quedan reducidas a una función militar, administrati¬ va y religiosa. La ciudad es un recinto forti¬ ficado, por regla general muy reducido, resi¬ dencia de un conde o de un obispo. A partir del siglo xi, la renovación del comercio reani¬ ma su función económica. Un nuevo barrio mercader, el burgo, surge al lado del antiguo castrum señorial. Pronto los nuevos habitantes se sacuden la tutela del antiguo señor, obtie¬ nen franquicias o una «carta» (Huy, 1066) que concede a los habitantes la libertad y el derecho a gobernarse por sí mismos, mediante una indemnización al señor (págs. 150 y 151). El progreso de las ciudades favorece el del poder real y la liberación de los campesinos, atraídos por los talleres urbanos. Pero su cre¬ cimiento es desordenado. La estrechez de las calles, la acumulación de las casas y la falta de agua determinan numerosas epidemias (peste negra de 1348). La construcción en ma¬ dera multiplica los incendios (Ruán arde seis veces entre 1200 y 1223). Las desigualdades so¬ ciales determinan graves perturbaciones desde la segunda mitad del siglo xm (lucha del co¬ mún contra el patriciado, en Francia; del po- polo minuto contra el popolo grasso en Flo¬ rencia). Las ciudades ayudaron a liberar a los campesinos de las proximidades de las servi¬ dumbres señoriales, pero explotaron en tanto grado como apoyaron las campiñas situadas en su zona de atracción. Con frecuencia han conseguido convertirse en el centro de una región económica y política (por ejemplo, Franc de Brujas, contado de las ciudades ita¬ lianas, banlieus), pero los estados urbanos me¬ dievales no representaban la fórmula del por¬ venir. Pronto se formó un espíritu urbano, imbuido de su superioridad y hostil frente al campo, mientras que los medios tradiciona¬ les (a ejemplo del benedictino Ruperto de Deutz y del cisterciense san bernardo en el siglo xii) veían en la ciudad un hogar de vi¬ cio, de innovaciones peligrosas y de perdición («babilonia»). Las ciudades han sido los prin¬ cipales centros del progreso económico, artís¬ tico e intelectual (universidades). (Véase ils. 5, 4, 7, págs. m y sigs., págs. 395 y sigs. Atlas, mapa VIII, pág. 52 4, y planos 5 y 6, pág. 83; 7, pág. 83; iy y iS, pág. 116; 19 y 20, pági¬ na ny.) (bibl. ciudades y burgueses. Véase P. Lavedan: Représentation des villes dans l’art du Moyen Age, 1954.) CLERO. El primer orden de la sociedad medieval (il. 113 y págs. 349 y sigs.). Está dominado por un alto clero secular y por un clero monástico, que se recluta en su mayoría entre la clase ca¬ balleresca. Lucha, no obstante, en tanto que clase de los clérigos, contra la clase de los mi¬ litares (il. 116). Se individualiza mejor des- 625 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL 55. LA ABADIA DE CLUNY EN 11 57 (Según la reconstrucción de K. J. Conant) pués de la «reforma gregoriana» (pág. 369). (Véase Gregorio vii.) CLODOVEO. Nacido hacia el 466, muerto en el 511, rey de los francos salios, sucedió a su padre childe- rico 1 en el 481, en un momento en que el centro principal de los francos salios se halla¬ ba en Tournai. En el 486, bate al general ro¬ mano Syagrius y se instala en Soissons. En el 506, probablemente, triunfa de los alama- nes y, en el 507, de los visigodos en Vouillé. Se apodera asi de casi toda la Galia, con ex¬ cepción de la Provenza, región que Teodorico le impide conquistar. Se convierte en único rey de los francos, haciendo asesinar a los pequeños soberanos francos establecidos en Cambrai, Colonia y otros lugares. Su golpe maestro consiste en su conversión al catolicis¬ mo (había ya mostrado en el 486 su deferen¬ cia hacia el clero cristiano, en ocasión del epi¬ sodio publicitario del vaso de Soissons). De esta manera, consigue aparecer como el cam¬ peón de la ortodoxia frente a los soberanos bárbaros arríanos. (Véase il. 12, Atlas, mapa II, pág- 503, y pág. 51.) (Cf. G. Tessier, Le baptéme de Clovis, 1964.) CLUNY. La orden. El abad reformador Bernon obtu¬ vo en 910 de Guillermo el Piadoso, conde de Auvernia y duque de Aquitania, la villa de 626 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES 56. SECCIÓN TRANSVERSAL DE LA IGLESIA DE CLUNY III (Según K. J. Conant) Cluny, en el condado de Mácon, para fundar en ella un monasterio en el que pensaba res¬ taurar en su pureza primitiva la regla bene¬ dictina, como ya había hecho en Gigny y en Baume-les-Messieurs. Su sucesor San Odón (926-942) fue el «segundo fundador» de Cluny al obtener del papa que fuese una cabeza de orden y que dependiese directamente de la Santa Sede. Las fundaciones cluniacenses se multiplicaron pronto y el poder de la orden fue excepcional. Bajo la dirección de grandes abades (San Maieul, 954-994; San Odilón, 994-1049; San Hugo, 1049-1109; pedro el ve¬ nerable, 1122-1156), protegida por los papas (urbano II, 1088-1099, f ue monje de Cluny y Calixto II fue elegido en 1119 en Cluny, en donde acababa de morir Gelasio II) y por nu¬ merosos grandes señores, a los que su recluta¬ miento aristocrático unía con frecuencia por lazos familiares, dotada de dominios, de sier¬ vos y de riquezas enormes, la orden cluniacense fue, particularmente entre 1049 y 1156, una de las principales potencias de la Cristiandad. Admirada por algunos hasta la hipérbole (Pe¬ dro Damián veía en ella una «asamblea angé¬ lica» y comparaba a Cluny con el Paraíso, «del que se escapaban las fuentes de los cua¬ tro Evangelios, para distribuirse en seguida en tantos arroyos como virtudes espirituales hay»), Cluny era vivamente atacada por otros. El obispo de Laón, adalberón, a comienzos del siglo xi representaba a Cluny en un poema 48 627 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL satírico como un jefe de ejército que trans¬ formaba los monjes en soldados y los lanzaba al asalto del reino de Francia y del mundo. san bernardo, en nombre del espíritu cister- ciense, sostuvo con Pedro el Venerable una vehemente polémica. La importancia de Cluny en la historia del arte es innegable. Imponien¬ do el modelo de la casa-madre, organizando los caminos de peregrinación a Santiago de Compostela, llenándolos de iglesias, Cluny fue una de las fuerzas que propagó el arte romᬠnico. «En la historia del arte románico, los abades de Cluny se levantan en primer plano, no como los inventores de una morfología y de un estilo cuyas raíces son más profundas, claro está, pero sí como organizadores» (H. Fo- cillon). (Véase mapa 21, pág. 124.) La iglesia abacial. La iglesia-modelo de Cluny (que, por otro lado, ni es el único prototipo de iglesia románica, ni siquiera el único mo¬ delo de iglesia románica borgoñesa, ya que vézelay, por ejemplo, desempeñó un papel casi tan importante) es la iglesia empezada por el abad Hugo en 1088. Fue llamada Cluny III, ya que reemplazó a una iglesia pri¬ mitiva (Cluny I) y a una segunda iglesia (Cluny II), elevada del 955 al 991 y enrique¬ cida por San Odilón. Cluny II había sido uno de los más antiguos ejemplos del plano llamado benedictino, con coro muy desarro¬ llado y absidiolas decrecientes. Cluny III era, en primer lugar, una iglesia colosal, de 181 metros de longitud, con cinco naves y do¬ ble crucero. La cronología de la construcción de las tres iglesias cluniacenses comienza a ser bastante segura gracias a los trabajos de Ken- neth Conant (Cluny III fue consagrado por Urbano II en 1095; terminada al comienzo del siglo XIII, la bóveda de la nave se hundió en 1125, fue reconstruida y la iglesia con¬ sagrada una segunda vez por Inocencio II en 1131; un nártex fue añadido más tarde y terminado en el siglo xm). La de su escultu¬ ra, en cambio, sigue siendo objeto de múlti¬ ples controversias. Según Kingsley Porter, los capiteles del coro (los únicos de los que que¬ dan algunos ejemplares: los célebres «tonos de la música», conservados en el museo de la abadía y testimonios de la importancia de la música en la liturgia y la espiritualidad clu¬ niacenses) son anteriores a 1095. Otros auto¬ res, como Henri Focillon, piensan que, de ser eso cierto, «el arte románico se habría inicia¬ do en Borgoña ya en su decadencia», pues esas esculturas no son sino «trozos tratados por el trozo» y no derivan del espíritu románico. Cluny III había ostentado igualmente una de¬ coración pintada muy importante, entre otras cosas un colosal Cristo en majestad en el áb¬ side. Al revés de Citeaux, para Cluny «cuan¬ do se trataba de glorificar a Dios, ningún es¬ plendor podría parecer excesivo» (G. de Va- lous). La abadía de Cluny, vendida en 1798 a un comerciante de Macón, fue destruida de 1809 a 1823. No queda de ella más que el brazo meridional del gran crucero, coronado por el campanario octogonal del agua ben¬ dita, por la torre del reloj y por un trozo de absidiola. (Véase il. 25 y plano 30, pág. 137.) (Cf. G. de Valous, Le monachisme clunisien des origines au XV” siécle, 1935.) CNUT EL GRANDE. Nacido hacia 1095, hijo de Sweyn Forkbeard, rey de Dinamarca. Fundador de un gran Im¬ perio danés, que comprendía Inglaterra (1016), Dinamarca (1018), una parte de Noruega (1028) y las costas meridionales del Báltico. Vino a Roma en peregrinación (1026) y asistió al co¬ ronamiento de Conrado II (1027). Su Imperio no sobrevivió a su muerte (1035) (págs. 81 y 362). COCAÑA. País de sueño [nuestra Jauja], nacido del folk¬ lore, en el que el mundo medieval ensaya mí¬ ticamente calmar su apetito en un contexto de hambre siempre amenazante. Se habla de ella en dos obras literarias del siglo xm. Re¬ presentada por Breughel, en enlace directo con la estructura social (il. 61). COFRADIAS. (Véase corporaciones.) COLOMBANO (San). Ermitaño irlandés. Nacido en el año 543 y educado en el monasterio de Bangor, pasó al continente como misionero hacia el 585. Fun¬ dador del monasterio de Luxeuil, se hizo in¬ soportable en la Galia por su hostilidad al calendario romano (fijación de la fecha de Pascua), su ascetismo a ultranza y su bruta¬ lidad frente a los obispos y los grandes. Obli¬ gado a dejar Luxeuil en el 610, predicó en Suiza con sus compañeros, entre ellos San Gall (véase san gall), y después en Italia del Nor- 628 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES te, en donde fundó el monasterio de Bobbio. Allí murió en el año 615 (pág. 180). COLONIA. Una de las ciudades más importantes del Oc¬ cidente medieval. Centro comercial, político, eclesiástico, artístico (págs. 114, 397, 401 y 402, plano 77, pág. 116, ils. 201 y 23S). COMERCIO. Papel de las ciudades en el — (págs. 120 y siguientes. Atlas, mapas III, pág. 507, y VIII, pág. 524). CONQUES. La iglesia de Sainte-Foy de Conques depen¬ día de una abadía benedictina fundada en el siglo viii. A partir del siglo ix, combina la atracción de una peregrinación a las reliquias célebres de Santa Foy, martirizada en Agen en el siglo iv, que fueron trasladadas a ella, y una estación situada sobre uno de los prin¬ cipales caminos hacia santiago de compostela, la ruta auvernesa, que desde el Puy, por Con¬ ques y moissac, ganaba toulouse. Cuando se vio que la iglesia construida en la segunda mi¬ tad del siglo x resultaba demasiado pequeña ante la afluencia de peregrinos, el abad Odol- rico (1039-1065) hizo comenzar la iglesia actual. Terminada en el siglo xn, es, sin embargo, una de las obras maestras más representativas del siglo xi y una de las primeras grandes realizaciones de la arquitectura románica. El sabor auvernés se encuentra en Conques en la severa piedra volcánica y la originalidad del tímpano, dividido por dinteles en albarda, cu¬ biertos de inscripciones. Dicho tímpano del siglo xii, consagrado al Juicio Final, es tam¬ bién una de las obras maestras de la escultura románica, lo mismo que el tesoro, parcial¬ mente conservado, ha sido y es todavía uno de los más ricos de la Edad Media, gracias especialmente a la célebre estatua-relicario de Santa Foy (siglo x), en oro y piedras precio¬ sas, obra maestra bárbara, cuya adoración por los peregrinos producía la indignación de dos estudiantes de Chartres a comienzos del si¬ glo xi (ils. 112, 247, 246). CONSTANTINOPLA. (Véase bizancio.) CONSTRUCCIÓN. La gran industria de la Edad Media, a partir de la utilización de la piedra para las iglesias y castillos (finales del siglo x, págs. 95 y g6). Determina los progresos de la extracción de las primeras materias, de las herramientas, de las técnicas de transporte y de construcción (ils. roo y 101). Plantea problemas de mano de obra y de financiación (il. tjy). Las máquinas (pág. 281). Los materiales (págs. «8a y 283 y sigs.). Los arquitectos, ios albañiles (págs. 300 y 301). Las casas, las ciudades, los castillos (pág. 485). CONVERSIÓN. Esperada y temida, a la vez, porque si aumen¬ ta la familia cristiana disminuyen las proba¬ bilidades de salvación de cada uno (la pro¬ porción de los elegidos está establecida por Dios en una cantidad fija). Al principio, bus¬ cada sobre todo por la fuerza (compelle in- trare), ve al fin triunfar la tendencia persua¬ siva (misioneros), salvo ante los heréticos, con respecto a los cuales la predicación deja paso a la Inquisición (págs. 211, 212 y 214). CORPORACIONES. Asociaciones de mercaderes y artesanos de una ciudad, que reglamentan por medio de esta¬ tutos los detalles del oficio: horarios de tra¬ bajo, calidad de los productos, represión de los fraudes... Cártels que tienen por objeto la eliminación de la competencia en el interior de la ciudad y el mantenimiento del monopo¬ lio de una minoría de maestros sobre el mer¬ cada urbano. Las corporaciones se duplicaban con frecuencia en cofradías religiosas, encar¬ gadas de subvenir a los gastos de sus miem¬ bros necesitados en caso de enfermedad o de¬ función. Dichas cofradías estaban puestas bajo la protección del santo patrón de la corpora¬ ción. El preboste de París, Etienne Boileau, reglamentó al final del reinado de San Luis las corporaciones de París en el Lime des Mé¬ ritos. Redactado entre 1260 y 1270, contiene los estatutos de las corporaciones parisienses para mejor vigilar su aplicación. Las vidrie¬ ras ofrecidas por los oficios a la catedral de Chartres son un excelente documento sobre la vida de las corporaciones. (Véase págs. 119 y 393. il ■ I02 -) (bibl. corporaciones, artesanos, obreros.) CORTESÍA. Comportamiento e ideal que se desarrollan en las cortes feudales a partir del final del si¬ glo xi. Place irrupción en la literatura. En- 629 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL cuentra su principal expresión en una actitud nueva en relación a la mujer y en la transfor¬ mación del concepto del amor (il. 169, pági¬ nas 472 y 473). (bibl. historia literaria: R. R. Bezzola y SENSIBILIDADES Y MENTALIDADES: R. Nelli.) CORVEA. (Página 314.) COSMOGRAFÍA. Mezcla de conocimientos antiguos y de inter¬ pretaciones bíblicas. Informada sobre todo por el simbolismo y los mitos circulares orientales (il- 4 S y págs. >92 y ‘93)- (BIBL. SENSIBILIDADES Y MENTALIDADES: J. Bal- trusaitis.) CREACIÓN. La obra de Dios (pág. 220). Comienzo de la historia humana. Objeto de numerosos comen¬ tarios ( Hexaemeron, pág. 238: los seis días de la Creación según el comienzo del Génesis). Modelo del trabajo, que ha de ser esencial¬ mente «creador». CRISTIANDAD. Define, por medio de la religión, al mundo occidental medieval. Hubiera debido ser, se¬ gún los esfuerzos de ciertos emperadores y so¬ bre todo de ciertos papas (silvestre ii, Gre¬ gorio VII, INOCENCIO III, BONIFACIO VIIl), el cuadro único y edificante del Occidente. Se quedó en un ideal, que no ha existido nunca a causa de la fragmentación de los Estados, de la diversidad y del antagonismo de los inte¬ reses nacionales y de la lucha de clases. Formación de la — (véase capítulo III, pági¬ nas 95 y sigs.). La — en crisis (véase capítulo IV, págs. 153 y sigs.). CRISTO. Segunda persona de la Trinidad, que pasa a primer plano a partir del siglo xi, con una tendencia cada vez mayor a ser más el Cristo sufriente (il. 80) que el Cristo triunfante (ils. 81 y 82). No obstante, sigue siendo el Dios salvador (ils. 84 y 90). En su Encarnación, constituye el centro de la historia de la hu¬ manidad, en torno del cual la evolución his¬ tórica se ordena en un «antes» y un «después» (págs. 219 y sigs.). Más antigua representación conocida en Di¬ namarca (il. 12). Representación del Cristo (il. 162). El crucifijo de cimabeu (lám. col. VIII). CRUZ. Símbolo primero del triunfo, se hace después sinónimo de sufrimiento. Signo distintivo de los cristianos. Emblema de la Cruzada. Objeto de una devoción cada vez más afirmada a par¬ tir de la época carolingia (rabán maur). Se afirma en el gran tema iconográfico de la Cru¬ cifixión (il. 80). Rechazada por numerosos he¬ réticos como objeto de un culto vergonzoso (págs. 219, 220, 223 y 224). (Cf. A. Frolow, La relique de la Vraie Croix, 1961.) CRUZADA. Ideal del «paso» —de la reconquista de la Je- rusalén terrestre, imagen de la Jerusalén ce¬ lestial—, encarnado en una serie de empresas, desde finales del siglo xi hasta el siglo xm, en los que se mezclan el ideal religioso, el aumento demográfico y el deseo de pillaje. Han dejado un balance casi totalmente nega¬ tivo para el Occidente. Consideradas por mu¬ chos ya en el siglo xiii como una quimera nefasta (véase joinville, rutebeuf), ha crista¬ lizado numerosas aspiraciones de la mentali¬ dad colectiva (págs. 105-111, mapas 19 y 14, págs. ioy y 109 y Atlas, mapa III, pág. yoy). (bibl. cruzadas y R. Alphandéry y A. Du- pront. La Chrétienté et l’idée de croisade, i954-‘959-) CUERPO. «Abominable vestido del alma» (Gregorio magno). Asiento de los vicios y del mal. Se libera progresivamente y ocupa su lugar de¬ bido en el siglo xm en la medicina (anato¬ mía), la higiene (baños), el arte (desnudo). Se ha impuesto siempre, en lo que respecta a la clase feudal, como instrumento de la fuerza física (págs. 480 y sigs.). CH «CHANSON DE ROLAND». cantar de gesta escrito por un clérigo desco¬ nocido, a finales del siglo xi. Se refiere a las aventuras hispánicas de Carlomagno (pág. 71), 630 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES cuya retaguardia, mandada por el marqués Roldan o Roland, fue desbaratada por los vascos en el año 778. Por su grandiosa simpli¬ cidad y por la excelente pintura que hace del alma caballeresca, la Chanson de Roland aparece como la epopeya más perfecta de la Edad Media. Sin embargo, se presta todavía a muchas interpretaciones. Si bien nadie piensa ya que Turold ha firmado el más bello y pro¬ bablemente más antiguo texto (hacia 1170), conservado en la biblioteca Bodleiana de Ox¬ ford (Manuscrito Digby 23), se discute, en cambio, en qué medida ha modificado un original francés que se remonta probablemen¬ te a la segunda mitad del siglo xi. Se disputa, igualmente, si se trata de una obra colectiva o individual y qué intermediarios han podido transformar el hecho diverso de 778 en la ges¬ ta, posterior a ella en tres siglos. Por último, ¿hay que ver en Roldán un caballero cristia¬ no, preocupado en primer lugar de la defen¬ sa de la fe y de su salvación, o un señor feudal, preocupado ante todo por su honor, el de su linaje (pág. 386) y el de su señor? Roldán es más un héroe militar que un santo y su gesta parece sobre todo ligada a la pro¬ paganda en favor de la Reconquista española, en el momento en que, a mediados del si¬ glo xii, se transforma en Guerra Santa y pre¬ figura la Cruzada. (muí., historia literaria: P. Le Gentil, R. Menéndez Pidal.) CHARTRES. La más completa y la mejor conservada de las catedrales góticas. La reconstrucción co¬ mienza en 1134, sobre la cripta de los si¬ glos ix, x y xi. El Pórtico Real de la catedral románica, erigido por fulberto al comienzo del siglo xi, es acabado en 1160 y se salva del incendio de 1194, que obliga a reconstruir el conjunto, terminado, en sus partes esenciales, en 1220. El siglo xm añade los frontispicios y los pórticos del crucero (1200-1260), el xiv la sala capitular y la capilla de Saint-Piat (1313- 1358), el xvi la flecha de la torre norte y el cierre del coro, rematado en 1727. De las dos flechas, una es románica y la otra gótica flo¬ rida. Se habían previsto otras seis para las torres laterales inacabadas. El triple pórtico de la fachada occidental, el Pórtico Real, es románico. En el centro, el Cristo triunfante, rodeado de los símbolos de los evangelistas. El pórtico sur y el pórtico norte están consa¬ grados, respectivamente, a la Natividad y a la Ascensión. La inspiración románica se tra¬ duce aquí por estatuas-columnas, alargadas y hieráticas, y por la representación de las artes liberales, probablemente sugeridas por la en¬ señanza de la célebre escuela chartrense del siglo xii. Muy diferentes son los frontispicios y los pórticos laterales, donde el realismo gótico se ha impuesto de manera progre¬ siva y donde se observan especialmente las representaciones de la vida acLiva y de la vida contemplativa. El interior, de 130 me¬ tros de longitud y 36 de altura, es, por el contrario, extremadamente homogéneo. La im¬ portancia de los juegos de luz es excepcio¬ nal en Chartres, donde las vidrieras ofreci¬ das por grandes personajes (tales como Blanca de Castilla y San Luis) y, sobre todo, por las corporaciones, que hacen representar en ellas escenas de su actividad profesional, ofrecen el más rico despliegue de colores y de géneros de todo el arte gótico (plano 41, pág. 6oy). Escultura de la puerta derecha del Pórtico Real (il. 152). Fulberto (il. 163). CHILDERICO I. Soberano bárbaro, jefe de los francos salios, muerto hacia 481-482 (il. 19). CIIRÉTIEN DE TROYES. Escritor champañés tic la segunda mitad del siglo xii, fue uno de los fundadores de la novela medieval, narración de aventuras gue¬ rreras y amorosas. Escribiendo entre 1160 y 1185, aproximadamente, para un pública aristocrático y refinado, se inspira en las le¬ yendas bretonas, con sus mágicas maravillas, y en la poesía lírica provenzal, con su casuís¬ tica amorosa. Todas sus novelas se refieren al ciclo arturiano: Ere et Enide (hacia 1165-1170), Cligés (hacia 1170-1171, pág. 239), Lancelot ou La Charrette (hacia 1172-1173), Yvain ou le Chevalier au Liort (hacia 1175), Perceval ou le Conte du Graal (entre 1174 y 1185). No obstante, el lugar concedido al culto de la Dama, para satisfacer los caprichos de la cual el caballero realiza innumerables proezas, hace de su obra la ilustración más acabada de los temas corteses, y su celebridad le valió ser traducido, adaptado e imitado en alemán, en inglés y en galés. La palabra aventura, que antes de él significaba acontecimiento fortui¬ to, golpe de suerte, pasa a ser en él prueba 631 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL que valoriza el sentimiento heroico de la vida (Bezzola). (Cf. F. E. Guyer, Chrétien de Trojes, Inven¬ tor of the Modern Novel, 1957; bibl. historia literaria: J. Frappier.) D DANTE. El más glande poeta de la Edad Media, na¬ cido en 1265, muerto en 1321. Procedente de una familia florentina notable, se vio mezclado pronto en actividades políticas y se distinguió como partidario de la autonomía del poder temporal frente al espiritual (De monarchia) y de la independencia de Florencia frente al papado (gibelinos). Eliminado del poder en 1301, fue condenado a destierro perpetuo. Su vida no fue desde entonces más que un largo errar a través de Italia, hasta su muerte, acae¬ cida en Rávena. El gran acontecimiento de su vida fue su encuentro con Beatriz, a la que conoció en la adolescencia, pero que murió pronto y que se convirtió para él en el ideal de la mujer amada, inspirándole la Vita nuova (hacia 1293). Su obra esencial es la Divina Comedia, vasto poema en tres partes, que pre¬ sentan alegóricamente el itinerario del alma, desde las torturas del Infierno al Purgatorio y a las cumbres del Paraíso. En esa marcha, el poeta es conducido sucesivamente por Virgilio, símbolo de la cultura antigua de la que Dante estaba nutrido, y por Beatriz, símbolo de la Revelación cristiana. La Commedia (llamada divina en el siglo xvi) es una sublime «summa» poética del saber y de la mentalidad medie¬ vales, pero se halla totalmente volcada hacia el pasado. Es un grandioso monumento «reac¬ cionario». En el De monarchia, escrito en latín, expresa su ideal político de una Cris¬ tiandad unida bajo la dirección del Imperio (pág. 131), sueño muerto ya en esta época, pese a que la venida a Italia (1310-1313) de Enrique VII suscita en Dante vanas esperan¬ zas. En el Convivio (Banquete), inacabado, Dante intentó componer una enciclopedia a la manera del Tesoro de su maestro Brunetto Latino. El Le vulgari eloquentia es una ten¬ tativa para crear una lengua italiana literaria. DERECHO. Concepción sabia de la justicia, que no renace hasta el siglo xil, con el Derecho canónico (Decreto de Graciano) y la renovación del De¬ recho romano, consagrado por las facultades de decretos que poseían las Universidades del siglo xiii. (Véase págs. 375 y sigs. y bibl. de¬ recho E IDEAS POLÍTICAS.) DIABLO. El mal compañero de todos los instantes. Ten¬ tador y seductor. Poderoso por sus engaños. «El viejo enemigo del género humano.» (Pᬠginas 224 y sigs.) La boga del — en la literatura medieval a partir del siglo xi (pág. 358). El — y la iconografía (ver ils. 74, 7Ó a 79 y reverso de la cubierta). DIALÉCTICA. Arte del trivium (véase artes liberales), que toma con la escolástica una importancia de primer orden (véase escolástica) . Adquiere su mayor importancia en París, a partir de abe- lardo (pág. 442). DIOS. Más fácilmente visto como Padre o Hijo con¬ creto que como Trinidad. El que «no miente jamás» (pág. 479). Reside en el cielo. Conce¬ bido por la sociedad feudal como soberano supremo (véase Anselmo, San), cabeza de la jerarquía celeste (págs. 217 y sigs. y lámina color VI). DOMINGO (Santo). Domingo de Guzmán, nacido hacia 1170 en, Caleruega, Castilla la Vieja, de una familia de hidalgos, fue canónigo en Osma. Habiendo seguido en 1203 a su obispo en una misión por el extranjero, quedó consternado ante la importancia que había adquirido el catarismo en el sur de Francia y no vio otra solución para la lucha contra la herejía que la predi¬ cación evangélica. En 1207 fundó en Prouille un monasterio para mujeres heréticas conver¬ tidas, pero su predicación y la de sus compañe¬ ros no tuvo otro éxito. Hasta después de la derrota de los albigenses en Muret (1213), no fue acogido en Toulouse, junto con sus compa¬ ñeros, por el obispo Foulques, un antiguo tro¬ vador (1215). Habiendo asistido al IV Conci¬ lio de Letrán, en 1215, aceptó gustosamente la regla que le dio en diciembre de 1216 el papa Honorio II. En 1218-1219 realizó un gran via¬ je a pie desde Roma a Toulouse. Después mar¬ chó a España y, desde allí, a París, Milán y Roma. Presidió en 1220 y 1221 los dos prime- 632 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES 57. ESQUEMA DE UN DOMINIO SEÑORIAL 1. Reserva. — 2. Tenencias (Según Bossuat-Devisse) ros capítulos generales de los hermanos pre¬ dicadores en Bolonia, donde murió en 1221 (págs. 131, 318, 462 y 463). Fundaciones dominicas (véase mapa 3, pᬠgina 73). (Cf. M. H. Vicaire, Histoire de saint Domi- nique, 1957.) DOMINIO. Forma económica de la señoría (pág. 138). Intenta satisfacer todas las necesidades econó¬ micas : cultivo (campos), cultivos especializa¬ dos (viñedo, hasta el punto que el clima lo permite), ganadería (prados), bosques, fuerza hidráulica (río), piscicultura (ríos y estanques) (pág. 119). Dividido en una parte cultivada directamente por el señor, sobre todo gracias a las corveas de los campesinos (reserva), y otra distribuida entre los campesinos (mansos, tenencias). Según la coyuntura económica y social, la proporción entre reserva y tenencias varía. DUALISMO. Forma fundamental de la lucha (duelo), que se encuentra también en la vida moral y espi¬ ritual (véase maniqueísmo) (págs. 459 y 460). DUNS SCOTO. El escocés Duns Scoto, nacido hacia 1266, en¬ tra en los franciscanos de Dumfries en 1281, estudia y enseña en Oxford y en París y, más tarde, en Colonia, donde muere hacia 1308. Su comentario oxoniano de las sentencias. Opus oxonicnsc, es la más conocida de sus obras. Representa la ruptura del equilibrio tomista entre la razón y la fe. Agustiniano, Duns Scoto coloca la voluntad por encima de la razón. Heidegger ha visto en él un antepa¬ sado del existencialismo. Aunque sus sutilida¬ des escolásticas hayan hecho de él un blanco preferido de los humanistas del siglo xvi, que se burlan de los ubarbouillamenta Scoti », anun¬ cia al hombre del Renacimiento al cortar las vías racionales hacia la fe y al permitir al libre arbitrio degenerar en todas las tiranías (págs. 593 y 595). E ECKHART (Maestro). Nacido hacia 1260 en una familia de caballe¬ ros turingios, Eckhart pasa por el noviciado dominico de Erfurt, por el studium de los pre¬ dicadores en Colonia y por la Universidad de París, donde recibe el grado de doctor en 1302. Provincial de Sajonia (1303), vicario general de Bohemia (1307), provincial de Alemania (1310), prior de Estrasburgo (1313), director del studium de Colonia, es perseguido a causa de sus enseñanzas por el Capítulo General de su orden en Venecia (1325) y condenado por el papa inmediatamente después de su muerte (1329). Su misticismo fue explotado por los adeptos de la devotio moderna, begardos y hermanos del libre espíritu, pero, aunque anuncia la piedad y la teología más «directas» de la Baja Edad Media, sigue estando fuerte¬ mente impregnado por la escolástica (pág. 597). (Cf. J. Ancelet-Hustache, Maitre Eckhard et la mystique rhénane, 1956.) EDAD DE ORO. Mito pagano vuelto a utilizar por una parte de la literatura medieval (le román de la rose) : sueño de un retomo a una sociedad anterior al feudalismo sin señores (págs. 263 270-272). EDAD MEDIA. La expresión «Edad Media» aparece por pri¬ mera vez en el siglo xv entre los humanistas 633 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL italianos para designar el período intermedio entre la Antigüedad y los tiempos nuevos del Renacimiento (con la significación de período de regresión bárbara). El primer empleo co¬ nocido del término es el que hizo de él en 1469 Giovanni Andrea, bibliotecario pontificio y hu¬ manista renombrado, que distinguió xa los antiguos de la Edad Media (media tempestas) de los modernos de nuestro tiempo». De todas maneras, la expresión «Edad Media» no pare¬ ce haber sido de uso corriente antes de fina¬ les del siglo xvn. En Alemania, se encuentra por vez primera en el filólogo e historiador Cristóbal Keller (Cellarius), que estableció la división de la historia humana en tres par¬ tes: Antigüedad, Edad Media (media témpo¬ ra) y Tiempos Modernos. Se la vuelve a ha¬ llar en el historiador alemán George Horn, en su Arca de Noé (1666), para quien el médium eevum va desde la gran invasión de los pue¬ blos escíticos, en el año 300, hasta el 1500. La distinción fue consagrada en Francia por Du Cange en su Glossarium de 1678. Pasó a la lengua vulgar en el siglo xviii, como testi¬ fica el título de una obra de De Grace, publi¬ cada en 1789: Tableaux historiques et chrono- logiques de l’histoire ancienne et du Mayen Age. Puesta de moda y en un lugar de ho¬ nor por los románticos, perdió poco a poco en el curso del siglo xix su sentido peyorativo. Victor Cousin es testimonio de ello: «Después de haber blasfemado de la Edad Media —es¬ cribe hacia 1840—, hoy día se ponen a estu diaria con ardor y con pasión.» No obstante, subsisten ciertas prevenciones. Así lo demues¬ tra Renán: «La Edad Media es para los tiem¬ pos modernos lo que la edad heroica era para la Antigüedad.» En la periodización de la his¬ toria, los historiadores occidentales colocan, en general, el fin de la Edad Media en 1453 (toma de Constantinopla por los turcos) o en 1492 (descubrimiento de América). Los his¬ toriadores marxistas lo hacen en el siglo xvn. La fecha de su comienzo es objeto de muchas controversias. ¿Conversión de Constantino? ¿Invasiones bárbaras? ¿Fin del Imperio de Occidente? O, aún, ¿interrupción de las rela¬ ciones marítimas entre el Oriente y el Occi¬ dente después de las conquistas árabes? El marxismo da de la Edad Media una definición original. Para los historiadores soviéticos cons¬ tituye «la fase de desarrollo histórico de la humanidad en el curso de la cual el modo de producción feudal dominó en la mayoría de los países de Asia, de Europa y en un cierto número de países de África. La Edad Media es la época de la aparición, del desarrollo y de la decadencia, a escala mundial, del modo de producción feudal, de las relaciones socia¬ les feudales». (Véase introducción.) (Cf. Biriukovitch y Levitski: Histoire univer- selle, 1957.) EDADES. División de la historia o de la vida humana, que proporcionan cuadros objetivos (infancia, juventud, edad madura, vejez) a una psicolo¬ gía y a una moral individuales y sociales y que conjugan las divisiones por civilizaciones o por clases (págs. 233 y 418). EDUARDO EL CONFESOR. Rey de los anglosajones (1042-1066) (pág. 103). Sus milagros (il. S¡). EDUARDO I. Nacido en 1240, muerto en 1307, hijo de En¬ rique III, subió al trono en 1272. Su obra administrativa y legislativa le ha valido el tí¬ tulo de «Justiniano inglés». Durante su rei¬ nado se instauró el equilibrio entre el poder real y el control parlamentario (Parlamento modelo de 1295). Luchó contra los galeses y fue el primero en dar al heredero de la co¬ rona el título de príncipe de Gales. Guerreó igualmente contra los escoceses y debió de¬ fender sus posesiones continentales contra el desgaste a que trataba de someterlas feupe el hermoso (pág. 143, il. 2 06). EGINHARD. Nacido en Maingau hacia el 770, muerto en la abadía de Selingenstadt en el 840. Biógrafo de carlomagno (Vita Karoli Magni). Estudió en la escuela de Fulda, después en la scola palatii, bajo la dirección de alcuino. Reside en la corte de Carlomagno. Secretario de Luis el Piadoso, preceptor de Lotario. Tipo del intelectual laico de la época carolingia: his¬ toriador y teólogo, letrado y devoto (pág. 381). EMPERADOR. Jefe teórico de la jerarquía laica, igual y ri¬ val del papa (págs. 141, 142, 360 y sigs.). De hecho, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, poco diferente de los reyes en sus verdaderas prerrogativas. Emperador del Fin de los Tiempos, adversario benefactor del An- 634 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES ticristo, que, en una perspectiva milenarista, debe conducir a la humanidad hacia la salva¬ ción y, de momento, hacia una nueva edad de oro. (Véase Federico ii.) Insignias imperiales (pág. 365 c il. 126). ENCARNACIÓN. Acontecimiento máximo de la Historia. En¬ cuentro de Dios y del hombre. Objeto esencial de la reflexión de San Ansel¬ mo en el Cur Deus homo (pág. 235). ENFERMEDAD. Consecuencia y castigo del pecado (págs. 428 y 429). —y Medicina (págs. 328 y sigs.). ENGAÑO. (Véase astucia, mentira.) ENRIQUE I BEAUCLERC. Rey de Inglaterra de noo a 1135. Su sueño en 1130 (pág. 416 e ils. ny-uS). ENRIQUE II PLANTAGENET Nacido en 1133, muerto en 1189. Hijo de Go- dofredo Plantagenet, conde de Anjou, y de Matilde, hija de Enrique I de Inglaterra, rué sucesivamente dueño de la Normandía (1150), del Anjou a la muerte de su padre (1151), del Poitou, de la Guyena y de la Gascuña por su casamiento con Eleonor de Aquitania, divor¬ ciada de Luis VII de Francia (1152), y de la corona de Inglaterra a la muerte del rey Es¬ teban (1154). Restauró y desarrolló el poder real inglés y fue el primer soberano occidental cuya administración y justicia (que gustaba de administrar personalmente) se impusieron en todo su reino (pág. 143). Sin embargo, chocó contra la resistencia de la Iglesia y, sobre lodo, del arzobispo de Cantorbcry TOMÁS becket, cuya muerte (1170) le fue imputada y le va¬ lió un odio tenaz del papado y de la Iglesia, a pesar de la penitencia pública que se im¬ puso sobre la tumba del obispo, considerado como un mártir por la Iglesia. (Cf. J. Boussard, Le gouvernement d’Henri II Plantagenet, 1956.) ENRIQUE EL LEÓN. Nacido en 1129, duque de Sajonia y de Ba- viera, de la familia de los Welf, uno de los jefes de la expansión germánica hacia el Este, por conquista, colonización, desarrollo del co¬ mercio o cristianización, a partir de los obis¬ pados de Mecklcnburgo, Oldenburgo y Rat- zeburgo, que estaban a su discreción. En con¬ flicto con FEDERICO BARBARROJA (pág. 148), Cuya política italiana no quería apoyar y que lo en¬ contraba excesivamente poderoso, fue depues¬ to por el emperador en 1180 y debió exiliarse a Inglaterra. Acabó su vida en el retiro de Brunswick en 1195. Verdadero fundador de LÜBECK (1159). EPIDEMIAS. Frecuentes en una población fisiológicamente deficiente, agrupada en comunidades y aglo¬ meraciones con una higiene primitiva. Engen¬ dran un temor pánico al contagio. Se dividen en epidemias «normales», que no atacan más que a los pobres, y en epidemias excepciona¬ les, signos de la cólera divina, que son sufri¬ das por todas las clases sociales. Igualmente frecuentes y desastrosas para el ganado (epi¬ zootias) (págs. 635 y sigs., lám. col. V). ERMITAÑOS. Numerosos, son modelos y guías espirituales, particularmente durante los períodos de re¬ forma religiosa (siglos xi y xii) (pág. 130). Personajes significativos de los cantares de gesta. Directores de movimientos: san Juan Bautista, San Antonio (págs. 259 y sigs.). Tentación de San Antonio (véase il. 60). (Cf. L’eremitismo in Occidente nei secoli XI- XII, La Mcndola, 1962; J. Leclercq, Sí. Pierre Damien ermite et homme d'Eglise, 1960.) ESCALA. Símbolo del esfuerzo ascendente de la vida espiritual (escala de Jacob, escala de las Vir¬ tudes). (Véase il. iSS, pág. 228.) ESCLAVOS. Legado de la Antigüedad a la Edad Media, desaparecen durante la Alta Edad Media en tanto que factor importante de la vida eco¬ nómica. Subsisten como domésticos, propor¬ cionados esencialmente por el comercio vene¬ ciano y genovés y las capturas sobre los mu¬ sulmanes. (bibl. la sociedad: integraciones y EXCLUSIO¬ NES: C. Verlinden, 1955.) ESCOLASTICA. Método de enseñanza, que se desarrolla en las escuelas urbanas durante el siglo xi y. 635 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL más aún, el xii, después en las universidades, en oposición creciente con los métodos y el espíritu de las escuelas monásticas. Si bien la finalidad es la misma, esto es, encontrar a Dios por medio de la ciencia, la escolástica da pronto a la fides qucerens intellectum del mon¬ je San Anselmo una preponderancia decisiva, concediendo a los procesos «racionales» del pensamiento una importancia cada vez mayor y cada vez más alejada de las vías místicas de la cultura monástica. La misma Teología es¬ colástica se convierte en una ciencia, cuyos monumentos más acabados son las summas de los doctores del siglo xm: Alejandro de Hales, Raimundo de Peñafort, san buenaventura, santo tomás de aquino y otros (el Opus majus de Rogelio bacon es también una summa). Todos esos nombres pertenecen a franciscanos o dominicos, lo que manifiesta que la esco¬ lástica no es ni antimonástica ni antimística en conjunto, sino únicamente en relación a ciertas tradiciones anacrónicas con la Cristian¬ dad en expansión de los siglos xii-xm. Aunque el punto de partida metodológico es el mismo —las siete artes liberales, agrupadas en los dos ciclos del trivium y del quadrivium (Arit¬ mética, Música, Geometría, Astronomía)—, la escolástica ha hecho experimentar a ese pro¬ grama modificaciones capitales. La ciencia cla¬ ve es la dialéctica, ciencia del razonamiento, y las artes del quadrivium se orientan hacia una práctica cada vez más inclinada a la expe¬ rimentación (esto será verdad tan sólo durante un cierto tiempo; pronto la teoría invadirá y fosilizará la ciencia escolástica). Las artes me¬ cánicas, en otro tiempo despreciadas porque van dirigidas a la vida material, se acercan a las artes liberales, a favor de la promoción de la vida activa y del diálogo que esta vida desarrolla con la vida contemplativa. Una nueva lista, es decir, una nueva clasificación de las ciencias, más rica, mejor articulada (en la que entra especialmente la Física) tiende a reemplazar el Heptateucon tradicional. Si bien la base de la enseñanza sigue siendo la lectio, la lectura de los textos y, en primer término, del texto sagrado de la Biblia, la sacra pagina, la lectura bíblica evoluciona profundamente. La búsqueda tradicional de los cuatro senti¬ dos, que culmina en la aprehensión mística del sentido secreto, se sustituye cada vez más en mayor grado por un proceso «lógico». La lectio proporciona autoridades, que son pues¬ tas en questio. La cuestión es discutida «racio¬ nalmente». Es la disputatio, de la que el maes¬ tro saca su conclusio personal. Las magistra- lia, las opiniones de los profesores —que abren paso a las conclusiones individuales de cada uno—- se ponen al lado de las authentica, de las autoridades tradicionales. Esta transforma¬ ción decisiva de los métodos escolares e inte¬ lectuales es el producto de una nueva socie¬ dad urbana. Constituye la técnica de una pro¬ fesión nueva, de una corporación, la univer- sitas de los maestros y de los estudiantes. Pasa a ser asunto de profesionales, que, por su tra¬ bajo, van a reclamar un salario. Consume en forma creciente libros, convertidos en instru¬ mentos de trabajo entre las manos de una nueva categoría social: la de los trabajadores intelectuales (págs. 467-469). (bibl. historia intelectual y especialmente M. Grabmann, A. Brunet, G. Paré, P. Trem- blay, M. D. Chenu y J. Le Goff. ESCRITURA. i.° (Véase biblia y pág. 434.) 2.0 Instrumento de la vida intelectual y so¬ cial. Evoluciona con la sociedad: minúscula carolingia para una selección destinada a go¬ bernar la Iglesia y el Estado; cursiva de las universidades y de las escuelas urbanas, liga¬ da a la «desacralización» del bagaje intelectual (págs. 183 y 462, 1lis. 40, 154, 155). ESCUELA Centro de vida intelectual y de promoción social. Largo tiempo reservada a los clérigos (escuelas monásticas, interiores, para los obla¬ tos destinados al convento, y exteriores, me¬ nos numerosas después de la reforma de 817 debida a San Benito de Aniana; escuelas epis¬ copales). Monopolio de la Iglesia, discutido por las ciudades (escuelas «comunales» para la burguesía). (Véase Atlas, mapa V, pág. 515 y pág. 123.) ESCUELA DE CHARTRES. Muy reputada ya en el siglo xi, bajo fulbert, conoció su principal apogeo en el siglo si¬ guiente, en el que pasó a ser uno de los más importantes centros del Renacimiento del si¬ glo xii. Los principales maestros que la ilus¬ traron fueron: Yves de Chartres, obispo de la ciudad (1090-1115) y canonista; Bernardo de Chartres, maestrescuela de 1114 a 1119, can¬ ciller de 1119 a 1126, que fundaba su ense¬ ñanza en la Gramática y resucitó un apólogo 636 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES antiguo: «Somos «nanos encaramados en las espaldas de gigantes. Vemos de esta manera mucho más lejos que ellos, no porque nuestra vista sea más aguda o nuestra talla más alta, sino porque nos llevan en el aire y nos ele¬ van con toda su altura gigantesca.» Afirmaba de esta manera el valor de la herencia de los antiguos, al mismo tiempo que la posibilidad de un progreso intelectual indefinido. Gilber¬ to de la Porree, teólogo y filósofo, ocupó el cargo de canciller de 1126 a 1140. San Bernardo lo acusó de herejía a propósito de sus opiniones sobre la Trinidad, pero escapó de la condena. Thierry de Chartres, filósofo de la Unidad, le sucedió entre 1142 y 1150 y se consagró al es¬ tudio de Platón y de las tesis pitagóricas. Gui¬ llermo de Conches, un razonador («¿Qué hay más miserable que decir: “Esto es así porque Dios puede hacerlo”, y no saber la razón por la cual esto es así, no poder demostrar por qué esto es así?»), enseñó en Chartres entre 1120 y 1150 aproximadamente, a partir de los textos de Platón, Séneca, Macrobio y Boecio, antes de terminar su carrera en la corte de Godofredo Plantagenet, conde de Anjou. juan de salisbury (1115 apr.-n8o), discípulo de Guillermo de Conches, fue un magnífico letra¬ do y se burló de los excesos de la lógica con¬ temporánea, cuyas preguntas eran, según él, las siguientes: «El cerdo que se lleva al mer¬ cado, ¿va conducido por el hombre o por la cuerda?» Bernardo Silvestre escribió una Cos¬ mografía (hacia 1150), que tuvo una gran po¬ pularidad durante toda la Edad Media. Esta obra exponía, en prosa y en verso alternados, los temas platónicos y pitagóricos en honor a Chartres. Una pedagogía original se desa¬ rrolló en Chartres, fundada en un estilo de enseñanza progresivo y continuo. Su aporta¬ ción más esencial es, sin embargo, la reno¬ vación de los estudios filosóficos, literarios y científicos, fundada en el redescubrimiento de la Antigüedad, especialmente de Aristóte¬ les, Virgilio y, sobre todo. Platón. (Véase página 443, il. 152 y Atlas, mapa V, pági¬ na 515.) ESCUELA DE SAINT-VICTOR DE PARÍS. Fundada por Guillermo de champeaux, tras su retirada en 1108 al claustro de Saint-Victor, monasterio suburbano (situado en las laderas de la montaña de Sainte-Geneviéve) de canó¬ nigos regulares. Manifiesta un esfuerzo de sín¬ tesis entre la cultura profana y la vida espi¬ ritual. Su biblioteca —que Rabelais ridiculi- 7,ará—- es, de hecho, muy notable para el siglo xil. Hugo de Saint-Victor (muerto en 114.1) conduce a sus discípulos a la contempla¬ ción por el estudio de las artes liberales y de la Teología, dibujando así una síntesis doc¬ trinal comparable a la de San Agustín. Ricar¬ do de Saint-Victor, su discípulo y sucesor (muerto en 1173), y Andrés de Saint-Victor (muerto en 1175) se consagran principalmente a la exégesis bíblica, incluyéndose en la es¬ cuela de los rabinos judíos. Achard, abad de Saint-Victor de 1155 a 1160 (muerto en 1171), impulsa el estudio filosófico y teológico de la Trinidad. Godofredo de Saint-Victor (muerto en 1194) exalta la riqueza y la dignidad de la naturaleza humana, resumen del universo, mi¬ crocosmos. Escuela del optimismo cristiano, aunque cada vez más inclinada hacia el mis¬ ticismo, la escuela de Saint-Victor no desdeña la polémica en un momento en que es inca¬ paz de seguir la evolución de las escuelas ur¬ banas hacia la dialéctica y la escolástica. Gau- thier de Saint-Victor compone en 1177-1178 el Contra IV labyrinthos Franciae, extremada¬ mente crítico contra Abelardo, Pedro Lombar¬ do, Gilberto de la Porrée y Pedro de Poitiers (págs. 443 y 445). (Cf. R. Barón, Science et sagesse chez Hugues de Saint-Victor, 1957; G. Dumeige, Richard de Saint-Victor et l’idée chrétienne de l’amour, 1952; R. Barón, Hugues et Richard de Saint- Victor, igGi.) ESCUELA DE SALERNO. Organizada progresivamente eñ los siglos ix y x, comenzó a irradiar en el XI, un siglo an¬ tes de la escuela de Montpellier. En Salerno, encrucijada de influencias árabes, judías y bi¬ zantinas, centro de estudio de antiguos ma¬ nuales griegos y latinos, largo tiempo olvida¬ dos hasta la época carolingia, cristaliza un renacimiento de la Medicina. En el siglo xi, los maestros de Salerno traducen del griego a Hipócrates y Nemesius y, a partir de los tex¬ tos árabes, a Galeno. La práctica no es olvi¬ dada y la enseñanza se acompaña, sin duda, con disecciones públicas de animales. Roger de Salerno es, a finales del siglo xn, el primer cirujano de la Edad Media. El Regimen Sani- tatis Salernitanum, base de la ciencia médica hasta el Renacimiento, fue compuesto a prin¬ cipios del siglo xni (pág. 481). (Cf. B. Lawn, The Salernitan Questions, 1963.) 637 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL ESPECIAS. Todos los productos raros, de gran valor de¬ bido a su escaso volumen, importados de Oriente. La principal es la pimienta (pági¬ nas 120 y 482). ESPÍRITU SANTO. Tercera persona de la Trinidad. Objeto de una devoción sabia o, más raramente, de una piedad grosera (Espíritu Santo bajo la forma de Paloma). Anima una espiritualidad escato- lógica: el Paráclito (págs. 218 y 219). ESTADO. 1.0 En el sentido moderno, desaparece poco a poco durante la Edad Media, para reapare¬ cer lentamente con el renacimiento, a partir del siglo xii, de poderes públicos (monárqui¬ cos o urbanos), distintos de los poderes feu¬ dales y superiores a ellos (págs. 84, 141, 151 y 367)- 2.0 Categorías sociales y profesionales, sin ma¬ tiz sagrado, por oposición a los órdenes que¬ ridos por Dios: los estados del mundo. (Véase ils. 27, 61, 115, 116 y págs. 356 y sigs.) ESTATUA. Evolución de la— (ils. 219 a 226). ESTEBAN DE MURET. Fundador de la orden de Grandmont, en 1074. (Véase pág. 129 y órdenes monásticas.) EUROPA. Una de las tres partes del mundo para los clérigos. Opuesta al África y al Asia, por ejem¬ plo en las Cruzadas. Noción sabia, que no suscita reflejos afectivos, a diferencia de la de CRISTIANDAD (págS. 193“ 195)- EVA. La mujer, la gran pecadora (pág. 225). Se opone a María, la nueva Eva. Atrae y espanta al mismo tiempo. (Véase ils. 62-64, 77 7 7 $> págs. 354 y sigs., lám. col. VII y anverso de la cubierta.) EXCLUIDOS. Los parias de la sociedad medieval: judíos (il. 57), heréticos, extranjeros, deformes y, sobre todo, leprosos (il. 127). Job (il. 129). Danza de los ahorcados (il. 190). EXTRANJEROS. Elementos externos de la población, sospecho¬ sos. Sometidos a un derecho especial, en ge¬ neral jurídicamente disminuidos (albarranes) (págs. 429 y 43°)- (bibl. la sociedad: integraciones y EXCLU¬ SIONES: Recueils de la Société Jean Bodin.) F «FABLIAUX». Cuentos cómicos en verso, compuestos especial¬ mente en Picardía a finales del siglo xii y durante el xm. Aproximadamente 150 de esas obras, por regla general anónimas, han llega¬ do hasta nosotros. Provistas de una inspira¬ ción satírica poderosa, sus autores se burlan de los ideales y de las costumbres de las clases dirigentes: señores y clero. Son esencialmente antifeudales, anticorteses, anticlericales. Ponen a la vista —se rían o no de ellos—• sentimien¬ tos rastreros: glotonería, concupiscencia, con toda evidencia destinados a ofender y que van fácilmente hasta la obscenidad. Recogen una parte de los temas folklóricos, otra parte de los cuales penetra en las novelas y los can¬ tares de gesta. Los fabliaux parecen haber sido especialmente apreciados en los medios burgueses urbanos, pero su sabor es sobre todo rural. Un solo ciclo se ha desarrollado a partir de los fabliaux: el román de renart (pág. 408). (bibl. historia literaria: Per Nykrog, 1957.) FAMILIA. Célula esencial de la sociedad medieval. Fin líneas generales, evoluciona, desde la familia amplia, agnática (véase linaje para la casta militar), hacia la familia restringida, reduci¬ da a los ascendientes y descendientes directos (il. 171 y págs. 381 y sigs.). FE. Virtud feudal suprema. (Véase págs. 8g y 136, y feudalidad. Definiciones.) FEDERICO BARBARROJA. Nacido hacia 1123 y muerto en 1190, duque de Suabia, sobrino de Conrado III, elegido como rey de Germania en Francfort (1152), como descendiente de las dos familias rivales Welf y Waiblingen (güelfos y gibelinos), co¬ ronado emperador en Roma en 1155 (pági- 638 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES na 361). Intentó afirmar, con éxito diverso, la autoridad imperial en Italia y en Alemania. En Italia, ayudado por los juristas de Bolo¬ nia, luchó contra el papa alejandro ih, al cual opuso tres antipapas, y contra las ciu¬ dades lombardas, que, después de haber fin¬ gido aceptar sus pretensiones en la Dieta de Roncaglia (1158), le hicieron sufrir una hu¬ millante derrota en Legnano (1176) (pág. 150). No obstante, por la Paz de Venecia (1177), fir¬ mada con el papa, recuperó, a cambio de con¬ cesiones de prestigio, la parte esencial de sus derechos, si no de su poder en Italia (pág- 142). En Alemania combatió con mayor éxito a los grandes señores feudales y consiguió desterrar al más poderoso de ellos, Enrique el león (pág. 148). En 1190, cuando se dirigía a Tie¬ rra Santa a la cabeza de un ejército con objeto de intervenir en la III Cruzada ( mapa 13, pág. ioy), se ahogó en un río de la Cilicia. No habiendo sido encontrado su cadáver, na¬ ció una leyenda según la cual no había muer¬ to, sino que se había dormido en una caverna de la montaña de Kyffháuser, en Turingia, esperando para venir a ponerse a la cabeza del pueblo alemán. Esta leyenda se vio, a par¬ tir del siglo xiii, más o menos mezclada con los mitos milenarios, unidos a la persona de Federico 11, «Emperador de los Últimos Tiempos». FEDERICO II. Nacido en 1194, muerto en 1250, hijo del em¬ perador Enrique IV y de Constanza, hija de Roger II de Sicilia, se convirtió, después de la muerte de su padre, en rey de Sicilia (1198). El papa Inocencio m, su tutor, favoreció su elección como rey de Germania en 1211-1212, y Honorio III lo coronó emperador en Roma en 1220 ( il. 132 y pág. 361). Sin embargo, a partir de 1228 sostuvo una violenta lucha contra los papas Gregorio IX e Inocencio IV (pág. 142). En 1229, aunque excomulgado, llevó a cabo una Cruzada en Tierra Santa y obtuvo de los musulmanes, por medio de un tratado, la restitución de Jerusalén (pág. 111), donde fue coronado el 18 de marzo ( mapa 14, pág. 109). Se interesó más por Italia que por Alemania. Quiso reinar en ella como monarca oriental, rodeándose de sabios cristianos, ju¬ díos y árabes, interesándose por las ciencias, reuniendo una colección de fieras, escribien¬ do un tratado de cetrería que es una verda¬ dera obra de zoología, rodeándose de un ha¬ rén y de eunucos, dando a sus Estados italia¬ nos una notable legislación (pág. 148) (Cons¬ tituciones de Mclfi en 1231, fundación de una Universidad del Estado en Nápoles en 1224) y haciendo gala, en ciertas circunstancias, de una crueldad ejemplar. Personaje enigmático, seductor, fue llamado por sus contemporáneos: uStupor mundi et immutalor mirabilis ». Fa¬ voreció la creación de una visión legendaria de su persona y de su misión y fue transfigu¬ rado en imagen mítica del «Emperador del Fin de los Tiempos», llamado a restaurar la edad de oro en la tierra, mientras que sus ad¬ versarios lo identificaban con el anticristo (pág. 2G6). (bibl. derecho e ideas políticas: E. Kanto- rowicz.) FELIPE AUGUSTO. Felipe II Augusto, rey de Francia, nacido en París el 12 de agosto de 1165, muerto en Man¬ tés el 14 de julio de 1223. Fue consagrado en Reims en 1179, todavía en vida de su padre, Luis VII. A la muerte de este último (1180) (mapa 25, pág. 145), el conde de Flandes ocupó la regencia. Disgustado con Felipe (1181), el regente provoca una coalición feu¬ dal. En 1186, Felipe II ha batido a todos sus enemigos. Arranca al conde de Flandes, Amiens y el Vermandois. En el exterior, lleva a cabo una lucha sin tregua contra los reyes de Inglaterra, explotando las querellas entre Enrique II (muerto en 1189) y sus dos hijos ricardo corazón de león (muerto en 1199) y Juan sin Tierra. Su obra fue comparada por sus contemporáneos a la de carlomagno. Ensancha considerablemente el dominio real y extiende su autoridad sobre todos los gran¬ des feudos (pág. 144), apoyándose en la Igle¬ sia y en las ciudades. Su intervención interna¬ cional fue considerable, lo mismo en la crisis de la monarquía inglesa (Carta Magna), que en los asuntos del Imperio. La victoria de Bouvines (27 de julio de 1214) consagra la victoria de Federico ii contra su concurrente Otón de Brunswick, al mismo tiempo que la superioridad del poder real capeto sobre la feudalidad del Norte. Su papel en la III Cruzada (véase pág. 111 y mapa 13, pág. xoy). FELIPE EL HERMOSO. Felipe IV, nacido en 1268 y muerto en 1314, hijo de Felipe III el Atrevido y nieto de san 639 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL luis. Subió al trono en 12S5. Personalidad mal conocida y que se mantiene enigmática. Su reinado parece oponerse al de San Luis como una leyenda negra a una leyenda dora¬ da: escándalos familiares (las nueras reales en la torre de Nesle); procesos vergonzosos y per¬ secuciones contra los judíos, los lombardos (mercaderes y banqueros italianos), los Tem¬ plarios (pág. 427), las corporaciones; muta¬ ciones monetarias (devaluaciones), que le va¬ len por parte de sus enemigos el epíteto de «monedero falso». Se trata, en efecto, del co¬ mienzo de la gran crisis del siglo xiv. Felipe el Hermoso y sus consejeros, procedentes de las Facultades de Derecho («legistas»), se apro¬ vechan de ella para reforzar la centralización monárquica y humillar al papado (atentado de Agnani contra Bonifacio viii), que se ve obligado a reconocer la independencia y la soberanía reales en el dominio temporal (pᬠginas 142 y 144). (Cf. K. Wenck, Philip der Schóne von Frank- reich, seine Personlichkeit und das Urteil der Zeitgenossen, 1905.) FERIAS. Facilitan a la sociedad medieval los productos que no es posible encontrar normalmente. Triunfan con el apoyo de la Iglesia, que ben¬ dice las ferias, y con el sostén de los prínci¬ pes, que instituyen sobre sus tierras un de¬ recho de protección a las ferias. Durante los siglos xii-xin, las más importantes son las de la Champagne: Troyes, Chálons, Provins, La- gny. (Véase Atlas, mapa VIII, pág. 525, y pág. 120). —- del Lendit (véase il. 108). (bibl. comercio, moneda, mercaderes: Recueils de la Société Jean Bodin.) FEUDALIDAD (Uso ideológico de la palabra), i.o La palabra «feudalidad» aparece por pri¬ mera vez entre los juristas ingleses (H. Spel- man, por ejemplo) en el siglo xvn. Designa en su origen el régimen jurídico del feudo, único elemento viviente en esta época del viejo ré¬ gimen medieval. Acentuando el aspecto real del sistema feudal, el término deja en la som¬ bra las relaciones personales, ya sin significa¬ ción en esta época. De ahí la confusión de lenguaje que caracteriza desde este punto de vista al siglo xvm y a una buena parte del xix, siendo empleada la palabra feudal como sinó¬ nimo de régimen territorial de las tenencias. Confundiendo sujetos y vasallos, señoría y feudalidad, se viene a calificar de derechos feu¬ dales a los que pesaban sobre las tenencias campesinas y que fueron abolidas en Francia durante la noche del 4 de agosto de 1789. De hecho, la Revolución de 1789 atacó a la se¬ ñoría rural mucho más que a la feudalidad propiamente dicha, que estaba muerta desde hacía ya largo tiempo. 2.» Desde el siglo xvm, no obstante, ciertos autores estudiaban la feudalidad desde un punto de vista político. Boulainvilliers (His- toire de l’ancien gouvernement de la Trance, 1727) exalta esta época en que la nobleza era reina. Montesquieu, por el contrario, la considera como un período de la historia ca¬ racterizado por el fraccionamiento de los po¬ deres públicos y considera que es un honor para los reyes el haber fragmentado la feuda¬ lidad para restablecer el orden. Voltaire, en fin, en su Essai sur les moeurs (cap. XXXIII), subraya el hecho de que «la feudalidad no supone en manera alguna un acontecimiento. Es una forma muy antigua, que subsiste en las tres cuartas partes de nuestro hemisferio con administraciones diferentes». 3.0 La definición actualmente admitida por la mayor parte de los historiadores de la feu¬ dalidad se ha ido formando progresivamente en el curso del siglo xix. Guizot, Michelet, Fustel de Coulanges, Savigny, Stubbs y mu¬ chos otros se han dedicado a delimitar la im¬ portancia respectiva de los lazos personales y del feudo y el lugar que ocupaba el régi¬ men feudal en los Estados. 4.0 Para Marx y para los historiadores mar- xistas, se trata de algo muy diferente a un método de gobierno. Para ellos, en efecto, constituye un cierto tipo de organización eco¬ nómica y social, caracterizada por el dominio y la señoría, en la cual el feudo no interviene más que como una manifestación secundaria, limitada a la clase superior y que incluso no siempre existe. El sistema feudal se inserta en la historia de las sociedades entre el esclavis- mo —que caracteriza la sociedad antigua— y el capitalismo. Cronológicamente, se sitúa en¬ tre el fin del Imperio romano y las «revolu¬ ciones burguesas» de los siglos xvi y xvii. El feudalismo —como le llaman con preferencia los historiadores marxistas— señala un pro¬ greso en el desarrollo de las fuerzas produc¬ toras en la medida en que, dentro de la socie¬ dad feudal, la servidumbre (los siervos) sus- 640 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES tituye a la esclavitud (los esclavos) y en la medida en que él mismo evoluciona hacia la libertad y hacia la apropiación individual de las tierras por los campesinos. Para Marx, lo que caracteriza la economía feudal es, en efec¬ to, la propiedad de los señores feudales sobre la tierra, combinada con la pequeña explo¬ tación independiente de los campesinos. Una de las consecuencias del feudalismo ha sido, pues, el nacimiento de formas más democrᬠticas de la propiedad rural. Marx ha subra¬ yado en El Capital (t. I cap. 24): «En todos los países de Europa, la producción feudal estaba caracterizada por el reparto del suelo entre el mayor número posible de sujetos. El poder del señor feudal no reposaba sobre el importe de sus rentas, sino sobre el número de sus sujetos, y éste dependía del número de cultivadores que explotasen la tierra por su propia cuenta.)) La libertad de estos cultiva¬ dores no ha cesado de crecer en el curso del período feudal, mientras que la renta feudal, al principio percibida en forma de trabajo, era pagada en dinero. Para que el paso al capitalismo fuese posible era preciso, explica Marx, que todos los campesinos fuesen liber¬ tados de los restos de dependencia personal —lo que se produce en Occidente durante el siglo xiv—- y que, por otra parte, se viesen privados de todas las garantías de existencia que les aseguraban las antiguas instituciones feudales. En un primer tiempo, pues, los sier¬ vos desaparecen y el campesino accede prác¬ ticamente a la propiedad de las tierras que él explota (tenancier en francés, copyholder en inglés). Pero, acto seguido, fue expulsado de ellas, bien por el Estado feudal (las monar¬ quías nacionales sobre todo), que se dedicó a explotar a los pequeños productores, bien por un embrión de burguesía. Señores feudales y burgueses comerciantes asociados expropiaron entonces a los campesinos (por ejemplo, las enclosures de Inglaterra), lo que creó condi¬ ciones favorables para el capitalismo. FEUDALIDAD (Definiciones). feudai.idad. En el sentido preciso del término: ligámenes feudo-vasálicos. Conjunto de insti¬ tuciones que crean obligaciones de obediencia y de servicio por parte de un hombre libre, ilamado vasallo, hacia otro hombre libre, lla¬ mado señor, y obligaciones de protección y de sostenimiento por parte del señor en rela¬ ción a su vasallo. A cambio de su fidelidad, el vasallo recibe de su señor la posesión heredi¬ taria de un feudo. En el sentido amplio: so¬ ciedad feudal. Sistema de organización eco¬ nómica, social y política fundada sobre los ligámenes de hombre a hombre y dentro del cual una clase de guerreros especializados —los señores—■, subordinados los unos a los otros por una jerarquía de relaciones de dependen¬ cia, domina a la masa campesina, que trabaja la tierra y les permite vivir (págs. 134 y sigs.). fidelidad o fe. Juramento prestado por un vasallo, sobre un objeto sagrado, inmediata¬ mente después de la ceremonia del homenaje, para colocar los compromisos tomados por él bajo la protección de Dios y conferirles un carácter irrevocable (págs. 136 y 483). (BIBL. FEUDALIDAD Y SEÑORES.) FEUDO. Concesión (en general bajo la forma de una tierra, a veces, sobre todo a partir del si¬ glo xiii, de dinero: feudo-renta, feudo de bol¬ sa) atribuida gratuitamente por un señor a su vasallo, con vistas a procurar a éste el man¬ tenimiento a que tiene derecho a cambio de su fidelidad y ponerlo en condiciones de pro¬ porcionar a su señor el servicio requerido. En un principio simple pago del vasallaje, el feu¬ do pasó rápidamente a ser el punto de partida de los servicios exigidos (págs. 135 y sigs.). FIDELIDAD. (Véase ff, y feudalidad. Definiciones.) FIESTAS. Manifestaciones esenciales del comportamiento colectivo. Rituales propios para cada clase so¬ cial: destinadas, sobre todo, a asegurar la prosperidad económica de la sociedad campe¬ sina (pág. 418). Militares (torneos) en la clase guerrera. Ligadas a la liturgia por la Iglesia (pág. 250). Fermento de cohesión comunita¬ ria en los grupos urbanos y de reunión de la nación en torno a las instituciones monárqui¬ cas (págs. 486 y 487). FLORARIOS. Colecciones de las significaciones simbólicas de las flores. Forma religiosa de los herbarios (págs. 443 y 444). FLORILEGIOS. Colecciones de citas de autoridades que trans¬ miten los elementos esenciales de la cultura básica en la Edad Media (págs. 164 y 434). 641 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL FONTENAY. Abadía cisterciense (véase il. jo y plano 29, pág. 176). FRANCISCO DE ASÍS (San) Nacido en Asís en 1182. Hijo de un rico co¬ merciante pañero, Pietro de Bernardone, de joven se apasionó por la lectura de los trova¬ dores y fue el jefe de la «juventud dorada» de Asís. Hecho prisionero y herido en una guerra contra Perusa, tuvo una visión y se entregó a la soledad y a la plegaria. Una serie de visio¬ nes de Cristo y la experiencia de una pere¬ grinación a Roma como mendigo le conduje¬ ron a despojarse de sus bienes, a romper con su familia y a tratar de imitar a Cristo en todo. Habiéndole éste pedido que reconstru¬ yese su Iglesia, intentó obedecerle material¬ mente (reparación de San Damián y cons¬ trucción de la Porciúncula en Asís) y espiri¬ tualmente. Aunque laico, comenzó a predicar y fue seguido por algunos discípulos, a los que dio una regla (perdida), que hizo aprobar en 1209 por Inocencio iii. La orden se desa¬ rrolló rápidamente, primero en Italia, com¬ pletada por una «segunda orden» de mujeres, fundada por Santa Clara, una dama noble de Asís (1212), y una «tercera orden» para los que no quisiesen abandonar su familia y su casa. En 1219 fue a Tierra Santa, donde contrajo una enfermedad de la vista que le dejó casi ciego. Habiéndose producido disensiones en el interior de la orden, el papa Honorio III le impuso, contra su voluntad, la redacción de una nueva regla más detallada (1223). Se re¬ tiró a la soledad de Varna, donde recibió los estigmas el 14 de septiembre de 1224, día de la fiesta de la Exaltación de la Cruz. Murió en Asís, el día de la Porciúncula, el 3 de octubre de 1226. El cardenal Hugolín, «pro¬ tector» de la orden, convertido en el papa Gregorio IX, le canonizó el 16 de julio de 1228. Fra Elias, vicario general de la orden de los framenores (llamados también francis¬ canos), hizo transportar su cuerpo en 1230 al emplazamiento de la magnífica basílica que comenzó a elevar en su honor (véase asís). Además de su regla (en dos redacciones), San Francisco ha dejado escritos espirituales (en¬ tre ellos el célebre y emocionante Cántico de las Criaturas) y un Testamento, escrito para sus hermanos poco antes de su muerte, en el que les recuerda la obligación de practicar la pobreza y de vivir únicamente del trabajo de sus manos y de la mendicidad, san buenaven¬ tura escribió su vida oficial y, en el siglo xiv, las Florecillas recogieron las narraciones po¬ pulares y legendarias sobre su existencia. FRANCOS. Llegada de los —- a Occidente en el siglo vm (bajo la dirección de clodoveo) ( mapa 1, pᬠgina 72, mapa 2, pág. 49; Atlas, mapa II, pág. 707, y págs. 53 y 54). FRESCO. (Véase pág. 299 y lám. col. VII.) (Cf. Paul-Henri Michel, La fresque romane, 1961.) FUEGO. Purificador y destructor. Instrumento de la verdad en las ordalías y de la exterminación de los heréticos. Temido como el azote mayor en un mundo construido de madera (sobre todo en las ciudades). Destruye periódicamen¬ te las iglesias e incita a reconstrucciones adap¬ tadas a los modos y estilos nuevos (págs. 287 y 485)- FULBERTO DE CHARTRES Obispo y teólogo nacido hacia el 961, muerto en Chartres en 1028. Hizo construir una nue¬ va catedral y desarrolló la escuela episcopal. (Véase il. 167.) FUNERALES. (Véase pág. 481, il. 177 y lám. col. V.) G GEOGRAFÍA. Inexacta (restos de ciencia antigua) o, más aún, simbólica (págs. 193 y 194). Ligada a los progresos de la navegación (el primer portula¬ no data de mediados del siglo xm). La perso¬ nificación de los tres continentes es uno de los temas favoritos de la iconografía románica (il. 47). Cartografía (il. 92). GERBERTO. (Véase silvestre 11.) GERMIGNY-DES-PRÉS. Iglesia construida por Teodulfo, obispo de Orleáns, a comienzos del siglo ix, y célebre por su mosaico (véase il. 47). 642 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES GESTO. Noción capital en la civilización medieval (pᬠgina 483). GIBELINOS. A la muerte del emperador Lotario (1138), los partidarios de Conrado III de Ilolicnstau- fen, llamado Waibling (Gibelín), del nombre de su castillo de Waiblingen, se enfrentan con los de Enrique de Bavicra, de la familia de los Welf (Güelfos). Estos dos términos, que, durante los siglos xii y xm, designaban en Alemania a los partidarios de los pretendien¬ tes al trono imperial pertenecientes a las dos familias rivales, se aplican en Italia, del si¬ glo xii al xv, a los partidarios del papa (giicl- fos) y a los del emperador (gibelinos) (pági¬ nas 148 y 413). GIOTTO. Nacido en 1266, muerto en 1337. Pintor, mo¬ saísta y maestro de obra (arquitecto) floren¬ tino, discípulo de cimabue y de Cavallini, for¬ mado en los grandes centros de Florencia (Bap¬ tisterio), roma Y asís (basílica de San Fran¬ cisco) a finales del siglo xm. Marcado por el «bizantinismo neoclásico y romanizado», se aleja de él por la vivacidad de las expresiones y el lenguaje de las fisonomías, que se añaden a la calidad monumental de su estilo (A. Chas- tel). Solicitado por la mayor parte de los me¬ cenas y los principales talleres de Italia, tra¬ bajó en Roma (mosaico de la Navicella, en San Pedro, 1300), en Asís (fresco de la leyen¬ da franciscana en la Basílica, entre 1300 y 1310), en Padua (frescos de la capilla Scrove- gni en la Arena, 1303-1305), en Florencia (fres¬ cos de las capillas Bardi y Peruzzi, en Santa Croce, entre 1317 y 1325) y en Nápoles, en donde pintó para el rey FÍoberto de Anjou obras hoy día perdidas, especialmente una Galería de hombres ilustres para el palacio del Huevo. Llamado por los Sforza de Milán, fue retenido por los florentinos. El Consejo, por decreto, le confió en 1334 la dirección de to¬ dos los trabajos comunales de arquitectura y de urbanismo. Se consagró de manera par¬ ticular a la obra de la catedral y dibujó los planos del campanile . Sin embargo, murió joven. Su estilo, dotado de un gran poder de organización y de tranquila monumentalidad, ha sido comparado al de la estatuaria de las catedrales góticas, al de la poesía de Dante, al de las summae de los grandes escolásticos del siglo xm. Pintor de la leyenda francis¬ cana, pese a que detestaba la pobreza, contra la cual escribió un poema, parece haber dado a la rica burguesía florentina el estilo que convenía a su necesidad de afirmarse y afirmar al mismo tiempo sus valores. Dante ha visto cu él al primer «artista», la primera gran in¬ dividualidad de la historia del arle (pág. 224). (Cf. E. RosciHhal, Giotto in der mittelalterli- chen Gdslc.scntxuichlung, 1324; F. Antal, Flo¬ rentina painting and ils social bachground, >947-) GLABER (Raoul). Cronista francés del siglo xi (págs. g6, 125, y 3*5)- GODOFREDO DE MONMUTH. Nacido hacia 1100, muerto en 1154, clérigo de Oxford, obispo de San Asaph (1151), autor de una Historia regum Bríttaniae (entre 1139 y 1147) en * a ( l u e aparece el primer núcleo de la leyenda arturiana (pág. 563). GOLIARDOS. Ciertos lextos latinos de los siglos xii y xm mencionan a un Golias, personaje legendario, calificado de obispo o pontífice, antecesor de una gran familia de clérigos, los goliardos, llamados también vagantes o clérigos errantes. Dicha familia, que parece nacer hacia el si¬ glo x, aumenta con la importancia de las escuelas urbanas durante los siglos xi y xii, pero en el siglo xm se convierte en un grupo enteramente al margen de la restante socie¬ dad clerical, con la estabilización del medio escolar en las corporaciones universitarias. Me¬ dio anárquico, a veces próximo a los chanson- niers intelectuales franceses (Abelardo ha com¬ puesto canciones goliárdicas), inclinado a la poesía báquica, erótica, anticlerical, de aire «moderno». Giraud de Barry escribe, a comien¬ zos del siglo xiii : «Golias, tan famoso en nues¬ tros días, era un parásito, un libertino. Le ha¬ bría convenido mejor el nombre de Gulias, pues estaba inclinado a la glotonería y a la crᬠpula. Pero, aunque mal educado, tenía letras: ha vomitado especialmente muchas canciones, tanto métricas como rítmicas, tan impudentes como imprudentes, contra el papa y la corte romana.» Algunos goliardos se han «situado» y han hecho carrera, tal el Archipoeta (naci¬ do entre 1130 y 1140), protegido de Reginal- do de Dassel, arzobispo de Colonia y canciller 49 643 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL de Federico Barbarroja. Muchos otros han permanecido en el anonimato y sus obras se han conservado en colecciones con frecuencia llamadas Carmina Huraña, de origen francés y sobre todo alemán (pág. 234). El primero, llamado Cancionero de Cambridge (manuscri¬ to Gg, 5, 35), proviene de la abadía de Be- nedictbeuern. Fue escrito en el siglo xm y se conserva en la Biblioteca Nacional de Munich (Clm 4460. (Véase il. 51.) (Los — y los campesinos (págs. 404 y 405). (bibl. historia literaria: O. Dobiache-Roj- desvensky; H. Waddell.) GRAMÁTICA. Ciencia básica, fundamento del trivium y de las artes liberales (pág. 442). GREGORIO DE TOURS. Primer historiador de Francia, nacido en el 538, muerto en el 595. Perteneciente a la nobleza senatorial galorromana, llegó a obis¬ po de Tours a los treinta y cinco años. Su cultura, sus relaciones, la importancia de su sede episcopal hicieron de él uno de los per¬ sonajes mejor informados de su época. Su His¬ toria de los francos, en diez libros, redactada en un estilo vivido y concreto, constituye la mejor y con frecuencia la única fuente para el conocimiento de la historia, de las costum¬ bres y de las mentalidades de la Galia mero- vingia (pág. 174). Su historicidad es incontras¬ table, por lo menos respecto a los últimos cinco libros, que corresponden al reinado de los nietos de Clodoveo (575-591). Defensor in¬ transigente de los derechos de la Iglesia, pre¬ ocupado por reconciliar a los reyes que se re¬ parten la Galia, aparece como el tipo del obispo de la Alta Edad Media. Nutrido de la Biblia, pero también de Virgilio y de Sa- lustio, testimonia, de todas maneras, por su latín mediocre, la decadencia de la cultura en esos siglos de hierro. Personalidad compleja e interesante, el «Herodoto francés» ilumina este período mal conocido en el que se acaba la Antigüedad y comienza la Edad Media. GREGORIO EL GRANDE. Nacido hacia el 540, muerto en el 604. De una familia patricia de Roma, intenta como prefecto organizar el aprovisionamiento de la ciudad, en el año 573. Con sus dominios pa¬ trimoniales funda seis monasterios en Sicilia y él mismo se retira a un séptimo, situado en Roma, en el monte Celio. Pelagio II lo orde¬ na diácono y lo envía como apocrisiario (em¬ bajador residente) a Constantinopla. Nombra¬ do papa contra su deseo en el 590, durante una grave epidemia de peste negra en Roma, organiza la lucha material y espiritual contra el azote. Persuadido de la proximidad del fin del mundo, quiere poner a la mayor cantidad posible de cristianos en estado de afrontar el Juicio Final. Defiende a Roma y a los Esta¬ dos de la Iglesia contra los lombardos, envia al monje Agustín y a un grupo de misione¬ ros a reevangelizar Inglaterra (pág. 68). Com¬ pone obras pastorales, que hacen de él uno de los fundadores de la piedad y de la espiri¬ tualidad medievales por la influencia que ejer¬ cieron a todo lo largo de la Edad Media: un comentario moral del libro de Job (Moralia in Job, il. 149), un nuevo pastoral ( Líber re¬ gula e pastoralis), comentarios del Antiguo Testamento, Diálogos, el segundo de los cua¬ les está enteramente consagrado a la vida y milagros de san benito. Reformó el canto li¬ túrgico (de ahí se deriva el nombre de canto gregoriano). (Véase il. 35.) (Cf. J. de Valois, Le Chant grégorien, 1963.) GREGORIO VIL Hildebrando, un toscano de excelente familia, nacido hacia 1015-1020, hizo toda su carrera en la curia romana y fue uno de los primeros artesanos de la reforma de la Iglesia, empren¬ dida por los papas León IX (1048-1054) y Nicolás II (1058, 1061, autor de la reforma de la elección pontifical, desde ese momento re¬ servada a los cardenales), del que fue colabo¬ rador. Elegido papa en 1073, resumió en 27 proposiciones, Dictatus papce (1075), los prin¬ cipios que debían asegurar la supremacía del papado, necesaria, según él, para llevar a buen término la reforma de la Iglesia: única¬ mente el pontífice romano es universal, úni¬ camente él puede deponer o absolver a los obispos, deponer a los emperadores, todos los juicios están sometidos a su corrección, no puede ser juzgado por nadie, la Iglesia roma¬ na no se ha equivocado jamás y, según el tes¬ timonio de las Escrituras, no se equivocará jamás. La pretensión de Gregorio VII de co¬ locar el sacerdotium por encima del imperium le condujo a un violento conflicto con el em¬ perador Enrique IV. Pareció en un principio triunfar. No obstante, fue engañado por la espectacular, pero fingida, humillación del 644 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES emperador en Canosa (1077). En 1084, Enri¬ que IV se apoderó de Roma y solamente gra¬ cias al apoyo de los normandos de ROBERTO guiscard pudo Gregorio huir a Salerno, donde murió en 1085. Dio un impulso decisivo para la liberación de la Iglesia de la sujeción en que la mantenían los príncipes y los señores laicos. La lucha contra la simonía y el matri¬ monio de los clérigos no debían ser menos importantes para la independencia del orden clerical. Sus sucesores prosiguieron su obra, llamada con justicia «reforma gregoriana» (pág. 141). Por último, en su lucha contra los señores laicos, escaparon de sus labios frases que tuvieron una profunda resonancia antifeudal, en particular la siguiente: "El Se¬ ñor no ha dicho: Mi nombre es Costumbre." GROSSETESTE (Roberto). Sabio inglés nacido hacia 1175, maestro y can¬ ciller de la Universidad de Oxford, obispo de Lincoln (1235-1253), fundador del pensamiento científico de Oxford. Sus teorías valorizaron los aspectos inductivo, experimental y mate¬ mático de la ciencia (págs. 450 y 451). (Cf. A. C. Crombie, Robert Grosseteste and the origins of Experimental Science, 1953; D. A. Callus ed., Robert Grosseteste, Scholar and Bishop, 1955.) GRIEGOS. (Véase bizancio.) GÜELFOS. (Véase gibelinos.) GUERRA. Ocupación estacional (tiempo de la hueste, pág. 251) de la casta militar. Lenta y difícil¬ mente reglamentada por la Iglesia (paz, tre¬ gua de Dios, noción de guerra justa), al pre¬ cio de la justificación de la Cruzada, absceso de fijación del belicismo medieval. Batallas de Arsuf, Bouvines, Courtrai (véase planos 33, 36, 37, págs. 3S4 y 383). GUILLERMO DE CHAMPEAUX. Nacido en 1068, muerto en 1112, enseñó en el claustro de Notre-Dame. Sin embargo, su nombradla se vio eclipsada por la de Abelar¬ do. Se retira a la escuela de saint-victor en 1108 y allí continúa su enseñanza. Al final de su vida, es obispo de Chálons-sur-Mame. Además de sus discusiones con Abelardo, que dan de su carácter y de su saber una imagen poco atrayente, unió su nombre a la querella de los universales, en la que defendió las posiciones del «realismo» dogmático e intran¬ sigente. GUILLERMO DE OCCAM. Framenor, originario de Inglaterra, fundador del «nominalismo» del siglo xiv. Estudia en Oxford y en parís y vive en Aviñón. Sostiene la revuelta de algunos framenores, después la del emperador Luis de Baviera contra el papa de Aviñón Juan XXII y mucre hacia 1349. Sus doctrinas obtuvieron un éxito triunfal en la Universidad de París durante el siglo xiv y hasta el final del xv (pág. 597). (Cf. L. Baudry, Guillaume d’Occam, 1949; y bibl. historia intelectual: G. de Lagarde.) GUILLERMO EL BASTARDO Nacido hacia 1208, hijo ilegítimo de Roberto, duque de Normandía (1027-1035) y de Arletta, hija de un curtidor de Falaise, Guillermo, des¬ pués de una minoría agitada, triunfa sobre sus vasallos sublevados, instaura en 1047 tregua de Dios en todo el ducado (lo que hizo inútiles las asociaciones de paz) y se casa, a pesar del papa y a pesar de lanfranc, abad de Bec, con su prima Matilde, hija del conde de Flandes (1050). Excomulgados ambos, debe¬ rán, en penitencia, construir dos iglesias en Caen («La Abadía de los Hombres» y «La Abadía de las Damas»), Guillermo, después de haber hecho de Normandia un estado feu¬ dal modelo, persuade a Eduardo el Confesor, rey anglosajón de Inglaterra, que no tenia hijos, a designarle como heredero. A su muer¬ te, la asamblea de los jefes anglosajones nom¬ bra sucesor a Harold, earl de Sussex. El 14 de octubre de 1066, en Hastings, Guillermo se hace dueño de Inglaterra con una sola bata¬ lla, en la que el buen orden de su hueste y la eficacia de sus arqueros logran maravillas. Es coronado en Westminster el día de Navidad de 1066. En 1070 hace elegir arzobispo de Cantorbery a su consejero y amigo Lanfranc. En 1086 ordena la redacción de un inventa¬ rio de los dominios territoriales del reino, el «Libro del Juicio Final»: Domesday Book. A su muerte, acaecida en 1087, había impuesto a Inglaterra la organización feudal centrada en torno al soberano (págs. 103 y 383). (Cf. M. de Boüard, Guillaume le Conquérarit, 1958. P. Zumthor, Guillaume le Conquérant et la civilisation de son temps, 1964.) 645 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL GUILLERMO IX DE AQUITANIA. Este gran señor -—más poderoso que el rey de Francia— fue el primer poeta lírico de calidad en lengua neolatina o románica. En las once composiciones en verso que nos que¬ dan de él, se manifiesta de manera poética un amor puramente sensual y una divinización de la mujer, a la que su amante debe servir con humildad y sin esperanza. Espíritu aven¬ turero e inestable, es cruzado en Tierra San¬ ta (1102) y en Andalucía (1115) y célebre por sus escandalosas aventuras amorosas. Acoge al reformador religioso Roberto de Arbrissel, pero se ríe de su piedad. Probablemente, hacia el fin de su vida, hace una peregrinación a santiago de compostela. Es, sin duda, el crea¬ dor del lirismo cortés y suscita numerosos ému¬ los. Preocupado por crear una literatura se¬ ñorial laica, fue violentamente atacado por la Iglesia, que le denunció como «un cínico, un bufón y un pornógrafo» (pág. 557). GUISBERTO DE NOGENT. Monje picardo, nacido en 1053, muerto en 1124, que ha escrito tres obras muy intere¬ santes, pero más representativas del espíritu de los clérigos de su tiempo que inspiradas por un «modernismo» que se le ha atribuido bien equivocadamente. El De vita sita es Una autobiografía, que nos da noticias preciosas sobre su persona (especialmente sobre su in¬ fancia y su juventud) y sobre sus contemporᬠneos, pero que es una imitación de las Con¬ fesiones de San Agustín y que está impregnada de hostilidad hacia la evolución histórica, de la que es testimonio, por ejemplo, el movi¬ miento comunal. Inversamente, su historia de las Cruzadas (Gesta Dei per Francos) es una amplificación de las narraciones de las cruza¬ das de la época, ya fuertemente impregnada de sentimiento nacionalista. En fin, su tratado de los Pignora sanctorum critica las falsas re¬ liquias, que se multiplicaban por aquel enton¬ ces, si bien se contenta con denunciar abusos evidentes (pág. 559). H HAMBRES. El hambre es una consecuencia del pecado original, un castigo de la falta. Las hambres inherentes a las estructuras técnicas y econó¬ micas de la Edad Media, después de un retro¬ ceso (al nivel de las hambres generales) en el siglo xiii, reaparecen al comienzo del xiv (pᬠginas 317 y sigs.). El país de cocaña (ü. 61). (Cf. F. Curschmann, Hungersnóte im Mit- telalter, 1900.) HANSA. Confederación de ciudades alemanas, que do¬ mina el gran comercio de la Europa del Norte. (Véase págs. 120 y sigs. y Atlas, mapas III, pág. 507, y VIII, pág. 527.) (bibl. comercio, moneda, mercaderes: Ph. Do- llinger.) HECHICEROS. Supervivientes del paganismo, desempeñan un papel importante en la sociedad campesina. Durante largo tiempo son confundidos por la Iglesia con los heréticos. Sistemáticamente per¬ seguidos a partir del siglo xiv, en el que se organiza la caza de los brujos y hechiceros, que se prolongará hasta el siglo xvm (pági¬ nas 228, 426 y 427). HEREJÍAS. Frente a la ortodoxia cristiana, que se define poco a poco en los concilios ecuménicos de los siglos iv y v (principalmente en el de Nicea de 325), grandes herejías agitan el mundo cristiano del siglo iv al v. En Occidente, son sobre todo el maniqueísmo, el priscilianismo (en la Península Ibérica) y el arrianismo, pro¬ fesado por la mayor parte de los invasores ger¬ mánicos (véase ulfila). Los iconoclastas, que desgarran el Oriente a finales del siglo vm, tienen poca repercusión en Occidente. La épo¬ ca carolingia presencia querellas teológicas, pero las herejías quedan limitadas a círculos restringidos del clero cultivado. De todas ma¬ neras, en el siglo x se desarrollan en Oriente, entre los bogomilas, resurgencias del antiguo maniqueísmo, que se extenderán más tarde masivamente a Occidente. El siglo xi ve apa¬ recer las herejías populares. Campesinos, clé¬ rigos, ciudadanos, nobles, son detenidos y con¬ denados por herejía en Champagne, en el Périgord, en Arras, en Orleáns, en Chálons, en Milán... Se refieren a la biblia y a las escri¬ turas. Algunos rechazan el bautismo y lo re¬ emplazan por la imposición de manos. Otros ponen en duda la utilidad de una jerarquía eclesiástica. Hay movimientos populares que militan simplemente por la reforma de la Igle- 646 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES sia y se ven acusados de herejía por sus adver¬ sarios: tal es el caso de los patarinos (págs. 133 y 133) de Milán, que se sublevan contra el clero episcopal, de origen nobiliario, acusado de simonía. El papado utiliza esos movimien¬ tos para llevar a cabo reformas en tiempos de Gregorio vil, pero los patarinos se separan de la Iglesia y se confunden, cu el siglo xii, con los cátaros. Los cátaros vuelven a em¬ plear los temas del maniqueísmo: lucha uni¬ versal de dos principios, el Bien y el Mal, desprecio de la materia. Pero, sobre todo, opo¬ nen a la Iglesia una verdadera religión, hostil al cristianismo: creencia en dos dioses iguales, el del Bien y el del Mal; negación de obedien¬ cia a la Iglesia, encarnación del Mal; negación de los sacramentos; organización de una je¬ rarquía paralela a la jerarquía católica; insti¬ tución de un bautismo especial, el consola- mentum, que se confiere por la imposición de manos y no por inmersión. Este neomaniqueís- mo constituye en el siglo xii un grave peligro para la Iglesia, pues afecta a todas las clases sociales y se extiende rápidamente por Italia del Norte, Provenza y el Languedoc. La here¬ jía valdense está inspirada primordialmente en una preocupación por la pobreza, pudro valdo funda en Lyón, hacia 1170, los Pobres de Lyón. Critican la riqueza de los clérigos y renuncian a sus bienes para vivir de la mendi¬ cidad. Se multiplican en el Delfinado, la Pro¬ venza, el Piamonte y la Lombardía, y su Igle¬ sia es la única que subsiste aún en la actuali¬ dad de todas las herejías medievales. En efecto, la reacción de la Iglesia frente a las herejías se convierte en muy rigurosa a finales del si¬ glo xii. Se sirve en primer término de la Cru¬ zada, que lanza a los pequeños señores del Norte de Francia contra los países cátaros o albigenses. Después, de la Inquisición (pági¬ na 134), que busca a los heréticos, los juzga siguiendo un procedimiento de excepción y en¬ trega los culpables al brazo secular. Por últi¬ mo, de las órdenes mendicantes (los dominicos o hermanos o frailes predicadores, fundados en 1315, y los franciscanos o framenores, en 1309). Su finalidad inicial, que es luchar me¬ diante la persuasión contra la herejía, restau¬ rando la pobreza y la pureza en el interior mismo de la Iglesia y dedicándose a la predi¬ cación, se transforma pronto: los dominicos animan la Inquisición. Pero nuevas herejías aparecen en el siglo xiv: las de Wyclif y Juan Hus, condenadas en el Concilio de Constanza, en 1415. Se extienden bajo una forma anti¬ jerárquica, antirritualista y pietista, por in¬ termedio de predicadores errantes. Un movi¬ miento nacional y social nace de ellos en Bohemia (págs. 431 y sigs.). (iiiiu,. herejías.) HERRERO. Artesano mágico (pág. 385). Personaje de los cantares de gesta, que forja las espadas de los héroes, a la vez admirado y temido. Sigurd y la muerte del herrero (ils. 69, 70 y pág. 434). HIERRO. Producto raro durante largo tiempo en com¬ paración con la madera. Objeto de atenciones especiales y de milagros (il. 148, págs. 384 y sigs.). HILDEGARDA DE BINGEN. Mística alemana, apodada la «Sibilia del Rin», nacida en 1098, muerta en 1179. De familia noble y muy preocupada por salvaguardar el reclutamiento aristocrático de los conventos, es nombrada abadesa de Disibodenberg y, más tarde, de Rupertsberg, cerca de Bingen. Hizo controlar y autenticar por un clérigo, envia¬ do por el arzobispo de Maguncia, las visiones que decía haber tenido en su infancia. Con¬ signa dichas visiones en diversas obras, la prin¬ cipal de las cuales, el Líber Scivias, es una en¬ ciclopedia del saber apocalíptico y simbólico, muy representativo de la mentalidad medieval. Dos tratados de Medicina y de Botánica mez¬ clan lucubraciones simbólicas con un saber teórico y práctico, considerado como muy no¬ table para su época (pág. 365 e il. 188). HISTORIA. Encuentra, a través de un agustinismo con frecuencia desvalorizado, un difícil equilibrio entre la historia de la Ciudad terrestre y la historia de la salvación, entre la negación de la duración por el cristianismo, religión de la eternidad, y la afirmación de la historicidad centrada en tomo a la Encarnación-aconteci¬ miento. En la práctica, renace con las fuerzas espirituales y materiales, interesadas en apo¬ yarse sobre argumentos históricos (anales mo¬ násticos, crónicas urbanas, historias naciona¬ les, il. 77 y págs. 331 y sigs.). 647 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL HOMBRE. Humillado ante Dios, el hombre emerge poco a poco, en tanto que hecho a imagen de Dios, microcosmos, diferente de los animales, y en proporción a su lenta dominación sobre la naturaleza. El primer humanismo medieval es el humanismo románico ligado a la expansión de los siglos xi-xii. En los siglos xi-xii tiene con frecuencia el sentido de siervo. Moral y técnica humanistas en los siglos xiv y xv. (BIBL. SENSIBILIDADES Y MENTALIDADES: P. Fran- castel, e historia intelectual: P. Renucci.) LIOMENAJE. Acto solemne por el que un vasallo se coloca bajo la dependencia de un señor: el vasallo pone sus manos juntas en las de su señor. Después pronuncia una declaración de volun¬ tad, por la cual se compromete a convertirse en su «hombre». (Véase feudalidad y págs. 135 y sigs.) HOMENAJE LIGIO. En el caso, muy frecuente en Francia desde el siglo x, de una pluralidad de compromisos de vasallaje, el homenaje ligio, a partir de principios del siglo xi, es el que predomina sobre los demás, generalmente a causa de la importancia del feudo. Obliga al vasallo de manera primordial o preferente en relación al señor al cual ha sido prestado y no puede ser prestado más que a un solo señor. En la práctica, sin embargo, el homenaje ligio ha sido prestado a varios señores (pág. 137). HONORIUS AUGUSTODUNENSIS. Vulgarizador de comienzos del siglo xn, cuya vida es muy mal conocida. Por largo tiempo fue conocido como Honorius de Autun, inter¬ pretación ciertamente falsa, puesto que se tra¬ ta de un alemán que permaneció en contacto con los medios monásticos ingleses. Su Eluci- dariurn es un catecismo que resume bien las creencias religiosas de su época. Sus exposicio¬ nes sobre las ciencias reflejan los puntos de vista de los medios escolares y el interés cre¬ ciente por las disciplinas profanas («el destie¬ rro del alma es la ignorancia; su patria es la ciencia))). Sus narraciones pseudogeográficas le¬ gendarias han inspirado el arte románico. Se han comparado los monstruos y las razas hu¬ manas extrañas del tímpano de Vézelay con las páginas que él escribió (pág. 229). (Cf. Y. Lefévre, L’Elucidarium et les Luci- daires, 1954.) HORCA. Instrumento y signo de alta justicia (pági¬ na 391). Levantada como ejemplo y espantajo sobre los caminos, a las puertas de las ciuda¬ des y al pie de los castillos. HORTUS DELICIARUM. Jardín de las Delicias: antología espiritual, compuesta por Herrada de Landsberg, abade¬ sa de Santa Odilia en Alsacia (1167-1195), ador¬ nada con miniaturas célebres, destruidas en 1870, pero de las que se poseen dibujos (pᬠginas 228 y 478 e il. 164). FIUMANISMO. (Véase hombre.) HÚNGAROS. Pueblo asiático que invade Europa en los si¬ glos ix-x y funda un Estado en Europa cen¬ tral (Atlas, mapa II, pág. 505, y págs. 82, 83 y 84). HUNOS. Pueblo bárbaro. Su descripción según Ammia- no Marcelino (pág. 36). Los — de atila (págs. 50 y sigs. y Atlas, ma¬ pa II, pág. 503). I IGLESIA. Símbolo de la organización religiosa: «La Ma¬ dre Iglesia». La —• en la expansión de la Cristiandad (págs. 125-133). Edificio del culto, cuyo plano representa el simbolismo espiritual (págs. 444 y 445) (ima¬ gen del paraíso, de la jerusalén celestial) y se adapta a las necesidades sociales (págs. 419 y sigs.) hasta que la iglesia pase a servir úni¬ camente para los oficios litúrgicos (planos 38, 39, págs. 448 y 449). (Véase arte románico, arte gótico y órdenes MONÁSTICAS.) IMÁGENES. Siempre utilizadas por el arte occidental de la Edad Media, que reprueba a los iconoclas- 648 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES tas pero rechaza también toda idolatría. Las imágenes desempeñan, a todo lo largo de la Edad Media, un doble papel: al servicio de la ideología oficial, pero también mediador, educador, liberador. INCENDIO. (Véase fuego.) INFIEL. El que no es fiel de Jesucristo. Esencialmente el musulmán (ils. ¡4 y 56, y págs. 200 y sigs.). INFIERNO. Prometido, al contrario del paraíso, a la ma¬ yoría de la humanidad pecadora (pág. 225). El gran espantajo de los hombres de la Edad Media. (Véase il. yy.) INMUNIDAD. Exención fiscal, más tarde derecho a percibir sus propias tasas, concedido primero a las iglesias, en particular durante la época caro- lingia, después arrancado o usurpado por los señores eclesiásticos y laicos: pieza maestra de la evolución de la feudalidad. INOCENCIO III. Nacido en 1160, perteneciente a la alta noble¬ za romana, Lotario Segni hizo sus estudios de Teología en París y de Derecho en Bolonia, donde adquirió un espíritu jurídico muy rí¬ gido, sin ser un gran jurista como su prede¬ cesor alejandro ni (Orlando Bandinelli, 1159- 1181). Recibe las órdenes menores en 1185 y escribe opúsculos mediocres, entre ellos un tradicional De contcmplu mundi, «Del despre¬ cio del mundo». Elegido papa en 1198, su pontificado marca el apogeo del poder ponti¬ fical. Se considera el vicario, no ya de San Pe¬ dro, sino de Jesucristo mismo sobre la tierra. Pretende, pues, a través de la supremacía es¬ piritual (plenitudo potestatis spiritualis) y a fin de intervenir contra el pecado (ratione pecati), obrar, ya que es lugarteniente de Je¬ sucristo, como «rey de reyes» (rex regum), «elevarse por encima de los príncipes y juz¬ garlos». Ejerció y extendió la soberanía ponti¬ fical sobre la mayor parte de los Estados cris¬ tianos, interviniendo en Aragón, Castilla, Por¬ tugal, Noruega, Bohemia, Hungría y, más especialmente, en Sicilia, Alemania, Inglaterra e incluso en Francia, donde la soberanía pon¬ tifical no se ejerció nunca. Intervino en los asuntos matrimoniales de Felipe Augusto, uti¬ lizó al rey de Francia contra el de Inglaterra y el emperador Otón IV, al que combatió en provecho de su pupilo el joven rey de Sicilia, Federico II, que se convertiría luego en tan peligroso enemigo para sus sucesores. Obtuvo su principal éxito a csLe respecto en Inglate¬ rra, donde Juan sin Tierra hubo de capitular ante él y poner su reino bajo la soberanía de la Santa Sede. No obstante, al reconocer por la decretal Ver venerabilem (1203) que el rey ile Francia era independiente del emperador, «emperador en su reino» (rex imperator in regno suo), proporcionó un refuerzo conside¬ rable al nacionalismo monárquico, que se vol¬ vió contra el papado. Los éxitos conseguidos durante su pontificado contra la herejía y el cisma griego no lo fueron sino gracias a la fuerza (cruzada contra los albigenses, toma de Constantinopla por los cruzados en 1204, de la que parece haber sido advertido previa¬ mente). Convocó y presidió el IV Concilio de Letrán (1215), que constituyó un aggiorna ■> mentó, una puesta al día de la Iglesia, después de las grandes transformaciones materiales y espirituales de los siglos xi y xii (organización de la enseñanza, obligación de la confesión anual, prohibición de las ordalías), pero fra¬ casó en promover una reforma profunda de la Iglesia. Inocencio III seguía con descon¬ fianza las iniciativas, excesivamente atrevidas para su gusto, de Santo Domingo y, sobre todo, de San Francisco, y quiso imponer a sus órde¬ nes (las órdenes mendicantes) reglas que las mantuviesen en la estricta obediencia de la Iglesia y de la Santa Sede. Murió en 1216 (págs. 131, 133, 142, 242, 259 y 370). (Cf. F. Kempf, Papsttnm und Kaisertum bei Innocenz III, 1954; M. Maccarone, Chiesa e Stato nella doctrina di papa Innoienzo III, 1940; H. Tillmann, Papst Innocenz III, 1954.) INSEGURIDAD. Estado y sentimiento fundamental de la so¬ ciedad medieval (págs. 335 y 433). Los vigías o centinelas (il. 166). INVESTIDURA. Acto que sigue por regla general al homenaje y a la fe, para materializar la concesión de un feudo o de un derecho. Consistía en la entrega por el señor de un objeto simbólico (cetro o bastón, puñado de tierra o estandarte) a su vasallo. Investido así, dicho vasallo po- 649 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL seía desde aquel momento un derecho sobre su feudo (il. 132). — Querella de las investiduras entre el papa y el emperador (pág. 142). ISIDORO DE SEVILLA (San). Nacido hacia el 570, de una gran familia his- panorromana católica, Isidoro fue nombrado arzobispo de Sevilla hacia el año 600 (pág. 1 74) y bien pronto se convirtió en el jefe espi¬ ritual de la Iglesia católica en España, refor¬ zada por la conversión de los visigodos, que abjuraron del arrianismo a finales del siglo vi. Murió en el 630. Aquel a quien sus contempo¬ ráneos llamaban «el hombre más sabio de los tiempos modernos» fue esencialmente un com¬ pilador. Es el primer escritor cristiano que in¬ tentó reunir en una sumiría —el Libro de las Etimologías —• la totalidad de los conocimien¬ tos humanos. A ese título, Isidoro de Sevilla es uno de los «fundadores» de la Edad Media, acaso el más importante. (Véase pág. 182, il. 34 y bibl. alta edad media: J. Fontaine.) ISLAM. En él se cristaliza la xenofobia de la Cristian¬ dad. Sin embargo, a través de la hostilidad oficial y del frente guerrero de las Cruzadas (mapas 13, pág. 103, y 14, pág. 109) y de la Reconquista (págs. 104 y sigs.), transmite al Occidente mercancías, cultura y arte (sobre todo como intermediario de la ciencia griega y de las artes y técnicas del Oriente) (pági¬ nas 200, 201 y 210). La conquista árabe en el siglo vil (Atlas, mapa II, pág. 303, y pág. 53). Imperio carolingio, Bizancio y el Islam en el siglo ix (mapa 3, pág. y3). (bibl. oriente, bizancio, islam y cristiandad.) J JACOPONE DA TODI. Poeta religioso italiano de finales del siglo xm (nacido en 1236, murió en 1306). De origen noble, llevó en su primera juventud una vida mundana. Más tarde entró en la orden fran¬ ciscana como terciario y después como herma¬ no laico, a la muerte de su mujer (1268). Tomó parte activa en las querellas intestinas de la orden, poniéndose al lado de los parti¬ darios de la pobreza absoluta, los espirituales. Encarcelado por orden del papa Bonifacio viii. a causa de haber firmado el manifiesto que declaraba ilegal la elección del pontífice, com¬ puso durante su cautividad los Laudi, poemas líricos en que expone su experiencia mística y que constituyen una de las cumbres de la espiritualidad franciscana. También se le atri¬ buye el Stabat Mater (pág. 595). JACQUES DE VORAGINE. Nacido hacia 1230, muerto hacia 1298, el do¬ minico Jacques de Vorágine, provincial de Lombardía (1267-1286), arzobispo de Génova (1292), es autor de una Historia de Génova (Chronicon januense) y, sobre todo, de la Le¬ yenda dorada (pág. 190), colección de vidas de santos, que relata principalmente sus mila¬ gros (págs. 192, 225 y 226). Obra muy popular, es un resumen de las creencias hagiográficas y ha inspirado numerosas obras de arte. JAUFRÉ RUDEL. Trovador aquitano del siglo xii. Señor de Blaye (Gironda), participó en la Cruzada de 1146 y murió sin duda en Tierra Santa. Su verdadera personalidad se nos escapa, dado que, a partir del siglo xm, ha quedado de¬ formada por la leyenda. Puesto que, en tres de las seis poesías que conservamos de él, Jau- fré Rudel habla de su «amor de tierra leja¬ na», se ha hecho de él un caballero enamora¬ do, sin haberla visto, de una princesa de Oriente. Según esta teoría, Jaufré llegó a Tie¬ rra Santa en el instante preciso para morir en los brazos de su amada. Sus obras son medio¬ cres, pero «la situación amorosa cortés típica aparece en ellas fijada desde este momento» (pág. 565). (Cf. L. Spitzer, L’amour lointain de Jaufré Rudel, 1944.) JERUSALÉN. La Ciudad ideal. El mito de la Jeiusalén ce¬ lestial (il. 22), nutrido por las influencias apo¬ calípticas, sostiene la atracción de la Jerusalén terrestre y conduce a las Cruzadas (págs. 111 y 264). (Cf. Alphandéry y Dupront, La Chrétienté et l’idée de croisade, 1954-1959.) JOACHIM DE FIORE Cisterciense calabrés. nacido hacia 1135, muer¬ to en 1202. En 1188 ó 1189 se retiró a la Sila, donde fundó en San Giovanni in Fiore una 650 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES comunidad de ermitaños, cuya regla fue apro¬ bada por el papa Celestino III en 1196. Sus principales obras son la Concordancia del A n¬ tiguo y del Nuevo Testamento, un Comenta¬ rio sobre el Apocalipsis, el Salterio de las Diez Cuerdas y un Libro de las Figuras, descu¬ bierto en 1937 y en el que expone su pensa¬ miento simbólico bajo la forma de dibujos y de figuras. Fiore gozó, durante todo el si¬ glo xiii y aún más allá, de una gran influen¬ cia por su teoría de la historia dividida en tres épocas, la Edad del Padre o del Antiguo Testamento, la Edad del Hijo o del Nuevo Testamento, y la Edad del Espíritu Santo, todavía por venir. Esta última edad deberá ver la desaparición de la Iglesia y de la so¬ ciedad corrompidas, para ceder el lugar a una Iglesia espiritual, compuesta de santos y mon¬ jes que vivirán en monasterios renovados, ima¬ gen del Paraíso. Sólo entonces reinaría el Evangelio Eterno, Estas ideas milenaristas (pᬠginas 269 y sigs.) influyeron sobre muchos he¬ réticos del siglo xiii e inspiraron a los parti¬ darios de la pobreza absoluta en el seno de la orden franciscana. Su pensamiento, que tuvo efectos revolucionarios, era de hecho muy «reaccionario» y preconizaba un retorno a la edad de oro primitiva. (Cf. H. Grundmann, Neue Forschungen iiber joachim von Fiore, 1950; A. Crocco, Gioac- chino da Fiore, la piü singolare ed affasci- nante figura del Medioevo cristiano, 1960.) JOINVILLE. Señor champañés (1224-1317), ligado a la per¬ sona de San Luis desde la VII Cruzada —en Egipto, pág. 192— hasta la VIII, en la cual se negó a participar y en la que murió el santo rey. Amigo y admirador de éste, redac¬ tó una Histoire de Saint Louis, terminada en 1309. Más cronista que historiador, Join- ville carece de sentido crítico y su obra re¬ sulta con frecuencia confusa. Pero su narra¬ ción se convierte en apasionante cuando des¬ cribe hechos de los que ha sido testigo, como la expedición de Egipto (1248-1254). Pese a que escribía con una finalidad de edificación, nos ha dejado un retrato humano y viviente de San Luis, al que presenta como modelo para sus sucesores (pág. 485). JUAN BODEL. Trovador y músico francés (1150-1210), que vivió en Arras en la segunda mitad del si¬ glo xu. Atacado de lepra en 1205, se vio obli¬ gado a retirarse del mundo. Con esta ocasión escribió una emocionante Congé, despedida. Su obra, muy diversa, comprende a la vez can¬ ciones, fabliaux y poemas épicos. Se le debe, sobre todo, el Jen de Saint Nicolás, una de las primeras piezas ! 44 y P á g s - 352- 441 y sigs.). SIMÓN DE MONTFORT. (Véase montfort.) SIMONÍA. Tráfico de sacramentos (del nombre de Simón el Mago). Severamente combatida por la re¬ forma gregoriana (pág. 141). SUEÑOS. Acontecimientos estructurales en la vida men¬ tal de los hombres de la Edad Media (« 7 . 1)9 y págs. 272, 4G0 y 461). SUEVOS. Pueblo germánico que se instala en el siglo v en Galicia y en el norte de Portugal. El rey Requiario (448-456) es el primer rey bárbaro católico no arriano. Su centro espiritual y artístico, durante los siglos v-vi, se sitúa en torno a la metrópoli de Braga (págs. 62 y 67). SUGER. Nacido en 1081, estudió en saint-denis y saint-benoit-sur-loire. Habiendo regresado a Saint-Denis en 1106, participó pronto en la administración de la abadía, se ilustró en di¬ versos concilios y se convirtió en familiar de Luis VI, que le encargó numerosas misiones diplomáticas cerca de los papas. En 1135, de¬ cidió al rey para que coronase a su segundo hijo. Su influencia aumentó todavía al adve¬ nimiento de Luis VII y éste le instituyó re¬ gente del reino durante la II Cruzada (1147- 1149). Al regreso del rey, recibió el título de Padre de la Patria. Es a él a quien se debe la reconstrucción de la iglesia de Saint-Denis. Escribió una biografía de Luis VI, fuente esencial para la historia del período compren¬ dido entre 1093 y 1137, y el comienzo de una biografía de Luis VII. Se han conservado de él veintiséis cartas y diversos tratados (pági¬ nas 282 y 305). (BIBL. SENSIBILIDADES Y MENTALIDADES : E. Pa- nofsky.) SUMMA. Construcción totalitaria de la ciencia escolás¬ tica: el siglo xiii es la época de las grandes summas, siendo la más célebre la Summa teo¬ lógica de santo tomAs de aquino (pág. 434). T TAU. La letra griega tau, signo protector y salva¬ dor marcado sobre la frente de los justos y de los elegidos. Forma del bastón de los ermita¬ ños (pág. 189) e instrumento de su poder mᬠgico. TEATRO RELIGIOSO. El teatro religioso de la Edad Media tiene su origen en los dramas litúrgicos en latín, re¬ presentados en principio, al parecer, en las escuelas catedralicias o monásticas e interpre¬ tados por los maestros y estudiantes. En Ale¬ mania a finales del siglo xi, después de Ingla¬ terra, hacia 1100-1110, en seguida en Francia, esos dramas conocieron pronto una gran po¬ pularidad y fueron representados por los clé¬ rigos en los santuarios, en ocasión de las grandes fiestas religiosas. A partir del siglo xn, la proporción de elementos profanos no cesó de aumentar en esas representaciones, dadas ahora ya en lengua vulgar en el atrio de las iglesias y por actores laicos. Han de distin¬ guirse los misterios, cuyos temas estaban sa¬ cados del Antiguo o del Nuevo Testamento, de los milagros, inspirados en las vidas de los santos. Algunos de esos dramas representaban temas escatológicos (véase anticristo). Así el Juego del Anticristo, representado desde fina¬ les del siglo xi en la abadía bávara de Te- gernsee, o el Sponsus, el «Esposo», represen¬ tado en Saint-Martial de Limoges en el primer tercio del siglo xii : la Vida es el camino del Cielo, las Vírgenes son la humanidad, la lle¬ gada del Esposo señala la Parusía (la segunda venida de Jesús). Al final de la Edad Media, los misterios tomaron proporciones desmesura¬ das : 35.000 versos y 4 días para el Misterio de la Pasión de Arnoul Gréban, representado en París hacia 1450, que es, sin duda, la obra 678 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES maestra tardía del teatro medieval (véase mi¬ lagros). TEODORICO. Teodorico el Grande, rey de los ostrogodos, nacido en el año 454, muerto en el 526. Edu¬ cado en Constantinopla, donde fue retenido diez años como rehén, quedó fuertemente im¬ pregnado de la civilización romana. Sucedió a su padre en el 475 y se puso al servicio del emperador Zenón, quien lo alejó y lo lanzó a la conquista de Italia. Se hizo amo del país entre el 489 y el 493-. Teodorico se esforzó en fundir en uno solo a los pueblos romanos y bárbaros. Respetó las leyes y las instituciones romanas y embelleció Rávena, su capital. Aunque arriano, dio pruebas de una gran to¬ lerancia hacia el catolicismo y se rodeó de consejeros romanos, tales como casiodoro y Boecio, a los que, a pesar de todo, condenó a muerte por haber conspirado contra él. (Véase Atlas, mapa II, pág. 507, y pág. 51.) TEOLOGÍA. Saber supremo, del que las otras disciplinas no son más que las servidoras. Se constituye en ciencia con la escolástica, durante los si¬ glos xii-xin. Enseñada en las universidades por las Facultades de Teología, consideradas como Facultades superiores (pág. 467). (bibl. historia intelectual: M. D. Chenu.) TES AURIZ ACIÓN. Domina la vida y la mentalidad económicas de las clases superiores, especialmente de la Iglesia, a todo lo largo de la Alta Edad Media. Los tesoros son reservas económicas. La cien¬ cia es considerada también en esta época más como un tesoro que como una materia de en¬ señanza y de difusión (págs. 174, 338 y 339). TESORO. (Véase tesaurización.) Tesoros de las iglesias (ils. 231-234 y 243-246). TIEMPO. Más o menos confundido con la duración y la eternidad (págs. 230 y sigs.). Dominado por los ritmos naturales (págs. 245 y sigs.). El tiempo religioso y clerical, señalado por las campanas de las iglesias, tiende a ser sustituido, en los siglos xiii-xiv, por un tiempo urbano y laico, el de las campanas de las torres comunales, después por un tiempo medido en fracciones iguales por los relojes (págs. 250 y 251). Sólo pertenece a Dios (pág. 496). TIERRA. Base de la economía, de la riqueza y del pres¬ tigio en la Cristiandad medieval (págs. 288 y sigs.). (bibl. historia agraria y campesinos, y espe¬ cialmente G. Duby.) TIRO (de animales). (Véase arado, págs. 292 y 293, e il. 94.) TOMAS BECKET. Nacido en Londres en 1117, estudia en oxford, parís y Bolonia antes de recibir las sagradas órdenes. Por el favor del rey de Inglaterra, Enrique II, es elevado a la dignidad de can¬ ciller del Reino, después a la de arzobispo de Cantorbery, en 1162. Entra en violento con¬ flicto con el rey, que pretende restringir la jurisdicción del clero, y se refugia en Fran¬ cia cerca de Luis VIL Más tarde regresa a su país. Cuatro caballeros deseosos de com¬ placer a Enrique II le dan muerte al pie del altar arcliiepiscopal (1170). El rey desaprue¬ ba la muerte y hace acto de contrición tras haber sido excomulgado. Tomás Becket es canonizado como mártir por alejandro iii en 1173. El clero desarrolló en torno a su culto, destinado a servir los intereses materia¬ les y espirituales de la Iglesia, una extraor¬ dinaria publicidad en toda la Cristiandad (pᬠgina 369). (Cf. R. Foreville: L’Eglise et la Royauté en Angleterre sous Henri II Plantagenét, 1943.) TOMÁS DE AQUINO (Santo). Nacido en 1225, muerto en 1274, pertene¬ ciente a la familia de los condes de Aquino en Italia del Sur, Tomás recibió su forma¬ ción en la abadía de Monte-Cassino, en la Facultad de Artes de Nápoles (1239-1244), en el studium dominico de Colonia, donde tuvo por maestro a Alberto magno (1248-1252) y, por último, en París (pág. 131). De 1252 a 1274 es profesor, en París (1252-1259), en el studium de la curia romana (1259-1269), en París nuevamente (1269-1272), en Nápoles en fin (1272-1274). Resulta imposible resumir el tomismo, la tentativa más acabada para cons¬ truir una Teología científica a partir de la Ló¬ gica de Aristóteles (del cual Santo Tomás había mandado hacer traducciones especia- 679 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Ies) y poner todos los recursos de la escolás¬ tica al servicio de la Teología en la línea de la fides quaerens ¡ntellectum de san Anselmo. La más célebre de las obras de Santo Tomás, la Suma teológica (pág. 434), £ue compuesta en Italia (primera parte, 1266-1268) y en Pa¬ rís (segunda parte, 1269-1272). Varias propo¬ siciones extraídas de sus obras fueron conde¬ nadas por el obispo de París, Etienne Tem- pier, en 1270 y en 1277. Los maestros y los estudiantes de la Facultad de Artes de París —los más abiertos, contrariamente a los teó¬ logos—. reclamaron su cuerpo después de su muerte. Fue canonizado por Juan XXII en 1323 y el tomismo fue proclamado por León XIII, al final del siglo xix, como filo¬ sofía oficial de la Iglesia. (liIBL. HISTORIA INTELECTUAL: M. D. Clienu.) TORRE DE BABEL. Símbolo, al nivel de las lenguas, de la divi¬ sión nefasta de la Humanidad al romper su unidad primera, como consecuencia del peca¬ do original. (Véase ils. ¡8, 100 y 101 y pági¬ na 372.) (BIBL. SENSIBILIDADES Y MENTALIDADES: A. Borst.) TOULOUSE. 1.0 Saint-Sernin. La más bella y la más vasta de las iglesias románicas del Mediodía fran¬ cés. La abadía data de finales del siglo iv. Su iglesia albergaba las reliquias de San Sernín o Saturnino, apóstol del Languedoc y primer obispo de Toulouse. Fue protegida por Carlo- magno y constituyó una etapa importante de la peregrinación a santiago de compostela. La afluencia de peregrinos fue tal que se pre¬ cisó construir una iglesia mayor. El edificio actual fue comenzado hacia 1060 y terminado a mediados del siglo xii. Saint-Sernin está edi¬ ficada en ladrillo y piedra. La piedra domina en el ábside, que data de finales del siglo xi. El ladrillo, en cambio, domina en la nave y en el campanario. La armonía gris-rosada que resulta de ello es uno de los mayores atracti¬ vos del edificio. Las esculturas del coro, de finales del siglo xi, y las del exterior, del si¬ glo xii, han hecho escuela en todo el Medio¬ día. La puerta de «Miégeville» está consagrada a escenas del Antiguo y del Nuevo Testamen¬ to: la Ascensión en el tímpano, la Anuncia¬ ción, la Visitación, la matanza de los Santos Inocentes y Adán y Eva expulsados del Pa¬ raíso terrenal. La puerta de los Condes ha sido dedicada a la representación de escenas infer¬ nales: demonios arañando con sus tridentes el vientre de los lujuriosos, serpientes mordiendo los senos de la mujer adúltera, tormentos del mal rico. La torre octogonal fue elevada en¬ tre el siglo xii y el xv. La fachada oeste, que había quedado inacabada, fue completada en 1929. El interior ofrece un tipo perfecto de santuario de peregrinación: cinco naves, inmenso crucero, tribuna por encima de las naves laterales para acoger a las grandes mul¬ titudes, coro con dcambulatorio para las pro¬ cesiones y dos criptas para la exposición de las reliquias. Esta estructura se traduce al exterior con la superposición y escalonamien- to de las capillas, el saliente del crucero, el todo coronado por la alta torre-linterna ( pla¬ no 46, pág. 611). 2.0 Iglesia de los jacobinos. Iglesia de los dominicos, que recibió el cuerpo de Santo To¬ más de Aquino. Magnífico ejemplo de gótico meridional (siglos xm-xiv) (plano 43, pág. 608). 3.0 Museo de los agustinos. Uno de los gran¬ des museos de la escultura románica. (Cf. Ph. Wolff, Histoire de Toulouse, 1958.) TOURNAI. Capital de los primeros merovingios ( mapa 2, pág. 49), después capital del Hainaut, cons¬ truida sobre el Escalda. La catedral de Notre- Darae es uno de los grandes edificios de la Edad Media. Comenzada en 1030, sobre el emplazamiento de la iglesia primitiva des¬ truida por los normandos en el 882, fue ter¬ minada en el siglo xiv. La fachada, la nave cubierta con armaduras y las torres pertene¬ cen al arte románico. El crucero está corona¬ do por una torre cuadrada, que termina en una flecha octogonal. Este crucero del si¬ glo X111 corresponde al gótico. La extremidad de cada brazo está rematada por dobles torres, cuyas flechas cuadrangulares dominan la cen¬ tral. Notre-Damc de Tournai es, pues, un edificio compuesto, que ha recibido influen¬ cias del arte normando, del arte renano y del arte gótico. Sin embargo, el plano del cru¬ cero y el sistema de cinco torres han ejercido, a su vez, una gran influencia sobre las cate¬ drales francesas, especialmente laón y char- tres. La piedra azulada de Tournai era igual¬ mente exportada en una amplia región com¬ prendida entre el Sena, el Mosa y el Rin. (Véase Atlas, mapas V, pág. 5x5; VI, pág. 5x7; Vil, pág. 32 x.) 680 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES TRABAJO. Consecuencia del pecado original (Génesis), despreciado por la sociedad feudal, se con¬ vierte poco a poco en un valor social, hasta el punto de determinar la condena de los ociosos, pero se divide en formas superiores de la labor y en formas inferiores, las que reviste el trabajo manual (págs. 304 y sigs., 346 y 347). TRABAJO (obligatorio sin remuneración). (Véase pág. 314.) TRAIDOR. El hombre malvado por excelencia del mundo feudal. (Véase fe, fidelidad.) TRANSPORTES. (Véase caminos, navíos y págs. 295 y sigs.) TRASLACIÓN. Noción que domina las concepciones medieva¬ les de la Historia, tanto la Historia de los Imperios, en la que el poder se transmite de Oriente a Occidente (translatio imperii), como la Historia de las Civilizaciones, en la que la cultura pasa de Babilonia a Atenas, después a roma y, ya en la Edad Media, a parís (Uni¬ versidad): translatio studii (págs. 163, 238-240). TRINIDAD. Dogma recibido más fácilmente por los cléri¬ gos que por la masa, pero en torno al cual se desarrollan herejías eruditas (pág. 219). Representación de la— (ver il. 83). TRISTAN E ISOLDA. Personajes legendarios, surgidos del fondo cél¬ tico (pág. 185), cuyos trágicos amores pro¬ porcionaron materia a numerosas obras lite¬ rarias a partir de finales del siglo xii. Liga¬ dos el uno al otro por un amor ciego, contra el cual las leyes y las costumbres son impo¬ tentes y que no puede encontrar su término sino en la muerte, Tristán e Isolda son testi¬ monio de la pasión todopoderosa. El tema es tratado primero en breves canciones, como el Tristram, compuesto en Inglaterra hacia 1170, después acogido en Francia a finales del si¬ glo xii (La Folie Tristan) y magníficamente desarrollado, hacia 1210, por Gottfried de Strasburgo, cuyo Tristan und Isolde popula¬ rizó la leyenda en los países germánicos. Pero la historia del tema y de la evolución en la manera de tratarlo plantea verdaderos enig¬ mas. La versión más antigua es probable¬ mente la Béroul (manuscrito 2171 de la Bi¬ blioteca Nacional de París) (pág. 423). Es la más ruda al mismo tiempo (episodios de Isolda entregada a los leprosos, del Morolt). En ella, la fatalidad es completamente exte¬ rior y se manifiesta por el filtro amoroso, cau¬ sa de toda la historia. En la versión más cortesana de Tomás, en cambio, se subraya la responsabilidad de los amantes (págs. 441 y 473 )- (BIBJL. HISTORIA LITERARIA: B. Panvini.) TROVADORES. Poetas aquitanos y provenzales de finales del siglo xi, que crearon la poesía lírica en len¬ gua vulgar. Pertenecientes en general a la nobleza, exaltaron en sus obras los valores de la caballería y vulgarizaron los principales temas del amor cortés: idealización poética del amor, culto de la dama, goce encontrado en la sumisión a su voluntad (pág. 419). Ex¬ presión de una sociedad refinada, la obra de los trovadores revela, por sus acentos pura¬ mente paganos, la ruptura que se ha produ¬ cido en las cortes del Mediodía entre la ética y la estética. Se discute sobre la influencia de la poesía árabe en sus obras. (bibl. historia literaria: H. Davenson.) u ULFILA. Apóstol de los godos danubianos. Nacido en el 311, de un godo y de una esclava capado- cia, llegó a obispo y ejerció una gran influen¬ cia en su pueblo. Inventó un alfabeto para reemplazar a los caracteres rúnicos, aún en uso entre los godos, y transcribió las Sagradas Escrituras a la lengua gótica. Conservó el con¬ tacto con los cristianos y el clero del Imperio. Muy sometido al emperador Constancio, transmitió a los godos el cristianismo, si bien bajo su forma arriana. Murió en el 383 (pᬠgina 38). UNIVERSALES (Querella de los). Debate fundamental de la lógica y de la filo¬ sofía medievales, particularmente vivo en el siglo xii entre Abelardo y Guillermo de cham- peaux. Los nombres comunes, géneros o es- [ LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL pecies, son términos universales que se apli¬ can a una infinidad de objetos particulares. ¿Recubren realidades, esencias? ¿Son, al con¬ trario, meras palabras, nombres (nomina), pura creación de la inteligencia? Guillermo de Champeaux se inclina por el realismo. Es criticado por Abelardo, en el que se puede ver a uno de los primeros nominalistas (pᬠgina 442). UNIVERSIDADES. La Universidad es una corporación que agru¬ pa la totalidad (universitas) de los maestros y de los estudiantes de una misma ciudad. El siglo xiii, siglo de las corporaciones, es tam¬ bién el siglo de las Universidades, que se or¬ ganizan progresivamente y conquistan su auto¬ nomía contra los poderes laicos y episcopales, con el sostén del papado. La organización universitaria del siglo xiii señala la integra¬ ción de la vida intelectual en la vida de la ciudad. Pero el reclutamiento y los horizon¬ tes de la Universidad sobrepasan ampliamente el cuadro urbano. Las grandes Universidades del siglo xiii: parís, Bolonia y oxford, re¬ clutan sus profesores y alumnos en toda la cristiandad y conceden la licencia de enseñar en todas partes (licentia ubique docendi). Pa¬ rís ofrece el mejor tipo de organización uni¬ versitaria en el siglo xiii: la Universidad está dividida en cuatro Facultades: tres Facultades superiores (Decretos o derecho canónico, me¬ dicina y teología), y Facultad de Artes (artes liberales), la más numerosa con mucho. Cada Facultad superior es dirigida por sus maestros titulares, o regentes, con un decano a su ca¬ beza. La Facultad de Artes está dividida en cuatro naciones (francesa, picarda, normanda e inglesa), dirigidas por procuradores. Sobre los cuatro procuradores, el rector dirige la Facultad de Artes. La asamblea general de la Universidad agrupa a todos los maestros y trata de los problemas comunes a las cuatro Facultades. El rector de la Facultad de Artes pasa a ser, a finales del siglo xiii, el jefe su¬ premo de toda la Universidad. Se elige para un trimestre únicamente, pero es reelegible. Lleva la administración de las finanzas de la Universidad y preside la asamblea general. Las otras grandes Universidades (Oxford, Bo¬ lonia) tienen una organización análoga, con algunas variantes. En Bolonia, por ejemplo, son los estudiantes, y no los maestros, quie¬ nes gobiernan la Universidad. No obstante, el poder de todas ellas se forma sobre tres privi¬ legios esenciales: autonomía jurisdiccional, con derecho de apelación al papa, derecho de huelga y monopolio de la colación de grados universitarios. El cursus universitario es, por regla general, el siguiente: enseñanza de base, efectuada en la Facultad de Artes entre los 14 y los 20 años y sancionada en dos etapas por el bachillerato, al cabo de dos años, y el doctorado, al término de los estudios. Medi¬ cina y Derecho son enseñadas entre los 20 y 25 años. La Teología exige tres lustros de estudios, y la edad mínima para el docto¬ rado está fijada en los 35 años. La orga¬ nización de los programas y de los exáme¬ nes varía según los tiempos y los lugares, pero la piedad ocupa, en todas partes y duran¬ te toda la Edad Media, un lugar relevante en el «clima» de las Universidades. La piedad se dirige en primer término a San Nicolás, patrón de los estudiantes, pero la piedad ma- riana encuentra un terreno abonado en el mundo de los clérigos, que es esencialmente un medio de hombres y de célibes. El creci¬ miento de las Universidades está sostenido en el siglo xiii por la evolución de las técnicas del libro (hojas de pergamino más blancas y más delgadas) y de la escritura (reaparición de la cursiva, generalización de la minúscula gótica, abandono de la caña por la pluma de oca). El universitario del siglo xiii elabora sus útiles, pero también su método intelectual: la escolXstica. Sin embargo, incluso antes de la decadencia de la Escolástica, las Universi¬ dades se resienten de su dependencia mate¬ rial en relación a la Iglesia. Los maestros vi¬ ven de los beneficios eclesiásticos, y una tal dependencia acaba por aislarlos de la evolu¬ ción técnica, económica y social. Por otra parte, la Universidad se convierte en el cam¬ po de batalla de las facciones de la Iglesia: desde mediados del siglo xiii, la Universidad de París se ve sacudida por las rivalidades entre seculares y regulares (dominicos y fran¬ ciscanos). En el siglo xiv, las Universidades se multiplican por toda Europa y se organi¬ zan según el modelo parisiense o según el de Bolonia. Ahora bien, esta expansión, ligada al fraccionamiento de Europa en Estados na¬ cionales y en obediencias religiosas (Gran Cis¬ ma: 1378-1485), va acompañada, de hecho, por un descenso en el nivel de los estudios y por una esclerosis de los métodos. Las repe¬ tidas intervenciones de la Universidad de Pa- 682 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES rís en el dominio de la política, tanto en el momento del cisma como en la guerra civil entre armañacs y borgoñones, la privan de una parte de su autoridad, y sus doctores, después de haber manejado el proceso de Jua¬ na de Arco, pierden sus antiguos privilegios: privilegio fiscal (1437), judicial (1445), dere¬ cho de huelga (1499). (Véase págs. 123, 218, 468 y Atlas, mapa V, pág. 5/5.) (bibl. historia intelectual: D’Irsay, J. Le Goff, H. Rashdall.) URBANO II. Eudes de Chátillon (1040-1099). Nacido en el castillo de Chátillon-sur-Marne, estudia en Reims, donde tiene por maestro a San Bruno. Entra en cluny entre 1073 y 1077 y se ve dis¬ tinguido por su abad. Enviado al papa Gre¬ gorio vil, éste le nombra obispo de Ostia, y, más tarde, cardenal. Legado en Alemania, fracasa en su misión de conciliación con el Im¬ perio. Se mantiene fiel a Gregorio VII y a su sucesor, Víctor III. Cuando accede al pontifi¬ cado romano, el 12 de marzo de 1088, lo en¬ cuentra en una situación desastrosa. Su pri¬ mera tarea consiste en la lucha contra el cis¬ ma imperial (pág. 142). El antipapa Clemen¬ te III es sostenido por el emperador Enri¬ que IV, y sus partidarios conservan en Roma, hasta 1098, el castillo de Santangelo y San Pedro. Urbano II lucha victoriosamente con¬ tra el cisma. Ha de enfrentarse, de todas ma¬ neras, con graves dificultades, no sólo con respecto al emperador, sino también con el rey de Francia, Felipe I; el rey de Inglaterra, Guillermo el Rojo, y el rey Alfonso VI de Cas¬ tilla. Pero Urbano II es también un papa reformador. En los Concilios de Melfi (1089), Plasencia y Clermont (1095), Nimes (1096) y Bari (1098) asegura progresivamente el triun¬ fo de la reforma gregoriana en lo que se re¬ fiere a las prácticas del concubinato (nicolaís- mo), simonía e investidura laica, universal¬ mente extendidas en la Iglesia. Urbano II es, por último, el papa de la I Cruzada. En iog5 hace público en Clermont el pro¬ yecto de reconquista de los Santos Lugares (pág. 200). Tras el fracaso de la Cruzada po¬ pular de Pedro el Ermitaño y Gualterio «Sans Avoir» en 1096, la Cruzada de los barones par¬ te en 1097 y toma Jerusalén el 15 de julio de 1099. Urbano II muere el 29 de julio, sin haber recibido la noticia de esta conquista. USURA. Toda operación económica que comporte la percepción de un interés es, como tal, con¬ denada por la Iglesia, lo cual paraliza por lar¬ go tiempo el desarrollo del crédito y de las formas precapitalistas de la economía. Sin embargo, la usura es tolerada en los judíos (¿i. 106 y págs. 214, 311 y 312). (bibl. historia de las ideas económicas : B. Nelson, J. T. Noonan.) V VAGABUNDOS. Numerosos y condenados, puesto que el va¬ gabundeo es un pecado. (Véase goliardos y pág. 422). VALDENSES. (Véase valdo, Pedro.) VALDO (Pedro). Rico comerciante de Lyón que, en 1170, re¬ partió sus bienes entre los pobres, comenzó a predicar la pobreza voluntaria y arrastró tras de sí a un grupo de adeptos, «los Pobres de Lyón», predicadores laicos mendicantes, que prefiguran los compañeros de san francisco df, asís, alejandro iii los aprobó en un prin¬ cipio, mas luego, inquieto por sus audacias (retrotraían la religión al Evangelio, que tra¬ dujeron al provenzal), les prohibió predicar sin el permiso de los obispos (1179). Valdo se negó a someterse y fue excomulgado por el papa Lucio III en 1184. Sus discípulos, los valdenses, resistieron a las persecuciones y si¬ guieron siendo numerosos, particularmente en los valles alpinos. A partir del siglo xvi, los descendientes de los valdenses se ligaron al protestantismo, sin confundirse, sin embargo, con él. Todavía en la actualidad existe una Iglesia valdense, con la mayor proporción de adeptos en Italia del Norte (pág. 130). (Véa¬ se HEREJÍAS.) VANDALISMO. Término inventado en época moderna, que puede aplicarse al comportamiento de la ma¬ yoría de los hombres de la Edad Media, los cuales destruyeron una gran parte de los mo¬ numentos de la Antigüedad, ya por ignoran¬ cia, ya por hostilidad al paganismo, ya por la necesidad de aprovechar materiales que su debilidad técnica les hacía incapaces de 683 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL procurarse de otra manera (págs. 43, 47, 64 y 171). VÁNDALOS. Pueblo germánico que, después de haberse ins¬ talado en el sur de España (Andalucía), cons¬ truyó una flota y conquistó la provincia ro¬ mana de África. (Mapa 1, pág. 32; mapa 2, pág. 49; Atlas, mapa II, pág. 303; y pági¬ nas 48 y sigs.) VASALLAJE. Lazo de dependencia privada, creado por la ceremonia del homenaje y que descansa sobre compromisos recíprocos, si bien desiguales. Permite a un hombre libre, mediante su fidelidad, recibir una tierra y acceder a una parcela de la autoridad pública. (Véase va¬ sallo.) VASALLO. Hombre libre que promete fidelidad a un po¬ deroso, el cual pasa a ser desde este momento su señor. Recibe de él mantenimiento, gene¬ ralmente bajo la forma de concesión de un feudo, y protección, pero le debe en com¬ pensación ayuda y consejo (págs. 136 y sigs., 390 y sigs.).' VENDIMIA. La viña ( il. 95 y pág. 291.) La — (il. 91). La fabricación de toneles (il. 192). El vino (págs. 322 y 323). VENECIA. Fundada por refugiados de Altino, fugitivos de los lombardos y de los francos (siglos vi-ix), en las islas de la laguna (Torcello, más tarde Malamocco, después Rialto). Gran centro co¬ mercial y artístico, que se constituye en impe¬ rio colonial que domina el Adriático y el Mediterráneo oriental (siglos xi-xii). En los siglos xiv-xv, se convierte en un Estado de tierra firme. Principal lugar de enlace del Occidente con Bizancio (págs. 80, 106, 111 y **>)• (Cf. F. Thiriet, Histoire de Venise, 1952.) VESTIDO. (Véase págs. 483 y 484 y bibl. vestido.) VÉZELAY. Abadía benedictina fundada por Gerard de Rosselló, regente del reino de Provenza (838) en la diócesis de Autún. El papa Nicolás I le concedió la dependencia directa de la Santa Sede (863). Destruido por los normandos en el año 873, víctima de numerosos incendios, el monasterio fue reconstruido en el siglo xi bajo la protección de los duques de Borgoña y de Nevers. Durante los siglos xi y xn (mapa 21, pág. 124), Vézelay es un impor¬ tante centro de peregrinación en torno a las reliquias de Santa María Magdalena. Además, el monasterio representa en el nordeste de Francia el papel de base de partida para santiago de compostela. En las Pascuas de 1146, san bernardo predica en él la II Cru¬ zada (mapa 19, pág. 107 y Atlas, mapa III, pág. 307). tomás becket se refugia en él en 1166. Luis VII, Felipe augusto y san luis acuden a él en peregrinación. La iglesia de la Magdalena se encuentra en el origen de toda una corriente de arte románico borgo- ñón. Su construcción es iniciada hacia 1050 por el abad Artaud, al lado de la antigua iglesia carolingia, insuficiente ante la afluencia de peregrinos. Es consagrada en 1104. En 1120, un incendio destruye la antigua nave carolin¬ gia con cubierta de madera y la nueva nave es edificada entre 1135 y 1140, bajo la direc¬ ción del abad Renaud de Semur. El nártex se acabó en 1150, y su tribuna este, la capilla de San Miguel, fue consagrada en 1151. El nártex comprende igualmente tres naves, que se abren sobre las naves de la iglesia, y su bóveda es de ojivas. El coro, gótico, puede, por lo tanto, ser considerado como la corona¬ ción lógica de un edificio en que el empleo de la ojiva parece relativamente precoz. La decoración plástica es particularmente rica. En ella se hallan representadas todas las edades de la escultura románica. En el tímpano del pórtico, el Cristo de la Pentecostés confiere su misión a los apóstoles. Sin embargo, ofrece todavía el tipo de los Dioses terribles de la escultura románica. Los capiteles de la nave, ejecutados entre 1104 y 1120, dejan un largo espacio a las representaciones de la vida coti¬ diana, especialmente a las numerosas imágenes de los trabajos rústicos. Se puede adivinar en ellas una corriente de influencia artística que va del tímpano de Cluny hasta el Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela, pasando por el tímpano de Vézelay. (Véase ils. iS, 7 6, 77, 142 y 147; Atlas, mapa V, pág. 51;, y pág. 387-) 684 DICCIONARIO DE NOMBRES, TÉRMINOS Y NOCIONES (Cf. V. Saxer, Le cuite de Marie-Madeleine en Occident, 1959.) VICENTE DE BEAUVAIS. Nacido hacia ligo, muerto hacia 1264, vulga- rizador que desempeñó en el siglo xm un papel comparable al de honorujs augusto- dunensis con respecto al xii. Los temas de sus obras quedaron reflejados en las escultu¬ ras de las catedrales góticas. Dominico, fre¬ cuentó la abadía cisterciense de Royaumont y estuvo en relación con san luis. El conjunto de su obra, que recibió el título de Gran Espejo (Speculum majus), es una enciclope¬ dia dividida en tres partes: el Espejo de la Naturaleza, consagrado a la historia natural, el Espejo doctrinal, resumen de la ciencia es¬ colástica, y el Espejo histórico, historia uni¬ versal desde la creación del mundo hasta San Luis. Un cuarto libro, el Espejo moral, fue añadido por un autor desconocido a comien¬ zos del siglo xiv (pág. 472). VIDRIERA. (Véase págs. 299 y 450, il. 8 7 y Idm. co¬ lor V.) VIKINGOS. (Véase normandos.) VILLANO. Término peyorativo, aplicado al conjunto de los campesinos por las clases dominantes feu¬ dales y transpuesto al orden moral: villanía. (Véase il. 120, y págs. 405 y 406.) VILLARD DE HONNECOURT. Arquitecto y dibujante, nacido en Picardía en las postrimerías del siglo xii. Ha dejado un álbum de dibujos de arquitectura, escultura, anatomía y máquinas profusamente anotado (Biblioteca Nacional de París, manuscrito francés 19093). Dirigió la construcción de la colegiata de Saint-Quintin y acaso haya cola¬ borado en las catedrales de Cambrai y de Esz- tergom (Hungría). (Dibujo 42, pág. 608.) (Cf. H. R. Hahníoser, Villard de Honnecourt, 1935 -) VIRGEN. La Virgen María, la nueva eva (pág. 223), cuyo culto, borrado durante la Alta Edad Media, se desarrolla prodigiosamente a par¬ tir del siglo xi, anima un gran renacimiento de la espiritualidad y del arte marianos. La virginidad es un estado ideal, sobre todo para la mujer (¿desequilibrio demográfico en¬ tre los sexos?) (Véase il. 66.) La Virgen y el Niño (ib, 219-222 y lám. co¬ lor III.) VISIGODOS. Pueblo germánico, que invade el Imperio ro¬ mano en el año 410, con su rey alarico. Des¬ pués se instalan en España hasta la conquista árabe, a comienzos del siglo vm. (Véase mapa 1, pág. 32; mapa 2, pág. 49; Atlas, mapa II, pág. 503, y págs. 48 y sigs.) VISIONES. Forma más espiritual de las apariciones, muy numerosas entre los hombres de la Edad Me¬ dia y que manifestaban la presencia del mun¬ do normalmente invisible (il. 133 y págs. 460 y 461). w WACE (Roberto). Cronista anglo-normando. Nacido en Jersey hada 1100, estudia en Caen. Más tarde obtie¬ ne un beneficio en Bayeux. Escribe dos cró¬ nicas en lengua franconormanda: una (Ro¬ mán de Brut, véase novelas bretonas) consa¬ grada a la historia de los bretones, otra (Ro¬ mán de Rou, equivalente a Rollón) a la histo¬ ria de los duques de Normandía, desde Rollón a Roberto Corteheuse (planos 31-32, pági¬ na 233). WALTHER VON DER VOGELWEIDE. Nacido hacia 1170, muerto hacia 1230, es el más célebre de los minnesanger. Tirolés, des¬ pués de haber vivido en la corte de los du¬ ques de Austria en Viena, hacia 1198, lleva más tarde una vida errante cerca de diversos protectores, entre ellos Felipe de Suabia (pᬠgina 362), Otón IV y Federico 11, quien le con¬ cede un feudo hacia 1220. No solamente ha escrito las más bellas canciones de los «Minne» (Canción de mayo, Pastoral, Bajo el tilo), sino que ha sido poeta gnómico, didáctico, mora- lizador, político. Su lied: Ir sult sprechen willekomen es la primera canción patriótica de Alemania. WILLIBROD (San). Nacido en el 658 en el Northumberland. Estu- 685 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL dia en Irlanda en un noviciado de misioneros benedictino. Enviado a Roma, después a Frisia como misionero, muere en 739 en Ecliteinach (il. 200 y pág. 181). (Cf. Willibrordus, Echternacher Festschrift, 1940.) WOLFRAM VON ESCHENBACH Más que un Minnesánger, este bávaro (nacido hacia 1170, muerto en 1220), que cumple di¬ versas funciones cerca de los señores alemanes, es un poeta épico, autor de Parzival (hacia 1200-1210), Willehalm (hacia 1215), Titurel (hacia 1218), el más grande, junto con Hart- mann von Aue y Gottfried de Strasburgo. Es el más religioso y el más místico de los tres, como lo testimonia especialmente toda la orientación de su Parzival hacia el Grial (pᬠgina 575). (Cf. H. J. Koppitz, Wolframs Religiosital, > 959 -) ILUSTRACIONES DEL DICCIONARIO Las virtudes y los vicios Los trabajos de los meses Monedas de oro Sellos Castillos Exteriores románicos Interiores góticos Capiteles Evolución de las estatuas Peregrinos Tesoro de Saint-Denis Formas románicas, formas góticas Relicarios 5* EPIGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 186 A 202 LAS VIRTUDES Y LOS VICIOS En torno al tema del enfrentamiento entre Virtudes y Vicios, legado a la Edad Media por la Psicomaquia de Prudencio (348-hacia 410), se desarrolla el gran combate medieval del Homo dúplex, duelo que termina por interiorizarse. 186. EL ÁRBOL DE LAS VIRTUDES Y EL ÁRBOL DE LOS VICIOS. Viejo tema del simbolismo vegetal, el árbol (recuérdese el árbol de Jessé, el árbol de la vida, el árbol de la Cruz, los árboles genealógicos y, bajo su for¬ ma fantástica, el árbol parlante, el ár¬ bol con cabeza) se presta a la oposición dualista de las virtudes y los vicios: ár¬ bol florido y árbol estéril, extraídos del Evangelio y que responden a la ne¬ cesidad medieval de la prueba tangi¬ ble: “Conoceréis el árbol por sus fru¬ tos." El Líber Floridus de Lambert es una de las primeras enciclopedias me¬ dievales. Se trata de un florilegio, un resumen de la Historia sagrada y pro¬ fana, de los acontecimientos contempo- ráneos (I.* Cruzada), de la geografía, la astronomía y la enseñanza moral. El manuscrito, terminado en nao, es el original, ilustrado a medida que se avanzaba en su ejecución. (Gante, Bi¬ blioteca de la Universidad, manuscri¬ to 16, fol. 231 vuelto.) 187. CASTIDAD CONTRA LUJURIA. La Psicomaquia del español Prudencio disfrutó bien pronto de una gran po¬ pularidad, dado que su obra no era solamente edificante, sino también po¬ lémica. Celebraba las virtudes cristia¬ nas sobre los vicios paganos. En este manuscrito del siglo X, probablemen¬ te copiado en la abadía de Saint- Amand, cerca de Valenciennes, puede verse, en la parte superior, a la Fe cris¬ tiana en el acto de recompensar, por medio de una corona, a las virtudes que la han ayudado a vencer a la ido¬ latría pagana. En la parte baja, la Cas¬ tidad emprende su combate contra la Lujuria. (Valenciennes, Biblioteca Mu¬ nicipal, manuscrito 412, fol. 32.) 188. LA ESCALA DE LAS VIRTUDES. Los temas ascensionales (escala de Ja¬ cob, escala de las virtudes; véase el Hortus Deliciarum de Herrada de Landsberg) proporcionaban al simbolis¬ mo de la vida moral una ilustración cuyo alcance es evidente. Este manuscri¬ to de la enciclopedia mística de la aba¬ desa Hildegarda de Bingen (muerta en 1178), el Líber Scivias, debió de ser escrito e ilustrado bajo la dirección de la santa. (Wiesbaden, Biblioteca Muni¬ cipal, códice 1, fol. 178 vuelto.) LOS TRABA JOS DE LOS MESES El tema de los meses del año parece derivar del tema antiguo de las esta¬ ciones. Sin embargo, en tanto que éste fue generalmente tratado de una manera 688 -V.\ 1 -hrtnO IV» 201 202 EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 186 A 202 mística, el tema medieval es ilustrado de manera realista. Constituye una enci¬ clopedia figurada de los trabajos campesinos, con intermedios primaverales (abril y mayo) ambiguos y diversos: las escenas realistas se ven con frecuencia reemplazadas por escenas simbólicas, tornadas de la vida señorial o de los ritos campesinos, en relación con la llamada a la fecundidad o el despertar de la naturaleza. El gran escultor lombardo Benedetto Antelami (véanse ils. So y 97) es el autor de estos relieves, destinados al Baptisterio de Parma, donde firmó el arqui¬ trabe del pórtico en 1196. Figuras graves, macizas, completamente románicas. 189. FEBRERO. Cava de la tierra y signo zodiacal de los peces. (Parma, Baptisterio.) 190. MAYO. Fusión del tema señorial del caballero y del tema campesino de la poda de los árboles por medio del hocino. (Par¬ ma, Baptisterio.) 191. JUNIO. La siega: corte de los tallos a media al¬ tura, a fin de dejar altos rastrojos para pasto de los rebaños. (Parma, Baptis¬ terio.) 192. AGOSTO. Fabricación de toneles para la próxi¬ ma vendimia. (Parma, Baptisterio.) MONEDAS DE ORO La reanudación, en el siglo XIII, de la acuñación de monedas de oro va acompañada por concesiones a las actitudes mentales frente a la moneda. El simbolismo debe atenuar la reticencia guardar el carácter “prestigioso” de las indicado en la pieza, proporcionar un 193 Y 194. EL ESCUDO DE ORO DE SAN LUIS. Acuñado a partir de 126j, aproxima¬ damente, aunque de una difusión res¬ tringida, el escudo de oro de San Luis lleva en el reverso la leyenda Christus vincit, Christus regnat, Christus irape- rat, “Cristo vence. Cristo reina, Cristo impera”, tema del triunfo cristológico, pero al mismo tiempo tema de exorcis¬ mo. En el anverso, las flores de lis. (París, Biblioteca Nacional.) que se opone al uso de la plata, salva- piezas y, en ausencia de valor numérico punto de comparación y de referencia. 195 Y 196. EL DUCADO DE ORO DE VE- NECIA. Acuñado a partir de 1284, sometido también a devaluaciones o, menos fre¬ cuentemente, a revaloraciones, el duca¬ do eclipsará al florín al término de la Edad Media. En el anverso, San Mar¬ cos, patrón de la ciudad. En el rever¬ so, el dogo Dándolo (1280-1288), arro¬ dillado al pie de San Marcos. (París, Biblioteca Nacional, Gabinete de las Medallas.) 689 EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 186 A 202 197 Y 198. EL FLORÍN DE ORO DE FLO¬ RENCIA. Acuñado a partir de 1252, el florín de Florencia alcanza pronto una difusión tal que, como antes el “besant” bizan¬ tino, el término se convertirá en sinó¬ nimo de moneda de oro. Lleva en el anverso el lis simbólico y en el reverso a San Juan Bautista, patrón de la ciu¬ dad (el famoso baptisterio, il mió bel San Giovanni, del Dante le está dedica¬ do). (París, Biblioteca Nacional, Gabi¬ nete de las Medallas.) SELLOS A medida que se extiende la autoridad del escrito, el sello se convierte en el signo de la autenticidad. Es la marca de soberanía. Señores, obispos, capítu¬ los, ciudades y corporaciones luchan ásperamente por conquistar y defender su derecho de sello, que va parejo al derecho de jurisdicción. Los temas sigilográ- ficos son a menudo reveladores de realidades políticas y mentales. 199. SELLO DE FELIPE DE ALSACIA (1170) Felipe de Alsacia, conde de Flandes, se hace representar en figura de caballe¬ ro. (París, Archivos Nacionales.) 200. SELLO DE GRAVELINAS (1244). El sello representa al patrón de la ciu¬ dad, San Willibrod d’Echternach, após¬ tol de Bélgica, Holanda y Luxemburgo en el siglo VII. El santo, revestido con los ornamentos de obispo mitrado, con báculo y bendiciendo, realiza el simbó¬ lico “pasaje” en barco. El sello se en¬ contró adherido a una promesa de los regidores de Gravelinas de unirse al partido del rey de Francia en el caso de que la condesa Margarita de Flan- des no cumpliese sus compromisos con respecto a Francia. (París, Archivos Nacionales, J. 557, núm. y.) ÍOl. SELLO DE COLONIA (l I49). Este ejemplar del sello de Colonia, que data de 1268, aunque se remonta a 1149, representa las murallas y las torres de la ciudad, pero también la soberanía archiepiscopal, simbolizada por San Pedro, patrón de la catedral. La leyenda subraya “Santa Colonia, por la gracia de Dios, hija fiel de la Iglesia romana”. (Colonia. Museo Mu¬ nicipal.) 202. SELLO DE TRÉVERIS (l 113). Ejemplar de 1221 del sello de Tréve¬ ris, que se remonta a ni j. Reviste los mismos caracteres: la ciudad (Sancta Treveris), simbolizada por sus mura¬ llas y sus puertas, y el poder de la Igle¬ sia sobre la ciudad archiepiscopal, ma¬ nifestado por el Cristo entre San Pedro y San Eucario, primer obispo de Tré- veris, discípulo legendario de San Pe¬ dro, al que había sido dedicada una iglesia en el siglo V. (Tréveris, Archi¬ vos Municipales.) 690 EPIGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 203 A 214 CASTILLOS Los castillos evolucionan entre el final del siglo X, en que aparecen los primeros castillos de piedra, y el siglo XIV, en que se tornan mayores y de estructura más compleja. Las partes consagradas a la habitación toman más importancia. Asimismo, siguen la evolución general del arte y, por lo tanto, se puede distinguir, por la técnica y la estética, los castillos romáyiicos de los cas¬ tillos góticos. No obstante, no dejan de responder a tres preocupaciones: el im¬ perativo de la defensa (los castillos fuertes), la necesidad de adaptarse a las con¬ diciones topográficas (de donde deriva la diversidad de planos) y las razones de prestigio (las torres tienen una significación social, tanto como una función militar. 203. UNA TORRE DEL HOMENAJE (<(DON- JON») CIRCULAR SOBRE UNA ELEVACIÓN DEL terreno: RESTORMEL. Los normandos erizaron Inglaterra de castillos, pero la piedra no reemplazó a la madera sino en el curso del si¬ glo XII. El tipo habitual fue un ancho " donjon” circular, elevado sobre un túmulo de tierra, esencialmente orga¬ nizado para la defensa, con una entra¬ da estrecha y muy defendida. (Restor- mel, Cornualles.) 204. UN CASTILLO GÓTICO: CASTEL DEL MONTE. Castel del Monte fue edificado por Fe¬ derico II hacia 1240. Se trata de un octógono regular, con torres también octogonales en los ángulos, de una ele¬ vación de 24 metros. Incluso el patio es octogonal. La disposición interior es notable: los conductos de agua y las piezas recuerdan a la vez las salas ca¬ pitulares y las habitaciones conventua¬ les (Federico II favoreció la acción constructora de los cistercienses en Ita¬ lia del Sur) y los refinamientos de la decoración tomados de los castillos principescos musulmanes. El espíritu ecléctico de Federico II se pone de ma¬ nifiesto en este edificio de aspecto se¬ vero en el exterior y lugar de delicias en el interior: “Dentro del cuadro gótico, atmósfera de reino oriental” (A. Chas- tel). (Castel del Monte, Apulia.) 205. UNA TORRE DEL HOMENAJE O ((DON¬ JON)) : HOUDAN. He aquí una de esas torres que eriza¬ ban el dominio real y que los primeros Capetos encontraron grandes dificul¬ tades en reducir. Construida de noy a 11 y] por Amaury III, señor de Mon- fort y conde de Mantés, era, ante todo, un edificio militar: sólo se podía pe¬ netrar en él por el primer piso y por medio de escaleras. Es una enorme torre circular de quince metros de diᬠmetro, flanqueada por cuatro torreci¬ llas dispuestas siguiendo los ángulos de 691 53 EPIGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 203 A 214 un cuadrado. De Amaury, tío de Luis VI el Gordo, escribe Suger que era “caballero sin par, barón muy po¬ deroso” y que, con la reina madre Ber- trada y el hermano del rey, Felipe, in¬ tentaron oponer al rey, hacia la Nor- mandía, un obstáculo infranqueable de castillos, desde los cuales pudiesen también infligirle “todos los días” da¬ ños hasta llegar a París. (ILoudan, Sei- ne-et-Oise.) 206. un castillo evolucionado: BEAUMARIS. Eduardo I (1232-1303) hizo construir ocho grandes castillos en .el País de Ga¬ les que había conquistado: plazas fuer¬ tes destinadas a mantener la nueva conquista, pero también construccio¬ nes de prestigio y, en fin, residencias capaces de alojar a una corte cada vez más numerosa y exigente. Las abertu¬ ras, siempre muy protegidas, se multi¬ plican. En la construcción de Beauma- ris, que costó aproximadamente cator¬ ce mil cuatrocientas libras, se tardó de 1295 a 1330. En el verano de 1293, trabajaban en su obra tres mil qui¬ nientos obreros. (Beaumaris, País de Gales.) EXTERIORES ROMANICOS El arte románico es diverso en sus tradiciones, sus orígenes y sus propósitos. 207. MARÍA LAACH. La abadía betiedictina de Alaría Laach, en el Eifel, fue edificada, al menos en su parte esencial, de 1093 a 1136, bajo la influencia de la catedral de Spira. Conserva la disposición de las grandes iglesias carolingias y otomanas, con atrio y westwerk, dos ábsides flanquea¬ dos de torres, lo que presta una silueta muy particular a su masa, dominada por seis campanarios. Sin embargo, la nave central y las naves laterales, de plano más largo que ancho, están, como en Tréveris, completamente cu¬ biertas por bóvedas de arista. 208. MILÁN: BASÍLICA DE SAN AMBROSIO. San Ambrosio de Milán, reconstruido siguiendo el plano de una basílica ca- rolingia del siglo IX, con su atrio, sus tres naves sin crucero y su coro con tres ábsides. A pesar de sus bóvedas de oji¬ va, ‘‘con sus tribunas y la alternancia de sus pilares bien calculados, la inter¬ pretación del espacio y el tratamiento de las masas son más latinas que romᬠnicas” (Henri Focillon). 209. LECZYCA. La colegial de Tiem cerca de Leczyca, en Polonia, en la provincia de Lodz, ha sido comenzada en 1141 y consagrada en 1161, en el emplazamiento de una abadía fundada a finales del siglo X por Boleslao el Valiene a petición de San Adalberto, y dedicada a la Virgen y San Alexis. Tiene doble ábside. 692 b*. 'jgtim-.^** .... . t :/flHMIhÉMIÍBHÉani [ » j SEi&i u V* -&I(8Í1ÍSP ' 'js^fijSf vfe. ~^^¡Kf\~ fc. • Itj ' j p * i i r »í'.i [ W r i i • i SÍ ft a f’il i ígfc '.1 1 i 1 '■’. 1- Sil Ly í%' | . •»- «W s < ¿ J M • 1 [T ^VMDrjf |mi EPIGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 203 A 214 210. LUND. La catedral de Lund, en Suecia (114$), se relaciona con la Germania. Lund (Londinum Gothorum), la “Lundla so¬ bre el Eyrarsund” de la saga de Egil, fue elevada a la categoría de obispado a mediados del siglo XI, a arzobispado en el año uoj y recibió el rango de primacial para toda la Escandinavia en 1163. INTERIORES GÓTICOS Si la arquitectura románica es diversa, la arquitectura gótica que la con¬ tinúa se desarrolla en una sola y única dirección. Contemporánea de la escolás¬ tica, revela “la constancia, la continuidad y el vigor de un razonamiento” (Hen- ri Focillon). 211. NOYON, CATEDRAL. La catedral de Noyon, cuyo coro y cru¬ cero se elevaron entre 1150 y 1185 (las reliquias de San Eloy fueron traslada¬ das a ella en 7/57) y cuya nave fue re¬ matada a principios del siglo XIII, es una obra maestra del “primer arte gó¬ tico”. La finalidad que guía ya su cons¬ trucción consiste en eliminar toda gran superficie mural, pero la superposi¬ ción de los cuatro pisos desarrolla una horizontalidad que pronto será aban¬ donada. 212. AMIENS, CATEDRAL. La nave de Amiens fue construida de 1220 a 12)6. El coro (elevado, contra¬ riamente a la costumbre, después de la nave) se terminó en 1269. La nave es una “obra maestra de estructura, la ex¬ presión más pura, más perfecta, del sis¬ tema gótico”. Pero ya se anuncian en ella las exageraciones y la desmesura de la elevación: la bóveda de la nave se alza a cuarenta y dos metros, las ven¬ tanas tienen doce metros de altura y, en el coro, el muro del triforio está reemplazado por una claraboya vidria¬ da, que tiene tendencia a confundirse con las ventanas altas. 213 . BOURGES, CATEDRAL. La catedral de Bourges, empezada ha¬ cia 1195, bajo el episcopado de Henri de Sully, hermano de Maurice de Sully, el obispo fundador de Notre-Dame de París, presenta, especialmente en su cripta, grandes semejanzas con la cate¬ dral parisiense. El coro fue terminado en 1214. La nave, construida en su par¬ te esencial en el segundo cuarto del si¬ glo XIII, se finalizó hacia 1270. La no¬ vedad y la belleza de Bourges procede, sobre todo, de sus cinco naves y de la progresión oblicua de los pisos que re¬ sulta. Pero la nave central, cuyo espe¬ cial aspecto procede de los pilares con núcleo central, rodeado de ocho co- lumnitas que se elevan a diecisiete 693 EPIGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 203 A 214 metros y de las grandes arcadas que culminan a veintiún metros, combi¬ na maravillosamente la fuerza con el vuelo. 2x4. PARÍS, LA SAINTE-CHAPELLE. La Sainte-Chapelle, capilla del Palacio Real, edificada de 1243 a 1248, proba¬ blemente por Pierre de Montreuil — doctor lithororum, doctor en piedra, como dice su epitafio con referencia a los universitarios y a la escolástica —, por encargo de San Luis, que quería albergar en ella la corona de espinas y un fragmento de la Vera Cruz compra¬ dos en Constantinopla, es el primer ejemplo del calado de los muros que caracterizará al gótico florido. Sobre una capilla baja, la cual era destinada a los servidores, se eleva la capilla- relicario, de una sola nave, cuyas quin¬ ce inmensas ventanas no dejan entre ellas sino delgadas columnitas. Dichas columnas se elevan hasta las bóvedas, las cuales culminan a 20,30 metros. Pero, de la misma manera que el fres¬ co recubría la superficie del muro románico, aquí la vidriera colorea toda la superficie, por entero abierta a la luz. 694 EPIGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 215 A 230 CAPITELES El capitel es un elemento esencial en la decoración románica y pone de manifiesto el doble carácter de su escultura arquitectural, ya que somete las figuras al cuadro en el que se insertan, y ornamental, en el sentido de que las ordena siguiendo un propósito de conjunto. Esa doble preocupación está ins¬ pirada por la mentalidad mágica que empuja al artista a llenar todo el espacio, a no dejar ningún vacío a las fuerzas del mal. Puesto que el arte románico debe “hacer hablar a la Iglesia”, el capitel románico es las más de las veces bas¬ tante historiado y es una transición entre el capitel corintio, que la Antigüe¬ dad ha legado a la Alta Edad Media, y el capitel gótico que vuelve gustosa¬ mente, bajo una forma con frecuencia más “naturalista”, al campo de lo no figurativo. 215. UN CAPITEL MEROVINGIO: JOUARRE. Capitel corintio de la cripta merovin- gia de Jouarre (siglo VII) —capilla fu¬ neraria de los fundadores y de sus familias —, probablemente esculpido en el siglo VII en un taller pirenaico. Conserva, si bien bajo un aspecto más tosco, las volutas y las hojas de acanto de los modelos antiguos. Sin embargo, ya se desliza hacia el simbolismo me¬ dieval cristiano: serpientes entrecru¬ zadas y áncoras que representan la prudencia y la esperanza. (Jouarre, Seine-et-Marne, Cripta de la Abadía de Notre-Dame.) 21 6. UN CAPITEL ROMÁNICO: EL SUICI¬ DIO DE JUDAS. En este capitel del siglo XII, la lección moral, la atracción de los diablos y de los monstruos, el sentido de las líneas humanas, vegetales e imaginarias se combinan en una composición de expre¬ sividad atrayente. (Autun, Catedral.) 217. UN CAPITEL ROMÁNICO: EL JUICIO FINAL. La escultura triunfa en los capiteles de Saint-Nectaire (siglo XII). Los ángulos no separan las escenas, sino que real¬ zan los personajes esenciales. En la ilustración, el Cristo se presenta como juez, sentado en un trono con la lanza, la esponja, un martillo y los cuatro cla¬ vos: los instrumentos de la Pasión son todavía los instrumentos del triunfo. Dos ángeles sostienen la Cruz. Otros dos tocan la trompeta y despliegan banderolas. Sobre una de ellas se lee: venite, “venid”. Se dirige a los elegidos, que están a la derecha del Señor. La otra dice: discedite, “marchaos”. Ex¬ pulsa a los condenados, que se lamen¬ tan a la izquierda. (Saint-Nectaire, Puy- de-Dóme.) 218. UN CAPITEL GÓTICO: HOJAS Y ANI¬ MALES FANTÁSTICOS. La flora invade el capitel gótico con 54 695 EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 215 A 230 wna preocupación creciente por el rea¬ lismo y una tendencia siempre mayor hacia la complicación de las formas. En este capitel de la segunda mitad del siglo XIII, procedente con toda proba¬ bilidad de la Abadía de Maubuisson, una maraña vegetal envuelve animales fantásticos y monstruos, supervivencia de la época románica. (París, Museo del Louvre.) EVOLUCIÓN DE LAS ESTATUAS Del románico al gótico, la expresión y la actitud, antes rígidas, se tornan en primer término graciosas, después amaneradas (ils. 219-222). La estatua se desprende de la columna (ils. 229 226). 219. del románico al gótico. Obra del tercer cuarto del siglo XII, que se enlaza con el arte de Chartres por su tipo y los ritmos de sus drape- rías. No obstante, la rigidez de las vír¬ genes románicas comienza a vacilar, so¬ bre todo, lo cual no es común, por la actitud del Niño. (Estatua de Saint- Martin-des-Champs, en París, Basílica de Saint-Denis.) 220 . GÓTICO PURO. La actitud se hace más libre, el rostro se afina, los pliegues, en vez de ocultar el cuerpo, dejan transparentar sus for¬ mas (comienzo del siglo XII). (Iglesia de Gassicourt, Oise.) 221 . HACIA EL GÓTICO AMANERADO. Estatuilla del último cuarto del si¬ glo XIII, tallada en boj, que está em¬ parentada con los marfiles parisienses contemporáneos. Anuncia la estatuaria gótica posterior: ligero contoneo, ojos almendrados, rostro saliente. Pero la actitud natural y la tranquilidad de la cara “pertenecen todavía a la tra¬ dición monumental del siglo XIII”. (Lille, Palacio de Bellas Artes.) 222 . GÓTICO PRECIOSISTA. Obra de los comienzos del siglo XIV, en la que el preciosismo es ya evidente. Se emparenta con el estilo de Reims ■—gracia y sonrisa—, por intermedio de un modelo imitado con alguna fre¬ cuencia: la Virgen dorada de la Ca¬ tedral de Amiens. (Capilla del Cemen¬ terio de Saint-Amand-les-Pas, Pas-de- Calais.) 223. estatuas-columnas: figura del ANTIGUO TESTAMENTO. Esta estatua de hacia finales del si¬ glo XII (véase il. yo) evoca las más be¬ llas creaciones francesas (desde el Pór¬ tico Real de Chartres hasta Saint-Loup de Naud y, al pie de los Pirineos, Saint-Just de Valcabrére). (Sangüesa, Santa María la Real.) 696 i M Tj JT7 rTrTiTT [Ti j [ t.'j] EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 215 A 230 224 . estatuas-columnas: san pedro Y SAN PABLO. Seis pedestales del siglo Xll, que sos¬ tienen cada uno dos estatuas de após¬ toles, adornan la capilla de San Mi¬ guel, construida para albergar las reli¬ quias traídas de Toledo en el momen¬ to de la conquista musulmana. (Ovie¬ do, Catedral, Cámara Santa.) 22 5 . LA GRACIA DE LA CHAMPAIGNE '. ÁNGEL «DE LA SONRISA» DE REIMS. Esta célebre estatua data del perio¬ do 1236-1250. Es la obra del último pe¬ ríodo de Reims. “Arte de una elegan¬ cia exagerada, que tiene una gracia exquisita, aunque es una gracia com¬ pletamente humana, que no expresa ningún pensamiento religioso” (G. Gail- lard). (Reims, Catedral.) 226. LA NOBLEZA DE ESTRASBURGO: LA SINAGOGA. Los artistas del taller del crucero de Estrasburgo, hacia 1230, fueron forma¬ dos en Chartres. Sin embargo, las esta¬ tuas de la Iglesia (la Nueva Ley o el Cristianismo triunfante) y de la Sina¬ goga (la Antigua Ley o el Judaismo vencido, bajo los rasgos tradicionales de una mujer con los ojos vendados, que simboliza la ceguera de los judíos frente al Cristo) manifiestan “una es¬ piritualidad y un refinamiento del sen¬ timiento propiamente locales” (V. Be- yer). Cabe también en lo posible que el escultor se haya inspirado en mo¬ delos en madera. (Estrasburgo. Cate¬ dral: copia. El original se encuentra en el Museo de la Obra de Nuestra Se¬ ñora.) PEREGRINOS La gran peregrinación conduce a Santiago de Compostela, y la insignia del santo, la concha, convertida en signo de los peregrinos, adorna los vestidos, las casas y los monumentos en todos los caminos que llevan a Galicia. Se trata de una concha abundante en las costas de la región, la concha venera, populari¬ zada por el milagro de Santiago, según el cual salvó de ahogarse a un príncipe arrastrado por su caballo desbocado al mar, de donde salió cubierto de conchas. Los papas reservaron el monopolio de la venta de conchas a ciertos mercaderes de Santiago, autorizados por el arzobispo para venderlas en el pórtico de la catedral. 227. SANTIAGO PEREGRINO. La basílica de Saint-Julien de Brioude, ténnino de una peregrinación regional muy concurrida, constituía también una etapa hacia Santiago de Compos¬ tela. Testimonio de ello es esta es¬ tatua del siglo XV que representa al santo con el sombrero adornado de la concha. (Iglesia de Saint-Julien de Brioude.) 697 EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 215 A 230 228. LA SALVACIÓN POR LA PEREGRINA¬ CIÓN. En ese cortejo de elegidos del Juicio Final que figura en el tímpano de la catedral de Autun (siglo XII) podemos ver un cruzado y un hombre del pue¬ blo (un “jacquet”, un “jacobeo”), con su saco al hombro y, al extremo de su bastón de peregrino, la bolsa de piel adornada con una cruz o con una con¬ cha sobre uno de sus lados. La peregri¬ nación los ha salvado. La escultura sir¬ ve de propaganda a la peregrinación. (Autun, Catedral.) 229. LA PEREGRINACIÓN DE LOS LISIA¬ DOS : SANTA REDEGUNDA. Las grandes peregrinaciones atraen a la red la formación en las encrucijadas de sus caminos de centros locales y re¬ gionales. Pasar por esas etapas y rezar en ellas sus devociones forma parte de la peregrinación. Para la mayor parte no es sino una parada, un eslabón de la piadosa cadena que les lleva a lo le¬ jos. Para otros, a los que la fatiga, la falta de dinero o un milagro detienen. la ruta puede terminar en esas etapas intermedias. Aquí una santa curande¬ ra, Santa Redegunda (véase il. 14), en una desviación de un camino de San¬ tiago, cerca de Rodez, es solicitada por los lisiados y los enfermos, que forman un fuerte contingente de las tropas de la peregrinación. Los exvotos de los acogidos (miembros curados, bastones ya inútiles) son ofrecidos a la santa. (Fresco del siglo XII, Sainte-Radegon- de, Aveyron.) 230 . UNA FAMILIA DE PEREGRINOS. Esta miniatura adorna una Biblia del siglo XIII, ejecutada en la abadía de Saint Waast de Arras. Ilustra el co¬ mienzo, un poco modificado, del Li¬ bro de Rut: “Elimelec emigra (pere- grinatur) al país de los moabitas cotí su mujer y sus dos hijos” (en el texto de la Biblia se precisa que es el ham¬ bre lo que los hace partir). Los emi¬ grantes están representados con el ves¬ tido clásico del peregrino: sombrero, bastón, alforjas. (Bolonia, Biblioteca Municipal, manuscrito 5, fol. 83.) 698 EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 231 A 246 TESORO DE SAINT-DENIS Los tesoros de las iglesias constituyen el lujo eclesiástico: homenaje a Dios, objetos de prestigio, reserva económica que se empeña, vende o hace fundir en caso de necesidad. Se hallan compuestos, en general, por objetos de arte, antiguos o árabes, montados en el siglo XII y adornados de cabujones o de trozos de metal dorado que tanto amaba el gusto bárbaro de la Edad Media. Uno de los más ricos y célebres tesoros es el reunido por el abad Suger para la basílica de Saint-Denis, a mediados del siglo XII. He aquí cuatro de las principales piezas conservadas hasta nuestros días: 331. COPA LLAMADA DE LOS PTOLOMEOS, EN SARDÓNICE. (París, Biblioteca Nacional.) 332. CÁLIZ DE SUGER, EN SARDÓNICE. (Wáshington, National Gallery of Art.) 233. JARRO ANTIGUO, EN SARDÓNICE. (París, Museo del Louvre.) 234. JARRO ÁRABE EN CRISTAL DE ROCA. (París, Museo del Louvre.) FORMAS ROMANICAS, FORMAS GÓTICAS No hay un tipo único de fachada románica. Incluso en las más ordenadas, la unidad entre todos sus elementos se encuentra raramente conseguida de una manera total. Las aberturas y la ornamentación siguen siendo limitadas. La fachada continúa siendo, en primer término, un muro. La fachada gótica crece formando pisos estrictamente ordenados hacia la elevación de las torres. Los pórticos, las altas ventanas, los rosetones agujerean el muro por todas partes. Un universo de estatuas puebla todos los huecos. Al ritmo románico de las for¬ mas redondas, que intenta reproducir la perfección del universo en la iglesia- microcosmos, se opone el vuelo gótico hacia la luz, la búsqueda hacia el más alto de los cielos. Al escalonamiento románico de las masas, convergentes hacia la torre linterna encima del crucero, se opone la cabecera gótica, elevándose a través de la caja horadada de los arbotantes. Al recogimiento y al misterio romᬠnicos encerrados entre los pesados pilares de la nave, las bóvedas de medio punto o de aristas y los muros con aberturas escasas, se enfrenta el arranque gótico que crece a lo largo de las elegantes columnas hacia el crucero de ojivas, bañado en la luz. 55 699 EPÍGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 231 A 246 335. MÓDENA, FACHADA DE LA CATEDRAL. Fachada compartimentada en tres par¬ tes verticales, correspondientes a las tres naves, cortadas por una galería horizontal encima de los pórticos. Fue comenzada en 1909 por el arquitecto Lanfranc y embellecida por el célebre escultor Wiligelmo. El rosetón fue abierto en el siglo XIII. El “campani- le” del fondo, separado, la Ghirlandi- na, coronada por un cuerpo octogonal de comienzos del siglo XIV, le propor¬ ciona cierto arranque. 236. REIMS, FACHADA DE LA CATEDRAL. Creación de cuatro maestros de obra y de varios talleres de escultura, entre 1210 y 1260. 237. LA TRINIDAD DE CAEN (ABADÍA DE LAS DAMAS), CORO. Construida a partir de 1062. Funda¬ ción de la reina Matilde, esposa de Guillermo el Conquistador, que fue sepultada en la abadía en el año 1083. 238. COLONIA, CORO DE LA CATEDRAL. Edificada de 1248 a 1322 sobre el mo¬ delo de las más audaces y elegantes creaciones góticas: Amiens y Beau- vais. 239. SAINT-NECTAIRE, ÁBSIDE DE LA IGLESIA. Ábside maravillosamente ordenado de una de las más bellas creaciones de la arquitectura románica en la Auvernia de mediados del siglo XII. 240. LE MANS, ÁBSIDE DE LA CATEDRAL. El ábside de la catedral de Le Mans (el coro fue consagrado en 1234) es "“un ábside gótico evolucionado, de una gran riqueza en la composición de las masas... que los arbotantes parecen menos sostener que izar en su vuelo ha¬ cia los cielos” (Henri Focillon). 241. CARDONA, NAVE LATERAL DE LA IGLESIA. Sant Vicens de Cardona, en Catalu¬ ña (1040), es una de las primeras gran¬ des creaciones del arte románico. 242. BOURGES, NAVE LATERAL DE LA CATEDRAL. Ese primer colateral de la catedral de Bourges (entre 1230 y 1230) es una nave intermedia (véase il. 213). 700 “*-*A*-i jfr 4 i v| r f HV; 1 _ , H 1 f M! ir R > : i jíj L i f JAlMHBHaEtaKBBteú' lli < mm ■ # *¡ól P®$$| r 5 ti x5W/ 1 l!jP^SÍ^fc*iHP^''^® l 4¿^. I sjf j i ¡j wl * «nSÉ? \j * P*3S P¿JÜ1 - '■* *mE£m\ c-fl i »- r ni iééi^mh - P . i. UÉ I y~'íy i EPIGRAFES DE LAS ILUSTRACIONES 231 A 246 RELICARIOS El orfebre ha sido constantemente requerido para la disposición y la con¬ servación de las reliquias. Las formas son más diversas, más o menos apropiadas a la naturaleza de la reliquia, la ornamentación más o menos libre. Pero lo pri¬ mordial es la riqueza: calidad de la primera materia, decoración sobrecargada. 243. COFRE-RELICARIO VIKINGO. Cofrecillo-relicario del siglo XII, de madera recubierta de cobre dorado, procedente de la iglesia de Hedal en el Valdres. Tiene la forma de una igle¬ sia de madera, con la techumbre rema¬ tada por las características cabezas de dragones, tomadas de la ornamenta¬ ción de las extremidades de los barcos vikingos. A un lado, el asesinato de Tomás Becket (objeto de una intensa propaganda por parte de la Iglesia) y la Epifanía, en el otro la Crucifixión. (Oslo, Museo de las Artes Decorativas.) 244. CAJA Y PIE-RELICARIO. Este altar portátil es también un reli¬ cario. De ahí su nombre de caja de Egbert, del nombre del arzobispo de Tréveris (977-999) P ara quien la obra fue ejecutada en un momento en que la ciudad era un célebre centro de orfe¬ brería, que trabajaba especialmente para la familia imperial otomana. Las influencias bizantinas, traídas por in¬ termedio de la emperatriz Theófana, mujer de Otón II, son sensibles en ella. Es una de las más bellas piezas del ri¬ quísimo tesoro de la catedral. (Tréve¬ ris, catedral, Schatzkammer.) 245. COFRECILLO-RELICARIO DE BEGÓN Y DE PASCUAL II. Cofrecillo-relicario platio rectangular, colocado sobre una base achaflanada. Está confeccionado en madera recu¬ bierta de placas de plata, doradas en parte. La cara principal presenta al Cristo en cruz, entre la Virgen y San Juan, y, encima de él, el sol y la luna. Unas inscripciones indican que el reli¬ cario ha sido realizado en Conques, bajo el abaciado de Begón (1087-1107), para guardar las reliquias enviadas desde Roma por el papa Pascual II. (Conques, iglesia de Sainte-Foy.) 246. ESTATUA-RELICARIO: SAINTE-FOY DE CONQUES. Esta célebre estatua, revestida de pla¬ cas de oro e incrustada de piedras pre¬ ciosas, ha sido ejecutada probablemen¬ te entre el año 989, fecha de un mila¬ gro que hizo afluir los donativos, y el 1019, año en que dos clérigos de Char- tres, de paso por Conques, se indigna¬ ron ante el carácter pagano de este ído¬ lo. La estatua, enriquecida por diversas piezas, alberga, en una cavidad de la parte posterior, el cráneo de Sainte-Foy, rodeado por una placa de plata. (Con¬ ques, iglesia de Sainte-Foy.) BIBLIOGRAFÍA DE ORIENTACIÓN 56 No figura en esta bibliografía ninguna obra que trate exclusivamente de la Baja Edad Media (siglos xiv-xv). I. Obras generales. XVIII. Comercio, moneda, mer¬ II. Historias nacionales. caderes. III. Alta Edad Media. XIX. La sociedad : integra¬ IV. El Oriente, Bizancio, el ciones Y EXCLUSIONES. Islam y la Cristiandad. XX. Judíos. V. Marina, viajes. XXI. Peregrinaciones . VI. Alimentación. XXII. Derecho e ideas polí¬ VII. Demografía. ticas. VIII. Familia, mujer. XXIII. Historia intelectual. IX. Historia militar. XXIV. Historia literaria. X. Castillos. XXV. Historia de las cien¬ XI. Cruzadas. cias. XII. Técnicas. XXVI. Historia del arte. XIII. Historia e ideas econó¬ micas, generalidades. XXVII. Historia, eclesiástica y RELIGIOSA, ESPIRITUALI¬ XIV. Historia agraria y cam¬ DAD. pesinos. XXVIII. Herejías. XV. Feudalidad y señores. XXIX. Sensibilidad y mentali¬ XVI. Ciudades y burgueses. dades. XVII. Corporaciones, artesa¬ XXX. Vestido. nos, obreros. XXXI. Vida cotidiana. 705 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL I. OBRAS GENERALES M. Beck: Finsteres oder romantisch.es Mittelalter. Zurich, 1950. M. Bloch: Mélanges historiques. 2 vols. París, 1963. The Cambridge Medieval History. 8 vols. Cambridge, 1911-1963. F. L. Ganshof: Histoire des relations internationales: Le Moyen Age. París, 1953 - L. Génicot: Les lignes de faite du Moyen Age. Tournai, 3. a ed. 1961. L. Halphen: Initiation aux études du Moyen Age. i. a ed. París, 1940. Nueva ed. 1961. R. López: Naissance de l’Europe. IV e -XIV‘ siécle. París, 1962. O. Meyer y R. Klauser, ed. Clavis Mediaevalis: Kleines Worterbuch der Mittelalterforschung. Wiesbaden, 1962. E. Perroy, J. Auboyer, C. Cahen, G. Duby, M. Mollat: Le Moyen Age. His¬ toire genérale de Civilisations. T. III. París, 1955. H. Quirin: Einführung in das Studium der Mitielalterlichen Geschichte. 3. a ed. revisada. Braunschweig, 1964. II. HISTORIAS NACIONALES ALEMANIA G. von Below: Der deutsche Staat des Mittelalters. 2. a ed. Leipzig, 1925. B. Gebhardt: Handbuch der deutschen Geschichte. 8. a ed. Stuttgart, 1954-1960. F. Lutge: Deutsche Sozial und Wirtschaftsgeschichte. 2. a ed. Berlín, 1960. INGLATERRA M. W. Beresford y J. K. S. Saint-Joseph : Medieval Eñgland, an aerial survey. Cambridge, 1958. — The Oxford History of England. T. II-VI. Oxford, 1947-1961. D. M. Stenton: English Society in the Early Middle Ages, 1066-iyoy. 1952. AUSTRIA H. Hantsch: Die Geschichte Osterreichs. 4. a ed., t. I. Viena, 1959. BÉLGICA . Doehaerd: L’Expansion économique belge au Moyen Age. Bruselas, 1946. . Pirenne: Histoire de Belgique. T. I-III. Bruselas, 1909-1912. 3. a ed. 1922. 706 BIBLIOGRAFÍA DE ORIENTACIÓN ESPAÑA M. Desfourneaux : Les Frangais en Espagne aux XI e et XIP siécles. París, 1949. J. Font Rius: Instituciones medievales españolas. Madrid, 1949. Menéndez Pidal (diversos autores dirigidos por): Historia de España. Menéndez Pidal: La España del Cid. 2 vols. 1929. Vicens Vives: Historia social y económica de España y América. T. I: Colonizaciones , feudalismo, América primitiva (s. vm-xii). Barcelo¬ na, 1957. T. II: Patriciado urbano , Reyes Católicos , descubrimiento de América (si¬ glos xiii-xiv-xv). Barcelona, 1957. P. Vilar: Histoire de l’Espagne. París, 1963. FRANCIA J. Dhondt: Étude sur la naissance des principantes territoriales en France. Bru¬ jas, 1948. G. Duby, R. Mandrou: Histoire de la civilisation frangaise. T. I. París, 1958. R. Fawtier: Les Capétiens et la France. París, 1942. F. Lot, R. Fawtier: Histoire des Institutions frangaises au Moyen Age. T. I: Institutions seigneuriales. París, 1957. T. II: Institutions royales. París, 1958. T. III: Institutions ecclésiastiques. París, 1962. HUNGRIA C. A. Macartney: The Medieval Hungarian Historians. Cambridge, 1953. ITALIA G. Luzzatto: Storia económica d’Italia. T. I: L’antichita e il Medio Evo. Roma, 1949. PAÍSES ESCANDINAVOS L. Musset: Les peuples scandinaves au Moyen Age. París, 1951. POLONIA W. Hensel: Les. origines de l’Etat polonais. Varsovia, 1960. J. Rutkowski: Histoire économique de la Pologne avant les partages. París, 1927. Z. Wojciechowski : L’Etat polonais au Moyen Age. Histoire des Institutions. París, 1949. PORTUGAL P. David: Études historiques sur la Galice et le Portugal du VP au XIP siécle. Lisboa-París, 1957. LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL ESLAVOS F. Dvornik: The Slavs. Their Early History and Civilizalion. Boston, 1956. III. ALTA EDAD MEDIA FRANCIA (j) P. Courcelle: Histoire littéraire des grandes invasions germaniques. 1948. J. Danielou y H. I. Marrou : Nouveüe histoire de l’Eglise. T. I: Des origines á saint Grégoire le Grand. París, 1963. Ch. Dawson: Le Moyen Age et les origines de l’Europe. 1932, trad. fr. 1934 y 1960. M. Deanesly: Histoire de l’Europe du Haut Moyen Age (476 a 911). Trad. fr. 1958. J. Décarreaux: Les moines et la Civilisation. París, 1962. A. Deléage: La vie rurale en Bourgogne jusqu’au debut du XI e siécle. 2 vols. Mácon, 1941. H. Fichtenau: L’Empire carolingien. Trad. fr. 1958. J. Fontaine: Isidore de Séville et la culture classique dans l’Espagne wisigot.hi- que. París, 1959. A. Grabar y C. Nordenfalk: La peinture du Haut Moyen Age du IV e au XI' siécle. 1957. R. Grousset: L’Empire des steppes. 1934. L. Halphen: Charlemagne et l’Empire carolingien. 1947. C. Heitz: Recherches sur les rapports entre architecture et liturgie a l’époque carolingienne. 1963. F. Henry: L’art irlandais. 1963. J. Hubert: L’art préroman. París, 1938. J. Hubert: L’architecture religieuse du Haut Moyen Age en France, 1952. R. Latouche: Les origines de l’économie médiévale (IV'-XF siécles). París, 1956. C. Lelong: La vie quotidienne en Gaule á l’époque mérovingienne. 1963. E. Lesne: Histoire de la propriété ecclésiastique en France. 6 vols. 1910-1943. F. Lot: La fin du monde antique et le debut du Moyen Age. 1917, nueva ed. 1951. E. Male: La fin du paganisme en Gaule et les plus anciennes basiliques chré- tiennes. 1950. H. I. Marrou: Saint Augustin et la fin de la culture antique. 1938. L. B. Moss: La naissance du Moyen Age (395-814). 1935, trad. fr. 1961. G. Pepe: Le Moyen Age barbare en Italie. Trad. fr. 1956. H. Pirenne: Mahomet et Charlemagne, 1937. P. Riché : Les invasions barbares. 1953. (1) Bibliografía francesa (en la que se incluyen algunas traducciones) muy sumaria. > ¡5 ^ w § BIBLIOGRAFÍA DE ORIENTACIÓN P. Riché: Education et culture dans l’Occident barbare, VP-XIF siécles. Pa¬ rís, 1962. E. Salín: La civilisation mérovingienne d’aprés les sépultures, les textes et le laboratoire. 4 vols. 1950-1959. E. Stain: Histoire du Bas-Empire. 2 vols. 1949-1959. F. Vergauteren: Elude sur les civitates de la Belgique seconde. 1934. C. Vogel: La discipline pénitencielle en Gaule, des origines á la fin du VIL sié- cle. 1952. IV. EL ORIENTE, BIZANCIO, EL ISLAM Y LA CRISTIANDAD N. Daniel: Islam and the West. The Making of an Image. Edimburgo, 1960. J. Ebersolt: Orient et Occident. Recherches sur les influences byzantines et orientales en France pendant les croisades. París, 1954. A. Malvezzi: L’Islamismo e la cultura Europea. Florencia, 1956. W. Ohnsorge: Abendland und Byzanz. Darmstadt, 1958. R. W. Southern: Western Views of Islam in the Middle Ages. Cambridge, Mass., 1962. Antike und Orient im Mittelalter. (Miscellanea Mediaevalia I.) Ed. P. Wilpert, Berlín, 1962. V. MARINA, VIAJES P. Heinsius: Das Schiff der hansischen Frühzeit. Weimar, 1956. M. Mollat: Histoire universelle des explorations. T. I. París, 1955. J.-P. Roux: Les explorateurs au Moyen Age. París, 1961. VI. ALIMENTACIÓN . K. Bennet: The World’s food. 1954. Buffet y R. Evrard: L’eau potable á travers les ages. Lieja, 1950. Gottschalk: Histoire de l’alimentation et de la gastronomie. París, 1948. E. Jacob: Histoire du pain clepuis 6.000 ans. Trad. fr. París, 1958. Maurizio: Histoire de Valimentation végétale. Varsovia, 1926. Trad. fr. París, 1932. VIL DEMOGRAFÍA E. Baratier: La démographie provéngale du XIIT au XVI c siécle. París, 1961. K. J. Beloch: Bevolkerungsgeschichte Italiens, 3 vols. 1937-1961. 709 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE. MEDIEVAL C. M. Cipolla: Economic History of World Population. Harmondsworth, 1962. E. Keyser: Bevólkerungsgeschichte Deutschlands. 1938. E. Kirsten y H. Buchholz: Raum und Bevolkerung in der Weltgeschichle III. 1955- J. C. Russell: Bntish Medieval Population. Alburquerque, 1948. J. C. Russell: Late Ancient and Medieval Population. Filadelfia, 1958. VIII. FAMILIA, MUJER Recueils de la Société Jean Bodin. T. XI-XII: La femme. Bruselas, 1959. K. Bucher: Die Frauenfrage im Mittelalter. Tubinga, 1922. J. Dauvillier: Le mariage dans le droit classique de l’Eglise. París, 1933. E. Grosse: Die Formen der Familie und die Formen der Wirtschaft. Friburgo- Leipzig, 1896. IX. HISTORIA MILITAR F. Lot: L’art militaire et les armées au Moyen Age. París, 1946. C. Omán: A History of the Art of War in the Middle Ages. Nueva ed. 1953. J. F. Verbruggen: De Krijgskunst in West. Europa in de Middel-eeuwen (con un resumen en francés). Bruselas, 1954. X. CASTILLOS J. Ai.len Brown: English castles. 1954. 2.* ed. 1962. P. Deschamps: Les chdteaux des croisés en Terre Sainte, 1939. F. Gebelin: Les chdteaux de France. 1962. J. Levron: Le cháteau fort et la vie au Moyen Age. París, 1962. XI. CRUZADAS A. S. Atiya: Crusade, Commerce and Culture. Bloomington, 1962. C. Cahen: La Syrie du Nord á l’époque des croisades. París, 1940. R. Grousset: Histoire des croisades et du royanme franc de Jérusalem. 3 vols. París, 1934-1936. J. La Monte: Feudal monarchy in the Latín Kingdom of Jerusalem. Cambrid¬ ge, Mass., 1932. S. Runciman: A history of the crusades. 3 vóls. Cambridge, 1951-1954. BIBLIOGRAFÍA DE ORIENTACIÓN K. M. Setton, ed.: A history of the crusades. Filadelfia. T. I, 1955. T. II, 1962. J.-B. Villars: Les normands en Méditerranée. París, 1951. XII. TÉCNICAS F. Benoit: Histoire de l’outillage rural et artisanal. París, 1947. P. du Colombier: Les chantiers des cathédrales. París, 1953. M. Daumas, ed.: Histoire genérale des techniques. T. I, B. Gille: Les origines de la civilisation technique. París, 1962. T. K. Derry y T. P. Williams: A short history of technology. Nueva York- Oxford, 1961. F. M. Feldhaus: Die Technik der Antike und des Mittelalters. Potsdam, 1931. J. Gimpel: Les bátisseurs de cathédrales. París, 1958. A.-G. Haudricourt y L. Hedin: L’homme et les plantes cultivées. París, 1944. A.-G. Haudricourt y M. Jean-Brunhes-Delamare : L’homme et la charrue. París, 1955. R.-J.-E.-C. Lefebvre des Noettes: L’attelage, le cheval de selle á travers les ages. 2 vols. París, 1931. Lynn White, Jr. : Medieval technology and social change. Oxford-Nueva York, I9 6 2. L. Mumford: Technique et civilisation. 1934. Trad. fr. París, 1950. R. Quenedey: L’habitation rouennaise. Ruán, 1956. C. Singer, E. J. Holmyard, A. R. Hall, T. I. Williams, ed.: A history of tech¬ nology. Vol. II: The Mediterranean Civilizations and the Middle Ages. Oxford, 1956. A. P. Usher: A History of Mechanical Inventions. 2. a ed. Cambridge, Mass., 1954- XIII. HISTORIA E IDEAS ECONÓMICAS, GENERALIDADES J. W. Baldwin: The medieval Theories of the fust Price. Filadelfia, 1959. W. Beveridge: Prices and wages in England: XlIth-XIXth centuries. Londres, 1939. The Cambridge Economic History (M. M. Postan y H. J. Habakk.uk, editores). T. I. The agrarian Ufe of the Middle Ages. Cambridge, 1941. T. II. Trade and industry in the Middle Ages. 1952. T. III. Economic organization and policies in the Middle Ages. 1963. J. Kulischer: Allgemaine Wirtschaftsgeschichte des Mittelalters und der Neu- zeit, 4. a ed. Berlín, 1957. B. Nelson: The Idea of Usury. From tribal brotherhood to universal other- hood. Princeton, 1959. 711 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL J. T. Noonan, Jr. : The scholastic Analysis of Usury. Cambridge, Mass., 1957. H. Pirenne: Histoire économique et sociale du Moyen Age (puesta al día por H. van Werveke). París, 1963. Ph. Wolff, F. Mauro: L’age de Vartisanat, V e -XVIIT siécle. Histoire ge’nérale du travail. T. II. París, 1960. XIV. HISTORIA AGRARIA Y CAMPESINOS W. Abel: Agrarkrisen und Agrarkonjonktür in Mitteleuropa vom XIII bis zum XIX Jahrhundert. Berlín, 1935. K. Bader: Das Mittelalterliche Dorf ais Friedens- und Rechtsbereich. T. I. Weimar, 1957. H. S. Bennett: Life of the English Manor. A Study of Peasant Condition, 1150-1400. Cambridge, 1937. M. Bloch: Les caracteres originaux de l’histoire rurale frangaise. 2. a " ed. París. T. I, 1952. T. II (suplemento por R. Dauvergne), 1956. R. Caggese: Classi e comuni rurali del Medio Evo italiano. 2 vols. Florencia, i9°7i9 0 9- G. G. Coulton: The Medieval Village. Cambridge, 1925. Reimpreso con el título: Medieval Village, Manor and Monastery. Nueva York, 1960. F. Curschmann: Hungersnóte im Mittelalter. Leipzig, 1900. Deutsche Agrargeschichte (ed. G. Franz). T. II. W. Abel: Geschichte der deutschen Landwirtschaft vom frühen Mit¬ telalter bis zum XIX Jahrhundert. Stuttgart, 1962. T. III. F. Lutge: Geschichte der deutschen Agrarverfassung vom frühen Mittelalter bis zum XIX Jahrhundert. 1962 (1). R. Dion: Histoire de la vigne et du vin en France. París, 1959. Ph. Dollinger: L’evolution des classes rurales en Baviére. París, 1949. G. Duby: L’économie rurale et la vie des campagnes dans l’Occident médiéval. 2 vols. París, 1962. R. H. Hilton: Social structure of rural Warwickshire in the Middle Ages. 1950. G. C. Homans: English Villagers in the XIIIth century. Harvard, 1942. I. Imberciadori : Mezzadria classica toscana (IX-XIV sec.). Florencia, 1951. E. A. Kosminsky: Trad. inglesa del ruso: Studies in the Agrarian History of England in the XlIIth Century. Oxford, 1956. G. Roupnel: Histoire de la campagne frangaise, París, 1932. B. H. Slicher van Bath: An agrarian History of Western Europe from 500 A. D. to 1850 A. D. 1960, trad. inglesa 1963. (1) Conviene también consultar el T. IV. G. Franz: Geschichte des Bavernstandes, N. del T. 712 BIBLIOGRAFÍA DE ORIENTACIÓN XV. FEUDALIDAD Y SEÑORES M. Bloch: La société féodale. 2 vols. París, 1939-1940. 2. a ed. 1949. R. Boutruci-ie: Seigneurie et féodalité. T. I: Le premier age des liens d’hom- me á homme. París, 1959. Cl. Cahen: Le régime féodal de l’Italie normande. París, 1940. R. Coulborn, ed.: Feudalism in History. Princeton, 1956. G. Duby: La société aux XI e ,et XII C siécles dans la région máconnaise. París, !959- F. L. Gansoh: Qu’est-ce que la féodalité? 3. a ed. Bruselas, 1957. L. Gautier: La Chevalerie. París, 1884. Ed. resumida. París, 1959. M. Gibbs : Feudal Order. A study of the origins and development of English Feudal society. Londres, 1949. K. }. Hollyman: Le développement du vocabulaire féodal en France pendant le Haut Moyen Age. Ginebra-París, 1957. E. A. Kosminsky: Basic problems of West-European feudalism as reflected in soviet historial Science. Moscú, 1955. J.-F. Lemarignier: Recherches sur l’hommage en marche et les frontiéres feu¬ dales. Lille, 1945. H. Mitteis: Lehnrecht und Staatsgewalt. Weimar, 1933. S. Painter: Feudalism and Liberty. Baltimore, 1961. S. Painter: French Chivalry. Chivalric Ideas and Practices in Mediaeval Fran¬ ce. Baltimore, 1940. Ch.-Ed. Perrin: Recherches sur la seigneurie rurale en Lorraine d’aprés les plus anciens censiers. (ix'-xii 8 s.). 1935. Cl. Sánchez-Albornoz : En torno a los orígenes del feudalismo. 3 vols. Men¬ doza, 1942. L. Verriest: Noblesse, chevalerie, lignage. Bruselas, 1960. Le Féodalisme. Recherches internationales á la lumiére du marxisme. Núm. 37, mayo-junio, 1963. Recueils de la Société Jean Bodin. T. I: Les liens de vassalité et les immunités. Bruselas, 1936. T. II: Le servage. Bruselas, 1937. T. III: La tenure. Bru¬ selas, 1938. T. IV: Le domaine. Bruselas, 1949. XVI. CIUDADES Y BURGUESES Recueils de la Société Jean Bodin: La Ville. i.* parte: Institutions administra- tives et judiciaires. Bruselas, 1954. La Ville, 2. a parte: Institutions écono- miques et sociales. Bruselas, 1955. E, Ennen: Frühgeschichte der europaischen Stadt. Bonn, 1953. 7 ] 3 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Les origines des villes polonaises, ed. P. Francastel. París-La Haya, 1960. L’artisanat et la vie urbaine en Pologne médiévale. Varsovia, 1962. H. L. Ganshof: Etude sur le développement des villes entre Loire et Rhin au Moyen Age. París-Bruselas, 1943. Ch. Higounet: Histoire de Bordeaux. T. II: Bordeaux dans le Haut Moyen Age. Burdeos, 1964. P. Lavedan: Histoire de l’urbanisme. T. I, París, 1959. J. Lestocquoy: Les Villes de Flandre et d’Italie sous le gouvernement des patriciens. París, 1952. H. Ludat: Vorstufen und Entstehung des Stadtewesens in Osteuropa. Colonia, 1 95 6 - L. Mumford: La cité á travers l’histoire. Trad. fr. 1964. J. H. Mundy y P. Riesenberg: The Medieval Town. Princeton, 1958. N. Ottakar: II comune di Firenze alia fine del Dugento. Florencia, 1926. Ch. Petit-Dutaillis : Les communes frangaises. Caracteres et évolutions, des origines au XVIIT siécle. París, 1947. H. Pirenne: Les villes et les institutions urbaines. París-Bruselas, 1939. H. Planitz: Die deutsche Stadt im Mittelalter. Graz-Colonia, 1954. J. Plesner: L’emigration de la campagne á la ville libre de Florence au XIIT siécle. Copenhague, 1934. Y. Renouard: Histoire de Florence. París, 1964. L. Romero: Ensayos sobre la burguesía medieval. Buenos Aires, 1961. F. Rorig: Die europáische Stadt und die Kultur des Bürgertums im Mittelalter. Gotinga, 1955. J. Schneider: La ville de Metz aux XIIT et XIV • siécles. Nancy, 1950. Stádtwesen und Bürgertum ais geschichtliche Krafte. Gedachtnisschrift für F. Rorig, 1953. Storia di Genova. Universitá degli studi, Istituto di storia medievale et moder¬ na. Miscellana di storia ligure. Génova, 1958 y sigs. Storia di Milano. Milán, 1953 y sigs. Storia di Roma. Istituto di Studi romani. Roma, 1938 y sigs. Storia di Venezia. Venecia, 1957 y sigs. Studien zu den Anfangen des europaischen Stadtewesens. Vortrage und For- schungen. T. IV. Constanza, 1958. F. Thiriet: Histoire de Venise. París, 1952. L. G. de V aldeavellano : Sobre los burgos y los burgueses de la España medie¬ val. Madrid, 1960. C. Violante: La societá milanese nell’etá precommunale. Bari, 1953. G. A. Williams: Medieval London: from commune to capital. Oxford, 1963. P. Wolff: Histoire de Toulouse. Toulouse, 1958. 714 BIBLIOGRAFÍA DE ORIENTACIÓN XVII. CORPORACIONES, ARTESANOS, OBREROS E. Coornaert: Les corporations en France avant 1789. París, 1940. D. Knoop y G. P. Jones: The Medieval Masón. Manchester, 1933. G. Mickwitz: Die Kartellfunktionen der Zünfte und ihre Bedeutung bei der Entstehung des Zunftwesens. Helsinki, 1936. XVIII. COMERCIO, MONEDA, MERCADERES M. Bloch: Esquisse d’une histoire monétaire de l’Europe. París, 1954. Recueils de la Société Jean Bodin. T. V: La Foire, 1950. E. Chapín: Les villes de foires de Champagne des origines au debut du XIV e sié- cle. París, 1937. C. Cipolla: Money, prices and civilization in the Mediterranean morid. Prin- ceton, 1956. Ph. Dollinger: La Hanse, XIT-XVIE siécle. París, 1964. G. Espinas: Les origines du capitalisme. T. I: Sire Jehan Boinebroke. Lille, 1933. T. II: Sire Jean de France. Sire Jacques le Blond. Lille, 1936. R. Genestal: Role des monastéres comme établissements de crédit, étudié en Normandie du XT a la fin du XI 1 T siécle. París, 1901. J. Le Goff: Marchands et banquiers du Moyen Age. París, 1956. 2. a ed. Pa¬ rís, 1962. F. C. Lañe y J. C. Riemersma, ed. Enterprise and secular change. Londres, 1953. H. Laurent: Un grand commerce d’exploration au Moyen Age. La draperie des Pays-Bas en France et dans les pays méditerranéens, XII e -XV e siécle. París, 1935. R. López: Settecento anni fa: il ritorno all’oro nell’Occidente duecentesco. 1955- R. López e I. W. Raymond: Medioeval trade in the Mediterranean morid. Nue¬ va York, 1855. G. Luzzato: Studi di storia económica veneziana. Padua, 1954. J. Picquet: Les Templiers: étude sur leurs opérations financiéres. París, 1939. E. Power: The wool trade in english Medioeval History. Oxford, 1941. Y. Renouard: Les hommes d’affaires italiens du Moyen Age. París, 1949. A. Sapori: Studi di storia económica (sec. XIH-XIV-XV). 3. a ed. Florencia, 1955- A. Sapori: Le marchand italien au Moyen Age. París, 1952. L. G. Valdeavellano: El mercado. Apuntes para su estudio en León y Castilla durante la Edad Media. Madrid, 1952. 715 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL XIX. LA SOCIEDAD: INTEGRACIONES Y EXCLUSIONES Recueils de la Société Jean Bodin. T. IX y X: L’etranger. 2 vols. Bruselas, 1958. H. M. Cam: Liberties and Communities in Mediaeval England. Cambridge, >954- E. W. McDonnell: The Beguines and Beghards in Medieval culture , 1954. J. Hansen: Zauberwahn, Inquisition und Hexenprozesse im Mittelalter, 1900. J. Hansen: Quellen und Untersuchungen zur Geschichte des Hexenwahns und der Hexenverfolgung im Mittelalter. Bonn, 1901. R. F. Hunnisett: The Medieval Coroner. Cambridge, 1961. J. Imbert: Les hópitaux en droit canonique. París, 1947. M. Keen: The Outlaws of Medieval Legend. Toronto, 1961. R. Oursel: Le procés des Templiers. París, 1955. Soldan-Heppe : Geschichte der Hexenprozesse. 3. a ed. (nueva edición por M. Bauer). T. I, 1911. C. Verlinden: L’esclavage en Europe médiévale. T. I: Péninsule Ibérique, France. Brujas, 1955. XX. JUDÍOS S. W. Barón: Histoire d’Israél, vie sociale et religieuse. Trad. fr. T. II: Pa¬ rís, 1957. T. III y IV: París, 1961. B. Blumenkranz: Juifs et chrétiens dans le monde occidental (430-1090). Pa¬ rís, 1960. B. Blumenkranz: Les auteurs latins chrétiens du Moyen Age sur les Juifs et le judaisme. París, 1964. R. W. Emery: The Jews of Perpignan i?i the XlIIth century. Nueva York, 1959. J. Katz : Exclusiveness and Tolerance. Studies in Jewish. — Gentile relations in Medieval and Modern Times. Oxford, 1961. L. Poliakov: Histoire de l’antisémitisme. T. I: Du Christ aux Juifs de la cour. París, 1953. G. G. Scholem: Les grands courants de la mystique juive, la Merkaba, la Gnose, la Kabbale, le Zohar, le sabbatianisme, le hassidisme. Trad. fr. París, 1950. G. G. Scholem: Ursprung und Anf tinge des Kabbala. Berlín, 1962. J. Trachtenberg: The Devil and the Jews. The medieval conception of the Jew and ist relations to modern antisemitism-, Yale, 1943. G. Vajda: Introduction a la pensée juive du Moyen Age. París, 1964. G. Vajda: Recherches sur la philosophie et la Kabbale dans la pensée juive du Moyen Age. París-La Haya, 1962. 716 BIBLIOGRAFÍA DE ORIENTACIÓN XXI. PEREGRINACIONES Y. Bottineau: Les chemins de Saint-Jacques. París, 1964. A. Kingsley Porter: The romanesque sculpture of the pilgrimage roads. Bos¬ ton, 1923. E. Lambert: Le pélerinage de Compostelle. Etudes d’histoire médiévale. Tou- louse, 1959. R. Oursel: Les pélerins du Moyen Age. París, 1963. V. Saxer: Le cuite de Marie-Madeleine en Occident, 1955. L. Vázquez de Parga, J. M. Lacarra, J. Urxa Riu: Las peregrinaciones a San¬ tiago de Compostela. 3 vols. Madrid, 1948-1949. J. Viellard: Le guide du pélerin de Saint-Jacques-de-Compostelle. Macón, 1950. 2. a ed. 1963. XXII. DERECHO E IDEAS POLÍTICAS W. Berges: Die Fürstenspiegel des hohen und spaten Mittelalters. Leipzig, 193 8 - M. Bloch: Les rois thaumaturges. 1923. Nueva ed. París, 1961. L. Buisson: Konig Ludwig IX und das Recht. 1954. F. Calasso: I glossatori e la teoría della sovranitá. 3. a ed. Milán, 1957. F. Calasso: Medio evo del diritto. Milán, 1954. M. David: La souveraineté et les limites juridiques du pouvoir monarchique. París, 1954. R. Folz: IJidée d’empire en Occident du V e au XV e siécle. París, 1953. F. Heer: Aufgang Europas: eine Studie zu den Zusammenhangen zwischen po- litischer Religiositat, Frómmigkeitsslil und dem Werden Europas im XII Jahrhundert. Viena y Zurich, 1949. Ch. H. Mc Ilwain: The growth of political thought in the West. Nueva York, 1932. 7. a ed. 1950. E. Kantorowicz: The King’s tzuo bodies. Princeton, 1957. E. Kantorowicz: Kaiser Friedrich II. 2 vols. 3. a ed. 1936. S. Kuttner: Llarmony from Dissonance: An Interpretaron of Medieval Canon Law. 1960. E. Lewis: Medieval political ideas. 2 vols. Londres, 1954. S. Mochi Onory: Fonti canonistiche dell’idea moderna dello stato. Milán, 1951. J. B. Morrall: Political thought in Medieval Times. i. a ed. 1958, 2. a ed. Nueva York, 1962. M. Pacaut: La théocratie. L’Eglise et le pouvoir laique au Moyen Age. Pa¬ rís, 1957. 717 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL J. de Pange:Lí Roí Tres Chrétien. París, 1949. N. Riesenberg: Inalienability of Sovereignty in Medieval thought. Nueva York, 1956. P. E. Schramm: Der Kónig von Frankreich: Das Wesen der Monarcliie vom 5» zum 16 Jahrhundert. 2 vols. Weimar, 1939. P. E. Schramm: Herrschaftszeichen und Staatssymbolik. 3 vols. Stuttgart, 1954. G. Tellenbach: Libertas: Kirche und Weltordnung im Zeitalter des Inves- titurstreites. Leipzig, 1936. Trad. inglesa 3. a ed. Oxford, 1959. J. Touchard, ed. L. JBodin, etc.: Histoire des idees politiques. T. I, París, 1959. W. Ullmann: Principies of Government and Politics in the Middle-Ages. Nueva York, 1961. XXIII. HISTORIA INTELECTUAL M. D. Chenu: La Théologie au XII e siécle. París, 1957. M. D. Chenu: La Théologie comme science au XIII e siécle. 3. a ed. París, 1957. M. D. Chenu: Introduction á l’étude de saint Thomas d’Aquin. París, 1950. M. D. Chenu: Saint Thomas d’Aquin et la Théologie. París, 1959. H. de Lubac: Exégése médiévale. Les quatre sens de l’Ecriture. 3 vols. París, i959-!9 61 - Ph. Delhaye: La Philosophie chrétienne au Moyen Age. París, 1959. A. Forest, F. van Steenberghen, M. de Gandillac: Le mouvement doctrinal du IX e au XIV e siécle. París, 1951. (T. XII de la Histoire genérale de l’Eglise de Fliche y Martin.) R. A. Gauthier: Magnanimité. L’idéal de la grandeur dans la Philosophie paienne et dans la Théologie chrétienne. París, 1951. E. Gilson: La Philosophie au Moyen Age. 1922. Nueva ed. 1947. E. Gilson: Les idées et les Lettres. París, 1932. E. Gilson: Hélóise et Abélard. París, 1938. E. Gilson: L’esprit de la Philosophie médiévale. 2. a ed. París, 1944. Gordon Leff: Medieval Thought from Saint Augustin to Ockham. 1958. M. Grabmann: Die Geschichte der scolastischen Methode. 2. vols. Friburgo de Brisgovia, igog-igii. C. H. Haskins: The Renaissance of the Xllth Century. Cambridge, Mass., 1928. S. d’Irsay: Histoire des Universités. T. I. París, 1933. E. Jeauneau: La Philosophie médiévale. París, 1963. J. Koch, ed. Artes liberales. Von der antiken Bildung zur Wissenschaft des Mittelalters. Leiden-Colonia, 1959. G. de Lagarde: La naissance de l’esprit la'ique au déclin du Moyen Age. 6 vols. París, 1934-1946. Nueva ed. 1956-1963. J. Leclercq: L’amour des lettres et le désir de Dieu. París, 1957. J. Le Goff: Les intellectuels au Moyen Age. París, 1957. 718 BIBLIOGRAFÍA DE ORIENTACIÓN E. Lesne: Histoire de la proprieté ecclésiastique en France. T. IV: Les livres. (Scriptoria et Bibliothéques du commencement du VHP á la fin du XP siécle.) T. V: Les écoles de la fin du VIII e siécle á la fin du XIP siécle. Lille, 1936- 1940. O. Lottin: Psychologie et morale aux XIP et XIIP siécle. 3 vols. Lovaina, i 942-i948-í952. H. de Lubac: Exégése médiévale. Les quatre sens de l’Ecriture. 4 vols. París, i 959 -! 9 6 4 - G. Paré, A. Brunet y P. Tremblay: La Renaissance du XIP siécle: les écoles et l’enseignement. París y Ottava, 1933. P. Renucci: L’aventure de l’humanisme au Moyen Age. (IV‘-XIV e s.) París, x 953- H. Rashdall: The universities of Europe in the Middle Ages. 2. a ed. revisa* da por F. M. Powicke y A. B. Emden. 3 vols. Oxford, 1936. B. Smalley: The study of the Bible in the Middle Ages. 2. a ed. Oxford, 1952. R. W. Southern: The Making of the Middle Ages. Londres, 1953. C. Tresmontant: La Métaphysique du Christianisme et la crise du XIIP siécle. París, 1964. P. Vignaux: Philosophie au Moyen Age. Nueva ed. 1958. M. de Wulf: Histoire de la Philosophie médiévale. 6. a ed. 3 vols. Lovaina, 1934. XXIV. HISTORIA LITERARIA R. R. Bezzola: Les origines et la formation de la littérature courtoise en Occi- dent. 3 vols. París, 1944-1960. R. R. Bolgar: The classical Heritage and its Beneficiarles. Cambridge, 1954. G. Cary: The medieval Alexander. Cambridge, 1956. E. R. Curtius: La littérature européenne et la Moyen Age latín. París, 1956. H. Davenson: Les troubadours. París, 1960. O. Dobiache-Rojdesvensky: Les poésies des Goliards. París, 1931. M. M. Dubois: La littérature anglaise du Moyen Age. París, 1931. F. Estrada: Introducción a la literatura medieval española. Madrid, 1952. J. Flinn: Le Román de Renart dans la littérature frangaise et dans les litté- ratures étrangéres du Moyen Age. Toronto-París, 1964. A. Fourrier: Le courant réaliste dans le román courtois en France au Moyen Age. París, 1960. I. Frank: Trouvéres et Minnesanger. Sarrebrück, 1952. J. Frappier: Chrétien de Troyes. 1957. J. Frappier: Étude sur la Mort le Roi Arthu. 2. a ed. París, 1961. L de Ghellinck: Histoire de la littérature latine au Moyen Ase. 2 vols. Pa¬ rís, 1939. 719 57 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL J. de Ghellinck: L’essor de la littérature latine du XIT siécle. 2 vols. Pa¬ rís, 1946. H. R. Jauss: Untersuchungen zur mittelalterlichen Tierdichtung. Tubinga, 1959 - E. Kohler: Ideal und Wirklichkeit in der hófischen Epik. Tubinga, 1956. E. Kohler: Trobadorlyrik und hófischer Dichtung. Berlín, 1962. L. Kukenheim y H. Roussel: Guide de la littérature jrangaise du Moyen Age. Leiden, 1957. R. Lejeune: La Chanson de geste et l’histoire. Lieja, 1948. P. le Gentil: La Chanson de Roland. París, 1955. P. le Gentil: La littérature jrangaise du Moyen Age. París, 1963. R. S. Loomis, ed.: Arthurian literature i?i the Middle Ages. Oxford, 1959. R. Louis: De l’histoire á la légende. T. I: Girart comte de Vienne et ses fondations monastiques. Auxerre, 1946. T. II y III: Girart comte de Vienne dans les chansons de geste. 2 vols. Auxerre, 1947. J. Marx: La légende arthurienne et le Graal. París, 1952. F. Maurer: Dichtung und Sprache des Mittelalters. Gesammelte Aufsatze. Ber¬ na y Munich, 1963. R. Menéndez Pidal: La Chanson de Roland et la tradition épique des Francs. 1960. A. Moret: Les débuts du lyrisme en Allemagne. Lille, 1951. B. Panvini: La leggenda di Tristano e Isotta. Florencia, 1952. G. Paré: Les idees et les lettres au XIII e siécle: le Román de la Rose. Montreal, 1 947 - Per Nykrog: Les fabliaux. Copenhague, 1957. V. Rossi: Storia della literatura italiana. T. I. Milán, 1946. J. Rychner: Contribution a l’étude des fabliaux. 2 vols. Ginebra, 1960. S. Singer: Sprichwórter des Mittelalters. 3 vols. Berna, 1944-1947. J. de Vries : Heldenlied und Heldensage. Berna, 1961. R. L. Wagner: Sorcier et magicien. París, 1939. M. Watkin: La civilisation jrangaise dans les Mabinogion. París, 1962. A. Wesselski: Marchen des Mittelalters. Berlín, 1925. H. Waddell: The Wandering Scholars. 1927. Nueva ed. 1954. K. Young: The drama of the medieval Church. 2 vols. Oxford, 1933. P. Zumthor: Histoire littéraire de la Frunce médiévale. París, 1954. Les Romans du Graal dans la littérature des XIT et XIIT siécles. París, C. N. R.S„ 1956. BIBLIOGRAFÍA DE ORIENTACIÓN XXV. HISTORIA DE LAS CIENCIAS M. Clagett: The Science of mecanics in the Muidle Ages. Madison, 1956. A. C. Crombie: Histoire des Sciences de saint Augustin á Galilée. Trad. fr. Pa¬ rís. T. I, 1958 (1.* ed. inglesa, Londres, 1952). A. C. Crombie: Robert Grosseteste and the origins of experimental Science, 1100-1700. Oxford, 1953. P. Duhem: Le systéme du monde de Platón á Copernic. 6 vols. París, 1913-1954. C. H. Haskins: Studies in the History of Medieval Science. 2. a ed. Cambridge, Mass., 1927. G. H. T. Kimble: Geography in the Middle Ages. Londres, 1938. B. Lawn: The Salernitan Questions, 1962. L. C. Mac Kinney: Early Medieval Medicine. Baltimore, 1937. A. Mieli: Panorama general de historia de la ciencia. T. II: El mundo islámi¬ co y el occidente medieval cristiano. Buenos Aires, 1946. G. Sarton: Introduction to the History of Science. 3 vols. 1927-1947. R. Taton, ed. : Histoire Genérale des Sciences. T. I. G. Beaujouan: La Science antique et médiévale. París, 1957. L. Thorndike: A History of Magic and Experimental Science. 8 vols. Nueva York, 1923-1958. T. I-II: During the first thirteen centuries of our era. 1923 - XXVI. HISTORIA DEL ARTE . Aubert: L’ archite dure cistercienne en France. París, 1947. . Aubert y otros: L’art román. París, 1961. . Aubert, L. Grodecki, J. Lafond, J. Verrin: Corpus vitrearum medii aevi. Vol. I: Les vitraux de Notre-Dame et de la Sainte-Chapelle de París. Pa¬ rís, 1959. J. Baltrusaitis : La stylistique ornaméntale dans la sculpture romane. París, i93i- J. A. van der Boom: Die Kunst des Glazeniers in Europa 1100-1600. Amster- dam, 1960. A. M. Cetto: Miniatures du Moyen Age. Lausana, 1950. J. Chailley: L’école musicale de Saint-Martial de Limoges, 1954. J. Chailley: Histoire musicale du Moyen Age. París, 1950. A. Chastel: L’art italien. 2 vols. París, 1956. K. J. Conant: Carolingian and Romanesque architecture 800-1200. 1959. R. Crozet: L’art román. París, 1962. V. H. Debidour: Le bestiaire sculpté du Moyen Age en France. París, 1961. A. Dimier y J. Porcher: L’art cistercien, 1962. LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL M. Duruat: L’art román en Espagne. París, 1962. M. Durliat: L’art catatan. París, 1963. J. Evans: Art in Medieval France, A study in patronage. 1948. H. Focillon: L’art des sculpteurs romans. París, 1931. H. Focillon: Art d’Occident. París, 1947. P. Francastel, ed.: L’art román. París, 1953. P. Frankl: The gothic, literary sources and interpretations through eight cen- turies. Princeton, 1960. G. Gaillard: Les debuts de la sculpture romane espagnole, León, Jaca, Com- postelle. París, 1938. M. M. ,S. Gauthier: Emaux limousins champlevés des XIL-XIII a et XIV a sié- cles. París, 1950. A. Grabar: La peinture romane du XI a au XIII a siécle. Ginebra, 1958. L. Grodecki: L’architecture ottonienne. París, 1958. H. R. Hahnloser: Villard de Honnecourt: Kritische Gesamtausgabe des Bau- hüttenbuches. Viena, 1933. J. Harvey: The gothic world 1100-1600, a survey of anarchitecture and art. Londres, 1950. H. Jantzen: Kunst der Gotik, 1957, traducción inglesa High Gothic: Cathe- drals of Chartres, Reims, Amiens. Nueva York, 1962. A. Katzenellenbogen : The sculptural programs of Chartres Cathedral. 1959. E. Male: L’art religieux du XII a siécle en France. i. a ed. París, 1922. 6. a ed. revisada y corregida, 1953. L’art religieux du XIII a siécle en France. 1. a ed. París, 1898. 8. a ed. revisada y corregida, París, 1947. Millard Meiss, ed.: Romanesque and Gothic Art, Princeton, 1963. A. Mussat: Le style gothique de l’ouest de la France (XIP-XIIP siécles). 1963. C. Oursel: L’art de Bourgogne. París-Grenoble, 1953. M. Pacaut: L’iconographie chrétienne. París, 1952. J. Porcher: L’enluminure frangaise. 1959. J. Puig-Cadafalc : Le premier art román. París, 1928. L. Reau: Iconographie de l’art chrétien. 6 vols. París, 1955-1959. G. Reese: Music in the Middle Ages. Nueva York, 1940. F. Salet: L’art gothique. París, 1963. O. von Simpson: The Gothic Cathedral: Origins of Gothic Architecture and the Medieval Concept of Order. Nueva York, 1956. H. Swardzenski: Monuments of romanesque Art. Londres, 1956. M. Thibout y P. Deschamps: La peinture múrale en France au debut de l’épo- que gothique (1180-1380). París, 1951. R. van Marle: Iconographie de l’art profane au Moyen Age. 1931. W. Voge: Bildhauer des Mittelalters. Berlín, 1950. 7 32 BIBLIOGRAFÍA DE ORIENTACIÓN XXVII. HISTORIA ECLESIÁSTICA Y RELIGIOSA, ESPIRITUALIDAD R. H. Bainton: The Medieval Church. Princeton, 1962. U. Berliére: L’ordre monastique des origines au XIII o siécle. Maredsous, 1923. H. Delahaye: The legends of the Saints: An introduction to hagiography. Tra¬ ducción inglesa con bibliografía y adiciones Notre-Dame, 1961. Fliche y Martin: Histoire genérale de l’Eglise, actualmente publicada bajo la dirección de J.-B. Duroselle y E. Jarry: T. V: Grégoire le Grand, les, Etats barbares et la conquéte arabe (590-757). L. Bréhier, René Aigrain. París, 1938. T. VI: L’époque carolingienne (757-888). E. Amann. París, 1937. T. VII: L’Eglise au pouvoir des la'ics (888-1057). E. Amann y A. Dumas. París, 1940. T. VIII: La reforme grégorienne et la reconquéte chrétienne (1057-1125). A. Fliche. París, 1940. T. IX: Du premier concite du Latran a l’avénement d’Innocent III (1125- 1198). R. Foreville y J. Rousset de Pina. París, 1953. T. X: La chrétianté romaine (1198-1274). A Fliche, G. Thouzellier, Y. Azis. París, 1950. J.-A. Jungmann: Missarum sollemnia, explication génétique de la messe romai¬ ne. Trad. del alemán. París, 19511954- A. Latreille, E. Delaruelle, J.-R. Palanque: Histoire du catholicisme en France. T. I II, París, 1957. T. I: Des origines á la chrétienté médiévale. T. II: Sous les rois tres chrétiens. 1963. G. le Bras: Institutions ecclésiastiques de la chrétienté médiévale. 2 vols. T. XII-i 1962. XII-2 1964 de la Histoire générale de l’Eglise, Fliche y Martin. J. Leclercq, F. Vanderbrouke, L. Bouyer: La spiritualité du Mojen Age. París, 1961. J. R. H. Moorman: Church life in England in the i5th century. Cambridge, ! 94 6 - Ph. Schmitz: Histoire de l’ordre de Saint Benoit. 7 vols. Maredsous, 1942-1947. G. Schnurer: L’Eglise et la civilisation au Moyen Age. 1929. Trad. fr. 3 vols. París, 1933-1938. W. Ullmann: The growth of papal government in the Middle Ages. Londres, 1955- La vita commune del clero nei secoli XI-XII. Atti della settimana di studio. Mendola, 1959. LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL XXVIII. HEREJÍAS A. Borst: Die Katharer. Stuttgart, 1953. N. Cohn: The Pursuit of the Millenium, 1957. Nueva edición 1962. Trad. fr.: Les fanatiques de l’Apocalypse. París, 1962. E. Dupré Theseider: Introduzione alie eresie medioevali. Bolonia, 1953. H. Grundmann: Religiose Bewegungen im Mittelalter. 1935. Nueva ed. 1961 H. Grundmann: Ketzergeschichte des Mittelalters. Gotinga, 1963. G. Ivoch : Frauenfrage und Ketzertum im Mittelalter. Berlín, 1962. R. Manselli: L’eresia del male. Nápoles, 1963. R. Morghen: Medio Evo cristiano. 1951. Nueva ed. 1961. R. Nelli: Spiritualité de l’hérésie: le catharisme. Toulouse, 1953. R. Nelli: Ecritures cathares. París, 1959. R. Nelli: Le phénoméne cathare. Toulouse, 1964. S. Runciman: Le manichéisme médiéval. Trad. fr. París, 1959. H. Soderberg: La religión des Cathares. Elude sur le gnosticisme de la basse Antiquité et du Moyen Age. Upsala, 1949. E. Werner: Die gesellschaftlichen Grundlagen der Klosterreform im ir. Jahr- hundert. Berlín, 1953. E. Werner: Pauperes Christi. Studien zu social-religidsen Bewegungen im Zeitalter des Reformpapsttums. Leipzig, 1956. XXIX. SENSIBILIDADES Y MENTALIDADES P. Abraham: Viollet-le-Duc et le rationalisme médiéval. París, 1934. P. Alphandéry y A. Dupront: La Chrétienté et l’idée de croisade. 2 vols. Pa¬ rís, 1954-1959. J. Baltrusaitis : Cosmographie chrétienne dans l’art du Moyen Age. París, 1939. J. Baltrusaitis: Le Moyen Age fantastique. París, 1955. M. W. Bloomfield: The seven deadly sins. 1952. G. Boas: Essays on primitimism and related ideas in the Middle Ages. Balti¬ more, 1948. A. Borst: Der Turmbau von Babel, Geschichte der Meinungen über Ursprung und Vielfalt der Sprachen und Vólker. 3 vols. 1957-1959-1961. Stuttgart. P. Browe: Beitrage zur Sexualethik des Mittelalters. Breslau, 1932. E. de Bruyne: Etudes d’esthétique médiévale. 3 vols. Brujas, 1946. E. de Bruyne: L’esthélique du Moyen Age. Lovaina, 1947. F. Cali y S. Moulinier: L’ordre ogival. París, 1963. M.-M. Davy: Essai sur le symbolique romane. París, 1955. BIBLIOGRAFÍA DE ORIENTACIÓN A. Diímpf : Die Hauptform mittelalterlicher Weltanschauung, eine geisteswis- senschaftliche Studie über die Summa. Munich y Berlín, 1925. H. Focillon: L’an Mil. París, 1942. P. Francastel: L’humanisme román. Rodez, 1942. Ch. V. Langlois: La vie en France au Moycn Age. T. I: D’aprés des romans mondains. París, 1924. T. II: D’aprés des moralisl.es. 1925. T. III: La con- naissance de la nature et du monde. 1927. T. IV: La vie spirituelle. 1928. Lecoy de la Marche: La chaire francaise au Moyen Age, spécialement au XIII o siécle. i. a ed. 1868. 2. a ed. París, 1886. G. Misch: Geschichte der Autogiographie. 4 vols. Frankfurt-am-Main, 1949-1955. E. A. Moody: Truth and consequence in Medieval logic. Amsterdam, 1953. R. Nelli: L’erotique des Troubadours. Toulouse, 1963. G. R. Owst: Literature and the pulpit in Medieval England. Nueva ed. Nueva York, 1961. E. Panofsky: Abbot Suger on the Abbey Church of Saint-Denis and its art treasures. Princeton, 1946. E. Panofsky: Gothic architecture and scholasticism. 1.» ed. Latrobe, Penn. 1951. 2. a ed. Nueva York, 1957. D. de Rougemont: L’amour et l’Occident. 1939. Nueva ed. 1962. B. Schwinekoper : Der Handschuh in Recht. 1938. H. Q. Taylor: The Medieval Mind. i. a ed. 1911. 4.“ ed. 2 vols. Londres, 1938. H. Thode: Franz von Assisi und die Aufgdnge der Kunst der Renaissance in Italien. Berlín, 1885. Trad. fr. París, 1909. A. Varagnac: Civilisation traditionnelle et genres de vie. París, 1948. Recueils de la Société Jean Bodin. T. XIV: La preuve (en preparación). XXX. VESTIDO M. Beaulieu: Le costume antique et medieval. París, 1961. J. Evans: Dress in Medieval France. Oxford, 1952. J. Quicherat: Histoire du costume en France. París, 1875. XXXI. VIDA COTIDIANA E. Faral: La vie quotidienne au temps de Saint Louis. París, 1942. U. Tigner Holmes, Jr.: Daily living in the Xllth century. Madison, 1952. M. Wood: The English Mediaeval House. 1964. 725 ÍNDICE DE ILUSTRACIONES ILUSTRACIONES EN NEGRO EL MEDIO GEOGRÁFICO Y LOS HOMBRES Epígrafes de las ilustraciones i a n . 20 1. Un castillo medieval: Cháteau-Gaillard. (Foto J. Roubier.) 2. Roturaciones medievales y caminos: «Les Ventes» y «Le Haut-Bois». (Foto L G. N. París.) 3. Poblaciones reconstruidas: Boynes. (Foto I. G.N. París.) 4. Villas nuevas: una ((bastida», Rabastens-de-Bigorre. (Foto FG.N. París.) 5. Abadía, aldea y roturación: Saint-Jean-aux-Bois. (Foto I. G.N. París.) 6. Un camino medieval: camino de Santiago entre Orense y Santiago de Compostela. (Foto Yan.) 7. Una ciudad medieval: la ((Cité» de Carcasona. (Foto piloto-operador R. Henrard.) 8. Un puerto medieval: Aigues-Mortes. (Foto Ray-Delvert.) 9. Un puente medieval: el puente de Saint-Bénézet en Aviñón. (Foto J. Rou¬ bier.) 10. Una abadía cisterciense: Fontenay (Cóte-d’Or). (Foto Lapie, Fototeca francesa.) 11. Una abadía cisterciense: Rievaulx (Yorkshire). (Foto J. K. St.-Joseph. Cam¬ bridge.) LA CRISTIANIZACIÓN DEL OCCIDENTE BÁRBARO Epígrafes de las ilustraciones 12 a 20 . 44 12. Un testimonio de la cristianización: la piedra de Jelling. (Foto National Museum. Dinamarca.) 7*9 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL 13. Una ((autoridad» medieval: San Agustín. (Foto Archivos fotográficos. París.) 14. Importancia de las reglas monásticas: Santa Radegunda. (Foto Archivos fotográficos. París.) 15. Restauración del Imperio: Carlomagno. (Foto Giraudon.) 16. Restauración de la idea imperial en el siglo x: Otón II. (Foto Giraudon.) 17. La cristianización: un milagro de San Benito. (Foto Archivos fotográfi¬ cos. París.) 18. La cristianización: un milagro de San Martín. (Foto Archivos fotográfi¬ cos. París.) 19. Un soberano bárbaro: Childerico I. (Foto Ed. Arthaud. Op. A. Martin.) 20. Un soberano bárbaro: Alarico II. (Foto Kunsthistorisches Museum. Viena.) DE LA JERUSALÉN CELESTE A LAS MARAVILLAS TERRESTRES Epígrafes de las ilustraciones 21 a 29 . 74 21. «Yo soy la puerta y todo aquel que entra por Mí será salvado»: Pórtico de la Gloria en Santiago de Compostela. (Foto Yan.) 22. La Jerusalén celeste. ( Foto Biblioteca Nacional. París.) 23. Caballeros a la cruzada. (Foto E. Janet Le Caisne.) 24. Un emperador: Federico I Barbarroja. (Foto Giraudon.) 25. Una consagración de iglesia: Cluny. (Foto Archivos fotográficos. París.) 26. Monjes roturadores. (Foto Studio R. Remy. Dijon.) 27. Al final de la Edad Media: la sociedad monárquica. (Foto Biblioteca del Arsenal. París.) 28. Al ñnal de la Edad Media: Venecia, Puerta del Oriente. (Foto University Press. Oxford.) 29. Al final de la Edad Media: un príncipe. (Foto Anderson. Roma.) DIVERSIDAD BÁRBARA Y FUNDADORES DE LA CRISTIANDAD Epígrafes de las ilustraciones 30 a 46 .166 30 y 31. Barbarización del arte romano: los dípticos de Estilicón y de Boecio. (Foto Alinari. Florencia.) 32. Un ((fundador» de la Edad Media: Boecio músico. (Foto University Li brary. Cambridge.) 33. Una biblioteca de la Alta Edad Media y un «fundador»: Casiodoro. (Foto J. Decarreaux.) 730 ÍNDICE DE ILUSTRACIONES 34. Un «fundador» de la Edad Media: Isidoro de Sevilla. (Foto Biblioteca del Estado Bávaro. Munich.) 35. Un maestro inspirado de la Edad Media: Gregorio Magno. (Foto Hildjard Morschen.) 36. El gusto bárbaro: tapa de encuadernación de la reina Teodolinda. (Foto Bayerische Frommigkeit. Munich Stadtmuseum.) 37. Una joya bárbara: la fíbula de oro de Linón. (Foto Ed. Arthaud. Op. A. Martin.) 38. Arte animalísimo vikingo: una cabeza «barroca» de Oseberg. (Foto Uni- versitetets OIdsaksamling. Oslo.) 39. Arte irlandés: el libro de Kells. (Foto Green Studio. Dublín.) 40. Un manuscrito carolingio: el evangeliario de Carlomagno. (Foto Biblio¬ teca Nacional. París.) 41. Una miniatura carolingia: el sacramental de Marmoutier. (Foto Le Visage. Autún.) 42. Grandes hombres del Renacimiento carolingio: Alcuino y Rabán Maur. (Foto Biblioteca Nacional. Viena.) 43 y 44. Decadencia del arte carolingio: Andrómeda en el siglo ix y en el año 1000. (N.° 43: Biblioteca de la Universidad de Ley den. N.° 44: Biblio¬ teca Municipal. Boulogne-sur-Mer.) 45. El arte carolingio y Bizancio: mosaico de Germigny-des-Prés. (Foto Archi¬ vos fotográficos. París.) 46. Una gran idea carolingia: la capilla imperial de Aquisgrán. (Foto Bildar- chiv. Marburgo.) MITOS DE LA TIERRA: EL UNIVERSO, LOS CULTIVOS Y LA HISTORIA Epígrafes de las ilustraciones 47 a 73.202 47. Geografía medieval: los tres continentes. (Foto Bildarchiv. Marburgo.) 48. Cosmografía medieval: el aire y los vientos. (Foto Archivos fotográficos. París.) 49. Teología de los elementos: simbolismo y vida de la piedra. (Foto Biblio¬ teca Nacional. París.) 50. Teología de los elementos: el agua. Los cuatro ríos del Paraíso. (Foto Archivos fotográficos. París.) 51. El sentimiento de la naturaleza: La Bella Selva. (Foto Bayerische Staats- bibliotek Munich.) 52. Cartografía medieval: el mundo en el siglo xiii. (Foto Giraudon.) 53. Los peligros de la ruta: el buen samaritano. (Foto N. D. Giraudon.) 54. El infiel: un sarraceno. (Foto J. Roubier.) 73i LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL 55. Los paganos: llegada de San Adalberto al territorio de los prusianos. (Foto T. Dobrzeniecki. Museo Narodowe. Varsovia.) 56. Los infieles: un caballero de la Reconquista y un moro. (Foto O. E. Uran- ga. Pamplona.) 57. El antisemitismo: un judío lapidando a San Esteban. (Foto Bildarchiv. Marburgo.) 58. Culminación de una pesadilla medieval: la Torre de Babel. (Foto Kunst - historisches Museum. Viena.) 59. Permanencia de un «exemplum» medieval: la parábola de los ciegos. (Foto Anderson-Viollet.) 60. Obsesiones medievales: tentaciones de San Antonio. (Foto Anderson- Viollet.) 61. Embellecimiento de un sueño medieval: el país de Jauja o de Cocaña. (Foto Pinacoteca. Munich.) 62 y 63. La iniciación de la historia humana: Adán y Eva. (Foto B. Aury.) 64. La iniciación de la historia humana: Adán y Eva y la serpiente. (Foto Archivos fotográficos. París.) 65. La Historia Sagrada: el árbol de Jesé. (Foto Archivos fotográficos. París.) 66. Historia profana de la antigüedad y simbolismo tipológico. (Foto Biblio¬ teca Nacional. Viena.) 67. Un héroe antiguo adoptado y adaptado por la Edad Media: Alejandro en batiscafo. (Foto Biblioteca Real. Bruselas.) 68. La Historia antigua en la Edad Media: Dido y Eneas. (Foto Biblioteca Nacional. Ñapóles.) 69 y 70. Las leyendas germánicas en la Cristiandad: la leyenda de Sigurd en Noruega y en España. (N.° 69: Foto Giraudon. N.° yo: Foto Mas. Barcelona.) 71. Un héroe medieval: Carlomagno. (Foto Giraudon.) 72. Un episodio de historia nacional: el bautismo de Clodoveo. (Foto Biblio¬ teca Nacional. París.) 73. La historia contemporánea: las Grandes Crónicas de Francia. (Foto Ed. Arthaud. Archivos.) MITOS DE SALVACIÓN: TEMORES Y ESPERANZAS Epígrafes de las ilustraciones 74 a 91 .253 74. El Demonio devorador de hombres. (Foto P. Jahan. Ed. du Rocher.) 75. El término de la historia individual y colectiva: el Juicio Final. (Foto J. Roubier.) 76. El Diablo tentador. (Foto Archivos fotográficos. París.) 732 INDICE DE ILUSTRACIONES 77. Los instrumentos del Diablo: la música profana y la mujer. (Foto Archivos fotográficos. París.) 78. La mujer, instrumento del Diablo. (Foto Archivos fotográficos. París.) 79. Las víctimas terrestres del Demonio: una posesa. (Foto Prof. Tommasoli Fu Filippo. Verona.) 80. Dios: el Cristo sufriente y el Descendimiento. (Foto J. Roubier.) 81 y 82. Dios sufriente y Dios triunfante. (N.° 81: Foto Giraudon. N.° 82: Foto Archivos fotográficos. París.) 83. El Dios de los teólogos: la Trinidad. (Foto Bildarchiv. Marburgo.) 84. Cristo Salvador: el Cristo en el Árbol de la Vida. (Foto Biblioteca del Estado Bávaro. Munich.) 85. Un rey taumaturgo: Eduardo el Confesor. (Foto University Library. Cambridge.) 86. Los ángeles: ángeles de la Resurrección. (Foto Mas. Barcelona.) 87. Los ángeles: el ángel exterminador. (Foto Archivos fotográficos. París.) 88. Los ángeles: el arcángel de la elección eterna, San Miguel. (Foto Mas. Barcelona.) 89. La angustia de la salvación: el temido tiempo del Anticristo. (Foto Biblio¬ teca Nacional. París.) 90. La angustia de la salvación: el Cristo Salvador. (Foto Instituto Nacional de Conservación de Monumentos. Praga.) gi. La angustia de la salvación: la resurrección de los muertos. (Foto Fototeca Alemana. Dresde.) LAS TÉCNICAS, LAS ARTES Y LA ECONOMÍA Epígrafes de las ilustraciones 92 a 112 .306 92. Economía rural: el arado con ruedas. (Foto Prof. Tommasoli Fu Filippo. Verona.) 93. Economía rural: molinos. (Foto Biblioteca Real. Bruselas.) 94. Economía rural: un tiro de bueyes. (Foto British Museum. Londres.) 95. Economía rural: la viña. (Foto ND. Giraudon.) 96. Economía rural: la siega. (Foto Museo Nacional Renano. Bonn.) 97. Economía rural: la vendimia. (Foto J. Roubier.) 98. Trabajo de la madera: constructores de navios. (Foto Giraudon.) 99. Una industria medieval: la construcción. (Foto Archivos fotográficos. París.) 100 y 101. Una industria medieval: la construcción. (Foto Biblioteca del Monasterio de Monte Cassino.) 102. El progreso de la navegación: el timón de charnela. (Foto Staatsarchiv. Hamburgo.) 733 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL 103. Poderío de las corporaciones de mercaderes: el sello de los bateleros de París. (Foto E. Janet Le Caisne.) 104. Alimentación urbana: mercader de carne salada. (Foto Bulloz.) 105. Expansión del arte textil: la pañería. (Foto St. R. Remy. Dijón.) 106. Los mercaderes y la usura: comercio y moral. (Foto Biblioteca Nacional. Parts.) 107. Una primera materia tintórea para el artesanado y la industria: la hierba pastel. (Foto J. Boulas. Orleáns.) 108. Una feria: el «Ledit» de Saint-Denis. (Foto Bulloz.) 109. El arte del marfil: cofrecillo hispano-árabe. (Foto L. Spiegel. Munich.) 110. El arte de los bordadores: un bordado islandés. (Foto Archivos fotogrᬠficos. París.) 111. El arte del metal: el pie de cruz de Saint-Omer. (Foto Giraudon.) 112. El arte del metal: una reja del siglo xm. (Foto Archivos fotográficos. París.) LA SOCIEDAD: LOS TRES ÓRDENES Y LOS EXCLUIDOS Epígrafes de las ilustraciones 113 a 130 .376 113. Un caballero. (Foto Norsk Folkemuseum. Oslo.) 114. Las clases sociales: caballeros y campesinos al final del siglo xi. (Foto Ed. Arthaud. Op. H. Paillasson.) 115. Las clases sociales: clérigos y campesinos. (Foto Alinari. Florencia.) 116. La lucha de clases: el derecho de asilo. (Foto Archivos fotográficos. París.) 117-118. La monarquía y las clases sociales: la pesadilla de Enrique I de Inglaterra. (Foto Universily Press. Oxford.) 119. Contrastes sociales: el rico y el pobre. (Foto N. D. Giraudon.) 120. La lucha de clases: villano contra caballero. (Foto U. Orlandini. Módena.) 121. Los campesinos y la vigilancia señorial. (Foto British Museum. Londres.) 122. La realeza de derecho divino: rex a Deus coronatus. (Foto Biblioteca del Estado Bávaro. Munich.) 123. Un rey medieval: Eystein de Noruega. (Foto Museo Histórico de la Uni¬ versidad. Bergen.) 124. Una corona real: la corona de Hungría. (Foto Bildarchiv. Marburgo.) 125. Un báculo episcopal. (Foto Giraudon.) 126. Una insignia imperial: la Santa Lanza. (Foto Kunsthistorisches Museum. Viena.) 127. Los excluidos: un leproso. (Foto Giraudon.) 128. Los encerrados: la prisión. (Foto Deutsche Fotothek. Dresde.) 129. Los excluidos: Job. (Foto Biblioteca Nacional. París.) 734 ÍNDICE DE ILUSTRACIONES 130. Los excluidos: «Danza de los ahorcados». ( Foto Pierpon Morgan Library. Nueva York.) ORDEN DEL GESTO Y DESORDEN OBSESIVO Epígrafes de las ilustraciones iji a 136 .436 131. La concepción bárbara de la justicia: una ordalía, la prueba del fuego. (Foto Biblioteca Real. Bruselas.) 132. La civilización del gesto: una investidura. (Foto Alinari. Florencia.) 133. Vida moral: los pecados capitales, la lujuria. (Foto Museos Nacionales.) 134. Simbolismo moral y arte de las formas: la sirena. (Foto Yan.) 135. El sueño: José y el ángel. (Foto Yan.) 136. La ciudad maldita: Babilonia. (Foto Biblioteca Nacional. París.) DOS CONCEPCIONES DEL ESPACIO: EL ARTE ROMÁNICO Y LA CIENCIA GÓTICA Epígrafes de las ilustraciones 137 a 140 .446 137. Formas románicas: el juego de las formas redondas en el espacio. (Foto Yan-Zodiaco.) 138. Formas románicas: el claustro de Thoronet. (Foto Archivos fotográficos. París.) 139. Formas góticas: el orden de las bóvedas de Bourges. (Foto S. Moulinier.) 140. Formas góticas: interior de la catedral de Laón. (Foto J. Roubier.) MENTALIDADES Y SENSIBILIDADES Epígrafes de las ilustraciones 141 a 75/ .454 141. Simbolismo animal y mentalidad dualista. (Foto Biblioteca Municipal. Saint-Omer.) 142. Simbolismo animal y vida moral: la serpiente y la muerte del mal rico. (Foto irchivos fotográficos. París.) 143. Los milagros: vencer a la muerte. (Foto Archivos fotográficos. París.) 144. Simbolismo animal: el grifo. (Foto Archivos fotográficos. París.) 145. Los milagros: vencer al hambre. (Foto Archivos fotográficos. París.) 146. Realismo y alegría del vivir: un músico. (Foto J. Roubier.) 58 735 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL 147. El culto de la fuerza: la proeza. (Foto Biblioteca Nacional. París.) 148. Milagro de la vida material: el precio del hierro. (Foto Instituto Nacional de Conservación de Monumentos. Praga.) 149. La crueldad: suplicios de los mártires. (Foto Museo de Arte de Cataluña. Barcelona.) 150. La violencia y el furor: cadáveres. (Foto Biblioteca Nacional. París.) 151. Monstruos humanos: las razas del extremo del mundo. (Foto British Mu- seum. Londres.) DE LO SAGRADO A LO PROFANO: LA CONVERSIÓN DE LA VISIÓN MENTAL Epígrafes de las ilustraciones 152 a 161 .464 152. Las artes liberales: Aristóteles. (Foto Ed. Arthaud. Op. E. Mas.) 153. El libro: un tesoro. (Foto Biblioteca Municipal. Saint-Omer.) 154. El libro: un instrumento. (Foto Archivos fotográficos. París.) 155. El progreso de la ciencia: la lección de anatomía. (Foto Biblioteca Nacio¬ nal. París.) 156. La carne mortificada: la tentación de San Benito. (Foto Archivos fotogrᬠficos. París.) 157. Lejos del ascetismo: la despreocupación. (Foto Ed. Arthaud. Op. A. Fage.) 158. Justicia y crueldad: mutilaciones. (Foto Biblioteca Nacional. París.) 159. Desgracias y violencia: Job. (Foto Biblioteca Nacional. París.) 160. Placeres corporales: baño y festín. (Foto Biblioteca Angélica. Roma.) 161. Una nueva sensibilidad: la naturaleza y el sermón de San Francisco a los pájaros. (Foto Corpus Christi College. Cambridge.) CEREMONIAS Y JUEGOS Epígrafes de las ilustraciones 162 a 775.474 162. La religión: un sacramento, el bautismo. (Foto Museum of Fine Arts. Boston.) 163. La religión: Fulberto predicando en la catedral de Chartres. (Foto Bi¬ blioteca Nacional. París.) 164. La sociedad castrense: un juego para el señor. (Foto Giraudon.) 165. La sociedad castrense: músico y danzarina. (Foto Archivos fotográficos. París.) 166. Inquietud de los castillos y de las ciudades: los centinelas. (Foto Biblia teca Nacional. París.) 736 ÍNDICE DE ILUSTRACIONES 167. Juegos señoriales: el tric-trac. (Foto Giraudon.) 168. Juegos señoriales: peón de ajedrez. (Foto Giraudon.) 169. El amor cortés: el beso. (Foto Museo Nacional. Munich.) 170. Juegos señoriales: una partida de ajedrez. (Foto Giraudon.) 171. La familia: el Tiempo presentando los grados de parentesco. (Foto Gi¬ raudon.) 172. Juegos populares: la cencerrada. (Foto Biblioteca Nacional. París.) 173. Juegos populares y campesinos: la gallina ciega. (Foto H. Bron. Mont- pellier.) 174. Ceremonias: el principesco bautismo del delfín Carlos. (Foto Giraudon.) 175. Ceremonias: lamentaciones fúnebres. (Foto Museo de Arte de Cataluña. Barcelona.) HACIA UNA NUEVA IMAGEN DEL HOMBRE Y DEL MUNDO Epígrafes de las ilustraciones 176 a 185 .492 176. Espiritualidad del sufrimiento: Pietá. (Foto Lo'ic Jahan.) 177. Los males de la guerra: éxodo durante la Guerra de los Cien Años. (Foto Biblioteca Real. Bruselas.) 178. Calamidades: la peste negra. (Foto Biblioteca Real. Bruselas.) 179. Locuras y desgracias: el baile de los ardientes. (Foto Giraudon.) 180. Retrato principesco: Enrique el Navegante. (Foto Yan.) 181. Retrato de un noble: Laurent Froimont. (Foto Museos Reales de Bellas Artes. Bruselas.) 182. La revolución intelectual: la imprenta. (Foto Ed. Arthaud. Op. M. La- vrillier.) 183. Revolución de la sensibilidad: el cadáver. (Foto Museo Calvet. Aviñón.) 184. Moral y técnica humanistas: la Templanza y su reloj. (Foto Giraudon.) 185. El Occidente y el mar: un navio veneciano de finales del siglo xv. (Foto Bulloz.) LAS VIRTUDES Y LOS VICIOS Epígrafes de las ilustraciones 186 a 188 .688 186. El árbol de las Virtudes y el árbol de los Vicios. (Foto Biblioteca de la Universidad. Gante.) 187. Castidad contra lujuria. (Foto St. Brice. Valenciennes.) 188. La escala de las Virtudes. (Foto Biblioteca Municipal. Wiesbaden.) r>8° 737 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL LOS TRABAJOS DE LOS MESES Epígrafes de las ilustraciones 189 a 192 .689 189. Febrero: cava de la tierra y signo zodiacal de los peces. (Foto Tosí.) 190. Mayo: fusión del tema señorial del caballero y del tema campesino de la poda de los árboles por medio del hocino. (Foto Tosí.) 191. Junio: la siega: corte de los tallos a media altura, a fin de dejar altos ras¬ trojos para pasto de los rebaños. (Foto Tosí.) 192. Agosto: fabricación de toneles para la próxima vendimia. (Foto Tosí.) MONEDAS DE ORO Epígrafes de las ilustraciones 199 a 198 .690 193 y 194. El escudo de oro de San Luis. (Foto Giraudon.) 195 y 196. El ducado de oro de Venecia. (Foto Giraudon.) 197 y 198. El florín de oro de Florencia. (Foto Giraudon.) SELLOS Epígrafes de las ilustraciones 199 a 202 .691 199. Sello de Felipe de Alsacia (1170). (Foto M. Bovis.) 200. Sello de Gravelinas (1244). (Foto Giraudon.) 201. Sello de Colonia (1149). (Foto Museo Municipal. Colonia.) 202. Sello de Tréveris (1113). (Foto Biblioteca Municipal. Tréveris.) CASTILLOS Epígrafes de las ilustraciones 209 a 206 .692 203. Una torre del homenaje («donjon») circular sobre una elevación del te¬ rreno: Restormel. (Foto Aerofilms Ltd. Londres.) 204. Un castillo gótico: Castel del Monte. (Foto E. Boudot-Lamotte.) 205. Una torre del homenaje o ((donjon»: Houdan. (Foto E. Boudot-Lamotte.) 206. Un castillo evolucionado: Beaumaris. (Foto Airviews Ltd. Manchester Airport.) 738 ÍNDICE DE ILUSTRACIONES EXTERIORES ROMÁNICOS Epígrafes de las ilustraciones 20 7 a 210 .694 207. María Laach. (Foto E. Boudot-Lamotte.) 208. Milán: basílica de San Ambrosio. (Foto Alinari. Florencia.) 209. Leczyca. (Foto T. Biniewski. Varsovia.) 210. Lund. (Foto Fórlag Berndt Johnsson. Malmoe.) INTERIORES GÓTICOS Epígrafes de las ilustraciones 211 a 21.f .695 211. Noyon, catedral. (Foto Archivos fotográficos. París.) 212. Amiens, catedral. (Foto R. Roubier.) 213. Bourges, catedral. (Foto J. Roubier.) 214. París, la Sainte-Chapelle. (Foto E. Boudot-Lamotte.) CAPITELES Epígrafes de las ilustraciones 215 a 218 .697 215. Un capitel merovingio. Jouarre. (Foto G. Franceschi.) 216. Un capitel románico: el suicidio de Judas. (Foto Archivos fotográficos. París.) 217. Un capitel románico: el Juicio Final. (Foto Archivos fotográficos. París.) 218. Un capitel gótico: hojas y animales fantásticos. (Foto Ed. Arthaud. Op. M. Lavrillier.) EVOLUCIÓN DE LAS ESTATUAS Epígrafes de las ilustraciones 219 a 226 .699 219. Del románico al gótico. (Foto Museos Nacionales.) 220. Gótico puro. (Foto Archivos fotográficos. París.) 221. Hacia el gótico amanerado. (Foto Museos Nacionales.) 222. Gótico preciosista. (Foto Museos Nacionales.) 739 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL 223. Estatuas-columnas: figura del Antiguo Testamento. (Foto Ed. Sicilia. Zaragoza.) 224. Estatuas-columnas: San Pedro y San Pablo. (Foto Yan.) 225. La gracia de la Champaigne: Ángel «de la sonrisa» de Reims. (Foto Ar¬ chivos fotográficos. París.) 226. La nobleza de Estrasburgo: la Sinagoga. (Foto J. Roubier.) PEREGRINOS Epígrafes de las ilustraciones 227 a ajo .701 227. Santiago peregrino. (Foto E. Janet Le Caisne.) 228. La salvación por la peregrinación. (Foto E. Janet Le Caisne.) 229. La peregrinación de los lisiados: Santa Radegunda (fresco del siglo xm). (Foto E. Janet Le Caisne.) 230. Una familia de peregrinos. (Foto Archivos fotográficos. París.) TESORO DE SAINT-DENIS Epígrafes de las ilustraciones 231 a 234 .703 231. Copa llamada de los Ptolomeos, en sardónice. (Foto Giraudon.) 232. Cáliz de Suger, en sardónice. (Foto National Gallery of Art. Wáshington.) 233. Jarro antiguo en sardónice. (Foto Giraudon.) 234. Jarro árabe en cristal de roca. (Foto Giraudon.) FORMAS ROMÁNICAS, FORMAS GÓTICAS Epígrafes de las ilustraciones 233 a 242 .704 235. Módena, fachada de la catedral. (Foto Alinari. Florencia.) 236. Reims, fachada de la catedral. (Foto N. D. Giraudon.) 237. La Trinidad de Caen (Abadía de las Abbayé-aux-Damas), coro. (Foto E. Boudot-Lamotte.) 238. Colonia, coro de la catedral. (Foto J. Roubier.) 239. Saint-Nectaire, ábside de la catedral. (Foto L. Jahan.) 240. Le Mans, ábside de la catedral. (Foto Ed. Arthaud. Op. M. Audrain.) 241. Cardona, nave lateral de la iglesia. (Foto Yan.) 242. Bourges, nave lateral de la catedral. (Foto J. Roubier.) 740 ÍNDICE DE ILUSTRACIONES RELICARIOS Epígrafes de las ilustraciones 243 a 246 .706 243. Cofre-relicario vikingo. (Foto Giraudon.) 244. Caja y pie-relicario. (Foto Bildarchiv. Marburgo.) 245. Cofrecillo relicario de Begón y de Pascual II. (Foto Archivos fotográficos. París.) 246. Estatua-relicario: Sainte-Foy de Conques. (Foto Giraudon.) ILUSTRACIONES EN COLOR I. Miniatura románica: la tempestad. (Foto Bildarchiv. Marburgo.) Leyenda de la lámina I. 41 II. Pintura románica: martirio de Santa Margarita. (Foto Yan-Zo- díaco.) Leyenda de la lámina II.133 III. Escultura románica: la Virgen y el Niño. (Foto Yan-Zodíaco.) Leyenda de la lámina III.193 IV. Tapicería románica: el mes de abril. (Foto Giraudon.) Leyenda de la lámina IV.. . 221 V. Vidriera gótica: entierro de la nodriza Britonis. (Foto A. Lam- mer, Ed. Thames and Hudson. Londres.) Leyenda de la lámina V.289 VI. Orfebrería gótica: Dios en majestad. (Foto Giraudon.) Leyenda de la lámina VI.341 VIL Fresco gótico: Adán y Eva en el Paraíso terrenal. (Foto Hansjorg Abuja. Klagenfurt.) Leyenda de la lámina VII.397 VIII. Hacia la pintura del Renacimiento: el Crucifijo de Cimabue. (Foto Agence Scala. Florencia.) Leyenda de la lámina VIII.429 741 CUBIERTAS En el anverso: Eva, fragmento del dintel del pórtico norte de la catedral de Autún. Hacia 1135-1140. Museo Rolin, Autún. (Foto abate Grivot.) En el reverso : Las manos del Diablo, detalle del Juicio Final del tímpano en el pórtico occidental de la catedral de Autún, obra de Gisleberto, siglo xii. (Foto abate Grivot.) INDICE DE MATERIAS Capítulo de gracias. 7 Advertencia del Editor. 9 Prefacio. 11 Introducción. 13 I. LA EVOLUCIÓN HISTÓRICA Capítulo i. La instalación de los bárbaros (siglos v-vii) . . 29 La crisis del mundo romano (siglos 11-iv) .... 29 Romanos y bárbaros. 31 1. Mapa del mundo romano a finales del siglo IV . 32 Las invasiones y el nuevo mapa del Occidente ... 48 2. Mapa de los reinos bárbaros en el siglo VI . 49 El Occidente de la Alta Edad media: nuevas estructuras. 55 Conclusión: de la Antigüedad a la Edad Media, ¿con¬ tinuidad o ruptura?. 64 Capítulo ii. La tentativa de organización germánica (siglos viii- x). 7° El Occidente carolingio. 70 5. Mapa del Imperio carolingio, Bizancio y el Islam a principios del siglo IX . 73 La crisis en los siglos ix-x: los nuevos invasores . . 81 La crisis del mundo carolingio: aspectos internos . . 84 4. Mapa. Hacia Europa: particiones del Imperio ca¬ rolingio . 79 745 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL La restauración otoniana. 89 Renacimiento del siglo x. 91 5. Plano de Opole . 84 6. Plano de Trelleborg . 84 7. Plano de Haithabu . 85 Conclusión: el take off medieval, ¿llamada exterior o fuerza interna?. 93 Capítulo iii. La formación de la Cristiandad (siglos xi-xiii) . . 95 Expansión de la Cristiandad: el progreso de la cons¬ trucción, los progresos agrícolas y demográficos . . g5 8. Mapa de Europa hacia el año 1000 .... 97 9. Plano del bosque de Rambouillet . 98 10. Plano del bosque de Saint-Denis . 98 11. Plano de Altheim . gg 72. Plano de Jablonow . 99 Expansión de la Cristiandad: cristianización al Norte y al Este. Reconquista española. Cruzadas . . . 101 75. Mapa de las primeras Cruzadas .107 74. Mapa de las Cruzadas del siglo XIII .... 109 El renacimiento urbano.n 1 77. Plano de Genova .112 16. Plano de París. .113 77. Plano de Colonia .116 18. Plano de Kalisz .116 79. Plano de Lübeck .117 20. Plano del mercado de Lübeck .117 La renovación comercial.120 El desarrollo intelectual y artístico.122 La Iglesia y la religión en la expansión de la Cris¬ tiandad .123 27. Mapa de la orden de Cluny en los siglos X y XI . 124 22. Mapa de la orden de Cíteaux durante los siglos XII y XIII .126 25. Mapa de la orden dominica en 1303 .... 128 24. Mapa de la orden franciscana hacia 1344 . 129 La feudalidad occidental.134 Peripecias políticas: el sacerdocio y el Imperio . . 141 Peripecias políticas: los Estados.143 25. Mapa de Francia al advenimiento de Felipe Augus¬ to (1180) .145 2 6. Mapa de Francia al advenimiento de Felipe VI de Valois (1328) .147 746 ÍNDICE DE MATERIAS Conclusión: la organización del espacio medieval, ¿ciu¬ dades o Estados?.150 Capítulo iv. La crisis de la Cristiandad (siglos xiv-xv) . . . 153 El fin de la frontera medieval.153 La crisis del siglo xiv.154 27. Mapa del Occidente a principios del siglo XIV . . 155 El sentido de la crisis, ¿depresión general o condición de progreso?.156 II. LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL Capítulo v. Claridades en la noche (siglos v-ix) . . . . 161 Cultura pagana y espíritu cristiano.161 Saber en migajas.163 Regresión y adaptación.165 Islotes de civilización: ciudades, cortes, monasterios . 171 28. Plano de Saint-Gall .172 25?. Plano de Fontenay .176 30. Plano de Cluny .177 Los «fundadores» de la Edad Media.181 El Renacimiento carolingio.182 Capítulo vi. Estructuras espaciales y temporales (siglos x-xiii). 185 Calveros y bosques.185 La movilidad medieval: los caminos.188 La naturaleza y el universo.192 La Cristiandad y Bizancio: los cismáticos . . . 195 La Cristiandad y el Islam: los infieles.200 La Cristiandad y los paganos: la conversión . . . 211 La Cristiandad y el mito mongol.213 ¿Cristiandad abierta o cerrada?.214 El más allá: Dios.216 El más allá: el Demonio.224 Entre la tierra y el cielo: los ángeles.228 Tiempo, Eternidad, Historia.230 ¿Indiferencia o atención al tiempo?.242 Tiempos sociales: tiempo natural y tiempo rural. . 245 Tiempos sociales: tiempo señorial.249 Tiempos sociales: tiempos religioso y clerical . . . 250 La huida del mundo.259 El sueño milenarista: Anticristo y Edad de Oro . 263 747 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Capítulo vii. La vida material (siglos x-xiii) .273 Las «invenciones medievales».273 37. Plano de Saint-Aubert-sur-Orne .275 32. Plano de Bras y Hubert-Folie .275 33. Weston Pinkney: pla7io catastral del siglo XVI . . 277 34. Weston Pinkney: vista aérea actual .277 Debilidad del «maqumismo» medieval.278 La madera y el hierro.282 Técnicas rurales.288 Fuentes de energía.292 Los navios.297 Los progresos técnicos.298 Una economía de subsistencia.303 Las mentalidades económicas.313 Un mundo al borde del límite: hambres . . . 317 Miseria psicológica y epidemias.327 Agotamiento e inseguridad.331 El crecimiento económico: la coyuntura medieval . 335 Economía natural y economía monetaria .... 337 El crecimiento económico: repercusiones sociales . . 342 Capítulo viii. La sociedad cristiana (siglos x-xiii) .349 La sociedad de los tres órdenes.349 De la sociedad tripartita a los «estados del mundo» . . 355 La sociedad bicéfala: el papa y el emperador . . . 360 La sociedad rota: la Torre de Babel.371 Individuo y comunidad.375 La comunidad familiar.381 35. Plano de la batalla de Arsuf (1191) .... 384 36. Plano de la batalla de Bouvines {1214) . . . 384 37. Plano de la batalla de Courtrai (1302) . . . 385 La mujer y el niño.387 La comunidad señorial.390 Comunidades aldeanas y comunidades urbanas . . 392 La ciudad y la sociedad urbana.395 La lucha de clases: sociedad urbana y sociedad feudal. 400 La lucha de clases en el medio rural.402 La lucha de clases en el medio urbano .... 409 La mujer en la lucha de clases.410 Rivalidades en el interior de las clases.412 La Iglesia y la realeza en la lucha de clases . . . . 414 Comunidades intersociales: cofradías, división en clases por la edad.417 748 ÍNDICE DE MATERIAS Centros sociales: iglesias, castillos, molinos, tabernas 419 Herejías y lucha de clases.421 Los excluidos: heréticos, leprosos, judíos, hechiceros, sodomitas, deformes, extranjeros, vagos.422 Capítulo ix. Mentalidades, sensibilidades, actitudes (siglos x-xiii). 433 El sentimiento de inseguridad.433 El recurso a la antigüedad: las «autoridades» . . . 433 El recurso a la intervención divina: milagros y ordalías. 439 La mentalidad y la sensibilidad simbólicas .... 441 38. Planos de Ottmarsheirn .448 35». Plano y sección de San Ambrosio de Milán . . . 449 Abstracción y sentido de lo concreto: el color y la luz, la belleza y la fuerza.450 Las evasiones y los sueños.460 La evolución hacia el realismo y el racionalismo . . 461 El espíritu escolástico.467 La interiorización y el moralismo.470 El amor cortés, amor moderno.472 La desacralización de la naturaleza.478 La falsedad y la mentira.479 Una civilización de la apariencia: el alimento y el lujo alimenticio, el cuerpo y el gesto.47g El vestido y el lujo vestimentario.483 La casa y la ostentación de la habitación .... 485 Una civilización del juego.486 Epílogo. Permanencias y novedades (siglos xiv-xv) .489 Las permanencias. 489 La exasperación y la exageración.490 El humanismo.495 Atlas histórico Mapa I. El Occidente geográfico .499 Mapa II. Las invasiones .503 Mapa III. La expansión de Occidente (siglos XI-XII). 507 Mapa IV. El Occidente religioso .511 Mapa V. Los centros intelectuales del siglo XII . 515 Mapa VI. El Occidente románico .517 Mapa VIL El Occidente gótico .521 Mapa VIII. El Occidente económico a finales del si¬ glo XIII .525 749 LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL Tablas cronológicas.529 Diccionario de nombres, términos y nociones.599 40. Diseño de un crucero de ojivas .607 41. Planos de catedrales góticas .607 42. Diseños de ábsides o cabeceras del álbum de Villard de Honnecourt .608 77. Plano de los Jacobinos de Toulouse .... 608 44. Plano de Santa Elisabeth de Marburgo . . . 609 45. Diseño de una fachada de catedral gótica . . . 609 46. Planos de basílicas románicas .611 77. Diseños de elementos de arquitectura románica . . 612 48. Sección transversal de Saint-Martial de Limoges . 613 49. Sección transversal de la catedral de Bourges . . 619 50. Plano de un castillo roquero o fuerte medieval . 622 5/. Plano del adonjon» y del castillo de Loches . . 623 52. Planos de castillos románicos .623 57. Plano del castillo de Beaumaris (Anglesey) . . 624 94. Plano del Castel del Monte (Apulia) .... 624 57. Diseño de la abadía de Cluny en 1199 .... 626 96. Sección transversal de la iglesia de Cluny III . . 627 57. Esquema de un dominio señorial .633 98. Sección transversal de la catedral de Laón . . . 653 99. Diseño de la abadía de Monte Cassino .... 661 60. Diseño de arbotantes y ventanas de la catedral de Reims .671 61. Diseño de San Pedro de Roma .673 62. Diseño de la abadía de Saint-Gall .675 67. Diseño de Santiago de Composlela .677 Ilustraciones del diccionario.687 Bibliografía de orientación.703 Indice de ilustraciones.727 Indice de materias.743 SE TERMINÓ DE IMPRIMIR ESTE LIBRO EL DÍA 31 DE ENERO DE 1970, EN LOS TALLERES GRAFICOS DE A. NÜÑEZ PARÍS, 208 - BARCELONA ' ' . '